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Susana colgó el teléfono y se giró hacia su compañera.
—Nada chica, que no lo cogen.
—¿Has probado a llamar a casa?
—A casa, al móvil de ambos… Ya no sé a dónde más puedo llamar.
Las miradas de las dos profesoras se dirigieron hacia la pequeña. Elena aguardaba sentada en una de las sillas de plástico del recibidor, estrujando con ambas manos el borde de su falda a cuadros azul y verde y con las piernas hechas un nudo. Sus padres deberían haberla ido a recoger al terminar las clases, como todos los días de colegio, pero aquella vez no se habían presentado y ya eran las seis y media pasadas. Los niños de las actividades extraescolares estaban saliendo y el colegio no tardaría en cerrar. ¿Qué sería de ella cuando no quedase nadie allí?
—Elenita, cariño, ¿no te suena que tus padres te dijesen algo? Si se iban a retrasar por alguna razón, o si tenía que venir otra persona a recogerte…
Elena negó con la cabeza.
—Pues yo me tengo que ir ya, Susana. Roberto necesita que me quede con el niño esta tarde. —Amanda, la tutora del 3ºb, descolgó su abrigo del perchero, recogió el bolso de la mesa y echó mano al paraguas—. Ya me dirás cómo termina. Y tú, peque, no te preocupes que seguro que tus papis ya están de camino. No se han olvidado de ti.
Amanda la cogió de la barbilla y después la acarició con dulzura una mejilla.
Elena evitó mirarla y bajó los ojos de nuevo hacia las baldosas moteadas del recibidor. De tanto observarlas se había aprendido todas sus manchas, si le dejaran un papel y un lápiz probablemente podría dibujarlas con los ojos cerrados. Tenía miedo de llorar, no quería que la vieran llorar. Susana y Amanda siempre se habían portado muy bien con ella y lo último que quería era ser un problema.
El viento entró con fuerza en el recibidor en cuanto Amanda salió por la puerta y le revolvió el cabello. Susana se apresuró en cerrarla ayudándose del hombro para empujar.
—Vamos a esperar un poco más, cariño —dijo volviéndose hacia ella. Con una mano le peinó los cabellos sueltos hasta colocarlos en su sitio y con la otra le señaló el despacho del jefe de estudios, el más cercano a la secretaría—. Estaré en aquel despacho de allí, ¿de acuerdo? Si recuerdas algo, cualquier cosa, ven a decírmelo.
Elena asintió sin levantar la mirada del suelo. No tenía ni idea de por qué no habían ido a recogerla y aquello la asustaba. Un escalofrío recorrió su espalda. ¿Y si sus padres le hubieran dicho algo y no lo recordaba? ¿Y si le ordenaron algo el día anterior y no prestó atención?
Si les había desobedecido no se lo perdonarían nunca.
Deshizo el nudo de sus piernas y fue corriendo hasta el muro acristalado de la entrada. Fuera la lluvia caía con fuerza y de cuando en cuando se escuchaban truenos. Elena apoyó su frente contra el cristal. Estaba frío y su respiración acelerada no tardó en empañarlo a la altura de sus labios. Los últimos niños salían del colegio acompañados por sus padres mientras que ella se veía obligada a permanecer en él, encerrada, como si fuera un elemento de decoración más del recibidor.
Pero eso no la preocupaba. Ser un mueble durante el resto de su vida podría ser incluso divertido. Así podría pasar desapercibida para siempre.
Miró a su alrededor buscando alguna pieza que faltase en aquella sala. Encontró de todo: mesas, lámparas, sillas, percheros… Le decepcionó descubrir que no faltaba de nada, pero se esforzó por seguir pensando; si quería esconderse bien tenía que convertirse en algo que no desentonase en un recibidor. Se le ocurrió ser una televisión, grande y llamativa, para así entretener a la gente que esperase allí como ella. Sin embargo, rápido cayó en la cuenta de que atraería demasiado las miradas y eso era precisamente lo que quería evitar. También pensó en ser una silla y camuflarse entre las demás, pero no estaba segura de poder soportar durante mucho tiempo el peso de quien se sentara sobre ella. Y si encima era alguien gordo ya ni digamos.
Tras mucho darle vueltas, decidió que ser una planta sería la mejor opción. La pondrían en un lugar donde le diera el sol y la darían de beber. Cuidarían de que no tuviese enfermedades y se preocuparían por que no se marchitara.
Sí. Ser una planta bonita y alegre desde luego que estaría bien.
No le preocupaba el hecho de no poder salir de su maceta. El colegio no era una cárcel para ella. No. Más bien era su verdadera casa, y pasar a formar parte de ella no le parecía mala idea.
Ojalá no vengan nunca, pensó. Por favor que no vengan nunca.
Elena se hizo un hueco entre dos sillas, buscando el sitio donde mejor pudiese encajar como planta. No dejó de mirar por el cristal en ningún momento, deseando que la espesa cortina de agua la mantuviera aislada del exterior.
Si rezo puede que no vengan
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Sus oraciones no solían funcionar, pero estaba convencida de que alguien las escuchaba. Algún día llegarían hasta lo más alto y decidirían hacerlas caso. Llevaba mucho tiempo esperando con ansias a que llegara ese día y en ese momento cayó en la cuenta de que podría ser hoy. Sí, ¡ese día podría ser hoy! Tal vez por fin la hubieran hecho caso. ¡Podría ser hoy!
Elena se acercó de nuevo al cristal, entrecerró los ojos y trató de distinguir cualquier movimiento que se diese fuera del colegio. Todo parecía tan en calma bajo la tempestad…
El reloj de pared marcaba las siete menos cuarto. En quince minutos el colegio cerraría y nadie sabría qué hacer con ella. Puede que Susana se ofreciera para acercarla en coche a su casa. Puede que llamara al timbre y que estuvieran allí, esperándola. Se imaginó cruzando el portal y una sensación de angustia se apoderó de ella.
Se había equivocado. Esperar en el recibidor era la peor de las ideas. Allí terminarían encontrándola, se disfrazara de lo que se disfrazase. Pensó en esconderse en los baños, pero Susana la buscaría por todo el colegio y no sabría qué decirle en cuanto la encontrase. Susana siempre se portaba bien con ella y no quería ser un estorbo.
Centró su atención en el picaporte sin saber qué hacer. El tictac del reloj le recordaba el poco tiempo que tenía para decidirse y la lluvia torrencial le incitaba cada vez más a sumergirse en ella, bajo su manto protector.
La luz del despacho donde estaba Susana se apagó de pronto y el sonido de sus tacones llegó hasta el recibidor. Sin pensárselo dos veces, Elena tiró del picaporte y bajó disparada los escalones que llevaban a la salida. La lluvia no era fría, todo lo contrario a lo que creía. Era cálida y embadurnó rápidamente todo su cuerpo, haciendo que la ropa se le pegase a la piel.
Ahora las dos somos solo una.
Saltó los tres últimos escalones y atravesó esperanzada los escasos metros que la separaban de la verja del colegio. No era una planta, ni una silla ni un televisor. Era un pájaro que volaba por primera vez fuera de su jaula. Y, aunque tuviera las plumas mojadas, llegaría lejos, muy lejos. Tan lejos que nadie la encontraría.
Salió por la puerta y un fuerte barboteo la detuvo en seco. Lo pronunció una voz conocida e inconfundible, la única capaz de frenar así su vuelo.
1. Amanda le dice que sus padres están ya de camino y que no se preocuope, sin tener ningún dato que le haga pensar eso. Vale, a los niños siempre se les han dicho mentiras piadosas, pero no sé si en este caso es verosimil. Amanda es profesora infantil, conoce a los niños mejor que la mayoría de adultos, y por tanto es más consciente de que no son tan “tontos” como los ven muchos adultos. Eso significa que, o bien Elena es una niña muy pequeña, que aún no sabe razonar y es más engañable, o bien Amanda la está tratando de tonta (lo que no sería verosimil en una profe infantil), o bien Elena no es tan pequeña pero se la puede engañar facilmente diciendole algo de lo que obviamente no se tienen pruebas (lo que no sería verosimil)
2. Es muy ingenuo pensar en hacerse pasar por tele, silla o planta, y que funcione. Tiene que ser una niña muy muy pequeña para creer que puede funcionarle.
3.No querer llorar para no hacer sufrir a Susana y Amanda porque se han portado bien con ella es una actitud muy madura, que no es coherente con una niña que cree que puede hacerse pasar por un objeto o que se la puede engañar con tanta facilidad como Amanda pretende.
Revisa esas cuestiones para que el texto sea más coherente. Y pon entre comillas los pensanientos interiores de los personajes, que si no se confunden con la voz narrativa.
Elena tendrá unos 8 años aproximadamente. El texto no pretende mantener una coherencia impoluta ni exacta, desde fuera el lector se dará cuenta de que muchas cosas son "absurdas", pero intenté ponerme en el lugar de una niña tímida que es maltratada en casa por sus padres (por muy crudo que sea) y transmitirlo de una forma no muy burda.
Está claro que es imposible convertirse en televisión, planta o silla, creo que a partir de los 4 años un niño puede darse cuenta de ello, pero no deja de ser una idea que se te pasa por la cabeza como vía de salida. Al igual que cuando deseas que la tierra te trague para desaparecer de un sitio, sabes que es completamente imposible, pero no dejas de imaginártelo y de pensar "jope, ojala pudiese hacerlo". Aquí pretendía transmitir esas divagaciones imaginativas que en un niño de 8 años entiendo que podrán ser mayores que las nuestras.
Lo de no querer llorar para no hacer sentir mal a alguien yo no diría que es una actitud madura. Si tienes un problema en casa lo maduro sería contarlo para buscar una solución. Elena no lo hace, le da miedo contarlo por lo que pueda pasar y no quiere perder a dos de las pocas personas que la cuidan. Es muy difícil de imaginar una situación así, y más en una niña (por eso también paso muy de refilón), pero muchas veces salen casos así de maltratos (tanto infantiles, como violencia de género) en el que te preguntas "¿pero bueno, cómo es posible que no dijeran nada?", pues precisamente ese miedo o temor a las represalias es lo que hace que quieras evitar que se note el maltrato (en este caso, haciendo lo posible por no llorar).
En cuanto a lo de las comillas, precisamente yo siempre pongo comillas en mis textos y fue una de las preguntas que hice al profesor. Como muchas cosas en la escritura, no hay "reglas" de obligado cumplimiento, y lo importante es que se sea coherente en la totalidad del texto (y no que unas veces pongas comillas y otras no) y que le quede claro al lector. En este caso, si en algún momento te ha llegado a confundir, entonces puede que no haya conseguido ese efecto y sea necesario ponerlas. En otros textos de autores consagrados hay pensamientos sin comillas muy logrados que no descolocan al lector. Así que a seguir practicando este tema por mi parte
No capté en la lectura que Elena fuera maltratada por sus padres. Pensé que no se sabía la causa de que no aparezcan, y podría ser que han tenido un accidente o un imprevisto que les retrasara.
A mi modo de ver las cosas, es un relato-cuento muy creíble porque lo que cuenta se da; y añadiría que, degraciadamente, con cierta frecuencia. Está bien redactado y ese toque especial de algunas tropos sinécdoques, lo hace más atractivo. Por ejemplo... y el sonido de sus tacones llegó hasta el recibidor, que resulta más original que decir... "y la niña llegó al recibidor".
Efectivamente, este tipo de narración puede servir para "una correcta utilización de recursos" en la escritura.
Incluso, en una ocasión, la misma chica convirtió los brazos de una persona en un grifo, que al abrirlo, le salieron sus entrañas...lo se, es bien aterrador y podría decirse que hasta grotesco. Si tienes curiosidad, el personaje se llama Marian Slingeneyer de To Aru Majitsu no Index.
En todo caso, leer tu historia, me ayudó a transformar una experiencia aterradora en algo más idealizado. Si resultó inusual que una niña de 8 años tome decisiones tan maduras, pero centraré mis comentarios en esa experiencia, que por cierto, el hecho que ella pudiese transformarse fue algo que me tomó por sorpresa. Una grata sorpresa por demás.
Gary, pues a mí tu historia me ha recordado a "La bella y la bestia", dado que a todos los ocupantes del castillo les convertían en muebles (aunque estos, pese a ser conscientes de su estado, se podían mover y ¡no era todo tan siniestro ni tan macabro xD!).
Y sí, como bien apunta Antonio, este tipo de escritos cortos pueden ayudar a cualquier escritor a "ganar puntería" con recursos con los que no está acostumbrado. Yo los recomiendo