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Resplandeces

Miguel Monte RealMiguel Monte Real Gonzalo de Berceo s.XIII
editado marzo 2010 en Epistolar
Mi querida luciérnaga:

Te escribo esta carta porque no sé cómo darte las gracias. Tú me conoces. Me has visto aparecer como un intruso y colonizar sin miramientos este jardín. Llegué a la casa con el alma en los huesos, acarreando un sinfín de cajas de cartón con etiquetas identificativas. Aquí los cuadros. Allí los libros. Un edredón demasiado grande y unas sábanas, el sillón y la lámpara, las teclas desniveladas de la vieja máquina de escribir; mi guitarra española; los portafotos vacíos que le regalé. Se me cayó la casa encima, ya sabes. Aquellas cosas que desembalé sin ganas apenas las reconocí; no supe si alguna vez fueron mías, o quizá de alguna otra persona que, dentro de mí, en un tiempo lejano utilizó. Pasé cien noches junto a la chimenea, y todo era humo, y polvo y niebla espesa. A mi lado, los folios en blanco que un día soñé apretados de vida, de recuerdos e historias para compartir. ¿Compartir? Sé que en ese salón morí muchas veces, y otras tantas me levanté como brasa sepultada entre las cenizas, asustado de despertar a un mundo desconocido.

Vi la luz a través de la ventana, en una noche sin luna. Tu pequeño cuerpo fosforescente se encendía y apagaba como la vieja farola que dejé atras, en el portal de su calle. Descifré el mensaje. Toda mi existencia quedó prendida de ese instante, entre alfileres de amargura y dolor. Lloré. Me vacié de lluvia hasta quedar exhausto, tendido en el suelo de la habitación. Salí tambaleándome a buscarte, mi luciérnaga, al jardín. Al acercarme, echaste a volar. Otra vez. Otra vez más, igual que ella.

He recuperado mi máquina desvencijada para escribirte esta carta. Quiero volcar en papel los días perdidos, la melancolía, las risas, los cachivaches del amor que un día sentí. Algo encendiste dentro, que está terminando por incinerar los restos de rencor y celos: he de aprovecharlo hasta que no me haga falta; he de conservarlo hasta que ya no quede nada por reprochar. Vuelves cada noche a revolotear alrededor de mi jardín. Resplandeces. Flotas en la mirada. Pude tocarte con la punta de mi alma y desde entonces, me prestaste un trocito de tu luz.

Déjame darte las gracias.

Comentarios

  • ShaiantiShaianti Fray Luis de León XVI
    editado febrero 2010
    Muy bella la imágen de la luciérnaga como fuente de inspiración y de vuelta a la vida tras la pérdida del amor.
  • BohrBohr Fernando de Rojas s.XV
    editado febrero 2010
    Sí, estuvo acertada la imagen de la luciérnaga como la luz al final del túnel.
  • Miguel Monte RealMiguel Monte Real Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado marzo 2010
    Shai y Bohr, muchas gracias por vuestros comentarios. Habréis notado el paralelismo entre Galileo y la luciérnaga, que se aparece de forma intermitente para desmentir categóricamente su reclusión forzosa: ¡mirad cómo vuela!:p
  • BohrBohr Fernando de Rojas s.XV
    editado marzo 2010
    Miguel Monte Real escribió : »
    Shai y Bohr, muchas gracias por vuestros comentarios. Habréis notado el paralelismo entre Galileo y la luciérnaga, que se aparece de forma intermitente para desmentir categóricamente su reclusión forzosa: ¡mirad cómo vuela!:p

    Hummm... no me provoques, no me provoques. :mad:
  • editado marzo 2010
    Uffff!!! Me ha costado aguantar mi lágrima rebelde que pretendía salir. Es delicado y conmovedor, más si al leerlo se identifican vivencias, emociones y sentimientos propios.

    Me ha en-can-ta-do. Y no lo digo por alabarte, es la verdad.
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