MONOMANÍA
Soy un tipo normal, como cualquier otro. Tengo una mujer, bueno… dos hijos, un buen trabajo, dos perros, cuatro gatos y un pequeño ratoncillo, que de tanto hurtar la comida de mis mininos, ya se ha hecho parte de la familia y compadre de aquellos. ¡Qué cosas! ¿No? Pero que se hace, así es la vida, llena de contradicciones.
¿Mi salud? ¡Perfecta!, salvo uno que otro achaque propio de la edad, pero sin ninguna importancia. Gozo de una envidiable lucidez mental, mis neuronas están magníficamente equilibradas y en mi progenie no existió ¡jamás!, el más mínimo atisbo de locura. Les sirvo este revoltijo de palabras, como entremés, para que me ayuden a encontrar una racional repuesta a lo que enseguida les relataré:
Todo empezó un martes por la tarde de hace aproximadamente dos semanas. ¿El día? Digamos: el que sigue al doce. No soy supersticioso pero, después de lo que me pasó, no pongo en duda la existencia de otras dimensiones paralelas a esta, la nuestra, tan asquerosamente material. Aquel día, llegué a casa pasada las seis, un poco retardado ya que hice escala en el supermercado. Los perros, al verme se alborotaron, retozando en movimientos circulares tras sus colas, insinuándome un paseo vespertino. Yo les enseñé, de sopetón, el dedo medio de mi mano derecha, inhiesto. Parece que entendieron la alegoría fálica, porque enseguida bajaron las orejas, metieron los rabos entre sus patas y se arrellanaron en un rincón, ladinos. Sin quitarles la mirada de encima, abrí la puerta del estacionamiento, lo crucé penetrando en el porche. Subí las escaleras. La puerta de la sala estaba abierta, ingresé en ella atravesándola en busca de mi habitación. El calor era insoportable, la habitación despedía un vaho húmedo que empastó mi piel provocándome una sensación desagradable. Prendí el “aire”, sentándome al borde de mi cama mientras sentía en mi epidermis las oleadas in crescendo de ese fresquito que arrojaba la ventana batiente del Split. Mi paz, casi védica, fue interrumpida por la “chinita” que irrumpió como un huracán y con su voz de barítono afinada en do mayor me espetó furibunda, pegando los dos puños en sus caderas: < ¡ni un pequeño mensajito! ¡Qué bueno, pues! ¿Es que acaso en todo el santo día no fuiste capaz de recordarte que tienes mujer?> Traté de esbozarle una respuesta, mas ella me cortó de golpe con un: < ¡No me digas nada! > Yo, obediente, entrecerré mi “hocico”. Sin decir media palabra más, “agarró” hacia la cocina, dejándome colgado como un casimir mal planchado.
El chorro de agua fría de la ducha terminó de refrescarme. Más relajado, caminé hacia la cocina, mientras mi mente aderezaba una buena disculpa con la cual calmar a mi “chinita”. La luz estaba apagada. Me asomé, tanteando el terreno. De pronto y de improviso una centelleante luz irrumpió en el ambiente cegando mis pupilas, a la vez que una cimbreante silueta felina se abalanzaba sobre mí. Yo instintivamente me cubrí el rostro embozándome a dos brazos. La “chinita”, zalamera, desbarató mi escudo, colgándose de mi cuello, estampándome tan tremendo beso francés que me atragantó todito: <Te gustó, cielo>, fue todo lo que me dijo, sentándose a mi lado acompañándome en la merienda. ¡Definitivamente, jamás entenderé a las mujeres!
Merendamos en la onda “light” con ensalada de frutas y té verde oriental. Sí, pero del oriente del país, pues esos que vienen de la china son prohibitivos y más caros que cien gramos de jamón serrano. Hecha las paces, nos levantamos, lavamos los trastos y nos encaminamos a nuestro dormitorio. Ella salió delante; yo detrás. A los dos pasos, dio media vuelta encarándome, palomeó sus bellos ojillos gatunos, de aquella manera tan particular con que suelen hacerlo las féminas cuándo andan en busca de “camorra”. Me brindó una seductora sonrisa de mesalina y se volteó, coquetísima, descubriéndose medio hombro que lo arrebujó pegándolo sugestivamente a su mejilla. Volvió a tomar marcha contoneándose con un tumbaito tan insinuante que me desarmó. La seguí como un bobo, babeando, hasta el interior del dormitorio. Ya en él, insinuante, me sirvió un paseíllo excitante, encaramándose a gatas en nuestro viejo lecho de amor. ¡Se me subieron la bilirrubina, la trementina y la colombina! Corrí como un desaforado al baño. Cerré la puerta. Tomé nervioso la pasta de dientes, la aplasté de tal manera que la dejé casi semidegollada. Me cepillé frenético. Busqué mi loción facial. Tumbé media gaveta del baño en su busca. < ¡Qué coño! ¡Qué coño!>, gesticulaba. Al fin la encontré. Me la unté en mis mofletes, desvariado. < ¡Por los mil coños!>, exclamé. ¡En vez de pelos tenía púas en la barbilla! <Mi afeitadora, mi afeitadora…>, repetía desaforado. Tumbé la otra mitad del “gavetero” en su busca. Luego de persignarme tres veces y de gran putear otras mil, al fin di con él, procediendo a afeitarme “a millón”. Ya más tranquilo, me lavé medio rostro; lo sequé; lo impregné de lavanda, me peiné y salí en busca de mi paraíso, hecho todo un “mataor”. Afuera, en el coso, ya se escuchaba los vítores de los fanáticos que eufóricos reclamaban mi presencia y en su parte alta, la banda comenzaba a repicar el sabroso pasodoble anunciando mi entrada triunfal. Salí en busca, no del toro, sino de la “chinita”. ¡Ay mi Dios!, ¡Tremenda sorpresa! En la cama, repantingada, estaba la chinita. Tenía la “pata” izquierda montada sobre la cama, entre los dedos del pie, algodoncitos que lo separaban unos de otros; más atrás (del pie), había un maletín ordenador de manicura con un sinnúmero de trastos que solo ellas, las féminas, saben su utilidad. El otro pie descansaba dentro de un menjunje vibrador lleno de agua que reposaba en el piso. ¡Blasfemé! ¡Válgame Dios! ¡Amantísimo Creador! ¿Para qué creaste a la mujer? ¿Para jodernos la existencia? El pasodoble sonó en mi mente como a disco rayado, mientras que a lo lejos sentía los pitos y las chiflas de mis espectadores “virtuales”. Yo y mi “espada” agraviada, nos metimos en la cama encobijándonos. La “chinita”, coqueta me entrecerró medio ojo, estiró su trompita insinuándome un beso volado a la vez que mimosa agregaba: <Hola mi cielo. Te quiero mucho>. Yo también… ¡coño’e tu m…¡Le respondí, lo último lo mascullé. Se agachó buscando algo en su ordenador de manicura. Yo la miraba de lado, receloso. Extrajo de él un instrumento punzante que parecía un bisturí. Me cagué pensando que me iba a desollar. Pero no. Dobló su pierna como un contorsionista chino y comenzó con su espeluznante sesión de pedicura. Tomó su dedo gordo del pie en terapia, entre el pulgar y el índice de su mano izquierda; mientras que con la derecha maniobraba hábilmente el instrumento. Comenzó con el festín. Su primera víctima: el eponiquio. Le dio y le dio hasta dejarlo completamente desgarrado, sin sombra de cutícula. Siguió con el paroniquio; a este si lo trató con algo de respeto. No mucho. Cuando le tocó turno al hiponiquio, observé que su rostro se transformó. Alucinada se armó de otro instrumento más intimidante que el anterior. Presa de algún espíritu maligno, se abalanzó sobre su pobre víctima cosiéndola a puntillazos. Enloquecida sacó: tijerillas, cortaúñas, pata’e cabras, empujadores (de todos los calibres), tornos, limas y un sinfín de instrumentos de tortura que ni en los tiempos de la “Sagrada” Inquisición. Llena de células muertas queratinosas y completamente satisfecha me preguntó enseñándome su obra:< ¿Verdad mi cielo, que me quedaron bellas?> Yo le asentí con un gesto, timorato. Esa noche quedé totalmente convencido que las féminas tienen una relación sadomasoquista con sus uñas, especialmente con las del dedo gordo de sus pies. Como la sesión solo comenzaba y amenazaba con dilatarse más y viendo que “panchito” ya había arriado banderas, me quedé dormidito, después de él.
Comentarios
La “chinita” salió reconfortada del consultorio del Doc. En el camino iba pensando, en lo agradecida que se sentía de tener a su lado a un hombre de un gran corazón… ¡Cuadrado!
Creo que con esa noche de abstinencia forzada, se te bloqueo todo, pero que eso te sirva para que apenas te den papaya ahi mismo te sirvas y no te pongas a darnos tiempo de pensar en arreglarnos las uñas.:D:D:D:D:p:p:):)
Ja.ja.ja. Seguiré tu consejo. Papaya… ¿papaya?… ¡Papaya! Ojalá que ahora no se me dé por una monomanía “papayófila”.
Un beso monomaníaco, mi niña.
Y a papaya puesta, papaya partida, o sea que hay que darle materile de una, sin pensar demasiado, el que piensa, pierde, creo que te toco en carne propia el dicho:D:D:D:p:p:)
Y aún sigues viendo todo cuadrado? o ya se descuadro
Un abrazo cuadrado.
La segunda parte,con tanto cuadrado,me quedé en raiz cuadrada,la verdad,pero muy bueno.Un saludo desde el sur.
No mi niña, ya me descuadré. De tantos consejos que me habéis dado, ahora todo lo veo como una inmensa y jugosa papaya: a monomanía muerta, monomanía puesta. ¡Qué carajo!
¿Un tigre comiendo papaya? Bueno, ¡no solo de pan vive el tigre!
Un beso, y me voy rapidito. Acabo de ver una papaya con patas que me ha “guiñau” un ojo. Chau.
Querida Shaianti. Una de las características de mis relatos (de algunos), es que siempre dejo cabos sueltos para que el lector los ate. Pasó en el “Moro” (otro de mis cuentos). Juancho me hizo algunas interrogantes. Las respondí, quedando (él), satisfecho. Pienso que el ser demasiado acucioso y explicativo en el hilo de lo narrado, puede “matar” la historia.
¿Hay algo más imprevisible que la mente humana? Cada mente es un mundo. Multiplícalo por seis mil millones de habitantes, que es, aproximadamente, la población actual del planeta. ¿Te imaginas esto? ¡Un universo ubérrimo! Todo es posible en ese rico infinito.
La uña del dedo gordo (casi cuadrada).Mi querida Shai. ¡Sí!, esta, combinada con la abstención forzosa del personaje, provocó en él, una fijación enfermiza por lo cuadrado.
Si de esta explicación deduces que estoy loco, te lo acepto: ¡Estoy completamente tostado! Ja.ja.ja. (Y discúlpame esta. De serio solo tengo la cara).
Un beso mi niña.
¡Qué coño, mujer! A dios gracias que mi "chinita"no ha leído el relato. Decirle con todos los pelitos: ¡sadomasoquista! Eso sí, que no me lo perdona. Ya me veréis escribiendo en mi siguiente post “Violencia feminista”. Ah, y quizás desde algún banco de una plaza. ¡Botado! Con todos mis bártulos por hocicón. Ja,ja,ja.
Un beso desde el sur (sí, pero del otro lado del charco).
Pd. (En secreto: mi monomanía cuadrada lo desató, ese avatar cuadrado que muestras en el rincón superior izquierdo de tu post. ¡Dios mío, María y José! ¡Qué niña!)
Lo leí ayer y me quede pensando. Me hice la misma pregunta que Shaianti. Y "la vi cuadra".
Me quedo claro con la respuesta.
Saludos Don Tigre...
p.d.: Sigue las recomendaciones de Dragón, en el último tercio no se pregunta, "se mata"....
Eres tremenda mujer. Te imaginas un estornudo “por ahí”. ¡Que …! Ja.ja.ja.ja. Ja.aj.ja…ja.Ja.aj.ja.ja. Ja.aj.ja.ja.
Un beso. Ja.ja.ja.ja. Ja.aj.ja…ja.Ja.aj.ja.ja. Ja.aj.ja.ja. Con el perdón de los foreros y de la bella Dragoncita, es que la Amparito me sonsaca. Ja.ja.ja.ja. Ja.aj.ja…ja.Ja.aj.ja.ja. Ja.aj.ja.ja…. Ja.ja.ja.ja. Ja.aj.ja…ja.Ja.aj.ja.ja. Ja.aj.ja.ja. Me estoy meand… Ja.ja.ja.ja. Ja.aj.ja…ja.Ja.aj.ja.ja. Ja.aj.ja.ja…. Ja.ja.ja.ja. Ja.aj.ja…ja.Ja.aj.ja.ja. Ja.aj.ja.ja.
A Dios gracias que no (me quedé ciego), así puedo ver las “papayas” que me recomendó Amparito. Ah, y estoy en un curso super acelerado, on-line, para matar en el primer estoque.
Ajá toro. (Y no uso el femenino, porque ahí si la “chinita” no solo me “descoleta”, sino que me “desbola”). Ja.ja.ja.
Gracias por tus comentarios. Una sonrisa en tus labios vale más que mil palabras.
Un bacio.
Ja.ja.ja. “Paisa”, esa de “don tigre”, estuvo buena. Es que los años pesan, sino que lo diga mi tío "Pellejo", que de tanto cumplirlos, se murió "de viejo". Ja.ja.ja.
Un abrazo de tigre (don) a lagarto (Juancho).