Que bien que regresas con tu historia, a ver si ahora si colocas capítulos mas seguido, por que eso así cada mil años, como que se pierde la continuidad.
Que bien que regresas con tu historia, a ver si ahora si colocas capítulos mas seguido, por que eso así cada mil años, como que se pierde la continuidad.
Pues sí. Me he acordado de pronto, y voy a intentar terminar la obra
Era Escalope. Llevaba las manos a la
espalda, preocupado.
-Dice que está de servicio ¡que está de
servicio! El taxista no viene porque está de servicio ¿qué les
parece?
-Entonces ¿somos libres?- preguntó
José.
-Pues ganas me dan, no crean que no... Un
momento, usted también se ha delatado.
-¡Qué más da!
-¡Ajá! Sabía que son españoles.
-Enhorabuena- dije, sin mucho interés.
-Esto marcha- añadió, frotándose las
manos.
-¿Somos o no somos libres?
-Esperaremos a mañana. Pero si el
taxista no viene tendré que dejarles en libertad. Con cargos,
naturalmente.
-Muchas gracias.
-La ley me obliga. Por otro lado...
Rodeó a José.
-Aquí pasa algo raro.
-¿El qué?
-No lo sé. Pero voy a descubrirlo.
Saque las manos de los bolsillos.
-Señor Escalope...- interrumpió
Pina.
-¡Que no me llame así!
-Pero usted dijo...
-Sé lo que dije. Pero era una
estrategia para engañarles. Aquí nadie me llama Escalope. Y si
alguien lo hace... ¡lo fusilo! ¿Está claro?
-Está claro.
-Y usted, ¡vamos! Saque las manos de
los bolsillos.
José miraba a María. Ésta se encogió
de hombros.
-Haz lo que te dice.
José sacó las manos de los bolsillos.
-¡Ajá! Lo que yo decía. Usted
apareció aquí con un anillo en su mano derecha.
-Eh, la verdad es que no.
-No, señor Escalo...- Pina se detuvo
en mitad de la palabra.
-¿Qué les he dicho? ¡Que le den cien
latigazos a esta mujer! Bah, y ni siquiera podemos hacerlo, no es
legal ¡Puta democracia!
Sacó un pañuelo del bolsillo y se
sonó los mocos.
-Bien, bien. En realidad la historia
del anillo no tiene ninguna importancia. En cambioooo- gritó- en
cambio la paliza y posterior robo a un taxista es un grave delito.
-¿Robo?
-Sí señor, robo. Es decir, no sé si
aparece en la denuncia, pero obviamente tuvo lugar un robo, si no
¿para qué golpear al taxista? ¿No les parece?
-Probablemente- dije yo, sin énfasis.
-De acuerdo. Que les vaya bien. Nos
vemos esta noche.
Escalope salió. María permanecía
sentada, pensativa.
-¡Los zapatos!- dijo de pronto.
-¿Qué?
-Cambiad los zapatos. ¡Rápido!
-¿Los zapatos? ¿Para qué?
-El taxista te vio a su lado. Seguro
que se acuerda de tus zapatos.
-¡Oh, vamos! ¿Por qué iba a mirar al
suelo?
-No podemos dejar nuestro futuro en
manos del azar.
-Tiene razón- intervino Pina, y
añadió.- Y nosotras deberíamos intercambiar la blusa.
-¿Por qué?
-¿No se dan cuenta?
-¿De qué?
-Si ninguno de ustedes tres viste
igual que el día del, ejem, llamémoslo accidente, ¿cómo podrá
confirmar el taxista que son culpables?
Nos pareció que tenía razón. Yo me
quité los zapatos. María se quitó la blusa. Pina la estaba
desabrochando cuando, de golpe, se abrió la puerta.
Comentarios
Pues sí. Me he acordado de pronto, y voy a intentar terminar la obra
XXXI
Era Escalope. Llevaba las manos a la espalda, preocupado.
-Dice que está de servicio ¡que está de servicio! El taxista no viene porque está de servicio ¿qué les parece?
-Entonces ¿somos libres?- preguntó José.
-Pues ganas me dan, no crean que no... Un momento, usted también se ha delatado.
-¡Qué más da!
-¡Ajá! Sabía que son españoles.
-Enhorabuena- dije, sin mucho interés.
-Esto marcha- añadió, frotándose las manos.
-¿Somos o no somos libres?
-Esperaremos a mañana. Pero si el taxista no viene tendré que dejarles en libertad. Con cargos, naturalmente.
-Muchas gracias.
-La ley me obliga. Por otro lado...
Rodeó a José.
-Aquí pasa algo raro.
-¿El qué?
-No lo sé. Pero voy a descubrirlo. Saque las manos de los bolsillos.
-Señor Escalope...- interrumpió Pina.
-¡Que no me llame así!
-Pero usted dijo...
-Sé lo que dije. Pero era una estrategia para engañarles. Aquí nadie me llama Escalope. Y si alguien lo hace... ¡lo fusilo! ¿Está claro?
-Está claro.
-Y usted, ¡vamos! Saque las manos de los bolsillos.
José miraba a María. Ésta se encogió de hombros.
-Haz lo que te dice.
José sacó las manos de los bolsillos.
-¡Ajá! Lo que yo decía. Usted apareció aquí con un anillo en su mano derecha.
-Eh, la verdad es que no.
-No, señor Escalo...- Pina se detuvo en mitad de la palabra.
-¿Qué les he dicho? ¡Que le den cien latigazos a esta mujer! Bah, y ni siquiera podemos hacerlo, no es legal ¡Puta democracia!
Sacó un pañuelo del bolsillo y se sonó los mocos.
-Bien, bien. En realidad la historia del anillo no tiene ninguna importancia. En cambioooo- gritó- en cambio la paliza y posterior robo a un taxista es un grave delito.
-¿Robo?
-Sí señor, robo. Es decir, no sé si aparece en la denuncia, pero obviamente tuvo lugar un robo, si no ¿para qué golpear al taxista? ¿No les parece?
-Probablemente- dije yo, sin énfasis.
-De acuerdo. Que les vaya bien. Nos vemos esta noche.
Escalope salió. María permanecía sentada, pensativa.
-¡Los zapatos!- dijo de pronto.
-¿Qué?
-Cambiad los zapatos. ¡Rápido!
-¿Los zapatos? ¿Para qué?
-El taxista te vio a su lado. Seguro que se acuerda de tus zapatos.
-¡Oh, vamos! ¿Por qué iba a mirar al suelo?
-No podemos dejar nuestro futuro en manos del azar.
-Tiene razón- intervino Pina, y añadió.- Y nosotras deberíamos intercambiar la blusa.
-¿Por qué?
-¿No se dan cuenta?
-¿De qué?
-Si ninguno de ustedes tres viste igual que el día del, ejem, llamémoslo accidente, ¿cómo podrá confirmar el taxista que son culpables?
Nos pareció que tenía razón. Yo me quité los zapatos. María se quitó la blusa. Pina la estaba desabrochando cuando, de golpe, se abrió la puerta.