Una vez de regreso, mientras trataba inútilmente de aclimatarme a los infernales arrumacos del asfalto porteño, recordé el extraño hechizo que suele caer sobre ciertos negocios de la Costa Atlántica.
Cuentan ciertos campesinos que todo comenzó con una logia de gauchos brujos que se esmeraban en alimentar al ganado de sus enemigos con hongos alucinógenos en lugar de pasto. Este extraño alimento acompañado de chamuyos grandilocuentes conseguía hacerle creer a las vacas que no eran merecedoras del vil manoseo pobre en sentimientos a que se exponían a la hora del ordeñe. Las lecheras indignadas y poderosamente estimuladas huían volando ante la presencia de un apretujón sobre sus tetas. Ciertas leyendas contemporáneas explican con teorías similares algunas actitudes desarrolladas por señoritas vergonzosas en discotecas carentes de oscuridad.
Con el correr del tiempo las brujerías se fueron perfeccionando como así el disimulo de sus conjuros. A veces por temor a las venganzas, otras por el descontento que acarrea el pagar una promesa no deseada en el momento de confrontarla con un suceso inverosímil o poco probable. A decir: ¨ Solo me mudaré, amada mía, con tu madre el día que las vacas vuelen.¨
Hoy día, y como cumbre de este perfeccionamiento, podemos observar negocios de diversos rubros que padecen maleficios de esta dimensión.
En Villa Gesell hay un local de souvenirs, caracolitos y churros autografiados por el intendente que es víctima de la invisibilidad absoluta de sus puertas. Cualquiera puede verlo, admirar sus vidrieras, sus precios, etc.; pero no despierta el más mínimo interés de penetrar sus invisibles portales. Por contrapartida, justo al lado, camuflado bajo la apariencia de un gordo a medio broncear, un hechicero vende lo mismo en un local idéntico al anterior pero donde la gente regresa diariamente a ver si ha salido un nuevo caracol con ruido a mar o con la voz de Cacho Castañas.
Cuentan los periódicos del lugar, que en Las Toninas hay un hombre condenado a alquilar sus caballos y que nunca regresen. Como si esto fuera poca cosa, su cuidador, no sólo pierde sus equinos, también años en su vida a la espera de un amor que se llevó Pancha, una de las yeguas que no regresó.
Por lo desarrollado no tengo más que compadecerme de estos infelices engualichados y prometer seguir buscando puertas invisibles que quiebren estos conjuros malditos que a diario nacen de los chamanes del polirrubro.
Comentarios
Y seguramente por lo mismo que no les va a llegar a muchos de nuestros compañeros foreros.
Es tan localista. Tanto en los lugares que nombras como en el léxico que utilizas.
Independientemente de eso, a mí me encantó.
Otro argentino más. un gusto que nos encontremos.
Gracias...
Besos
¡¡Qué placer encontrar en la web argentinos que hablen (escriban) como argentinos!!
Y no, quedate tranquilo, no estás esquizofrénico. Yo realmente pienso que tu texto es buenísimo.
Cariños.
Mil gracias... visitaré tu blog.
Beso!!!
Creánme... soy menos tonta de lo que parezco, aunque cueste creerlo.
En fin...