[FONT="]El menesteroso[/FONT]
Untó el pan con lo poco que le quedaba en la imaginación y se fue hacia la mesa del comedor. Extendió el mantel, colocó la cubertería y el vaso que un día encontrara en el vertedero, y se dispuso a disfrutar del escuálido menú del día. Sin saber por qué, recordó la gaita con la que su abuelo amenizaba las cenas y se le erizaron los pelos del mastruño (dícese de aquel lugar donde las lombrices depositan sus excrementos), el puñetero tocaba de oído y con la mala leche que mamó de su madre.
Dio el primer mordisco con solemnidad, (Solemnidad era una amiga que pasaba por allí y se quedó por si le tocaba algo, pero se fue nada más verle la cara), y se tragó las migas en soledad. El caso es que nada más terminar sintió un empujón en el estomago, alzó la nalga izquierda y apretó con cuidado no fuera que el esfuerzo trajera premio (los calzoncillos no soportarían ese peso con lo que ya arrastraban). Pero el pobre Aménifio, así se llamaba el menesteroso, calculó mal y se le abrieron las tripas.
Se levantó maldiciendo su suerte y resignado a disimular, oliendo para otro lado, el accidente que imponía a su ropa interior semejante disciplina.
—¡Y yo sin un asqueroso salva slips! ¡Ah, si no fuera por mis votos de castidad!
Efectivamente, Edemerio..., o era Amenifio..., bueno, no lo recuerdo, pero para lo que da de sí la historia... Sea como fuere, el caso es que el individuo hacía tiempo que no quería lavarse sus partes por no tocarlas, no fuera a ser que provocara un orgasmo inesperado, ¡bien que lo sufría cuando iba a miccionar! La mera visión de su miembro le excitaba hasta el punto de que tenía que pensar en muertos para poder evacuar.
Se puso en pie y sacudió graciosamente el culo para, tal como decía su abuela de origen portugués, ajeitar los excrementos y andar con cierto resuello. Se alejó del chamizo para descansar la mirada en el desigual horizonte de basura amontonada, sin darle mayor importancia al fecal incidente —no tenía el cuerpo para entretenerlo en nimiedades—. Además, ¿quién iba a reparar en su olor corporal en aquél vertedero de miserias? ¡Y pensar que se encontraba allí por confiar su fortuna al amor! ¡Ah, el amor! Esa necesidad mal satisfecha, ese flujo de elementos químicos e impulsos eléctricos diseñados para acomodar instintos en una mente animal.
En medio de sus divagaciones sintió que le escocía la entrepierna pero, para evitar males mayores, decidió no rascarse.
—Si siempre usara la razón con tanto acierto como ahora en que el buen juicio me aconseja no hurgar con los dedos cerca del culo..., ¡seguro que me iría mejor! —exclamó para sus adentros.
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[/FONT][FONT="]A Deilerio —¡y jode con el nombre que tiene el bergante, no hay manera de recordarlo!— se le encogió el muñón que tiene bajo el sobaco (dicen que a causa de un antojo de la madre durante su gestación: al parecer le gustaba rizarse, haciendo círculos con el dedo de la mano derecha, el matojo pelo que tenía en la axila mientras degustaba la verga de sus amantes). El recuerdo de Josefina: aquella en cuyos brazos cayó rendido su cuerpo y su fortuna, aquella que lo dejó caer contra el suelo soltándolo de golpe, para desaparecer con los dineros y dejarle en la ruina, lo llenó de consternación.
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[FONT="]La primera vez que vio a Josefina copulaba con un camionero en los baños de un bar de carretera: apoyada en el lavamanos resistía, con armoniosos movimientos de cadera, los excesos del semental que la sodomizaba. Ella lo miró sonriente, y él, tal vez dominado por un complejo edípeco, recordó a su madre, la famosa Doña Luisa Hondo, más conocida por "la sin fondo", reputada (nunca mejor dicho) ramera en las noches de la Gran vía. La escena del baño duró un instante, pues, Domialico..., ¿...? En fin: el menesteroso, retrocedió para no interrumpir la intimidad de los "coitoneros o coitantes", (dícese de los que componen coito con sus carnes) con el ferviente deseo de que el destino los reuniera pronto: tal fue la fuerza con la que se le grabó su imagen en el corazón. Así que aguantó las ganas de mear durante lo que duró el día y un poco más, pues los tirones de ombligo le recordaban a la que desde entonces sería su dueña y señora. La consecuencia fue una cistitis aguda que lo obligó a ir a un médico de urgencias; y como no hay mal que por bien no venga, la encontró allí, entre convalecientes, tratándose de una sífilis que había pillado en un viaje que hizo por Marruecos. [/FONT]
[FONT="] Los dos lloraron de alegría al reconocerse en la consulta de primeros auxilios y se juraron amor eterno. ¡Qué buena pareja hacían! El uno con la infección de orina, la otra con su enfermedad venérea.
Continuará...
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