Aquella tarde, de todas las que había vivido, era quizás la más extraña. El cielo había adoptado ese color violeta que solo el incipiente final de un día de noviembre madrileño podía adoptar. Manuel, pedaleando en su bicicleta, miró la bóveda celeste, que no lo era tanto, y sintió vértigo. El vértigo de lo infinito, ese que acusa a los hipocondríacos, a los románticos, a los filósofos. Casi desestabilizado proyectó sus ojos de nuevo sobre el camino, que lo tranquilizó.
Cuando llegó a su destino, hizo las compras pertinentes, volvió a subir a su bicicleta, y de camino a casa (esta vez mirando sólo de frente) se juró que hasta que no pasara el otoño no volvería a mirar el cielo.
Comentarios
Logras trasladar, de acuerdo a la vivencia de este lector, parte del vértigo, el desasosiego y la inseguridad que produce en Manuel el descubrimiento (o la manifestación) de lo insondable. El párrafo con el que concluye el relato es, también, una de las piezas vigorosas de la construcción, aquí la fortaleza del hecho que ha conmovido al joven reafirma su trascendencia.
Hasta pronto.
Saludos
Pues eso, que me ha encantado.
Saludos.