“Y entre ellos tuvo lugar la siguiente conversación”
-Hamsun-
Ambos callaron un momento.
-Don Francisco, vea: Franquita y Blanquita –anunció Adolfo Álvarez, un chato y resistente aperador, de facciones bruscas y velludas-, las que compramos en la feria, ¿se acuerda? Las cafecitas con pecas negras, esas están como enfermitas, las pobres. Alba me dice que es como un cólico, como un revolcón del estómago, que hay que comprarles remedios.
De nuevo el silencio aguardando una corta venia, que en efecto llegó. Sentado en una mecedora un hombre bastante lánguido, de fisonomía mofletuda y hopalanda rigurosamente formal e inmaculada, desgajaba una mandarina y se llevaba un casco surcado de venas blancas a la boca.
-Bueno, patrón –continuó Adolfo, con un sombrero ajado de ajedrezadas fibras beiges y brunas atenazado entre las manos-; de las que le pusimos a Toñito, el de la catorce, sólo dos andan preñadas, Martica y Lunar. A Martica la mandé para corrales, de la otra se está encargando mi mujer; esta semana le traigo el reporte completo.
Don Francisco Gómez, más que prestarle atención a sus palabras, parecía escrutar su mirada. Adolfo tenía algo de elaborado en el rostro, e inclusive en la dicción pausada, en sus maneras menguadas y su forma de expresarse, algo sombrío y atractivo. No es que pensara demasiado, ni con excesiva profundidad, pero dudaba y la duda, como principio ineludible del pensamiento elaborado, de la refutación y el avance, le otorgaba una cierta cualidad de inteligencia, de suspicaz perspicacia, no muy abundante en civilizaciones bananas y férvidas como la colombiana.
-Por ahora mire: aquí tiene las lactancias de la última semana, como cincuenta litros más que la pasada, si seguimos a este ritmo la otra que vuelvan las diez cabezas de la cuatro van a sobrar como cien litros. ¿Qué hacemos con eso? Si pasa, digo.
-Tráigame veinte –habló por fin don Francisco. Su voz, aunque pastosa y vibrante, se advertía recia e imponente-. El resto se lo pueden repartir. Sin problemas, eso sí. ¿No es más? –preguntó tras una pausa.
-No, señor, eso es todo lo de esta semana, a no ser que necesite algo aquí.
-No. Tranquilo, Adolfo. Más bien siéntese y se come una frutica –ordenó el viejo arrojándole cuidadosamente una pesada naranja que fue a incrustarse en el esternón del jornalero-. ¿Hablamos un rato? –preguntó, y casi pidió el viejo.
Se notaba en él una soledad forzosa, que pese a su galantería y a su dinero inspiraba compasión a los más cándidos y proclives a la compasión.
El hombre accedió. Se sentó sin decir nada, corriendo con excesivos ademanes un sillón reclinable. Una pausa larga, un nuevo silencio asaetado por dos gorriones antecedió la voz.
-Adolfo –dijo suavemente don Francisco a su empleado, el rostro medio bañado por el sol medio cubierto por la sombra-, ¿usted qué diría si yo decidiera vender la hacienda?
Atardecía temprano. Oleadas de montañas se aprestaban a acostarse, creando esa atmósfera siempre tan propicia para las conversaciones. Adolfo miró alternativamente arriba y abajo antes de responder con una vocecita trémula, incongruente con su corpulencia.
-No sabría qué decirle, patrón. Malo. Muy malo. ¿Es que estamos bajos de plata? –preguntó con esa pertenencia que se atribuyen los involucrados, sacando lentamente su navaja e incrustándola con fuerza en el corazón de la naranja.
-No. Para nada. Es que quiero comprar otras tierras –se evadió el viejo-. Unas grandes en los llanos. Siete mil hectáreas de tierra roja, de tierra en llamas. Me las dejan baratas, pero me queda imposible pagar todo en efectivo. Habría que entregar Gratamira, y gran parte de esta finca. Al final, sale mejor vender todo.
-Ahí sí Gratamira, mejor –contestó el empleado, con un brillo en los ojos más de desconcierto que de desconsuelo.
-Eso pensé, eso pensé –dijo finalmente el viejo, en su voz ya comenzaba a vibrar el tono doctoral (¿o era acaso paternal?) que adoptaba tan cotidianamente-. Pero no hablemos más de trabajo. Hace rato te oí decir algo que me interesó mucho, por lo raro que es oír una cosa de esas…
-¿Si? ¿Y como qué sería?
-Ya voy, ya voy para allá.
-¿Eso? No recuerdo haberlo dicho.
-No, hombre, eso no –subió un poco la voz don Francisco, exasperado. A veces la ignorancia ofende.
Hizo una pausa para serenarse y continuó-. Dijiste que eras feliz, como si tal cosa. No me lo dijiste a mí, claro, pero yo alcancé a escucharlo, alcancé a oír que decías lo que decías con naturalidad, casi con desparpajo.
Adolfo se vio tentado a preguntar qué era un desparpajo, pero prefirió exclamar:
-¡Ah, ya! ¿Y qué tiene de raro? Uno es feliz cuando lo es, ¿no? ¿Acaso usted no es feliz, don Francisco?
-Pues sí, o no. Pues no sé, hombre –‘a veces la ignorancia ofende’, pensó el viejo-. Es que esto de la felicidad es tan raro, como tan de otro mundo, que yo puedo ser feliz sin saberlo, o saberlo incluso y no poderlo definir, o creer que lo soy y no serlo; es que, por como habla la gente de la felicidad, por lo que oigo, se entiende una completa metafísica, y la metafísica por principio es absurda, casi por los mismos motivos de la alquimia.
Adolfo, que no entendía de lo que trataba la metafísica y que tampoco la víspera había comprendido la perorata que contra la alquimia don Francisco había pronunciado dijo que sí, que claro, que con toda razón, y lo dejó seguir mientras seguía a su vez, con la vista, una parvada de gaviotas que migraban, si migran las gaviotas, hacia el horizonte moribundo.
-A ver, es que por ejemplo yo sé, o yo creo, o yo intuyo que la felicidad es calma en un gran porcentaje, y la calma se compra, y creo entonces que la calma y la felicidad son cosas muy parecidas, compuestas en esencia de los mismos ingredientes, como recetas que con un grado más o menos cambian de nombre. Por ejemplo la calma es un sentimiento de tranquilidad, de solución de los problemas, en cierto sentido de libertad, de que puedo hacer lo que quiero ya que lo que no quiero hacer no me trastorna, no me ata. Una sensación de que los problemas no existen (aunque existan) o bien son llevaderos. Entonces yo me pongo a pensar sobre eso y advierto (aunque sea de las cosas más obvias que tendría que advertir) que en la vida de un hombre existen tensiones que aliviar, y aliviadas éstas, se puede acceder a la calma.
Ambos, gajo de mandarina y tajo de naranja en mano, buscaban un punto vacío en este mundo tan lleno de cosas que no le dejan un miserable espacio al tímido vacío.
-Claro, creo que entiendo –creyó entender Adolfo. Un hilillo amarillento le resbaló por la comisura de los labios y entre la comisura de los dedos, bajando lentamente por brazo y antebrazo hasta llegar a dormir plácidamente en la manga de la camisa recogida al nivel del codo.
-¿Y cuáles salen siendo esos problemas, esas tensiones? Vaya uno a saber. Toda la vida se convive con fuerzas que no nos dignamos a comprender, porque estamos acostumbrados a no analizarlas, a aceptarlas tal y como vienen. Yo, que me pongo en esa tarea todos los días, las voy descubriendo poco a poco, pero ahora, al ver crecer a mi hijo, me doy cuenta de algún tipo de superioridad, de que la gente se le subordina, no sólo por ser mi hijo, que yo sé que he buscado respeto, sino por su propia forma de ser, tan altiva, en cierto modo tan despreciativa. Y por eso, después de mucho pensar, me parece que, como está el mundo ahora, la principal de las tensiones es la económica.
-Si le estoy entendiendo bien –que no lo hacía-, usted dice, prácticamente, que el dinero compra la felicidad.
-No exactamente, ni es cosa imprescindible, pero es lo que más se le acerca.
-Qué pena –se armó de valor Adolfo para decir-, don Francisco, pero no estoy de acuerdo, eso es un argumento puramente burgués, capitalista…
-Y la negación es una refutación ciega, teísta, conformista, netamente basada en la lucha de clases, en la cualidad perpetua del lujo.
-Yo soy feliz, ya se lo dije, y mis lujos no son muchos, mi dinero tampoco, usted lo sabe mejor que nadie, usted me paga.
-Bueno; tú no vives en aprietos monetarios, y tus tensiones, milagrosamente, las has logrado resolver por otros medios, por la vía compleja. Sin embargo, perdona que te lo diga, de cualquier modo se notan en ti rasgos propios, y no sólo exteriores, de la pobreza.
El aperador tragó saliva y, luego de mirarse fugazmente como un bicho raro, dirigió sus ojos al ambiente, buscando máculas inexistentes en los asideros imposibles del aire.
-Algo en la falta de gracia y agudeza, la firmeza en los comentarios propia de los que no se doblegan, de los que saben que su mundo no se acaba fácilmente, eso se nota en la voz, en el tono, en la vibración, y cualquier hombre atento se ha dado cuenta de que las mismas palabras, en la misma situación, causan risa en boca de un feliz y desconcierto en boca de uno que no lo es (de un infeliz) –esto último lo murmuró el viejo, las oleadas de carne de su cara se contraían y se expandían como las ramas de una palma veranera-. Mírate, Adolfo, mira cómo agarras tu sombrero entre las manos y le das vueltas con nerviosismo, algo muy impropio de los confiados, y yo no creo en la felicidad sin confianza. Te digo todo esto porque te estimo, porque eres mi amigo y me gusta conversar contigo.
Adolfo lo sabía, o cuando menos lo intuía, pero se sentía incómodo cada vez que a don Francisco le daba por sentarlo en el sillón del alumno, del burro regañado que tiene la doble tarea de hacer la tarea bajo supervisión y de recibir la cátedra. Se sentía desnudo, interrogado, escrutado. ¿Era feliz? Sí, él lo creía; tenía a Alba –su esposa-, y a Manuelito –su pequeño niño-. Además de una casa y muy pocas preocupaciones.
-Yo sí creo ser feliz –musitó con voz apagada.
-Me parece bien que lo digas, si lo eres, que lo creas si sabes lo que es y lo sientes; pero es que yo veo muchos felices de cartón, a diario. En las cafeterías y en el pueblo. Felices que dicen serlo siendo frustrados, traumados, con todo tipo de problemas y de soledades; entonces me da la impresión de que son felices bíblicos, hippies, populistas enseñados a que ser feliz es bueno a secas, que es un estado de conformismo y aguante absurdo; se creen las bienaventuranzas de principio a fin, lo de la unión universal, la cursilería del lirismo y entonces viven como de alegrías invisibles, como de los pensamientos, como del aire, como de la nada.
-Y entonces, ¿cuál es su idea de la felicidad? ¿Cuáles son esas preocupaciones a resolver de las que me habla, las que dan la calma? –preguntó el empleado clavando de nuevo la cuchilla en la fruta.
-Yo les digo tensiones. Bueno, ya les digo tensiones, se me acaba de ocurrir llamarles tensiones, volverles a llamar tensiones. Pero llámalas como quieras –concedió don Francisco arrojando a una caneca ya llena los restos de la devorada mandarina, agarrando de un cesto una nueva y comenzando a destaparla lentamente-. A mí me parece que en este mundo los hombres normales, como regla primaria de lo que hacen, buscan que los apruebe la sociedad, no ser juzgados por sus acciones para ser felices, bueno, para una parte de lo que significa la felicidad. Si los juzgan se sienten tensionados, le surge un problema, un inconveniente, que a la larga les impide disfrutar de la felicidad tan anhelada. Esa es la primera tensión: la social. La pongo de primera porque si un acto para aliviar otro tipo de tensión viola esta o la acrecienta, de súbito se les resquebraja la felicidad, entonces es importante tenerla en cuenta como si fuera la norma del final llano cuando se escriben versos, no porque sea la que más afecte la vida sino porque influye sobre todos los actos, así sea en poca medida. Desde luego, existen infinitud de excepciones (teóricas), e incluso están quienes dedican su vida a transgredir esta tensión, o a demostrar que la sociedad no les importa, que se la comen con huevo al desayuno y la repiten con tocino al mediodía, pero yo estoy hablando de felicidad en el mundo como es, como es ahora, no como sería si lo volviéramos comunista, o anarquista, o psicotrópico. O si no existiera –enardecido, sacó de su boca un casco de mandarina a medio morder, arrojó a la grava unas semillas que rebotaron, la mayoría, hasta el prado cercano-. Por lo demás, no creo que la vida de los que transgreden esta tensión sea completa, plena, porque, hasta ahora, su lucha tampoco lo ha sido, y ellos parecieran no darse cuenta, surgen y surgen sujetos con anhelos de convertirse en adalides de una revolución antisocial y todos mueren en el mismo punto donde comenzaron la batalla: en un cero, con mojones ilusorios en su haber, en sus filas de adeptos, que se acrecientan mucho menos que el índice de natalidad… Pero me estoy volviendo ampuloso, ¿cierto? A que estoy cogiendo cara de libro y no de conversador, pero en fin. Volviendo, pues, a lo de la tensión social, esta se alivia con confianza en uno mismo, pero a casi nadie le basta tenerla. Es más, casi nadie la tiene hasta que la sociedad le revalida su aprobación, hasta que las adulaciones le llegan a diario y por los lugares más insospechados; en últimas, la tensión social se alivia con adulaciones. ¿Y las adulaciones cómo se consiguen? Generalmente con una gracia especial, sobresaliente. Siendo una figura pública, líder de algún movimiento, o la más simple de todas las formas, que es un aval instantáneo: con poder y dinero, por ejemplo. Existe también una forma radical de alivio que tal vez sea tu secreto: sustraerse de la sociedad y, por ende, de las adulaciones o señalamientos. Tú, Adolfo, vives aquí, en una casa apartada, acogedora y solitaria. Eres el mayoral, los trabajadores te respetan, tienen que respetarte o los despides, aunque de todos modos te ven poco. Tu sociedad importante se limita a tu esposa Alba, que te quiere, y a Manuelito que crece de la mano de tus nobles pareceres, con tu aprobación y no tú con la de él. Eso tal vez es lo que nos hace querer tanto a los hijos: que son las únicas personas que durante algunos años, hasta que crecen, no tienen prejuicios sobre nosotros, que no entran, como sí entra la pareja, en el grueso de esa sociedad que acostumbra a juzgar y a sojuzgar, a condenar y a lapidar, esa sociedad que aprueba y desaprueba a los hombres como si fueran embalajes recién bajados de un bergantín. Y si yo entro en esa sociedad, sabes que te estimo –balbució el viejo, cabizbajo; le faltaba el aire y la pausa, más que la coronaria, se la había exigido la mitral.
-Gracias. Tal vez tiene razón en lo que dice, tal vez ese es mi secreto y por eso soy feliz.
Don Francisco sonrió, deslizando lentamente su mano sobre los acabados de la vieja mecedora Luis XV.
-Yo no creo que pueda ser feliz sólo con el aval de la sociedad; como ya te dije me parece que la felicidad es una receta como la de un pastel, que no se prepara sólo con azúcar –al terminar esta palabra se echó a la boca el último pedazo de la mandarina, en vano y tropezándose con una multitud de bananos, un racimo de uvas y más naranjas, buscó otra en el cesto.
-Sí, claro –balbució el hombre medio atragantado, ya con demasiada fibra ya con el picor acre de líquido-, pero el resto de la felicidad es compañía, la familia, los amigos, ¿no?
-Posiblemente, mas yo creo que existen otras cosas por solucionar, más por hacer a favor de la calma. La tensión económica, por ejemplo. Ya habrás sospechado que la tengo en cuenta, y creo que únicamente se soluciona teniendo dinero, dinero suficiente para quitarse de encima la carga que es doblegarse ante alguien, de poder decir ‘no, gracias’ sin angustia, o simplemente no tener que estar sufriendo por la factura de la luz, por la del agua, el colegio de los niños, la gasolina para el auto, ¡el auto!, por las cuotas del traje Armani, de la pluma Montblanc, del reloj Chopard. En fin, no sufrir por la comida diaria, sino tenerla asegurada, eso, si bien no es por sí sólo la felicidad, al menos me parece que es gran parte de ella, y con el tiempo que sólo da la holgura monetaria se puede buscar la calma, la tranquilidad, y una vez lograda esta se puede ir en persecución de la alegría y, en últimas, de la felicidad. Aunque sabes de sobra que eso por aquí, en este país, en este continente y casi casi que en este mundo no se da mucho.
-No, no mucho. Pero hay forma de ser feliz sin dinero, ¿cierto? –preguntó ya un poco doblegado, tal vez por el tedio que se expresó en un ligero bostezo que no logró esconder.
-No sé, de repente sí, pero no se puede acceder a la tranquilidad sin dinero, no a la buena tranquilidad, a la que da la sensación de libertad absoluta. Y en últimas la felicidad sin calma es un carro que anda sin ruedas. Evidentemente no tengo que explicarte lo que es esto.
Adolfo enrojeció levemente.
-Claro que no. Pero sigo creyendo que soy feliz, aunque ya se me olvidó ese sueño de millonario que vive en Europa, ése por el que dejé mi casa y vine aquí cuando era joven.
Anochecía, lentamente la claridad menguaba, se agotaba una vez más el día, llegaba la noche. Incorporándose y yendo con paso lento hacia una neverita don Francisco murmuró:
-Me acuerdo muy bien. Tu ambición tan ingenua, tan fresca, tan indirecta –al tiempo que decía esto sacaba de una gaveta un par de copas y preguntaba ¿vino? Escuchaba un no, gracias como respuesta y sin insistir volvía a guardar una, en la otra escanciaba cuidadosamente el líquido bermejo de una botella-. Yo creo en ese tipo de personas, contra toda lógica, así haya perversos con trabajo más pulcro, a las personas buenas hay que evitarles el contacto con las puertas del cambio, y solo, en la estación en que te recogí, tus buenas intenciones apenas hubieran sobrevivido un par de días. ¿Sabes una cosa? Desde luego que no –se contestó a sí mismo mientras paladeaba el vino, chasqueando la lengua con los dientes-. Me recuerdas mis épocas de colegio; yo no era el estudiante más brillante pero ni de lejos era el lerdo insignia. Bien o mal me acostumbré a ganar siempre. Tenía, en cambio, un amigo que era un optimista ciego, un optimista bueno. Siempre que le preguntaba al salir de un examen qué nota esperaba sacar me respondía cien sobre cien, sin importar cuántas veces hubiese sido el primero en recibir tabla y el sombrero de inútil al siguiente día. Siempre la misma respuesta: cien sobre cien. Yo no sé si eso sea sano, pero es cándido, y la candidez me inspira compasión. No estoy seguro pero creo que, si todos los que ya estamos podridos pero conservamos un poco de cordura hiciéramos más seguido lo que tú haces: no hacer nada, esperar con una obstinación pasiva, no beligerante, dejar vivir; el mundo sería un mejor lugar, un lugar menos malo.
-Usted no está podrido, don Francisco –intentó consolar Adolfo, abandonando sobre la mesa el tercer de cuatro tajos de su segunda naranja-. No diga esas cosas.
-Lo estoy –silbó el viejo, alzando la voz ya con demasiados vinos para su edad-. Yo, a diferencia de ti, he hecho cosas terribles para tener y mantener lo que tengo.
-A lo mejor por eso es que lo tiene y no yo.
-Sí, pero por eso mismo tú, con camisa amarilla que quiere ser blanca, eres mejor persona que yo que me estoy bebiendo este Rivera del Duero en ésta, mi hacienda de diez riveras.
-Eso de ser bueno y de ser malo no se sabe, usted me lo ha dicho: no hay frontera. Yo pienso que lo importante es ser feliz, sígame explicando, mejor, lo de las tensiones. ¿O ya acabamos?
-Pues no –dudó don Francisco-. Pero creí que te estabas aburriendo. Falta la sexual, cosa bien importante, y también creo que se soluciona con dinero, no sólo comprando el sexo, sino porque la tensión sexual se alivia sintiéndose atractivo.
Nuevamente el rostro de Adolfo se arreboló y, confuso, se arrepintió de haber reanudado un tema tan impío.
-Aparte del acto como tal –prosiguió el viejo con la copa inmóvil en la mano-, con dinero se compra una figura, unos trajes, unos tratamientos… Y de todas las cosas que un ser humano es (una masa en el espacio, un número en las estadísticas, un nombre estampado en un registro…) creo que la que más le importa es su imagen, la imagen que sirve para atraer al sexo opuesto, para opacar al propio, para inspirar confianza al hablar y, aunque uno nace con unas facciones predefinidas, éstas sólo se pueden explotar al máximo con dinero. Qué pena si te hablo así, pero mi pensamiento es puramente liberal, a mí me estorban los recatos en las cosas, primero sapo que melindroso. El amor, como tensión, que se genera entre dos personas sólo es liberado mediante el acto sexual que es eso mismo: un momento de tranquilidad, de calma, que es de lo que estamos hablando. Por eso, solucionada la cuestión sexual, el impulso continuo de la libido, con aprobación de la sociedad puede, por fin, nacer la calma en una vida común; lo demás, la conjugación de acompañamiento mutuo y tensión sexual, es lo que conocemos como amor, amor total, y eso se parece a la alegría, que en estos días tanto se confunde con la felicidad. Creo también que lo que más frustra a un ser humano es represar su tensión sexual. Una persona inexperta en estas lides, después de los veinte años, es un exiliado social, un desterrado, alguien triste y, posiblemente, furibundo, nihilista, suicida. Eso se nota a leguas. Por ejemplo sé que Hernando ya no lo es, que usó el dinero como atractivo para liberarse de esa carga, e infiero también que, armado con la confianza de su precocidad, apabulla a los otros, ya no sólo por su superioridad monetaria. ¡Se me está convirtiendo en un ser despreciable este muchachito!
Adolfo, aunque desdeñando la exclamación comprendiendo un poco mejor, recordó la primera noche con Alba, los laxos pechos, las piernas bronceadas y torneadas, la redondez lujuriosa, la sicalíptica saliva. La revivió mentalmente, casi como si volviera a liberar la tensión sexual de que le hablaba el viejo, su viejo jefe. Pensó en su esposa, en si sólo la quería como eso, como un instrumento de liberación, como una adicción.
No, él la quería mucho antes, no con deseo, sino con ese destello de ojos que tienen los mansos, los enamorados (y desesperados), y que no alcanzan a comprender los más intelectuales, los ebrios de ciencia y de lógica.
-Algunas personas –continuó don Francisco-, me parece que más por consuelo que por gozo, dicen que la salud es lo más importante, que no se compra con dinero y que allí encuentran alegría. La salud es importante, desde luego, pero nadie está realmente contento de verse saludable, más bien se entristecen de no estarlo, pero no creo que la receta de la felicidad incluya salud. A riesgo de repetirme voy a decírtelo una vez más: para la felicidad primero debe haber calma, que a su vez se alcanza liberando las tensiones que ya te dije, y un componente, ese sí, en realidad un poco metafísico, un ingrediente que exige cursilería y tontería, aprender a sonreír, ver detalles en las nubes, en las letras; algo que no sé cómo definir, aún no sé cómo definirlo. Algo tan mínimo pero tan crucial que sin él se desmoronaría todo ese castillo de naipes que se tuvo que erigir para obtener la calma. Por lo demás, creo que con ésta ya se tiene un gran terreno ganado, y sin ésta, reitero, es imposible ganar terreno, así se posea ese componente efímero. Ahora sí, contéstame, después de todo esto, ¿crees que eres feliz?
-No sé, señor. Pues, digo, no sé si cumplo con todo eso que me ha dicho, pero sí creo ser feliz, feliz como usted dice: de cartón, pero feliz con mi esposa y mi niño, y creo que también ellos son y van y vamos a ser felices, porque no entendemos qué es serlo, sino que lo somos.
-Qué bueno, los felicito.
-¿Y usted, patrón? ¿Usted es feliz?
-Jajá, jajá. ¡Qué buena pregunta! –exclamó don Francisco, casi saltando-. Después de tanta cátedra me siento como apuñalado por Sócrates. Yo, como te dije antes, sí y no y no sé si soy feliz. Tengo dinero, sí; me adulan, también; y lo del sexo a mi edad ya no es tan grave, ya di muchas vueltas de muchacho. Vivo relativamente tranquilo, pero dos cosas me arruinan el sentirme completo; la primera es que no sé si poseo ese sentido extra de los románticos como tú, ese que te digo que pienso que sirve para sonreír y no sólo reír, como hacemos los que vivimos en la tierra y no en la metáfora del cielo. Poseo, en cambio, algún entendimiento y eso me arruina, entender es una maldición que se empeña en impedir la felicidad, la conciencia es tristeza y mata el optimismo, como dijo Álvaro Mutis: optimista es una persona que no se encuentra lo suficientemente enterada de los hechos. A veces la ignorancia despierta envidia. La otra cosa es que mi hijo, Hernando –el viejo hablaba con los ojos inclinados; Adolfo bajó los suyos al verle-, no me da una paz completa; ése niño no es normal. Yo sé que he hecho cosas malas, cosas reprobables, que merecen arrepentimiento sincero, pero es eso, la capacidad sincera de arrepentimiento lo que me salvaguarda de la maldad. Él no, él, me parece, es maldad pura, cinismo sin rencor, y eso no es lo que yo quiero legar al mundo, eso no es lo que yo quiero que sea mi hijo.
Emborronando con la bota empantanada un charco de jugo, guardando lentamente su navaja en la funda, Adolfo quiso decir algo, pero calló porque no encontró nada adecuado.
-Veo que se acabaron las naranjas –dijo al fin, y esbozó una mueca que pretendía dotar de humor a la frase.
-Sí –contestó don Francisco con una risa fingida de cortesía-, y las mandarinas.
Apenados ambos hombres, sintiéndose vagamente familiares, intercambiaron una mirada fugaz que luego se perdió en mil otras direcciones. Don Francisco, entretanto, sorbía las últimas gotas de su copa. El jornalero por su lado hacía lo propio apiñando y llevando hasta el cesto la multitud de cascos y semillas de naranja que involuntariamente había asperjado sobre y bajo la mesa.
-Ya decidí que no voy a vender la hacienda –anunció el viejo dejando su copa vacía sobre la mesa y levantándose.
Adolfo no pudo evitar una sonrisa muy sincera, muy parecida a la felicidad.
-No sabe cuánto me alegro, don Francisco. No sé cómo pagarle.
-Jajá, hombre Adolfo, quien te oyera dudaría de que aquí el que paga soy yo.
-Bueno, yo me voy yendo, patrón, ya cayó la noche y se me está haciendo tarde, va siendo hora de comida.
-No hace falta que te vayas, Adolfo, bien puedes pasar la noche acá en la hacienda.
-Muchas gracias, patrón, pero ya sabe usted, me esperan Alba y Manuelito.
Inexperto en toda suerte de súplicas don Francisco asintió sin más palabras.
Luego de un ligero apretón de manos, de enviar saludes a la familia de Adolfo y de sellar el compromiso de verse a la misma hora al día siguiente partieron ambos, uno hacia la casa de la izquierda, hacia su mullida alcoba y el otro, cruzando el césped, sobre la senda entre la bruma. El hombre un poco menos torpe, el viejo un poco más indulgente.
Y en la sala no quedó sino el silencio.
Comentarios
Mi teoría de toda norma, y entiéndase todas las normas, las de trafico, legales, ortográfica etc, es que estas no tienen que ser fijadas como una dictadura a cumplise como una doctrina, si no que se deben de adaptar a la cuestión por las que fueron creadas, es decir, y pongo quizás un mal ejemplo, pero no se me ocurre otro.
Si se dicta por ley que se ha de circular en todas las carreteras fuera del casco urbano a 80 Km/h, ¿porque esta norma tiene ser inamovible en
todas las horas del dia y sea cual fuere la densidad del trafico rodado? igualmente los semáforos ciudadanos ¿porque tienen que cumplir a rajatabla una secuencia de paso, indiferentemente a afluencia de coches?.
Siguiendo esta teoría me pregunto desde mi lejano conocimiento literario, ¿porque no podemos adaptar las normas ortográficas a según que texto escribimos y a criterio de su creador.
Creo que la libertad y al democracia también tienen que llegar a las artes y a las ciencias.
Saludos de Rocinante
Si hablamos de ortografía, y créame que le corrijo con el mayor de los respetos, sin saña, no pregunte nunca con el 'porque' junto, porque ése es para justificar, hágalo con el por qué separado y con tilde en la E. La norma se creó para evitar confusiones (para que las frases no se prestaran a equívocos, si se pone usted a pensar hay una infinidad de frases que si no se diferencian en esas tonterías ortográficas resultan ilegibles) no para discriminar.
Yo también le encuentro algunas, pero digo yo que doctores tiene la iglesia, y además como voy yo corregirle, a Ud. que seguramente tendrá la carrera de Filosofía, Fillogia. Literatura, Ciencias y artes varias.
En la cultura hay clases, y ud.la tiene sin duda, la suya por lo menos es
de primera especial de carrera, por las carreras, digo que habrá cursado.
Y ya puestos, algún día le contaré como era mi universidad, mis profesores y las materias que se impartían en ella.
Aprovecho para felicitarles las fiestas, y desearle salud y prosperidad para estos días,y para todos los años que Dios, o la naturaleza tenga a bien regalarle .
Saludos de Rocinante
¿Qué diremos del mensaje? Que se escuda usted demasiado en el triste y vetusto argumento de que nadie es perfecto, y olvida o acaso ignora que esa convicción se la debe a su fe (que yo no comparto, aunque viva consciente de que la perfección es un fin inalcanzable), a la creencia ciega de que hay algo siempre arriba y por lo mismo a la idea, a la utopía amorfa, de una perfección aplastante. Es tonto porque es el argumento del criminal que habiendo mutilado un cuerpo se voltea y con un fulgor apagado en los ojos pregunta a los miembros del jurado, que de cuando en cuando sueltan mentiras y roban centavos: ¿y es que ustedes son perfectos?
Luego este mismo criminal se encoge y derrama una lágrima, en una exhibición desmedida de patetismo, alza los ojos al cielo, la lágrima brillando en su índice, y brama con todas sus fuerzas: que esté libre de pecado el que tire la primera piedra.
Le voy a explicar: el error del porqué no es el único que le veo, pero fue el único que me importó de los tantos que le vi. ¿Por qué? Pues porque de los que me tomé el trabajo de analizar (que tampoco fueron tantos) es el único que reiteradamente entorpece la comunicación, y las reglas ortográficas están establecidas para lo contrario, precisamente: para facilitar la comunicación y evitar que las frases se presten a equívocos inoficiosos. Le corrijo ése porque cada vez que lo encuentro debo detenerme tontamente a meditar cuál de todas las formas del porqué quería usted usar y así pierdo valioso tiempo (y pierde tiempo todo el que lo lea) que debería estar empleando en desentrañar lo que quiere decir y no cómo lo quiere decir. No le corregiría, digamos, una tilde en la palabra utopía porque, salvo el caso de alguien que no la conozca y desee aprender a pronunciarla o el caso aún más extraño de alguien que apenas esté aprendiendo español (digamos un forero francés, un italiano) y deba guiarse siempre por los acentos, nadie se confundiría leyéndola y por tanto aquí, si quiere ver un poco, termino aplicando la tan mentada (y por usted invocada) democracia.
Democracia no es, por otro lado, violar en un foro de literatura las leyes establecidas por la Real Academia. No sé, entonces, cuál es la forma de gobierno que invoca. ¿Anarquía, tal vez?
Ahora bien, con ese argumento que ya he dicho resulta triste y vetusto se empeña usted en otra cosa: en trasladarme a su mismo plano gramatical, en insinuar que mis errores son iguales a los suyos, y se equivoca de lleno, por razones igualmente obvias (me disculpa el forero culto que se encuentre leyendo estas explicaciones tan absurdas, pero ya se ve…). Sus errores, que intenta justificar desdeñando la rígida ortografía (como el jovencito lerdo de ultraizquierda que encuentra en el estado –y en el estado así: a secas- la justificación de su pobreza, de su estulticia y de su tristeza), son no sólo consentidos sino, aparentemente, ostentados. Los míos, en cambio, resultarían siempre involuntarios pues lo he dicho muchas veces (y en vez de enfurecerme agradezco siempre que me corrigen con razón), me parece que alguien que desee escribir debe preocuparse por hacerlo pulcramente (el consejo contrario, el que usted da, se me antoja cáustico: pequeños aprendices que entran a mi foro, no se preocupen de aprender a escribir bien: escriban. ¿No le suena como a taumaturgo de quinta, como a folletín de juglar?). De cuando en cuando (o hasta de cuando en cuando en cuando) se me cuela alguna errata pero siempre sucede por descuido, no porque yo no haya querido tomarme el trabajo de escribir correctamente para quien me lee sino porque no lo han logrado mis ojos. Puede incluso que desconozca alguna norma, lo que no sería raro pues no dudo en calificarme de amateur (además de Bartleby: escribo para mí mismo, la forma bartleby de Borges, en su vertiente casi absoluta). Estoy, como están la mayoría de los que aquí están, en pleno desarrollo de mi herramienta literaria, no pretendo ser erudito en temas ortográficos, pero eso de ninguna manera me coloca en el mismo plano de infortunio que quien se precia de despreciar lo que no domina.
Hay normas tontas, desde luego, que no facilitan la comprensión escrita y dificultan en cambio la cognoscitiva y que son, presumo, las que usted quiere atacar, normas obsoletas (que verá, con el tiempo, si estudia un poco la Lengua, terminan convirtiéndose en licencias). Pero no generalice atacando a la ortografía en pleno, que la generalización es propia de idiotas, y por lo que se advierte de sus malheridos comentarios eso es lo contrario a lo que desea ser (e incluso es lo contrario a lo que se ufana equivocadamente de no ser). Ciertamente la ortografía se ha actualizado, se reforma continuamente a incluso se transgrede, pero nunca a tontas o a locas.
Recuerdo por ejemplo que un poeta que usted debería conocer mejor que yo, tal vez José María Valverde, decidió reemplazar todas las ges por jotas con el pretexto de que su consonancia no se prestaba para equivocaciones y por tanto podía leerse perfectamente normal. Así pues a Valverde, como le sobraba la ge en el alfabeto (ojalá sea Valverde, no recuerdo, lo más que recuerdo es que es español; ¡ayúdame Castellorizón!), en vez de escribir gigante escribía jijante, y no hubo forma de decirle lo contrario. Yo por ejemplo desdeño el abuso de una vertiente de la ley de las mayúsculas, el que en un relato haya que decir la Universidad o el Hombre, como si el lector fuera lo suficientemente tonto como para no poder inferir si se habla en términos plurales o particulares. No la aplico bajo el supuesto de que en la normalidad se haya mucha de la sustancia que el lector puede sustraer del texto, pero esto nunca será compatible con escribir espazio en vez de espacio o ves en vez de vez. No era de lo que trataba la aclaración, pero bien, es posible, en un universo acelerado, que no me haya comprendido. Con esto, creo, queda claramente definida la diferencia entre la ortografía modificable y la ortografía necesaria. Pero volvamos a lo nuestro.
Otro de esos puntos infantiles que de alguna manera me ofenden es la rabia absurda que usted tiene contra las carreras de los foreros. Rabia que además exhibe sin ton ni son, pues nada en mis comentarios, hasta ahora, daba para sacarla a flote. Es usted un autodidacta, bien. Que tampoco ha sido un autodidacta demasiado riguroso, es claro. Pero no ose creer que en ello encuentra una tragedia sofoclea, si cada quien se desgarrara las vestiduras al igual que usted lo hace con el sencillo (para mí sencillísimo) percance de no haber podido ingresar a la educación superior ya veríamos bien con cuántas desgracias convive la gente, desgracias mucho más apremiantes que la necesidad de verse res en el vacuno universo del estudio universitario. Se me ocurre que debería citarle algunos personajes ilustres (y respetables, respetabilísimos) que han llegado a serlo sin título universitario. Albert Einstein (como para comenzar bien esnobistas), García Márquez, Juan Gossaín… Pero no, se me acaba de ocurrir que no es buena idea limitar mi argumento a una lista de personajes, aunque esto le dificulte, y tal vez le vede por completo la comprensión del mismo. Lamento decirlo de una forma tan cruda pero cierto es que su quejumbre, por reiterada, ha terminado disgustándome.
¿Qué demonios pudo haberlo instigado a restregarme en la cara, como si ello fuera una condición reprochable, que yo tengo varias carreras y usted ninguna, o una muy pobre? ¿Cree en realidad que su absurda situación de iletrado forzoso lo convierte en víctima de quienes de alguna u otra forma (no crea que para todos ha sido fácil ni que a todos nos ha guiado la luz del dinero) han logrado lo que usted no? ¿No le parece patética y torpe esa rabia contra quienes no son autodidactas? Pues bien, sépalo de una vez que yo, como, apuesto, la mayoría de las plumas decentes (tres o cuatro a lo sumo, salvo el caso Zanbar) con que cuenta usted en este foro, no estudié literatura ni filosofía ni filología ni tan siquiera psicología. Estoy apunto de graduarme en tecnología de Sistemas y ando apenas comenzando Administración de Empresas y Economía. No he venido nunca, sin embargo, a citarle a Smith o a Chevallier, lo hago con Víctor Hugo, con De Quincey y con Mauriac. No vengo a hablarle (además porque no me gusta hablar de eso) de balanzas cambiarias ni de pishing o de keyroots; le hablo en cambio de versos, de formas simétricas y armónicas, e incluso de temas más universales, como éste, que pretendía versar sobre la felicidad y terminó siendo una perorata en contra de la infelicidad, en contra de su infelicidad. ¿Alguna vez, salvo ésta en la que la tontería me lo reclama, me ha visto restregarle a algún forero mis conocimientos en la cara, la educación que haya logrado adquirir? Usted en cambio siempre pretende recostar su autodidactismo, demostrarse digno de lástima, despertar cuando menos sentimientos de culpa en quienes han estudiado en instituciones. Cualquiera diría que tiene algo qué decir en contra de estos individuos (algo por demás sin trascendencia, referente a su tragedia personal). Dígalo de una vez, y luego cállelo para siempre; no aburra al mundo con desahogos paulatinos. Su hazaña (si consiente en llamarle así) no es más grande que la del común de los mortales, no necesita ser narrada, no al menos si lo va a hacer como parece que lo va a hacer. A eso precisamente se refería De Quincey con su frase: uno no viene a este mundo a molestar, a poner su carga en hombros ajenos, cada quien tiene su infierno, de eso se trata la cordura, la sensibilidad inglesa, de no dejar que las llamas de nuestro infierno calcinen los ocupantes del vecino. De cualquier modo su respuesta, dictada por la ignorancia, fue también desmedida. Si usted supiera quién fue Thomas De Quincey le hubiera resultado mucho más fácil atacarlo a él personalmente que despotricar contra la estúpida cultura inglesa (por lo que veo nunca se enteró de la edición que le hice al mensaje puesto que le faltó atacar a la estúpida cultura francesa). No voy a ponerme entre su espada y los ingleses, pero sabrá la historia quién es más estúpido, si Mauriac y De Quincey o Rocinante, el soberbio administrador de FDL. Por otra parte (yo siempre me voy por otra parte) aquí no pesan más los sesudos, como les llama Zanbar, pesan más los analíticos, los que analizan mejor (que casualmente suelen ser los sesudos, por cosas de la experiencia, ¿no cree usted que es así, Rocinante?).
¿Qué más tengo que decirle, ya que me tomé el trabajo de entablar una discusión con usted? Que no vea en todo esto lo que no es, un ataque colérico, enójese con la fiebre y no con el termómetro que la mide. ¿Qué otra cosa? Que usted ama la autocracia y no la democracia como dice, eso lo demuestra la impopularidad de su administración. ¿Quiere probarlo (que es impopular, digo)? Apuesto diez a uno a que no ganaría y ni siquiera empataría unos comicios interforeros contra un candidato medianamente sociable. Y no es sólo que no los gane, el problema de la impopularidad no es la impopularidad misma sino el debilitamiento que esto acarrea sobre su autoridad y, en últimas, sobre el foro completo pues foreros, como usted dice, muy válidos, terminan marchándose o atacándolo con furia nihilista.
No han partido todos, es verdad; quedan muchos. Lo del barco fantasma, entonces, no es cierto de plano, pero si se fija usted, señor moderador, quienes han partido (libremente, no los banneados, aunque también algunos de los banneados) a causa del tedio que les produce su administración (y no digo que lo haga con saña, premeditadamente, sino que en esto ha derivado) son precisamente aquellos cuya opinión es de un carácter indiscutiblemente fuerte, aquellos críticos un tanto destructivos pero decididamente inteligentes, tal vez mucho más inteligentes que los que quedamos.
¿Pero qué es lo que lo vuelve impopular, a cuento de qué la gente se queja? ¿Será que somos una parranda de revoltosos daña-foros que no anhelan otra cosa que su renuncia y el cierre de este sitio? No seamos ingenuos, por favor. Hay mucho más en esto que un cuento de caballeros negros y caballeros blancos. O bueno, tal vez no hay tanto, tal vez basta con decir que a ojos de los participantes, o cuando menos de muchos participantes, o cuando menos a mis ojos, que son participantes, su administración resulta arbitraria, mucho más allá que autocrática (lo que sería comprensible). El problema no es complejo, pero tampoco bipolar, no pretenda verlo así o nunca lo va a comprender.
Cosas como la amenaza tan folclórica que le despachó a Roberto Carlos por el mero hecho de atreverse a decir que últimamente este foro parecía tener muy poca participación (que parecía un barco fantasma, lo que es una apreciación totalmente válida, por lo subjetivo del juicio), la otra amenaza, más tajante, y el posterior banneo que tuvo que enfrentar Bohr por decir otra cosa que es innegable a vista de muchas personas: que usted se atreve a editar y a borrar los mensajes. Cierto es que Bohr lo hizo de una forma rimbombante, que optaba mucho más por el grito rebelde, por el tambor, que por la lira y la razón, pero no mentía. Cierto es también que en una democracia la protesta es un elemento legítimo de oposición. Si usted amara tan vehementemente como dice la democracia lo sabría y entendería que el solo grito no le daña, le daña mucho más cometer el desafuero de silenciarlo. De Bohr por tanto digo que es cierta su afirmación porque a mí usted me ha editado (y borrado) mensajes, también de una manera bastante folclórica, intentando ridiculizar mis puntos de vista, argumentando sobre mis propios argumentos. Y dice a renglón seguido que se ha realizado una investigación exhaustiva y que no se han encontrado pruebas del delito, que de ser cierto sería muy grave. Claro, señores: busquen una prueba de que ya no hay nada, verán cómo les resulta. Los banneos a diestra y siniestra, las continuas amenazas, las mentiras (porque, entiéndalo de una vez, la administración de un foro dista mucho de la de un estado, aquí esa diplomacia eufemística de negar o esconder las fallas a toda costa no debería tener cabida). Todo eso, señor Rocinante, convierten su administración no sólo en una administración dictatorial (cosa muy propia de estos foros) sino en una administración tiránica, vesánica.
Como no es raro, y como hizo con la primera respuesta que le di, usted no responderá nada de lo que le pregunto ni refutará mis argumentos (precisamente por eso esta respuesta tan airada, porque a lo que yo lo invité fue a que leyera nuevamente la aclaración y la comentara, no a que aprovechara mi tema para hacernos sentir compasión por su pobre alma desamparada y autodidacta), seguramente saldrá, en reemplazo del ya herido Nadie es perfecto, con un Sólo sé que nada sé. No me extrañaría que se indigne, que se sienta insultado en lo más profundo de su alma, más todavía que aquella vez en que amigablemente le llamé don Caballo, que es como si a mí me hubiesen llamado don Nombre raro o don Doble equis, casi como (y caray que hace un buen tiempo que no encontraba alguien inteligente que armara escándalo por esto) le hubiera mentado a su madre. Pero piénselo, señor, que si pienso lo que pienso es porque usted hace lo que hace, y no al contrario. A lo mejor borra el mensaje, a lo mejor me borra a mí, no sé, pero haga lo que haga no se atreva a amenazarme, señor Rocinante, que no le temo ni le necesito, y tampoco le insulto puesto que no le detesto, le pongo un espejo ante su propia y soberana cara para que vea usted cuál es el resultado de lo que hace, cómo desdibuja día a día, acción a acción, la imagen que debería tener alguien que, además de querer ser intelectual, quiere administrar los comentarios de otros igual o más inteligentes que él mismo.
PD: Ya que a usted le gustan tanto las sugerencias, las cosas constructivas, sepa que también puedo dárselas, las soluciones a estos resultados corrosivos que causa con su actitud. Mi objetivo no es destruirlo, ni destruirle su foro, le reitero, no explique las cosas de manera tan simple, tan simplista; no pretenda ver el mundo como una cinta de Hollywood en la que usted, el personaje bueno del cuento, a cada tanto se anda topando con seres destructores sin mayor finalidad, sin mayor sustento que la maldad que por dentro los impulsa a destruir o a corromper a la gente buena.
¿Es un autodidacta sin aplomo? No se vanaglorie de serlo, no si no está dispuesto a que lo humillen por tal cosa, no si no le gustaría que alguien mucho más culto que usted venga y le borre todo su progreso de un plumazo. Decir ‘miren todo lo que yo he logrado por mí mismo’ es el equivalente a decir, en palabras soberbias, ‘pobres tontos que están debajo de mí y que no pueden lo que yo puedo’. No tengo tiempo para demostrarle cabalmente esto pero pienso que usted, con un poco de reflexión, puede llegar a saber si es o no cierto. Créame que lo mejor que tiene para contar no son sus desgracias. Cualquier verdulera cuenta con deleite sus desgracias, lo mejor que usted tiene son sus análisis.
¿Todavía ignora muchas cosas, se retira de las discusiones diciendo: ay, bueno, ustedes saben más, lo acepto? Lea. Lea mucho más, y analice. Estudie realmente, si va a ser un autodidacta más le vale ser uno bueno, y siempre hay tiempo: hay que leer en la buseta, a la hora de la comida, no ver tanto Vaya semanita, Neng y los Batasunis (¿se escribe así?) y dedicarle más tiempo a Diderot y a Marcuse. Si quiere confidencias (a usted le gustan las confidencias, ¿no es cierto, Rocinante?), mis profesores de literatura (los del colegio, claro, ya le aclaré que no estudié letras) fueron todos unos ignorantes que a duras penas lograron explicarme qué era un verbo y un sustantivo. Y como no sólo fueron profesores míos le apuesto a que así le pasa a muchos, a muchísimos de sus foreros, e incluso a muchos de los escritores que la gente, y la historia que tiene mejor gusto que la gente, admira. No obstante los grandes, los que aún viven, viven precisamente porque no se quedaron llorando sobre la leche derramada, sobre la imposibilidad de pagar la educación que sí pagaron otros. Maupassant fue un gran escritor porque tuvo como maestro a Flaubert, pero Poe también lo fue teniendo como maestro la miseria. Digamos más, fueron algo todavía mejor que un escritor: fueron grandes pensadores. Nadie se ufana de haber aprendido, por supuesto: demuestran que aprendieron, demuestran que en realidad son mejores, pese a que tuvieron que birlar las llamas de sus infiernos (Maupassant se disparó, dos veces, en la cabeza, cuando murió tenía miedo a escribir y ser mortal y Poe murió ebrio y solo, en la más absoluta miseria).
¿Su administración es impopular, le agravian personalmente por las decisiones que toma, le insultan a su madre? A lo mejor ya no lo puede corregir, por todo el tiempo que ha transcurrido, pero desde el principio fue un error (y un error que yo mismo alabé, me retracto) el haber mezclado su personaje como forero con su personaje como moderador. No se retire, no hace falta, pero lo más sano habría sido crear un personaje que pudiera expresar libremente su opinión, que discutiera igualmente con los demás y que no tuviera privilegios especiales. Con otro habría podido ser el moderador, que tiene (y esto lo debería tener muy claro) que cumplir estrictamente con sus funciones y no con sus caprichos personales, retirando a quien sin ton ni son use palabras soeces y no a quien le contradiga fuertemente o a quien diga sandeces (sandeces dice usted, sandeces digo yo, sandeces decimos todos: nadie es perfecto). Involucrarse en una discusión plebeya, para una autoridad, por nimio que sea su rango, es siempre irracionalmente temerario. Quedaría de todos modos la sensación de que es injusto el que usted regule mentes más prominentes que la suya, pero como supongo que una dirección colegiada, o democrática, es una utopía en estos foros mejor ni lo propongo.
Un par de gratuitas, aunque de repente repetitivas: cuando bannee asegúrese de que vale la pena, de que la falta es socialmente repudiable y no personalmente molesta.
No amenace, nunca y por nada. Contrario a la protesta para el pueblo la amenaza no es un instrumento legítimo de la autoridad, la autoridad vela porque se cumplan las reglas que se establecen, aún si ellas recaen en sí misma. El grito y el desenfado son legítimos, lo sostengo, pero dependiendo de qué digan y de quién los emita pueden resultar bochornosos o tronantes; usted es un moderador válido, no un mafioso que tiene que sustentar su autoridad fomentando el miedo a contradecirle.
La edición y eliminación arbitraria de los mensajes es un yerro del que no cabe sino retractarse, espero lo haga, o mejor dicho no lo espero, ya ve que pese a que lo estimo porque evidentemente no hace lo que hace con maldad tengo una imagen muy pobre de cómo puede reaccionar, no espero que sustraiga y aprenda usted gran cosa de este comentario tan extenso, aguardo más bien el golpe furibundo de su látigo caliente.