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Me
encuentro al final de mi largo
viaje y no puedo
malgastar
energía en comunicaciones
inútiles.
Está todo dicho. Está todo ya
decidido.
Pero ninguno de nosotros lo
sabe aún.
Y todos,
hasta los más rezagados,
continuamos avanzando ciegamente
sin preguntarnos si
alcanzaremos nuestro objetivo.
No hay vuelta atrás.
Nuestra misión es clara y las órdenes que nos fuerzan a cumplirla son inapelables. Debemos salvar la esencia genética del mundo del que procedemos, conseguir replicarla en otro lejano y diferente, para así seguir añadiendo eslabones a la cadena de vida que nos ha traído hasta aquí.
Mis probabilidades de éxito son cercanas a cero. Aun así, los exquisitos sensores con los que está equipada la cápsula en que viajo detectan mi destino. Hay otros que lo hacen casi al mismo tiempo. Pero yo soy el primero en presentar mis credenciales, en atraer la atención de este extraño mundo que me franquea el paso y, al mismo tiempo, impide el de todos los demás.
En cuanto atravieso el umbral, duplico mi ADN y, mientras mis 23 cromosomas encuentran su pareja de baile en el huso del futuro cigoto, dejo de existir.
Comentarios
En cuanto al final, es brillante. Reúne el "extrañamiento" de la ciencia ficción y la paradoja filosófica de la identidad después de pasar el "umbral" que lo interpreto como a una maquina de teletrasportación. El cierre es preciso; la metáfora tiene mucha fuerza porque asocia la belleza de la danza con la duplicación del ADN y, seguidamente, rompe en seco con "dejo de existir".