Un camino entre los nopales
La vereda era una serpiente polvosa y el medio día se precipitaba entre los cactos. Nicolás sacó su cantimplora de cuero y calculó la cantidad de tragos que debía dar para que el agua no se le acabara antes de llegar a su casa. El camino era largo y difícil.
Cerca del barranco lo encontró, estaba envuelto en una cobija. Nicolás se quedó quieto. Esperó unos minutos y se acercó. Era un recién nacido, aún tenía el cordón umbilical, buscó a quien lo pudo dejar ahí, pero sólo escuchó a las perdices entre los matorrales. Dejó pasar unos minutos, nadie llegó. Ya no tenía tiempo de esperar más, pero no podía dejarlo a su suerte y se lo llevó. Después de un rato la tierra seca se le pegaba en el rostro sudoroso. Estaba muy cansado y le dolían los brazos.
“A Lupe le gustará cuidar al niño”, pensó.
Después de media hora sus rodillas ya no podían soportar el peso. Vio de nuevo al bebé, el color de sus ojos era más definido y su cabello lacio más grueso. Intentó acomodarlo de otro modo, pero se dio cuenta que ya no era tan fácil como al principio. Le dio el agua que le quedaba. Descansó un momento. Ya estaba sobre el cerro un cielo rojizo. El niño lo observaba y eso lo incomodó. Siguió su camino con él a cuestas, ahora calculaba que pesaba tres veces más que al principio.
Cuando llegó al rancho le dolía mucho la espalda, puso al muchacho en una banca. Éste ya podía caminar y se fue rumbo al río. Volteó a ver al hombre por un momento, con burla. Sonrío y entre los labios se asomaban los dientes. Nicolás sintió un terror que no podría compartir con nadie, quién creería su historia. Lo observó hasta que desapareció entre los nogales.
Autora: Gabriela d´Arbel narradora, México, San Luis Potosí
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Emilio