Teníamos entre nueve y diez años y no sabíamos la seriedad del juego y sus consecuencias. Éramos ocho chicos sentados en ronda, entre ellos Ariel, su prima Belén y yo. Esta vez era mi turno, pero como siempre, el responsable de que eso de vueltas era mi amigo.
− Es el turno de él.− dijo y me señaló con un dedo que parecía clavarse en mis ojos. Luego el diablo en la mano de mi amigo empezó a hacerla girar rápido como un huracán. Mientras todo ocurría sentía el viento cortarse en cada una de las vueltas. Las gotas de sudor bajaban por mi sien en la forma que lo hacen, por los edificios, esos raros hombres de SWAT en las películas de los sábados a la tarde. Pero acá era real, la adrenalina me retorcía el corazón y los ojos de Belén más penetrantes que nunca seguían la trayectoria de los círculos en el piso.
De repente frenó, y la boca de la botellita apuntó a Belén, hasta entonces el amor de mi vida. Ella sin titubear se puso de pie, me miró fijo, y dijo, − a él no lo pienso besar.
Esa fue la primera vez que morí.
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