Últimamente estoy tan inactiva que me atacan los recuerdos...
.......................................................................
Recuerdo, esa tarde otoñal en el parque, mientras las madres se desentendían de sus hijos para cotillear de tal y de cual, que me acerqué a uno de los dos viejos columpios. Subí a él y, suavemente y ayudada por la caricia de la brisa, empecé a balancearme. Feliz e ignorante, por aquel entonces, se acercó un chico negro, que se subió al otro columpio. Al igual que yo, iba cada día y a la misma hora al mismo parque. Me miró, y tras un breve momento de silencio, me saludó:
<< - Hola. -le miré extrañada, intentando ignorarlo.
- Hola -respondí con un gesto despectivo.
- Vamos, no te hecho nada. Eres muy arisca -me soltó, a lo cual yo me enfadé y le repliqué:
- No soy arisca, ¡Es que tú eres negro! Y no tendrías por qué hablarme. -mantuve la cabeza bien alta y desafiante- no nos parecemos, eres completamente diferente a mí.
- No es cierto -contestó él, sonriente.
- ¿Ah, no? ¿En qué nos parecemos, pues? -dije, con el tono de chulería que hace tiempo que no uso. El niño, columpiándose a la vez que yo, me enumeraba:
- Los dos tenemos la misma edad. Tenemos un hogar, una familia, unos amigos. Vivimos debajo del mismo cielo azul, y sobre la misma tierra. Los dos estamos vivos, y algún día moriremos. Reímos, lloramos, dormimos, soñamos. Además, los dos nos estamos columpiando.>>
Aquel niño, del cual no puedo recordar el nombre, se convirtió en mi mejor amigo. Cada día me enseñaba algo nuevo, sumamente valioso. Me enseñó a ser persona, a sensibilizarme, a tenerle cariño a lo extraño y a lo diferente. Cada día, nos sentábamos en aquellos columpios oxidados que escuchaban pacientemente nuestra conversación.
Cada día... hasta el día que dejé de ir allí.
Comentarios
Pero me ha gustado, bien por el niño del columpio.
Qué diferente le veía yo en aquél entonces... y sin embargo, éramos iguales...