Sierra Norte de Sevilla, viernes 13 mayo 1927
En lo más hondo de la región y próximo a Cerro del Hierro,
una extraña silueta volaba bajo el violento temporal que azotaba aquel
histórico punto de la Sierra Norte de Sevilla.
Tan abominable presencia, se
sentía dueña de las sombras y parecía bailar entre el fuerte viento y la densa
lluvia que a esa hora de la madrugada se oían en cada techo de la aldea.
Para este ente sólo era un juego, pero para todos los demás eran fichas en su
tablero. Él siempre decidía cuándo y a quién atacar, y esa noche tenía la
certeza de que iba a incluir una nueva víctima a su ya extenso listado funesto.
Moviendo sus largas y gruesas orejas, ésta terrorífica cabeza avanzaba
velozmente dando gritos de alegría, sabiendo que sus peculiares gritos iban a
causar pavor a quienes los oyese, y con un demencial gesto, impregnado en su
cara, gritaba y hacía resonar su voz en cada rincón de aquel escondido pero
histórico lugar serrano.
Mientras el ruin grito retumbaba bajo la torrencial lluvia, un angustiado
hombre se retorcía en su cama, sabiendo que pronto iba a llegar su fin: su
sentencia había sido firmada, no le quedaba más que esperar. Y con el terror recorriéndole
todo al cuerpo, como un furtivo parásito, miraba la ventana de su cuarto y
buscaba la centenaria higuera que se estremecía friolera por el temporal. Este
devastado hombre no tenía dudas de que iba a posarse en una de sus gruesas
ramas su horrible e implacable verdugo.
El desolado varón que se retorcía en la cama era Pepe Trigo, “el Pillo” como le
decían en la aldea; nacido y criado en el lugar; quería a su tierra tanto como
a su hijo. No había cerro que no conocía, era un auténtico hijo de la tierra.
Había visto todo en su vida, pero no estaba preparado para lo que iba a ver en
estos últimos días.
Pepe había escuchado fantasmagóricos relatos de historias que circulaban en
cada rincón de cada aldea, los cuales nacían bajo el alero de un abrigador
brasero y un exquisito aguardiente. Pero no le daba importancia, sólo los veía
como macabros lances que servían de comidilla. Pero unas horas antes, todo
había cambiado, y junto a la lluvia que en ese momento cubría la aldea, el
espíritu de Pepe se anegaba de momentos de terror. Comenzaba a recordar la
reunión del día anterior, que esos absurdos relatos dejaban de ser mera
fantasía para convertirse en pesadilla. Recordaba que ese día había llegado
temprano a la casa de su compadre Montes, o “el Tip”, como le motejaban sus compañeros.
Y después llegaba el resto de los amigos: “el Cai”, “el Mico”, “el Leo”, “el
Pari” y “el Tori”. Se juntaban en la mesa que estaba en el patio de la casa de
“el Tip”, para compartir aguardiente, música y “la imprescindible rayita”,
además de un suculento conejo en salsa, el cual servía para coronar la amistosa
reunión.
Ese invernal anochecer, discurría entre charlas
variadas, pero el tema principal era recordar el buen caletre que habían tenido
en la última cacería de conejos. Pepe disfrutaba de esas reuniones.
Después de todo, ese grupo era una parte fundamental en su vida. Y así, entre
anécdotas y chistes verdes, la noche se iba adueñando del lugar, y uno a uno de
los amigos se iban yendo de la casa de “el Tip”; algunos, obligados por el
frío, y otros, por los efectos del aguardiente, y mientras acababa la jornada,
sólo quedaba el dueño de la casa y Pepe, que estaba pasado de copas, y él
también, pero no quería irse porque habían empezado una mano de tute y ahora el
juego tenía más emoción porque habían apostado una pechuga de paloma con tomate
frito.
El tiempo avanzaba y la mano de tute estaba empatada, y las raciones
de aguardiente habían aumentado a grandes sorbos. Pero, de pronto, una inusual
polvareda se alzaba en la calle, dando paso a un extraño remolino que danzaba
sin control durante algunos segundos y terminaba violentamente sobre el portón
de la casa de “el Tip”. Pepe no se preocupaba, se levantaba de la silla y
recogía los naipes que el insólito viento había desperdigado fuera de la mesa.
Cuando regresaba se encontraba con un encorvado anciano, que los
miraba desde el portón. “El Tip” se percataba de la presencia del anciano, pero
para verlo mejor, se levantaba y encendía la luz que daba al portón. Lo primero
que llamaba la atención de Pepe era el elegante traje negro que vestía, parecía
como si lo estuviese estrenando; no tenía una arruga, pero su traje contrastaba
con el tono del ajado sombrero negro que cubría sus enmarañadas canas. Otro raro
detalle era que, aun el vendaval que arreciaba, los zapatos que calzaba estaban
impecables, ni una partícula de polvo, ni una gota de agua; por contra, brillaban.
Pero lo que más intrigaba a Pepe era el rostro del anciano, que delataba menos
edad de la que representaba su encorvada figura y su encanecida cabellera.
—¡Buenas, ¿cómo va esa partidita?! -decía el anciano, interrumpiendo el pensamiento que había nacido de la mente de Pepe.
—Bien -respondía “el Tip”, acercándose al portón.
—¿Serían tan amables de darme algo de beber? Esta larga caminata
nocturna me tiene sediento –dijo, con un desgastado y trémulo tono de voz,
haciendo notar ahora su avanzada edad.
Se apoyaba en el portón, y una burlesca sonrisa se dibujaba en
su peculiar expresión.
—No tenemos nada, abuelo. Siga su camino –le dijo Pepe, tratando de no detener su peleada mano de
tute.
—Sí tenemos. Pase. El portón está abierto -le dijo “el Tip”, con
un indisimulado nerviosismo, anulando las palabras de Pepe.
Pepe miraba extrañado a “el Tip” y le hacía gestos como
preguntándole qué estaba haciendo. “El Tip” movía la cabeza de un lado a otro y
hundía los ojos en el suelo. Pepe seguía sin entender qué era lo que estaba ocurriendo,
hasta que finalmente el anciano abría el portón y entraba.
Con paso lento se acercaba a la mesa y dejaba su ajado sombrero negro al lado de la baraja de
cartas. Mientras se sentaba, le lanzaba a Pepe una malévola mirada.
—No tenemos vino, buen hombre, pero sírvase este aguardiente –le dijo “el Tip”,
acercándole una copita de cristal
—Ya veo que usted es más amable que su amigo –le decía el anciano,
con una penetrante mirada clavada en Pepe.
Pepe, que no acertaba a diferenciar si la mirada del anciano encerraba mueca de burla u odio, miraba a “el Tip”, y éste, con un gesto de mano le
pedía que se serenase. Pero el anciano seguía con la mirada en Pepe. Después
de unos segundos, Pepe empezaba a sentir un extraño cosquilleo en el cuerpo,
como si lo recorriese una pequeña descarga eléctrica.
Pasados unos minutos, un suave susurro empezaba a extenderse por
el interior de su cabeza, pero incapaz era Pepe de descifrar lo que oía. Un
minuto más, y un punzante brillo en los ojos del anciano le hacía sentir un
escalofrío; el terror invadía todo su cuerpo, como un fulminante relámpago,
dejándolo inmóvil. Pepe recordaba ahora quien era aquel misterioso anciano, que
siempre llevaba el mismo sombrero.
—¡Bueno es su aguardiente, sí señor! Pero ya me voy para que sigan con
su manita de tute. ¡Ah, muchas gracias!
-sigue y termina en página siguiente-
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Y dicho esto, cogía su sombrero, se levantaba de la silla y con el mismo paso lento de su entrada se iba alejando. Pero antes de cerrar el portón, hacía una irónica reverencia con sombrero en mano, y con un: “pronto nos veremos de nuevo”, les daba la espalda y salía por donde había entrado, dejando en silencio a Pepe y a “el Tip”.
El sonido del viento y la violenta lluvia que aún caía sacaban a Pepe el recuerdo de ese fatídico día. Con desconsuelo, miraba hacia la ventana de su cuarto y volvía a la realidad, como un reproche golpeándole la cabeza y de igual manera que las gotas de agua impactaban en los cristales de su ventana. Sabía que él era el culpable de todo, víctima de su incredulidad; no debía de haberle negado algo de beber a aquel anciano. Debía de haber recordado que era un maléfico brujo, pero no lo recordaba y con semejante olvido firmaba su sentencia.
En el momento en que el temporal amenazaba con arrasar con todo a su paso, la mortal hora estaba a punto de llegar.
Con las pocas fuerzas que le quedaban a Pepe, miraba su cuarto, y cómo una gigantesca bola de luz, millares de imágenes pasaban por su mente. Se veía corriendo, como inocente niño, por los caminos de tierra de su pueblo; recordaba el primer beso que le había dado la mujer que iba a ser, un año más tarde, la madre de su único hijo; oía el llanto de su nieto, y con la emoción empañándole el alma, miraba la ventana, sabiendo que al otro lado estaba el maléfico mito viviente esperándolo en la higuera. Pero ahora no era un anciano, se había convertido en un siniestro Lucifer.
Bajo la tupida lluvia estaba aquella perversa leyenda que, con gesto alegre, miraba a Pepe por última vez, el cual cerraba los ojos y sus angustiadas lágrimas caían a través de sus mejillas. En el instante en que las lágrimas empapaban la almohada, un grito maligno retumbaba en toda la aldea, y con cántico de brujo, como un trágico remate final, un ajado sombrero negro caía de la higuera y se convertía en una fétida rama negra.
Iba a más el violento temporal, hasta que finalmente... Pepe Trigo, alias “el Pillo”, moría calcinado.
A Chávez López
Sevilla abril 2026
Gracias por leerme y por colaborar en el foro.
¿Eres sevillano?
Escribiendo e incluso hablando soy un maníaco de los adjetivos. Con ellos matizo más.
No utilizo plataformas de revisión ortográfica, ni siquiera corrector Google. Presumo (modestia aparte) de saber respetar la ortografía y la puntuación.
Me he inscrito en esto. Gracias
https://www.escritores.org/recursos-para-escritores/41579-iv-premios-astarte
Saludos desde Sevilla (España)
-o-
¿Y a quién no?
Saludos para ti y para Barcelona, gran urbe la capital de Cataluña.
Sierra Norte de Sevilla
Gracias por leerme y por colaborar en el foro.
Saludos