Hola, una de las cosas que me ayudan a mantener la pluma afilada es reescribir relatos. Es un ejercicio de escritura, un juego. Ninguno supera su nacimiento, mueren al nacer en su cuna digital. Bien por casualidad o por brujería, reescribí ayer uno de Antonio y se lo envié en privado proponiendo compartir este juego en el Foro, dejo a su elección publicarlo o no en el post correspondiente. Visto lo caliente que está el tema (espero que las aguas vuelvan a su cauce) me preguntaba si es o no adecuado lanzar esta propuesta y creo que si las cosas vienen así, es el momento ideal.
Bien, mi propuesta es la siguiente, pongamos aquí o creemos nuevos post con un texto nuestro y expongámoslo a que otros escritores lo reescriban con su punto de vista, con su estilo y comparemos. La misma historia, distintos narradores. Seguro que es divertido y, sobre todo, instructivo. ¿Te apuntas?
Hoy he publicado un nuevo microrelato en mi web, no suelo publicarlo en ningún otro sitio por tema de posicionamiento (A google no le gustan los clones) pero voy a hacer una excepción. Lo dejo aquí a vuestra disposición, sed libre de reescribirlo a vuestro gusto siempre que lo publiquéis en este post para que todos podamos leerlo.
Empieza el Juego
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Ansío recuperar esa sensación de niño. Nuestros padres nos daban algo de dinero mientras tomaban el vermú en la plaza para que lo gastáramos en la pastelería. Yo llegaba con la elección hecha, los demás niños se agolpaban en la vitrina mirando indecisos todos los dulces sin saber en qué invertir sus monedas. Pedía directamente una de esas enormes palmeras cubiertas de chocolate. La sensación del primer mordisco hundiendo los dientes en el negro néctar es algo que todavía desata un inmenso placer en mí. Esa misma sensación placentera se tornó después en algo doloroso. La adolescencia convirtió a un niño gordito en un joven con sobrepeso. La línea es muy débil, tal vez un año y una sombra de incipiente bigote, pero la percepción para los demás es radicalmente distinta. Ya no eres gracioso, ni te pellizcan los mofletes, tu cara se llena de granos y eres, a vista de los demás, un gordo.
Dejé de comprar palmeras de chocolate. No solo palmeras, también dejé de comprar cualquier dulce o alimento que pudiera engordar y fui al gimnasio. Deporte y dieta. Así forjé músculos y eliminé la grasa ofreciendo a los demás la imagen perfecta que la sociedad reclama. Entonces tuve miedo de cruzar la línea. Pensé que un solo mordisco de una de esas palmeras daría al traste con todo lo que había conseguido con tanto esfuerzo. El precio del pecado, volver a ser gordo.
Un día, caminando sin rumbo por la plaza de mi niñez a la que no había vuelto en años, paré delante de la pastelería. Ahí estaban, una montaña sobre fuente de plata de palmeras de chocolate. Como el aroma de las flores traído por un viento de verano llegó el recuerdo y la sensación de placer acompañada del remordimiento del pecado. Algunas monedas en mi bolsillo me decían ¿Por qué no? ¿Qué va a pasar? pero mi conciencia, siempre ella, paraba mi mano. Me alejé unos pasos, pero volví. La sensación de libertad, de transgresión que me produjo ese nuevo primer mordisco cambió mi vida. No engordé de golpe, ningún rayo cayó del cielo para fulminarme, no pasó nada, solo que, por fin, me liberé. Tantas fajas y cadenas cayeron de golpe, me di cuenta de que esa amargura que me emponzoñaba a diario, que me impedía ser yo, tenía cura.
Ahora vuelvo cada cierto tiempo a la pastelería de la plaza a por una palmera de chocolate, cada mordisco me recuerda que no hay límites ni reglas, que no ser yo equivale a no ser nadie. Ese mordisco libertador desató el caos que tanto me había costado mantener encerrado, abrió la caja de Pandora y los vientos volaron libres. He cogido algunos kilos, he perdido la hercúlea figura que constreñía mi cuerpo, pero soy feliz, vuelvo a hundir cada cierto tiempo mis dientes en la coraza de chocolate y debajo de mi colchón descansa el cuchillo ensangrentado que me acompaña en mis cacerías nocturnas.
Me has quitado de pronto más de setenta años. Como sigas narrando relatos de este tipo, ya mismo soy un bebé
Trataré de reescribirlo para que pueda competir con el original. Dame un poco de tiempo
Saludos
Un día abrí los ojos. Había que poner fin a la situación. Si seguía comiendo así la obesidad me comería a mí, así que me puse manos a la obra y empecé un régimen especial, a parte de apuntarme a un gimnasio. Y, ciertamente, los resultados llegaron. La grasa se quitó para dejar paso al músculo. Me miraba a mí mismo y me gustaba lo que veía. Pero, al mismo tiempo, anhelaba volver a echarme a la boca una de esas palmeras. Y nunca me atreví por miedo a tirar todo el trabajo por la borda sólo por un momento de debilidad. Nunca. Hasta aquel día.
Aquel día volví a pasar por delante de la pastelería. La mía, la de toda la vida. Y ahí vi, en un lugar privilegiado del escaparate, una de esas enormes y deliciosas palmeras, llamándome, diciendo mi nombre, insinuándoseme igual que la vecina cuando se cambiaba de ropa frente a su ventana abierta cuando veía que yo andaba por ahí (sí, también comprobé que yo no era el único al que le gustaban mis resultados en el gimnasio). Y pensé: ¿por qué no? Y ya estaba abriendo la puerta, cuando el otro muñequito de mi conciencia apareció sobre mi hombro y me recordó las consecuencias de abusar de esas palmeras en el pasado. Y le escuché, escuché cómo me hablaba de las dificultades que me causó la obesidad (tanto físicas como sociales), del sacrificio que tuve que hacer para ponerle remedio, de las horas en el gimnasio, de los biceps y abdominales que veía en el espejo al mirarme, de la vecina de enfrente en ropa interior frente a mi ventana. Pero me apetecía tanto esa palmera...
Me alejé unos pasos, me senté y empecé a meditar. Intenté calcular de cabeza cuantas calorías tendría esa palmera, y cuanto ejercicio necesitaría para quemarlas. Quizá, si la comiera poco a poco (un poco ahora, otro dentro de una hora, y así) engañaría a mi metabolismo y no engordaría. Sí, quizá pudiera encontrar un equilibrio sin tener que renunciar a nada. No renunciar a la palmera, ni a mi figura, ni a mi vecina. Así que entré, la compré, y antes de darme cuenta ya me la había terminado. ¿¿Qué había hecho?? Abatido, me dejé caer sobre el primer banco que vi, tapándome la cabeza con las manos. Miraba mi torso, y casi podía sentir esas toneladas de grasa de rorcual azul cubriendo mis músculos.
Sin embargo, también me di cuenta de otra cosa. ¿Y si me había obsesionado tanto con mi físico que me convertí, sin darme cuenta, en esclavo de mi imagen? ¿Merece la pena renunciar al placer de comer sólo por cómo me veo en el espejo, cómo me ven los demás? Quizá. Pero no me apetecía seguir amargándome. Sí, era demasiado sacrificio. Ese día tomé dos decisiones: la primera, me iba a tomar las cosas con más calma e iba a relajar mi régimen. ¿La segunda? Invitar a salir a mi vecina antes de que se note el cambio.
Me salto momentáneamente mi versión sobre "La palmera de chocolate", y doy paso a la versión de ichavarria sobre mi relato "En el andén 10". Pongo antes el original y después el otro.
En el andén 10
Era un viernes primaveral de mediados de mayo.
Una joven, muy nerviosa, no paraba de mirar su reloj de pulsera, y después corroboraba la hora con la de los relojes grandes que colgaban del techo de aquel lugar.
Sólo faltaba media hora exacta para que llegase el tren, que era uno de Alta Velocidad (AVE), del servicio regular de la Renfe, procedente de la Estación de Santa Justa de Sevilla.
Caminaba, más nerviosa todavía, con pasos rápidos entre las variadas tiendas de la estación del ferrocarril más grande y más importante de España: Atocha.
Iba pensando en las mil y una cosas que contarle a él, no bien se bajase del tren. También pensaba en cómo se abrazarían y se besarían en el mismo andén, sin importarles en absoluto la gente aglomerada que allí habría en ese momento. Y pensaba (el pensamiento más importante para ella) en proclamar su amor a los cuatro vientos.
Pero también pensaba en si iba a ser del agrado de su amor la minifalda blanca ibicenca, que dejaba lucir sus bronceadas y largas piernas, así como su camiseta verde, con generoso escote. Y ese ideal conjunto destacaba más acompañado de unas sandalias verde Betis de tacón alto de aguja.
Tan absorta estaba en todos esos pensamientos que no se percataba de la hora. De modo que cuando le daba de nuevo por mirar el reloj, sólo faltaban quince minutos para que llegase el tren, sin error en la puntualidad de llegada porque la Renfe se vería obligada a devolver íntegro el importe del pasaje, si no llegaba a su destino a la hora exacta marcada.
Su chico venía del Sur, sólo con dos ilusiones: amarla y pasarlo bien en Madrid los dos durante ese fin de semana, y más tarde, en el último AVE del domingo con destino Sevilla, regresaría nuevamente a su ciudad.
Inmensamente feliz, decidía comprarle algo personalizado para su dormitorio, y así él la recordaría en las noches "como más le gustaba a ella que la recordase". (Si pensase en este entrecomillado, se relamería los labios).
Se iniciaba a visitar, sin prestar demasiada atención, aquellas tiendas. Había allí prácticamente de todo: joyas, bisuterías, trajes de señoras y caballeros, zapatos de ambos sexos, perfumes, ropa de buena y regular calidad, y cientos de trastos inútiles, que serían abandonados al poco tiempo de haberlos comprado.
Pero nada de lo que veía la convencía.
“En estas tiendas no veo nada que me guste para ti, amor”, se decía para sí.
Miraba de nuevo el reloj: ocho minutos faltaban y todavía no había hallado el regalo apropiado.
El AVE, el que ella esperaba, lentamente se iba acercando hasta el andén 10.
Pero, de pronto… “¡esto, esto sí”, exclamaba en voz alta, como una loca, a la vez que cogía una pequeña lámpara de bronce con caperuza de bronce en forma de punta.
“¡Esto te va a encantar, amor!”, decía de nuevo en voz alta, sin importarle nada ni nadie.
A su chico le gustaba el efecto que causaba una pequeña luz, y el ambiente tan íntimo que daba. Al veces habían hecho el amor, en el apartamento de ella de Madrid, mientras su dormitorio se encontraba iluminado por una lámpara igual o parecida a la escogida como regalo.
De pronto, por megafonía sonaba una voz nítida pero un poco como aflautada, anunciando la inminente llegada del AVE procedente de Sevilla en el andén 10.
Se quitaba los tacones y empezaba a correr portando su flamante lámpara en una de sus manos, sin envolver, sólo metida en una bolsa de plástico, porque no quedaba papel de regalo en la tienda, y además no podía entretenerse más.
Abriéndose paso entre las personas de la sala de espera, seguía corriendo hacia LLEGADAS, en la que aguardaban a diferentes trenes de disímiles procedencias. Ella sabía dónde tenía que ir, pero a sus nervios le daban por preguntar, y, por fin, llegaba a la sala, donde decenas de personas esperaban al tren, procedente del Sur.
Los viajeros iban bajando de los vagones, y la expectación iba creciendo en los adentros de la esbelta muchacha.
Su sistema nervioso era ya incontrolable, y hasta le temblaban las manos. Un prolongado escalofrío recorría todo su cuerpo, y más cuando sus ojos miraban con feliz ansiedad la escalera mecánica que transportaba a los viajeros de ese tren. Miraba detenidamente la hilera de pasajeros, sin siquiera pestañear.
"¡Allí, allí está!" Lo veía, y, a no más de diez metros su chico la buscaba con la mirada entre la multitud (la cual estaba en amena espera conversadora), sin, por el momento, conseguir visualizarla.
Alzaba una de sus manos, moviéndola de derecha a izquierda, y, de pronto, una sonrisa en los labios de él enviaba el mensaje de que acababa de reconocerla.
Cuando la escalera mecánica llegaba a su final, corriendo se iba hacia él, y, cuando llegaba lo abrazaba y lo besaba con tanta fuerza que los dos caían rodando al suelo, debido, principalmente, al impaciente deseo de ella.
Pero sin preocuparle a ella que se hubieran caído, seguía besándolo, hasta que se daba cuenta de que su chico no respondía a sus besos, y los brazos, que en un principio rodeaban su cuerpo, se habían aflojado completamente.
Apoyándose en la pierna de alguien que pasaba por allí, se ponía en cuclillas y separaba su cara de la de él, y se fijaba en su faz y la veía pálida y con la mirada perdida en el infinito. Le movía la cabeza de un lado a otro, para tratar de que reaccionase. Pero era entonces cuando se percataba de que sus manos estaban ensangrentadas. Aterrada, se las limpiaba como podía en la minifalda blanca, e intentaba, inútilmente, que el muchacho volviese en sí.
En un último e inservible intento, veía, horrorizada, que la afilada caperuza de la lámpara se había salido de la bolsa y ahora se hallaba fuertemente clavada en la base del cráneo del que pocos minutos antes había sido su amor.
-pasa y termina en página siguiente-
versión de ichavarria
"Me doy cuenta que estoy mirando continuamente el reloj en mi muñeca, un gesto impulsivo y mecánico producto de mi nerviosismo. Comparo con los enormes relojes de la estación. Todo correcto, ¡como no!, mi ansiedad no va a acelerar el tiempo.
No se me ha pasado por alto que tengo que insertar mi versión sobre tu "La palmera de chocolate", pero se me ha ido un poco la inspiración por un contratiempo inesperado con un forero de este foro, y sólo me dedico ahora, para seguir colaborando en el foro, a plasmar chorradas, pero chorradas que pienso que pueden ser del agrado de la escasa concurrencia. No tardaré en plasmar mi referida versión. Gracias.
Por cierto, es buena la versión de SergioV, me ha gustado.
Y bueno, mi versión, como a todo en esta vida se le pueden dar varios sentidos. Lo de romper con la regla establecida puede ser uno de ellos, pero en mi caso creo que simplemente he narrado sin más, mostrar que toda acción tiene consecuencia y que todo esfuerzo tiene recompensa, pero que no hay que obsesionarse con ello y que puede haber equilibrio (lo de calcular las calorías... he visto casos bastante extremos en ese aspecto).
Congratulado que os haya gustado! Buenas también ambas versiones de En el andén 10, personalmente creo que me ha gustado más la versión revisada (sin desmerecer la original, por supuesto).
SergioV Relee ese trocito de texto en negrillas.
Si esto fuera un examen de relatos y yo fuera el profesor calificador, te podría un 0 patatero
A ver, que igual debería haber especificado el por qué, y la razón no es otra que porque se asemeja más al estilo que estoy acostumbrado tanto a leer como a escribir. Ninguno es mejor ni peor. No se me enfade nadie!!
Aunque sigo teniendo pendiente mi versión de "La palmera de chocolate", voy a insertar un microrrelato con tintes semi eróticos. Espero nuevas y buenas interpretaciones
Ahí va:
Me pedía, por favor, si se podía duchar antes de irse de mi pisito. Nada más salir de la ducha, se vestía para irse, no sin antes darme un último beso y decirme un insinuante “hasta luego”. Todo había salido perfecto. Por un lado, me alegraba porque la realidad es que no me apetecía dormir acompañada esa noche, y menos aún con un desconocido, aunque el atracón de sexo que nos habíamos dado era de oro olímpico, y en absoluto me hubiese importado que consiguiésemos otro oro olímpico. Aunque no quise pedirle más, era un golpe bajo a mi deseo. Pero ahora (será orgullo de mujer, digo yo) pienso que no quiero volver a verlo, lo que sí quiero es que él quiera volver a verme. Me fui al baño para hacer un pis antes de entregarme a Morfeo, pero, mientras tiraba de la cadena, me iba riendo a carcajadas: ¡había escrito su número del teléfono móvil en el vaho de la mampara de la ducha!
Me lo traje a mi pisito
Más que pedírmelo, me lo dijo a modo informativo: "voy a darme una ducha antes de irme". Le hubiera dicho igualmente que sí, yo misma me ducho siempre después de hacerlo. Así que me dejé caer sobre el sofá mientras él se quitaba la ropa, puerta del baño abierta, quizá esperando que me asomara al marco y me apoyara en él para mirarle mientras se duchaba. Fue una ducha rápida; quizá al ver que no me movía de mi asiento no vio necesidad de alargar el tema, así que tras secarse y vestirse, me dio un beso y se despidió. Y yo le dejé marchar. Sin más.
No me podía quejar: había echado el polvo de mi vida con él, me había dado placer de todas las formas posibles y yo se lo había dado a él. ¿Quería yo más? Quizá. Y, quizá también, esa misma noche me tocase yo sola pensando en todo lo que habíamos hecho apenas un par de horas más. Pero, también hay que decirlo, no dejaba de ser un desconocido, un desconocido con el que no quería pasar la noche. Y el hecho de que él tampoco lo propusiera fue como una especie de ataque a mi orgullo. Así que sí, que se fuera. Pero que se fuera a la mierda. ¡Venga ya, ¿quién se había creído que era?!
No queriendo malhumorarme me fui al baño. Mientras me vaciaba sentada en la taza, volví a acordarme de él. Porque lo cierto es que resultó ser un tipo bastante desinhibido, con unas costumbres más bien poco ortodoxas. Tanto, que pensé que quizá le hubiera gustado estar ahí, en el baño, en ese momento, mirando cómo hacía mis cosas. O quizá, incluso, prefería estar debajo mío, mientras yo le ofrecía de nuevo mis fluídos (esta vez otros). Tampoco tuve tiempo de pensar mucho más: en cuanto volví la cara hacia la ducha, vi en el vaho de la mampara un número de teléfono. Sí, definitivamente, él también quería más de mí.
Es bueno tu relato, que no microrrelato. Me ha gustado e incluso creo que ha superado al original, el mío. Pero (ese "pero" que a veces actúa como matizador), haz empleado 340 palabras y las normas oficiosas, que no oficiales, son de 5 a 200 palabras. "Lo breve dos veces bueno", eso dice un dicho popular.
A propósito de eso, convendría que el amigo Nacho (ichavarria), creador de este hilo, propusiera que los relatos fueran cortos, que así le damos más fluidez a este magnífico hilo y quizás de esa forma se vayan agregando más compañeros foreros. Ojo, que esto es sólo una idea mía, quien decide es el creador.
Otro microrrelato, incluso con imagen:
Si yo te dijese que parezco feliz, tú me dirías que no lo parezco, que lo soy. Tú ves que sonrío con cada línea de tus manidas frases hechas, y, sin embargo, nunca percibes mi necesidad de distanciarme. Yo no quiero decirte cosas para que de mí no te alejes, y tú no terminas de soltarme para que no me vaya. Te coges a mi brazo como yo a tu guion inventado y nos hacemos la vida por momento más insoportable. Se ahogan mis llantos sin siquiera salir de la garganta, y vivimos juntos sabiendo que no eres tú lo que me hace falta. Finjo todos los días ensayando mi despedida en el viejo espejo del baño, tan roto como nuestra historia, y no acabo de ver la salida en este bucle perfecto, que me atrapa en un calendario lleno de meses que parece que nunca acaban. Se me está yendo la vida y me da la sensación de que no me importa. Me tengo demasiado olvidada.
Echo de menos la sensación infantil de excitación de cuando nuestros padres nos regalaban algo de dinero, mientras ellos disfrutaban de un buen vermut en la plaza, para gastar en la pastelería del barrio. El resto de niños lamian el cristal del mostrador indecisos ante tantos tipos de dulzuras, sin embargo, yo siempre llegué con la elección ya hecha, pedía una de esas enormes palmeras cubiertas al completo de chocolate; pequeños monumentos negros apilados para el deleite de mis ojos, y el placer secreto del primer mordisco, oyendo el sonido perfecto del chocolate al romperse que anunciaba un revuelo de sabor en mi boca. Me adormecía en un gozo extraño, tan extraño que se fue tornando desde una excitación sin malicia, infantil e inocente, con el paso del tiempo, en una huella dolorosa de un pasado vergonzoso que marcaría muchos años de mi vida. Hay una línea difusa e inconcreta, anunciada por la sombra de un incipiente bigote, que transformó la mirada del resto sobre mi cuerpo de una forma casi brutal. Desaparecieron los mofletes a pellizcar que regalaban sonrisas, y se anunciaron granos que me obligaron a saltar de ser un niño gracioso con sobrepeso a ser un gordo para todos.
Así, con esas sorpresas que la vida te trae con el viento; un día que deambulaba por las calles de mi ciudad, igual guiado por su aroma o su recuerdo, acabé sin darme cuenta, en la misma plaza con ojos ya más viejos, mirando a través de aquel ya antiguo mostrador. Para ellas no había pasado el tiempo, continuaban siendo el mismo pecado recubiertas con el mismo chocolate. Intenté resistir con la misma distancia en metros que mantuve años atrás, pero fue un intento vano.
Regresó su sonido, también el recuerdo de mi cuerpo infantil, y con él la sensación de excitación que solo se puede sentir una vez volteamos la cabeza con el pasar de los años, cuando ya tenemos tantas resistencias en las espaldas, que transformamos en gozo y libertad cualquier trasgresión, aunque solo se trate de un simple bocado. Las canas ayudan a no olvidar y a soportar los remordimientos con endereza.
Esta vez no engordé de pronto como en mis antiguas fantasías nacidas de miedos absurdos, ahora llegó la compresión de lo estúpido de ciertas ataduras cuando vienen solo de miradas externas; años de opresión como fajas en la cintura, cadenas que dificultaban mis pasos, y amargura, tenían la dulce cura de un simple bocado para volver a ser yo.
No necesito perderme por la ciudad; he decidido hacer el camino hasta la pastelería cada cierto tiempo. Una palmera de chocolate, me recuerda que no hay límites ni reglas, que no ser yo equivale a no ser nadie. A veces es necesario que los vientos de Pandora nos recuerden la libertad. Ando algo más gordo, y algunos músculos se quedaron para siempre en el gimnasio, pero a cambio, soy feliz en el reconocimiento de mi debilidad. Y aprendí que las palmeras de chocolate existen para que yo pueda recordar mi niñez de alegría y la oportunidad de regresar a ella.
¡Como negarle una ducha! ¡y dos para el campeón! Se vistió con mi alivio de no compartir esta noche mi cama en cuanto cerrara la puerta. La ventaja de un desconocido es que nunca hay “un mañana” y los polvos son casi moribundos. Lástima que no hubiera insistido, no me importaría romper la regla, porque estaba dispuesta a regalarle y regalarme su curiosidad de mis agujetas en el coño al día siguiente. ¡Este no sabe que el postre siempre es la mejor parte, y el mañana negado y solicitado lo más erótico! Entré al baño a desmaquillarme, y para mi sorpresa ¡había escrito su número de teléfono móvil con el vaho en la mampara de la ducha!!... ¡ahora sí que me voy cachonda a la cama!
Hipocresía perfecta.
Entre el ser y el estar, hay una distancia marcada por mi sonrisa a un lado y al otro tus manidas frases hechas; estoy feliz pero no lo soy; una hipocresía perfecta que sostenemos en un intento absurdo de mantener algo idílico, aunque se trate de todo un engaño. Nos sabemos tanto, que la sorpresa se fugó por la rendija abierta de la ventana. Igual un poco de aire fresco rompa el sueño de la perfección, que me atrapa en un calendario que no caduca. ¿Una vida a cambio de la medida áurea? Igual sea mi distancia y la hipocresía esté en no encontrar la medida exacta antes que llegue mi olvido.
Me ha gustado mucho Te digo igual que a SergioV en otro texto mío; creo que es mejor que el original, más expresivo, incluyendo palabras más significativas, visto desde una óptica femenina, que la mujer tiene mucho que decir y que aportar sobre estos temas de cama. Eso último "ahora sí me voy cachonda a la cama", es un toque magistral.
Me alegro de que te hayas incorporado a este hilo.
Saludos
ichavarria dijo:
A ver si alguien más se anima a reescribirnos o a proponer su texto.
Pues sí, ya se ha incluido DIODAMA, y seguro que vendrán más.
Nacho, tuviste una buena idea con colgar este hilo. Te felicito. Seguro que nos lo vamos a pasar bien. Gracias.
Abrazo
Joder, chiquilla, magnífica versión. Un relatito corto, como a mí gustan. Dices en este tuyo todo lo que consta en el original, pero con menos palabras y más escogidas. ¿Ves? Este hilo puesto en marcha por ichavarria, nos ayudará a todos. "Todos aprendemos de todos", ese es lema primordial.
Adelante y te reitero mi bienvenida.
Saludos
La más que evidente pérdida de peso que por día estaba padeciendo desde que se había enamorado, sorprendía sobremanera a todas las personas de su entorno. Pero no estaba encanijándose para llamar la atención del hombre por el que suspiraba y se bebía los vientos, sino para reducir su vientre, ya que pensaba que contra más pequeño fuera su estómago, menos mariposas revolotearían dentro de él.
Lo jashondo de esto es que, de tres versiones del de la palmera, tres formas diferentes de decir vermouth / vermut / vermú. El que repita pierde!!
Dieta táctica
No fue poca la gente que empezó a preocuparse ante su más que evidente pérdida de peso. Empezaron con algún desenfadado "maja, te falta un plato de lentejas" o "vas a acabar más flaca que una etíope", pero al poco llegaron los temores de que alguno de esos temidos trastornos alimenticios había caído sobre ella. Las primeras sospechas apuntaban, como siempre, a su novio de toda la vida, quien probablemente estuviera aprovechando sus inseguridades para presionarla para perder peso. Pero no. Cierto era que quería reducir su vientre a toda costa. Pero la razón era que quería acabar para siempre con esas molestas mariposas que otro hombre había hecho brotar en su estomago y que, desde ahí dentro, la atormentaban hasta el punto de querer morir.
Esto va funcionando, amigo forero SergioV. Pareciera que nos conocemos de toda la vida y en persona, porque a tus textos reescritos les das un toque que los familiarizo enseguida con los míos. Cualquiera de los dos puede ganar el Nobel de Literatura
Y seguimos...
SergioV
¿Ves? Textos cortos le proporcionan fluidez al hilo.