Bajaba por el camino con la cabeza gacha, miraba sin ver las piedras que sus pies iban esquivando casi en forma inconsciente.
Llevaba las espaldas cargadas por el peso del cansancio y de los años, pero nadie lo había escuchado quejarse, jamás.
Al final de la cuesta, sabía que, como siempre, ella estaría esperando con su delantal blanco, con su vestido de flores, con las manos gastadas de trabajo y de lejía, con su piel, aún firme, tiritando por el viento de la tarde ya entrada.
Allí estaría ella, con su sonrisa en el rostro, esperándolo, como cada día de los últimos años.
Y él llegaba con las manos vacías, la cosecha no fue buena, y el mercado apenas si pagaba por las frutas, y lo que de dinero había logrado, había ido a parar a las manos del tendero.
Ni para la barra de chocolate alcanzó esta vez, único lujo que se permitían solo de vez en cuando; los zapatos de la niña deberían esperar, y el niño, que no veía bien, debería esperar un poco más para ir donde el doctor.
También ella debería esperar y remendar sobre remiendos su vestido de domingo, el de algodón negro, que se ponía solo para la misa.
Pateo una piedra, casi con odio, y se odió a si mismo al instante, por demostrar de esa manera su cansancio.
¿De que quejarse? Ella estaría allí con su sonrisa, como siempre lo había estado con su delantal blanco y él con las manos vacías, ni siquiera un chocolate.
Pero todo cambiaría, no podía esta tierra serle tan mezquina, ¿acaso no sabía de sus necesidades?, ¿acaso no sabía del sudor derramado sobre ella?.
La tierra debería corresponder, ayudar un poco, aunque no para el chocolate, ni para los zapatos de la niña, pero si debería ayudar para el doctor del niño.
Tenía que leer, para ser mejor que él mismo, y no depender de la tierra para saciar su hambre.
Y la niña, ella también debería poder leer, para no tener las manos gastadas, para comer todo el chocolate que quisiera.
Llegó junto a su esposa, cuando aún los sentimientos sabían amargos en su boca, pero se esforzó para sonreír, ella no preguntó nada, sabía que no habría chocolate, ni zapatos, ni doctor, lo había adivinado en su paso, al verlo bajar por la cuesta.
Pero también sonreía, por lo menos él ya estaba en casa, y abrazados, entraron al patio, se detuvieron bajo el parrón, para mirar a los niños jugando.
La niña, hermosa y dulce, jugaba a amasar el pan, como había visto hacerlo tantas veces a su madre.
Y el niño labraba la tierra roja del patio, haciendo surcos, rectos como los que el padre hacía.
Y un par de lágrimas rodaron por sus mejillas, nadie las vio, ya estaba oscuro, tomo la mano de su mujer, y la apretó, hasta sentirla cálida en la suya.
Gastada, por el trabajo y la lejía, pero suya.
Comentarios
Saludos
Rocinante
un abrazo,
salud.
Impecable tu relato.
María