Me bajo de este juego, he comenzado la dieta.... bastante tengo hoy con organizar una fiesta de cumples y cocinar para todos... para escribir sobre palmeras de chocolate... ¡ un poquito de penilla por mi?jaja
Lo siento por ti porque yo iba a invitar a esto.
te mato Antonio!!!! madre mia aqui estoy mirando que pone en el cumple sin tentaciones... igual jodo a todas y les pongo hummus y palitos de zanahoria, jajaja
Me bajo de este juego, he comenzado la dieta.... bastante tengo hoy con organizar una fiesta de cumples y cocinar para todos... para escribir sobre palmeras de chocolate... ¡ un poquito de penilla por mi?jaja
Lo siento por ti porque yo iba a invitar a esto.
te mato Antonio!!!! madre mia aqui estoy mirando que pone en el cumple sin tentaciones... igual jodo a todas y les pongo hummus y palitos de zanahoria, jajaja
Jajaja... mátane, pero te vas a retorcer entera por no catar esos exquisitos manjares.
Pues venga, que yo como de todo, soy buen comensal; igual me da champám Dom Perignom y caviar iraní, que un potaje de garbanzos, y si me apuras, más lo segundo. Nada mejor que el cuchareo.
jajajaja, unas tatanguinas te voy preparar jajaja... No, es merienda de picnic, aqui pensando que hacer bonito, bueno, barato, que no se estropee , que guste, que tenga buena presentacion y facil de transportar. Total que cuando me he venido a dar cuenta somos 30!!! jamas le deis la potestad a los hijos en cuestiones de invitaciones!!! y encima, soy ecologista!!! ... para complicarme aun mas la cosa
jajajaja, unas tatanguinas te voy preparar jajaja... No, es merienda de picnic, aqui pensando que hacer bonito, bueno, barato, que no se estropee , que guste, que tenga buena presentacion y facil de transportar. Total que cuando me he venido a dar cuenta somos 30!!! jamas le deis la potestad a los hijos en cuestiones de invitaciones!!! y encima, soy ecologista!!! ... para complicarme aun mas la cosa
Pues a mí me chiflan las taganginas, que no las tatanguinas, fritas sin espinas
La realidad es que si yo te dijese que parezco feliz, me
responderías que no lo parezco, que lo soy.
Ves a diario cómo sonrío con cada
línea de tus sobadas frases sin sentido, y sin embargo nunca percibes mi
necesidad de distanciarme de ti.
Yo no quiero contarte cosas para que no te
alejes, y tú no acabas de soltarme para que no me vaya.
Te enganchas a mi brazo
como yo a tus guiones inventados, y resulta que nos hacemos la vida por día más
insoportable.
Se ahoga mi llanto sin salir de la garganta, y aún seguimos viviendo juntos, sabiendo los dos que tú no eres lo que me hace falta.
Finjo todos los días ensayando mi despedida en el viejo espejo del cuarto
de baño, tan roto como nuestra historia, y no acabo de ver la salida en este
bucle perfecto que me atrapa en un calendario lleno de meses que parece
que nunca terminan.
Se me está yendo la vida y me da la sensación de que no me
importa. Me es apremiante que reconozca que me tengo demasiado olvidada.
Todo comenzaba un día en que Alfredo no podía encender el televisor de su oficina. El problema seía sencillo, pero no se le ocurría una solución, así que recurría al viejo y manido truco de golpear e insultar al aparato. Finalmente, el televisor, ante tamaño oprobio, optaba por encenderse, pero próximos estaban la fotocopiadora, el fax, el DVD, el ordenador y el escáner. Y todos ellos habían visto lo ocurrido, enviándose unos a otros miradas indignadas.
En el lenguaje de los aparatos electrónicos decidían apoyar al televisor, así que conspiraban antes de tomar una decisión.
Al día siguiente, Alfredo aparecía temprano por su oficina y enseguida empezaba a trabajar.
Lo primero que hacía era fotocopiar unos documentos; el primero salía bien, pero bajo de tinta. Cambiaba el cartucho, pero la segunda copia había generado un atasco de papel. Una vez resuelto lo anterior, la fotocopiadora misteriosamente se apagaba.
Alfredo, que se había despertado de un buen humor, dejaba las otras fotocopias para más tarde, y decidía escanear un documento que tenía que enviar a su jefe inmediato. El escáner funcionaba, pero su ordenador se negaba a recibir el documento escaneado. Dedicaba media hora intentándolo de nuevo, hasta que averiguaba la causa del problema, y era que entonces lo solucionaba, pero ahora era el escáner el que no quería encenderse.
Alfredo empezaba a cabrearse, pero se calmaba escuchando un DVD de Mozart, que tenía en algún sitio. Tardaba en encontrar el disco, porque éste había decidido solidarizarse con el resto del equipo electrónico.
Cuando, por fin, lo hallaba y lo ponía en su correspondiente ranura, el disco se atoraba y no había manera de sacarlo o de acabar de meterlo, simplemente se negaba a enitur música.
Alfredo comenzaba a perder la calma, pero con la fuerza de la voluntad la mantenía y decidía antes enviar un correo electrónico a un cliente. Sorprendentemente, o no tanto, el correo se negaba a salir de su ordenador. Esperaba unos diez minutos para comprobar si lo conseguía, pero nada.
Fue entonces cuando empezaban a volar aparatos electrónicos por doquier. Alfredo, fuera de sí, los golpeaba y los pateaba hasta estrellarlos contra las cuatro paredes, a la vez que iba profiriendo insultos en voz alta.
Sus gritos llegaban a la oficina vecina, de la que salía un compañero preguntándose qué era ese escándalo. Se aproximaba a Alfredo y lo calmarlo un poco, aunque seguía alterado pero le contaba todo e incluso con lujo de detalles.
Un compañero le ayudaba a solucionar el asunto y las cosas mejoraron: los correos salieron, la fotocopiadora sacó lo que se requería con excelente calidad, el escáner y el ordenador se sincronizaron y el DVD empezó a sonar, sin que nada se le hubiese hecho…
Fue entonces que el infeliz Alfredo se atrevió a preguntarle a su compañero vecino si tenía idea de lo que estaba pasando con él o con sus torpes manos.
La respuesta del vecino era que debía poner diariamente algo comestible y delicioso, como ofrenda al Señor de los Aparatos Electrónicos, en algún lugar oculto, ya que era él –y nadie más que él- el que se encargaba de conjurar maleficio en su reino. Era una deidad absoluta, muy respetada por sus súbditos.
A partir del otro día, Alfredo comenzó a llevar una tortilla de patatas, como especial ofrenda a aquella extraña divinidad de las oficinas contemporáneas, ocultándola apropiadamente según las instrucciones del compañero vecino.
Los aparatos jamás volvieron a dar problema, pero a Alfredo le quedó la duda sobre quién en realidad se comía la tortilla de patatas.
Tras tres días de incertidumbre, pero satisfecho y feliz porque todos los aparatos electrónicos respondían adecuadamente, decidía creer fielmente en aquel increíble dios de la modernidad: el Señor de la Electrónica.
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Jajaja... mátane, pero te vas a retorcer entera por no catar esos exquisitos manjares.
Pues venga, que yo como de todo, soy buen comensal; igual me da champám Dom Perignom y caviar iraní, que un potaje de garbanzos, y si me apuras, más lo segundo. Nada mejor que el cuchareo.
Pues a mí me chiflan las taganginas, que no las tatanguinas, fritas sin espinas
Venga, reescribe por ejemplo mi último escrito "Toda una vida de lucha y trabajo"
Como tú quieras. Aquí estamos todos para pasarlo bien entre amigos, con la Literatura como testigo.
La realidad es que si yo te dijese que parezco feliz, me responderías que no lo parezco, que lo soy.
Ves a diario cómo sonrío con cada línea de tus sobadas frases sin sentido, y sin embargo nunca percibes mi necesidad de distanciarme de ti.
Yo no quiero contarte cosas para que no te alejes, y tú no acabas de soltarme para que no me vaya.
Te enganchas a mi brazo como yo a tus guiones inventados, y resulta que nos hacemos la vida por día más insoportable.
Se ahoga mi llanto sin salir de la garganta, y aún seguimos viviendo juntos, sabiendo los dos que tú no eres lo que me hace falta.
Finjo todos los días ensayando mi despedida en el viejo espejo del cuarto de baño, tan roto como nuestra historia, y no acabo de ver la salida en este bucle perfecto que me atrapa en un calendario lleno de meses que parece que nunca terminan.
Se me está yendo la vida y me da la sensación de que no me importa. Me es apremiante que reconozca que me tengo demasiado olvidada.
La electrónica hacía rabona
Todo comenzaba un día en que Alfredo no podía encender el televisor de su oficina. El problema seía sencillo, pero no se le ocurría una solución, así que recurría al viejo y manido truco de golpear e insultar al aparato. Finalmente, el televisor, ante tamaño oprobio, optaba por encenderse, pero próximos estaban la fotocopiadora, el fax, el DVD, el ordenador y el escáner. Y todos ellos habían visto lo ocurrido, enviándose unos a otros miradas indignadas.
En el lenguaje de los aparatos electrónicos decidían apoyar al televisor, así que conspiraban antes de tomar una decisión.
Al día siguiente, Alfredo aparecía temprano por su oficina y enseguida empezaba a trabajar.
Lo primero que hacía era fotocopiar unos documentos; el primero salía bien, pero bajo de tinta. Cambiaba el cartucho, pero la segunda copia había generado un atasco de papel. Una vez resuelto lo anterior, la fotocopiadora misteriosamente se apagaba.
Alfredo, que se había despertado de un buen humor, dejaba las otras fotocopias para más tarde, y decidía escanear un documento que tenía que enviar a su jefe inmediato. El escáner funcionaba, pero su ordenador se negaba a recibir el documento escaneado. Dedicaba media hora intentándolo de nuevo, hasta que averiguaba la causa del problema, y era que entonces lo solucionaba, pero ahora era el escáner el que no quería encenderse.
Alfredo empezaba a cabrearse, pero se calmaba escuchando un DVD de Mozart, que tenía en algún sitio. Tardaba en encontrar el disco, porque éste había decidido solidarizarse con el resto del equipo electrónico.
Cuando, por fin, lo hallaba y lo ponía en su correspondiente ranura, el disco se atoraba y no había manera de sacarlo o de acabar de meterlo, simplemente se negaba a enitur música.
Alfredo comenzaba a perder la calma, pero con la fuerza de la voluntad la mantenía y decidía antes enviar un correo electrónico a un cliente. Sorprendentemente, o no tanto, el correo se negaba a salir de su ordenador. Esperaba unos diez minutos para comprobar si lo conseguía, pero nada.
Fue entonces cuando empezaban a volar aparatos electrónicos por doquier. Alfredo, fuera de sí, los golpeaba y los pateaba hasta estrellarlos contra las cuatro paredes, a la vez que iba profiriendo insultos en voz alta.
Sus gritos llegaban a la oficina vecina, de la que salía un compañero preguntándose qué era ese escándalo. Se aproximaba a Alfredo y lo calmarlo un poco, aunque seguía alterado pero le contaba todo e incluso con lujo de detalles.
Un compañero le ayudaba a solucionar el asunto y las cosas mejoraron: los correos salieron, la fotocopiadora sacó lo que se requería con excelente calidad, el escáner y el ordenador se sincronizaron y el DVD empezó a sonar, sin que nada se le hubiese hecho…
Fue entonces que el infeliz Alfredo se atrevió a preguntarle a su compañero vecino si tenía idea de lo que estaba pasando con él o con sus torpes manos.
La respuesta del vecino era que debía poner diariamente algo comestible y delicioso, como ofrenda al Señor de los Aparatos Electrónicos, en algún lugar oculto, ya que era él –y nadie más que él- el que se encargaba de conjurar maleficio en su reino. Era una deidad absoluta, muy respetada por sus súbditos.
A partir del otro día, Alfredo comenzó a llevar una tortilla de patatas, como especial ofrenda a aquella extraña divinidad de las oficinas contemporáneas, ocultándola apropiadamente según las instrucciones del compañero vecino.
Los aparatos jamás volvieron a dar problema, pero a Alfredo le quedó la duda sobre quién en realidad se comía la tortilla de patatas.
Tras tres días de incertidumbre, pero satisfecho y feliz porque todos los aparatos electrónicos respondían adecuadamente, decidía creer fielmente en aquel increíble dios de la modernidad: el Señor de la Electrónica.