La tarde comienza a caer sobre la Ciudad de Buenos Aires. Hay algo en el paisaje imperturbable que nubla de oscuridad mis recuerdos más lejanos, un manto rojo, dorado y marrón, algo así como el telón del escenario de mi vida que no se sabe si va a terminar por descorrerse o por cerrarse. Una vidriera de ofertas que ya no compra nadie y un rumor lejano que invade las calles con el sonido de la desesperanza. Tan atribulado estoy, que hasta un tango de Homero Manzi sale de la ventanita de una casa de ladrillos sin revoque. Yo ni siquiera lo escucho. Simplemente noto que mucha gente pisa el empedrado y la niebla empieza a nublar todo el paisaje. Tan solo por verte he llegado hasta aquí y por ninguna otra cosa.
Lo único que deseaba era encontrarte.
Intentaba averiguar si tu boca seguía conservando el rosado increíble que tenía por entonces y deseaba saber si tus ojos continuaban siendo los más bellos del mundo. Te tuve frente a mí y pude comprobarlo
—Mi tiempo en Manhattan ha sido ilusorio. Yo nunca me fui de Buenos Aires.
—Bien que te fuiste y me dejaste sola —murmuraste.
Un tenue rayo de luz cubrió en ese momento tu cara. El contraste acentuado de la penumbra y la opacidad de la sombra te volvió más hermosa. El barrio tiene esas cosas, suele otorgar la dispensa de la ternura cuando uno menos se lo espera. He recorrido el mundo en vano esperando ver algo semejante.
—Melina —dije casi en voz baja —la distancia te hizo grande en mi alma.
Y ella con su mano izquierda acarició mi mano derecha.
—Estoy casada, no sé bien que has venido a buscar.
—Anteanoche me miré al espejo. No noté grandes cambios en mi imagen, salvo en los ojos, ellos reflejaron lo viejo que se estaba poniendo mi corazón. Entonces lo dejé todo. Me fui al aeropuerto y llegué esta mañana en el avión.
—Siempre el mismo loco —dijo y sonrió.
Yo me sentí tentado, por momentos, en señalarle la inmutabilidad del barrio.
Asumí que estaba en condiciones de indicarle que todo estaba igual y que nada había cambiado. Que tenía derecho de decirle “Mira la mesa del café, mira la vereda y la casa de enfrente. Todo está igual que diez años atrás, cuando tanto nos amábamos”. Yo asumí esa omnipotencia pero finalmente no se lo dije porque me pareció que no tenía derecho a nada.
Melina pasó el exterior de sus dedos por mi mejilla.
—Siempre soñaste con mundos distantes. Eras inquieto y diferente y yo te adoraba pero en el fondo de mi alma sabía que nunca serías mío. Esa es la verdad.
–Anteanoche recordé nuestro amor, quise venir a tu encuentro y traté de llamarte. Nunca pensé que te podría encontrar. Y aquí me tienes ¿No te parece mentira?
—En cierto modo sí, pero en diez minutos debo pasar a buscar a mi hijo a la escuela y eso sí que no es mentira.
Agaché la cabeza y miré el pocillo de café.
—Está bien Melina, no me importa. Tan solo he venido a verte y a saber que estabas bien.
Ella se levantó de la mesa y mesó su pelo hacia atrás. Apoyó sus manos en el respaldo de la silla y luego acercó su mano derecha hasta mi cara, para que se la bese. Nos miramos a los ojos y antes de irse afirmó:
—Soy dichosa, puedes quedarte tranquilo.
Después se fue caminando y su imagen desapareció a lo lejos.
La tarde porteña comenzaba a hacerse dueña del escenario de la calle. Una cierta febril actividad se notaba en los comercios y en los peatones.
En ese momento no me sentí derrotado sino que me sentí feliz.
Había regresado, había viajado miles de kilómetros solo para verla y lo había conseguido. El barrio sin ella, sin embargo, ya no era el mismo. Pagué la cuenta y salí caminando rumbo a ninguna parte.
La noche había tomado por asalto el paisaje y yo era simplemente un extraño y nada más. A la mañana siguiente regresé a Manhattan y a mi viejo barrio no volví nunca más.
Comentarios
Hay una rima en la frase final y dos "más" demasiados seguidos, por lo demás, es un buen trabajo y lo sabes.
Gracias por el piropo, ya era hora después de tantos años para que conocieran mi "careto".:o