Hola, aprovecho mi primera intervención para saludar a todo el mundo. Os dejo un relato para que me deis vuestra opinión. No se asuste nadie ante el título, no está en gallego, aunque si usa varias expresiones y alguna que otra construcción que podría resultar chocante para los no galego-parlantes. Todo va implícito dentro del propio contexto, siendo casi un ejercicio de experimentación. No me entretengo más, ser bienvenidos a Fernyworld…
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“O mar ten que ser gris” decía a veces, rompiendo un silencio del que solo el crujir de la barca y el lejano grito de una gaviota ya formaban parte. Y luego se callaba durante horas, esperando; mecidos por el suave vaivén de las olas, que con su rumor marcaban el paso del día, como el tic-tac de un reloj.
”A mar e brava”. Amenazaba igual que el sermón del domingo. Aunque a los ocho años aquello más que un castigo divino, era un divino castigo.
“Tes que estudiar”. Decía vigilando atento el horizonte, temiendo tal vez que una ola se me llevase. Pero a mí no me gustaban los libros, yo también quería ir a la mar, visitar lejanos lugares; y lejos de enfadarse, se entristecía.
“Por si ascaso”. Se justificaba cuando me enseñaba el oficio durante las cálidas jornadas; y me hacía prometerle que estudiaría mucho para ser un gran médico o un arquitecto. Pero yo prefería pescar con él, y que el tiempo arribase allí, en las lejanas costas de mi juventud, y jamás levara anclas.
En las ocasiones que subíamos una buena captura, o algún barco de ultramar cruzaba el horizonte, se le soltaba la lengua para recordar sus tiempos en los grandes mercantes; cuando el mar, era un camino y a la vez un hogar. Antes de que madre se cansara de que anduviera de puerto en puerto y le pidiera que se quedara en casa.
Se quedó, para trabajar en los astilleros, y fueron felices; hasta que estos cerraron y lo echaron.
“O Ferrol non morriu… O Ferrol o mataron”. Y luego decía que era lo justo por parir a quien parió; aunque yo no sabía a quien se refería, y tan poco preguntaba.
“Non preguntes”. Era la más antigua enseñanza que aprendes en esta tierra. Porque preguntar conlleva tal vez negar la respuesta a algo de lo que no se quiere hablar, y que probablemente no desees saber; así que era de bien educado evitar tal descortesía.
Pero yo sabía sin necesidad de preguntas que padre tuvo que volver al mar, en pequeños barcos que no eran sino ataúdes, para poder comer. Ya no traía regalos cuando llegaba, cenaba en silencio, y para el desayuno ya se había ido; ya no besaba a madre.
“Non compensa o jasoil”. Explicaba cuando no embarcaba, y yo pensaba que el patrón no tenía dinero para gasolina y que por eso se tenían que quedar en casa.
En una ocasión nos dijo que durante un tiempo no saldrían a la mar, porque en no se donde alguien tirara unas torres, y el gasoil estaba muy caro; todos se enfadaron, pero yo me alegré de que las hubieran tirado, pues así se quedaría en casa.
Entonces empezó a faenar en tierra, pero no me dejaba acompañarlo. Una noche lo oí discutir con madre, porque a ella no le gustaba que fuera al percebe. A mí también me parecían unos bichos horribles, pero estaba con padre en que si era la única solución para ganarse en el pan, era o que tiña que ser… y punto. Cuando se enteraron de que los escuchara, madre me hizo prometerle que no se lo contaría a nadie, y que si me preguntaban a que se dedicaba padre les dijera que estaba a cobrar o paro. Aunque a mi no me daba vergüenza admitir que se dedicaba al percebe.
Un día llegó a casa antes que de costumbre. “O Manuel caeu”, le dijo a madre, que le hizo prometerle no volver al percebe, que venderían las joyas de la abuela y así comerían. Pero padre siguió faenando, hasta que una vez vino la guardia civil y se lo llevó, a la mañana siguiente volvió a casa; entonces dejó el percebe.
“Baixou o gasoil”. Fue el pistoletazo de salida para embarcar de nuevo, en esa ocasión el asunto de las torres lo hiciera bajar; entonces comencé a dudar de que fuera bueno el haberlas tirado. Pero todo el mundo estaba contento, incluso fuimos a despedirlo al puerto el primer día; madre y yo, recuperamos la muletilla de ta no mar, cuando alguien nos preguntaba por él.
Una mañana me levanté muy alegré porque esa noche nevara en la playa. Aunque nadie hacía muñecos de nieve, ni jugaba a tirarse bolas, y no había risas, solo murmullos. Era extraño porque esa nieve no tenía un tacto fresco, era cálida, y cuando se la enseñé a padre me obligó a lavarme las manos con jabón lagarto, y me dijo que la nieve era blanca; y que no existía nieve negra.
Sabía que padre no era un hombre, porque los hombres no se adentran en las entrañas de los dioses con las manos desnudas para arrancarles el sustento, eso es tarea de titanes. Y por eso supe que aquello no era bueno, pues solo en esa ocasión, lo vi llorar.
“Iste e o cheiro da Morte”. Me dijo que nunca lo olvidara y que a partir de entonces siempre estaría bajo mi nariz, recordándome el día que vimos morir a nuestra tierra.
Entonces comenzó a venir mucha gente para limpiar, padre ya no embarcaba y todas las mañanas bajábamos para ayudar hasta la noche. Decía que era más importante que el colegio, que los libros podían esperar.
También vino alguien muy importante, sacó fotos y se fue. A padre le querían hacer una entrevista para la tele, pero le dijeron que no podía decir la palabra chapapote, pensé que sería un taco; él los mandó a rasca-lo carallo, y seguimos limpiando.
Esa noche discutió con madre, porque dijo que sus primos eran uns mal nacidos e uns fillos de puta. Que no ayudaban y que insultaban a la gente, porque así cobraban a axuda. Y que si por ellos fuera que afundira un cada ano.
Cuando nos dijeron que ya estaba limpio la gente se fue, y los comercios del pueblo pusieron mala cara. Padre no volvió a la taberna del Hermenegildo porque decía que era otro merdeiro.
El verano siguiente no pudimos bañarnos, ni tampoco salir a faenar con padre. A veces un pedazo de chapapote venía flotando, o los niños lo encontraban cuando hacían castillos en la arena, entonces lo cogíamos con un palo y lo echábamos o bidón; todos menos Xan, que era un animaliño y jugaba a tirárnoslo. Hasta un día que se lo llevaron a la capital, nos dijeron que se fuera de vacaciones a junto sus tíos, y para cuando volvió ya no salía nunca de casa, ni podíamos visitarle. Ramón dijo que lo viera por la ventana y no tenía pelo, y que su hermano le había dicho fuera por jugar con el chapapote; luego se murió.
Padre volvió a embarcar, pero cada vez tardaba más en volver a casa, porque decía que tenían que irse lejos, donde no hubiera chapapote. Yo sabía que nunca se iría del todo, y todavía al despertarme por las mañanas me parece que el mar arrastra ese olor; tal vez para que no lo olvidemos.
“Pon arradio”. Me pidió madre un día. A mi no me gustaba nada la radio, y desde aquel entonces la odio; sin razón alguna, la odio profundamente.
El barco de padre no regresara a puerto, y madre decía que había que estar atentos a las noticias. Esa noche no se durmió, y a la mañana siguiente salieron a buscarlos.
“Escoita”. Repetía incansable cada vez que en la radio se avistaba un cambio de tono, y se quedaba mirando hacia el suelo sin decir nada, atenta a cada palabra.
“Escoita”. Y apretaba los puños con el corazón encogido, mientras en la cocina yo miraba el aparato con más atención que mi programa de tele favorito.
“Escoita”. Entonces dieron la noticia…
“…os corpos dos catro mariñeiros desaparecidos onte a noite, han sido atopados…”
Madre descolgó el teléfono para avisar a la familia, esperando un instante con la mirada perdida, por si el mundo decidía reconocer su error y dar marcha atrás.
“Ta no mar”. Me respondió a una pregunta cuya respuesta negaba.
Salí de casa a la carrera, bajando por el camino hasta la playa, donde mi rabia dejó un largo trazo de profundas pisadas en la arena. Trepando a las rocas me encaré a él.
“Devólvemo”. Grité con furia, pero mi voz se perdió entre el rugir del viento y el batir de olas de aquel dios colérico e inconsciente.
“O mar nos da a vida… e o mar nola quita”. Resonaban las palabras de padre, como un eco desde las grises profundidades. Palabras de un hombre que fue titán, y que temeroso de su dios, dio la vida por los suyos.
Y el tiempo zarpó al fin, de esas lejanas costas en las que navegábamos juntos, para enseñarnos que la marea borrará nuestras huellas, por muy profundas que estas sean.
“O mar e bravo”. Susurró el viento. “O mar ten que ser gris”.
“Devólvemo”. Volví a gritar, y como un trueno de advertencia a no interferir en asuntos que estaban más allá de mi comprensión, una ola golpeó las rocas con fuerza, y por mis mejillas resbalaron… unhas pingas salgadas.
Eso de las construcciones, lejos de molestar, le dieron un plus.
Te felicito sinceramente.
Saludos!
Tu relato es de gran calidad. Yo también te felicito y te agradezco por compartirlo aquí.
Seguiré leyéndote,
Shai
Saludos donde andes...