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Monomanía.

tigre1950tigre1950 Gonzalo de Berceo s.XIII
editado octubre 2011 en Narrativa
MONOMANÍA


Soy un tipo normal, como cualquier otro. Tengo una mujer, bueno… dos hijos, un buen trabajo, dos perros, cuatro gatos y un pequeño ratoncillo, que de tanto hurtar la comida de mis mininos, ya se ha hecho parte de la familia y compadre de aquellos. ¡Qué cosas! ¿No? Pero que se hace, así es la vida, llena de contradicciones.
¿Mi salud? ¡Perfecta!, salvo uno que otro achaque propio de la edad, pero sin ninguna importancia. Gozo de una envidiable lucidez mental, mis neuronas están magníficamente equilibradas y en mi progenie no existió ¡jamás!, el más mínimo atisbo de locura. Les sirvo este revoltijo de palabras, como entremés, para que me ayuden a encontrar una racional repuesta a lo que enseguida les relataré:
Todo empezó un martes por la tarde de hace aproximadamente dos semanas. ¿El día? Digamos: el que sigue al doce. No soy supersticioso pero, después de lo que me pasó, no pongo en duda la existencia de otras dimensiones paralelas a esta, la nuestra, tan asquerosamente material. Aquel día, llegué a casa pasada las seis, un poco retardado ya que hice escala en el supermercado. Los perros, al verme se alborotaron, retozando en movimientos circulares tras sus colas, insinuándome un paseo vespertino. Yo les enseñé, de sopetón, el dedo medio de mi mano derecha, inhiesto. Parece que entendieron la alegoría fálica, porque enseguida bajaron las orejas, metieron los rabos entre sus patas y se arrellanaron en un rincón, ladinos. Sin quitarles la mirada de encima, abrí la puerta del estacionamiento, lo crucé penetrando en el porche. Subí las escaleras. La puerta de la sala estaba abierta, ingresé en ella atravesándola en busca de mi habitación. El calor era insoportable, la habitación despedía un vaho húmedo que empastó mi piel provocándome una sensación desagradable. Prendí el “aire”, sentándome al borde de mi cama mientras sentía en mi epidermis las oleadas in crescendo de ese fresquito que arrojaba la ventana batiente del Split. Mi paz, casi védica, fue interrumpida por la “chinita” que irrumpió como un huracán y con su voz de barítono afinada en do mayor me espetó furibunda, pegando los dos puños en sus caderas: < ¡ni un pequeño mensajito! ¡Qué bueno, pues! ¿Es que acaso en todo el santo día no fuiste capaz de recordarte que tienes mujer?> Traté de esbozarle una respuesta, mas ella me cortó de golpe con un: < ¡No me digas nada! > Yo, obediente, entrecerré mi “hocico”. Sin decir media palabra más, “agarró” hacia la cocina, dejándome colgado como un casimir mal planchado.
El chorro de agua fría de la ducha terminó de refrescarme. Más relajado, caminé hacia la cocina, mientras mi mente aderezaba una buena disculpa con la cual calmar a mi “chinita”. La luz estaba apagada. Me asomé, tanteando el terreno. De pronto y de improviso una centelleante luz irrumpió en el ambiente cegando mis pupilas, a la vez que una cimbreante silueta felina se abalanzaba sobre mí. Yo instintivamente me cubrí el rostro embozándome a dos brazos. La “chinita”, zalamera, desbarató mi escudo, colgándose de mi cuello, estampándome tan tremendo beso francés que me atragantó todito: <Te gustó, cielo>, fue todo lo que me dijo, sentándose a mi lado acompañándome en la merienda. ¡Definitivamente, jamás entenderé a las mujeres!
Merendamos en la onda “light” con ensalada de frutas y té verde oriental. Sí, pero del oriente del país, pues esos que vienen de la china son prohibitivos y más caros que cien gramos de jamón serrano. Hecha las paces, nos levantamos, lavamos los trastos y nos encaminamos a nuestro dormitorio. Ella salió delante; yo detrás. A los dos pasos, dio media vuelta encarándome, palomeó sus bellos ojillos gatunos, de aquella manera tan particular con que suelen hacerlo las féminas cuándo andan en busca de “camorra”. Me brindó una seductora sonrisa de mesalina y se volteó, coquetísima, descubriéndose medio hombro que lo arrebujó pegándolo sugestivamente a su mejilla. Volvió a tomar marcha contoneándose con un tumbaito tan insinuante que me desarmó. La seguí como un bobo, babeando, hasta el interior del dormitorio. Ya en él, insinuante, me sirvió un paseíllo excitante, encaramándose a gatas en nuestro viejo lecho de amor. ¡Se me subieron la bilirrubina, la trementina y la colombina! Corrí como un desaforado al baño. Cerré la puerta. Tomé nervioso la pasta de dientes, la aplasté de tal manera que la dejé casi semidegollada. Me cepillé frenético. Busqué mi loción facial. Tumbé media gaveta del baño en su busca. < ¡Qué coño! ¡Qué coño!>, gesticulaba. Al fin la encontré. Me la unté en mis mofletes, desvariado. < ¡Por los mil coños!>, exclamé. ¡En vez de pelos tenía púas en la barbilla! <Mi afeitadora, mi afeitadora…>, repetía desaforado. Tumbé la otra mitad del “gavetero” en su busca. Luego de persignarme tres veces y de gran putear otras mil, al fin di con él, procediendo a afeitarme “a millón”. Ya más tranquilo, me lavé medio rostro; lo sequé; lo impregné de lavanda, me peiné y salí en busca de mi paraíso, hecho todo un “mataor”. Afuera, en el coso, ya se escuchaba los vítores de los fanáticos que eufóricos reclamaban mi presencia y en su parte alta, la banda comenzaba a repicar el sabroso pasodoble anunciando mi entrada triunfal. Salí en busca, no del toro, sino de la “chinita”. ¡Ay mi Dios!, ¡Tremenda sorpresa! En la cama, repantingada, estaba la chinita. Tenía la “pata” izquierda montada sobre la cama, entre los dedos del pie, algodoncitos que lo separaban unos de otros; más atrás (del pie), había un maletín ordenador de manicura con un sinnúmero de trastos que solo ellas, las féminas, saben su utilidad. El otro pie descansaba dentro de un menjunje vibrador lleno de agua que reposaba en el piso. ¡Blasfemé! ¡Válgame Dios! ¡Amantísimo Creador! ¿Para qué creaste a la mujer? ¿Para jodernos la existencia? El pasodoble sonó en mi mente como a disco rayado, mientras que a lo lejos sentía los pitos y las chiflas de mis espectadores “virtuales”. Yo y mi “espada” agraviada, nos metimos en la cama encobijándonos. La “chinita”, coqueta me entrecerró medio ojo, estiró su trompita insinuándome un beso volado a la vez que mimosa agregaba: <Hola mi cielo. Te quiero mucho>. Yo también… ¡coño’e tu m…¡Le respondí, lo último lo mascullé. Se agachó buscando algo en su ordenador de manicura. Yo la miraba de lado, receloso. Extrajo de él un instrumento punzante que parecía un bisturí. Me cagué pensando que me iba a desollar. Pero no. Dobló su pierna como un contorsionista chino y comenzó con su espeluznante sesión de pedicura. Tomó su dedo gordo del pie en terapia, entre el pulgar y el índice de su mano izquierda; mientras que con la derecha maniobraba hábilmente el instrumento. Comenzó con el festín. Su primera víctima: el eponiquio. Le dio y le dio hasta dejarlo completamente desgarrado, sin sombra de cutícula. Siguió con el paroniquio; a este si lo trató con algo de respeto. No mucho. Cuando le tocó turno al hiponiquio, observé que su rostro se transformó. Alucinada se armó de otro instrumento más intimidante que el anterior. Presa de algún espíritu maligno, se abalanzó sobre su pobre víctima cosiéndola a puntillazos. Enloquecida sacó: tijerillas, cortaúñas, pata’e cabras, empujadores (de todos los calibres), tornos, limas y un sinfín de instrumentos de tortura que ni en los tiempos de la “Sagrada” Inquisición. Llena de células muertas queratinosas y completamente satisfecha me preguntó enseñándome su obra:< ¿Verdad mi cielo, que me quedaron bellas?> Yo le asentí con un gesto, timorato. Esa noche quedé totalmente convencido que las féminas tienen una relación sadomasoquista con sus uñas, especialmente con las del dedo gordo de sus pies. Como la sesión solo comenzaba y amenazaba con dilatarse más y viendo que “panchito” ya había arriado banderas, me quedé dormidito, después de él.

Comentarios

  • tigre1950tigre1950 Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado julio 2011
    No dormí bien esa noche. Mi próstata y el dedo gordo mallugado de la “chinita”, me sacudieron en pesadillas. Me despertó un zancudo, que borracho en su orgía de sangre, me había estampado tremendo puyazo en la punta de mi nariz. Adolorido abrí los ojos. La “chinita” ya había madrugado. Frente a mí, la pared de mi dormitorio me mostraba un verde agua apastelado, en su revoque. Bostecé dos veces abriendo mis brazos y distendiendo estentóreamente mis esfínteres. La pared me observaba, con sus cuatro aristas alineadas en un perfecto ¿cuadrado? Lo que me llamó la atención. Hasta donde yo recordaba mi techo era a dos aguas, deduciendo de esto la imposibilidad de lo que mi vista había sugerido a mi cerebro. Bajé la mirada, la fijé en mi televisor, < ¿adivinen qué? >: Era ¡renegridamente cuadrado! Como soy un tipo objetivo y de temple no hice mayor caso a estos detalles y me dispuse a levantarme. Me senté en mi cama, al frente, la peinadora de la “chinita” me mostraba su brillante espejo cuadrado, con sus bases impecablemente cuadradas y las tapas de sus gavetas entreabiertas y cuadradas. Cabizbajo me puse a recordar, llegando a la filosófica conclusión de que quizás mi abstención forzada de la noche anterior, de alguna manera había afectado mi psique. ¡Todo lo veía cuadrado! Bajé la vista al piso, calcé mis dos chanclas cuadradas, con un poco de dificultad ya que me costó encajar en ellas mis dos pies regordetes y cuadrados. Me dirigí al baño dejando atrás mi cama en un tremendo desorden cuadrado. Me asomé a mi tocador, observando mi cara cuadrada en el espejo que refulgía de lo cuadrado. Me bañé en mi ducha, por supuesto cuadrada, secándome con mi inmaculada toalla cuadrada. Lo pensé para cepillarme al ver el cepillo que amedrentaba por su robustez cuadrada, pero al ver en el espejo mi cara rechoncha y cuadrada con mucho ánimo lo intenté. Me vestí con una camisa de a cuadritos, combinándola con unos “vaqueros” con muchos bolsillos cuadrados y salí rumbo a la cocina, donde, por el sonido de los trastos, la “chinita” ya preparaba el desayuno. No quise molestarla con mi “padecimiento”, pues conociéndola, como la conozco, se iba echar a reír en mis narices espetándome, que loco era desde que ella me conoció. Entré con sigilo en la cocina. En el antepecho de la ventana los gatos se caían a “uñazos”, defendiendo su ración de comida. La “negra”, la matrona y madre de los otros tres, se había echado de panza sobre el alimento, cuidándolo como un dragón en una cueva llena de oro. La “chinita” me sacó de mi distracción con un:<Alcánzame la leche, mi amor.> Yo volteé hacia ella viéndole su gran trasero cuadrado, tembloroso me acerqué a la nevera que pujaba de lo escandalosamente cuadrada, que se veía. La abrí. Dentro de ella había todo tipo de alimentos, pero estampados, como figuritas de un álbum de colección. Divisé la caja de leche, acerqué mi mano hacia ella y la tomé cerrando mis ojos. Mis manos sintieron el volumen, pero mis ojos eran incapaces de apreciar la tercera dimensión. Tomé mi desayuno y salí de la cocina. La “chinita” me despidió timbrándome un sonoro beso cuadrado, en la mejilla. Bajé las escaleras, con mi mente y mi vista en blanco. No quise ver a los perros que saltaban y jadeaban alrededor mío. No tuve más remedio que ver a mi auto que me mostró su aerodinámica línea completamente cuadrada. Me monté en él y salí recorriendo todas las callejuelas cuadradas de mi urbanización…cuadrada. Tomé la avenida principal, hice dos cruces accediendo a la autopista, rumbo a mi fábrica. La autopista tenía la inmensidad de un gran río cuadrado. Recorrí absorto, sus cortantes meandros que en perfectos ángulos rectos me acercaban a mi destino. Un desfile interminable de samanes, ceibas, ficus, araguaneyes y bucares refrescaban el lacerante clima tropical. Los tres primeros mostraban sus exquisitas frondas cuadradas, llenas de verdor; mientras que los otros dos alegraban con su embriagante colorido de florecillas de pétalos de una perfecta simetría cuadrada. Al fondo, en el horizonte, un corro de estribaciones y altozanos danzaba a mí alrededor cruzados de brazos en un conjunto ígneo de imponencia cuadrada. Ratifiqué emocionado que la belleza no es solo patrimonio tridimensional. A lo lejos ya divisaba la pancarta cuadrada con el aviso de ingreso al peaje de mi destino. Lo crucé, siguiendo la interminable retahíla de flechas verdes y cuadradas que en un abrir y cerrar de ojos me puso frente al inmenso portón cuadrado de ingreso a la fábrica. Cerré los ojos para evitar encontrarme de cara, con la figura larguirucha y esquelética del vigilante. Como era de esperar, mi cerebro se negaba a dotar de una apariencia cuadrada a ese espeluznante esperpento, larguirucho y huesudo. Gracias a Dios al pasar junto a él solo me mostró su perfil. Busqué el aparcamiento. Como todavía no dominaba bien la nueva geometría de la perspectiva cuadrada, me costó estacionarme en retroceso. Como os habéis dado cuenta mi visión estereoscópica reposaba en el limbo. Tomé mi notebook y portafolio, bajando del auto con dirección a la planta. Las máquinas enfervorizadas gruñían hoscas recibiendo el lunes matinal. Dejé mis bártulos sobre mi escritorio solitario y cuadrado, saliendo a la planta para dar mi primera ronda matutina. Los obreros soñolientos y uno que otro chispo, me mostraban sus cansinas caras cuadradas. Sonreí al pensar que me encontraba preso dentro de una historieta, de ese viejo cómic cuadrado del rocambolesco detective: Dick Tracy. ¡Sí! ¡Todo era cuadrado! Rostros cuadrados, con sonrisas cuadradas, que mostraban maltratadas dentaduras de amarillentos dientes cuadrados, con escoriaciones cuadradas y uno que otro diente de oro asquerosamente cuadrado. Máquinas cuadradas, paredes cuadradas, puertas cuadradas todo mi cerebro había sido invadido por un espantoso ejercito de viciadas neuronas cuadradas. Paranoico, regresé a mi oficina para terminar con esa atmósfera cuadrada que estaba a punto de terminar con mi existencia largamente cuadrada.
  • tigre1950tigre1950 Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado julio 2011
    Tomé mi laptop, colocándolo sobre mi escritorio. Busqué una cinta métrica en los cajones de mi escritorio: < Por las mil putas>, imprequé. ¡No la hallaba! Eufórico llamé a Pitágoras, el mecánico. A los pocos minutos me auxiliaba con un metro y una escuadra. Los puso sobre mi buró. Tomé el metro, midiendo el largo del ordenador: <Perfecto>, murmuré. <Vamos a ver el ancho>, mascullé. Me quedé petrificado:< ¡Doce cm. Igual que el largo!> Presa de mi paranoia, tomé la escuadra y le engarcé, una a una, a los cuatro ángulos de mi equipo. Pitágoras que no había dejado de observarme exclamó: ¡Cuatro perfectos ángulos rectángulos! Yo lo miré con una tortuosa rabia insana. Al ver mis ojos desaforados, se retiró, dejándome con el mentón sobre mi escritorio cuadrado, mientras que mi cabeza cuadrada luchaba, por impedir que mis manos arrancaran de raíz, mi cabellera de cuatro pelos cuadrados. Me tranquilicé, bebí un poco de agua y me dispuse a iniciar mi jornada laboral. Pensé, que sin lugar a dudas el lunes, era el día más estresante y cuadrado de toda la semana. Faltando un cuarto para las cinco de la tarde recibí una llamada del gerente de fábrica invitándome a subir a su oficina para revisar el programa de producción. ¡Tenía una duda cuadrada! Mi calma se convirtió nuevamente en un polvorín cuadrado. Subí tocado. Me recibió con mucha amabilidad, pero al escuchar mis razones para posponer la reunión para el día siguiente, se enfureció. Se incorporó violento, rompiendo sus puños en su escritorio cuadrado a la vez que vociferaba fuera de sí, con una descomunal bocaza cuadrada. Como no soy un tipo que aguante sandeces de nadie y menos discursos altisonantes, me encrespé. Mi cordura se esfumó, me encaramé como un hominicaco, sobre el sillón cuadrado, destrozando a golpes su escritorio cuadrado, al mismo tiempo que restallé un bramido tan aterrador, que mi hálito huracanado lo tiró contra su ventana cuadrada. Se quedó petrificado cubriéndose su rostro estúpido y cuadrado; salí mugiendo como un toro bravo. Bajé a mi oficina babeando espuma, de la rabia que cargaba. Tomé mi ordenador y mi portafolio e iracundo, busqué el estacionamiento. Subí a mi coche temblando de la ira, tiré mis chismes en el asiento trasero del auto y arranqué el motor. Un dolor punzante hurgó mi cardias, subió a mi pecho, embozándose en mi brazo izquierdo. Sudaba frío. Mi piel húmeda transpiraba un frío pastoso a la vez que lentamente el aire se escurría de mis pulmones. Perdí el conocimiento. Desperté en la emergencia de la clínica “Altamira”, sobre una camilla cuadrada, cubierto por una sábana nívea y cuadrada. A tres pasos, la “chinita”, mostrándome su trasero cuadrado, conversaba con un médico que vestía una inmaculada bata blanca y cuadrada. Al verme, el médico, esbozó una inmensa sonrisa cuadrada, acercándose trayendo sujeta de un brazo a la “chinita”, que traía una angustia cuadrada. El Doc., me descubrió medio cuerpo, comenzando su prolija revisión. Sacó un estetoscopio cuadrado cuyo brillo metálico erizó mi piel. Su gélido roce tanteaba diversos puntos de mi tórax cuadrado, seguido de golpecillos nodulares, marcados por aspiraciones e inspiraciones acompasadas en pulsos musicales casi cuadrados. Concluida su revisión se alejó, llevándose consigo a la “chinita”. A cinco pasos de donde estaba, el Doctor, mostrando su ceño cuadrado, murmuraba algo a la “chinita” que lo seguía, exteriorizando una gran sorpresa cuadrada. Ellos no contaban que mi inmensa oreja cuadrada, me permitía escuchar todo su cotilleo cuadrado. Fui sometido a un “electro”, a un ecocardiograma y a diversas placas; todas cuadradas en mi inmenso tórax cuadrado. Me quedé dormido. Al despertar, la “chinita”, sentada a mi lado divagaba inmersa en una catarsis cuadrada. Fue sorprendida por el Doc., que apareciendo de la nada, como un fantasma, se la llevó casi en vilo a su consultorio. Yo los seguí con mi mente alucinada y cuadrada. El Doc., se sentó en su escritorio, invitándola con un gesto de la mano, a que ella hiciera lo propio. Un silencio profundo embargó el ambiente. El especialista frente a su ordenador tipeaba concentrado, su prescripción. La “chinita” lo observaba, cariacontecida. El cardiólogo, puso en reposo sus dedos, revisó su escrito en pantalla, hizo un gesto de complacencia y se dirigió a mi mujercita: <Sí mi querida amiga, su esposo tuvo un conato de infarto, felizmente superado. Su estado es delicado, pero no crítico>. Dicho esto se levantó dirigiéndose al lateral de su oficina donde tenía una serie de placas montadas sobre un trasfondo de luz neón. Con un gesto animó a mi esposa a que se acercara, exclamando:< ¡Véalo usted, por sí misma!> La “chinita” se acercó a una de las placas abriendo tremenda “bocota”, que la quijada se le cayó al piso. <Sí señora>, siguió el galeno. < Usted lo ha visto con sus propios ojos: ¡Su marido es un milagro viviente de nuestra especie!>
    La “chinita” salió reconfortada del consultorio del Doc. En el camino iba pensando, en lo agradecida que se sentía de tener a su lado a un hombre de un gran corazón… ¡Cuadrado!
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado julio 2011
    Pues a mi se me quedó el ojo cuadrado, de tantos cuadrados que leí:D:D:):):p:p

    Creo que con esa noche de abstinencia forzada, se te bloqueo todo, pero que eso te sirva para que apenas te den papaya ahi mismo te sirvas y no te pongas a darnos tiempo de pensar en arreglarnos las uñas.:D:D:D:D:p:p:):)
  • tigre1950tigre1950 Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado julio 2011
    amparo bonilla escribió : »
    Pues a mi se me quedó el ojo cuadrado, de tantos cuadrados que leí:D:D:):):p:p

    Creo que con esa noche de abstinencia forzada, se te bloqueo todo, pero que eso te sirva para que apenas te den papaya ahi mismo te sirvas y no te pongas a darnos tiempo de pensar en arreglarnos las uñas.:D:D:D:D:p:p:):)

    Ja.ja.ja. Seguiré tu consejo. Papaya… ¿papaya?… ¡Papaya! Ojalá que ahora no se me dé por una monomanía “papayófila”.
    Un beso monomaníaco, mi niña.
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado julio 2011
    ah no, un beso bien dado, que no sea cuadrado,:D:D:p:p:):)

    Y a papaya puesta, papaya partida, o sea que hay que darle materile de una, sin pensar demasiado, el que piensa, pierde, creo que te toco en carne propia el dicho:D:D:D:p:p:)

    Y aún sigues viendo todo cuadrado? o ya se descuadro:confused::confused::):D:D:D:p:p
  • ShaiantiShaianti Fray Luis de León XVI
    editado julio 2011
    No he entendido muy bien el paso que haces de la primera parte al resto del relato, o sea, cuando empiezas a nombrar todo cuadrado con respecto a la primera descripción de tu vida marital, que es lo que más me ha gustado. En general me gusta cómo llevas el hilo de la narración, los pensamientos íntimos, los breves diálogos. Y todo cargado con una sana dosis de ironía.
    Un abrazo cuadrado.
  • DragonDragon Lope de Vega s.XVII
    editado julio 2011
    Jajajajaja,lo que me he reído con la escena de tu mujer haciendose la pedicure y tú,ahí,todo " empolvado ".Desde luego...para que piensas tanto hombre ?Como dijo Amparo,el que piensa,pierda.Para la próxima,no pienses tanto y tirate como un tigre sobra la chinita.

    La segunda parte,con tanto cuadrado,me quedé en raiz cuadrada,la verdad,pero muy bueno.Un saludo desde el sur.
  • tigre1950tigre1950 Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado julio 2011
    amparo bonilla escribió : »
    ah no, un beso bien dado, que no sea cuadrado,:D:D:p:p:):)

    Y a papaya puesta, papaya partida, o sea que hay que darle materile de una, sin pensar demasiado, el que piensa, pierde, creo que te toco en carne propia el dicho:D:D:D:p:p:)

    Y aún sigues viendo todo cuadrado? o ya se descuadro:confused::confused::):D:D:D:p:p

    No mi niña, ya me descuadré. De tantos consejos que me habéis dado, ahora todo lo veo como una inmensa y jugosa papaya: a monomanía muerta, monomanía puesta. ¡Qué carajo!
    ¿Un tigre comiendo papaya? Bueno, ¡no solo de pan vive el tigre!
    Un beso, y me voy rapidito. Acabo de ver una papaya con patas que me ha “guiñau” un ojo. Chau.
  • tigre1950tigre1950 Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado julio 2011
    Shaianti escribió : »
    No he entendido muy bien el paso que haces de la primera parte al resto del relato, o sea, cuando empiezas a nombrar todo cuadrado con respecto a la primera descripción de tu vida marital, que es lo que más me ha gustado. En general me gusta cómo llevas el hilo de la narración, los pensamientos íntimos, los breves diálogos. Y todo cargado con una sana dosis de ironía.
    Un abrazo cuadrado.

    Querida Shaianti. Una de las características de mis relatos (de algunos), es que siempre dejo cabos sueltos para que el lector los ate. Pasó en el “Moro” (otro de mis cuentos). Juancho me hizo algunas interrogantes. Las respondí, quedando (él), satisfecho. Pienso que el ser demasiado acucioso y explicativo en el hilo de lo narrado, puede “matar” la historia.
    ¿Hay algo más imprevisible que la mente humana? Cada mente es un mundo. Multiplícalo por seis mil millones de habitantes, que es, aproximadamente, la población actual del planeta. ¿Te imaginas esto? ¡Un universo ubérrimo! Todo es posible en ese rico infinito.
    La uña del dedo gordo (casi cuadrada).Mi querida Shai. ¡Sí!, esta, combinada con la abstención forzosa del personaje, provocó en él, una fijación enfermiza por lo cuadrado.
    Si de esta explicación deduces que estoy loco, te lo acepto: ¡Estoy completamente tostado! Ja.ja.ja. (Y discúlpame esta. De serio solo tengo la cara).
    Un beso mi niña.
  • tigre1950tigre1950 Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado julio 2011
    Dragon escribió : »
    Jajajajaja,lo que me he reído con la escena de tu mujer haciendose la pedicure y tú,ahí,todo " empolvado ".Desde luego...para que piensas tanto hombre ?Como dijo Amparo,el que piensa,pierda.Para la próxima,no pienses tanto y tirate como un tigre sobra la chinita.

    La segunda parte,con tanto cuadrado,me quedé en raiz cuadrada,la verdad,pero muy bueno.Un saludo desde el sur.

    ¡Qué coño, mujer! A dios gracias que mi "chinita"no ha leído el relato. Decirle con todos los pelitos: ¡sadomasoquista! Eso sí, que no me lo perdona. Ya me veréis escribiendo en mi siguiente post “Violencia feminista”. Ah, y quizás desde algún banco de una plaza. ¡Botado! Con todos mis bártulos por hocicón. Ja,ja,ja.
    Un beso desde el sur (sí, pero del otro lado del charco).
    Pd. (En secreto: mi monomanía cuadrada lo desató, ese avatar cuadrado que muestras en el rincón superior izquierdo de tu post. ¡Dios mío, María y José! ¡Qué niña!)
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado julio 2011
    Tienes razón, yo si le he dicho a Dragon que se coloque ropita, por que será la culpable de que a más de uno se le pare...... el corazón, aparte de que ella puede pillar un .......... resfrio por ahí.:D:D:):):):p:p:p
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado julio 2011
    Hola Tigre

    Lo leí ayer y me quede pensando. Me hice la misma pregunta que Shaianti. Y "la vi cuadra".

    Me quedo claro con la respuesta.

    Saludos Don Tigre...

    p.d.: Sigue las recomendaciones de Dragón, en el último tercio no se pregunta, "se mata".... ;)
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado julio 2011
    jajajajaj, con estas recomendaciones, pobre la chinita, no saldrá viva en futuras incursiones, donde sólo quiera dar picones:D:D:p:p:p:):)
  • tigre1950tigre1950 Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado julio 2011
    amparo bonilla escribió : »
    Tienes razón, yo si le he dicho a Dragon que se coloque ropita, por que será la culpable de que a más de uno se le pare...... el corazón, aparte de que ella puede pillar un .......... resfrio por ahí.:D:D:):):):p:p:p

    Eres tremenda mujer. Te imaginas un estornudo “por ahí”. ¡Que …! Ja.ja.ja.ja. Ja.aj.ja…ja.Ja.aj.ja.ja. Ja.aj.ja.ja.
    Un beso. Ja.ja.ja.ja. Ja.aj.ja…ja.Ja.aj.ja.ja. Ja.aj.ja.ja. Con el perdón de los foreros y de la bella Dragoncita, es que la Amparito me sonsaca. Ja.ja.ja.ja. Ja.aj.ja…ja.Ja.aj.ja.ja. Ja.aj.ja.ja…. Ja.ja.ja.ja. Ja.aj.ja…ja.Ja.aj.ja.ja. Ja.aj.ja.ja. Me estoy meand… Ja.ja.ja.ja. Ja.aj.ja…ja.Ja.aj.ja.ja. Ja.aj.ja.ja…. Ja.ja.ja.ja. Ja.aj.ja…ja.Ja.aj.ja.ja. Ja.aj.ja.ja.
  • ShaiantiShaianti Fray Luis de León XVI
    editado julio 2011
    Sí, me ha quedado claro ahora, Tigre, y es que con tanta uña protagonizando la escena, y las ganas con que se quedó panchito, más que ver cuadrado era para quedarse ciego!!!
  • tigre1950tigre1950 Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado julio 2011
    Shaianti escribió : »
    Sí, me ha quedado claro ahora, Tigre, y es que con tanta uña protagonizando la escena, y las ganas con que se quedó panchito, más que ver cuadrado era para quedarse ciego!!!

    A Dios gracias que no (me quedé ciego), así puedo ver las “papayas” que me recomendó Amparito. Ah, y estoy en un curso super acelerado, on-line, para matar en el primer estoque.
    Ajá toro. (Y no uso el femenino, porque ahí si la “chinita” no solo me “descoleta”, sino que me “desbola”). Ja.ja.ja.
    Gracias por tus comentarios. Una sonrisa en tus labios vale más que mil palabras.
    Un bacio.
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado julio 2011
    A ver mi tigre, las papayas, no son para verlas, sino para comerlas, asi que no necesitas ver, te puedes quedar ciego, por si de pronto dragon te da papaya,:D:D:D:):):p y tan ligerita de ropa, la chinita si se te puede poner celosa:D:):p:p:p:D:D:D
  • DragonDragon Lope de Vega s.XVII
    editado julio 2011
    Heyyyy,no me metáis por medio de líos conyugales,que ya me veo a la chinita detrás mia con un cuchillo y amo demasiado la vida como para que me la intenten robarla!!!:p:p
  • tigre1950tigre1950 Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado julio 2011
    juancho escribió : »
    Hola Tigre

    Lo leí ayer y me quede pensando. Me hice la misma pregunta que Shaianti. Y "la vi cuadra".

    Me quedo claro con la respuesta.

    Saludos Don Tigre...

    p.d.: Sigue las recomendaciones de Dragón, en el último tercio no se pregunta, "se mata".... ;)

    Ja.ja.ja. “Paisa”, esa de “don tigre”, estuvo buena. Es que los años pesan, sino que lo diga mi tío "Pellejo", que de tanto cumplirlos, se murió "de viejo". Ja.ja.ja.
    Un abrazo de tigre (don) a lagarto (Juancho).
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado octubre 2011
    Que divertida que me volví a dar leyendo todas las bobadas que se nos pueden escurrir:):):p:p:p:p:D
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