Huy, huy, huy; muchos curiosos me parece que se van a asomar por este
post. Si, si, usted, no me venga con que “entré por afán de saber”.
Buuueeeno, me corta un poco el rollo, pero aliviaré ese afán con esto que he encontrado en mi enciclopedia interactiva (copy-paste):
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Donatien Alphonse François, marqués de Sade (1740-1814). La mayor parte de la vida de quien es considerado por la crítica contemporánea, casi unánimemente, como el escritor-poeta más poderoso de su siglo, transcurrió en prisión, adonde fue arrojado con numerosos pretextos y donde sufrió, en su espíritu, más de lo que ningún escritor francés tuvo que sufrir: la monarquía, la Revolución, Bonaparte y después Napoleón I le dejaron enmohecerse en Vincennes, en la Bastilla, en Charenton, en Sainte-Pélegie y en Bicêtre; fue quizás un milagro que no muriese en alguna de aquellas cárceles.
Sus libros fueron censurados, prohibidos, infamados, por obscenidad, ultraje a las costumbres, provocación al crimen, etc.; fueron publicados -parcialmente- bajo cuerda, por lo menos los más graves de ellos, incluso después de la rehabilitación de Sade por Apollinaire (1909) y luego por los surrealistas. Se debe especialmente a Maurice Heine (1884-1940) el haber establecido las versiones impresas más rigurosas de las principales obras de Sade, en particular Las ciento veinte jornadas de Sodoma, Justina, o las desdichas de la virtud y Julieta, o las prosperidades del vicio.
Para leer a Sade es útil tener presentes las siguientes características:
1- Su consideración de la positividad del mal, del que Sade afirma que es una tendencia natural en el hombre; pero, en vez de establecerla científicamente -como un psicoanalista, por ejemplo- lo hace literariamente, pintando el mal por encima de todos los tabúes, exagerándolo hasta el absurdo, que es quizá la última palabra de la naturaleza humana. En consecuencia, nada impide ver en el humor negro de Sade una especie de encantamiento que pone una distancia entre él, el hombre que ha descubierto ese negro secreto, y la irremediable realidad del mal.
2- Existe inevitablemente una poesía de la sexualidad. Al escribir las desenfrenadas páginas de sus relatos, al rebasar en cien codos lo que se ha convertido en llamar "erotismo literario" (presente, por el contrario, en Restif de La Bretonne), Sade retorna, de algún modo, a las fuentes puras de la poesía.
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Que conste que yo sólo estoy interesado en los aspectos meramente literarios de su obra, en su hermeneútica y análisis semiótico-estructuralista (a ver si cuela, que tengo ya bien labrada fama de ... por estos lares.)
Aquí os dejo unos enlaces para que podaís descargaros a gusto :rolleyes: dos de sus principales obras:
-Justine (50.000 palabras aprox.):
http://www.google.es/url?sa=t&source=web&cd=1&ved=0CBYQFjAA&url=http%3A%2F%2Flacasonadelsado.com.ar%2Farchivos%2FSade-Justine.pdf&rct=j&q=justine%20o%20los%20infortunios%20de%20la%20virtud%20pdf&ei=_DlkTJjkPIfo4Abvo8D1CQ&usg=AFQjCNGgnOPzgsgBjWHTG1qKSQZ5deQ16g&cad=rja
-La filosofía en el tocador (60.000 palabras aprox.):
http://www.google.es/url?sa=t&source=web&cd=1&ved=0CBUQFjAA&url=http%3A%2F%2Fzedkin87.ifastnet.com%2FNovelas%2Fsade%2FSade_-_Filosofia_en_el_tocador.pdf&rct=j&q=filosofia%20en%20el%20tocador%20pdf&ei=nTlkTPeVC5rT4wbvxsyUCg&usg=AFQjCNGslg3_wK0pyCZR9yY-q8ROg_DAcg&cad=rja
Ya os prevengo de que su prosa es, por difícil, prohibitiva, salvo para eruditísimos comentadores de Joyce y Heidegger.
¿No me creeís? Pues hala, aquí van algunos trozos para que os estrujéis el seSo...
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Justine o los Infortunios de la Virtud.
– Los servicios de una niña como vos son poco útiles en una casa, no es de esos de los que hablo, vos no tenéis ni la edad ni la constitución para colocaros como lo deseáis, pero podéis, con una sabiduría menos ridícula, aspirar a un destino honrado entre los libertinos. Y sólo a eso debéis aspirar; esa virtud de la que tanto presumís de nada sirve en el mundo, tenéis a gala alardear de ella y no os proporcionará ni un vaso de agua. Gente como nosotros, que tanto presumimos de dar limosna, es decir, de una de las cosas a las que menos nos dedicamos y que más nos repugnan, quieren ser compensadas por el dinero que sale de sus bolsillos, y ¿qué es lo que una niñita como vos puede dar en compensación de esas ayudas?
– Oh, señor, ¿no hay, pues, ya, ni beneficencia ni sentimientos honrados en el corazón de los hombres?
– Muy pocos, hija mía, muy pocos, ya se ha pasado esa manía de favorecer gratuitamente a los demás; porque se ha descubierto que el placer que aporta la caridad sólo es la satisfacción del orgullo, y, como no hay más efímero que esa satisfacción, se han buscado sensaciones más concretas, y se ha comprendido que con una chiquilla como vos, por ejemplo, valía infinitamente más recoger como fruto todos los placeres que el libertinaje puede ofrecer que enorgullecerse de haberle dado una limosna. La reputación de un hombre liberal, limosnero, generoso, no vale para mí tanto como la más ligera sensación de los placeres que vos podéis ofrecerme, de modo que, de acuerdo en esto, con toda la gente de mis gustos y de mi edad, convendréis, hija mía, en que no os ayude sino en razón de vuestra obediencia a todo lo que me plazca exigir de vos.
[...]
Al fin llegó aquella famosa fiesta, ¿podríais imaginaros, señora, a qué impiedad monstruosa se entregaron aquellos monjes con motivo de aquel acontecimiento? Se les ocurrió que un milagro visible multiplicaría por dos el esplendor de su reputación, y, en consecuencia, revistieron a Florette, la más pequeña y la más joven de entre nosotras, con todos los ornamentos de la Virgen, la ataron al muro del altar con cuerdas que no se veían y le mandaron que levantara con compunción los brazos hacia el cielo cuando se elevara la hostia. Como aquella desgraciada criaturita estaba amenazada por el más cruel de los tratos si llegaba a decir una sola palabra o a equivocar su papel, se las arregló lo mejor que pudo, y el fraude tuvo todo el éxito que de él podía esperarse; el pueblo se extasió ante el milagro, dejó ricas ofrendas a la virgen y volvió a casa más convencido que nunca de las gracias de aquella madre celestial.
Quisieron nuestros libertinos, para completar su impiedad, que Florette se presentara a la cena con la misma vestimenta que le había proporcionado tantos homenajes, y cada uno de ellos inflamó sus odiosos deseos, sometiéndola con aquel atuendo a la irregularidad de sus caprichos. Excitados por este primer crimen, los monstruos no se contentaron con él; a continuación la hicieron tenderse, desnuda, boca abajo, sobre una gran mesa, encendieron velas, colocaron a su cabecera la imagen de nuestro salvador y osaron consumar sobre aquella infeliz el más terrible de nuestros misterios.
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Comentarios
La filosofía en el tocador.
EL CABALLERO: Ya los sabes: las delicias de Sodoma le son tan caras como agente que como paciente; sólo ama a los hombres en sus placeres y si, a pesar de ello, consiente alguna vez en probar mujeres, sólo es a condición de que sean lo bastante complacientes como para cambiar de sexo con él. Yo le he hablado de ti, le he prevenido de tus intenciones; él acepta y te advierte a su vez las cláusulas del trato. Te lo prevengo, hermana mía, te rechazará en seco si pretendes incitarle a otra cosa: «Lo que consiento hacer con vuestra hermana es -según pretende-, una licencia..., una extravagancia con la que uno sólo se mancha raramente y con muchas precauciones.»
SRA. DE SAINT-ANGE: ¡Mancharse..., precauciones!.. ¡Amo hasta la locura el lenguaje de esas amables personas! También entre nosotras las mujeres tenemos palabras exclusivas que, como ésas, prueban el horror profundo de que están penetradas por todo lo que no atañe al culto admitido... ¡Eh! Y dime, querido, ¿te ha poseído? ¡Con tu deliciosa cara y tus veinte años, bien se puede, en mi opinión, cautivar a semejante hombre!
EL CABALLERO: No te ocultaré mis extravagancias con él; tienes demasiada inteligencia para censurarlas. De hecho, me gustan las mujeres, y sólo me entrego a estos gustos extravagantes cuando un hombre amable me acosa. No hay nada que no haga entonces. Estoy lejos de esa altanería ridícula que hace pensar a nuestros jóvenes mequetrefes que hay que responder con bastonazos a proposiciones semejantes; ¿es el hombre dueño de sus gustos? Hay que compadecer a quienes los tienen singulares, pero no insultarlos nunca; su error es el de la naturaleza; no eran dueños de llegar al mundo con gustos diferentes, como nosotros no lo somos de nacer patituertos o bien hechos. Además, ¿os dice un hombre algo desagradable al testimoniaros el deseo que tiene de gozar de vosotros? Indudablemente, no: es un cumplido que os hace; ¿por qué, pues, responder entonces con injurias o insultos? Sólo los tontos pueden pensar así; jamás un hombre razonable hablará de esta materia de modo distinto a como yo lo hago; pero es que el mundo está poblado de sandios imbéciles que creen injuria el declararles que uno los encuentra idóneos para los placeres, y que, echados a perder por las mujeres, siempre celosas de cuanto parece atentar contra sus derechos, se imaginan los quijotes de esos derechos ordinarios, brutalizando a quienes no reconocen toda su extensión.
SRA. DE SAINT-ANGE: ¡Ay, amigo mío, bésame! No serías tú mi hermano si pensaras de otro modo; pero, te lo ruego, dame unos pocos detalles tanto sobre el físico de ese hombre como sobre sus placeres contigo.
EL CABALLERO: El señor Dolmancé estaba enterado por uno de mis amigos del soberbio miembro de que sabes que estoy dotado; comprometió al marqués de V... a invitarme a cenar a su casa. Una vez allí, fue preciso exhibir lo que yo llevaba; la curiosidad pareció ser al principio el único motivo; un culo muy hermoso que se me puso delante, y del que se me rogó que gozara, me hizo ver al punto que sólo el gusto había tenido parte en aquel examen. Previne a Dolmancé de todas las dificultades de la empresa: nada lo asustó: «Soy a prueba de ariete -me dijo-, y no tendréis siquiera la gloria de ser el más temible de los hombres que perforaron el culo que os ofrezco.» El marqués estaba allí; él nos alentaba toqueteando, manoseando, besando todo lo que uno y otro sacábamos a la luz. Me preparo... quiero por lo menos algunos preparativos: «¡Guardaos bien de ello! -me dice el marqués-; le privaríais de la mitad de las sensaciones que Dolmancé espera de vos; quiere que le atraviesen, quiere que le desgarren.» «¡Será satisfecho!», digo yo hundiéndome ciegamente en el abismo... ¿Y puedes creer, hermana mía, que no me costó apenas?... Ni un lamento; mi polla, con lo enorme que es, se hundió sin que me diera cuenta, y toqué el fondo de sus entrañas sin que el maldito pareciese sentirlo. Traté a Dolmancé como amigo; la excesiva voluptuosidad que él gustaba, sus meneos, sus deliciosas palabras, todo me hizo feliz pronto a mí también, y lo inundé. Apenas estuve fuera, Dolmancé, volviéndose desenfrenado hacia mí, rojo como una bacante: «Ves el estado en que me has puesto, querido caballero? -me dijo ofreciéndome una polla seca y amotinada, muy larga y de seis pulgadas por lo menos de contorno-; amor mío, por favor, dígnate servirme de mujer después de haber sido mi amante, y así podré decir que he saboreado en tus brazos divinos todos los placeres del gusto que con tanta imperiosidad ansío.» Encontrando tan pocas dificultades en lo uno como en lo otro, me presté; el marqués, quitándose los calzones ante mis ojos, me conjuró a que yo tuviera a bien ser aún algo hombre con él mientras iba a ser la mujer de su amigo; le traté como a Dolmancé, el cual, devolviéndome centuplicadas todas las sacudidas con que yo abrumaba a nuestro tercero, muy pronto exhaló al fondo de mi culo ese licor encantador con el que yo rociaba, casi al mismo tiempo, el de V..
SRA. DE SAINT-ANGE: Hermano mío, debes de haber gozado los mayores placeres al encontrarte entre dos de esa manera; dicen que es delicioso.
EL CABALLERO: Muy cierto, ángel mío, es el mejor sitio; pero se diga lo que se diga, todo eso no son más que extravagancias que nunca preferiré al placer de las mujeres.
JAJAJAJAJAJA…
PD: yo soy una de las que ha entrado por curiosidad.
Me da gusto que escriban sobre este gran autor, espero que con tu texto muchos se interesen en la lectura de sus obras. No puedo dejarte otro tipo de comentario o hacer algun tipo de debate, puesto que comparto el gusto por su poesía, y supongo tu fin al escribir sobre él es distinto.
Saludos.