Hola a todos

Antes de nada, gracias por entrar en esta historia. Esta es la primera parte de una saga titulada
Luces y Sombras (el nombre entero es muy largo y no me cabía en el título xD) Espero que me hagais buenas críticas, dado el interés que he puesto en escribir esta historia (llevo cuatro años con ella, ahí es nada:rolleyes:) Así que nada, ¡espero que la disfrutéis!
PD: por favor, absténganse de realizar el ruin delito del plagio. Esta historia está más que registrada. Gracias!:p;)
El Ángel de la Muerte
Prefacio
Disparos en la oscuridad
12 de mayo de 2007´
"Mátalo. Es lo que siempre has querido hacer ¿no es cierto?"
Una densa cortina de lluvia caía pertinazmente sobre la gran ciudad de Nueva York, hundida en la oscura y fría bruma de la noche, pegajosa niebla procedente de la bahía que se colaba entre las iluminadas calles de Manhattan y los ya no tan transitados callejones de la urbe.
"¿Para qué prolongar tu dolor?¿Crees que no has sufrido lo suficiente? ¿Que no has aguantado bastante sus continuos celos?"
La lluvia golpeaba con rabia los altos edificios de acero y cristal, cayendo luego sobre las aceras húmedas que dejaban escapar suaves volutas de vapor a causa del calor que guardaban. Las farolas parpadeaban a causa de la tormenta y el sonido de los coches que plagaban la urbe era amortiguado por el sonido del agua al caer.
"¡Qué más necesitas! ¡Sabes lo que todo esto significa! ¿Quieres que el pasado se vuelva a repetir? ¿Quieres yacer en el suelo con dos putos tiros en la cabeza? ¡Te estás convirtiendo en lo que ella fue: una esclava al servicio de un maldito bastardo! ¡Y acabarás como ella si no haces nada por evitarlo!"
Callejones sin luz, sucios, angostos y malolientes, se perdían bajo la sombra de los espectaculares rascacielos que perfilaban la silueta de Manhattan, pero ahí estaban, agazapados en las sombras, oscuros como boca de lobo, preparados para atrapar al primer desgraciado que tuviera la mala suerte de adentrarse en sus fauces de oscuridad.
"Acaba con él. Por tu bien,...por nosotros. Tiene que morir."
Iluminado por la última luz encendida de un largo y serpenteante callejón destartalado, un joven pasó a toda velocidad bajo sus fosforescencia, corriendo infatigablemente hacia un destino incierto. Su cabello mojado y cobrizo recogido en una coleta resplandeció antes de que se internara en la oscuridad de la calle. Su respiración agitada era la compañía del repiqueteo que producía la lluvia al golpear las fachadas de los edificios.
Corrió un poco más y, agotado, se volvió un momento hacia los últimos metros recorridos. La lejana luz de la farola iluminó tenuemente sus rasgos: tenía el rostro pálido empapado de agua, sus facciones estaban petrificadas en una expresión de absoluto horror, mientras sus ojos desorbitados miraban atentamente en derredor, aterrados; algunos mechones de su cabello cobrizo se habían desprendido de su coleta para enmarcar la pálida tez de aquel joven que no parecía tener más de treinta años.
"Hazle sufrir"
El joven se quedó unos segundos quieto, alerta, respirando entrecortadamente mientras su corazón latía con violencia en su pecho. Entonces, bajo la luz de la farola, apareció la figura grácil y esbelta de una mujer, cuyo rostro indistinguible debido a la distancia se giró hacia el hombre, que sintió un escalofrío, dio la vuelta y salió corriendo aterrado.
"Haz que sienta una pequeña e ínfima parte de la opresión y la angustia que has sufrido tú...durante toda tu vida"
La cortina de lluvia impedía la agudeza de su visión, por lo que el joven no podía ver más que dos metros alrededor suyo, lo que dificultaba en gran medida su carrera. Aguzó el oído, intentando captar el sonido de los pasos de ella, pero sólo pudo detectar el repiqueteo de la lluvia y el loco latir de su corazón asustado.
"Siente su miedo, su angustia. Y disfrútalo como si también fuera el de otra persona...Sí, te acuerdas ¿verdad?"
Entonces...el suelo resbaló bajo sus pies, la oscuridad se cernió sobre él y el mundo se puso del revés. Un golpe en la cabeza le hizo gritar de dolor y el sabor arcilloso y amargo del barro le inundó la boca. Magullado y desorientado, el joven intentó levantarse y seguir corriendo, pero antes de que sus rodillas se levantaran del suelo pudo oír como alguien montaba una pistola.
"No sólo lo haces por ti. También es por ella, por todo lo que pasó. Piensa que es una forma de hacerle justicia"
El sonido seco y rápido de la pistola resonó angustiosamente en la noche, y el joven se quedó helado de miedo.
- Levántate, Ian. - Le ordenó una voz femenina.
Comentarios
Él apretó los dientes e hizo caso omiso de la orden. Una bala salió disparada de la pistola e impactó contra el suelo, a pocos centímetros de la cabeza de Ian, que no pudo reprimir un grito de terror y sorpresa.
-La próxima vez no fallaré: – dijo la voz con suavidad – levántate.
Ian no se atrevió a desobedecer esa vez. Sucio y empapado, se levantó lentamente del barro.
-Date la vuelta – ordenó ella.
Ian hizo lo que le mandaba. Con los dientes apretados, se dio la vuelta con lentitud y miró en dirección a la desconocida. La mujer se erguía a unos metros de él con una pistola en la mano: iba vestida de negro, y a pesar de que llovía y era de noche, llevaba gafas de sol, las cuales ya estaban empapadas a causa de la tormenta que caía del cielo. Su pelo rubio se encontraba recogido en una cola de caballo que se presentaba mojada y deslucida.
La mujer se acercó a él y le apuntó con el arma a la cabeza. Ian empezó a temblar.
- Tú… ¿quién eres tú? ¿Por qué me haces esto? – balbuceó, suplicante.]
-Casi me arruinas la vida – dijo ella con los dientes apretados de pura rabia – por poco echas a perder mi brillante carrera profesional.
-¿De…de qué me estás hablando?[/font]
-Deja de hacerte el estúpido, Ian Harding. Sabes muy de lo que estoy hablando…lo sabes mejor que nadie – dijo la mujer, apretando la punta de la pistola contra su sien.
-¡No sé de qué me estás hablando! ¡Te lo juro! – gritó Ian, angustiado.
-¿Seguro? – El tono de la mujer se tornó frío y cruel – puede que esto te ayude a recordar – se inclinó hacia él y le susurró al oído: - Sarah.
Ian abrió mucho los ojos, horrorizado. En el rostro broncíneo de la mujer se dibujó una sonrisa y, a continuación, se quitó las gafas de sol: las luces parpadeantes y lejanas de la calle incidieron sobre unos intensos ojos azules que refulgían con un brillo extraño, mortal. Ian retrocedió un paso, con los ojos abiertos de par en par, horrorizado.
- Tú...¡No, tú no!
La asesina cogió la pistola con ambas manos, y apuntó certeramente a la cabeza del desdichado joven. El rostro de Ian se desencajó por completo e intentó retroceder, acosado por la sombra de la muerte. Ella sonrió.
"¡Acaba con él!"
La angustia terminó tras un eterno instante de pánico. Un disparo quebró el sonido sosegado de la lluvia al romper contra el suelo. Luego, el ruido sordo del cuerpo de Ian al caer pesadamente fue lo único que la asesina pudo oír a su alrededor; en un segundo, el cadáver del joven quedó a merced de la lluvia, y se trocó en una sombra inerte tirada en el suelo como un fardo inútil y sin valor. Un charco de sangre comenzó a formarse rápidamente a su alrededor, diluyéndose con la lluvia que inundaba la calle.
“Y luego, disfruta de la sensación de saberte libre, querida.”
La asesina sonrió y, sin más demora, se alejó corriendo de la escena del crimen, perdiéndose en la noche lluviosa, sin sospechar siquiera que una silueta silenciosa lo había observado todo protegida por un muro de sombras. La figura miró un momento el cadáver de Ian, se encogió de hombros y luego abandonó también el callejón, quedando la muerte y la lluvia como dueñas absolutas del lugar.[/font]
Un saludo.
Máscaras
El sordo rumor de la televisión inundaba la casa en penumbra, débil eco de una música pesada y repetitiva, envenenada de falsedad e hipocresía. La imagen que mostraba la pantalla del aparato resplandecía en la oscuridad de la estancia: una hermosa mujer rubia sonreía al telespectador desde un lujoso deportivo azul mientras la cámara enfocaba a cada segundo distintos planos del rostro de ella. La cámara se detuvo algo más de tiempo sobre los ojos de la mujer, de un oscuro y profundo color azul con sutiles vetas violáceas.
-Claro, Jake – respondió la mujer con voz dulce y suave – estaré encantada de participar en ese desfile…-sus labios gruesos y pintados de suave color rosado sonrieron con ternura.
Una voz en off comentó algo, pero Alexia apenas lo oyó. Sentada en el sofá, frente al televisor, apenas podía percatarse de otra cosa que no fuera el hermoso rostro de la mujer, dulce, sonriente…y falso, tan descaradamente falso que hasta le resultaba increíble que la gente se llegase a creer de verdad lo que salía de aquellos labios, curvados siempre en esa sonrisa ilusoria que la joven tanto odiaba. Dos lágrimas rodaron por las mejillas de la muchacha, que agradeció la penumbra de la estancia para que nadie advirtiera la razón de su tristeza.
- No tienes por qué ir, Alex – dijo una voz cercana, teñida de cansancio y preocupación.
La joven se volvió hacia las dos figuras que se erguían en el umbral de la entrada al salón, iluminadas por la luz del pasillo. Alex se apresuró a secarse las lágrimas con el dorso de la mano, avergonzada.
-Pero es que quiero ir – repuso con cierto fastidio.
-Alex – una de las figuras se movió un poco y su mano rozó el interruptor de la luz: la estancia se iluminó para dejar ver las paredes revestidas de madera, las cortinas blancas que tapaban las ventanas o los cómodos y suaves sillones de color crudo en los que Alex estaba sentada. La joven levantó la cabeza hacia las dos personas que habían interrumpido el curso de su melancolía y las miró con irritación – puedes quedarte aquí, no nos importa. Y si no quieres quedarte sola puedes llamar a alguna de tus amigas para que pase estos días contigo ¿qué te parece si llamas a Debby? ¿O a Caroline?
Alex puso los ojos en blanco.
-Papá, no me hablo con Caroline desde el año pasado. Y Debby se va a ir este fin de semana a Washington, con sus padres.
Jonathan Lohan intercambió una mirada con Nelly, su mujer, que se encogió de hombros con gesto afligido.
-Ah, ya – se apresuró a decir él – bueno ¿entonces por qué no llamas a tu tía Jenny y te vas con ella? Seguro que en California te lo pasas mejor que en Nueva York y Jenny estará encantada de tenerte a su lado.
La idea de ir unos días a casa de su tía paterna era halagüeña y tentadora, pero Alex se levantó del sofá y se dirigió hacia donde estaba su padre con gesto firme y decidido.
-No pienso cambiar de planes, papá. Me voy a Nueva York con Sarah. Punto y final, no quiero seguir hablando de esto.
Jonathan sacudió la cabeza y abrió la boca para replicar, pero su mujer se le adelantó.
-Entiéndenos, Alex, cielo. Estamos preocupados por ti. – Nelly le dedicó una cálida mirada de sus risueños ojos castaños. La voz suave y melódica no conseguía disimular su origen hispano – No sabemos cómo puede reaccionar Sarah...
-Sarah es mi madre – le repuso Alex a su madrastra con cierta dureza – y para vuestra información, ya le he enviado un SMS anunciándole mi llegada dentro de dos días y me ha dicho que sí, que vale.
Alex les miro intentando sostener aquella verdad a medias ante los escrutadores ojos de su padre y su esposa. Porque era verdad que había enviado el mensaje, pero Sarah no había dado señales de haberlo recibido.
Jonathan suspiró pesadamente. Era un hombre alto y enjuto, de pelo negro y corto, rostro pálido y gafas oscuras que ahora se encontraban inclinadas sobre su nariz, dejando entrever sus ojos cargados de preocupación y ansiedad. Se quitó entonces las gafas con gesto adusto y las limpió pausadamente en su polo rojo, pero su mirada no se apartaba de su hija.
-¿Estás segura? – susurró con cansancio.
Alex no pudo evitar echar una rápida mirada a la televisión de plasma que se erguía frente a ellos, mostrando el rostro de la hermosa mujer rubia. Ella les sonrió con aquella falsa sonrisa, como si se estuviera burlando de ellos desde la lejanía. Alex reprimió una mueca y levantó la vista hacia su padre con sus ojos azules, idénticos a los de la mujer de la televisión, brillando con seguridad y resolución.
-Sí.
Mientras leía me iba pasando todo por mi mente, como si se tratara de una película! lo tengo todo visualizado. Tengo ganas de más!
Michael Anderson miró con disgusto la portada que aquella semana mostraba la revista Vanity Fair, en la que una atractiva mujer rubia posaba insinuante para la cámara, atrayendo con sus enormes y felinos ojos azules a los posibles lectores. Una sonrisa indolente iluminaba su rostro de rasgos delicados y hermosos mientras su piel morena contrastaba con el largo vestido blanco que lucía. Debajo, unas grandes letras negras rezaban: <<Todo sobre Sarah Myracle ¡descubre sus secretos!>>
Michael chasqueó la lengua con gesto de desaprobación y tiró la revista a la papelera más cercana. Se metió las manos en los bolsillos de la cazadora y anduvo por la Quinta Avenida de Manhattan con el ceño fruncido.
-Descubre sus secretos…-refunfuñó entre dientes.
Una ráfaga de aire frío revolvió el pelo negro del joven y Michael se subió la cremallera de la cazadora, helado. Pensamientos fugaces cruzaron raudos por su mente, recuerdos de un pasado no muy lejano que, de nuevo, hicieron que sus dedos buscaran el peso del móvil para alzar el aparato y marcar aquel número…su número. Pero una vez más se quedó mirando petrificado la pantalla del móvil, provocando que la gente que iba tras él protestara indignada al tener que esquivarle.
-¡Tío, apártate de en medio! – le gritó una mujer de raza negra, baja y rechoncha, que le miró con cara de malas pulgas cuando le adelantó, presa de las prisas propias de la gran ciudad. Michael la ignoró y acarició el teclado del móvil con el pulgar, dudando. De pronto, se sintió terriblemente culpable y volvió a guardar el teléfono, sacudiendo la cabeza. Alzó el reloj de pulsera que adornaba su muñeca izquierda y apretó los dientes.
-Mierda, llego tarde – farfulló, y rompió a correr.
Sorteó a la gente como pudo, atropellando en uno de sus bruscos adelantamientos a un niño que se quejó con un agudo grito, pero Michael lo ignoró y siguió corriendo por la Quinta Avenida a toda velocidad.
Tras recorrer unos cuantos metros con expresión sombría llegó a un edificio de ladrillo visto de dos plantas. Se detuvo y contempló las letras doradas de la fachada: Cuerpo de Bomberos de Nueva York. No se entretuvo mucho tempo. Michael corrió hacia el pabellón, y tras saludar a unos cuantos compañeros y pasar por detrás de los camiones, se dirigió a las escaleras que había en un extremo y que conducían a los vestuarios. Subió los escalones de dos en dos, mirando el reloj de vez en cuando y maldiciéndose en silencio. Eran las ocho menos cinco: llegaba veinte minutos tarde. Cuando alcanzó por fin la segunda planta, descubrió que un hombre alto y corpulento vestido con el uniforme reglamentario le esperaba con cara agria sobre las escaleras.
-Llegas tarde, Michael – le recriminó.
-Lo siento, James, me entretuve – respondió Michael por toda disculpa.
James asintió, pero continuó con el ceño fruncido.
-Ben, George, Mark y Charlie han ido a apagar un pequeño fuego en Harlem. Al parecer, el niño jugaba con un mechero dentro del coche – el jefe de bomberos puso los ojos en blanco – estarán a punto de llegar. Josh está dentro. Dile que se dé prisa, no tardará en suceder algo más. Y que sea la última vez que llegas tan tarde.
Michael se despidió de James y anduvo lentamente hasta los vestuarios. Cuando entró en la vacía habitación se dirigió a su taquilla mientras captaba débilmente el rumor de la televisión proveniente del despacho de James, que se encontraba justo al lado del vestuario. El joven abrió la taquilla y cogió su uniforme mecánicamente, pensando, recordando, preguntándose qué habría pasado si, por un momento, todo hubiese sido diferente, si aquella noche de abril no…no hubiese existido ¿sería todo igual?
De pronto, un hombre alto y fornido irrumpió en el vestuario y se dirigió hacia él. Parecía muy alterado.
-Michael, por fin llegas – dijo con voz ronca.
-Hola, Josh ¿dónde te has metido? James está que se sube por las paredes esta mañana ¿eh?
-Michael, tienes que ver algo. Es muy grave.
Josh tiró de él y lo sacó sin consideraciones del vestuario para llevarle al despacho de James.
-¿Pero qué pasa? – protestó el joven.
-Tienes que verlo, Michael, por favor.
Entraron en una amplia habitación presidida por una mesa llena de papeles, estanterías vacías y paredes forradas de color crema repletas de orlas enmarcadas en cristal. En un extremo de la sala se encontraba una televisión de plasma que había sobre un mueble de madera. A esas horas, empezaba el telediario matinal.
Josh se precipitó sobre el mando y subió el volumen.
-Escucha – le ordenó, apremiante.
<<…la policía no sabe quién pudo ser el asesino, pues no se encontró rastro alguno en el lugar del crimen, tan sólo la bala del arma que disparó al señor Harding en la cabeza…>>
-Harding…- musitó Michael, a la vez que un escalofrío de terror recorría su espalda.
<<El cadáver de Ian Harding se encontró en una calle cercana a Central Park esta misma mañana. Su muerte fue producida por un disparo a la altura de la sien. La policía aún no tiene sospechosos y tampoco hay testigos del asesinato. La pareja de la víctima, la modelo Sarah Myracle, ya ha declarado ante la policía y en las horas siguientes se continuará investigando el círculo familiar y cercano del ejecutivo.
Y ahora, pasemos al mundo del cine. El extravagante cineasta Tim Burton vuelve a sorprendernos con su nuevo trabajo…>>
Michael cogió el mando y apagó la televisión con brusquedad. Josh le miró en silencio, esperando su reacción.
-Tengo que irme, Josh. Dile a James lo que ha pasado, estoy seguro de que lo entenderá. Que sea Andrew quien ocupe mi lugar durante un par de horas. Ahora yo…
- Sí, claro. No habrá problemas – suspiró – lo siento mucho, Michael.
-Gracias – contestó él con voz débil – si me disculpas…
Se apartó del bombero y se dirigió a las escaleras que quedaban al otro lado de los vestuarios. Atravesó rápidamente el pabellón con la cabeza alta y todos los músculos del cuerpo agarrotados hasta que, cuando estuvo fuera, camuflado entre la multitud, bajó la vista y una lágrima resbaló por su mejilla.
Michael llamó persistentemente al timbre. Tras la puerta de entrada, se oyó un gran revuelo; después, unos pasos apresurados se acercaron y alguien abrió la puerta. Una mujer de poco más de treinta años apareció en el umbral: tenía el cabello rubio y ondulado, un rostro de rasgos delicados y unos bellos ojos azules de lo que caían abundantes lágrimas. Lucía un elegante conjunto negro y se limpiaba las lágrimas que caían por sus suaves mejillas con un pañuelo blanco que llevaba en la mano.
-Oh, Michael… – susurró con voz rota, echándose a sus brazos.
La primera reacción del joven fue rechazarla pero, comprendiendo el mal momento por el que pasaba esa mujer, la abrazó con fuerza.
-Lo siento mucho, Sarah – dijo Michael mientras sentía como las lágrimas pugnaban por salir de sus ojos.
Ella susurró algo por lo bajo y hundió la cabeza en su hombro mientras su cuerpo se sacudía a causa de los sollozos. Michael alzó una mano y le acarició con suavidad el cabello rubio, como lo había hecho en tiempos ya pasados. El joven apartó esos pensamientos de su mente y se obligó a vivir en el presente, por muy doloroso que éste fuera.
-Ian era mi amigo, casi éramos hermanos. Te juro que su asesino pagará por lo que ha hecho. Esa rata se pudrirá en la cárcel, te lo prometo.
Sarah se estremeció entre sus brazos y se separó un poco de él, mirándole con los ojos arrasados en lágrimas.
-Eso ahora no importa – dijo con voz quebrada – lo único que me importa es que Ian está muerto. Nunca más volveré a verle. Está muerto, Michael.
El bombero sintió una dolorosa opresión en el pecho. La abrazó de nuevo, sin poder evitar que las lágrimas salieran por fin de sus ojos.
Sarah invitó a Michael a pasar al interior de su casa, pero éste rechazó la invitación.
-Lo siento, he dejado un asunto pendiente en el trabajo y no puedo tardar. Me quedaría si pudiera para hacerte compañía, de veras, pero…
- No te preocupes – dijo ella, con una suave y triste sonrisa – no pasa nada. Comprendo tu situación – sus ojos azules resplandecieron de dolor – espero verte en el funeral.[/font]
Michael le devolvió la misma sonrisa carente de cualquier alegría.
-Estaré allí sin falta, te lo prometo – musitó con melancolía.
Se inclinó hacia ella y le dio un beso en la mejilla. El olor frutal y exótico que emanaba de su cuerpo llegó hasta él, haciendo que rememorara recuerdos tristes y dolorosos. El joven se apartó de Sarah con delicadeza y con gesto desolado se despidió de ella. Cuando llegó a las escaleras y se volvió hacia Sarah para dedicarle una última mirada, la descubrió todavía en el umbral, mirándole con aquellos grandes ojos azules arrasados en lágrimas y las mejillas broncíneas mojadas; los labios bermejos, no obstante, sonriéndole, como si intentara decirle que su presencia allí había por lo menos valido para arrancarle una sonrisa sincera, para alejar el dolor durante unos minutos.
Michael la vio tan frágil, tan desprotegida, tan apagada…y sola, terriblemente sola, intentando defenderse ante el cruel mundo con esa sonrisa, cómo si eso bastara para devolver a Ian a la vida, cómo si quedase algo de luz en esos momentos de oscuridad…cómo si de verdad valiera la pena seguir sonriendo.
De pronto, rompiendo el silencio reinante, el tono de llamada de un móvil resonó en la casa. Sarah respiró hondo, se llevó una mano al bolsillo de su chaqueta y sacó un móvil de última generación. Lo miró un momento en la penumbra, con sus ojos azules iluminados por la luz blancuzca de la pantalla. Finalmente, abrió el teléfono con un movimiento rápido y seco, llevándoselo luego a la oreja.
-Buenos días – dijo, con una suave sonrisa.[/font]
-Me acabo de enterar por televisión – respondió una voz masculina al otro lado de la línea – ha sido un buen trabajo: discreto, rápido y eficaz. Tal y como lo planeamos
-¿Acaso lo dudabas? – Sarah se apartó del rellano y se dirigió al salón, donde los amplios ventanales estaban cubiertos por tupidas cortinas blancas.
El desconocido se rió. El timbre juvenil y agradable de su voz hizo ampliar la sonrisa de la modelo.
-Sí – replicó alegremente – creí que iba a ser algo más pasional.
-Bueno, sí que me entretuve un poco con él, por si lo quieres saber – Sarah se dirigió a la cocina, abrió la nevera y sacó una manzana de brillante color rojo – el pobre corrió como un condenado desde Times Square.
La modelo mordió la fruta: estaba un tanto amarga y correosa, no tan dulce como debiera ser. Sarah observó el color rojo de la manzana: parecía que la hubieran pintado con sangre de tan intenso que era el matiz granate.
-Pobre Ian – susurró el desconocido – en el fondo lo siento por él.
-No lo sientas – replicó Sarah, cuya voz se volvió fría como el hielo – no lo sientas porque sabes que se lo merecía ¡qué se había creído! ¿El dueño de mi vida? – La modelo tiró la manzana a la basura, con rabia, con desprecio – era un…un imbécil, un egocéntrico y un celoso. No soportaba que me vistiese con falda ni con vestidos, ni que me pusiese bañador para las fotos de las revistas. Impedía mis viajes a las grandes pasarelas del mundo con los mejores diseñadores por la absurda obsesión que sentía por mí. Estaba harta de él.
-Sí, ya se nota – dijo el otro, lacónico.
-No me arrepiento de haber acabado con su asfixiante existencia – remató Sarah, apoyándose en la encimera de la cocina.
-Ah, ya… -añadió el desconocido, pensativo -¿y estarías dispuesta a repetir la experiencia?
La modelo entornó los ojos.
-Sí – dijo tras un momento de silencio – sí ¿por qué no? Si algo se interpone en mi camino, no dudaré en hacer lo mismo.
-Bien, bien, pequeña – asintió él, complacido. Sarah casi pudo adivinar su hermosa sonrisa tras la línea - ¿has hablado ya con Michael?
-Sí, y no sospecha nada.
-¿Qué te ha dicho?
-Nada en cuestión, es un estúpido.
- Un estúpido por el que te mueres…y matas.
Sarah no se dignó a contestar.
-Sigue con esa tal Amy ¿no?
-Sí ¿y qué? – gruñó ella, llena de rencor…y celos.
El desconocido volvió a reírse tras la línea.
-¿De verdad necesitas que te diga lo que debes hacer, Sarah?
Una cruel sonrisa iluminó el rostro de facciones delicadas de la modelo.
-Te llamo dentro de tres días – y colgó.
Tras salir del Parque de Bomberos, Michael se dirigió a su casa. Iba dando tumbos por la calle, chocándose con la gente que iba hacia el otro lado y tropezando con cualquier cosa que se ponía en su camino. Las lágrimas pugnaban por salir de sus ojos y él las aguantaba con dificultad.
Le parecía increíble que Ian estuviese muerto: era algo irreal, ilógico. Tanto tiempo juntos y ahora...él estaba en la tumba. Jamás volvería a verlo.
Michael no recordaba la primera vez que se vieron, pues fue cuándo ellos eran muy pequeños, pero durante los años siguientes fueron los mejores amigos que se pueda imaginar. Fueron juntos a la escuela primaria, y luego al instituto, donde se convirtieron en leyenda jugando en el equipo de fútbol americano. Los Jaguars Brothers les llamaban, tanto por el nombre del equipo, los Red Jaguars, como por su destreza y compenetración en el terreno de juego. Luego, Ian pasó a la universidad y Michael entró en el Cuerpo de Bomberos, pero eso no les distanció y siguieron viéndose repetidamente. Michael esbozó una triste sonrisa: ¡cuántas fiestas vividas! ¡Cuántas salidas nocturnas que luego terminaron en resaca el día después! Recuerdos felices y divertidos que ahora Michael atesoraba en su corazón, roto por la pérdida.
Otra evocación emergió en su mente: la última vez que vio a Ian. Hacía ya dos meses de eso, una eternidad. No le había vuelto a ver desde entonces, pues su relación se había enfriado notablemente en los últimos tiempos. En esa ocasión, le había visto sano y fuerte y sobre todo muy, muy alegre.
Claro, cómo no iba a estar alegre, se dijo para sí mismo con melancolía. Él fue el vencedor.
Le había visto en una fiesta que dio en su casa y a la que le invitó. Pero no fue una fiesta cualquiera. Fue la fiesta de su compromiso…con Sarah.
Sarah.
Michael chascó la lengua y reprimió un grito de dolor. Sarah, era ella la culpable de todo. Cuándo Sarah entró en las vidas de ambos, todo se vino abajo. ¿Quién iba a pensar que una criatura tan bella de aspecto tan vulnerable e inocente iba a arruinar una amistad tan aparentemente fuerte y sólida?
Ella fue quién nos separó, pensó Michael con una mezcla de rabia y tristeza. Michael recordó a esa Sarah que había entrado en su vida y que poco a poco también entró en su corazón. A esa Sarah con la que había cruzado una mirada hacía ya once años en aquella fría tarde de febrero, en la pista de patinaje del Rockefeller Center, y que le había cautivado el corazón, que al principio de todo no era nadie y que, en apenas unos años, pasó a convertirse en una de las modelos más cotizadas del mundo… y proclamada una vez como Miss New York. A esa Sarah que había hecho de su amistad con Ian un verdadero infierno. Y todo por un estúpido capricho. Y Michael, inocente de él, lo había sabido, había sabido todo desde el principio pero el sentimiento que había albergado en su interior había enterrado bajo una fuerte capa de hielo todas las sospechas contra ella.
Michael expiró con fuerza, haciendo que una nube de vaho se elevase al cielo encapotado. Sí, desde el principio de su relación sentimental con Sarah había sabido de la atracción que Ian sentía por ella, pero nunca quiso hacer caso a esas sugestiones que cada vez se presentaban ante él con más fuerza. Hasta esa noche de abril en la que llegó de trabajar y vio a Ian y a Sarah juntos en la cama.
Y todo su mundo se rompió en mil pedazos.
Desde entonces, cortó los lazos que habían existido entre él mismo e Ian, y había tratado de olvidar todo lo que hubo con Sarah, incluso no tardó en encontrar novia, una chica guapa y vivaracha llamada Amy. Pero aún así, no pudo evitar añorar a Sarah con toda la fuerza de su ser.
Aún seguía haciéndolo.
Michael suspiró de nuevo, perdido en los recuerdos. No volvió a encontrarse con la nueva pareja hasta unos meses después, en esa fiesta de compromiso. Michael desconocía por qué Ian le había invitado a esa celebración pero lo sospechaba. A lo mejor había querido restregarle en la cara que Sarah le quería a él y no a Michael, o quizás quería ver como él sufría al perder a una de las mujeres más bellas de la Tierra para siempre. En cualquier caso, el joven solo podía hacer conjeturas.
Michael sacudió la cabeza. ¿Qué importaba eso ahora? Ian estaba muerto y por mucho que le hubiese hecho pasar, había sido su mejor amigo, casi su hermano. No podía odiarle ni tampoco sentir satisfacción por su muerte. Tan solo sentía dolor y tristeza ante su partida y mucha rabia y odio hacia aquél que había acabado con su vida.
Lo pagará - prometió Michael por lo bajo - juro que no descansaré hasta ver a ese asesino entre rejas.
Tras esto, anduvo más aprisa por las calles de Nueva York deseando llegar a su casa para poder dormir y olvidar por unas horas todo lo que había ocurrido aquél día.
Eso aligeró el peso que su corazón llevaba consigo y, con una media sonrisa, dejó la cazadora en el armario que había junto a la entrada.
- ¡Amy! - llamó.
Se oyeron unos pasos apresurados que atravesaban el pasillo y, entonces, una mujer pelirroja apareció en un rincón del vestíbulo. Era muy bonita. Tenía la piel blanca como la nieve, aunque sus mejillas tenían un leve rubor rojizo. Su cabellera pelirroja la llevaba recogida en un elegante moño y sus ojos azules brillaban alegremente. Era delgadita y menuda. Iba vestida con unos sencillos vaqueros y una camiseta negra, aunque encima tenía un delantal de cocina.
Con una alegre sonrisa, se acercó a Michael.
- ¡Michael, qué bien que hayas llegado! - dijo mientras le daba un beso en los labios - ¿Qué tal el trabajo?
- No muy bien - contestó con cansancio el joven - ¿has visto las noticias?
- No ¿por qué?
Michael ladeó la cabeza y miró a otro lado. Las lágrimas volvieron a sus ojos.
- Han asesinado a Ian – pudo decir antes de que se le quebrara la voz.
Carraspeó, intentando controlar sus emociones. Amy ahogó una exclamación y se llevó las manos a la boca.
- ¿Ian...? Oh, no...Pero ¿por qué? ¿Quién?
- No se sabe aún - suspiró Michael - lo encontraron esta madrugada cerca de aquí.
- ¡Dios mío! Pobre Ian - se compadeció Amy - ¡Oh, cariño lo siento mucho! – añadió, abrazándolo.
- Ya... - murmuró débilmente Michael sin poder pronunciar una palabra más a causa del nudo que tenía en la garganta.
Se quedaron un momento en silencio, dejándose acunar durante unos minutos por el dolor y el aturdimiento.
-Venga, tranquilo. Encontrarán al culpable y este tendrá que pagar las consecuencias. Ahora no te preocupes más por ello. Además - dijo Amy en tono más alegre - te tengo que decir una cosa que seguro te alegrará mucho.
- ¿El qué? - preguntó Michael, extrañado y curioso.
- Ya lo verás – dijo ella, sonriendo enigmáticamente - ve a lavarte las manos y luego al comedor ¡he preparado una cena buenísima!
Michael sonrió y se separó de ella. Anduvo por el pasillo de la casa hasta el cuarto de baño para lavarse las manos como había dicho Amy. Curioso por lo que tendría que decirle su novia, se lavó las manos rápidamente pero no pudo evitar mirarse brevemente en el espejo.
Su cara estaba más pálida que de costumbre y debajo de sus enrojecidos ojos, las ojeras empezaban a aparecer con un leve tono grisáceo. Su pelo negro caía sobre los ojos oscuros, centelleantes de tristeza, mientras el velo de lágrimas luchaba persistentemente por quedarse, reduciéndole parcialmente la vista.
Apartó la mirada del espejo y se dirigió al salón con celeridad. Allí, Amy le esperaba ya sentada en su silla. Unos exquisitos platos reposaban sobre la mesa.
- Espero que te guste - dijo Amy - me he tirado media tarde cocinando, así que ya te lo puedes tomar todo.
Michael sonrió con tristeza y se sentó cansinamente en la silla. Amy ladeó la cabeza.
- Siento mucho lo que le ha pasado a Ian, cariño. De veras. Sé que en el pasado fuisteis muy buenos amigos y, bueno, comprendo que te sientas tan mal. Pero ahora tienes que ser fuerte, Michael.
Él la miró.
- Tienes razón – meneó la cabeza – pero es que…me siento tan…impotente – bajó la vista – hoy he ido a ver a Sarah: estaba hecha polvo, casi ni se tenía en pie.
Amy le escuchó en silencio, comprensiva, y luego le cogió de la mano.
Ahora todos tenemos que ser fuertes.
Michael asintió y suspiró mientras miraba la comida.
-Tiene muy buena pinta - dijo - pero primero, dime lo que me tenías que contar.
- Vale, pero no te asustes ¿eh? – advirtió ella; tomó aire y añadió con la voz cargada de emoción - estoy embarazada.
Michael la miró sin reaccionar. Había cogido los cubiertos para empezar a comer, pero ahora los sostenía en el aire, quieto, en una postura bastante cómica que hizo reír a Amy. Se mantuvo unos segundos así, intentando abarcar en su mente el gran significado que conllevaban esas dos únicas palabras. Tragó saliva.
- ¿Estás segura? – dijo al fin, sorprendido.
Amy asintió con la cabeza y su sonrisa se ensanchó.
-Bueno ¿qué dices?
- ¿Que qué digo? - contestó mientras una sonrisa se empezaba a dibujar en su rostro y su corazón comenzaba a latir desenfrenado en su pecho - ¡Qué es maravilloso! ¡Fantástico! ¡Voy a ser padre! - se levantó de la silla y depositó un beso en los labios de Amy, luego la abrazó con fuerza - ¡Esto es lo mejor que me ha pasado en la vida! ¡Alucinante...! – exclamó, ilusionado.
Besó de nuevo a Amy mientras reprimía las lágrimas de felicidad que pugnaban por salir de sus ojos.
- Me alegro que te sientas así de emocionado - dijo Amy con una sonrisa.
Michael se separó de ella y se volvió a sentar pero sin poder quitar la sonrisa que llevaba dibujada en la cara. Alzó la mano que tenía sobre la mesa y la enlazó con dulzura con la de Amy. Ilusionados, los futuros y jóvenes padres empezaron a hablar de la vida que les esperaba junto al hijo que aguardaban.
Sarah abrió su armario con violencia y empezó a buscar entre los cajones con un brillo ansioso en la mirada. Acababa de llegar del entierro de Ian, al cual solo habían asistido familiares y amigos íntimos del ejecutivo, entre ellos Michael Anderson. Después del funeral ambos habían estado hablando. Sarah no había podido evitar preguntar qué tal le iba con Amy. Michael le había anunciado, ilusionado, que iban a tener un hijo. Eso había desatado la rabia de Sarah por completo. Furiosa, se había despedido de Michael bruscamente, intentando en vano aguantar su ira.
Ahora rebuscaba en su armario con ansiedad, intentando encontrar... ¡Ahí estaba! Entre unas camisetas blancas arrugadas había una brillante pistola negra. Sarah sonrió y la cogió en alto. Miró el cargador. Solo le faltaban dos balas.
- Perfecto - se dijo Sarah.
Cerró el cargador y tiró el arma encima de la cama. Luego, volvió al armario y sacó de él un jersey de cuello vuelto negro, una cazadora, pantalones de cuero y unas botas de tacón igualmente oscuras. Se quitó el traje de luto que llevaba y se puso la ropa que había seleccionado. Cuando estuvo lista se hizo una alta cola de caballo y a continuación se puso unas gafas de sol en la cabeza.
Se dirigió al espejo que colgaba en un lado de la habitación y sonrió. Ya estaba lista para matar. Cogió la pistola y se la metió en un bolsillo de la cazadora. Salió de la habitación y se dirigió al salón. Pero al estar en el pasillo una persona se interpuso en su camino. Sarah dio un respingo, sobresaltada, ahogando el grito de susto que luchó por salir de sus labios.
Una muchacha de estatura media y de aspecto huraño estaba en medio del pasillo, mirándola de arriba a abajo con expresión disgustada.
- Hola, mamá – saludó la chica con cierto sarcasmo.
Sarah dio un paso atrás y la miró con sorpresa. Al final pudo articular unas pocas palabras, irritada y confusa:
- Alexia…¿qué haces tú aquí? ¿Y tu padre?
- Se ha ido de luna de miel con su nueva esposa. - Dijo la joven en tono cansado - Te envié un SMS diciéndote que me venía aquí unos días.
- No - dijo Sarah, sacudiendo la cabeza: los mechones rubios de su cabello se balancearon graciosamente a ambos lados de su cabeza - tú te vas ahora mismo, no quiero verte. Además, no sé ni cómo conseguiste entrar.
-Tengo llave, me diste una copia la última vez que nos vimos. - Dijo la muchacha sin moverse de su sitio - Y no, gracias. Yo me quedo.
Sarah frunció el ceño.
- Alexia, vete – le dijo con rudeza.
La chica al oír su nombre levantó una ceja y sacudió la cabeza.
- Me parece que no.
Sarah apretó los dientes y reprimió un grito de rabia. Sin duda, el error más grave de su adolescencia había sido tener a Alexia. La había tenido a los diecisiete años, cuándo era una niñata cabeza hueca que no sabía lo que hacía. Ahora, pagaba las consecuencias.
Sarah entornó los ojos. Alexia era una adolescente de dieciséis años, huraña y borde. Tenía el cabello negro recogido en un extraño peinado en el que los pelos le sobresalían por todos sitios. Su cara era afilada y pálida, aunque de rasgos suaves y delicados como los de su madre. Sus ojos eran del mismo color que los de Sarah, aunque un poco más intensos, y estaban perfilados con abundante lápiz de ojos negro, lo que los hacía muy vistosos. Vestía una sudadera ancha de color negro, unos vaqueros oscuros ajustados, y unas zapatillas All Stars; una cruz plateada colgaba de su cuello. Unas bolsas grises descansaban a sus pies junto con una gran maleta azul y a sus espaldas portaba lo que parecía ser una guitarra envuelta en su funda.
Sarah reprimió una mueca de asco y con voz temblorosa dijo:
- Puedes quedarte si quieres, pero con la condición de siempre: ni se te ocurra decir a nadie que eres mi hija ¿queda entendido?
Siempre pasaba lo mismo. Cada vez que Alexia la visitaba, ella decía que era su sobrina. No quería que nadie supiera que tenía una hija tan…tan… rara, por decirlo mesuradamente. Sería su fin. Los periodistas comenzarían a sacar trapos sucios de su pasado… y se pondrían las botas.
-Yo no diré nada si tú pasas completamente de mí y no te metes en mis asuntos - susurró Alex con voz helada.
Sarah no contestó: se limitó a fulminarla con la mirada, con los labios pálidos de tanto fruncirlos. Era evidente que la situación no la agradaba en absoluto. La muchacha entornó los ojos y miró a su alrededor, disgustada. Luego inclinó un poco la cabeza.
- Siento lo que le pasó a tu novio – susurró.
Sarah la miró sin comprender y ella se encogió de hombros.
- Me enteré por la tele. Debe de haber sido…muy duro para ti.
Su madre no dijo nada. Pasó al lado de ella y se dirigió directamente a la puerta.
- Tengo que ir a resolver unos asuntos. Así que no me esperes despierta.
- No lo iba a hacer de todas maneras - respondió en tono borde Alex, recuperando la compostura.
Sarah abrió la puerta con violencia y la cerró tras de sí de un portazo. Alex cogió sus bolsas y las llevó a la habitación más cercana. Las dejó ahí tiradas, aunque se cuidó de dejar la guitarra delicadamente sobre la cama, y luego fue al vestíbulo.
Una sonrisa muy parecida a la de Sarah se dibujó en su rostro. Abrió la puerta con cuidado y se escabulló por ella con sigilo.
Abandoned, alone and empty.
Spin like a butt in the middle of the street.
I crossed your eyes,
I yelled at despise you and your selfishness
You gave me back
and I do not give it a goodbye,
Neither I never devote
a <<I love you>>, a true love.
Cries of anguish
and did not receive anything in return,
just cold, loneliness and pain.
La canción Just cold, loneliness and pain, del grupo The Shadow of Oblivion, resonaba en los oídos de Alexia, provocando que a la joven se le formase un fuerte nudo en la garganta. Para ella, la letra de esa canción tenía un significado muy profundo y doloroso que no quería admitir. Y que nunca admitiría. Esa canción era la reencarnación de los sentimientos de su madre hacia ella.
Alex sabía que Sarah no le tenía ningún tipo de aprecio o cariño. Es más, casi nadie sabía que ella era hija de la modelo ya que Sarah lo había ocultado todo casi desde que empezó su carrera profesional pues, según creía Alex, se avergonzaba de la muchacha. Siempre que iba a su casa, Sarah decía a todos que era su sobrina que iba a pasar unos días con ella, dirigiendo a quién hablaba una encantadora y falsa sonrisa. Desde que cumplió los dieciocho años y empezó su carrera como modelo, Sarah se había desentendido por completo de Alex y se la había dejado a su padre, Jonathan. Desde entonces, Alex había vivido con su padre en Boston y más tarde, con su ahora nueva esposa, una mujer muy agradable y cariñosa llamada Nelly. Alex estaba bien allí, tenía un padre y una madrastra que la querían, unos amigos que la adoraban, y sin embargo, no era feliz, al menos no del todo. Aunque se llevaba muy bien con su madrastra, ella nunca ocuparía el lugar que hubiese tenido que ocupar Sarah. Alex siempre se preguntaba cómo habría sido la vida con su madre junto a ella. ¿Sería completamente feliz?
Su padre siempre le decía que no pensase en su madre, que se olvidase de ella. Sin embargo, a Alex le resultaba imposible ¿cómo olvidar a alguien que cada cinco minutos salía por televisión?
Suspiró y se quitó los cascos. Apagó el iPod y miró a su alrededor, un poco perdida: se encontraba en la avenida Lexington y por aquellas horas de la tarde no había mucha gente recorriendo las calles. Alex reanudó la marcha y se quitó de la cabeza todos los pensamientos sobre su madre aunque no pudo evitar decirse a sí misma: Déjalo ya. Realmente, no vale la pena.
Alex se metió por la derecha de la avenida Lexington, por un estrecho callejón. Anduvo por ahí, perdida en sus pensamientos, sin percatarse de las miradas que le dirigían los indigentes que allí se encontraban. Caminó un buen rato sin rumbo fijo hasta que alzó la vista al cielo. La luna ya empezaba a asomar por encima de los altos rascacielos de la gran manzana, sin conseguir alumbrar apenas nada debido a la luz artificial.
La muchacha bajó la vista del cielo y la fijó en algún punto de la calle desierta, empezando a buscar alguna señal que le indicase dónde se encontraba.
<<Wanderbilit Street>> rezaba un cartel colgado de un poste a la derecha de la joven.
Soltando una maldición por lo bajo, Alex se dio media vuelta para volver sobre sus pasos. Pero de pronto un grito desgarrador rasgó el cielo nocturno y un disparo resonó en las silenciosas calles desiertas.
Alex pegó un salto y se volvió como movida por un resorte.
Eso había sonado muy cerca.
Otro grito rasgó el silencio.
Alex, con el corazón latiendo a mil, se escondió sigilosamente tras unos cubos de basura, intentando no llamar la atención.
-No me hagas más daño, por favor. Te daré lo que quieras pero no me hagas daño...por favor - suplicó la víctima - Dime lo que quieres y yo haré todo lo posible por dártelo.
-Lo que quiero es tu sangre y la de tu hijo - contestó la persona que sujetaba la pistola con una dulce y suave voz de mujer, que a Alex le resultó muy familiar.
-Por favor...- susurró la mujer pelirroja.
- Te interpones entre él y yo.
La víctima empezó a llorar desconsoladamente, pérdida ya toda esperanza.
- No te entiendo. No sé qué quieres. Déjame ir.
- Quizá esto te ayude a entenderlo mejor.
La asesina se acercó a la mujer pelirroja y le susurró algo al oído que Alexia no llegó a oír. Cuando la asesina se separó de la mujer pelirroja ésta había palidecido considerablemente.
-No puede ser...- murmuró en un susurro que Alex apenas oyó - Tú eres Sa...
La asesina apretó el gatillo y una bala salió disparada hacia el abdomen de la mujer. Esta chilló agónicamente al recibir la bala en su cuerpo. Alex se llevó una mano a la boca para ahogar el alarido que intentó salir de su garganta mientras lágrimas de terror caían de sus ojos.
- ¡Él…! - aulló dolorosamente la mujer - ¡No! - levantó la vista y miró con odio a su agresora - eres una hija de...
Otra bala se disparó contra su cuerpo, esta vez, dirigida al pecho. La bala atravesó limpiamente el cuerpo de la víctima. La mujer pelirroja lanzó un alarido de intensa agonía al cielo y con una mueca de dolor en el rostro bajó la vista mientras de la herida del pecho empezaba a brotar abundante sangre.
Alex, horrorizada al contemplar tal espectáculo, se dio la vuelta y se hizo un ovillo tras los cubos de basura, aterrorizada y presa del pánico; las lágrimas de miedo y angustia seguían corriendo raudas por sus mejillas.
La joven oyó durante eternos segundos los jadeos de la mujer pelirroja hasta que estos se apagaron lentamente, muriendo con la brisa nocturna. La asesina rió suavemente en voz baja y tras eso, huyó apresuradamente, perdiéndose en la oscuridad de la noche.
Tras unos minutos, en los que Alex sólo pudo sollozar en silencio, temerosa de que la asesina volviese, salió de detrás de los cubos de basura y se acercó al lugar donde se encontraba el cuerpo inerte de la mujer. La sangre había dejado de brotar de las heridas y sus manos exánimes descansaban sobre su vientre. Su rostro se encontraba en una paz que conmovió a Alex en lo más profundo de su alma. Llorando amargamente, la joven colocó una mano sobre el abdomen de la víctima y, a pesar de que no la conocía de nada ni sabía que había hecho para merecer algo así, lloró desgarradoramente sobre su cuerpo, susurrando cosas incoherentes sobre el cadáver de aquella pobre mujer.
Sarah apretó el gatillo. La bala se disparó y atravesó el pecho de Amy. Esta chilló de dolor mientras Sarah experimentaba una placentera oleada de satisfacción y venganza. Contempló a su víctima con una expresión de macabro placer en el rostro. Amy se llevó una mano al pecho y empezó a jadear y a vomitar sangre. Sus ojos azules claros se volvieron vidriosos y sus blancos labios musitaron algo que Sarah no llegó a oír. Pronto, los jadeos de Amy se hicieron más y más débiles hasta desaparecer por completo. La luz de sus ojos se extinguió y su cuerpo quedó completamente relajado.
Sarah rió en voz baja y luego salió de las sombras. Vio que algo negro se movía tras unos cubos de basura que había en la esquina del callejón, mas no le prestó atención.
Un gato, se dijo.
Salió a Wanderbilit Street y anduvo sigilosamente por la oscuridad, cuidándose de que nadie la viera. Cuando llegó a Park Avenue, la calle dónde ella vivía, cerca de Broadway y de Central Park, se quitó las gafas de sol, la coleta y la cazadora. Se unió a la gente de la calle como si fuese una más, aparentando las prisas y preocupaciones normales de la gran ciudad. Sin embargo, no pudo evitar que una sonrisa triunfante se dibujase en su cara durante todo el trayecto a su casa.
El tono de su móvil interrumpió el curso de su euforia. Sarah miró a su alrededor un momento para asegurarse que no hubiera nadie cerca de ella y luego se llevó el móvil a la oreja.
-Tenemos un problema – fue lo primero que dijo.
-¿Qué ha pasado? ¿Se te ha escapado la chica o qué? – resopló él, con cierto fastidio, como si se hubiera temido aquello.
-No, eso está resuelto – Sarah sonrió – no, es algo más complicado: Alexia está en mi casa. Va a quedarse unos días por culpa de la boda de Jonathan.
- No me digas – se rió el otro tras la línea – eso sí que es un estorbo – se rió de nuevo, al parecer divertido por la situación - ¿cuántos años tiene ya? ¿Quince, dieciséis…?
- Casi diecisiete – respondió Sarah con amargura.
- Estarás encantada: tu hija adolescente en casa de nuevo ¿eh? Junto con su padre, formáis los tres una familia entrañable.
- ¡No tiene gracia, maldita sea! ¿Qué voy a hacer ahora?
- Es muy fácil, Sarah: no hay más que controlar sus movimientos, asegurarnos que no descubra nada…y pasar a la acción si lo hace. Yo estoy dispuesto a seguirla si eso te hace sentir más tranquila.
- Sí, claro – contestó Sarah, un poco turbada.
- Para mayor seguridad, sería conveniente que le pincháramos el móvil ¿no te parece?
- Sí…puedo hacerlo mañana.
- Perfecto. Llámame entonces cuando necesites algo ¿sí? Buenas noches, pequeña.
- Buenas noches.
Sarah colgó el móvil con lentitud, se libró de los preocupantes pensamientos que la habían asaltado durante la conversación y se centró en el presente, o más bien en lo que había ocurrido hacía menos de media hora.
Era una sensación tal la que sentía que tenía ganas de correr a casa de Michael y decirle todo lo que había pasado. Que ella había matado a Amy, a su futuro hijo, a Ian, que seguiría matando si fuese necesario, seguiría matando por él. Todo lo que se interpusiese entre Michael y ella acabaría hecho cenizas. Puede que la gritase, que la insultase, que la echase de su casa, que la denunciara, incluso que llegase a odiarla pero a Sarah no le importaba. Sabía que tarde o temprano él acabaría rindiéndose a sus pies y estarían juntos hasta la muerte.
Sus impulsos la obligaban a retroceder, a dirigirse a casa de Michael. Pero se controló a duras penas y siguió caminando entre la muchedumbre hasta el edificio en el que ella vivía, todavía sin poder borrar de su mente la cara de terror de Amy al recibir el impacto de la bala en su vientre.
Alex se apartó del cadáver de la mujer pelirroja aún con lágrimas en los ojos, las cuáles, habían corrido su maquillaje negro, haciendo que su cara pareciese más tétrica a la luz de la luna. Se puso en pie y rebuscó en los bolsillos interiores de su sudadera negra y raída. Sacó una cajetilla de cigarrillos y un mechero. Cogió un cigarrillo de la cajetilla y con gesto nervioso, se lo llevó a los labios para encenderlo a continuación con el mechero. Dio una calada y empezó a dar vueltas por el callejón, sin poder evitar apartar la vista del cuerpo de la mujer pelirroja.
No sabía qué hacer: se encontraba aturdida, confundida y sobre todo, asustada, muy asustada. ¿Qué debía hacer? ¿Llamar a la policía? No podía, no tenía móvil y además, si los llamaba tendría que decir que era hija de la modelo Sarah Myracle y eso a su madre no le gustaría nada y no quería pensar en lo que le pasaría después.
Dio una nueva calada. ¿Avisar a alguien? Sí, pero ¿a quién? Eran las diez de la noche, a esas horas había muy pocas personas por la calle y la mayoría eran indigentes y borrachos que poco podían hacer. ¿Llamar a su madre desde una cabina telefónica? ¡Sí! Sí, eso. ¿Por qué no? Era lo mejor que podía hacer. Se dirigió hacia el final del callejón, sin embargo, algo le impidió salir de ahí. No podía dejar a esa mujer sola, le daba mucho reparo. Entonces ¿qué? Dio unas cuantas caladas más al cigarrillo hasta que por fin, una idea fue abriéndose paso en su mente. Llamaría a algún vecino de aquella calle para que llamase a la poli y antes de nada ella se largaría. Desaparecería.
Tiró el cigarrillo al suelo y lo pisoteó para apagarlo. Luego, salió a Wanderbilit Street y buscó con la mirada algún portal.
La pesadilla hecha realidad
<<Hoy ha aparecido una mujer asesinada, esta vez en Wanderbilit Street>>comentó la presentadora de la cadena CNN con voz neutra <<Amy Sanders, de veintinueve años de edad, apareció muerta esta pasada madrugada con tres balazos recibidos en el cuerpo, dos de ellos mortales. La joven estaba embarazada de tres meses y parece ser que venía de trabajar cuando ocurrió el suceso. La policía no sabe quién ha podido ser el asesino pero, según declararon algunos vecinos y transeúntes del lugar, vieron a una figura alejarse corriendo del lugar del crimen poco después de que alguien llamase al timbre de una de la casas>> la presentadora apartó la vista de la cámara y la fijo en sus papeles<<Y ahora, pasamos de los sucesos del día a la economía...>>
Sarah cogió el mando y apagó bruscamente la televisión. Se levantó del asiento de un salto y anduvo nerviosamente por el amplio salón. ¿La habría visto alguien? ¿Y si la habían reconocido? La modelo se mordió el labio inferior y negó con la cabeza
-No, no me han podido reconocer. Mi plan era perfecto - dijo en voz alta. Enseguida se tapó la boca con la mano y miró hacia el pasillo que conducía a las habitaciones, donde en una de ellas dormía Alex. Sarah estuvo un rato en silencio, escuchando a su alrededor por si oía algo que confirmase que su hija estaba despierta, pero de la habitación de la muchacha sólo llegaba su lenta y sosegada respiración.
Inquieta, recordó la conversación telefónica que había tenido la noche anterior, justo después de matar a Amy. Sus ojos recorrieron la habitación hasta centrarse en un móvil de color negro que reposaba sobre la mesa del centro. Sarah sonrió, cogió el teléfono y se dirigió a su propia habitación para ponerse manos a la obra.
Más tarde, se presentó de nuevo en el salón con el móvil en las manos y una deslumbrante sonrisa en la cara. Se sentó en el sofá, dejó el teléfono en el mismo sitio que antes y echó la cabeza para atrás con un suspiro.
Es imposible que me hayan descubierto, pensó, todo fue perfecto. Ya nada se interpone entre Michael y yo. Desde ahora todo será diferente, por fin seré feliz junto a Michael...
De pronto, un desgarrador grito le hizo dar un respingo. Se levantó y frunció el ceño. El alarido provenía de la habitación de Alex. Con pasos tranquilos y silenciosos, se deslizó hacia la estancia de su hija. En el rostro de Sarah no se dibujaba nada que indicase que se preocupara por aquel grito.
Llegó a la habitación de Alex, quien se había incorporado en la cama y miraba a su alrededor con los ojos abiertos de par en par a causa del terror. De su frente perlaban gotas de sudor y su rostro se había vuelto un poco más pálido.
- ¡No la mates, no la mates! - gritó la muchacha - ¡No la mates!
Sarah dio un respingo.
-¿Que no mate a quién?
Alex se volvió hacia ella. Fijó sus ojos vidriosos en los de su madre con una mezcla de miedo y sorpresa, pero luego negó con la cabeza y se levantó de la cama rápidamente. Tanteó el suelo buscando sus zapatillas, alarmada, dándole la espalda a su madre, como si temiera que viera las lágrimas de sus ojos.
-Nada - dijo rápidamente, aún jadeante - sólo ha sido una pesadilla – encontró las zapatillas y respiró hondo - Me voy a desayunar - añadió, proponiéndose pasar al lado de Sarah, que se encontraba apoyada en el marco de la puerta.
- No tan deprisa. - dijo de pronto la modelo, poniendo su brazo entre la muchacha y la salida - Cuando llegué ayer no te encontré en la casa ¿se puede saber dónde demonios te metiste? – soltó un suspiro exasperado.
- ¡Ah! - exclamó Alex, una sonrisa sarcástica se dibujó en su rostro aunque en sus ojos apareció una sombra de temor y nerviosismo - ¿ahora te preocupas por mí? ¡Qué detalle!
-No te hagas tantas ilusiones - contestó la otra con mala leche - es sólo que me preocupa que vayas pregonando por ahí que eres mi hija y así fastidies todo lo que he hecho hasta ahora.
Alex entrecerró los ojos, dolida: apretó los puños como gesto de ira, haciéndose daño en las palmas de las manos. Lentamente, se puso a su altura y cruzó una tensa mirada con su madre, hasta que la indiferencia y la burla que se adivinaban en el rostro de ella se hicieron insoportables.
-¡Que te follen! - siseó con rencor.
Apartó a Sarah de un empujón y se dirigió con paso resuelto a la cocina, sin mirar atrás. A sus espaldas, Sarah sonrió.
La luz del sol naciente comenzaba a alumbrar la somnolienta ciudad de Nueva York, colándose los haces dorados entre la neblina nocturna que persistía en quedarse un poco más. A esas horas de la mañana, en las que las calles empezaban a estar transitadas de gente que corría desesperada por llegar pronto al trabajo, dos individuos destacaban entre los demás por estar sentados tranquilamente en un parquecito cercano a Broadway, fumándose uno de ellos un pitillo. Ambos observaban con indiferencia a las gentes que pasaban ante ellos, presas perdidas en las fauces del estrés y la ansiedad: ejecutivos con elegantes maletines que andaban por la calle a paso marcial, mujeres con pinta de empresarias que agujereaban el suelo con sus impresionantes tacones, algún adolescente o jovenzuelo que corría con desesperación para llegar a primera hora a clase - o por lo menos a segunda - , una chica joven que se abría paso a codazos entre la multitud…
El hombre que fumaba se llevó el cigarrillo a los labios y sonrió al otro, ladino.
- Somos gente con suerte ¿no cree? – comentó, aún con el pitillo en la boca, señalando a la multitud.
Hablaba de un modo especial, en un inglés un poco vacilante y de extraño acento. El otro, un varón bastante más joven, rubio y atractivo, le dirigió una mirada insondable de sus gatunos ojos ambarinos.
- Le agradecería que fuera al grano, señor Rossi. No tengo todo el día.
El hombre se rió y se apartó el cigarrillo de los labios.
- Rectifico: soy un hombre con suerte. Sin horarios, sin prisas…- mientras hablaba, alargó la mano y cogió un ajado maletín del suelo – y con un sueldo por el que muchos matarían – se rió de su propio chiste.
El joven frunció los labios, molesto.
- Limítese a decirme la cifra final.
- Como quiera, señor McKay – Rossi hurgó en el interior del maletín, un mar de folios manchados y rotos - ¡ah, ya! – Sacó un papel y lo miró durante un momento – mmm…bueno, ha sido el trabajo de un mes entero: seguimientos, interrogatorios a conocidos, contraste de los informes y, finalmente...
-Sus honorarios, Rossi – le cortó el joven, impaciente.
- Seis mil dólares.
El joven sacó un sobre del bolsillo de su abrigo y se lo tendió, mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie les estaba observando.
- Está todo. Puede comprobarlo, si quiere.
- No será necesario. Me fío de usted, no parece mal tipo.
Rossi se guardó el sobre en el maletín y luego lo cerró de un golpe seco.
- Por curiosidad – añadió entonces el otro – ¿lo hizo usted de la manera en que le dije?
El hombre se llevó de nuevo el cigarrillo a los labios. Luego, echó unas volutas de humo al gélido ambiente de la mañana.
- Sí, un rápido y certero tiro en la cabeza. No creo que sufriera – dijo al fin.
- Bien.
Rossi se levantó de un salto.
- Bueno, bueno, ya es hora de que me vaya largando. Mis trabajos no se resuelven muchas veces por sí solos – sonrió – hasta otra, señor McKay. Llámeme cuando necesite que…mmm…le resuelva cualquier otro asunto.
- Adiós, Rossi – se despidió escuetamente McKay, que se quedó sentado en el banco.
El otro se alejó silbando, caminando alegremente entre la multitud estresada, con el maletín balanceándose en su mano. Cuando se hubo perdido de vista, McKay se llevó las manos a la cabeza.
- Dios mío ¿qué he hecho? – se lamentó en un quedo susurro.
Se puso con unos vaqueros ajustados grises, un jersey negro de cuello vuelto y unas deportivas blancas. Luego, se dirigió al salón, cogió una bolsa azul del sofá y se miró en el espejo que había colgado de una pared. No se pintó los ojos ni tampoco se hizo nada en el pelo, para no llamar la atención. Tan sólo se peinó el cabello oscuro con cuidado hasta que quedó suave y limpio, perfecto para dejárselo suelto, y luego se colocó una bonita cazadora negra alrededor de las caderas.
Cuando hubo terminado se miró largamente en el espejo. No parecía ella. Se veía extraña sin su habitual vestimenta oscura. Apartó la mirada de su reflejo algo molesta.
Había una imperiosa razón para haber cambiado tan de repente de estilo de ropa. Cuándo había llegado a casa aquella madrugada; después de haberse recorrido Manhattan de arriba a abajo, había encendido la televisión para informarse si ya habían descubierto el cadáver de aquella mujer. Sí, lo habían encontrado, pero también habían dicho que algunas personas habían visto a alguien alejarse corriendo del lugar del crimen.
Alex tragó saliva. Claro que era de noche y estaba oscuro, pero prefería no andarse con tonterías. No quería que nadie supiese lo que había visto aquella noche. Deseaba guardarlo para sí misma y no comentárselo a nadie, más por miedo a que creyesen que había sido ella y sufrir la estúpida cólera de su madre a que el asesino fuese a por ella para eliminarla. De nuevo, el rostro desencajado de la mujer asesinada se formó en su mente y Alex se obligó a no dejarse llevar por el pánico y por el miedo que la comían por dentro. Sin embargo, sabía que había algo que se le escapaba. Era algo extraño, una sensación referente a la asesina de la mujer, a su voz, a sus movimientos. Respiró hondo un par de veces antes de continuar con su quehacer.
Alex guardó todo los peines y accesorios en la bolsa y luego rebuscó en uno de los bolsillos laterales. Soltó una exclamación cuando sus dedos se cerraron en torno a unos papeles de tacto rugoso. Sacó la mano del bolsillo y miró con indiferencia el fajo de billetes verdes que sobresalían de sus dedos. Los contó rápidamente y asintió con la cabeza.
- Setecientos dólares – dijo en voz baja – estupendo.
Se los había dado su padre antes de que embarcara en el avión que viajaba de Boston a Nueva York. <Sólo para una urgencia> le había dicho guiñándole un ojo. Alex no pudo evitar sonreír al acordarse de su padre, Jonathan Lohan, experto del arte al servicio del FBI. Casi nunca estaba en casa ya que su trabajo le ocupaba casi todo su tiempo, pero cuándo le quedaba algún hueco libre, siempre iba a ver a su hija y la llevaba al cine o a dónde ella se le antojase. Tenían muy buena relación y Alex le quería mucho. Le parecía un hombre inteligente, brillante, muy ingenioso. Alexia no comprendía cómo había podido acabar tiempo atrás con su madre.
Era incomprensible.
Aunque también era verdad que los dos habían sido dos adolescentes de diecinueve y diecisiete años que no sabían lo que hacían – o eso quería creer ella - y que hacía muchísimo tiempo que eso se había acabado para siempre. Y ahora, su padre iniciaba una nueva relación con Nelly, una mujer divertida y extrovertida a la que Alex había cogido cierto cariño y a quien no encontraba ninguna pega para que no saliese con Jonathan. Eran la pareja ideal…
Alex suspiró, cogió su móvil de la mesa sobre la que descansaba y se agachó para esconder la bolsa debajo de un sillón. Se levantó y se guardó los setecientos dólares en el bolsillo del pantalón. Luego cogió la bolsa que portaba su preciada guitarra, se la colgó al hombro y, despacio y en silencio para que no se enterase su madre, se dirigió al hall.
Quería salir de ese piso enseguida, no aguantaba estar allí encerrada y menos con la imbécil de su madre ahí dentro…y con esa extraña sospecha rondando por su cerebro.
Está claro: me estoy volviendo una paranoica, se dijo, meneando la cabeza.
Puso la mano sobre el picaporte y lo giró con cuidado, rezando para poder pasar inadvertida. Cuándo la puerta ya se abría con un quejido, Sarah apareció en el pasillo del hall con una sonrisa sardónica pintada en el rostro pero sin aparentar estar colérica o preocupada.
- ¿Adónde crees que vas, Alexia? – dijo con voz aparentemente dulce.
- ¿¡Y a ti qué te importa!? – exclamó Alex.
La chica tiró con brusquedad de la puerta y salió disparada por el umbral, escabulléndose por las escaleras. Sarah se dirigió hacia la puerta tranquilamente y la cerró con suavidad. Luego se apartó y con una sonrisa dijo:
- Bien, no me importa a dónde vayas. Pero tú no vuelves a entrar aquí en lo que te resta de vida. ¡A ver cómo te las arreglas, querida!
Se rió en voz baja, fijando la vista en la mesa de madera de caoba que había en el centro del salón, donde reposaba una llave plateada...y no había ni rastro del móvil. Con una gran sonrisa, Sarah se dirigió a su habitación para intentar dormir un poco más.
Michael bajó del coche y se dirigió hacia la puerta del cementerio, dónde ya había muchas personas vestidas de riguroso negro entrando en el camposanto. Se oían gemidos de dolor, sollozos y susurros apagados por parte de aquellas gentes y al joven se le encogió el corazón de pena mientras caminaba hacia ellos con aspecto melancólico y desconsolado. De pronto, un hombre de avanzada edad, calvo, delgado y menudo salió de entre la multitud, avanzando apresuradamente hacia Michael. El joven, incómodo, se quedó clavado en el sitio mirando al anciano. Cuando éste llegó junto a él, le dirigió una larga mirada de sus vidriosos ojos azules.
- Aún no lo puedo creer, Michael – dijo con la voz débil y ahogada – ha ocurrido todo tan rápido.
- Yo tampoco, señor Sanders – dijo Michael en tono desolado – aún no me he hecho a la idea de que ella se haya ido para siempre.
- Mi niña…- musitó el anciano mientras por su rostro lleno de arrugas caían lágrimas amargas – ¿Qué había hecho ella para merecer lo que le hicieron? –Hizo una pausa y luego dijo ahogadamente – estaba embarazada…me iba a dar un nieto. Y ella estaba feliz, muy feliz…- de pronto, el señor Sanders abrazó a Michael y le dio unas palmaditas en la espalda – y esa felicidad fue gracias a ti, Michael, porque tú la hiciste feliz, muy feliz…y te doy las gracias por ello, gracias por hacer dichosos y alegres los últimos días de la vida de mi Amy. Gracias…
- Señor Sanders, yo no merezco…
- Sí, claro que lo mereces – el anciano se apartó de él y le miró de nuevo con sus ojos azules anegados en lágrimas – eres un buen hombre, Michael. Amy no se equivocó contigo. Ven.
El señor Sanders le cogió de la manga del abrigo negro y lo llevó hasta la puerta del cementerio. Michael miró hacia el interior del camposanto en cuánto llegaron junto a la comitiva.
Anochecía. Las cruces de mármol y piedra se erguían tétricas y frías ante él, rodeadas de hierba seca. Los panteones se alzaban lúgubres y sombríos y detrás de todo, un cielo de color rojo sangre proyectaba una luz escarlata sobre las tumbas. La brisa gélida estaba impregnada de dolor y muerte. Michael no pudo evitar que un escalofrío le recorriese la espalda ante aquel espectáculo.
De pronto, oyó tras él el motor de un coche. Se volvió hacia la carretera y sintió que el corazón se le encogía de angustia. El coche fúnebre dónde se encontraba el ataúd de Amy frenó justo ante él. Cuatro porteadores salieron del interior del camposanto, sacaron el ataúd negro del coche y lo llevaron a hombros. Se dirigieron lentamente al interior del cementerio y las gentes vestidas de luto los siguieron. Michael se puso en la retaguardia y siguió a la comitiva lentamente, con la cabeza gacha y las manos metidas en los bolsillos. Cuando atravesó las puertas, la comitiva se dirigió hacia un lugar algo apartado del camino principal, donde había una tumba cavada debajo de un haya. Allí les esperaba un hombre alto y con gafas vestido con una sotana negra y un alzacuellos blanco, que sostenía entre sus manos un pequeño ejemplar de la Biblia.
Los porteadores dejaron el ataúd en la tumba y los familiares se agolparon alrededor de ésta, sollozando y gimiendo de dolor. Michael no se acercó. Se quedó parado en medio del camino sin osar seguir adelante. No le parecía bien estar allí de pie mirando el ataúd de Amy sin poder derramar una sola lágrima por ella mientras su familia no podía dejar de llorar. Sus ojos oscuros brillaban con dolor y tristeza, pero estaban secos.
Michael bajó la cabeza. Tenía un nudo en la garganta que le impedía decir palabra.
¿Por qué no puedo llorar por ella?, se preguntó, rabioso, Está muerta, la han asesinado, mataron a mi hijo y no puedo llorar ¡joder! Es el día más triste de mi vida y no puedo siquiera derramar una sola lágrima.
Miró hacia la tumba, dónde el párroco ya empezaba a recitar sus frases.
El señor Sanders está equivocado. No soy un buen hombre. Amy se equivocó conmigo…, el nudo que tenía en la garganta se hizo más doloroso, lo siento mucho, Amy. Siento no haber evitado todo esto. Si…si no me hubiese metido en tu vida, seguirías estando viva, no lo creía de verdad pero era una forma de apaciguar su impotencia.
Ladeó la cabeza y se dirigió hacia las puertas del viejo cementerio.
Ojalá no me hubiese conocido nunca, se dijo de nuevo, ¿Por qué tuve que salir con ella si sabía que no la quería? Si no hubiese sido por mi estupidez ahora ella seguiría viva… ¡pero como soy imbécil dejé que la situación se descontrolase!
Michael apresuró el paso y salió del cementerio. Se dirigió hacia el coche que había dejado aparcado a unos metros de la entrada. El joven abrió la puerta del Chevrolet con brusquedad y entró en el coche. Segundos después ya se alejaba por la carretera que se dirigía al puente de Brooklyn.
No miró atrás.
Alex bostezó sonoramente mientras alzaba la vista hacia los rascacielos que gobernaban el cielo de Nueva York, ya de un color violáceo intenso. La Estatua de la Libertad relucía magníficamente entre aquellos colores azulados de la bóveda celeste y la luna brillaba intensamente detrás de los imponentes rascacielos, iluminando la ciudad con su luz argéntea. Era un espectáculo realmente bonito pero Alex apenas le prestaba atención. Con un cigarrillo entre los dedos y los cascos en los oídos, escuchaba con aire ausente la canción que sonaba en su iPod. Era una canción del grupo The Shadow of Oblivion titulada In the solitude of the night, una melodía triste, melancólica y llena de sentimientos que transportaban a la joven lejos del mundo, aquel mundo gris y triste:
So close to me and yet so far
distant star that never wanted me,
indifferent to my notes show love,
of absolute devotion.
In the solitude of night,
my rending cries reach your radiance
that is not even before attenuation
the pain of my soul
broken into a thousand pieces.
Suave, triste y desgarradora, la melancólica letra tiraba de Alex para que se dejara llevar a otro mundo distante y acogedor. Pero esa vez, aquella canción le recordó al asesinato que había presenciado la noche anterior.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Aún podía ver el rostro desencajado de aquella pobre mujer mientras la asesinaban…y también podía oír la risa baja de su asesina al acabar con ella. La joven se pasó la lengua por los labios y recordó lo último que había dicho la víctima: <No puede ser…tú eres Sa…> el disparo resonó en la mente de Alex, quien cerró los ojos inconscientemente.
“Sa…”¿Qué había querido decir con “Sa”? O mejor dicho ¿qué nombre había querido decir? ¿Sally, Samantha…Sarah? Desechó esa pregunta rápidamente de su mente. De pronto, la voz de la asesina resonó en su cabeza. Era una voz teñida de falsa dulzura, que sonaba sensual y, al mismo tiempo, gélida como el aliento de la muerte. Era escalofriante. Pero ¿había escuchado antes esa voz? Le sonaba muy familiar y la muchacha sentía que había algo relacionado con una persona que ella conocía muy bien, pero que no quería caer en cual por miedo a que fuese verdad.
Alex suspiró y se llevó el cigarrillo a los labios. Había estado todo el día andando por la ciudad, en busca de tiendas donde comprarse ropa nueva. Ahora estaba en una pequeña colina de Central Park sentada sobre la hierba fría, rodeada de bolsas cargadas de ropa, con la guitarra tirada a un lado y una cazadora negra encima para protegerse del frío de la noche, mirando sin mirar el espectáculo que se abría ante ella.
La joven se apartó el cigarrillo de la boca y un anillo de humo se escapó entre sus labios mientras la canción In the solitude of the night terminaba y comenzaba otra, una melodía muy romántica que era la que menos le gustaba de aquel grupo. Alex apagó el iPod y se levantó mientras cogía sus bolsas. Todo estaba muy oscuro, tenía que volver a casa pronto. Sin embargo, no se atrevía a dar un solo paso. El tono que había usado su madre al irse ella no le había gustado nada ¿qué estaría tramando?
De pronto, unos pasos la sacaron de sus pensamientos. Alex alzó la cabeza y miró al camino que había al pie de la pequeña colina. Un hombre apareció de entre la oscuridad. Tenía el pelo negro azabache, era alto y de complexión atlética, pero su cara estaba en las sombras y era imposible contemplar sus rasgos. Iba vestido de riguroso negro y andaba a grandes zancadas, como si el mismo diablo le persiguiese. Pareció no darse cuenta de la presencia de Alex pues no volvió la cabeza hacia ella y pronto volvió a desaparecer en la oscuridad del parque.
Qué gente más rara hay por aquí, se dijo la joven con un escalofrío mientras contemplaba el camino.
Cogió las bolsas, se colgó la guitarra a la espalda y bajó con cuidado la colina para no resbalarse, y cuando llegó al final, anduvo lentamente por el camino con el cigarrillo entre los dedos y llevándoselo de vez en cuando a los labios. Pero cuando ya se encontraba cerca de la salida, en Strawberry Fields, una voz la sobresaltó, paralizándola por completo.
- Fumar es malo, Alex. Me sorprende que aún sigas con el vicio.
La joven se giró y vio que, a apenas un par de metros, a la luz de una de las farolas que alumbraban el parque, se encontraba un chico de más o menos su edad. Tenía el pelo negro cubierto por una gorra roja en la que destacaban las letras negras NY entrecruzadas. La cara, pálida y de rasgos afilados, mostraba una expresión cínica; los ojos, de color avellana, estaban marcados por leves ojeras grisáceas. Vestía una sudadera blanca y ancha con un graffiti negro pintado a la altura del pecho y unos pantalones grises caídos e igualmente anchos a juego con unas deportivas grandes de color oscuro.
Su espalda reposaba sobre una de las farolas del parque, y la miraba fijamente, con una sonrisa de oreja a oreja. Pero esa sonrisa, que para otra chica hubiese resultado bonita y halagadora, para Alex no era más que el resurgimiento de una pesadilla que hubiese preferido olvidar.
- Mierda – susurró, tirando el cigarrillo al suelo y apagándolo con el pie.
- ¡Cuánto tiempo sin vernos, Alex! – exclamó el chico, con voz ronca, mientras la miraba de arriba abajo – Te noto cambiada: ya no llevas esas ropas rotas que solías llevar – se apartó de la farola y dio un par de pasos hacia ella – Sí, te queda bien tu nuevo look.
[Alex respiró hondo, haciendo muecas de desagrado.
-Jared – pronunció con malestar, como si tuviera la boca llena de bilis – Qué sorpresa más…
-¿Agradable? – tanteó el otro, sonriente.
- Yo diría más bien “inoportuna”.
Jared se rió en voz baja y se acercó un poco más a ella.
- En serio ¿cuánto ha pasado? ¿Dos, tres años?
- Uno – gruñó con el ceño fruncido la joven – y ojalá hubieran sido más.
- ¡Eh! ¿Es que no te alegras de verme?
Alex ladeó la cabeza y esbozó una sonrisa mordaz.
- ¿Tú qué crees? – contestó, mientras se daba la vuelta para seguir su camino.
Oyó unos pasos rápidos y sintió como tiraban de su brazo y la daban la vuelta bruscamente.
- ¡Vamos, Alex! No me digas que aún estas cabreada por lo que pasó – le dijo el chico pasándole el brazo por la cintura.
Antes de que Alex pudiera replicar, Jared la apretó contra sí y se inclinó sobre ella para susurrarle al oído:
-No sabes todo lo que te he echado de menos, preciosa – presionó sus labios cálidos contra la oreja de ella – Nada ha vuelto a ser lo mismo…
- ¡Suéltame, no te atrevas a tocarme! – gritó Alex, zafándose de él de un salto y alejándose echando chispas por los ojos.
- ¡Venga! ¿Aún estás así? Si no pasó nada en realidad…
Alex se paró en seco y le miró fijamente a la cara.
- ¿Qué no pasó nada? ¡Que no pasó nada! – Gritó, atónita - ¡Me pusiste los cuernos, Jared, y luego me lo restregaste delante de todos tus amigos!
- Eso sólo fue una pequeña broma…- se defendió Jared mientras su sonrisa se ensanchaba.
- ¿Una pequeña broma? ¡Eres un…un…! – se cortó, encolerizada - Te vi morreándote con Julie Holmes tres días antes de irme a Boston y después se lo dijiste a todos delante de mí! ¡Y dices que fue una broma!
Sin poder contenerse, Alex golpeó a Jared en la mejilla. La bofetada resonó en la oscuridad con un ruido sordo.
Alex se alejó un poco de Jared, notando el picor de su mano derecha, pero sabiendo vengada la ofensa cometida hacía ya tanto tiempo. El chico se quedó con la cabeza ladeada y se llevó una mano a la mejilla dolorida. Chasqueó la lengua, molesto. Su sonrisa se había esfumado por completo.
- Eso no ha estado bien, Alex. Yo sólo he venido aquí a hablar contigo, y encima vas tú y me pegas una bofetada. Eso no está bien.
- ¡Y un cuerno! Sabes muy bien que te lo merecías, capullo.
Jared la miró con una mueca de dolor.
- Alex, eso es pasado. Ahora he cambiado, de verdad.
La joven sonrió.
- Sí, por supuesto ¿y tú crees que voy a ser tan tonta como para creérmelo? Eres un imbécil.
El rostro del muchacho se ensombreció.
- Deja de insultarme –dijo con voz amenazadora.
- ¡Oh, perdona! ¿Te he molestado? Vaya, no sabes cuánto lo siento – dijo con marcada ironía mientras se volvía para irse – Y ahora, vete y tírate por un puente; ponte en medio de la carretera; o mátate a causa de una sobredosis, me da igual…pero déjame en paz.
Alex empezó a andar a paso ligero, dispuesta a irse, pero Jared volvió a alcanzarla y se interpuso entre ella y su camino.
- Ya me he cansado de tu juego, Alex. Ahora vamos a hacerlo todo a mi modo - su tono de voz se volvió frío, aunque una sonrisa sardónica iluminó su pálida tez.
Alex dio un paso hacia atrás, inquieta, y cuando quiso girar sobre sus talones para echar a correr, Jared ya la había empujado contra un árbol cercano y la tenía fuertemente cogida de las muñecas. La guitarra gimió a espaldas de la muchacha por la fuerza del impacto.
- ¡Suéltame, asqueroso…! – gritó la joven, desesperada.
El chico le tapó la boca con la mano mientras su sonrisa se ensanchaba y movía la cabeza en señal de negación. Sus ojos brillaban maliciosamente en la oscuridad. Parecía estar disfrutando como nunca.
- No – susurró Jared mientras se pegaba contra ella. A Alex se le abrieron los ojos de par en par al comprender definitivamente lo que le iba a hacer Jared. Se debatió, furiosa y coléricamente, sin éxito pues el joven la tenía bien sujeta.
- Sssshh…tranquilízate – dijo el chico, mientras soltaba una risa baja.
De pronto, Jared se inclinó sobre ella para besarla. Desesperada, Alex luchó por liberarse del joven intentando darle un puñetazo o una patada pero el chico la tenía completamente inmovilizada.
Los ojos de Alex se llenaron de lágrimas de impotencia pero luchó por liberarse del abrazo de Jared, sin conseguirlo. La boca del chico se estampó contra la suya mientras sus manos retorcían las muñecas de la muchacha para que cediera, haciéndola daño. Pero la resistencia de Alex seguía sin ceder. Jared se separó de ella, furioso.
- ¡Será peor si te resistes! – gruñó.
Pero de repente algo lo apartó bruscamente del lado de la chica, casi haciéndole perder el equilibrio y caer hacia atrás. Alex alzó la vista, asustada, para encontrarse con la alta figura de otro chico que, de espaldas a ella, la cubría con su cuerpo. Confusa, quiso preguntar, quiso correr, quiso agradecerle el haberle quitado a Jared de encima, pero la voz de éste se le adelantó, rabiosa, feroz, iracunda...
- ¡Debí suponer que serías tú! – Exclamó Jared con rabia - ¿Por qué no te largas y me dejas en paz de una vez?
Alex le miró un momento. Tenía los puños crispados y su expresión iluminada por una farola cercana indicaba que estaba rabioso, colérico. Temblaba de pura ira.
- Mientras sigas así, Jared, será difícil – le contestó el otro chico, con voz calmada.
- Un día de éstos te juro que te partiré la cara – Jared se acercó al muchacho y le golpeó con el dedo en el pecho – un día de estos, lamentarás haber nacido ¿me oyes?
El otro chico le empujó hacia atrás con violencia.
-Estoy impaciente por que cumplas esa promesa que llevas haciéndome… ¿desde hace cuánto? ¿Tres años?
Alex posó los ojos en su figura, alumbrada tenuemente por la luz amarillenta de la farola. Era más bajo y esbelto que Jared, así que si se enfrentaban tenía todas las de perder, sobre todo si Jared tenía un arma escondida en la cazadora, que seguramente la tuviera ¿cómo podía entonces él estar tan tranquilo y poder controlar tan bien la voz?
De repente, y para sobresalto suyo, algo se echó sobre ella, haciéndola lanzar un grito histérico.
- No, no, no, tranquila, ¡lo siento, lo siento! – Susurró en su oído una voz femenina – ¡Tranquila!
Alex, con el corazón en un puño, se volvió hacia la persona que la estaba abrazando; sus ojos se encontraron con otros enormes, brillantes y de profundo color castaño, pertenecientes a una chica que la miraba muy alterada.
- Ya estás a salvo, tranquila, no pasa nada. Ven conmigo – la chica tiró de Alex para apartarla del árbol, y ella se dejó llevar, con todo el cuerpo temblando. La guitarra pesaba a su espalda como si estuviera hecha de plomo, impidiéndole caminar con normalidad.
El grito de Alex alertó al chico que había salido en su ayuda y, preocupado, se volvió un momento hacia ellas. Alex sólo pudo apreciar un segundo los rasgos de su rostro, pues enseguida se volvió de nuevo hacia Jared, desafiante. Éste parecía a punto de estallar.
- Me…me las pagarás todas juntas ¡lo juro! – se acercó de nuevo al otro, con los ojos casi saliéndose de las órbitas, para empujarle con rabia, como si intentara ahogar así su ira - ¿Me oyes? Esto no quedará así. La próxima vez, la poli no podrá salvarte.
El chico dio un paso para atrás, pero no dijo nada. Jared levantó la vista hacia Alex, que aún seguía en brazos de la otra chica.
- Y a ti ya te cogeré, Alex. No escaparás.
Ante esas palabras, la reacción de la joven fue totalmente inesperada. Una furia incontrolable se extendió por las venas de la muchacha, que actuó en consecuencia. Se zafó del abrazo de su salvadora, y avanzó hasta quedarse enfrente de Jared. Le miró durante dos segundos a los ojos y, sin que los otros dos pudiesen impedirlo, alzó la rodilla y se la clavó al chico en la entrepierna. Jared abrió mucho los ojos, gritó y cayó al suelo entre agónicos alaridos. Alex le miró con indiferencia.
- Me muero por verlo – comentó.
Una súbita debilidad se apoderó de su cuerpo, y Alex se sintió desfallecer, como si aquella explosión de ira hubiese agotado sus energías. Respiró hondo y se apartó de Jared, que se retorcía furiosamente en el suelo, presa del dolor. Alex le dirigió una mirada cargada de rencor, e ignorando sus gritos, se volvió hacia sus salvadores.
La chica le sonreía abiertamente, divertida por lo que acababa de hacer. Era muy guapa: tenía el pelo color caoba largo hasta la altura del codo, su tez bronceada y en forma de corazón aún tenía rastros de redondez infantil, señalando que aún no había sobrepasado los dieciséis años; tenía unos ojos castaños muy bonitos, brillantes y límpidos.
Alex oyó unos pasos a su lado y se volvió para ver al otro muchacho acercarse a ella.
- ¿Estás bien? – le preguntó.
- Sí, gracias… – le agradeció Alex, profundamente emocionada; deseó decir algo más, pero apenas podía contener el temblor de su voz.
El chico sonrió. Era más alto que ella, y aunque era delgado, su figura poseía cierta constitución fibrosa que no carecía de atractivo. Algunos mechones de cabello oscuro caían desordenadamente sobre su frente y tras las orejas, confiriéndole un aspecto de desaliño fortuito; en su tez bronceada y de rasgos agradables destacaban unos oscuros ojos verdes difíciles de pasar por alto. Tenía una sonrisa realmente bonita, aún cuando le saliera tensa por la incomodidad de la situación. Lucía unos vaqueros gastados y una simple camiseta azul bajo una cazadora negra de cuero, quizás algo deslucida por el transcurso de los años. Alex le calculó unos dieciocho años, diecinueve como mucho.
- ¿Segura? Parece que te fueras a caer en cualquier momento – comentó con un poco de preocupación.
-Sí, nunca he visto a nadie tan pálido – intervino la otra chica, acercándose.
-No, yo…estoy bien…
Fue en ese momento cuando un súbito mareo la hizo tambalearse peligrosamente. Alex jadeó antes de que sus débiles piernas dejaran de sostenerla. Por fortuna, el chico que estaba a su lado fue lo bastante rápido para cogerla del brazo antes de que cayera estrepitosamente al suelo.
-Eh, cuidado – dijo, sosteniéndola por los hombros – Lo que yo decía – notó los esfuerzos de Alex por intentar erguirse, sin conseguirlo - Tranquila, te tengo. No te preocupes. Te tengo.
- Yo…- Alex intentó decir que lo sentía, pero no encontraba lengua ni garganta que pudieran expresar lo que pensaba. De hecho, no sabía ni donde se encontraba ella misma: el mundo daba vueltas ante sus ojos, y notaba girar su cuerpo al son de todo los demás. Lo único que sentía con mediana claridad eran las manos del chico sobre sus hombros, sujetándola con firmeza.
Jared esbozó una amarga sonrisa y escupió al suelo, a los pies de la joven, que le dirigió una profunda mirada de desprecio.
-Hay que llevarla al hospital. Debe tener una bajada de tensión, o algo así – hizo notar el joven que sostenía a Alex, preocupado.
Pero ella se espabiló rápidamente al oír la palabra “hospital”. Se irguió y se separó del chico, haciendo caso omiso del mareo que sacudió su cabeza.
-¡No! Yo…estoy bien, de verdad – tomó aire para recuperar su precario equilibrio – Estoy bien, no os preocupéis.
- El hospital está aquí al lado – dijo la otra joven, sin dejar de sujetar su mano – Lo mejor sería ir: no tienes buen aspecto.
- No, de verdad, no es necesario. Ya me encuentro mucho mejor – se giró hacia el muchacho que la había sostenido – Muchas gracias.
El chico sonrió un poco y alargó la mano, pero aún la miraba con cierta preocupación.
- No hay de qué, supongo. Me llamo Ryan, Ryan Bailey – se presentó, estrechándole la mano – y ella es Laura Wright – dijo, ladeando la cabeza hacia su amiga – y, si no me equivoco, tú eres Alexia Lohan.
- Alex – rectificó ella, poniendo los ojos en blanco. Pero luego palideció y lo miró boquiabierta - ¿Cómo sabes…?
Ryan dejó caer la mano y señaló a Jared, que los miraba con odio desde el suelo.
- Porque mi primo estuvo todo el verano pasado hablando de ti.
Alex abrió mucho los ojos, aturdida.
- ¿Eres…eres su primo? – dijo, mirando a Jared.
- Desgraciadamente.
- ¡Y una mierda, traidor! – farfulló Jared desde el suelo.
Ryan le fulminó con la mirada y luego dijo, con peligrosa suavidad:
- Si no os importa, será mejor que vayamos a hablar a un sitio más tranquilo. Este no es…un buen lugar – se volvió y se dirigió a la oscuridad, pasando olímpicamente de Jared.
Alex se apresuró a seguirle. Laura se puso también a su lado, cargada con todas las bolsas de la joven, y juntas siguieron los pasos de Ryan. Mientras se alejaban de Strawberry Fields, Laura le entregó las bolsas a Alex, que agradeció efusivamente su intervención.
Pero Laura negó con la cabeza.
- ¿Seguro que estás bien? Ese capullo no tiene ningún control.
- Estoy bien, gracias. Aunque no sé que hubiera hecho de no haber aparecido vosotros – se estremeció sólo de pensarlo.
- Deberías ir a la policía – le aconsejó Laura, preocupada.
- No te preocupes, afortunadamente la cosa no ha ido a mayores. No creo que sea necesario poner una denuncia.
Si su vida fuera completamente distinta, Alex hubiese ido derecha a comisaría para denunciar el intento de violación, pero con Sarah siendo su madre no se atrevía siquiera a mirar a un policía a la cara. Y menos aún ante la sospecha que continuamente le rondaba la cabeza, persistente.
- Bueno, como quieras – Laura sonrió – por cierto, no he podido evitar fijarme en tu cazadora: es muy bonita ¿dónde te la has comprado?
Pronto estuvieron inmersas en una agradable conversación sobre tiendas y marcas de ropa y aunque Alex se dio cuenta de que era una estrategia de Laura para distraerla del tema, ella se lo agradeció en lo más hondo.
Guiadas por Ryan, salieron por fin de Central Park y anduvieron por el barrio de Chelsea, donde recorrieron las calles llenas de gente iluminadas por las farolas, los carteles luminosos y los faros de los coches. Recorrieron Chelsea hasta llegar a Garment District, donde había un edificio que hacía a modo de túnel entre Chelsea y la Séptima Avenida, el Fashion Institute of Technology, uno de los centros de enseñanza de moda más importantes del mundo. Pasaron por debajo hasta llegar a un pequeño aparcamiento de motos. Ryan se dirigió a la que estaba al final, una moto enorme de color negro, cuyo nombre estaba marcado en elegantes letras plateadas sobre el chasis oscuro: Suzuki V-Strom. El joven rebuscó algo en los bolsillos de sus pantalones y sacó una llave, con la que abrió el maletín que se encontraba detrás del asiento de la moto. Sacó dos cascos: uno negro y otro plateado. Él se puso el negro y le tendió el plateado a Alex.
- Póntelo, vamos, que te llevo a casa.
Alex reprimió las ganas de soltar una maldición por lo bajo.
No, a casa no, por favor, ¿cómo volver a casa, estando Sarah allí? Sólo el pensarlo le daba escalofríos.
- Es que…- se inventó a toda velocidad una excusa – es que no tengo casa…bueno, sí que tengo pero no aquí. Es que estoy de vacaciones, por así decirlo.
- ¿En medio del curso? – inquirió Laura, confusa.
- Sí…es que mis padres se han ido de viaje y me han dejado en un hotel – se excusó.
Sabía que eso no se lo tragaba nadie pero no se le había ocurrido nada aparte de eso. Ryan y Laura, sin embargo, se encogieron de hombros.
- ¿Y en qué hotel te alojas? – preguntó Ryan.
Mierda, pensó Alex mientras se le hacía un nudo en el estómago.
- En el…en el…en el Ti…mmm…- tartamudeó.
-¿En el Time? – la ayudó Laura, dubitativa.
- Sí, ese: no me salía el nombre – se rió Alex, nerviosa.
- Bah, está al lado: venga, sube que te llevo – Ryan volvió a tenderle el casco plateado.
Alex dejó las bolsas en el suelo y lo cogió con recelo.
- ¿Has montado alguna vez en moto? – le preguntó el chico, subiéndose la visera del casco.
- Mmm…bueno…– contestó la muchacha, mirando el casco con desconfianza.
- O sea, que no has montado nunca – puntualizó Laura.
- Exacto – sonrió ella.
- Bueno, pues ya es demasiado tarde para enseñarte la práctica – dijo Laura, sonriendo a su vez – así que tú solo relájate y sujétate a la cintura de Ryan con fuerza, pero sin llegar a asfixiarle ¿eh? – añadió mientras le guiñaba un ojo.
Alex asintió con la cabeza y se dirigió a la moto, en la que Ryan ya había montado, haciendo rugir el motor, que emitía un suave ronroneo. Alexia se puso el casco plateado y se montó detrás del joven tras coger todas las bolsas y colgárselas en los brazos. Se intentó colocar mejor la guitarra a la espalda, pero aún así le seguía incomodando.
- ¿Seguro que sabes conducir este cacharro? – le preguntó la muchacha a Ryan, no muy segura.
El chico le dirigió una mirada burlona y se limitó a bajarse la visera del casco con brusquedad. Alex tragó saliva; oyó como Ryan se reía entre dientes tras la visera, divertido, y la joven no pudo evitar esbozar una débil sonrisa nerviosa.
- Claro, muy bien – sonrió Alex.
- Estupendo.
Luego, Laura se dirigió hacia Ryan y le cogió la mano cariñosamente mientras éste le correspondía con un suave apretón. Alex no pudo evitar sentirse incómoda; o quizás desilusionada, no estaba segura de eso. Movió la cabeza para disipar esos malos sentimientos y volvió a mirarlos.
Laura, con una sonrisa, se apartó de ellos unos segundos después y anduvo hacia un banco cercano para sentarse allí mientras esperaba. Ryan hizo un gesto de despedida con la mano y fue marcha atrás. Luego, dio una patada al suelo mientras arrancaba la moto para salir del parking. A Alex se le escapó una exclamación de sorpresa y se agarró a la cintura del joven, sobresaltada por el brusco arranque del vehículo.
- Podrías haberme avisado ¿no? - dijo Alex por encima del ruido del motor.
La muchacha oyó como Ryan se reía de nuevo bajo el casco. Un poco atemorizada, se pegó un poco más al joven por miedo a caerse. Ryan salió a la carretera y aceleró mientras esquivaba a los coches que se interponían en su camino con sorprendente habilidad.
Y pronto, Alex se vio volando por Manhattan. Sus ojos atemorizados contemplaron como el asfalto corría veloz bajo ellos; los coches de su alrededor se convirtieron en vivas manchas de colores, al igual que los carteles luminosos, los árboles y las personas; el ruido del motor, feroz y atronador, se convirtió en el único sonido que la joven era capaz de distinguir. Cerró los ojos, mareada, deseando bajar pronto de aquel infernal vehículo de dos ruedas.
Ryan atravesó las calles a toda velocidad, deslizándose imperturbable entre los taxis amarillos hasta llegar a la 224 Oeste con la Calle 49, Broadway, donde se encontraron el hotel nada más entrar en la calle, un alto edificio de ladrillo visto con la entrada de color claro. Alex abrió los ojos justo a tiempo para ver el hotel en todo su esplendor.
Ryan frenó con suavidad delante de la entrada al edificio, donde un empleado acudió a recibirles.
- Buenas noches, señores – dijo el hombre con voz educada - ¿Qué desean?
- Buenas noches – dijo Alex, mientras bajaba de la moto con las bolsas en los brazos - ¿puede dejarme esto en recepción, por favor?
- Por supuesto, señorita.
El hombre cogió los paquetes y se fue con las manos cargadas de bolsas. Alex se volvió hacia Ryan, que seguía montado en la moto y se había quitado el casco.
- Gracias por el paseo…y por ayudarme – le agradeció.
- Es lo menos que podía hacer después de lo que te ha hecho pasar mi primo – contestó él – ¿a qué hora quieres que te recoja mañana?
- ¿Qué tal… a las once? – propuso la chica mientras se quitaba el casco y se lo tendía.
- Muy bien – dijo el chico al cogerlo – entonces, estaré aquí a las doce.
Alex le miró, extrañada.
- ¿Por qué a las doce?
- Porque las mujeres siempre tardáis una hora en arreglaros, por mucho que digáis que en un minuto estáis listas.
Alex iba a replicar pero antes de que abriese la boca, Ryan ya se había puesto el casco de nuevo y había hecho arrancar la moto.
- Por cierto – añadió, con la voz ahogada por la oscura visera del casco – buena patada la de antes.
Alex soltó una breve carcajada.
- No pude resistirme.
La muchacha oyó un ruido extraño, como si Ryan hubiese chasqueado la lengua. Le vio sacudir la cabeza.
- Procuraré recordarlo antes de enfrentarme alguna vez contigo – el chico dio una patada a la acera y alzó la mano - ¡Hasta mañana a las doce! – se despidió.
El motor rugió y Ryan desapareció a la velocidad del rayo entre un grupo de taxis amarillos. Alex le observó irse en silencio y cuando el muchacho desapareció, se dio la vuelta y atravesó las puertas doradas del hotel mientras pensaba sólo en una cosa: tumbarse en la cama y dormir durante lo que restaba de noche.
Sarah estaba viendo la televisión cuándo alguien llamó a su puerta. Una sonrisa iluminó su rostro y apagó rápidamente el aparato mientras se levantaba de un salto del sofá. Había estado esperando la llegada de Alex durante todo el día. Incluso había rechazado ir a una entrevista que le iba a hacer un programa de televisión sólo por estar esperando a la muchacha. Quería ver su cara de sorpresa y desesperación cuando su propia madre le dijera que no la dejaría entrar nunca más en su casa. Quería que suplicara, que se excusase por la tardanza, y que cayera en la desesperación más absoluta. Por eso, cuando había llegado la noche y la joven seguía sin aparecer, Sarah, desesperada y furiosa, había ido a una bodega cercana a su casa y había comprado los dos mejores vinos franceses que tenían. Había vuelto corriendo al piso por miedo a que Alex hubiese llegado en su ausencia pero, por fortuna, la chica no había aparecido por allí. Encendió la cadena de música y puso un disco de Rihanna en cuanto llegó, y bailó y bebió hasta que el alcohol empezó a hacer de las suyas y tuvo que sentarse, mareada.
Y para su desesperación, el vino le hizo recordar. Su mente viajó a otros tiempos, lejanos, difusos, marcados por el odio, el egoísmo y la soledad. Tiempos en los que había anhelado compañía, amistad y amor…mucho amor, todo aquel que no recibió a lo largo de su infancia, su corta, terrorífica y angustiosa infancia.
Sarah llegó al mundo un frío 13 de noviembre de 1975. Fue criada en un barrio marginal de la ciudad de Boston y su rara y delicada belleza pronto se hizo notar entre aquellos suburbios tristes y oscuros. Su padre era un holgazán que solo trabajaba cuando le venía en gana y se gastaba el poco sueldo que ganaba en las tabernas y en las apuestas, dejando a su mujer el cuidado de sus dos hijos y de una casa que se caía a trozos. Sarah jamás olvidaría todo el hambre y el frío que había padecido en aquella época.
La madre de Sarah, Jennifer, era una mujer profundamente católica, tanto que siempre estaba encomendándose a Dios y rezando continuamente. No faltaba nunca a misa, ni siquiera estando enferma. Fue ella quien le transmitió a Sarah su temor a Dios y su devoción por lo sagrado.
Jennifer era una buena mujer, pero no se ocupaba de sus hijos: Sarah apenas recibió cariño en los primeros años de su vida, ni en los posteriores. Todo lo contrario: había veces que su padre llegaba borracho a casa, gritando colérico, y cogía a su madre del pelo para empezar a golpearla violentamente, una y otra y otra vez. Jennifer gritaba de dolor, destrozada, y sus alaridos quedaron impresos para siempre en el alma de Sarah, quien también recibió palizas bestiales por parte de su padre. Por su fanatismo religioso, Jennifer nunca denunció las agresiones ni hizo nada por huir de su marido: pensaba que esos castigos se los tenía merecidos, y así se lo hizo saber a sus hijos, quienes también adquirieron esa forma de pensar.
Pero una noche, cuando Sarah ya había cumplido los nueve años, su padre llegó a casa ebrio y hecho un basilisco. Nada más traspasar la puerta, su padre se dirigió a ella y la dio un bofetón que le hizo gritar de dolor y le dejó una marca rosácea en la mejilla.
- ¿Dónde está tu madre? ¿Dónde está esa zorra?
Sarah permaneció callada, recibiendo otra bofetada.
- ¿Que dónde está? – el padre la sacudió violentamente por los hombros, provocando que Sarah se echara a llorar.
- Aquí estoy, Lewis – musitó una voz tras ellos, triste, apagada.
El padre se volvió hacia ella, atravesó el vestíbulo en dos zancadas y la pegó un puñetazo en la cara. Jennifer cayó con un grito al suelo.
- ¡Eres…una…zorra! – jadeó Lewis, empezando a pegarle patadas en el estómago.
Jennifer comenzó a llorar con desgarro. David, el hermano pequeño de Sarah, de apenas cinco años de edad, acudió en ayuda de su madre, pero Lewis le lanzó al otro lado del vestíbulo de una sola bofetada.
- Tú no te metas, idiota.
La paliza duró unos segundos más, eternos y angustiosos, hasta que de pronto Lewis se apartó de su mujer, metió la mano en su cazadora y sacó una brillante pistola negra.
- Vuelve al infierno.
Y ante la horrorizada mirada de Sarah, le descerrajó dos tiros en la cabeza. Sarah nunca olvidaría como la sangre, roja al principio y luego negra, se extendió con rapidez por el suelo, quedando el vestíbulo inundado de sangre negruzca.
Su padre fue entonces detenido, su madre enterrada y Sarah y su hermano internados en un centro de asuntos sociales. Durante los años posteriores, Sarah y David fueron recuperándose de las secuelas por el cruel asesinato de su madre, aunque Sarah padeció durante muchos años pesadillas que revivían aquella noche de crueldad y sangre.
Así pues, a los catorce años la muchacha comenzó a ir al instituto mientras su hermano David era llevado a otro centro por agredir a uno de los chicos que estaban internos con él. Sola, triste y apagada, Sarah se centró en sus estudios, rechazando la compañía del resto de seres humanos, sin percatarse del potencial que guardaban sus hermosos rasgos o su atractiva figura. Algún chico se sintió atraído por ella y le pidió salir durante ese tiempo, pero la chica, temerosa, y recordando a su padre, se negó en rotundo y siguió consumiéndose en soledad.
Hasta que llegó él, Jonathan Lohan, su primer amor. Ella tenía dieciséis años, él diecisiete. Iban a la misma clase de Literatura en el instituto, y pronto surgió la atracción entre ellos. Lo que primero fue una amistad difícil de conseguir pasó a ser un amor dulce y apasionado. Por primera vez, Sarah se sentía querida y llena de amor, mimada y feliz. Jonathan la colmó de atenciones y del cariño que nunca había tenido. Pero su relación se truncó con el nacimiento de Alexia, cuando ella apenas tenía diecisiete años. Esa criatura pequeña, pálida y arrugada era para Sarah su condena, significaba que su vida había acabado para siempre, el fin del amor entre ella y Jonathan y la vuelta a la vida de sus padres.
Y no pensaba permitirlo.
Y se hizo una promesa a sí misma: no sería como su madre, no estaría sometida a ningún hombre, sino que serían ellos los que caerían rendidos a sus pies. Nadie, absolutamente nadie, y menos un hombre, la pisotearía jamás. Por ello, rompió con Jonathan al cumplir los dieciocho, dejó la niña a su cargo y se marchó de Boston, ya que no le quedaba nada más allí. Su hermano David estaba interno en un centro de asuntos sociales de Maine, su padre estaba en la cárcel, su madre había sido asesinada ¿qué le quedaba?
Así que se fue a Nueva York, la ciudad de las oportunidades, donde la suerte comenzó a sonreírle por fin después de una vida de desgracias y penurias.
Y allí, en una mágica noche, bajo los edificios del Rockefeller Center, conoció a Michael…
Alguien llamó quedamente al timbre, interrumpiendo el curso de los pensamientos de la modelo. Sarah se levantó, mareada, pero sonrió mientras se dirigía a la puerta dando trompicones a causa del vino, sin poder evitar imaginar la cara de su hija cuándo le gritase que no quería verla más.
Quizás llamaría por fin a Jonathan para que se la llevara de allí, así por fin dejaría en paz a su madre. Tal vez dejara de insistir en volver a Nueva York, en olvidarla, en aceptar por fin que no era nada de Sarah, que no era su hija…que no era nadie.
Sarah sacudió la cabeza y, cansada, abrió un poco la puerta para asomarse al exterior. Sus ojos se abrieron como platos cuando reconoció a la figura que se erguía en el umbral.
-¿Michael?
Nuevas amistades
18 de mayo de 2007
Unos cálidos rayos de sol entraron por la ventana de la habitación de Alex, bañando de luz los rasgos de la muchacha. La joven se removió en sueños y, lentamente, abrió los ojos, parpadeando a causa del la luz del sol. Cuando se acostumbró a la claridad del día, miró a su alrededor, primero confusa, al no terminar de ubicarse, luego triste al recordar todo lo que había sucedido.
Se incorporó y se sentó sobre la cama, sacudiendo la cabeza para despejarse, mientras su mirada bajaba hasta el reloj digital que adornaba su muñeca y que había olvidado quitarse la noche anterior. Masculló una maldición entre dientes al comprobar que eran las once de la mañana. Saltó de la cama, sobresaltada, recordando de pronto que había quedado con Ryan y con Laura a las doce.
¿Cómo he podido dormir tanto?,se dijo. No pudo evitar acordarse, sin embargo, de las palabras que le había dirigido Ryan la noche anterior respecto al tiempo que tardaban las mujeres en estar listas para salir, y sonrió, divertida.
Corrió hacia las bolsas que había dejado tiradas en un rincón y cogió, casi sin mirar, la ropa que iba a ponerse ese día. Se dirigió luego a la ducha y cuando salió del baño veinte minutos después ya se encontraba duchada, vestida y peinada, con el cabello negro seco gracias al secador de pelo que le habían dejado en el baño.
Bajó corriendo al restaurante después de coger su cazadora y su bandolera nueva, en la que tan solo llevaba el dinero que le quedaba. Así pues, bajó al restaurante y decidió tomar un desayuno ligero. Diez minutos después, salía de allí en dirección a la calle pero decidió quedarse en recepción ya que seguramente no habría nadie todavía esperándola, pues solo eran las once y media. Así que se sentó en un sillón que había colocado en un rincón y esperó, sin arrepentirse lo más mínimo de haber tardado tan poco en hacerlo todo.
Esperó pacientemente a que fuese la hora, hasta que el reloj de su muñeca pitó, avisando que ya eran las doce. Saltó de su asiento y se dirigió a la salida, sin poder evitar una débil sonrisa. Cuando salió al exterior, la brisa fría le acarició el rostro, provocándole un escalofrío. Alex se arrebujó en su cazadora y dio unos pasos hacia delante, mirando a ambos lados de la calle. Casi al instante, localizó a un grupo de seis adolescentes apoyados en la pared del hotel mientras hablaban animadamente. Alex reconoció a dos de los chavales del grupo: Ryan y Laura. Se dirigió hacia ellos, insegura.
- Hola – saludó tímidamente cuando llegó junto a ellos.
Todos callaron de pronto y se volvieron hacia la muchacha, observándola con curiosidad.
- ¡Hola, Alex! – exclamó una de las tres chicas del grupo, una muchacha de alegres ojos castaños y pelo color caoba: Laura.
Alex sonrió mientras la otra chica la cogía del brazo con gesto amistoso y la ponía en el centro del grupo.
- ¡Chicos, ésta es Alex! – presentó.
Los otros cinco chavales sonrieron como respuesta y Ryan le guiñó un ojo, amistoso. La joven sonrió tímidamente, cohibida.
- Ven Alex, que te voy a presentar – Laura tiró de ella y la puso delante de una de las chicas, la cual tenía rasgos orientales – ésta es Yumi, Yumi Hikaru.
La chica le dedicó una cálida sonrisa.
- Hola ¿qué tal? – saludó.
Alex correspondió al saludo y la observó con interés durante un segundo. Era una chica de origen oriental, no cabía duda, pues tenía los ojos rasgados, negros y profundos. Aparte, tenía el pelo negro y largo, la cara afilada y los labios finos. La expresión serena de su rostro contrastaba con su estrambótica ropa, que llamaba la atención por sus contrastes; ese día, por ejemplo, llevaba una cazadora negra adornada con pequeñas cadenas encima de una camiseta que tenía los brazos, el vientre y el cuello cubiertos por una rejilla, una falda corta y oscura que estaba llena de cosidos y remiendos y unos gruesos leotardos blancos y negros a juego con unas deportivas blancas. Sin duda, su aspecto era muy peculiar.
A continuación, Laura le fue presentando al resto del grupo uno por uno. Le presentó a Jason, un muchacho inquieto pero de aspecto simpático, desgarbado, muy alto y que tenía el pelo castaño ligeramente rizado, el rostro moreno y los ojos azules; también a su novia, Ellie, una joven afroamericana de estatura media, de largo cabello negro y liso y rostro ovalado de labios carnosos y enorme y bonita sonrisa. Finalmente, conoció a Christopher (o Chris para los amigos), un chico que llamaba la atención por los atractivos y suaves rasgos de su rostro moreno y que tenía el cabello, rubio y no muy largo, cayendo sobre sus risueños y vivaces ojos oscuros. Sin embargo, la expresión amable de su rostro contrastaba levemente con su ropa, que aunque cuidada y bien arreglada era completamente negra.
Pero, a pesar del curioso aspecto de los chicos, a Alexia le cayó bien aquel grupo. No tardó en unirse a las conversaciones, a las bromas, a las risas; y pronto se sintió como una más de aquella pandilla. Se sentía bien entre ellos pues no la trataban como a una extraña, como le había pasado en otras ocasiones con otros grupos; esos chicos la trataban amistosamente, casi con confianza, como si la conocieran de toda la vida.
- ¡Un momento! – Exclamó de pronto Ellie, con su suave y dulce voz – ¿no íbamos a ir al Jekill & Hyde? No sé vosotros, pero yo ya me estoy cansando de gritar por encima del ruido de los coches.
- Es verdad – dijo Jason, observando su reloj – ya es hora de pasarse por ahí.
- Perdonad, pero ¿qué es Jekill & Hyde? – preguntó Alex, con una tímida sonrisa.
- ¡Ay, Alex, cuánto te falta por aprender de Nueva York! ¿Seguro que no has oído hablar del Jekill & Hyde de Greenwich Village? – al ver que Alex negaba con la cabeza, desconcertada, Chris sonrió ampliamente y le contestó:- es la mejor cafetería-restaurante de Manhattan. Es un poco…tétrica, pero pronto te acostumbras a su aspecto. Mola un montón. Pero lo mejor de esa cafetería es…- calló, algo cortado pero su sonrisa se ensanchó - …bueno todo está muy bien. La comida está deliciosa, la decoración es alucinante y…
- No, Chris. Di lo que ibas a decir antes – le cortó Ryan, sonriendo burlonamente – no te escabullas ahora.
- Yo no iba a decir nada. Sólo…
- Katrina - susurró Yumi secamente, muy cerca de él.
El chico se volvió hacia ella como si le hubiesen pinchado, y le dirigió una extraña mirada.
- ¿Qué pasa con ella? - dijo, intentando que su voz sonase indiferente.
Todos sonrieron menos Yumi, que permaneció callada y cabizbaja. Ellie, al ver la cara de desconcierto de Alex, se acercó a ella y le susurró al oído:
- Katrina es la hija del dueño del Jekill & Hyde – explicó - Siempre anda por la cafetería y de vez en cuando, hace de camarera o participa en los espectáculos que se hacen en el local. Chris está loquito por ella. Se le cae la baba cada vez que la ve… – sonrió y miró burlonamente a Chris.
El chico pareció oír sus palabras porque se volvió hacia las dos y sacudió la cabeza.
- Eso no es cierto – dijo, pero sus mejillas se tiñeron de rubor – no me gusta. No sé de dónde habéis sacado esas cosas – vaciló un momento y luego añadió: - es cierto que está… bien pero no…no es mi estilo.
- Ya…- murmuró Laura.
- Lo que tú digas, compañero – dijo Jason, con burla - ¿nos vamos?
Todos asintieron y empezaron a caminar por la calle, en una dirección determinada. Ryan sonrió a Alex y se acercó a ella.
- La cafetería está un poco lejos, en South Avenue, al otro lado de Manhattan.
- ¿Vais al otro lado de la ciudad sólo para ir a una cafetería?
Ryan se encogió de hombros, aunque sonrió, divertido.
- Nos gusta movernos. Además, es una buena cafetería, merece la pena – se volvió a encoger de hombros – tardaremos media hora en llegar, como mínimo. Pero tendremos que ir en metro.
- No pasa nada. Además, no estaría mal conocer Nueva York un poquito más a fondo, todavía no me manejo muy bien por aquí, la verdad – hizo una pausa mientras observaba los carteles luminosos de Broadway, a esa hora apagados, y luego añadió con una leve sonrisa – me gusta esta ciudad.
Ryan sonrió y ambos siguieron en silencio a Laura, Jason, Ellie, Chris y Yumi mientras los cuatro primeros charlaban animadamente y la muchacha los seguía con expresión pétrea. Pronto, los siete desaparecieron entre la multitud que recorría las calles de la gran urbe, sin sospechar siquiera que unos sagaces y fríos ojos oscuros observaban todos y cada uno de los movimientos de los siete jóvenes desde las sombras de los edificios.
Sarah se quitó el maquillaje que adornaba sus hermosos rasgos con premura para ponerse su ropa habitual con celeridad, con urgencia. Necesitaba salir de ahí, necesitaba abandonar aquel agobiante lugar, no quería atravesar más la puerta por la que en esos mismos momentos una joven vestida con un provocativo conjunto azulado desaparecía. A su alrededor, había varias jóvenes modelos entrando y saliendo de la pasarela por aquella puerta, vistiéndose y desvistiéndose en poquísimo tiempo, peluqueros que les hacían peinados imposibles en cinco minutos, maquilladores que escondían en dos segundos las imperfecciones de los rostros de las modelos bajo un manto de fragantes afeites.
Sarah, cuando estuvo ya vestida, cogió su bolso y se volvió para abandonar por fin aquel maldito lugar. Pero se encontró de frente con una mujer alta y elegante, la cual la miraba seria y con expresión interrogante.
- ¿A dónde cree que va, señorita Myracle? – la preguntó, frunciendo el entrecejo.
Sarah cerró los ojos y respiró hondo, tratando de controlar su ira mientras se preguntaba una vez más por qué razón había acudido a aquel lugar.
Se encontraba en un desfile de modelos de Victoria´s Secret en la pasarela de Nueva York. Era una de las protagonistas del desfile, aunque no había tenido la suerte de ser la chica elegida para promocionar la marca: el ángel de Victoria ese año sería una muchacha más joven, una tal Heidi Klum. Sarah puso los ojos en blanco: por supuesto, siempre eran las más jóvenes. Sacudió un poco la cabeza, confusa: tanto mejor, se dijo sin mucho convencimiento, así podré irme de aquí en cuanto esto acabe.
Sin embargo, cuando la maquillaron, la peinaron y la hicieron salir a escena con un sugerente conjunto de color azul adornado con unas enormes alas plateadas a la espalda, se arrepintió de haber ido a aquel sitio. Todo estaba lleno de gente que murmuraba cosas cuando las modelos pasaban ante ellos, de fotógrafos que hacían fotos cada dos segundos hiriendo con sus flashes los ojos de las mujeres de pasarela, de cámaras de televisión clavadas en cada paso que daban, de focos que no paraban de cegar los ojos de Sarah.
La modelo se esforzó por sonreír, intentando parecer feliz y alegre mientras se deslizaba sugerentemente por la pasarela. Sin embargo, ella bullía de frustración por dentro: ¿cómo podía haberse dedicado durante catorce años a eso?
Sarah tenía treinta y dos años y había empezado a los dieciocho, cuando abandonó a Alex y a Jonathan en Boston para iniciar, por fin, su sueño de ser modelo. Y lo había conseguido, de eso no cabía duda, ya que, después de algunos años de esfuerzo, había sido lanzada al estrellato y había desfilado por las mayores pasarelas del mundo con los mejores diseñadores. Su rostro salió en las portadas de miles de revistas de todo el mundo durante años, los programas de moda no hablaban de otra cosa más que de ella, casi todos los diseñadores querían vestirla con sus mejores trajes para que ella los paseara por la pasarela; pero el punto más álgido que había alcanzado su carrera fue cuando ella tenía veintitrés años. Fue entonces cuando apareció coronada como Miss New York, quedándose dama de honor en el concurso Miss United States. En ese entonces, ella había sido la mujer más feliz del mundo, ya que Michael estaba en esos momentos junto a ella. Pero todo se había ido al traste cuando Sarah dejó atrás a Michael para irse con Ian, que después de unos meses de noviazgo, le prohibió varias veces ir a los desfiles, arruinando casi por completo su carrera. Había sido un alivio librarse de él, por fin.
Sarah sacudió la cabeza para librarse de aquellos recuerdos tan dolorosos y enfrentarse a la realidad. Anduvo más deprisa por la pasarela para irse de allí por fin, pero, cuando desapareció tras el pasillo que llevaba al gabinete de las modelos, alguien la obligó a ponerse unos trajes y salir al escenario dos veces más.
- ¿Y bien? – dijo la mujer que estaba frente a ella, impaciente.
- Yo no tengo por qué darte explicaciones, Martha – respondió la modelo con seguridad.
- Sabe que no puede salir de aquí antes de que termine el desfile, señorita Myracle – dijo Martha, ignorando la respuesta de Sarah – ahora desvístase y póngase el traje que le asignen, por favor.
Los ojos de la modelo relampaguearon de furia.
- Me voy a marchar y tú no me vas a detener.
Apartó a la mujer de un empujón pero esta logró sujetarla del brazo antes de que se marchase.
- ¡Suéltame! – murmuró Sarah entre dientes.
Martha titubeó pero no dejó de asirla por el brazo.
- No. Tiene que…
- ¡No me digas lo que tengo que hacer! – casi gritó Sarah, furiosa - ¡suéltame ahora mismo, estúpida! Me voy a marchar y no voy a volver. ¡Y ya me da igual todo lo que pase! Estoy harta…
Con cada palabra que decía su tono de voz iba disminuyendo hasta que las últimas palabras fueron apenas un susurro. Martha se apartó de ella bruscamente, mirándola con miedo y desconcierto por su inusual comportamiento. Sarah dirigió a la mujer una última mirada cargada de rabia antes de salir disparada hacia la puerta. Tras ella, el gabinete se quedó sumido en un silencio desconcertado e incómodo.