Hola a todos,
Soy nuevo, apenas me presenté. Ahora, me limito más que nada a leeros. No sé muy bien cuál es la forma adecuada, y preestablecida por costumbre de ser en este foro. Lo que sí leo es que hay muy buen gusto y ambiente por aquí. No soy muy aficionado a los foros. Participo en uno de cosas de correr, pero, allí como que quedas un poco petulante cuando dices que te gustan las letras también.
Soy "aficionado", solo aficionado, a correr, me gusta más la larga distancia. ¿Compartes también esta afición?.
Gracias a todos, por tan buen ambiente que leo.
Comentarios
ah! Bienvenido.
Era Ronda, donde estuviste. En el camino andando hacia el campo de fútbol, todo ver era ciclistas con cascos, y corredores. Todos vestidos de deporte. Muchos colorines. Los corredores iban algunos con una pequeña mochila, otros con una riñonera con un bote de plástico amarrado a la cintura. Te olvidaste el plástico de cubrirte en el coche, no te diste cuenta hasta más tarde. Como te crees muy machote Quintiliano, ibas con una camisetilla muy fina que te regalaron en la Maratón del Quijote, y de abajo un pantaloncito de running, que apenas te tapaba el culo y los “guevecillos”. Bien que mandaste ropa bastante a Setenil y al Cuartel, pero vaya, allí llegarías siete u ocho horas más tarde. Llegaste pronto al campo de fútbol, casi de los primeros. La heladera (frío) empezó a apretar. Se te pusieron las carnes destapadas como la de los pollos a que quitan las plumas con agua caliente. Y tú retorciéndote entre el frío y los nervios. Saludando. Y no parabas de dar vueltas. Me estabas incomodando, yo tonto de mí contigo siempre. Tanto que me enfadé contigo, porque una guapa mujer a quién vi, enseguida la despisté. Me animaste diciendo que la buscaríamos. Buscamos por todos lados, nada, ni rastro. Era la hora de salida, nos quedaba pendiente de buscar solo en la cabecera de la carrera. Pum y no Plum, salimos trotando. Tú a tu aire y como siempre despistado. Yo corriendo y metiéndote prisas, con la ilusión de ver a la chica, de quién solo me acordaba de la imagen de su cara. Salimos de Ronda, cuando íbamos a campo abierto, llamaba mi atención esa serpiente multicolor, que perdía allá por delante y por detrás iba saliendo de Ronda Ciudad, tanto colorido, en medio de esos trigales madurando, qué imagen, qué belleza. Yo con la ansiedad de mi búsqueda, y tú, venga, hombre, tan tranquilo en tu trotar. Paciencia amigo, que el camino es largo, me decías. Te iba renaciendo la euforia, tu cara lo expresaba. Ibas con la mente desordenada, como te ocurre siempre que vas corriendo. El olor a tierra mojada, del ozono, del chaparrón de la noche antes, ese que arruinó la velada en la comida de la pasta, en la Alameda del Tajo. Eso, que el olor te trae recuerdos de tu niñez. De cuando antes llovía más, de cuando retozabais lanzando mazacotes de barro. Eso te llevó, varias veces en el camino a acercarte al borde, y tirar del troncho de una avena y masticar la parte tierna, y es que algo cabra sí que eres. No me extraña que en algún sitio de este foro te llamen “borrego”, de la familia de las Churras. Por cierto, muy pacífico animal. En los primeros kms, después de un sendero empinado, caíamos a un camino asfaltado, unas casas a la derecha. Los corredores preguntan, no para saber sino como forma de saludo, por la manguera que el año pasado nos refrescaba. El hombre, rápido dijo que se sacaba enseguida, pero que hacía frío. Unos metros más adelante, un chico joven, corredor, allá en el altillo, pone una pausa en su carrera para hacer arte. Empieza a hacer fotos a la serpiente de corredores, que ahora se prolonga varios kms hasta la salida de Ronda. Así pronto llegamos al primer avituallamiento, este año no hay colas, se ve que vamos un poco adelantados respecto al grueso del pelotón. Legionarios, correctos, disciplinados, afeitados, serios, amables, nos ofrecen ánimos e isotónicos y plátanos y naranjas, y sobretodo ese calor humano que no tiene explicación en letras. Gracias, algo cogemos y nos vamos. Yo aún con ronroneo de ver la chica que perdí en el campo de fútbol, mi amigo ahora ya con el cuerpo entrando en calor, iba entusiasta, pletórico. Las rigideses frías y los dolores crónicos han desaparecido. Así seguimos golpeando la pista de tierra apelmazada, zapatazo uno tras otro, sin celeridad, pero con ritmo y sin pausa. Ahora apetecen las bromas, buscamos los detalles de todo. Esa chica que pasa, habla que te habla, con la autoestima por encima de las nubes que nos tapa de D. Lorenzo (Sol). Todo el mundo va alegre, los nervios contenidos han dado sueltas, y aún no hay casancio. Estamos entre los kms 5 y 10. Ya cruzamos una carretera, y vamos embalados, no de envueltos sino de bala, a la cuesta abajo, ya subimos, un puente, los ciclistas con quienes compartimos camino, pero no sentido, vamos y ellos vienen, saludos a gritos, estos sí que van contentos a la cuesta abajo. Una ligera rampa en el camino de la tierra apelmazada, y llegamos al tercer avituallamiento, ese que está por cerca de un campo de maniobras. Más claro se ve el estiramiento de los corredores, unos adelantan apretando el paso, otros aflojando como tomando más sentido de que la carrera aún es larga. Si estábamos aún como empezando, a qué correr tanto. 85 kms aún por delante, son muchos kilómetros, más cuando alguno va sudando la gota, y jadeando a la cuesta arriba. Paciencia, paciencia. Nuestras amigas las encinas menudean a nuestro alrededor. Encinas, mujeres, hombres, sudor en la frente de todos, charla que te charla, buenos ánimos, el sol escapándose por en medio de las nubes, el frío se ha ido. Horror y error humano, un esperpento en medio de la naturaleza, un circuito de coches de carreras. Hoy no circulan. El año pasado sí, con la “berrea” de los potentes motores en medio del idílico paraíso natural. De quién sería la idea. Bueno, y más y más, imágenes, ruidos, olores, sensaciones, como así a largo de toda la carrera. Un detalle ahora, la chica que nos adelanta, con pantalón apretado, y el culito respingón, vaya como va, tan joven, tan fresca, tan natural, tan alegre, y tantos “tanes” (tan y tan y tan), donde la armonía y dulzura se escapa de cada uno de sus movimientos. Eso sí, llevaba los sobacos un poco sudados, aún así debía oler a gloria. Y yo Omar, preocupado de la chica que dejé de ver en la salida. Preocupado no de su suerte, sino por la mala mía de no verla. Llegamos a una chica rezagada, que ha ido en cabeza. Le doy de codazos a Quintiliano para que le pregunte por mi chica. Mi amigo, torpe y suyo, me ignora, pues él no sabe ni como es. Rápido se la describo, que es como un ángel, de poca talla, ojos grandes color miel oscura, de unos treinta y pocos años, cabello recogido bajo una gorra, a medio camino entre lo castaño y lo rubio. De origen tal vez visigótico, o tal vez descendencia romana de tantos años hace, no sin cierta ralea musulmana, como mis antepasados que delataba su nariz un poco afilada. Los labios gruesos. El tono de la piel blancuzco, aunque bronceada de las expuestas al sol. Este amigo mío, Quintiliano, que va a su bola; déjate de historias Omar, me dice. Cambiando mis palabras, mi amigo le pregunta a la chica que ha ido en cabeza. Ella no sabe nada, ella se justifica diciendo que iba asfixiada y que no ponía atención en quiénes tenía alrededor. Vaya, ante esta, yo apretando el paso, y mi amigo se retrasa. Los dos como enfadados. Vaya par de tontos, discutiendo por el ritmo de carrera. Así vamos, ya dando nuestra diestra a una vía de tren, campos de olivos y cebada, camino de Arriate, al menos por el km 25 o más, hemos pasado cinco avituallamientos. La amistad entre las nubes es más que la nuestra, de mi amigo y mía. No cesan de unirse. Tapan a D. Lorenzo (El Sol). Se calma el viento. Empieza la lluvia. Mi amigo se pone “ensopado”, aprieta el ritmo para entrar en calor, adelantamos gente, me vuelve la alegría, me vuelve la ilusión de ver a mi chica. Vamos en ligera cuesta abajo, ahora por una carretera estrecha. El asfalto, cómo es, llegan sus durezas hasta los tobillos, y las rodillas, y las caderas. Ha cesado la lluvia, volverá pronto, el sol está intermitente. El viento flojea a ratos, y a otros aprieta. Llegamos a Arriate, cuesta pendiente y para abajo. Público, muy entusiastas con los ánimos. Avituallamiento y, rápidos para la cuesta de los cochinos, esa que el año pasado hizo estragos en la carrera. A media cuesta nos empezó de nuevo la lluvia. El suelo tenía una ligera capa de barro arcilloso por encima, patinaba. En la pista de tierra apelmazada, minúsculos arroyitos llevaban el agua de la lluvia, de arriba hacia debajo de la montaña. Menos mal que subimos, esto bajando debe ser un constante culo en tierra. Nadie corría, la pendiente se pronunciaba más y más. Las encinas a los lados. Ese público negruzco, de cabeza gacha, nariz redonda con dos agujeros en el centro, con su “groing” “groing”, ahora escarbando entre los hierbajos. El año pasado, ellos tumbados a la sombra, “perreando” ante la solana que pegaba. El año pasado, los corredores con mareos y vomitonas a la cuesta arriba, algunos en cuclillas, “empajarados”. Este año, la lluvia, el frío, todos suben bien, todos con los ánimos en su sitio. Arriba del todo, a la izquierda, las pocilgas del público negruzco; aunque mi amigo dice que en realidad es una factoría de perfumes caros. No sé de dónde toma tal conclusión. Irá ya un poco trastornado, a éste mi amigo se le va la “olla” con facilidad. Yo me callo, me interesa el ritmo que llevamos, sigo con la ilusión de ver a quién todos sabéis ya. Vamos por el km cuarenta y poco y, apenas llevamos 5 horas de carrera. Las pocilgas, allá. Ibas, mi amigo, otra vez “ensopado”, ahora con sobrecarga en los cuádriceps. No pudiste apretar el ritmo. Medio arrastrando pies, llegaste hasta el avituallamiento siguiente, allá en lo alto de la loma y poco antes de cruzar la carretera. Unos dulces (azúcar), comiéndolos en cuclillas (estirando cuádriceps), son mano de santo para regenerarte y, como si hubieses cambiado tu cuerpo por otro de repuesto, tomaste esa recta en lo alto de la meseta, donde la vista se pierde hacia el oeste, flanqueada de llanos de cebada en maduración. Ahora a ratos trotar, a ratos andar rápido. Allá al fondo, allá a lo lejos, allá al Sur-Oeste, allá en medio de tanto verde en la Serranía Rondeña, allá, Seteníl de las Bodegas. A ratos pista de tierra, a ratos asfalto duro y áspero. Allá era el km 53. Pediste tu mochila y menudo abrazo le diste. Ampollas en un pie, así que cambio de zapatillas, las Mizuno Ascend (de trail), por unas “voladoras” de Fila. Volar no volarías, pero patinar lo que es patinar, tela y tanto más que patinaste. Cogiste la luz. Bocadillos, chocolate, coca cola, algún estiramiento, besos a tu mochila y arreando que viene cuesta de nuevo. Otra de tantas veces, chaparrón a la cuesta arriba. Andar rápido, el ciclo del cuerpo está en declive, el cansancio se nota, ¿cuándo podré correr de nuevo, te preguntabas?. Ya antes de llegar a la cima de la montaña, como por el km 60 o así, en menudeos de charlas y bromas con algún corredor ya nombrado aquí, te vuelven las ganas de trotar. Te vuelve la euforia de los primeros kms de la prueba, de nuevo. Trotando y adelantando, en la cuesta arriba, y luego en el llaneo de la cima. Empieza la cuesta abajo. Algunos bajan volando bajo. Por las huellas, se ve que horas antes alguna bicicleta comió trigo en el trigal. Lo peor, los descomunanes troncos de alcornoque a los lados del camino. ¡Verás si alguno desparrama sesos, contra tan duro tronco!. No hay manera humana de frenar a la cuesta abajo, siempre está el recurso de giro a diestro o a siniestro, e imitar aquella resuelta de frenazo que hizo antes el ciclista. Hace falta valor, en la determinación de “jincar” la cabeza en medio del “sembrao”. El barro arcilloso, las “voladoras”, que te comen los que vienen detrás, todos sin frenos, y con mucho desenfreno, bajando la cuesta a tope, camino del Cuartel. Bonita bajada de día, la vista se pierde en el horizonte, siempre con nubarrones negros al fondo, lástima la velocidad de los elementos impiden la contemplación. El año pasado la bajaste de noche. Llegando al Cuartel, se cierra el día y viene la noche. Aprietan los aplausos de los estoicos espectadores bajo plásticos, así o más aprieta la naturaleza, en forma de chaparrón de nuevo. Llegaste chorreando al Cuartel. Sopa, arroz, perrito caliente, yogurt, plátano, dulce de chocolate, muda limpia, comiste en cuclillas para estirar cuádriceps; yo mientras buscando a mi chica, nada, no la encuentro. Estoy serio, estoy desanimado. Cometes la torpeza de no cambiarte de zapatillas, así con “voladoras” hacia la Cueva del Gato, ni te cuento. Alegría en ti, besos de despedida a tu otra mochila, y al monte, apenas quedan 20 y pocos kms. Bueno, venga, Quintiliano aligera hombre (pero que “cachaza” que tiene este mi amigo), te dije cuando saliste del Cuartel, a las once o así de la noche del Sábado diez de Mayo. Por allí el camino se animó más, con algunos que venían con la luciérnaga de frente hacia nosotros, palabras de ánimos en el cruce, venían ya casi terminando su prueba. La comodidad se acabó pronto, empezó la rampa hacia el cielo y éste empezó a chapotear otra vez, qué extraño, ahora hacía calor. Esta sería la última vez que te llovería en la prueba. Te habías abrigado demás. Empapado, sudando, unas luciérnagas a lo lejos allá arriba, otras que se acercan por allá abajo, fuera de la luz no veías ni “torta”. Alguno llevó un foco, como de esos de los estadios de fútbol. ¡Madre mía!, para sujetar semejante artilugio en lo alto de la testa, y con el riesgo de encandilar a los que cruzas, a riesgo de atraer los relámpagos, menos mal que no era de tormenta la lluvia que caía. Guardando el equilibrio de los pies a la cuesta arriba, sabes a dónde mandas la zancada, pero no adonde se parará el pie. Te espatarraste alguna vez, como patinando en el hielo. La pendiente cada vez más empinada. Tal era la puesta de tu mente en guardar el equilibrio, que el cansancio ni te molestaba, simplemente no pensabas en él. Por fin llegaste a la cima, un camino muy estrecho, lo pasaste chapoteando barro, imitando el correr de los cerdos por un lodazal. Una fragancia, me dijiste, y en realidad lo que llegó a mi nariz, fue un “pestazo” a estiércol de ovejas, que no veas mi amigo. Cuídate la vista y otros sentidos, porque del olfato ya no tienes arreglo. Las ovejas que nos vieran se sentirían bien, pues pensarían, estas gentes, así, por aquí, corren similar suerte de pensamientos que nuestras amigas las cabras. Te santiguaste cuando pasaste al lado de la ermita, y le diste gracias a la Virgen, por tan bonita aventura que te estaba saliendo. Luego una cuesta abajo empedrada, muy pendiente, el camino de las gentes de Montejaque para subir a ver a la Virgen. Abajo otro avituallamiento, el km 84 o así, y sigue la cuesta abajo por la carretera. Trotando llegaste a Benaoján, y mira que te vino bien esta cuesta abajo para aligerar los cuádriceps, que se habían quedado agarrotados de la subida a la ermita. Qué alegría de ese río de agua cristalina que cruza Benaoján. Tremendo ruido del agua en la noche, la pendiente la escandaliza y la enfurece. Y de pronto te viste metido en un sendero, camino de la Cueva del felino ese; pero, pero, pero, si por este camino no pasan ni los gatos. Tú con tus “voladoras”. Sendero estrecho. Los bordes con hierba crecida, y, o arbustos. Barro arcilloso. Aunque el camino estaba en horizontal, la pendiente estaba de costado. La madre que parió a los arbustos, esos que, Quintiliano, torviscos los llaman en tu tierra. Vaya agarradera difícil que son los torviscos estos, unas púas que tienen, vamos, las manos cuánto más lejos de ellos mejor. Aún te quedan púas en las manos después de varias semanas. Ponías un pie en el suelo, tenías que pararte antes de lanzar el otro, hacer una especie de estudio topográfico de la zona y la situación, y por fin lanzabas el otro, a riesgo inminente de endiñarle un beso involuntario al suelo. Y así, en éste tan prometedor ambiente nocturno, hiciste los dos kms de sendero, que te parecieron tanto o más que 10 kms en llano pelado. Por fin, llegaste a un restaurante, luego a la carretera, trotando, luego otro pequeño tramo de lodazal, un puente minúsculo y precario en el río, tres atentos legionarios a sujetarte en el final del cruce del puente. Allí había evidentes huellas de que alguien besó suelo embarrado. Km 91, ya no quedan senderos, todo el camino hasta meta será bueno, eso sí, algo pendiente al final. Km 91. Ya llegaste a la pista llana y ancha. Las zapatillas, con tanto barro adherido, levantaban los minúsculos chinos del suelo, y caían metiéndose por dentro del calzado. Era una tortura agacharse a sacarlos. Ya trotar era un sufrimiento que no compensaba, ibas dolorido de piernas. Yo no tenía prisas, y no te las metía a ti tampoco. Estaba un poco desilusionado porque ya creía imposible ver a mi chica, posiblemente ya estaba en su casa, a saber dónde. Además llevabas cara de cansado, ahora me daba lástima decirte que corriésemos, eres mi amigo, aunque nos enfademos a veces. La emprendiste a charlar para animarme, todo el rato en voz alta, cuando se acercaba algún corredor hablábamos en voz baja, para que no te tomasen por loco, soy alma y algunos no me ven. Recuerdo tus palabras. La “gloria” interna que habías alcanzado. La limpieza de espíritu, la purificación mental, que te había dado la prueba. La sensación de realidad que te da el cansancio, aquí ahora se ven los problemas reales, y no las tonterías de la vida. De lo mucho que se aprende en esta actividad de ocio. Valoras lo importante, lo que más, la vida, que la sientes como nunca, en este estado de ahora. Han pasado trece o catorce horas desde que empezaste la prueba, rebobinas tu mente y haces una visión rápida del recorrido, yo también cuando dejo estas palabras aquí. Asombroso lo que hemos vivido, amigo. Tanto me dejo sin contar ahora: ánimos entre corredores, alientos, olores, vistas, fatigas, exaltaciones momentáneas tuyas y mías, languidez, frío, calor, al fin y al cabo vida, vida, mucha vida, tanta sin contar aquí, oh. Aquí, tus ojos brillaban demás, alguna lágrima cayó a la gravilla fina de la pista. Ya en el avituallamiento del km 96, glotón tú, tomaste un café con leche. Tenía mucho azúcar, que te rejuveneció enseguida. Subiste unos metros más hasta un collado, y detrás, la impresionante vista nocturna del Tajo de Ronda. La urbe allá arriba, como plantada encima de ese hermoso accidente en la tierra, ese tajo, fruto de la madre naturaleza. Las luces allá arriba, dirección oriente. A tu diestra y espalda, la oscuridad absoluta. En la base del tajo algunas luciérnagas serpentean allá adelante. Mira allá la cuesta de los Molinos, esa que también llaman del Cachondeo, me dijiste. Qué imagen, gracias Quintiliano por traerme, te dije. Justo en la misma base del tajo, justo donde empieza la rampa a subir, allí en un llanillo junto los árboles, vimos una antorcha de candela, con un fuerte olor a tea de pino quemada. Nos acercamos asustadizos. Nos quedamos boquiabiertos. Una mujer guapa sostenía la antorcha, de origen musulmán, pelo largo, vestida con una túnica de seda blanca, que la cubría toda entera, con cuello de triángulo, con bordados de hilo de oro en el final de las mangas, y un trébol de cuatro hojas encima del corazón. También estaban ocho hombres, de diferentes razas, de color, mulatos, blancos, incluso algún pelirrojo; todos vestidos igual, con faldas hasta las rodillas, camisón de la época faraónica, sandalias, y muñequeras de cuero. Al lado de estos había una especie de trono, con dos varales que sobresalían hacia delante y hacia detrás. Encima un sillón de madera, y una alfombra de color púrpura. ¿Es usted Quintiliano?, preguntó la mujer. Sí, respondiste asustado. Suba usted y siéntese en la silla, continuó la mujer. Te quedaste quieto y callado. Hiciste una negativa con la cabeza. La mujer añadió que alguien les había invocado, y que venían desde muy lejos en el tiempo y en el espacio, desde la corte Nazarí en la Córdoba musulmana. Que aquellos hombres eran esclavos, apresados en guerras a los cristianos. Yo te dije que subieras, que no se arriesgaba tu crédito de corredor en obedecer, que solo sería la cuesta. Y que aunque yo luego contase esta historia por aquí, nadie me creería, todo lo más me tomarían por falto de cordura. Así, a ruegos de todos, la mujer te suplicaba, y subiste. Veloces los hombres alzaron el trono por los varales, cuatro atrás, cuatro delante. A palabras de la mujer subíamos la cuesta, los ocho hombres trotando, la mujer iba como suspendida en el aire, portando la antorcha encendida. Tú ibas sin palabras, yo feliz, la mujer que iba en cabeza, de vez en cuando te miraba con cara de satisfacción y te sonreía. Cuando acabó el empedrado, ya llegando a la carretera, suplicaste que te bajasen, pararon y bajaste. La mujer se acercó a mí y me dijo unas palabras, tal escalofrío me entró, que me sentí vivo y nacido de nuevo. Cuando me repuse un poco, miramos los dos hacia atrás, y toda la comitiva había desaparecido. Ahora recuerdo, que cuando vi tus ojos empañados, allá por el km 95 o así, imploré al todopoderoso pidiéndole un poco de ayuda para ti, mi amigo. Te dije, ahora hay que correr Quintiliano, y no me preguntes porqué. Pasamos Ronda la Antigua como una exhalación, por el Puente Nuevo esprintando, por la Plaza de Toros te ibas quedando rezagado de mí. A grito vivo en ¡olés! y ánimos de las chiquillas que se recogían de sus parrandas, aceleraste y entramos en La Alameda del Tajo, y por fin meta, después de 15 horas y 38 minutos en la prueba. A rastras tiraba yo de ti, tanto que casi te rompo el obsequio de cerámica de la prueba. Vamos a coger la cena, te dije y supliqué que rápido, y mientras tú la recogías, yo detrás contemplando. Como bien me dijo la mujer guapa de la antorcha, allí, allí, estaba mi chica, vestida de verde, legionaria, con un gorro legionario. Era ella, a quién vi en el campo de fútbol, justo al inicio de la prueba. Y a tu paso recogiendo la cena, te preguntó, con una melodía de voz inimitable: ¿quiere Ud. un “yogú”?
Respecto a lo mío, es más introvertido, los sentidos van procurándome la información que evoca recuerdos y los caminos suelen ser los mismos que antaño...
¿ Es posible que subas alguna imagen de la ruta que mencionas?
Eso sí, considero el running como una gran actividad que, tarde o temprano, compensa y sobre todo, acalla la mente.
Al releer tu mensaje percibí que dices que se acalla la mente...por Dios!...ni lo pienses, sería preferible que se calmara...sin silenciarse.
El otro día me asusté. Salí a correr y no me cansé... Corría y corría, al final volví a casa antes de que pasara algo.
Relajar la mente. ¡Seguiré tus consejos!