A veces, los sueños superan a la realidad, y es precisamente por esto que el desencanto al despertar a la realidad es grande.
Soñé lo que quería que ocurriese
Subí las escaleras hasta llegar a su estudio de pintura. La puerta estaba entreabierta. El olor a óleo mezclado con el aroma del café, me daban la bienvenida.
Me gustaba estar allí. En cada rincón sentía su presencia. Me bastaba con ver sus obras y sus cuadros para darme cuenta de la pasión que escondía su corazón y que se esmeraba en ocultar bajo una fachada de un hombre frío, que lo alejaba de la posibilidad de ser el amante perfecto que toda mujer desea tener en su cama.
Me estremecía recordando sus besos, suaves y provocadores, sabiendo cómo despertar la pasión que había en mi interior, y que hacía que me convirtiese en presa de su deseo.
Me fascinaba sentir su osadía por ver mi cuerpo suyo, el mismo cuerpo que él moldeaba como la arcilla entre sus dedos hasta dejarme abandonada a una pasión que enloquecía todos mis sentidos y adormecía mi voluntad.
Súbitamente, mis ojos se iban a un lienzo que había en un caballete. Era la primera vez que lo veía. El color de los cojines parecía no encajar con la sexualidad que irradiaba la mujer, ni con el fuego de su mirada, que pedía Amor a gritos para saciar el deseo que se veía a flor de piel. Cerré los ojos y pensé...
Lo único que cubría mi cuerpo era una bata verde de felpa pero que no conseguía ocultar la pasión que latía en mis adentros. Podía escuchar mis latidos golpeándome el pecho, y recordándome con ellos la locura que estaba a punto de cometer.
Entonces lo vi y me estremecí bajo la llama de su mirada. Se me acercó despacio y puso las manos en mis hombros. Quedé atrapada en la hondura de sus ojos. Sabía que estaba jugando con fuego, pero eso no me importaba.
Yo quería quemarme, deseaba quemarme, arder viva en las diablas llamas de las manos que deshacían vehementemente el nudo que protegía mi intimidad. No podía controlar mi respiración. Mis pechos subían y bajaban en una palmaria invitación a ser acariciados, besados, pero, hasta ese momento, sólo su mirada viajaba por mi cuerpo, hasta pararse en la hendidura que escondía el epicentro de su deseo.
Me acomodó entre unos cojines rojos, pero sin apartar sus ojos de los míos. Deslizó sus dedos sobre mi piel en un desplazamiento tan sensual como atrevido, que me iba apartando de la realidad.
Lamió mis pezones hasta dejarlos de punta, clamando sus mimos. Siguió por mi vientre hasta pararse en el cráter de mi pasión. Con mano experta acarició mi cráter carnoso, hasta humedecerlo entero.
Le pedí que me hiciera suya. Quería sentir su excitación al rozar mi vientre y traspasando la barrera donde el calor se hace candela. Quise acariciarlo, pero me cogió de la muñeca y me dijo:
-Aún no. Ahora sólo quiero ver lo que mis dedos son capaces de hacerte sentir.
Me dejé llevar por sus besos, hasta entrar en un mundo indescifrable de sensaciones, en donde los gemidos son la única forma de aplacar el torrente de placer que inunda cada poro de la piel.
Más tranquila, volví a pedirle que me poseyera. Necesitaba sentir su cuerpo moviéndose al mismo compás que el mío, atormentándonos y regocijándonos en lo que pudiéramos sentir. No aceptó. Se alejó y se ocultó detrás del lienzo y siguió con su tarea, una tarea que se me hacía interminable.
Cuando creí que no podía soportar más su ausencia, dejó, parsimonioso, el pincel sobre el taburete y se unió a mí y a mi deseo de navegar juntos en las aguas turbulentas de la pasión, que amenazaban con devorarnos, si es que no hacíamos algo por evitarlo.
Seguía yo mirando el lienzo. Sabía que él aparecería con sus pantalones vaqueros y su camisa verde de cuadros.
Un cosquilleo en el estómago me anunciaba que ya estaba junto a mí. Al darme la vuelta, me tropecé con sus ojos. Nuestras manos se entrelazaban y rompían el espacio que nos separaba. No hablábamos. Nuestros cuerpos se entendían solos.
Abrí mi boca y él con su lengua exploró cada rincón de la mía, jugando con mis labios. Los besaba como queriendo ser perdonado por este juego que, lejos de herir, me daba placer.
Sus besos hacían camino en mi cuello mientras sus manos quitaban la barrera que cubría mi piel. Chupaba mis pechos, atrapándolos después su boca, mordiéndolos. Yo no pedía clemencia, quería más...
Fui quitándole la ropa. Primero, la camisa, que desabotoné hasta ver su torso, que besé repetidamente, dejando con mis dientes la huella de mi pasión. Después, los vaqueros y los calzoncillos.
Sentía sus manos deslizarse por mis muslos hasta pararse en el charco de mi sexo, para explorarme con una devastadora intimidad que conseguía que mi cuerpo respondiese a semejante embestida.
Los dos teníamos prisa por satisfacer la ansia animal que teníamos a flor de piel. Abrí los ojos y vi la pasión que reflejaba su rostro. Sabía que era yo la causante de este estado de locura, y eso me hacía feliz.
Caímos sobre el sofá. Su cuerpo cubría el mío, y juntos seguimos en loca carrera hacia la cúspide. Me parecía un sueño estar sintiendo su peso, su excitación, su aliento, y todo mezclándose con el mío.
Entonces traté de gritar su nombre, pero enseguida me di cuenta de que no había ningún nombre que gritar. Y, de pronto, desperté
*Tara de gran esfuerzo sin sentido, para quedar leso y abatido. *El perfume eres tú -le dice la almeja al pito-; y ni Loewe ni Mens'Club, dejan tu olorcito. *Si se analiza poco a poco, se agudiza el coco. *Si estropicio causado es, juicio enjuiciado ves. *Si aportas humanidad, sí te importa la sociedad. *Lo que uno tuviese, el tuno lo quisiese. *Malicia alimentada bien, codicia concentrada es. *Dama sobrada de suficiencia, clama pronunciada penitencia. *Atenta virtud de atento supino; si atormenta inquietud, el convento es el destino. *Don Requiebro que se le labia a la mujer, con cerebro y sabia hay affaire. *Todo estudiado al detalle, de modo que el resultado no falle. *Zalamero solapón, primero es en tocón. *Ensimismo palpable anida lo mismo en un cable que en la vida. *Futuro inseguro, auguro duro. *Lo mío es mío y lo tuyo es tuyo, perogrullo de tío capullo. *Si afinas con exactitud, sí te aproximas a la virtud. *Guión público, aguijón impúdico. *Para ansiar lo que no tienes y deseas, prepara afán y obtienes lo que sea. *Antes que acontezca, avante la picaresca. *A buen motivo, cien incentivos efectivos. *Tiene un por qué si mantiene un qué. *Sobrenatural hormona arrincona la natural. *A trabajo constante, más fajo sonante. *Luces que se trabaja tajada, engatuse de bragas bajadas. *Previsto dubitativo, veredicto caritativo *El escribano da fe si el ciudadano va a él. *Si lo tuyo es el dinero, mi orgullo es lo primero. *La letra más pequeña se adiestra en dar “leña”. *Negocio de sexo, divorcio por eso. *Baba y etiqueta de paranoias y mamotretos, agravan la faceta de “gilipoias” netos. *Él, Exclusiva Solución Divina: Juez, Misiva, Perdón, Doctrina. *¡Sevilla: orilla que maravilla y que pilla! *Idea que se basa en la realidad, desea que su casa sea su hogar. *Templanza con poderes de cisma alcanza placeres por sí misma. *El barniz que comulga con lo púdico, ni la nariz se la hurga en público. *Meollo con megas de coraje, en su rollo lleva su ropaje. *Si consigues lo mejor, persigues loor. *Si remiras tu grabación anterior, retiras tu observación posterior. *¿Purga la murga su repertorio en el purgatorio? *Del loor de impresionar, lo mejor es no abusar. *Sangre malvada, cochambre desmesurada. *Arde en alarde el cobarde. *Sabandija ramera que presta agreste su cuerpo; “y si tu hija lo fuera, ¿aceptas este texto?”. *Cuando menos lo esperas, zumbando lo vemos a mi vera. *Cachitos desperdigados, juntitos apañados. *Ventolera que se estaba viendo venir, de manera que soplaba un viento aserrín. *Si violas lo que condena, te enrolas en la trena. *Olor de mugre a corazón pudre.
ACHL
me encantan los refranes, la verdad. he leídoslos todos. parco en el consejo. mejor en la advertencia. regusto a cosa antigua de hechos tan modernos. al sexo cada cual. en la politica sí entro y digo y repito lo que haría Antonio estando en su lugar. pero si de tales impresiones se jacta, seguro el todo vendría arreglar. cosa aburrida ¡no el refrán! sino el arrelarlo todo está. como esas que les quitaron el pipo y no saben a ná. por mucho Beti que se ponga vuecencia no dejará de ser nublosa la pata izquierda de atrás.
Gracias por molestarte en leer parte de mis máximas en doble pareado.
Esta fue una ardua tarea, más bien una tarea de locos. Sobre todo para localizar algunas rimas, pero sin perder el sentido del significado de la frase. Pero me divertí, y mucho, estrujándome el coco.
Estas máximas las entresaqué de algunas definiciones de un mini diccionario que me inventé y que le puse de título "Pequeño Informativo CHAvez (PICHA)".
Les agradeceríamos a las personas que entren por primera vez en este foro de Literatura que participen con comentarios hacia los textos de los foreros que estamos en él, y con escritos propios, imágenes, vídeos... y no solamente se limiten a presentarnos sus obras. Gracias.
Y echo en falta... …tu cuerpo, las suavidades de tus caricias, la miel de tus besos, tus risas musicales, que hacían bailar a mi corazón; tu voz, nuestros paseos con las manos cogidas, mientras nos amábamos; el campo de lecho, y de techo el azul; testigos sordos y mudos de nuestro gran amor. Y echo en falta tu voz tranquilizando mi espíritu, mientras me decías un repetido 'te quiero', mientras me abrazabas, rebosante felicidad. Te echo en falta a ti…
Y estoy harta...
…de la soledad, de los fríos o cálidos días sin ti, del dolor de mi alma que no sana y que no acaba de morir, de esta vida insulsa que muy poco tiene que ofrecerme ya, de cerrar los ojos y ver tu cara, tan cerca y tan lejos a la vez; de vanos sueños, cargados de tormentos; de recuerdos congelados en el tiempo...
Y tengo la esperanza de...
…despertar de este sopor causado por ausencia, de morirme para renacer de nuevo y regresar a tus besos. Porque cuando dos almas gemelas se unen, el olvido no existe. Porque cuando dos almas gemelas se separan, el dolor persiste...
Y juro que nada deseo más…
…que volver a verte, que volver a escuchar tu voz, que sentir tus manos sobre mi piel…
Vuelve a mí, yo repararé tu corazón, yo haré que tus pesadillas se borren. Tus sufrimientos son miseria pura en mi alma, de ansia de gritar, de llorar y de derramar la última lágrima, de desangrarse hasta morir. Y ahora, a las puertas de la muerte, nadie me socorre, tan sólo tu endeble voluntad, mera ilusión de una extinta fortaleza.
Y al borde del caos, no termino de morir, y sigo consumiéndome de pena y de pesar, de tristeza y de amargor que raspan en mi frágil espíritu, en mi voluntad evaporada, en mi corazón turbulento, lleno de ideas trágicas.
Estás tan distante y tan cerca a la vez que hasta sientes el tenue latir de mi corazón, hastiado de una vida sin ti. Cada milésima de segundo, es una eternidad de dolor. Yo, naufrago en mares de recuerdos y en sueños no realizados.
Y todos estos, más agrios que dulces, sentimientos míos no son de ahora. Siento como si los llevase conmigo desde el día en el que te conocí
Allí nos encontrábamos ella y yo, sentados sobre el césped de uno de los rincones más románticos del Parque de María Luisa (el pulmón verde de Sevilla) en una irrepetible noche de verano. Las vistas del ínclito parque sevillano son conocidas, pero siempre sorprenden. Sin embargo, mi mirada no estaba en la belleza del paisaje, estaba sumida en un profundo bienestar, el que me daba su grata compañía, su incomparable fuerza en todas las conversaciones, su picante y a la vez ingenua inocencia, su exquisita sensualidad, su personalidad, su amistad sincera.
Permanecíamos todo el tiempo acaramelados y la noche nos acariciaba con su cálida brisa. Una de sus manos en mi rostro la llevaba a esculpirse en mis recuerdos, mientras que las mías la envolvía. provocándome un anhelo que me desgarraba.
Seguíamos conversando, pero me costaba mantenerle la mirada, tal vez por miedo a ella descubrirme lo que mis labios no podían expresar. Mi deseo era cada vez más intenso. Quería quererla, besarla, estrecharla contra mí, pero no podía o no me atrevía. Su sola presencia me absorbía completamente.
Pero al día siguiente se marchó a su ciudad. Y en Sevilla me quedo ahora, echándola de menos a cada segundo.
Por eso que escribo esto hoy para revivir. Y lo revivo para sentir.
¿Por qué un pugilato permanente en tu interior? ¿Por qué tienes que renunciar a irte con la persona que amas?
¿Y por qué no?
¿Y por qué no huyes de tus ataduras y me das la mano? ¿Y por qué no dejas tu mundo y vuelas al mío? ¿Y por qué vives en un corazón que no te ama? ¿Y por qué no te vas de de unos brazos que no te abrazan?
¿Miedo a qué?
Miedo a buscarte y no hallarte. Miedo a no saber si volveré a verte. Miedo a de que pueda zaherirte algún comentario, o alguna equivocada decisión. Miedo a que no me vuelva a derretir con tu sonrisa, porque no te vea sonreír más.
¿Pánico?
Pánico el mío por que tus pasos sigan pasos que no sean los míos Pánico de que tus labios dejen de nombrarme, aunque decirme que no quieres hablar.
Y en ese intento desesperado de buscarte en la lejanía, me doy cuenta de que sólo puedo hablar conmigo, porque no te tengo en mis manos, ni en mis brazos, ni en mis labios, ni en ninguna parte de mi cuerpo.
Tú eres mi sueño, mis días, mis noches, mis ganas de comerme el mundo, pero contigo siempre a mi lado. Porque el mundo nos domina, el mundo sabe que puede hacer con nosotros lo que quiera. Pero mientras te pienso, el mundo no existe.
¿Mi tortura?
Bendita tortura que se apodera de mi mente. Bendita tortura que me persigue, se multiplica y se divide con sólo recordarte. Bendita tortura que me arrastra a un sin fin de sentimientos y sensaciones, a la vez que me atormenta con esos recuerdos de tu piel.
Bendita cordura que cuando consigo salir del éxtasis de tus recuerdos, me susurra que eres real, que existes, que sientes, que padeces, que me quieres, y te recuerda que sabes que te quiero...
Y en esta espiral de circunnavegación amorosa, termino por hallarte. Me miras fijamente, altanera y desafiante y veo cómo tus dudas se van apoderando de tus sueños.
Y a medida que me voy acercando a ti, te revelas y te ensañas contigo misma, te comes por dentro, y, sin fuerza ya, me preguntas: "¿por qué?".' Y yo te respondo:
Los recuerdos le rondaban esa noche. La luz artificial era tenue. El cielo nublado, sin estrellas. El ambiente llamaba a la depresión, a la melancolía.
Los sentimientos en el interior de Luis eran complejos, una ansiedad que jamás podía contener. ¿Culpa?, sí, culpa sentía cada vez que se acercaba la fecha en la que tenían que hacer un ritual hipócrita que odiaba con toda su ser. Nunca se había sentido querido por su gente, pero cada año se repetía la maldita romería de la familia para visitar su tumba, y él, con ganas de sacar todo a la luz, de gritar la verdad en la cara.
¿Reprimirse en su odiada vida? Callar era el sentimiento para no perder su dignidad, pero al no gritar, no se daba cuenta de que la iba perdiendo.
Esa noche su padre se aferraba a su esposa, abrazándola. Abrazar a su esposa le hacía sentirse bien, como si sus miedos menguasen. Ni siquiera pasaba por el dormitorio de su hijo a darle un beso de buena noche. Le fallaba fuerza. Se levantaba de la cama y se echaba un whisky, y con el vaso en la mano se iba a ver las estrellas desde el jardín de la casa. Su esposa le bendecía desde una de la ventana del salón, sabiendo que su esposo tenía demonios dentro que nunca había exorcizado.
Su padre lo golpeaba, lo maltrataba, abusaba de él sexualmente. Luis lo resistía todo en silencio, aguantaba hasta que su padre salía de su cuarto, y entonces lloraba en ahogos callados.
El padre saciaba deseos carnales en un cuerpo infantil. Era como rasgarle el alma, con la virilidad de un adulto. Nunca llegaba a saber si su madre se enteraba del martirio que lo sometía su padre. En su interior sentía que sí, que ella lo sabía, simplemente callaba por miedo o porque pensaba que acciones así eran normales de un padre a su hijo.
Todos los años, desde la muerte de su padre, era de un riguroso rito el reunirse con la familia en el cementerio para visitar la tumba. ¿Actuar Luis como si le doliese?, pues sí, le dolía, pero no la muerte de su padre, lo que le dolía era el hecho de no haber sido él quien lo había matado, sino un cáncer.
Una noche, mientras Luis estaba en el dormitorio del anciano moribundo, se le acercaba al oído y le decía a sovoz:
-¡No sabes cuánto gozo con verte sufrir, cabrón! ¡Ojalá sufras mil veces esto! ¡No tendría comparación nunca con lo que tú me hacías, hijo de puta!
Dos días después moría. Y después, un derrame cerebral de la madre, que no asistía al funeral ni a la misa del "esposo y padre ejemplar": eso decía su epitafio. Y el llanto de su hermana en el velatorio y la necrópolis, corroboraba lo que sabía en años. Ninguno había compartido su victimización a manos de aquel, mal llamado padre.
Sacaba todas las fuerzas de flaqueza que podía. Tenía ganas de hacer lo que iba a hacer. Se levantaba de madrugada y, mientras sostenía con una mano la manija de la puerta del dormitorio, era en ese momento cuando odiaba más a su padre. Su "queridísimo papá" lo había convertido a su imagen y semejanza.
Del otro lado de la puerta, un niño de apenas ocho años abrazaba fuertemente su tesoro: su bicicleta, mientras rezaba para que no fuese el fantasma de su malvado padre el que estuviese al otro lado de la puerta.
Declaración, más que de intenciones es de querer querer intenciones de amar.
El Amor es un dios poderoso que todo lo puede, pero precisamente por ser un poderoso y porque todo lo puede, puede irse de la misma manera que llega.
Amar es amar, y querer es tener el valor suficiente para exponerse a un inconveniente.
Hagas lo que hagas no permitas que me vaya de tu lado. Por día, el muro entre tú y yo es más ancho, más rígido, más lleno de rostros nuevos.
¡Malditos rostros sin ojos y retorcidas sonrisas! Se burlan de nuestra separación. Gozan de nuestra separación. Les maldigo. ¡Cállense y ahóguense en vuestra sangre! ¡Les odio!
Tantos tiernos momentos juntos, ahora masacrados. Mientras tú lloras, y yo aquí, al otro lado del muro consolándote y llorando también. Dejemos de llorar, y no permitamos que nos vayamos. No les creas, no saben lo que dicen, o lo saben. Son puras falacias, celosos de nosotros. Quieren vernos sufrir. No los escojas a ellos, escógeme a mí que no te vas a arrepentir. Reanudemos nuestro glorioso camino. Vayamos juntos de la mano.
En pleno silencio tuyo, pero creo haberte comprendido mejor de lo que piensas. Es hora de no escuchar a nadie. Este muro se ha hecho más fuerte, pero no importa. Nosotros lo derribaremos.
¡Oh mi Amor! Algo pasó. ¿Qué te han dicho? Detrás de este horrible muro oigo tus pasos, vienes hacia mí de nuevo. ¡Qué alegría! ¡Vamos, coge mi mano una vez más! Visitemos juntos nuestro jardín, que en él estarán esperándonos nuestros verdaderos amigos. ¿No los echa en falta? Soñaste con verlos. ¿Te acuerdas? Ese día nací yo.
En silencio, sin palabra, habla, Amor mío. Es mucho lo que te quiero contar. El muro se ha roto sólo un momento. Vendrán muchos más momentos. ¡Aprovechémoslos!
¡Qué hermosas flores! Frescas, vivas y coloridas, como las hijas legítimas de la Madre Naturaleza. ¡Ellas también lloran al igual que tú! ¡Ellas también sangran y sienten miedos! Lentamente, el muro aparece en cada una de ellas. ¡Maldita oscuridad! ¡No me sueltes, mi Amor, que no soy nadie sin ti! Recapacita. Hazme fuerte para que yo sepa interpretar tu recapacitar.
Con palabras serenas pero tristes, creo haberte escuchado decir: 'deja de amarme, sólo fuiste una pesadilla; el mejor momento de aquella noche fue cuando desperté'.
¡Te mientes a ti mismo y quieres hacerme partícipe de tus mentiras! Pero no. Yo sé bien lo que quiero: TÚ.
No quiero que sea esta la última vez. Quiero volver apoderarme de tus miedos. ¿Por qué huyes de tu verdadera amiga, mientras yo, tu amiga del alma, podría caer en el profundo vacío de tu olvido.
Preguntó una vocecilla aguda, mientras sus ojos oscuros se posaban en los de la mujer mayor, que buscaba las palabras exactas para que la metiese en ese mundo mágico e indescifrable.
—Fue…
Se interrumpió, y su mirada se perdía unos momentos en la ventana que daba a la calle. La lluvia caía intensamente, mojando todo a su paso.
—Fue un bello sueño, de esos sueños que no se quieren olvidar. El día se había apagado y la noche aparecía majestuosa, desplegando miles de estrellas en el oscuro firmamento. Era el momento para los dos. Así estaba escrito en sus destinos.
—¿Eso es verdad, abuelita? -preguntó la niña, arrodillada en su cama.
Al notarse los ojos brillantes por la emoción, luego de haber capturado la atención de su nieta, esbozó una sonrisa y continuó:
—Sí, todo lo que digo es verdad. Esa damita y ese jovencito misterioso se miraron el uno al otro, con las luciérnagas como únicos testigos. Pero ya nada iba a ser igual.
Por fin se había quedado dormida. Respiraba tranquila, vencida por el cansancio después de un largo día de juegos en el jardín.
Cerró la puerta con cuidado y despacio, y sin hacer ruido se dirigió a su habitación; abrió su armario y cogió una pequeña caja de cartón, de esas para los zapatos. En su interior guardaba uno de sus tesoros: 20 cartas. Cogió una y la releyó. En cada línea, la nostalgia castigaba su alma. Cogió una fotografía en blanco y negro, que aparecía un veinteañero sonriendo, y sus ojos verdes brillaban con un dejo de ingenuidad reflejados en ellos. Su uniforme militar lo lucía impecable, perfecto.
Los recuerdos felices lejanos recorrían su mente cual torbellino. Era imposible no sentir pena y tristeza por lo que no fue.
A pesar de los años, los sentimientos permanecían intactos e imborrables. El paso del tiempo había apaciguado el dolor, pero nunca lo extinguió. Cada gesto, cada nota de su voz, todo lo que él significaba para ella, estaba guardado en su corazón. Nunca pudo olvidar su mirada. Sus ojos tenían un brillo especial; siempre llenos de luz.
Las lágrimas se deslizaban lentamente por las mejillas de la abuela, que le recordaba una vez más como cada año en secreto. Un secreto había sido su Amor en vida y un secreto sería hasta su muerte.
"'Bueno, en realidad no era tan secreto", pensaba mientras una sonrisa brillante aparecía en su cara. 'Mi nieta es testigo en mi cuento de nuestro Amor!, añadió a su pensamiento.
En silencio y tranquilamente, cerró los ojos y soñó. Soñó que el tiempo no había pasado, que él besaba sus labios finos.
Y también soñó que su profundo Amor por Carlos perduraría más allá de la eternidad.
Me llamo José Antonio y tengo 14 años. Mi familia es pobre. Mis padres casi nunca están en casa. Se pasan los días enteros trabajando para poder mantenernos y darnos la mejor calidad de vida posible, pero no logran gran cosa. Soy sencillo, extrovertido y altruista. No puedo acudir al colegio porque tengo que ocuparme de mi hermanita y además tengo que recoger cartones y chatarras y luego venderlos, y así conseguir dinero para comprar comida y ropa para los dos. Son ahora las diez de la noche y acabo de darle la cena a mi hermana, la he aseado y la he acostado, y ahora estoy sin poder dormir. En mi insomnio me ocupo en pensar en cómo poder ayudar a mis semejantes. Soy sociable y me gusta socializar. Pero todo ha cambiado radicalmente tras tres sucesos macabros seguidos que han sucedido en nuestro mísero hogar.
Mi padre murió de cáncer. Estamos tristes y mi madre más que ninguno, hasta el punto de que no lo soporta. Después de la muerte de mi padre quedó inmersa en una angustia, entrando en melancolía, de la cual no pudo salir, y pocos días después se suicidaba. Mi hermanita de 4 años me llamó llorando: ¡ven, mamá ha muerto! No entendía el porqué de todo esto, pero mi madre murió porque no soportó no ver nunca más a mi padre. Peto tenía dos hijos y no le importó. Después de esta desdicha, me puse a meditar. No había quién trajese dinero a casa, así que tuve que trabajar en la calle. Empecé en una tienda como el chico de los recados. Era poco lo que ganaba, pero suficiente para mi hermana y para mí, y para la escuela de ella.
La muerte de mi padre me dolió, y con el suicidio de mi madre me hundí en en tristeza. No sabía qué hacer con mi vida, ya había perdido interés por vivir. Pero fui fuerte e hice una cosa que a mi madre no le ocurrió hacer: pensar en mi hermanita.
Mi hermana era muy pequeña y echaba en falta a mi madre, aunque con mi ayuda poco a poco iba sobrellevando su ausencia.
Luego de un mes, mi hermana enfermó; se quejaba mucho, tenía fiebres extrañas, decía que le dolía el pecho, que se iba a caer, que le temblaban las piernas, estaba sin fuerzas. La llevé al hospital y la ingresaron. A los dos días, el médico diagnosticó que era un serio problema del corazón, que la iba a medicar y a esperar a que fuese mejorando. Sólo diez días más vivió.
Mi vida era un asco. No entendía por qué me pasaba todo eso. Sin duda, tenía la vida en contra. Era pobre, mi padre murió de cáncer, mi madre se suicidó y mi hermana enfermó hasta morir, además no tenía parientes con los que pudiese contar. Estaba solo en este mundo.
Mi hermana murió porque no encontraron un donante. Iba a visitarla a diario al hospital hasta que me informó su médico que se quedó dormida y nunca más despertó. Estaba destrozado, no sabía, no entendía, no quería entender el porqué de todas esas cosas, el porqué de la vida tan miserable que tuve, que tengo, y que tendré.
Si hay un Dios que se apiada de las personas, este caso era la excepción. Todos los días rezaba por mi hermana para que mejorase. Pero nada. Y fue entonces cuando deduje que Dios no existe, que es una creencia creada por el humano para su comodidad. Los seres humanos necesitan algo en qué sostenerse. Los milagros, las fortunas y las desgracias son parte de la vida.
Hay cosas inexplicables que la gente dice “decisión de Dios”. Pero no, no es así. La gente, al no saber, lo asocia con el supuesto Todopoderoso.
Cualquiera en mi situación hubiese terminado con su vida. Pero yo no, yo, con fuerza de voluntad salí adelante, sin ayuda de nadie. Me propuse estudiar Medicina. Este iba a ser mi gran reto, porque me auto culpé de la muerte de mi hermana, sencillamente porque no pude ayudarla. Pensé varias veces en cederle mi corazón para que ella pudiese seguir viviendo, pero fue mi indecisión la que no me dejó coger la decisión correcta, además de que esto es ilegal y ningún médico se comprometería a ello.
Comencé a ir a la biblioteca local, a estudiar todo lo referente a la Medicina. Estudié durante años. Había aprendido mucho pero no era feliz. No tenía derecho a la felicidad.
Un día, algo peculiar sucedía. Vi una persecución policial, podía escuchar la sirena de las patrullas que estaban a cien metros de mí. Venían a mucha velocidad. El conductor del auto que estaba siendo perseguido giró a la derecha. Yo estaba en la esquina. Me había quedado paralizado. Veía que el coche, derrapando, venía directo a mí, el chófer había perdido el control por tan alta velocidad. Pero cuando salí del estado en que estaba, era tarde. Abrí los ojos con miedo, sorpresa, desesperación, angustia y más emociones. Veía en dos segundos toda mi vida pasar delante de mí; lo feliz que había sido de niño, y el cambio radical cuando me volví altruista. Veía la muerte de mi padre y la de mi madre, y también la de mi hermanita, y todo lo que pasó después hasta llegar a hoy. Lo único que pude decir fue “mi infortunio, todavía no ha acabado”, y, de pronto, el coche perseguido impactó contra mi cuerpo.
Periódico local - Sucesos
Ayer, un coche se estampó contra la pared de un edificio y entre éste y el muro había un chico que, con un libro en l mano, iba a clase de Medicina y cuyo propósito era curar a las personas. Seguía todavía con vida, tenía los ojos lagrimosos, brotaba sangre de su boca y sus oídos.
Algunas personas se fueron acercando al lugar del siniestro y cuando vieron que seguía vivo, trataron de levantar el bloque de hormigón que estaba incrustado en su cuerpo, sin lograrlo. La policía capturó al ladrón y asesino.
Después de algunos minutos, el accidentado estaba tumbado boca abajo en el suelo para no ahogase con su propia sangre. A duras penas, habló y se movió. La gente que estaba a su lado le decía que no hiciese esfuerzos, que la ambulancia estaba en camino. Pero el chico no hizo caso y siguió esforzándose para incorporarse. Con enorme dificultad, sacó una cartulina impresa de uno de sus bolsillos.
-Un bolígrafo -pidió con voz débil y empezó a expectorar sangre. Una mujer que estaba cerca puso uno bolígrafo en su mano, y la victima marcó con X un recuadro y garabateó su firma. Era la aceptación de donar sus órganos. Luego, volvió hablar, sin dejar de soltar sangre a borbotones. -Si no puedo ayudar como médico, podré hacerlo así -hacía referencia a lo que antes marcó con una X y firmó en una cartulina. Pocos segundos después, cerró sus ojos para siempre.
Y esta fue la última buena acción de un chico bueno, trabajador, sociable y generoso, a pesar de lo mucho y espantoso que le había tocado vivir antes de su extinta vida.
Buscó afanosamente en la bibliografía el mejor de los seudónimos para que no se
supiese que su nombre real era Sisebuto.
Buscó imágenes en Internet que representase un hombre guapo y gallardo para
ocultar el hecho de que era un individuo bajito, feo, tartajoso, bizco, cojo,
manco y extremadamente delgado.
Aprendió a manejar el corrector de textos para que sus faltas de ortografía,
consecuencia de su poca escolaridad, no fuesen tan obvias en el momento clave
del escrito de presentación.
Hizo un montón de fotocopias de cientos de poemas de Amor de autores desconocidos
para que las señoras que los leyesen lo considerasen un auténtico poeta.
Plagió la foto de un modelo italiano (fallecido) para enviársela a las damas
del Internet, que querían verlo al menos en foto.
Mostró durante meses su falsa imagen al mundo del Internet, hasta que una mujer
de su ciudad le pidió conocerse en persona, y él, previas absurdas disculpas y cientos
de mentiras como justificación, le propuso una cita a medio plazo, hasta que no
tuvo más cojones que comparecer.
Y se conocieron en un céntrico bar de copas, contándose previamente cómo irían
vestidos.
Ella tampoco se acercaba absolutamente en nada a lo que él esperaba.
Y ahora, sin ningún tipo de maquillaje cibernético, cara a cara los dos, se
sentían de puta madre y decidían amarse para siempre tal y como eran.
-¿Quieres más? –preguntaba Iván a Isabel, a la vez que movía con el cucharón los trozos de carne entre la pasta. -¿Quieres que reviente? -decía Isabel exhibiendo en su sonrisa una perfecta dentadura. -En ese caso, me serviré lo que queda.
Iván se servía la última ración disponible. Isabel vertía más vino de la botella en el vaso de Iván. Mientras Iván masticaba, miraba a Isabel. O: miraba el canalillo de Isabel.
En verdad, Isabel estaba buenísima. Iván no paraba de tener pensamientos eróticos con su nueva pareja: alta, rubia, labios carnosos, grandes ojos verdes y un cuerpo ¡uf! Se veía Iván un afortunado por el sólo hecho de haberla conocido.
Y de eso hacía dos días. Ocurría en una comida de empresa, donde dos grupos del sector informático se reunían para cenar y así conocer las impresiones de los demás miembros del gremio.
Isabel e Iván pertenecían cada uno a un grupo diferente. Empezaban a charlar en la cena cordialmente, y a la semana surgía la relación.
Y allí, en un restaurante italiano, estaban los dos, diez días después, como una pareja que se inicia en las artes amatorias con amor, deseo, respeto y educación.
La cena era una idea que Isabel aprobaba con agrado. Era una fanática de la pasta. Y aquella cena era el primer acto de los tres que componían el plan: pasta, concierto y cama, digo… casa… Los dos juntos. Pero, claro, enamorados y solos… en fin.
Iván, desde aquella cena sólo pensaba en pasear su lengua por aquellas dos mamas jugosas, y parecía que esa noche lo iba a conseguir. Tiempo al tiempo…
La idea le volvía a atosigar. ‘¿Serán grandes? ¿Pequeñas? ¿Operada? ¿Auténticas?’.
-¿Quieres que pidamos postre? -preguntaba en tono cariñoso a Isabel. -Para mí, una bola de helado de fresa con nata -contestaba esbozando enorme sonrisa, ornada con el rubicundo rojo chillón de sus labios. -Pues para mí, un café solo. Me apetece estar despejado…
El camarero se acercaba al ver el brazo de Iván alzado; le pedía los postres acordados. El camarero se alejaba después de anotar en su bloc.
Como la mesa de ellos estaba en la terraza exterior, cuyo techo era el cielo, Iván se encendía un cigarrillo. Isabel no fumaba, pero tampoco se oponía a que su chico lo hiciese. Él miraba a sus alrededores. La terraza estaba vacía ya. Ellos eran los últimos allí, lo cual le reconfortaba.
Hablaban de sus últimas y ajetreadas jornadas laborales durante los pocos minutos que tardaba en reaparecer el joven ítalo con una bandeja blanca, y encima de ella los dos postres pedidos: una copa de aluminio con una bola de helado de fresa con nata, y un humeante, negro y aromático café en taza de porcelana.
Cuando la taza tocaba mesa, la puerta del local se abría estrepitosamente. Y empezaban a acaecer acontecimientos precipitadamente. Primero un disparo. Segundo un dolor.
Tres tipos con sombrero negro y gafas oscuras entraban al local. El primero de ellos portaba una pistola repetidora, la causante de aquél horrible estruendo.
El primer proyectil daba en el pecho del joven camarero, que caía fulminado con un orificio de entrada en su pecho y otro de salida en su espalda. Un arroyo de sangre tapizaba el mobiliario cercano.
Segundos después, el cerebro de Iván se preguntaba por su acompañante. Iván giraba el cuello.
Isabel seguía sentada, con la misma sonrisa que exhibía segundos antes, pero sin el tercio superior del cráneo.
Unos grumos de masa encefálica fluían por hilos de sangre, que resbalaban por su tez, acariciando macabramente la comisura de unos labios que minutos antes había besado, para acabar goteando en el canalillo, también castigado por el plomo, que mostraba carne interior de las glándulas mamarias. Por desgracia, no parecía haber silicona en aquella masa pultácea.
Iván no podía gritar ni siquiera hablar, sólo se quedaba inmóvil, mirando aquel bello pedazo de carne del que profundamente había estado enamorado, tan sólo unos minutos antes.
Aquellos tres tipos con mascotas negras se olvidaban de un Iván inmóvil y entraban a quemarropa en las dependencias interiores del restaurante. Cuando el arma rugía de nuevo, entonces reaccionaba. Se levantaba de la silla con tranquilidad macabra. Caminaba hacia una de las paredes del local, donde se exhibían regalos que podía lograr los clientes por su fidelidad a cambio de puntos que se obtenían al pagar la cuenta. Con igual tranquilidad, miraba dos catanas. Las descolgaba de los asideros y las desenvainaba de sus llamativas fundas, y después caminaba hacia la entrada de la cocina empuñando hojas afiladas cual cuchilla de afeitar. Dos nuevos disparos tronaban en sus oídos. Esperaba escondido tras el marco de la puerta.
Los tres capos, una vez cumplida su vil tarea, que consistía en asesinar al dueño y a los empleados del local, se disponían a abandonar con presteza el lugar del crimen. Bajaban corriendo las escaleras que llevaban a la cocina desde la planta principal.
Iván escuchaba pasos, cerraba los ojos y apretaba las empuñaduras.
Cuando el primer capo salía no le daba tiempo a entender lo ocurrido. Bastaba un tajo para separar limpiamente una cabeza cubierta con mascota de un cuerpo que aún sostenía una pistola en la mano derecha. El frenesí se apoderaba por completo de Iván.
Con insospechada velocidad batía sus brazos cual aspa. Las catanas hacían su tarea. El sonido de la hoja, penetrando y lacerando huesos, se hacía interminable.
Sólo se detenía por puro cansancio. Un amasijo de ropa, carnes y fragmentos óseos, se amontonaban en la entrada de la cocina.
La sangre le cubría casi entero y al mobiliario colindante. Tiraba las catanas al suelo. Se miraba las manos enrojecidas y se agachaba. Tenía que tirar con fuerza de dos dedos del finado degollado para hacerse con su pistola. Lentamente se aproximaba a la mesa que antes ocupaba con Isabel. El cadáver continuaba rezumando sangre, y la gravedad se estaba ocupando de que fuesen cayendo sesos poco a poco hacia el alicatado suelo.
Tropezones cerebrales descansaban en el plato de pasta. La salsa cubría algunos de los pedazos. Iván se sentaba, comía helado, y después alargaba la mano y la posaba sobre los pechos de Isabel, que no habían sufrido daño. Les pegaba pellizquito. Se levantaba y, llorando, abrazaba y besaba la boca inerte de su amor.
"No te dejaré sola", pensé.
Cargaba la pistola. Daba dos últimos besos en las sangrientas mejillas de Isabel y a la vez entrelazaba sus dedos con los de la occisa, aún calientes.
"Te amo". pensé de nuevo.
Introducía el cañón del arma en su boca, apretaba el gatillo, y, de pronto, su cabeza se transformaba en un popurrí de sustancias viscosas, astillas óseas y fragmentos de plomo.
DIARIO DE LA CIUDAD - SUCESOS
Matanza en cadena en un restaurante. Un joven, asesina a su pareja y a ocho empleados en un restaurante italiano. Todos los empleados eran miembros de “La Cosa Nostra”.
Jorge, decepcionado, tiraba el periódico sobre la mesa.
-Desde luego, ya no hay Amor. -Claro que hay. Yo te amo -respondía Ana con voz tierna.
El camarero llegaba, decidido y dispuesto, a tomar nota.
Con cara circunspecta y aires de profesional, sacaba su bloc y su bolígrafo del bolsillo de de su impecable uniforme, pero cuando se afanaba en garabatear la palabra “pasta”, la puerta del local se abría violentamente y aparecían tres hombres con mascota negra.
La angelical Lina Oriol, ilusionada pensaba en el vestido que se iba a poner esa noche tan señalada. Quería verse impactante.
La repisa de su pomposo cuarto de baño hacía gala de sus glamurosos cosméticos. Lina tenía experiencia en su aplicación. “El espejo no engaña”. Lucía joven e irresistible, como le gustaba lucir. Al fin y al cabo, era guapa, elegante y con clase, y con mucho dinero.
Antes de salir, se rociaba en las axilas, el cuello, las orejas y las muñecas un exquisito y costoso “Loewe de los, tres Quizás”. Necesario era que en esa velada luciese estupenda, porque era algo así como su cumpleaños y quería tener éxito.
En su Audi deportivo llegaba a un restaurante VIP, donde le sería más fácil encontrar un acompañante para esta ocasión tan especial.
No tardaba en aparecer el galán indicado: un apuesto e ingenuo joven que creía haberla conquistado, pero que era ella la que lo seducía y le invitaba a su mesa. Le sugería beber vino en lugar de cerveza porque odiaba a muerte la cebada.
Para cerrar tan prometedora noche, proponía a su conquista pasarla en su mansión. Sin duda, embelesado por tanta belleza y por tantas curvas corpóreas, aceptaba.
Después de dos asaltos de sexo le entraba hambre, y, dulcemente, cual beso, le hincaba a su galán los colmillos en la yugular, succionándole hasta la última gota de sangre.
El vino mezclado con el vital líquido de su apuesto joven, eran su mejor cena.
Y precisamente esa significativa noche, que a las 12,07 PM cumplía 500 años de haberse convertido en mujer vampiro.
En la oscuridad de la noche, caminaba tranquila y sola por las estrechas calles que llevaban a mi casa. Acababa de salir de la academia, y aún me quedaba veinte minutos para llegar, y a todo esto que no empezase a llover, porque el cielo se estaba encapotando más por momento.
Enfrente de mi casa había una casa antigua y medio destruida. Por todas partes decían que en su interior se podían escuchar lamentos durante las noches. Yo nunca me había creído esa historia, pero de niña siempre me había invadido la curiosidad, y esa noche estaba con ganas de llegar enseguida a mi calle para comprobarlo.
Me fumaba un cigarrillo mientras subía las empinadas cuestas, tratando que nadie me viese, porque si mi madre se enterase que con tan sólo quince años había entrado en el vicio de fumar, una buena regañina me esperaba. Pero un minuto antes de llegar, apagué el cigarrillo, y, para que mi madre no me oliese a tabaco, me metí en la boca un chicle de menta, saboreándolo para despistar.
De pronto algo en mi interior me hacía parar frente a la casa antes citada. “¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Es que me voy a creer esos cuentos? Sólo lo dicen para asustar”, me dije. Pero pensé en mi amigo Tomás, que fue quien me contó la historia de una mujer asesinada allí, cuando un cristal rompiéndose me sacó del trance. Miré las ventanas de la casa y… ¡una sombra las recorría velozmente! “Vale, Eva, estás imaginándote cosas”, de nuevo me dije.
Me fui corriendo a casa, con el corazón en un puño. Tenía miedo, pero me justificaba con que Tomás me había gastado una broma de pésimo gusto. Pálida y más blanca que la leche me vio mi madre nada más entrar.
____ Eva, hija, ¿estás bien? -me preguntó, extrañada. ____ Eh… ¿Cómo…? Sí, mamá, sólo que un gato me asustó. ____ ¿Un gato? ____ Sí, un gato que salió corriendo de la casa de enfrente.
Mi madre empalideció. Parecía más asustada que yo.
____ ¡No te pares delante de esa casa nunca más, me oyes! –me dijo. ____ ¿Por qué? –le pregunté, empezando a sentir más curiosidad que miedo. ____ ¡Porque te lo digo yo! ¡Y punto!
Tras gritarme, entró a la cocina y cerró la puerta de un portazo. Me fui a mi cuarto para hacer los deberes. Conecté los cascos al portátil, lo encendí y puse mi música favorita. “Un poco de rock me vendrá bien para concentrarme en mi tarea”, me dije.
Me sabía todos los compases de este rock y los tarareaba a la vez que escribía. Pero esa noche le noté algo raro. De fondo se oía un gemido. Puse otro y lo mismo. “¿Qué está pasando?”. Me entró miedo, por lo que decidí meterme en la cama. Era tarde y seguro que el cansancio me estaba jugando una mala pasada. Horrible pesadilla se apoderó de mí durante la noche. Parecía real...
Estaba en pie, inmóvil frente a la casa antigua. Pero, de pronto, mis pies empezaban a caminar solos hacia el interior. Los gemidos que había oído en el rock se oían en mi pesadilla; era una mujer. Sin saber cómo ni por qué estaba quieta en medio del salón. Para estar la casa en ruina, el salón estaba en perfecto estado. Un ruido de detrás hizo girarme; no había nadie...
Seguí explorando. Hallé un cuarto de matrimonio y un cuarto de un niño. Parecía una casa normal. Los lamentos no venían de ningún lugar de allí. Bajé hasta el sótano. No parecía haber nada raro, hasta que vi algo en el mismo sitio que estaba; algo horrible había pasado. Tres baldosas que se movían lo ocultaban. ¡Ocultaban un cadáver!
Intenté despertar, pero el sueño no quería. ¡Mamá! intenté gritar, pero no tenía voz. Mi boca sólo emitía un susurro apenas audible. Empecé a correr en la casa buscando una salida, pero entrase donde fuese acababa siempre en el sótano de vuelta. “¿Qué ocurre aquí?”, me dije, al borde del llanto.
Nunca había pasado tanto miedo, hasta ahora. De quien fuesen aquellos huesos, no lo había matado un animal ni un humano. Un ente horrible era el culpable, con los ojos rojos como fuego y calvicie en todo el cuerpo, lo hacían repugnante. Su descomunal altura y sus afilados dientes no dejaban ver buenas intenciones. Traté de correr y gritar, pero aquel monstruo no tardaba en darme caza y matarme.
Y actualmente, a más de cinco años de aquel desagradable y horripilante episodio, aún sigue en mis adentros mi horrible pesadilla.
Era noche cerrada. La lluvia llevaba horas cubriéndolo todo con una incansable insistencia, pero poca gente era consciente de ello. Vivir solo en un caserón, en medio de ningún lugar entre altas montañas, era algo para lo que no todos estamos preparados. Y yo creía que lo estaba… hasta aquella noche. Nunca me había ocurrido nada igual.
Un repicar de la lluvia causaba ecos en toda la casa, reverberando en los pasillos, en cada rincón. Afuera, la lluvia se convertía en furiosa tormenta, mientras adentro, un silencio expectante se imponía sobre todo ruido. Tres golpes secos hacían retumbar la ventana, contundentes como verdades, rajando la seguridad de lo cotidiano.
Desde luego no habían sido producto de mi imaginación, aunque las circunstancias y la razón apuntasen a ello. Tres nuevos golpes, pausados, pero más vigorosos que los anteriores, confirmaban la angustiosa realidad. Era una llamada ¿pero de quién? ¿De qué? La segunda planta donde estaba se alzaba cinco metros sobre el suelo, y la ventana apenas tenía alféizar sobre el que apoyarse.
Aterrorizado, una curiosidad morbosa arrastraba mis pies de la cama y los llevaba en aquella dirección, orientados por la intermitente luminosidad de los relámpagos, que la atravesaban para inundar el cuarto. Las viejas maderas del suelo crujían bajo mi peso, mientras me acercaba lento hasta ponerme ante la ventana, y allí estaba, ocupando el vano de la puerta con su cuerpo, una irrealidad imposible, un error de la Naturaleza. Su bulbosa imagen recordaba a la de un pájaro deforme, creado según unos parámetros absurdos y cubierto su cuerpo por agudas varillas oxidadas, como de paraguas, que se entrechocaban causando unos sonidos angustiosos al ritmo de su agitada respiración.
La cara de aquel ente era lo pésimo; toda cordura quedaba destruida con su visión. Tenía dos ojos humanos asimétricos sin párpados, dos circunferencias perfectas que marcaban un odio fanático, y una ira infinita congelada sobre su víctima. Mostraba una dentadura de dientes irregulares, comprimidos en un mordisco atroz. Mi mente luchaba por volver a atar todos los cabos que me permitiesen unirme de nuevo al mundo real, mientras mi cuerpo quedada inerte frente a semejante aparición. No hacía nada, no decía nada, sólo me miraba con fijeza y con una rabia ancestral, sólo lógica dentro de su conocimiento.
Y la lluvia seguía cayendo...
Lo primero que veía al despertar era el cuarto blanco en el que estaba y de donde no volvería a salir. Ellos dicen que estoy loco, que la soledad ha destruido mi mente, pero ellos no lo han visto como yo, ellos no saben que convive en nuestro mundo, y quién sabe con cuántos entes más.
Su explícito mensaje era su presencia, dar a conocer su existencia real, traspasando el plano onírico. Empero, mi verdad nunca será escuchada.
Algunas veces, cuando la lluvia cae torrencialmente y las tormentas rugen con violencia y todos duermen, puedo escuchar, entre algunos truenos lejanos, un débil tintineo de herrumbrosas varillas, como las varillas de un paraguas viejo.
Mi tumba es un lugar cambiante, algunas veces cálido y mullido. Un refugio a prueba de las inclemencias del exterior; otras veces, las más, se convierte en un pozo frío y lúgubre, una oscuridad sin fondo que roba hasta aliento.
Dentro de este abismo, los ojos no sirven de nada, pero los oídos sueñan con voces azules. Una de esas veces, mi tumba intentaba destacarse para servirme de guía, pero confieso que me resultaba difícil poder distinguirla.
Entre ecos, susurros, ensoñaciones y recuerdos que cruzan esta maldita oscuridad, el tiempo se desgasta, y es entonces cuando olvido por momentos cómo mi tumba se corroe en su eterna fricción hostil con todos.
¿No es esta negritud extensa e interna un mundo aparte? ¿No nacen estrellas y mueren mundos? ¿No es reflejo de un cielo nocturno?
Solo, siempre solo, en medio de un eterno infinito.
Es infinito de uno, espacio para la soledad sin compañía. No me puedo mover pese a que nada me lo impide. En este espacio reducido y cerrado no existen distancias ni metas. En su lugar, flota una espera que con todo y con nada se llena.
Encerrado aquí, construyo mi realidad. Enterrado en tierras rojas todo mi cuerpo, mi voz es un rumor de un río subterráneo que fluye normal, sin pausa. Sobre la misma sangre se hunden algunas palabras extrañas.
¿Es esta en realidad la vida de un muerto? ¿Es en realidad el sueño de un vivo?
Mi mente es un río de miles de estrellas en una helada noche de ataúd. Cada idea, es un fulgor estéril, con cada emoción, un lamento.
Todo es frío. No hay consuelo. Todo quieto. Nada se mueve, ni siquiera se mueven los numerosos gusanos, que, una vez que atrapan un trocito de carne, putrefacta ya, permanecen un largo tiempo royendo.
Miro afuera de mi tumba por los agujeros que me sirven de ojos, la veo en el espejo y me pregunto: “¿dónde iré cuándo esta tribu de hambrientos gusanos me devoren por completo?”.
Afeito las mejillas de mi tumba.
¿Sabían, por casualidad, que los muertos andan?
Listos una vez más para vagar por ese inmenso Cementerio que es el mundo. Veo, hablo y trato con muertos, que, con sus ataúdes, caminan...
El sueño de la vida se torna en una pesadilla de sangre oscura. Sí, lo juro por todos mis muertos, ya sí que no me cabe ninguna duda: mi cuerpo es mi tumba.
No sabía qué pensar ni qué decir, pero las pisadas cada vez se hacían más fuertes y mis oídos retumbaban como si en ellos hubiese un tambor que hacían temblar mi cerebro. Una hora y media llevo debajo de la cama de mis padres. El tiempo estaba empeorando, las nubes cubrían la ciudad, los truenos alumbraban el cuarto que, expectante, esperaba que apareciese entre una amenazadora oscuridad, una bestia o un algo producto de mi imaginación. Un largo escalofrío me recorría, y mi única luz era mi linterna, pero la batería se había agotado hacía rato.
Las pisoteadas se acercaban cada vez más, haciendo que mis nervios se acelerasen al máximo. ‘¿Qué será? No parece un humano. Nadie de este planeta puede hacer semejantes ruidos. ¿Y esos rugidos? Tan rígidos y espantosos que parecen los de un tigre hambriento, oliendo comida: yo, que ahora soy su comida. Esa bestia espera el momento más oportuno para abalanzarse contra mí y destrozarme’, me dije.
Jamás había pensado que me podría pasar algo así a mí. Nunca he creído en estas cosas, pero precisamente hoy tenía que pasarme estando solo en casa. Pero... ¿qué puedo hacer? Sólo tengo 14 años y no puedo llamar a la policía, porque no me creería y encima me tildaría de loco. Pero me da miedo bajar. Siento frío detrás de mí en la oscuridad, como si algo me estuviese observando con ojos siniestros.
Hace unos cuantos días leí en un periódico que habían experimentado con monos en laboratorios y los resultados eran horripilantes: monstruos sin piel que no podían pensar, sólo oler carne humana para poder alimentarse. Pero nunca creí ese tipo de historias, ni en otras por el estilo.
Estudiaba las posibilidades para salir de la habitación, sin que ‘esa cosa’ me atacase, cuando un fuerte golpe se podía oír en la habitación de al lado. Ponía el oído en la pared para tratar de escuchar. Nada. Pero tenía que salir, la curiosidad me mataba, y esa bestia estaba ahí, sin parar de observarme; sentía su olor fétido y veía los pelos que le salían de la espalda, en la única parte que los tenía. Era repugnante y se veía hambrienta, y yo era su presa.
Me fijé que en el cuarto había una puerta, no sabía a dónde llevaba, era mi primera noche en aquella casa nueva y no la conocía del todo; la abrí, me llevó a un pasillo y después al baño, justo donde quería llegar, abrí la puerta, pero mi sorpresa fue más grande; había un boquete gigante en la pared. Me asomé y no parecía tener fondo. Pero lo más extraño era que se reflejaba como un espejo, un espejo que al otro lado era igual al baño de mi casa. Con miedo y con manos temblorosas, me acerqué y toqué con mucho cuidado el boquete que estaba sobre la pared, como mirándome, como si tuviese vida propia…
Eran las seis de la mañana. Me desperté en mi cuarto, con frío y con una extraña sensación de humedad en la espalda y en parte del pecho. Estaba confundido. No sabía si lo había soñado o si era verdad. Tenía en mente la bestia que me asechaba en la oscuridad, y lo único que recuerdo era el boquete, que desde él me miraba, me miraba con odio, o al menos así me parecía a mí.
Definitivamente estaba en mi casa. Sentía cómo mi madre ponía los platos para el desayuno, así que me levanté y fui a por ropa a mi armario. Pero la sorpresa que me llevé fue más horrible que todas las cosas que había soñado. Dentro de mi armario estaba aquella bestia que tanto me había asechado en mi sueño, horrible como ella sola, sin pelos, excepto en la espalda. Unos colmillos, largos, enormes y afilados, con grandes y fuertes garras y unos ojos saltones, como de sapo, orejas largas y caídas. Me quedé mirándole, sin hablar. Apenas si podía moverme. Pero si todo había sido un sueño, ¿por qué la bestia seguía allí? ¿Sería el boquete del baño un portal hacia otro mundo, o quizás hacia el sueño?
Lo único que sabía es que después de lo vivido y lo soñado, trataría por todos los medios no volver a soñarlo, ni, por supuesto, vivirlo.
En sueños soñamos amarnos, desearnos, pero ¿quién va a contarte sino mis letras que quiero amarte y desearte despierta y decidida a luchar contra todos los inconvenientes que nos separan?
Exquisitos parpadeos me traen la imagen de un cuarto de un hostal que sabía que nacían de tu deseo. Me acercaba a ti con imprudente docilidad, para tratar de catar lo que aún no sabía si podía catar.
Puedo construirme el Amor que desee, sin pedirte permiso ni esconder mis intenciones, pero desecho eso porque lo que quiero es mis pasos me lleven a vernos de nuevo, y así hacerte ver que debes tirar por la borda tu edad, a la vez que yo me desharía de algunos prejuicios que me aploman.
El muro que ahora nos separa es por día más recio, pero yo quisiera reconstruirlo endeble. En nuestro primer encuentro, mi ansia no supo derribar la muralla 26. Y es por eso que quiero otra cita para que recorras lentamente mi cuerpo y que tus uñas en mi espalda te guíen hasta la ruta de mi sexo. Guardaría mis manos para hacerte la dueña de los próximos movimientos, hasta que llegase tu turno…
Sé que ansías eso, porque cuando sueltas aire para provocarte en la piel un calor, te excitas. Un dulce compás, una espera intranquila me absorbería y me hundiría en mi incertidumbre, para volver a desear lo que deseábamos y perseguíamos. Tiempo al tiempo…
Un bocinazo de detrás indica que la luz roja ha fenecido, y que estás atascando con las letras de mi ciudad, Madrid, el tráfico de tu ciudad, Sevilla.
Y aunque insisten con el claxon, no arrancas hasta antes no rumiar la suma total de mi edad y la diferencia total de nuestros años.
Comentarios
Os acompañará mi hijita Kinde
que os marque bien las lindes
ACHL
Ikea, ahora tendrá que trabajar con cera
porque han consumido toda la madera
ACHL
Subí las escaleras hasta llegar a su estudio de pintura. La puerta estaba entreabierta. El olor a óleo mezclado con el aroma del café, me daban la bienvenida.
Me gustaba estar allí. En cada rincón sentía su presencia. Me bastaba con ver sus obras y sus cuadros para darme cuenta de la pasión que escondía su corazón y que se esmeraba en ocultar bajo una fachada de un hombre frío, que lo alejaba de la posibilidad de ser el amante perfecto que toda mujer desea tener en su cama.
Me estremecía recordando sus besos, suaves y provocadores, sabiendo cómo despertar la pasión que había en mi interior, y que hacía que me convirtiese en presa de su deseo.
Me fascinaba sentir su osadía por ver mi cuerpo suyo, el mismo cuerpo que él moldeaba como la arcilla entre sus dedos hasta dejarme abandonada a una pasión que enloquecía todos mis sentidos y adormecía mi voluntad.
Súbitamente, mis ojos se iban a un lienzo que había en un caballete. Era la primera vez que lo veía. El color de los cojines parecía no encajar con la sexualidad que irradiaba la mujer, ni con el fuego de su mirada, que pedía Amor a gritos para saciar el deseo que se veía a flor de piel. Cerré los ojos y pensé...
Lo único que cubría mi cuerpo era una bata verde de felpa pero que no conseguía ocultar la pasión que latía en mis adentros. Podía escuchar mis latidos golpeándome el pecho, y recordándome con ellos la locura que estaba a punto de cometer.
Entonces lo vi y me estremecí bajo la llama de su mirada. Se me acercó despacio y puso las manos en mis hombros. Quedé atrapada en la hondura de sus ojos. Sabía que estaba jugando con fuego, pero eso no me importaba.
Yo quería quemarme, deseaba quemarme, arder viva en las diablas llamas de las manos que deshacían vehementemente el nudo que protegía mi intimidad. No podía controlar mi respiración. Mis pechos subían y bajaban en una palmaria invitación a ser acariciados, besados, pero, hasta ese momento, sólo su mirada viajaba por mi cuerpo, hasta pararse en la hendidura que escondía el epicentro de su deseo.
Me acomodó entre unos cojines rojos, pero sin apartar sus ojos de los míos. Deslizó sus dedos sobre mi piel en un desplazamiento tan sensual como atrevido, que me iba apartando de la realidad.
Lamió mis pezones hasta dejarlos de punta, clamando sus mimos. Siguió por mi vientre hasta pararse en el cráter de mi pasión. Con mano experta acarició mi cráter carnoso, hasta humedecerlo entero.
Le pedí que me hiciera suya. Quería sentir su excitación al rozar mi vientre y traspasando la barrera donde el calor se hace candela. Quise acariciarlo, pero me cogió de la muñeca y me dijo:
-Aún no. Ahora sólo quiero ver lo que mis dedos son capaces de hacerte sentir.
Me dejé llevar por sus besos, hasta entrar en un mundo indescifrable de sensaciones, en donde los gemidos son la única forma de aplacar el torrente de placer que inunda cada poro de la piel.
Más tranquila, volví a pedirle que me poseyera. Necesitaba sentir su cuerpo moviéndose al mismo compás que el mío, atormentándonos y regocijándonos en lo que pudiéramos sentir. No aceptó. Se alejó y se ocultó detrás del lienzo y siguió con su tarea, una tarea que se me hacía interminable.
Cuando creí que no podía soportar más su ausencia, dejó, parsimonioso, el pincel sobre el taburete y se unió a mí y a mi deseo de navegar juntos en las aguas turbulentas de la pasión, que amenazaban con devorarnos, si es que no hacíamos algo por evitarlo.
Seguía yo mirando el lienzo. Sabía que él aparecería con sus pantalones vaqueros y su camisa verde de cuadros.
Un cosquilleo en el estómago me anunciaba que ya estaba junto a mí. Al darme la vuelta, me tropecé con sus ojos. Nuestras manos se entrelazaban y rompían el espacio que nos separaba. No hablábamos. Nuestros cuerpos se entendían solos.
Abrí mi boca y él con su lengua exploró cada rincón de la mía, jugando con mis labios. Los besaba como queriendo ser perdonado por este juego que, lejos de herir, me daba placer.
Sus besos hacían camino en mi cuello mientras sus manos quitaban la barrera que cubría mi piel. Chupaba mis pechos, atrapándolos después su boca, mordiéndolos. Yo no pedía clemencia, quería más...
Fui quitándole la ropa. Primero, la camisa, que desabotoné hasta ver su torso, que besé repetidamente, dejando con mis dientes la huella de mi pasión. Después, los vaqueros y los calzoncillos.
Sentía sus manos deslizarse por mis muslos hasta pararse en el charco de mi sexo, para explorarme con una devastadora intimidad que conseguía que mi cuerpo respondiese a semejante embestida.
Los dos teníamos prisa por satisfacer la ansia animal que teníamos a flor de piel. Abrí los ojos y vi la pasión que reflejaba su rostro. Sabía que era yo la causante de este estado de locura, y eso me hacía feliz.
Caímos sobre el sofá. Su cuerpo cubría el mío, y juntos seguimos en loca carrera hacia la cúspide. Me parecía un sueño estar sintiendo su peso, su excitación, su aliento, y todo mezclándose con el mío.
ACHL
no esperaban tamaña cantidad
ACHL
De la factoría Puleva me echaron
porque los repartos se paralizaron
ACHL
¡No es ninguna trola
que ser la favorita del jefe mola!
ACHL
Este trío de tetes misifús
triunfaba a tope en Jolibú
ACHL
Mi jefe me paga un pastón,
y sólo por calentarle el colchón
ACHL
¡Menos políticos del bote
y más tías en despelote!
ACHL
Saludos. Me ha gustado mucho.
Gracias por molestarte en leer parte de mis máximas en doble pareado.
Esta fue una ardua tarea, más bien una tarea de locos. Sobre todo para localizar algunas rimas, pero sin perder el sentido del significado de la frase. Pero me divertí, y mucho, estrujándome el coco.
Estas máximas las entresaqué de algunas definiciones de un mini diccionario que me inventé y que le puse de título "Pequeño Informativo CHAvez (PICHA)".
Si quieres echarle un vistazo...
Aquí:
https://www.forodeliteratura.com/f/discussion/39599/mi-mini-diccionario-picha#latest
Y aquí está el total de mis máximas
https://www.forodeliteratura.com/f/discussion/36399/maximas-en-pareados-dobles#latest
Gracias de nuevo, Juan Manuel.
Saludos
¿No te gusta Malú?
Pues eres ciego tú
ACHL
Buenos días. Sevilla, domingo 24 mayo 2026
Buenos días de domingo 24 del 2026
Les agradeceríamos a las personas que entren por primera vez en este foro de Literatura que participen con comentarios hacia los textos de los foreros que estamos en él, y con escritos propios, imágenes, vídeos... y no solamente se limiten a presentarnos sus obras. Gracias.
Saludos
Y echo en falta...
…tu cuerpo, las suavidades de tus caricias, la miel de tus besos, tus risas musicales, que hacían bailar a mi corazón; tu voz, nuestros paseos con las manos cogidas, mientras nos amábamos; el campo de lecho, y de techo el azul; testigos sordos y mudos de nuestro gran amor. Y echo en falta tu voz tranquilizando mi espíritu, mientras me decías un repetido 'te quiero', mientras me abrazabas, rebosante felicidad. Te echo en falta a ti…
Y estoy harta...
…de la soledad, de los fríos o cálidos días sin ti, del dolor de mi alma que no sana y que no acaba de morir, de esta vida insulsa que muy poco tiene que ofrecerme ya, de cerrar los ojos y ver tu cara, tan cerca y tan lejos a la vez; de vanos sueños, cargados de tormentos; de recuerdos congelados en el tiempo...
Y tengo la esperanza de...
…despertar de este sopor causado por ausencia, de morirme para renacer de nuevo y regresar a tus besos. Porque cuando dos almas gemelas se unen, el olvido no existe. Porque cuando dos almas gemelas se separan, el dolor persiste...
Y juro que nada deseo más…
…que volver a verte, que volver a escuchar tu voz, que sentir tus manos sobre mi piel…
Vuelve a mí, yo repararé tu corazón, yo haré que tus pesadillas se borren. Tus sufrimientos son miseria pura en mi alma, de ansia de gritar, de llorar y de derramar la última lágrima, de desangrarse hasta morir. Y ahora, a las puertas de la muerte, nadie me socorre, tan sólo tu endeble voluntad, mera ilusión de una extinta fortaleza.
Y al borde del caos, no termino de morir, y sigo consumiéndome de pena y de pesar, de tristeza y de amargor que raspan en mi frágil espíritu, en mi voluntad evaporada, en mi corazón turbulento, lleno de ideas trágicas.
Estás tan distante y tan cerca a la vez que hasta sientes el tenue latir de mi corazón, hastiado de una vida sin ti. Cada milésima de segundo, es una eternidad de dolor. Yo, naufrago en mares de recuerdos y en sueños no realizados.
Y todos estos, más agrios que dulces, sentimientos míos no son de ahora. Siento como si los llevase conmigo desde el día en el que te conocí
A Chávez López
Sevilla may 2026
Allí nos encontrábamos ella y yo, sentados sobre el césped de uno de los rincones más románticos del Parque de María Luisa (el pulmón verde de Sevilla) en una irrepetible noche de verano. Las vistas del ínclito parque sevillano son conocidas, pero siempre sorprenden. Sin embargo, mi mirada no estaba en la belleza del paisaje, estaba sumida en un profundo bienestar, el que me daba su grata compañía, su incomparable fuerza en todas las conversaciones, su picante y a la vez ingenua inocencia, su exquisita sensualidad, su personalidad, su amistad sincera.
Permanecíamos todo el tiempo acaramelados y la noche nos acariciaba con su cálida brisa. Una de sus manos en mi rostro la llevaba a esculpirse en mis recuerdos, mientras que las mías la envolvía. provocándome un anhelo que me desgarraba.
Seguíamos conversando, pero me costaba mantenerle la mirada, tal vez por miedo a ella descubrirme lo que mis labios no podían expresar. Mi deseo era cada vez más intenso. Quería quererla, besarla, estrecharla contra mí, pero no podía o no me atrevía. Su sola presencia me absorbía completamente.
Pero al día siguiente se marchó a su ciudad. Y en Sevilla me quedo ahora, echándola de menos a cada segundo.
Por eso que escribo esto hoy para revivir. Y lo revivo para sentir.
Lo que siento, soy.
A Chávez López
Sevilla may 2026
¿Por qué un pugilato permanente en tu interior?
¿Por qué tienes que renunciar a irte con la persona que amas?
¿Y por qué no?
¿Y por qué no huyes de tus ataduras y me das la mano?
¿Y por qué no dejas tu mundo y vuelas al mío?
¿Y por qué vives en un corazón que no te ama?
¿Y por qué no te vas de de unos brazos que no te abrazan?
¿Miedo a qué?
Miedo a buscarte y no hallarte.
Miedo a no saber si volveré a verte.
Miedo a de que pueda zaherirte algún comentario, o alguna equivocada decisión.
Miedo a que no me vuelva a derretir con tu sonrisa, porque no te vea sonreír más.
¿Pánico?
Pánico el mío por que tus pasos sigan pasos que no sean los míos
Pánico de que tus labios dejen de nombrarme, aunque decirme que no quieres hablar.
Y en ese intento desesperado de buscarte en la lejanía, me doy cuenta de que sólo puedo hablar conmigo, porque no te tengo en mis manos, ni en mis brazos, ni en mis labios, ni en ninguna parte de mi cuerpo.
Tú eres mi sueño, mis días, mis noches, mis ganas de comerme el mundo, pero contigo siempre a mi lado. Porque el mundo nos domina, el mundo sabe que puede hacer con nosotros lo que quiera. Pero mientras te pienso, el mundo no existe.
¿Mi tortura?
Bendita tortura que se apodera de mi mente.
Bendita tortura que me persigue, se multiplica y se divide con sólo recordarte.
Bendita tortura que me arrastra a un sin fin de sentimientos y sensaciones, a la vez que me atormenta con esos recuerdos de tu piel.
Bendita cordura que cuando consigo salir del éxtasis de tus recuerdos, me susurra que eres real, que existes, que sientes, que padeces, que me quieres, y te recuerda que sabes que te quiero...
Y en esta espiral de circunnavegación amorosa, termino por hallarte. Me miras fijamente, altanera y desafiante y veo cómo tus dudas se van apoderando de tus sueños.
Y a medida que me voy acercando a ti, te revelas y te ensañas contigo misma, te comes por dentro, y, sin fuerza ya, me preguntas: "¿por qué?".' Y yo te respondo:
A Chávez López
Sevilla may 2026
El rescoldo que le dejó su "queridísimo" papá
Los recuerdos le rondaban esa noche.
La luz artificial era tenue.
El cielo nublado, sin estrellas.
El ambiente llamaba a la depresión, a la melancolía.
Los sentimientos en el interior de Luis eran complejos, una ansiedad que jamás podía contener. ¿Culpa?, sí, culpa sentía cada vez que se acercaba la fecha en la que tenían que hacer un ritual hipócrita que odiaba con toda su ser. Nunca se había sentido querido por su gente, pero cada año se repetía la maldita romería de la familia para visitar su tumba, y él, con ganas de sacar todo a la luz, de gritar la verdad en la cara.
¿Reprimirse en su odiada vida? Callar era el sentimiento para no perder su dignidad, pero al no gritar, no se daba cuenta de que la iba perdiendo.
Esa noche su padre se aferraba a su esposa, abrazándola. Abrazar a su esposa le hacía sentirse bien, como si sus miedos menguasen. Ni siquiera pasaba por el dormitorio de su hijo a darle un beso de buena noche. Le fallaba fuerza. Se levantaba de la cama y se echaba un whisky, y con el vaso en la mano se iba a ver las estrellas desde el jardín de la casa. Su esposa le bendecía desde una de la ventana del salón, sabiendo que su esposo tenía demonios dentro que nunca había exorcizado.
Su padre lo golpeaba, lo maltrataba, abusaba de él sexualmente. Luis lo resistía todo en silencio, aguantaba hasta que su padre salía de su cuarto, y entonces lloraba en ahogos callados.
El padre saciaba deseos carnales en un cuerpo infantil. Era como rasgarle el alma, con la virilidad de un adulto. Nunca llegaba a saber si su madre se enteraba del martirio que lo sometía su padre. En su interior sentía que sí, que ella lo sabía, simplemente callaba por miedo o porque pensaba que acciones así eran normales de un padre a su hijo.
Todos los años, desde la muerte de su padre, era de un riguroso rito el reunirse con la familia en el cementerio para visitar la tumba. ¿Actuar Luis como si le doliese?, pues sí, le dolía, pero no la muerte de su padre, lo que le dolía era el hecho de no haber sido él quien lo había matado, sino un cáncer.
Una noche, mientras Luis estaba en el dormitorio del anciano moribundo, se le acercaba al oído y le decía a sovoz:
-¡No sabes cuánto gozo con verte sufrir, cabrón! ¡Ojalá sufras mil veces esto! ¡No tendría comparación nunca con lo que tú me hacías, hijo de puta!
Dos días después moría. Y después, un derrame cerebral de la madre, que no asistía al funeral ni a la misa del "esposo y padre ejemplar": eso decía su epitafio. Y el llanto de su hermana en el velatorio y la necrópolis, corroboraba lo que sabía en años. Ninguno había compartido su victimización a manos de aquel, mal llamado padre.
Sacaba todas las fuerzas de flaqueza que podía. Tenía ganas de hacer lo que iba a hacer. Se levantaba de madrugada y, mientras sostenía con una mano la manija de la puerta del dormitorio, era en ese momento cuando odiaba más a su padre. Su "queridísimo papá" lo había convertido a su imagen y semejanza.
Del otro lado de la puerta, un niño de apenas ocho años abrazaba fuertemente su tesoro: su bicicleta, mientras rezaba para que no fuese el fantasma de su malvado padre el que estuviese al otro lado de la puerta.
A Chávez López
Sevilla may 2026
Lucha contra la agridulce realidad
Declaración, más que de intenciones es de querer querer intenciones de amar.
El Amor es un dios poderoso que todo lo puede, pero precisamente por ser un poderoso y porque todo lo puede, puede irse de la misma manera que llega.
Amar es amar, y querer es tener el valor suficiente para exponerse a un inconveniente.
Hagas lo que hagas no permitas que me vaya de tu lado. Por día, el muro entre tú y yo es más ancho, más rígido, más lleno de rostros nuevos.
¡Malditos rostros sin ojos y retorcidas sonrisas! Se burlan de nuestra separación. Gozan de nuestra separación. Les maldigo. ¡Cállense y ahóguense en vuestra sangre! ¡Les odio!
Tantos tiernos momentos juntos, ahora masacrados. Mientras tú lloras, y yo aquí, al otro lado del muro consolándote y llorando también. Dejemos de llorar, y no permitamos que nos vayamos. No les creas, no saben lo que dicen, o lo saben. Son puras falacias, celosos de nosotros. Quieren vernos sufrir. No los escojas a ellos, escógeme a mí que no te vas a arrepentir. Reanudemos nuestro glorioso camino. Vayamos juntos de la mano.
En pleno silencio tuyo, pero creo haberte comprendido mejor de lo que piensas. Es hora de no escuchar a nadie. Este muro se ha hecho más fuerte, pero no importa. Nosotros lo derribaremos.
¡Oh mi Amor! Algo pasó. ¿Qué te han dicho? Detrás de este horrible muro oigo tus pasos, vienes hacia mí de nuevo. ¡Qué alegría! ¡Vamos, coge mi mano una vez más! Visitemos juntos nuestro jardín, que en él estarán esperándonos nuestros verdaderos amigos. ¿No los echa en falta? Soñaste con verlos. ¿Te acuerdas? Ese día nací yo.
En silencio, sin palabra, habla, Amor mío. Es mucho lo que te quiero contar. El muro se ha roto sólo un momento. Vendrán muchos más momentos. ¡Aprovechémoslos!
¡Qué hermosas flores! Frescas, vivas y coloridas, como las hijas legítimas de la Madre Naturaleza. ¡Ellas también lloran al igual que tú! ¡Ellas también sangran y sienten miedos! Lentamente, el muro aparece en cada una de ellas. ¡Maldita oscuridad! ¡No me sueltes, mi Amor, que no soy nadie sin ti! Recapacita. Hazme fuerte para que yo sepa interpretar tu recapacitar.
Con palabras serenas pero tristes, creo haberte escuchado decir: 'deja de amarme, sólo fuiste una pesadilla; el mejor momento de aquella noche fue cuando desperté'.
¡Te mientes a ti mismo y quieres hacerme partícipe de tus mentiras! Pero no. Yo sé bien lo que quiero: TÚ.
No quiero que sea esta la última vez. Quiero volver apoderarme de tus miedos. ¿Por qué huyes de tu verdadera amiga, mientras yo, tu amiga del alma, podría caer en el profundo vacío de tu olvido.
A Chávez López
Sevilla may 2026
Su tesoro era su nieta y las 20 cartas de él
—¿Cómo fue?
Preguntó una vocecilla aguda, mientras sus ojos oscuros se posaban en los de la mujer mayor, que buscaba las palabras exactas para que la metiese en ese mundo mágico e indescifrable.
—Fue…
Se interrumpió, y su mirada se perdía unos momentos en la ventana que daba a la calle. La lluvia caía intensamente, mojando todo a su paso.
—Fue un bello sueño, de esos sueños que no se quieren olvidar. El día se había apagado y la noche aparecía majestuosa, desplegando miles de estrellas en el oscuro firmamento. Era el momento para los dos. Así estaba escrito en sus destinos.
—¿Eso es verdad, abuelita? -preguntó la niña, arrodillada en su cama.
Al notarse los ojos brillantes por la emoción, luego de haber capturado la atención de su nieta, esbozó una sonrisa y continuó:
—Sí, todo lo que digo es verdad. Esa damita y ese jovencito misterioso se miraron el uno al otro, con las luciérnagas como únicos testigos. Pero ya nada iba a ser igual.
Por fin se había quedado dormida. Respiraba tranquila, vencida por el cansancio después de un largo día de juegos en el jardín.
Cerró la puerta con cuidado y despacio, y sin hacer ruido se dirigió a su habitación; abrió su armario y cogió una pequeña caja de cartón, de esas para los zapatos. En su interior guardaba uno de sus tesoros: 20 cartas. Cogió una y la releyó. En cada línea, la nostalgia castigaba su alma. Cogió una fotografía en blanco y negro, que aparecía un veinteañero sonriendo, y sus ojos verdes brillaban con un dejo de ingenuidad reflejados en ellos. Su uniforme militar lo lucía impecable, perfecto.
Los recuerdos felices lejanos recorrían su mente cual torbellino. Era imposible no sentir pena y tristeza por lo que no fue.
A pesar de los años, los sentimientos permanecían intactos e imborrables. El paso del tiempo había apaciguado el dolor, pero nunca lo extinguió. Cada gesto, cada nota de su voz, todo lo que él significaba para ella, estaba guardado en su corazón. Nunca pudo olvidar su mirada. Sus ojos tenían un brillo especial; siempre llenos de luz.
Las lágrimas se deslizaban lentamente por las mejillas de la abuela, que le recordaba una vez más como cada año en secreto. Un secreto había sido su Amor en vida y un secreto sería hasta su muerte.
"'Bueno, en realidad no era tan secreto", pensaba mientras una sonrisa brillante aparecía en su cara. 'Mi nieta es testigo en mi cuento de nuestro Amor!, añadió a su pensamiento.
En silencio y tranquilamente, cerró los ojos y soñó. Soñó que el tiempo no había pasado, que él besaba sus labios finos.
Y también soñó que su profundo Amor por Carlos perduraría más allá de la eternidad.
A Chávez López
Sevilla may 2026
Infortunio en grado superlativo
Me llamo José Antonio y tengo 14 años. Mi familia es pobre. Mis padres casi nunca están en casa. Se pasan los días enteros trabajando para poder mantenernos y darnos la mejor calidad de vida posible, pero no logran gran cosa. Soy sencillo, extrovertido y altruista. No puedo acudir al colegio porque tengo que ocuparme de mi hermanita y además tengo que recoger cartones y chatarras y luego venderlos, y así conseguir dinero para comprar comida y ropa para los dos. Son ahora las diez de la noche y acabo de darle la cena a mi hermana, la he aseado y la he acostado, y ahora estoy sin poder dormir. En mi insomnio me ocupo en pensar en cómo poder ayudar a mis semejantes. Soy sociable y me gusta socializar. Pero todo ha cambiado radicalmente tras tres sucesos macabros seguidos que han sucedido en nuestro mísero hogar.
Mi padre murió de cáncer. Estamos tristes y mi madre más que ninguno, hasta el punto de que no lo soporta. Después de la muerte de mi padre quedó inmersa en una angustia, entrando en melancolía, de la cual no pudo salir, y pocos días después se suicidaba. Mi hermanita de 4 años me llamó llorando: ¡ven, mamá ha muerto! No entendía el porqué de todo esto, pero mi madre murió porque no soportó no ver nunca más a mi padre. Peto tenía dos hijos y no le importó. Después de esta desdicha, me puse a meditar. No había quién trajese dinero a casa, así que tuve que trabajar en la calle. Empecé en una tienda como el chico de los recados. Era poco lo que ganaba, pero suficiente para mi hermana y para mí, y para la escuela de ella.
La muerte de mi padre me dolió, y con el suicidio de mi madre me hundí en en tristeza. No sabía qué hacer con mi vida, ya había perdido interés por vivir. Pero fui fuerte e hice una cosa que a mi madre no le ocurrió hacer: pensar en mi hermanita.
Mi hermana era muy pequeña y echaba en falta a mi madre, aunque con mi ayuda poco a poco iba sobrellevando su ausencia.
Luego de un mes, mi hermana enfermó; se quejaba mucho, tenía fiebres extrañas, decía que le dolía el pecho, que se iba a caer, que le temblaban las piernas, estaba sin fuerzas. La llevé al hospital y la ingresaron. A los dos días, el médico diagnosticó que era un serio problema del corazón, que la iba a medicar y a esperar a que fuese mejorando. Sólo diez días más vivió.
Mi vida era un asco. No entendía por qué me pasaba todo eso. Sin duda, tenía la vida en contra. Era pobre, mi padre murió de cáncer, mi madre se suicidó y mi hermana enfermó hasta morir, además no tenía parientes con los que pudiese contar. Estaba solo en este mundo.
Mi hermana murió porque no encontraron un donante. Iba a visitarla a diario al hospital hasta que me informó su médico que se quedó dormida y nunca más despertó. Estaba destrozado, no sabía, no entendía, no quería entender el porqué de todas esas cosas, el porqué de la vida tan miserable que tuve, que tengo, y que tendré.
Si hay un Dios que se apiada de las personas, este caso era la excepción. Todos los días rezaba por mi hermana para que mejorase. Pero nada. Y fue entonces cuando deduje que Dios no existe, que es una creencia creada por el humano para su comodidad. Los seres humanos necesitan algo en qué sostenerse. Los milagros, las fortunas y las desgracias son parte de la vida.
Hay cosas inexplicables que la gente dice “decisión de Dios”. Pero no, no es así. La gente, al no saber, lo asocia con el supuesto Todopoderoso.
Cualquiera en mi situación hubiese terminado con su vida. Pero yo no, yo, con fuerza de voluntad salí adelante, sin ayuda de nadie. Me propuse estudiar Medicina. Este iba a ser mi gran reto, porque me auto culpé de la muerte de mi hermana, sencillamente porque no pude ayudarla. Pensé varias veces en cederle mi corazón para que ella pudiese seguir viviendo, pero fue mi indecisión la que no me dejó coger la decisión correcta, además de que esto es ilegal y ningún médico se comprometería a ello.
Comencé a ir a la biblioteca local, a estudiar todo lo referente a la Medicina. Estudié durante años. Había aprendido mucho pero no era feliz. No tenía derecho a la felicidad.
Un día, algo peculiar sucedía. Vi una persecución policial, podía escuchar la sirena de las patrullas que estaban a cien metros de mí. Venían a mucha velocidad. El conductor del auto que estaba siendo perseguido giró a la derecha. Yo estaba en la esquina. Me había quedado paralizado. Veía que el coche, derrapando, venía directo a mí, el chófer había perdido el control por tan alta velocidad. Pero cuando salí del estado en que estaba, era tarde. Abrí los ojos con miedo, sorpresa, desesperación, angustia y más emociones. Veía en dos segundos toda mi vida pasar delante de mí; lo feliz que había sido de niño, y el cambio radical cuando me volví altruista. Veía la muerte de mi padre y la de mi madre, y también la de mi hermanita, y todo lo que pasó después hasta llegar a hoy. Lo único que pude decir fue “mi infortunio, todavía no ha acabado”, y, de pronto, el coche perseguido impactó contra mi cuerpo.
Periódico local - Sucesos
Ayer, un coche se estampó contra la pared de un edificio y entre éste y el muro había un chico que, con un libro en l mano, iba a clase de Medicina y cuyo propósito era curar a las personas. Seguía todavía con vida, tenía los ojos lagrimosos, brotaba sangre de su boca y sus oídos.
Algunas personas se fueron acercando al lugar del siniestro y cuando vieron que seguía vivo, trataron de levantar el bloque de hormigón que estaba incrustado en su cuerpo, sin lograrlo. La policía capturó al ladrón y asesino.
Después de algunos minutos, el accidentado estaba tumbado boca abajo en el suelo para no ahogase con su propia sangre. A duras penas, habló y se movió. La gente que estaba a su lado le decía que no hiciese esfuerzos, que la ambulancia estaba en camino. Pero el chico no hizo caso y siguió esforzándose para incorporarse. Con enorme dificultad, sacó una cartulina impresa de uno de sus bolsillos.
-Un bolígrafo -pidió con voz débil y empezó a expectorar sangre. Una mujer que estaba cerca puso uno bolígrafo en su mano, y la victima marcó con X un recuadro y garabateó su firma. Era la aceptación de donar sus órganos. Luego, volvió hablar, sin dejar de soltar sangre a borbotones.
-Si no puedo ayudar como médico, podré hacerlo así -hacía referencia a lo que antes marcó con una X y firmó en una cartulina. Pocos segundos después, cerró sus ojos para siempre.
Y esta fue la última buena acción de un chico bueno, trabajador, sociable y generoso, a pesar de lo mucho y espantoso que le había tocado vivir antes de su extinta vida.
A Chávez López
Sevilla May 2026
Subidón de su ego
Buscó afanosamente en la bibliografía el mejor de los seudónimos para que no se supiese que su nombre real era Sisebuto.
Buscó imágenes en Internet que representase un hombre guapo y gallardo para ocultar el hecho de que era un individuo bajito, feo, tartajoso, bizco, cojo, manco y extremadamente delgado.
Aprendió a manejar el corrector de textos para que sus faltas de ortografía, consecuencia de su poca escolaridad, no fuesen tan obvias en el momento clave del escrito de presentación.
Hizo un montón de fotocopias de cientos de poemas de Amor de autores desconocidos para que las señoras que los leyesen lo considerasen un auténtico poeta.
Plagió la foto de un modelo italiano (fallecido) para enviársela a las damas del Internet, que querían verlo al menos en foto.
Mostró durante meses su falsa imagen al mundo del Internet, hasta que una mujer de su ciudad le pidió conocerse en persona, y él, previas absurdas disculpas y cientos de mentiras como justificación, le propuso una cita a medio plazo, hasta que no tuvo más cojones que comparecer.
Y se conocieron en un céntrico bar de copas, contándose previamente cómo irían vestidos.
Ella tampoco se acercaba absolutamente en nada a lo que él esperaba.
Y ahora, sin ningún tipo de maquillaje cibernético, cara a cara los dos, se sentían de puta madre y decidían amarse para siempre tal y como eran.
Sevilla may 2026
-¿Quieres más? –preguntaba Iván a Isabel, a la vez que movía con el cucharón los trozos de carne entre la pasta.
-¿Quieres que reviente? -decía Isabel exhibiendo en su sonrisa una perfecta dentadura.
-En ese caso, me serviré lo que queda.
Iván se servía la última ración disponible. Isabel vertía más vino de la botella en el vaso de Iván. Mientras Iván masticaba, miraba a Isabel. O: miraba el canalillo de Isabel.
En verdad, Isabel estaba buenísima. Iván no paraba de tener pensamientos eróticos con su nueva pareja: alta, rubia, labios carnosos, grandes ojos verdes y un cuerpo ¡uf! Se veía Iván un afortunado por el sólo hecho de haberla conocido.
Y de eso hacía dos días. Ocurría en una comida de empresa, donde dos grupos del sector informático se reunían para cenar y así conocer las impresiones de los demás miembros del gremio.
Isabel e Iván pertenecían cada uno a un grupo diferente. Empezaban a charlar en la cena cordialmente, y a la semana surgía la relación.
Y allí, en un restaurante italiano, estaban los dos, diez días después, como una pareja que se inicia en las artes amatorias con amor, deseo, respeto y educación.
La cena era una idea que Isabel aprobaba con agrado. Era una fanática de la pasta. Y aquella cena era el primer acto de los tres que componían el plan: pasta, concierto y cama, digo… casa… Los dos juntos. Pero, claro, enamorados y solos… en fin.
Iván, desde aquella cena sólo pensaba en pasear su lengua por aquellas dos mamas jugosas, y parecía que esa noche lo iba a conseguir. Tiempo al tiempo…
La idea le volvía a atosigar. ‘¿Serán grandes? ¿Pequeñas? ¿Operada? ¿Auténticas?’.
-¿Quieres que pidamos postre? -preguntaba en tono cariñoso a Isabel.
-Para mí, una bola de helado de fresa con nata -contestaba esbozando enorme sonrisa, ornada con el rubicundo rojo chillón de sus labios.
-Pues para mí, un café solo. Me apetece estar despejado…
El camarero se acercaba al ver el brazo de Iván alzado; le pedía los postres acordados. El camarero se alejaba después de anotar en su bloc.
Como la mesa de ellos estaba en la terraza exterior, cuyo techo era el cielo, Iván se encendía un cigarrillo. Isabel no fumaba, pero tampoco se oponía a que su chico lo hiciese. Él miraba a sus alrededores. La terraza estaba vacía ya. Ellos eran los últimos allí, lo cual le reconfortaba.
Hablaban de sus últimas y ajetreadas jornadas laborales durante los pocos minutos que tardaba en reaparecer el joven ítalo con una bandeja blanca, y encima de ella los dos postres pedidos: una copa de aluminio con una bola de helado de fresa con nata, y un humeante, negro y aromático café en taza de porcelana.
Cuando la taza tocaba mesa, la puerta del local se abría estrepitosamente. Y empezaban a acaecer acontecimientos precipitadamente. Primero un disparo. Segundo un dolor.
Tres tipos con sombrero negro y gafas oscuras entraban al local. El primero de ellos portaba una pistola repetidora, la causante de aquél horrible estruendo.
El primer proyectil daba en el pecho del joven camarero, que caía fulminado con un orificio de entrada en su pecho y otro de salida en su espalda. Un arroyo de sangre tapizaba el mobiliario cercano.
Segundos después, el cerebro de Iván se preguntaba por su acompañante. Iván giraba el cuello.
Isabel seguía sentada, con la misma sonrisa que exhibía segundos antes, pero sin el tercio superior del cráneo.
Unos grumos de masa encefálica fluían por hilos de sangre, que resbalaban por su tez, acariciando macabramente la comisura de unos labios que minutos antes había besado, para acabar goteando en el canalillo, también castigado por el plomo, que mostraba carne interior de las glándulas mamarias. Por desgracia, no parecía haber silicona en aquella masa pultácea.
Iván no podía gritar ni siquiera hablar, sólo se quedaba inmóvil, mirando aquel bello pedazo de carne del que profundamente había estado enamorado, tan sólo unos minutos antes.
Aquellos tres tipos con mascotas negras se olvidaban de un Iván inmóvil y entraban a quemarropa en las dependencias interiores del restaurante. Cuando el arma rugía de nuevo, entonces reaccionaba. Se levantaba de la silla con tranquilidad macabra. Caminaba hacia una de las paredes del local, donde se exhibían regalos que podía lograr los clientes por su fidelidad a cambio de puntos que se obtenían al pagar la cuenta. Con igual tranquilidad, miraba dos catanas. Las descolgaba de los asideros y las desenvainaba de sus llamativas fundas, y después caminaba hacia la entrada de la cocina empuñando hojas afiladas cual cuchilla de afeitar. Dos nuevos disparos tronaban en sus oídos. Esperaba escondido tras el marco de la puerta.
Los tres capos, una vez cumplida su vil tarea, que consistía en asesinar al dueño y a los empleados del local, se disponían a abandonar con presteza el lugar del crimen. Bajaban corriendo las escaleras que llevaban a la cocina desde la planta principal.
Iván escuchaba pasos, cerraba los ojos y apretaba las empuñaduras.
Cuando el primer capo salía no le daba tiempo a entender lo ocurrido. Bastaba un tajo para separar limpiamente una cabeza cubierta con mascota de un cuerpo que aún sostenía una pistola en la mano derecha. El frenesí se apoderaba por completo de Iván.
Con insospechada velocidad batía sus brazos cual aspa. Las catanas hacían su tarea. El sonido de la hoja, penetrando y lacerando huesos, se hacía interminable.
Sólo se detenía por puro cansancio. Un amasijo de ropa, carnes y fragmentos óseos, se amontonaban en la entrada de la cocina.
La sangre le cubría casi entero y al mobiliario colindante. Tiraba las catanas al suelo. Se miraba las manos enrojecidas y se agachaba. Tenía que tirar con fuerza de dos dedos del finado degollado para hacerse con su pistola. Lentamente se aproximaba a la mesa que antes ocupaba con Isabel. El cadáver continuaba rezumando sangre, y la gravedad se estaba ocupando de que fuesen cayendo sesos poco a poco hacia el alicatado suelo.
Tropezones cerebrales descansaban en el plato de pasta. La salsa cubría algunos de los pedazos. Iván se sentaba, comía helado, y después alargaba la mano y la posaba sobre los pechos de Isabel, que no habían sufrido daño. Les pegaba pellizquito. Se levantaba y, llorando, abrazaba y besaba la boca inerte de su amor.
"No te dejaré sola", pensé.
Cargaba la pistola. Daba dos últimos besos en las sangrientas mejillas de Isabel y a la vez entrelazaba sus dedos con los de la occisa, aún calientes.
"Te amo". pensé de nuevo.
Introducía el cañón del arma en su boca, apretaba el gatillo, y, de pronto, su cabeza se transformaba en un popurrí de sustancias viscosas, astillas óseas y fragmentos de plomo.
Matanza en cadena en un restaurante. Un joven, asesina a su pareja y a ocho empleados en un restaurante italiano. Todos los empleados eran miembros de “La Cosa Nostra”.
Jorge, decepcionado, tiraba el periódico sobre la mesa.
-Desde luego, ya no hay Amor.
-Claro que hay. Yo te amo -respondía Ana con voz tierna.
El camarero llegaba, decidido y dispuesto, a tomar nota.
Con cara circunspecta y aires de profesional, sacaba su bloc y su bolígrafo del bolsillo de de su impecable uniforme, pero cuando se afanaba en garabatear la palabra “pasta”, la puerta del local se abría violentamente y aparecían tres hombres con mascota negra.
A Chávez López
Sevilla may 2026
A veces, la apariencia engaña
La angelical Lina Oriol, ilusionada pensaba en el vestido que se iba a poner esa noche tan señalada. Quería verse impactante.
La repisa de su pomposo cuarto de baño hacía gala de sus glamurosos cosméticos. Lina tenía experiencia en su aplicación. “El espejo no engaña”. Lucía joven e irresistible, como le gustaba lucir. Al fin y al cabo, era guapa, elegante y con clase, y con mucho dinero.
Antes de salir, se rociaba en las axilas, el cuello, las orejas y las muñecas un exquisito y costoso “Loewe de los, tres Quizás”. Necesario era que en esa velada luciese estupenda, porque era algo así como su cumpleaños y quería tener éxito.
En su Audi deportivo llegaba a un restaurante VIP, donde le sería más fácil encontrar un acompañante para esta ocasión tan especial.
No tardaba en aparecer el galán indicado: un apuesto e ingenuo joven que creía haberla conquistado, pero que era ella la que lo seducía y le invitaba a su mesa. Le sugería beber vino en lugar de cerveza porque odiaba a muerte la cebada.
Para cerrar tan prometedora noche, proponía a su conquista pasarla en su mansión. Sin duda, embelesado por tanta belleza y por tantas curvas corpóreas, aceptaba.
Después de dos asaltos de sexo le entraba hambre, y, dulcemente, cual beso, le hincaba a su galán los colmillos en la yugular, succionándole hasta la última gota de sangre.
El vino mezclado con el vital líquido de su apuesto joven, eran su mejor cena.
Y precisamente esa significativa noche, que a las 12,07 PM cumplía 500 años de haberse convertido en mujer vampiro.
A Chávez López
Sevilla may 2026
En la oscuridad de la noche, caminaba tranquila y sola por las estrechas calles que llevaban a mi casa. Acababa de salir de la academia, y aún me quedaba veinte minutos para llegar, y a todo esto que no empezase a llover, porque el cielo se estaba encapotando más por momento.
Enfrente de mi casa había una casa antigua y medio destruida. Por todas partes decían que en su interior se podían escuchar lamentos durante las noches. Yo nunca me había creído esa historia, pero de niña siempre me había invadido la curiosidad, y esa noche estaba con ganas de llegar enseguida a mi calle para comprobarlo.
Me fumaba un cigarrillo mientras subía las empinadas cuestas, tratando que nadie me viese, porque si mi madre se enterase que con tan sólo quince años había entrado en el vicio de fumar, una buena regañina me esperaba. Pero un minuto antes de llegar, apagué el cigarrillo, y, para que mi madre no me oliese a tabaco, me metí en la boca un chicle de menta, saboreándolo para despistar.
De pronto algo en mi interior me hacía parar frente a la casa antes citada. “¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Es que me voy a creer esos cuentos? Sólo lo dicen para asustar”, me dije. Pero pensé en mi amigo Tomás, que fue quien me contó la historia de una mujer asesinada allí, cuando un cristal rompiéndose me sacó del trance. Miré las ventanas de la casa y… ¡una sombra las recorría velozmente! “Vale, Eva, estás imaginándote cosas”, de nuevo me dije.
Me fui corriendo a casa, con el corazón en un puño. Tenía miedo, pero me justificaba con que Tomás me había gastado una broma de pésimo gusto. Pálida y más blanca que la leche me vio mi madre nada más entrar.
____ Eva, hija, ¿estás bien? -me preguntó, extrañada.
____ Eh… ¿Cómo…? Sí, mamá, sólo que un gato me asustó.
____ ¿Un gato?
____ Sí, un gato que salió corriendo de la casa de enfrente.
Mi madre empalideció. Parecía más asustada que yo.
____ ¡No te pares delante de esa casa nunca más, me oyes! –me dijo.
____ ¿Por qué? –le pregunté, empezando a sentir más curiosidad que miedo.
____ ¡Porque te lo digo yo! ¡Y punto!
Tras gritarme, entró a la cocina y cerró la puerta de un portazo. Me fui a mi cuarto para hacer los deberes. Conecté los cascos al portátil, lo encendí y puse mi música favorita. “Un poco de rock me vendrá bien para concentrarme en mi tarea”, me dije.
Me sabía todos los compases de este rock y los tarareaba a la vez que escribía. Pero esa noche le noté algo raro. De fondo se oía un gemido. Puse otro y lo mismo. “¿Qué está pasando?”. Me entró miedo, por lo que decidí meterme en la cama. Era tarde y seguro que el cansancio me estaba jugando una mala pasada. Horrible pesadilla se apoderó de mí durante la noche. Parecía real...
Estaba en pie, inmóvil frente a la casa antigua. Pero, de pronto, mis pies empezaban a caminar solos hacia el interior. Los gemidos que había oído en el rock se oían en mi pesadilla; era una mujer. Sin saber cómo ni por qué estaba quieta en medio del salón. Para estar la casa en ruina, el salón estaba en perfecto estado. Un ruido de detrás hizo girarme; no había nadie...
Seguí explorando. Hallé un cuarto de matrimonio y un cuarto de un niño. Parecía una casa normal. Los lamentos no venían de ningún lugar de allí. Bajé hasta el sótano. No parecía haber nada raro, hasta que vi algo en el mismo sitio que estaba; algo horrible había pasado. Tres baldosas que se movían lo ocultaban. ¡Ocultaban un cadáver!
Intenté despertar, pero el sueño no quería. ¡Mamá! intenté gritar, pero no tenía voz. Mi boca sólo emitía un susurro apenas audible. Empecé a correr en la casa buscando una salida, pero entrase donde fuese acababa siempre en el sótano de vuelta. “¿Qué ocurre aquí?”, me dije, al borde del llanto.
Nunca había pasado tanto miedo, hasta ahora. De quien fuesen aquellos huesos, no lo había matado un animal ni un humano. Un ente horrible era el culpable, con los ojos rojos como fuego y calvicie en todo el cuerpo, lo hacían repugnante. Su descomunal altura y sus afilados dientes no dejaban ver buenas intenciones. Traté de correr y gritar, pero aquel monstruo no tardaba en darme caza y matarme.
Y actualmente, a más de cinco años de aquel desagradable y horripilante episodio, aún sigue en mis adentros mi horrible pesadilla.
A Chávez López
Sevilla may 2026
Lo trajo la noche
Era noche cerrada. La lluvia llevaba horas cubriéndolo todo con una incansable insistencia, pero poca gente era consciente de ello. Vivir solo en un caserón, en medio de ningún lugar entre altas montañas, era algo para lo que no todos estamos preparados. Y yo creía que lo estaba… hasta aquella noche. Nunca me había ocurrido nada igual.
Un repicar de la lluvia causaba ecos en toda la casa, reverberando en los pasillos, en cada rincón. Afuera, la lluvia se convertía en furiosa tormenta, mientras adentro, un silencio expectante se imponía sobre todo ruido. Tres golpes secos hacían retumbar la ventana, contundentes como verdades, rajando la seguridad de lo cotidiano.
Desde luego no habían sido producto de mi imaginación, aunque las circunstancias y la razón apuntasen a ello. Tres nuevos golpes, pausados, pero más vigorosos que los anteriores, confirmaban la angustiosa realidad. Era una llamada ¿pero de quién? ¿De qué? La segunda planta donde estaba se alzaba cinco metros sobre el suelo, y la ventana apenas tenía alféizar sobre el que apoyarse.
Aterrorizado, una curiosidad morbosa arrastraba mis pies de la cama y los llevaba en aquella dirección, orientados por la intermitente luminosidad de los relámpagos, que la atravesaban para inundar el cuarto. Las viejas maderas del suelo crujían bajo mi peso, mientras me acercaba lento hasta ponerme ante la ventana, y allí estaba, ocupando el vano de la puerta con su cuerpo, una irrealidad imposible, un error de la Naturaleza. Su bulbosa imagen recordaba a la de un pájaro deforme, creado según unos parámetros absurdos y cubierto su cuerpo por agudas varillas oxidadas, como de paraguas, que se entrechocaban causando unos sonidos angustiosos al ritmo de su agitada respiración.
La cara de aquel ente era lo pésimo; toda cordura quedaba destruida con su visión. Tenía dos ojos humanos asimétricos sin párpados, dos circunferencias perfectas que marcaban un odio fanático, y una ira infinita congelada sobre su víctima. Mostraba una dentadura de dientes irregulares, comprimidos en un mordisco atroz. Mi mente luchaba por volver a atar todos los cabos que me permitiesen unirme de nuevo al mundo real, mientras mi cuerpo quedada inerte frente a semejante aparición. No hacía nada, no decía nada, sólo me miraba con fijeza y con una rabia ancestral, sólo lógica dentro de su conocimiento.
Y la lluvia seguía cayendo...
Lo primero que veía al despertar era el cuarto blanco en el que estaba y de donde no volvería a salir. Ellos dicen que estoy loco, que la soledad ha destruido mi mente, pero ellos no lo han visto como yo, ellos no saben que convive en nuestro mundo, y quién sabe con cuántos entes más.
Su explícito mensaje era su presencia, dar a conocer su existencia real, traspasando el plano onírico. Empero, mi verdad nunca será escuchada.
Algunas veces, cuando la lluvia cae torrencialmente y las tormentas rugen con violencia y todos duermen, puedo escuchar, entre algunos truenos lejanos, un débil tintineo de herrumbrosas varillas, como las varillas de un paraguas viejo.
A Chávez López
Sevilla may 2026
Mi tumba es un lugar cambiante, algunas veces cálido y mullido. Un refugio a prueba de las inclemencias del exterior; otras veces, las más, se convierte en un pozo frío y lúgubre, una oscuridad sin fondo que roba hasta aliento.
Dentro de este abismo, los ojos no sirven de nada, pero los oídos sueñan con voces azules. Una de esas veces, mi tumba intentaba destacarse para servirme de guía, pero confieso que me resultaba difícil poder distinguirla.
Entre ecos, susurros, ensoñaciones y recuerdos que cruzan esta maldita oscuridad, el tiempo se desgasta, y es entonces cuando olvido por momentos cómo mi tumba se corroe en su eterna fricción hostil con todos.
¿No es esta negritud extensa e interna un mundo aparte?
¿No nacen estrellas y mueren mundos?
¿No es reflejo de un cielo nocturno?
Solo, siempre solo, en medio de un eterno infinito.
Es infinito de uno, espacio para la soledad sin compañía. No me puedo mover pese a que nada me lo impide. En este espacio reducido y cerrado no existen distancias ni metas. En su lugar, flota una espera que con todo y con nada se llena.
Encerrado aquí, construyo mi realidad. Enterrado en tierras rojas todo mi cuerpo, mi voz es un rumor de un río subterráneo que fluye normal, sin pausa. Sobre la misma sangre se hunden algunas palabras extrañas.
¿Es esta en realidad la vida de un muerto?
¿Es en realidad el sueño de un vivo?
Mi mente es un río de miles de estrellas en una helada noche de ataúd. Cada idea, es un fulgor estéril, con cada emoción, un lamento.
Todo es frío. No hay consuelo. Todo quieto. Nada se mueve, ni siquiera se mueven los numerosos gusanos, que, una vez que atrapan un trocito de carne, putrefacta ya, permanecen un largo tiempo royendo.
Miro afuera de mi tumba por los agujeros que me sirven de ojos, la veo en el espejo y me pregunto: “¿dónde iré cuándo esta tribu de hambrientos gusanos me devoren por completo?”.
Afeito las mejillas de mi tumba.
¿Sabían, por casualidad, que los muertos andan?
Listos una vez más para vagar por ese inmenso Cementerio que es el mundo. Veo, hablo y trato con muertos, que, con sus ataúdes, caminan...
El sueño de la vida se torna en una pesadilla de sangre oscura. Sí, lo juro por todos mis muertos, ya sí que no me cabe ninguna duda: mi cuerpo es mi tumba.
A Chávez López
Sevilla may 2026
Un boquete de grandes dimensiones
No sabía qué pensar ni qué decir, pero las pisadas cada vez se hacían más fuertes y mis oídos retumbaban como si en ellos hubiese un tambor que hacían temblar mi cerebro. Una hora y media llevo debajo de la cama de mis padres. El tiempo estaba empeorando, las nubes cubrían la ciudad, los truenos alumbraban el cuarto que, expectante, esperaba que apareciese entre una amenazadora oscuridad, una bestia o un algo producto de mi imaginación. Un largo escalofrío me recorría, y mi única luz era mi linterna, pero la batería se había agotado hacía rato.
Las pisoteadas se acercaban cada vez más, haciendo que mis nervios se acelerasen al máximo. ‘¿Qué será? No parece un humano. Nadie de este planeta puede hacer semejantes ruidos. ¿Y esos rugidos? Tan rígidos y espantosos que parecen los de un tigre hambriento, oliendo comida: yo, que ahora soy su comida. Esa bestia espera el momento más oportuno para abalanzarse contra mí y destrozarme’, me dije.
Jamás había pensado que me podría pasar algo así a mí. Nunca he creído en estas cosas, pero precisamente hoy tenía que pasarme estando solo en casa. Pero... ¿qué puedo hacer? Sólo tengo 14 años y no puedo llamar a la policía, porque no me creería y encima me tildaría de loco. Pero me da miedo bajar. Siento frío detrás de mí en la oscuridad, como si algo me estuviese observando con ojos siniestros.
Hace unos cuantos días leí en un periódico que habían experimentado con monos en laboratorios y los resultados eran horripilantes: monstruos sin piel que no podían pensar, sólo oler carne humana para poder alimentarse. Pero nunca creí ese tipo de historias, ni en otras por el estilo.
Estudiaba las posibilidades para salir de la habitación, sin que ‘esa cosa’ me atacase, cuando un fuerte golpe se podía oír en la habitación de al lado. Ponía el oído en la pared para tratar de escuchar. Nada. Pero tenía que salir, la curiosidad me mataba, y esa bestia estaba ahí, sin parar de observarme; sentía su olor fétido y veía los pelos que le salían de la espalda, en la única parte que los tenía. Era repugnante y se veía hambrienta, y yo era su presa.
Me fijé que en el cuarto había una puerta, no sabía a dónde llevaba, era mi primera noche en aquella casa nueva y no la conocía del todo; la abrí, me llevó a un pasillo y después al baño, justo donde quería llegar, abrí la puerta, pero mi sorpresa fue más grande; había un boquete gigante en la pared. Me asomé y no parecía tener fondo. Pero lo más extraño era que se reflejaba como un espejo, un espejo que al otro lado era igual al baño de mi casa. Con miedo y con manos temblorosas, me acerqué y toqué con mucho cuidado el boquete que estaba sobre la pared, como mirándome, como si tuviese vida propia…
Eran las seis de la mañana. Me desperté en mi cuarto, con frío y con una extraña sensación de humedad en la espalda y en parte del pecho. Estaba confundido. No sabía si lo había soñado o si era verdad. Tenía en mente la bestia que me asechaba en la oscuridad, y lo único que recuerdo era el boquete, que desde él me miraba, me miraba con odio, o al menos así me parecía a mí.
Definitivamente estaba en mi casa. Sentía cómo mi madre ponía los platos para el desayuno, así que me levanté y fui a por ropa a mi armario. Pero la sorpresa que me llevé fue más horrible que todas las cosas que había soñado. Dentro de mi armario estaba aquella bestia que tanto me había asechado en mi sueño, horrible como ella sola, sin pelos, excepto en la espalda. Unos colmillos, largos, enormes y afilados, con grandes y fuertes garras y unos ojos saltones, como de sapo, orejas largas y caídas. Me quedé mirándole, sin hablar. Apenas si podía moverme. Pero si todo había sido un sueño, ¿por qué la bestia seguía allí? ¿Sería el boquete del baño un portal hacia otro mundo, o quizás hacia el sueño?
Lo único que sabía es que después de lo vivido y lo soñado, trataría por todos los medios no volver a soñarlo, ni, por supuesto, vivirlo.
A Chávez López
Sevilla may 2026
Nunca es tarde para perseguir la felicidad
En sueños soñamos amarnos, desearnos, pero ¿quién va a contarte sino mis letras que quiero amarte y desearte despierta y decidida a luchar contra todos los inconvenientes que nos separan?
Exquisitos parpadeos me traen la imagen de un cuarto de un hostal que sabía que nacían de tu deseo. Me acercaba a ti con imprudente docilidad, para tratar de catar lo que aún no sabía si podía catar.
Puedo construirme el Amor que desee, sin pedirte permiso ni esconder mis intenciones, pero desecho eso porque lo que quiero es mis pasos me lleven a vernos de nuevo, y así hacerte ver que debes tirar por la borda tu edad, a la vez que yo me desharía de algunos prejuicios que me aploman.
El muro que ahora nos separa es por día más recio, pero yo quisiera reconstruirlo endeble. En nuestro primer encuentro, mi ansia no supo derribar la muralla 26. Y es por eso que quiero otra cita para que recorras lentamente mi cuerpo y que tus uñas en mi espalda te guíen hasta la ruta de mi sexo. Guardaría mis manos para hacerte la dueña de los próximos movimientos, hasta que llegase tu turno…
Sé que ansías eso, porque cuando sueltas aire para provocarte en la piel un calor, te excitas. Un dulce compás, una espera intranquila me absorbería y me hundiría en mi incertidumbre, para volver a desear lo que deseábamos y perseguíamos. Tiempo al tiempo…
Un bocinazo de detrás indica que la luz roja ha fenecido, y que estás atascando con las letras de mi ciudad, Madrid, el tráfico de tu ciudad, Sevilla.
Y aunque insisten con el claxon, no arrancas hasta antes no rumiar la suma total de mi edad y la diferencia total de nuestros años.
A Chávez López
Sevilla may 2026