Su Señoría y su señora esposaSu Señoría, el señor juez del juzgado de paz de nuestra pequeña localidad y su esposa, solían relacionarse con la gente del pueblo. Ella le llevaba la friolera de diez años a él, pero no lo parecía, ni nadie se lo notaba. Cayetana, que así se llamaba “la jueza”, con sus 46 bien cumplidos se conservaba todavía lozana, mientras que Alonso, serio, apergaminado y solemne, iba perdiendo cabello a pasos agigantados, acometido de una calvicie prematura.
Cayetana era una mujer atractiva y guapa incluso, tenía ojos grandes del color del castaño, una melenita rubia y un cuerpo bien silueteado. Procedía de una familia de baja extracción y había estudiado en un colegio de monjas, en donde aprendió algunas habilidades caseras; un acervo que enriquecía, infatigable, inventando recetas de cocina y nuevos puntos de tejidos, además de ese singular y mágico a la vez santo y seña para hacer desaparecer las manchas en la ropa. Su trato era cordial y amenas sus conversaciones. En realidad, era una señora sumamente agradable.
Tenía el matrimonio dos hijos varones, de 12 y 9 años, guapos, cariñosos y educados, que la madre se ocupaba de tenerlos siempre bien vestidos y cuidados. Ambas criaturas asistían a la escuela pública del pueblo, a pesar de que el padre tenía posibilidades económicas para que se formasen académicamente en algún colegio privado de la cercana ciudad, lo que demostraba que los padres querían dar ejemplo de austeridad.
Conoció Cayetana a Alonso cuando él cursaba la carrera de Derecho; era huésped en su casa. Al principio de vivir allí, ella debía tratar al joven aspirante a abogado con cierta benevolencia despectiva. Pero las cosas iban a cambiar, en forma harto halagüeña, para la soltera madurita. En fin, “Alonso se portó como un auténtico caballero”.
Antonio ChávezSevilla nov 2023
Comentarios
Espero a leer lo que sigue, Antonio. Vas muy bien.
Hola, Carlos
Por el momento no se me ocurre nada más para aumentar este relato. Se sobreentiende que era una pareja ejemplar, que se casaron porque Alonso dejó embarazada a Cayetana mientras él era huésped en la casa de ella, y eso de cohabitar sin estar casado era visto en el antaño como pecado mortal. Ahora no, ahora, en este aspecto, casi todos vamos por la vida de laicos, probando a través del sexo hasta hallar nuestra media manzana. "El ciego imperativo de la carne se impuso desde Adán y Eva", o, lo que es igual: "la jodienda no tiene enmienda".
CharlyElvisRocker - edulcorante
Sugiero que cualquiera de los dos, o a los dos, os animéis a continuar este relato. Tenéis mi luz verde para el cometido.
Pienso que el contenido de cualquier relato o historia está en la inspiración de su autor. Ese más del que hablas, para este relato, que cada cual le añada lo que crea conveniente, con la idea de satisfacer su deseo de seguir leyendo. No se me ha ido la mente a ningún otro lugar, edulcorante, y, a pesar de mi avanzada edad, creo honestamente que todavía me veo apto para escribir EN FORMA ACOMPASADA lo que quiero escribir (vale la redundancia). Otra cosa es que quien me lea pueda decirse para sí "pues yo quitaría esto y añadiría esto otro y además alargaría el texto así o asao".