Confieso que no poseo idea clara de los negocios del mundo, debido, tal vez, a que hace muy poco que me ocupo de mis propiedades. Tentado estoy de añadir que siento haber principiado a prestarles alguna atención, porque he observado que el anhelo de conservarlas engendra la hipocondría.
Wilhelm
Azotea, 18 de enero del 94:
¡Vaya aventura la de hoy! A las 7'30 h., noche oscura, me puse en la carretera, para hacer autostop. Pocas veces he pasado tanto frío, con varios grados bajo cero. ¡Y qué airazo! ¡Y qué ruido el de los árboles torturados por la galerna! ¿Quién se atrevería a parar en esas condiciones? Pues... ¡me cogieron antes de que hubieran pasado cinco minutos! El hombre debió de compadecerse de mí (aunque también podría haber pensado que debía de estar loco quien se pusiera a hacer autostop en una noche como ésa).
No iba el hombre a donde yo quería ir; pero me subí al coche y me fui con él, por quitarme unos minutos de aquel frío. Quizás, pensaba, esperaba, amainara aquel ventarrón durante el trayecto. Sólo tardaría algo más, de este modo, en llegar a mi lugar. Entremedias, después de un dedo más, con idéntico frío (no tuve suerte), aproveché para ir a la biblio de la ciudad a la que llegué. ¡Qué calentito se estaba allí! ¡Y leyendo! (soy un hombre afortunado). Leí a Voltaire, sus Cartas filosóficas, con prólogo de F. Savater (admira al filósofo francés). Había prejuzgado a Voltaire, sin haberlo leído, por dichos ajenos (¿quién no prejuzga a su prójimo, a veces?). Tengo mucho que aprender. Me gustó mucho lo que leí (acerca del alma -desprecio de la tradición: Platón, Sócrates, Aristóteles,...-, igualación del hombre con los otros animales (seres animados, idea típica del XVIII); la materia, el cuerpo, piensa (idea muy polémica),...). Admiró a Locke (un sabio modesto), polemizó con Pascal.
Hoy, mi segundo día de rehabilitación.
Seguí haciendo autostop, con varias paradas aún. Anduve mucho mientras esperaba, pues me aburría parado.
(Tengo ganas de releer a Voltaire y a Pascal. Pero creo que aún tardaré en hacerlo, supongo que mucho tiempo aún. Y me gustaría leer primera vez -si es que no lo he leído ya y no lo recuerdo- a Locke, y a otros muchos más, aunque sé que no me será posible leer tanto como deseo, por falta de tiempo, y quizás por otras razones.
Pero más ganas tengo de leer novela, aunque algunos que saben mucho digan que leer novelas a partir de cierta edad es un hábito infantil, y algo peor. Ya siento cansancio de tanta filosofía a secas, sin vida; cuando tanta buena filosofía hay en una buena novela, para quien sepa, y quiera, verla. La vida es maestra que habla sin ruido, entre charlatanes y escandalosos mudos. Pero hay que querer y saber escuchar.
Sí, he dicho que deseo releer a aquellos filósofos, a pesar del cansancio y del hastío que sus monólogos empiezan a provocarme; porque sigo con las ganas de aprender y comprender, si voy a poder. Pero sí, ya me cansa tanta teoría seca. Será, tal vez, porque ya no me concentro como antes, o porque no puedo llegar tan lejos ni tan hondo como antaño.
En cambio, la novela me divierte a la vez que me da que pensar, si es de enjundia, si está escrita con sabiduría, con inteligencia)
Madrugada del sábado al domingo, 01'50 h., en la cama, 22 de enero de 1.994:
La fisioterapeuta es simpática, pero tiene imprevisibles prontos desagradables. La bibliotecaria tiene algo, pero es difícil. La limpiadora parece sencilla, pero... La secretaria de... es bonita, afable,... pero...
Ahora releo sobre la historia de la literatura española.
Día 23 de enero:
Ha muerto Telly Savalas, a sus setenta años, de cáncer de próstata. Recibió un Oscar secundario por La fuga de Alcatraz.
Día 25:
Desde hace unos días, leo a Unamuno en la biblio, sobre sus tendencias políticas: socialismo,... También he leído a Voltaire, a Séneca, a Hume, a Freud, a Umbral (sobre las mujeres españolas. Me ha parecido muy digna de consideración su idea de la afeminación del hombre europeo, incluso de la conveniencia de esta afeminación).
Día 30:
He pasado un rato muy a gusto, leyendo un diccionario etimológico, en la biblioteca. También he leído un buen rato de un diccionario de movimientos espirituales. Después, le he dedicado parte de la tarde a un diccionario de autores; y para terminar con los diccionarios, me he divertido mucho leyendo uno sobre personajes literarios. Para finalizar la tarde cultural, he vuelto a leer el evangelio copto de Felipe.
Ayer estuve en el hospital. La doctora no acudió a la cita que teníamos concertada; al parecer, enfermó a última hora.
Estuve en la biblioteca. Leí algo de Moral y sociedad, de Aranguren. Tengo mucha gana de leer su Ética.Leí un poco de algunos libros de religión, y un estudio serio sobre la pornografía. También leí un rato sobre Florencia, sobre su simbólico Puente Viejo, con su pasadizo de joyerías, respetado por Hitler; sobre el Arno, el río más literario de Italia; sobre el síndrome de Stendhal, producido por un exceso de percepción de arte,... Sobre los güelfos (papistas) y los gibelinos (imperialistas),...
He empezado a leer hace unos días el Quijote. Paralelamente, leo una biografía de Cervantes y de Camoens, de Osvaldo Orico; y el comentario que Unamuno hiciera al Quijote (Vida de don Quijote y Sancho). A la par también, leo varios libros de historia, sobre la época de Cervantes. Voy a empezar a leer, además, un estudio sobre el Quijote y el Amadís de Gaula, del padre Félix G. Olmedo.
El lunes pasado leí en la biblioteca una obra de teología cristológica y mariológica (creo que su título era Misterios de Cristo, pero dudo), del teólogo Francisco Suárez, S. I. Me pareció una obra propia de su tiempo. Hoy sería imposible o incomprensible tanta ingenuidad, tanta buena voluntad.
¿Conoces el libro De los Nombres de Cristo de Fray Luís de León? ¿Lo has leído? me vendría ver tener una opinión antes de buscarlo ...y no sé si hay algún otro libro de título similar pues creo recordar que algunos escritores como Borges hablaban de los nombres de Cristo y sonaba muy fascinante. A lo mejor puedes sacarme de la duda...:rolleyes:
Entrar en el silencio, oscurecerse y anochecer de tanta luz que ciega, de tanto estruendo como nos aturde. Bañar en noche el cuerpo fatigado. Hundirse en el silencio rumoroso y curar tanta herida que llevamos.
B. Mostaza.
Azotea, 18'30 h., lunes, 17 de enero del 94:
El viernes fui al hospital. Después, a la biblioteca. Leí a Papini (Historia de Cristo) y a T. de Chardin.
Esta mañana he ido a hacer rehabilitación. Antes, a la biblioteca. Leí a san David de Escocia (D. Hume), su famoso tratado de la naturaleza humana. Leo también algo del evangelio copto de Felipe.Y algo de Unamuno (La dignidad humana, sobre la educación).
Diez minutos de tratamiento con ultrasonido.
Vuelvo a la biblioteca.
Cuando voy a coger el autobús, me ven la madre y la hermana de G. Se alegran de verme.G. se casó y tiene una hija de dos años. Trabaja en las aceitunas, o en la carretera.
(No recuerdo nada de lo que pudiera aprender de T. de Chardin. Es más, ni siquiera recordaba haberlo leído (!!!). Tampoco sé que hubiera aprendido algo de Hume, ni que lo hubiera leído (!!!). Y lo mismo digo del evangelio de Felipe. Para mí ha sido una sorpresa leer ahora que los leí. ¿Con cuántos me pasará esto? ¿Cuántas cosas habré hecho, que no recuerdo? ¿Y cuántas cosas habré aprendido, cosas que no sé? Si no existiera este diario manuscrito, yo diría totalmente convencido: "no he leído a Chardin, no a Hume, no el evangelio de Felipe." Cualquiera me creería, por supuesto, ¿por qué habría de mentir sobre asunto tan poco interesante? Pero... ¿por qué no nos ocurre pensar que podemos decir algo que no es cierto, sin mentir? ¿Qué sabemos de nuestro pasado? Todo, no. Entonces, ¿con qué sorpresas increíbles, o maravillosas, estarán llenas esas lagunas memorísticas? Supongamos ahora que alguien me preguntara, al decirle yo que no he leído a esa gente: "¿estás seguro de que no los has leído?" (!!!,???) No me cabe duda de que yo le diría, muy convencido, totalmente seguro de saber: "¡pues claro, qué cosas tienes! A ver: ¿tù has leído a Chardin, a Hume o el evangelio de Felipe?" "No, no los he leído" "¿Estás seguro?" " ¿Pues no voy a estarlo, ¡claro que lo estoy, qué cosas tienes!" "Pues también yo lo estoy, como tù lo estás"
Sí, creo que así estamos seguros de muchas cosas. Del mismo modo, podría decir ahora, porque lo sé, porque estoy seguro, que no he leído a... ¡Vaya, ahora dudo, después de esta lectura de mi diario antiguo,... creo que ya no me atrevo a afirmar que no he leído a...! ¿O sí me atrevo? ¿Es que no estoy seguro de no haber leído a Joyce o a Proust? De que no he leído a Mishima, por ejemplo, estoy seguro, creo, me parece. ¡Vaya, "..., me parece"! Pero... ¿y si algùn día me encontrara, en mi diario antiguo, con que los leí?
Por otro lado, ¿qué pasará con mis lecturas de ahora, las olvidaré también, de tal modo que llegue a decir que no he leído, por ejemplo, la novela que acabo de leer?)
(Las hijas de G. ya son mayores. A la madre y a la hermana no volví a verlas, creo (empiezo a dudar de casi todo, ¡vaya!). Pero también es posible, me parece, que hayamos coincidido en la sala de espera del médico, o en una tienda, y que nos hayamos mirado, sin recordarnos, pues también es posible, me parece, que ellas me hayan olvidado.
G. ya no trabaja, ni volverá a hacerlo, en la recogida de la aceituna, ni hace carreteras. La vida, el vivir, nos cambia mucho. Yo no volveré a jugar al fùtbol, ni volveré a muchos sitios ni hechos. Ni volveré a ver a muchas personas que significaron algo en mi vida. )
He leído, en varias ocasiones, que haces referencia a tu mala memoria o a la ausencia de ella.
No siempre la memoria es un ventaja, ni un don divino. Yo tengo la desgracia de olvidar muy pocas cosas. No es que recuerde qué hice el día 17 de enero de 1994, pero sí que recuerdo toda aquella época ( como el resto de mi vida) y puedo revivir una y otra vez las sensaciones, los sentimientos , el dolor, la alegría. Y si han acontecido sucesos tristes o luctuoso, el olvido es todo un alivio.
Echo de menos los pasajes de tu Diario en los que descansa tus pensamientos actuales o nos regalas con alguna que otra anécdota.
¿Conoces el libro De los Nombres de Cristo de Fray Luís de León? ¿Lo has leído? me vendría ver tener una opinión antes de buscarlo ...y no sé si hay algún otro libro de título similar pues creo recordar que algunos escritores como Borges hablaban de los nombres de Cristo y sonaba muy fascinante. A lo mejor puedes sacarme de la duda...:rolleyes:
¡Hola, Carlos!
Primero: voy a intentar no enrollarme, no para responder a tus dos preguntas, que se contestan fácilmente: Sí y sí, lo conozco y lo he leído (ahora luego te digo); no enrollarme, te digo, porque ganas me dan de extenderme sobre la materia de los nombres de Cristo y otros temas que fray Luis toca en su libro, de más de quinientas páginas. Pero enrollarme me sería muy cansador, y, además, por otras razones prácticas no lo haré, espero. Por supuesto, mi perorata sería mera verborrea vacua, pues yo nada sé de los nombres de Cristo, ni de los temas sobre que fray Luis sí parece saber, de cuya importancia práctica puedo dudar.
Por otro lado, no puedo informarte con la certeza del que sabe que sabe. Y mi opinión poco vale. Mi memoria, menos. Yo puedo decirte que disfruté mucho con esta lectura. Y que ganas me entran de volver a acometerla, pero no lo haré, porque aunque sé que fray Luis volvería a admirarme, asombrarme, con su cultura escrituraria, patrística, etimológica,..., yo pienso en el fruto práctico que podría sacar de una relectura, y dudo mucho que me satisficiera. Esta lectura me estaba bien cuando yo tenía treinta años, pero ahora me la figuro como el trabajo de subir una empinada cuesta. Y es que fray Luis, si no recuerdo mal, no suelta la etimología, la filosofía, la ética, la ontología,... Creo que yo quedé encantado con la belleza de su lenguaje, y que muchas de sus páginas son modelos de belleza, según mi parecer y según el parecer autorizado de los que de verdad saben de estas cosas.
Pero yo no me atrevo a recomendarte esta lectura, ni te la desaconsejo. Tú debes ver cuánto lo deseas, cuánto te atrae, y cómo llevas esto de leer literatura religiosa, literatura de otra época, con otro lenguaje, con otra mentalidad. Para mí que esta obra sería un tostón, aburridísima, interminable, para una mayoría de lectores; especialmente, para aquellos que militan contra la religión. Pero no creo que estos pierdan su tiempo con esta clase de literatura. Yo sé que tú has leído a Pascal, a san Agustín,..., y que te gustaría leer al Aquinate, su Summa. Pero no te digo: ¡lee esta obra, es maravillosa!, sólo porque a mí me gustó. Yo no dejo que mi gusto me ciegue, no es por él que juzgo de la calidad de una obra, o de la conveniencia de su conocimiento.
Bueno, me temo que he vuelto a enrollarme un poco (o un mucho, no lo sé). Y quizás no te he dicho nada que te aclare.
He leído, en varias ocasiones, que haces referencia a tu mala memoria o a la ausencia de ella.
No siempre la memoria es un ventaja, ni un don divino. Yo tengo la desgracia de olvidar muy pocas cosas. No es que recuerde qué hice el día 17 de enero de 1994, pero sí que recuerdo toda aquella época ( como el resto de mi vida) y puedo revivir una y otra vez las sensaciones, los sentimientos , el dolor, la alegría. Y si han acontecido sucesos tristes o luctuoso, el olvido es todo un alivio.
Echo de menos los pasajes de tu Diario en los que descansa tus pensamientos actuales o nos regalas con alguna que otra anécdota.
Saludos.
¡Hola, Francesca!
Gracias por pasarte por este diario y escribir.
A mí me pasa justo lo contrario que a ti, pues yo tengo la desgracia (pues he olvidado muchas, creo que la mayoría, de las cosas buenas que me han pasado; y también la mayor parte de lo aprendido) de olvidar mucho de lo vivido (visto, oído, hecho, leído,...). Si olvidas más lo malo, puedes alegrarte por ello; pero si olvidas más lo bueno (o tanto lo bueno como lo malo, por partes más o menos iguales), ya no te alegras tanto. A mí me pasa que me preocupa y entristece haber olvidado -y seguir olvidando- tantas cosas buenas. Me hablan de ellas los amigos y yo me quedo con la boca abierta, como si la cosa no fuera conmigo. No recuerdo a muchos de mis amigos de la infancia, ni a mis compañeros de colegio, instituto,..., ni a mis profesores, salvo unos pocos nombres y unas pocas caras. Tampoco recuerdo la mayoría de mis hechos (de mi niñez, ni de mi adolescencia, de mi juventud ni de mi etapa adulta). Y aunque puedo equivocarme, me parece que he retenido más imágenes (fijas y en movimiento, objetos, personas y hechos) negativas que positivas.
Habrás advertido que ahora predominan en mi diario las partes antiguas del mismo, que estoy copiando del original, escrito a mano. Además, me limito, las más de las veces, a copiar, sin añadir, como hacía antes, extensos y quizás aburridos comentarios. Tampoco me enrollo como antes, disertando a las veces más sobre lo divino conjeturable que sobre lo humano experimentable, en aquellos textos-río a que me estaba acostumbrando. Alicia me habla con delectación de mis primeros textos (los de 2.011, principalmente; y también de los de 2.012). Eran textos muy breves -algunos de una sola línea, o de dos o tres-, pero quizás con más poesía y más sentimiento que los siguientes, que fueron haciéndose cada día un poco más largos, y más apelmazados, secos,... Yo querría volver a aquella simplicidad formal de mi primera etapa diarística; pero como ahora soy otro (espero que mejor, o más profundo al menos, y más maduro),... Quizás soy ahora más racional, más analítico, y eso me haya quitado parte de mi inocencia. También creo que antes escribía con más alegría, cuando estaba alegre; y con más sentimiento o pasión cuando estaba triste o sentía nostalgia, el dolor de recordar lo bueno perdido,...
Por ahora, voy a seguir dedicando más tiempo a esta labor de copia de mi diario antiguo. Pero pensaré en lo que me has dicho, no me olvidaré de escribir algunas veces sobre lo que me ocurra mental y anecdóticamente.
Debería estar prohibido decir la verdad con amargura, con afán de herir. Cuando una de nuestras frases molesta, es porque no hemos tenido el amor suficiente como para pensar siete veces en la manera como deberíamos decir esa agria verdad. La receta debería ser poner en todos nuestros cócteles de palabras unas gotitas de humor sonriente.
Descalzo.
23'09 h. del 14 de febrero del 94:
Hace mucho tiempo que no salgo. No le veo el sentido.
El tobillo..., a ratos me parece que estoy mejor; pero me desengaño a poco, a poco que corra o esfuerce más. Sigo con los ejercicios de rehabilitación.
Ahora leo siete libros.
Veo poco cine últimamente.
01'33 h. de la madrugada del 27 al 28 de febrero:
Salí anoche. Hablé mucho, quizás demasiado (charloteo vano, involuntario, desagradable,...); y con gente obtusa, de ñatas entendederas. Estuve triste. Mas un poco me alegró la noche la charmante visión de...
Ahora veo poco cine.
13 horas del 9 de marzo del 94:
Anteayer sufrí otro, pero leve, esguince del tobillo izquierdo, al golpear el balón. Ya son cinco los esguinces de este tobillo.
Casi no veo cine ahora.
Hace unos días murió Melina Mercouri, de un cáncer de pulmón, en N. York.
01'50 h. del 14 de marzo del 94:
Ha muerto Fernando Rey.
Salí anoche. Bebí mucha cerveza. Hoy también he salido, pero no he bebido alcohol.
Ayer di un largo paseo con Cary Grant, por el campo. Hoy hemos hecho el mismo recorrido mi madre y yo. Le ha venido largo. Pero ha sido feliz, porque ella es feliz con nada, con todo. Como una niña, con entusiasmo infantil, no ha parado de decirlo todo, de mirarlo todo, de extasiarse con todo, de guardar un silencio admirativo, de cantar,... Hemos cogido, ella lo ha querido, espárragos, collejas (para hacer con ellas tortillas, buenísimas, que comeré con gusto, agradecimiento y mucha hambre) y sinoo (así llama ella al hinojo). Hemos vuelto en jeep, con Cary Grant a la carrera por detrás, ¡el pobre! No me ha dolido el tobillo (!!!)
(Ya no está C. Grant. Y mi madre ya no está para dar largos paseos. Es lo que tiene la vida, que nos depara y nos separa. Sonrío amorosamente al recordar a mi perrito, el más gracioso, hasta que llegaron Audrey y Anagallis. ¿Y qué diré de ti, mamá, sin que la pena me haga cerrar los ojos, para abrirlos llorosos?)
En relación con la militancia política de Unamuno, Jugo, no sé si sabrás que existe -constancia documental de- una carta que Don Miguel escribió a su madre con la finalidad de rebajar la aflicción que la Señora acusó al conocer que su hijo era socialista, en la que, resumiendo, viene a decir a su madre que se equivoca al pensar que ser socialista equivale poco menos que a emparentar con el Maligno.
Por lo demás, coincido contigo, Jugo, en que debemos procurar que las lecturas nos sirvan en la prágmática de la vida, pero también pienso que si alguien disfruta leyendo tal o cual libro, aunque los contenidos del mismo no tengan aplicación práctica, el hecho de proporcionar placer ya hace que merezca la pena leerlo.
En relación con la militancia política de Unamuno, Jugo, no sé si sabrás que existe -constancia documental de- una carta que Don Miguel escribió a su madre con la finalidad de rebajar la aflicción que la Señora acusó al conocer que su hijo era socialista, en la que, resumiendo, viene a decir a su madre que se equivoca al pensar que ser socialista equivale poco menos que a emparentar con el Maligno.
Por lo demás, coincido contigo, Jugo, en que debemos procurar que las lecturas nos sirvan en la prágmática de la vida, pero también pienso que si alguien disfruta leyendo tal o cual libro, aunque los contenidos del mismo no tengan aplicación práctica, el hecho de proporcionar placer ya hace que merezca la pena leerlo.
Saludos desde la bella Cástulo
No, Almendrón, no sabía de esa carta. Gracias por proporcionarme esa información.
Sobre la cuestión de la utilidad de la lectura ociosa, convengo contigo en que el gozo estético, ideológico,... que nos proporciona es razón suficiente para darla por provechosa, y justifica el esfuerzo, si éste no es muy grande (no siempre se lee, ni todos leen, en las mismas condiciones. El cansancio físico y/o mental, el ánimo y/o desánimo del momento, la edad, etc., pueden ser factores que influyan en ello). A mí me ocurre ahora que parar algunas lecturas ya no me siento tan motivado como hace años. El tiempo nos desengaña a algunos (no sé si a todos) de algunas cosas, con el tiempo las ilusiones son menos, con él languidecemos, se nos cansa la lengua, el oído, la vista y la mente (por no hablar de otras partes corporales). Cuando no me atrevo a intentar releer alguna obra literaria, aun sabiendo que volvería a ser muy feliz releyéndola, es porque temo, sé, que necesitaré esforzarme mucho para intentar comprender y retener un poco. Un personaje de una novela que ahora leo dijo que la vida es un negocio que no cubre gastos. Yo diría que la lectura (y la escritura) es un negocio parecido a veces, en que el esfuerzo, la dedicación, la ilusión, no se ven compensados, recompensados, bien por la falta del fruto esperado (felicidad, madurez, éxito o socialización, un cierto nivel de cultura,...) o bien porque el placer obtenido no nos basta o llena, a algunos.
Sí, Almendrón, también yo me divierto leyendo relajadamente, sólo por el placer de imaginar mundos y vidas que no viviré. Pero también busco, las más de las veces, y principalmente, sacar un provecho, intelectual, moral, práctico, de la lectura.
Hace tiempo me propuse -expresé mi intención al respecto y empecé a hacerlo- copiar algunos de mis textos pasados. Sigo ahora con ello:
21-9-14:
Yo no tengo las respuestas a estas cuestiones fundamentales planteadas en mi diario. Sobre esto, yo no diré "yo sé". Hay gente que cree saber, pero que no sabe.De estos, algunos son personas sencillas, sin malicia, que imaginan que saben sólo porque sienten mucho, intensamente, y de un modo que les parece especial. Algunos de estos viven acuciados por el deseo de saber más, porque tienen el deseo no del todo consciente, o no siempre consciente, de sentir más. Creen estos últimos que buscan un conocimiento teórico, las respuestas definitivas, cuando en realidad lo que les pasa es que el sentimiento se les desborda y sienten de un modo neblinoso que su acontecer diario podría resumirse o definirse como una vaga y difusa insatisfacción vital.
Algo nos falta a todos, algo impreciso, que no es sólo la felicidad: el deseo satisfecho, la necesidad cubierta, la inseguridad anulada, el temor perdido, la tranquilidad ganada, la serenidad alcanzada, la conciencia descargada, la alegría conquistada, la salud recobrada,... No; tal vez nos falta encontrar un sentido a la vida, conocernos -de verdad, posar nuestra mirada valiente en el fondo de lo que somos realmente, de lo que en verdad sentimos y deseamos- y..., y tal vez..., sí, tal vez también nos falte amar. Esto es lo más difícil, a la vez que lo más fácil, o podría serlo, si pudiéramos nacer de nuevo de manera clara y consciente ( imperceptiblemente, para muchos, quizás para la mayoría, nacemos de nuevo cada día, pero no nos damos cuenta).
Encontrar ese sentido a la vida, encontrarnos a nosotros mismos y llegar a amar son, me parece, ingredientes o características de una vida dichosa, que no vulgarmente feliz. La felicidad sin esas etapas del conocimiento o maduración personal no sería más que un acomodamiento, un negarse a seguir subiendo hacia la cumbre porque el refugio alcanzado nos garantiza la seguridad, porque más arriba nos espera el frío, nos amenazará la tormenta, la soledad. Pero ni siquiera en alcanzar la cima está la dicha; porque no sólo hay una cima. Creo que podría añadirse a los hitos anteriores (sentido, encontrarnos, amar) uno más: una ilusión continua, por alcanzar siempre nuevas metas, nuevas cimas.
De los que creen saber, tener respuestas, las respuestas, otros -no los sencillos y humildes-, desquiciados, enceguecidos, martillean las mentes de los que buscan con inocencia o con vocación filosófica, golpean con su violenta sabiduría, se ofenden si el ignorante no comprende (si el ignorante no comprende; así piensan, su especial, única, capacidad de comprensión es el pivote en torno al cual gira el mundo, su mundo, un mundo de ciegos visionarios). Estos que aseguran, que ven claro, sin atisbo de duda -¡qué afortunados son!- sienten lástima de los que no ven como ellos, de los que no piensan como ellos, en cuestiones que ni siquiera alcanzan la categoría de fundamentales para ellos.
Pero no conocemos las respuestas racionales a las preguntas "eternas" -salvo que algunos hayan visto realmente Algo.No puedo descartar esta magnífica posibilidad, la cual se aparta de la razón para arrimarse al amor-.
Admitiendo esto: que no conocemos (¿existe Dios, es providente, estamos sujetos a un destino, somos libres, será premiada la virtud, en ella misma -en su misma práctica- está el premio, será castigada la maldad, en ella misma está el castigo, moriremos para siempre -no volveremos, no veremos hacerse la justicia, no se nos dará una segunda oportunidad para rehacer nuestras vidas, rectificar, ser felices-,...?),... Admitiendo eso, digo, ¿no está el valor, la nota de humanidad, en tomarnos en serio esas preguntas, en inquietarnos por no poder dar respuesta a ninguna de ellas, en no conformarnos ni resignarnos a no saber, en no acomodarnos para sólo vivi r sin preguntas, sin calentamientos de cabeza, en hacer fundamentales esas cuestiones?
El pasado viernes, día 16 de este mes que pasa, fui a ver a mi madre. A menudo hago autostop. También esta vez lo hice. Se paró el primer coche que llegaba. El hombre me dijo que le sonaba mi cara. Yo pensé y le dije que quizás me vio algunas veces en la orilla de la carretera, aunque no fuera muy probable que se fijara en mi cara en esa circunstancia. Pero que si veía a alguien haciendo dedo bajo la lluvia, de noche o bajo un sol inclemente, con muchísimo frío, cargado con bolsas (llenas de libros recién comprados) y siempre sonriente, ése bien podía ser yo.
Me dijo que tendría que dejarme antes de llegar a la siguiente población, pues él no iba allí. Cuando le daba las gracias, aún no fuera del coche, vi que otro se acercaba. Salí con rapidez y le hice señas, con mi dedo índice, de que el pueblo que asomaba por el horizonte era mi próximo destino. Se paró. Me pareció que era extranjero, por su cara, por su acento y por la incorrección con que hablaba nuestra lengua. Con expresión de incredulidad, me dijo: ¿¿¿no tienes coche??? Fue generoso y me alargó hasta la salida del pueblo. Ya estaba más cerca de mi madre.
Acabo de bajarme del coche y ya viene otro; le pongo el dedo y se para, estoy de suerte hoy. El hombre me dice... -¿existe la casualidad?-... ¡que le suena mi cara! Pues a mí su cara no me suena nada, y seguro que mi problema de audición no tiene nada que ver con ello.
Mi madre está más delgada, pero con mejor aspecto en general: la veo con mejor ánimo, y más bondadosa, dulcificada, serena, apaciguada. Aunque se queja de que la ropa que le he comprado le aprieta y de que algunos de sus compañeros siempre están nerviosos, siempre vocingleros y discutidores, que parecen locos. Eso es cierto; lo sé porque yo mismo lo he visto y escuchado. Mi madre está muy bien, y se da cuenta de las cosas. Es muy inteligente, ha salido a mí. Hoy estoy algo bromista, para lo serio (seriote) que yo suelo ser. Dice, mi madre, que quiere una tele, que se la lleve. Y que me cuide mucho, que coma bien, que tenga cuidado con las candelas y que no vaya a trabajar.
Antes de despedirme -con la ilusión de volver a verla pronto-, me dio esta carta, que en su añoranza de mí me había escrito, con toda su inocencia y esas expresiones tan suyas:
" Jugo, estaras dormien (do) en el cuar (to)(quiere que duerma en el suyo, abajo, para ahorrarme de subir escaleras, para que no me canse) ata los perros en el patio o se los (das) al munisipal que el cansansio solo se cura en la cama si acues a tienpo las patillas no curan na no tomes mas patillas y si tomas una que sea con comida Jugo lo inportante es no perder comidas y tu sienpre as perdio muchas no seas tonto no trabajes mas que as trabajao demasiao no le agas caso a la gente mala abla con Dios y los ispiritos buenos te giaran por el buen camino se bueno no seas malo no desees mal a naide que la vida ai que vivi la llevandose bien to los dolores vienen de perder alimentos y trabajar demasiao no le agas caso a la tita no ables con ella que es mu viea y esta mal de la cabeza dede que se vino a vivi aqui estai ustede peor ya me lo dio la... lo que ase es manearlos como si fueran muñecos y los pone mas nerviosos Jugo que Dios te bendiga mi vida es sienpre pensando en ustede tu no sufras por na pae santo, que eres mu bueno y Dios no va a dejar que te pase na Jugo palillos enel caonsito de gas algodonsito de lo ohido Jugo la bota que hay ay me la trae y la tele la llave de mi casa los sarsillos las tierillas y trapos nuevos un abrazo grande"
Sí, mi madre está extrañamente dulce y serena, especialmente bondadosa, como si creyera antever cercano su final y preparara su ánimo y viático con palabras y hechos apropiados para tan importante cita (aunque ella no necesita preparación, pues toda su vida ha sido un ejercicio de bondad, de servicio alegre, de sacrificio por amor,...). Es extraño, o a mí me lo parece: mi padre pasó por esto también, se le suavizaron las maneras, me hablaba con amor explícito -en forma desusada en él-, su mirada era limpia como nunca se la vi (a veces, perdida, soñadora, nostálgica, infantil,...), a menudo unas lágrimas se deslizaban por sus mejillas, y hasta en sus movimientos lo notaba cambiado. Ahora me parece vislumbrar que una aceptación humilde de toda su vida y una comprensión súbita de la verdad del amor le dieron paz en sus últimos días. Podría equivocarme en mi observación, por supuesto, pero es que mi padre, como mi madre ahora, se volvió extrañamente bondadoso, comprensivo, humilde, justificante, sencillo,...
Me despedí de mi madre con tristeza. Antes, me había comido a besos varias veces, y no quería soltarse de mi cuello. Pero me sonreía todo el rato y decía que ella estaba bien, que me cuidara yo.
Quería comprar más libros. Como el tiempo con mi madre se me pasó volando, y no miré el reloj hasta... Hube de salir corriendo para coger el autobús, a una parada que hay en la carretera, y que me pillaba más cerca. Llegué sólo con cinco minutos de adelanto. Entonces, me dije: aún tengo tiempo para ponerle el dedo a alguno. Asomó el primero por la curva de arriba, a unos doscientos metros. Mi ojo de autostopista avezado vio en seguida que era un coche muy viejo y que iban en él cuatro hombres de muy mala pinta (sé que con lo de los estereotipos nos equivocamos a menudo, y que no hay que juzgar ni condenar a nadie por su aspecto sólo; pero a veces no podemos evitarlo, tenemos como una intuición. Y yo confieso que la tuve esta vez). Bajé raudo el brazo, y al pasar el coche di media vuelta, ocultando mis ojos, mi faz, y no queriendo ver si se paraban o no, como las avestruces cuando entierran su cabeza. Dos segundos de dolorosa incertidumbre y de temor pasaron. Cuando ya me pareció que habrían tomado la curva de abajo, me fui girando lentamente, como a cámara lenta. Pero a los pocos centímetros de haberme ladeado, vi con el rabillo del ojo que al fondo había una mancha negra y una figura, como un pequeño tiznón, braceando: ¡eeeh, ven, venga!
"¡Qué mala suerte!", pensé. Pero no fui capaz de negarme a acercarme, creo que, en parte, por un exceso (aunque creo que nunca la buena educación es excesiva) de buena educación y, por otra parte, por temor a desairar a quien se ofrecía a llevarme. Me fui acercando lentamente, quizás demasiado lentamente, tal vez con un temor mal disimulado. Me separaban unos ochenta metros del coche, cuesta abajo, pero esa distancia se me hizo larga, imaginando posibilidades nada halagüeñas. Vi que el que se había bajado metía la cabeza en el coche, que hablaba con sus compañeros (¿de qué tendrían que hablar en ese momento? De nada bueno para mí, pensaba en mi suspicacia). Ya cerca, mis temores se agrandaron, pues iban vestidos miserablemente y muy desaseados, barbados y el cabello largo y enmarañado.
Me pregunta el que unos segundos antes me hizo aspavientos con los brazos, urgiéndome a acercarme:
- ¿Adónde vas?
Yo vi en esta pregunta la oportunidad de salir bien de aquella ocasión. Aquella carretera llevaba, en línea recta, a la ciudad a la que yo pensaba ir, si malhadados imprevistos no me lo impedían. Yo iba por libros, quizás de aventuras, pero no quería vivirlas, o no grandes aventuras, peligrosas. Entre aquella ciudad y el punto en que ahora me encontraba no había ninguna población, en aquella línea recta, ni siquiera muy cerca. Sólo a mano derecha las había, pero algo lejanas; e incluso había que retroceder algo para encaminarse hacia ellas. Pensé que si les nombraba una población bien lejana, en el sentido opuesto al que yo llevaba, con pueblos intermedios entre ella y nosotros y unas carreteras sinuosas y poco transitadas, me dejarían tranquilo y se irían con viento fresco (que lo hacía, en verdad). Pensado y dicho, esperanzado:
- Voy a...
Parecerá increíble, pero... ¡allí iban ellos! O más bien, eso decían ellos, él, el de los brazos gesticulantes y las prisas e interés por hacerme el favor de llevarme.
-¡Venga, sube, que nosotros vamos allí también!
Está claro que no podía subir. Y necesitaba reaccionar con presteza, pues un no rotundo no me salía. Entonces, tuve la ocurrencia de inventarme... Sí, no se me ocurrió otra cosa que inventarme un pueblo, enterito, con sus habitantes y todo.
No he dicho antes que por su pronunciación y otros detalles noté que eran extranjeros. Esto podía ayudarme en lo de la invención que acababa de sacarme de la manga, aunque no dejaba de correr cierto riesgo, si sospechaban que me mofaba de ellos. Pero si me creían, no podrían decirme con sinceridad que también ellos tenían que pasar antes por un lugar inexistente (¡a no ser que el lugar existiera y yo, sin conocerlo, lo hubiera nombrado, cuando había millones de nombres posibles, de lugares inexistentes).
La cosa es que les dije:
- Bueno, no, mejor no, es que antes tengo que pasarme por... por Valverde del Pozo, para recoger unos papeles y...
Lo que parecía imposible, pasó, cuando ellos, con impaciencia, me interrumpieron, para decirme (aquello ya empezaba a parecerse a una pesadilla):
- ¡Venga, súbete!, que nosotros también tenemos que pasar por Valverde del Pozo.
Entonces, yo, ya mosqueado por dentro, tuve que decirles, echándole cara:
- Ya, pero es que antes tengo que pasar por Torreblanca del Camino; ¡pero muchas gracias, eh!
Y en esto que me di la vuelta y me fui alejando despacito. Por supuesto, Torreblanca del Camino no existe, o a mí me lo parece, o, al menos, yo nunca he oído hablar de un pueblo con ese nombre.
Ya había pasado lo malo, me puse a pensar con ilusión en los libros que iba a comprar. En ello estaba cuando otro coche asoma por la curva de arriba. ¿Será posible? Otro coche envejecido y... Bueno, esta vez eran sólo dos sus ocupantes, un hombre (el conductor, de unos sesenta años, de pelo completamente blanco y piel muy atezada y arrugada. Tampoco me gustó su pinta, en lo que pude advertir en dos segundos) y una mujer, de unos veinte a treinta años, de cabello muy oscuro y aplastado, largo, recogido atrás. En los detalles de que acabo de hacer mención me fijaría mejor después, ya dentro del coche, pues esta vez sí me subí. Pero antes, pensé, movido por la recién mala experiencia y el aspecto del coche que ahora se acercaba y el de sus ocupantes: ¿y si estos van con los otros? Bueno, aún no habían pasado, aún no se habían parado, y podían no pararse. Bajé también el brazo con rapidez, y otra vez me giré y ni miré si se paraban, como antes, para que dudaran y siguieran adelante. Pero parecía que aquel día estaba de Dios que todos los coches se pararan. Sí, también éste se paró. Pero esta vez, la mujer no bajó del coche; me pitaron, desde la curva de abajo.Y heme aquí que de nuevo me veo bajando despacito aquella cuesta y aquella curva. Bajaba despacito, a ver si se impacientaban y se iban. Cuando ya llegué a ellos, me pareció ver en su actitud -o era de nuevo una de mis corazonadas- que eran diferentes de los que pasaron antes. Me pareció que la mujer tenía una buena mirada. Y me sonrió con una bonita sonrisa. Eso me decidió. Aunque a veces,... Pero ya estaba dentro del coche, acompañado de un montón de bolsas, trapos sueltos, papeles,... tantas cosas, que tuve que sentarme encima de ellas. En seguida vi que el coche iba lleno de signos religiosos: crucecitas y estampitas de santos y vírgenes. Ya andando, algo que me pareció de ensueño: la mujer tenía una voz angelical, increíble, era como escuchar música, pero tan buena, que invitaba a cerrar los ojos, relajarse y disfrutar. La voz del hombre era, en cambio,seca, como si fuera una voz rugosa, tan arrugada como su cara. Me pareció que el contraste entre aquellas dos voces y aquellas dos fisonomías era tan grande y notorio, que hacían, por ello, muy buena pareja. Y comprobé en seguida que se trataban con sumo respeto y cariño. Pensé al pronto que podrían ser padre e hija, porque no soy bueno atisbando parecidos familiares. Pero en seguida salí de dudas, pues él le hablaba de un posible matrimonio, si ella se decidía a aceptarlo. Pero la compenetración me pareció muy buena entre los dos, o me lo pareció por la forma de ser de ella y la actitud paciente y calmosa de él.
Me sorprendió y gustó que lo primero que me dijeran,la mujer, fuera esto:
- Nosotros nunca cogemos a nadie en la carretera, porque nunca se sabe lo que puede pasar, y menos en estos tiempos que corren, tan malos. Pero en cuanto lo vi a usted, le dije a él: para, que ese hombre es bueno, tiene cara de bueno, y, además, yo sé que es bueno.
Y después de esta muestra tan buena de bienvenida, algo sorprendente, o para mí lo fue al menos, iba a escuchar. Ella empezó a hablar de un extraño sueño que le había sobrevenido la noche anterior. Decía algo así:
" Yo creo que tengo un don de Dios, que me manda sueños misteriosos, para que yo los interprete, sueños sobre cosas muy importantes, cosas que van a pasar y que afectan a todos. Y yo sé que no me equivoco, y que los sueños me los manda Dios, y que van a cumplirse..."
Dijo muchas otras cosas antes de pasar a contar su sueño, pero yo las he olvidado. En cuanto al sueño, contó que vio esto (más o menos, es lo que yo recuerdo):
" Y vi un pozo grande, muy, muy grande, de boca muy ancha, tapada. Y la boca se abrió -o alguien quitó la tapa- y empezaron a salir por ella animales fabulosos, monstruosos, a miles. Y empezaron a matar a la gente, destrozándolos con sus garras y fauces, y comiendo y bebiendo con deleite su carne y su sangre. Pero después bajaron del cielo otros animales, bellos estos, y que hablaban -mientras los otros gruñían y hacían ruidos sumamente desagradables-, pero no entendí lo que decían. Y se escuchaba una música de fondo, por detrás de los animales buenos, como si fuera una cortina musical, muy bajita al principio, y muy agradable, que daba mucha paz. Desp., la música empezó a oírse más fuerte, y molestaba a los animales feos, hasta llegar a hacérseles tan molesta, que empezaron a retorcerse por el suelo, como si sintieran un dolor insoportable. Entonces, se abrió la tierra y se tragó a los animales malos."
La mujer contó su sueño con muchos más detalles, pero yo no los recuerdo. Y contando estaba el sueño cuando llegamos a la ciudad.
En una noche de frío intenso
-ya habrán pasado muchos años-,
celebraréis la navidad en familia.
Entre risas y buenos recuerdos,
al brindar por vuestra alegría,
detendrás tu mirada
en un punto impreciso;
mirarás para adentro,
a un pasado lejano,
y cerrarás los ojos
para sentir más hondo:
¡cuánto me quería!
Sabrás tal vez que partí un día,
sin despedida, sin votos,
triste y sin compañía.
Tal vez harás el Camino
muy bien acompañada
-ese Camino con que tanto soñé,
y que contigo haría-
Y al llegar a Santiago,
pletórica de abrazos
y de buenos deseos,
detenido el tiempo,
volverás al pasado,
para verme ilusionado
con cumplir contigo
ese viejo deseo.
Pero yo no estaré.
Pero yo no te oiré.
Pero yo no te veré.
Ni volveré a ensoñar.
O tal vez volverás a esas ciudades mágicas.
O tal vez volverás a esos bellos paisajes.
Y tal vez volverás a escribir;
o a escuchar You are so beautiful
con la misma emoción, renovada.
Recordarás entonces que yo te lo dije
con palabras infinitamente cambiantes.
Si fui algo en la vida,
poeta fui por ti.
Poeta en la distancia;
y poeta en efímera presencia,
en fugaces horas de amorosa ebriedad.
Y si a veces saboreas
horas de melancólica soledad,
piensa en las que durante tantos años,
yo solo pasé sin ti.
Cuando con lánguida ternura,
como sombra de aquella que te hizo tan feliz,
y con nostalgia casi insoportable,
quieras revivir con memoria prestante
aquellas horas que te hicieron mujer,
que te hicieron persona,
que te hicieron flor
y te hicieron diosa,
acuérdate de que por ti sonreía,
de que un te quiero era cada sonrisa mía.
Y acuérdate de cómo te miraba,
y acuérdate de cómo te besaba,
y acuérdate de cómo te quería.
-Cada vez que un editor está a punto de declararse en quiebra, saca una nueva edición de la Biblia.
-¿Y por qué es tan apreciada la Biblia?
-Me figuro que es debido a que nadie la lee.
-¿Y qué hacen entonces con ella?
-La tienen.
Un niño de diez años de edad preguntando y su padre respondiéndole.
En la cama, a la 01'16 h. de la madrugada del 16 al 17 de marzo del 94:
Hoy he jugado un rato a futbito (dos horas y media). Bien; no he sentido dolor. Después, en casa, a la noche, tampoco.
Mi h., mi padre y yo hemos ido estos últ. días por espárragos.
A Cary Grant lo ha zamarreado hoy un perro grande, que por poco lo acaba. Se le ve muy mohíno, cabizbajo, taciturno,... ¡A ver si mañana se le levanta el ánimo!
En la cama, a las 22'30 h. del 17 de marzo del 94:
Hoy no he querido jugar al fútbol. Dos días seguidos es demasiado, tengo que tener cuidado.
Mis padres y yo hemos estado en la viña. Hemos cogido espárragos y collejas. Y hemos sembrado un chaparro. Sin dolor en los tobillos. Tambień hemos hecho picón. C. Grant se encuentra mejor.
Lunes, 4 de abril del 94:
De nuevo el tobillo izquierdo, en el cuarto día de fútbol, el quinto esguince. Me encontraba mejor que nunca, ninguna pierna me dolía, nada. E, inesperadamente, se torció otra vez. Otros quince días de vendaje, fui a urgencias. Aprovecharé para leer más. Ya he leído el de Unamuno, el de Orico y el de Olmedo. Ahora leo los tebeos del Jabato y del Capitán Trueno, sobre cine y estudio la matemática.
Me despedí de mi madre con tristeza. Antes, me había comido a besos varias veces, y no quería soltarse de mi cuello. Pero me sonreía todo el rato y decía que ella estaba bien, que me cuidara yo.
Quería comprar más libros. Como el tiempo con mi madre se me pasó volando, y no miré el reloj hasta... Hube de salir corriendo para coger el autobús, a una parada que hay en la carretera, y que me pillaba más cerca. Llegué sólo con cinco minutos de adelanto. Entonces, me dije: aún tengo tiempo para ponerle el dedo a alguno. Asomó el primero por la curva de arriba, a unos doscientos metros. Mi ojo de autostopista avezado vio en seguida que era un coche muy viejo y que iban en él cuatro hombres de muy mala pinta (sé que con lo de los estereotipos nos equivocamos a menudo, y que no hay que juzgar ni condenar a nadie por su aspecto sólo; pero a veces no podemos evitarlo, tenemos como una intuición. Y yo confieso que la tuve esta vez). Bajé raudo el brazo, y al pasar el coche di media vuelta, ocultando mis ojos, mi faz, y no queriendo ver si se paraban o no, como las avestruces cuando entierran su cabeza. Dos segundos de dolorosa incertidumbre y de temor pasaron. Cuando ya me pareció que habrían tomado la curva de abajo, me fui girando lentamente, como a cámara lenta. Pero a los pocos centímetros de haberme ladeado, vi con el rabillo del ojo que al fondo había una mancha negra y una figura, como un pequeño tiznón, braceando: ¡eeeh, ven, venga!
"¡Qué mala suerte!", pensé. Pero no fui capaz de negarme a acercarme, creo que, en parte, por un exceso (aunque creo que nunca la buena educación es excesiva) de buena educación y, por otra parte, por temor a desairar a quien se ofrecía a llevarme. Me fui acercando lentamente, quizás demasiado lentamente, tal vez con un temor mal disimulado. Me separaban unos ochenta metros del coche, cuesta abajo, pero esa distancia se me hizo larga, imaginando posibilidades nada halagüeñas. Vi que el que se había bajado metía la cabeza en el coche, que hablaba con sus compañeros (¿de qué tendrían que hablar en ese momento? De nada bueno para mí, pensaba en mi suspicacia). Ya cerca, mis temores se agrandaron, pues iban vestidos miserablemente y muy desaseados, barbados y el cabello largo y enmarañado.
Me pregunta el que unos segundos antes me hizo aspavientos con los brazos, urgiéndome a acercarme:
- ¿Adónde vas?
Yo vi en esta pregunta la oportunidad de salir bien de aquella ocasión. Aquella carretera llevaba, en línea recta, a la ciudad a la que yo pensaba ir, si malhadados imprevistos no me lo impedían. Yo iba por libros, quizás de aventuras, pero no quería vivirlas, o no grandes aventuras, peligrosas. Entre aquella ciudad y el punto en que ahora me encontraba no había ninguna población, en aquella línea recta, ni siquiera muy cerca. Sólo a mano derecha las había, pero algo lejanas; e incluso había que retroceder algo para encaminarse hacia ellas. Pensé que si les nombraba una población bien lejana, en el sentido opuesto al que yo llevaba, con pueblos intermedios entre ella y nosotros y unas carreteras sinuosas y poco transitadas, me dejarían tranquilo y se irían con viento fresco (que lo hacía, en verdad). Pensado y dicho, esperanzado:
- Voy a...
Parecerá increíble, pero... ¡allí iban ellos! O más bien, eso decían ellos, él, el de los brazos gesticulantes y las prisas e interés por hacerme el favor de llevarme.
-¡Venga, sube, que nosotros vamos allí también!
Está claro que no podía subir. Y necesitaba reaccionar con presteza, pues un no rotundo no me salía. Entonces, tuve la ocurrencia de inventarme... Sí, no se me ocurrió otra cosa que inventarme un pueblo, enterito, con sus habitantes y todo.
No he dicho antes que por su pronunciación y otros detalles noté que eran extranjeros. Esto podía ayudarme en lo de la invención que acababa de sacarme de la manga, aunque no dejaba de correr cierto riesgo, si sospechaban que me mofaba de ellos. Pero si me creían, no podrían decirme con sinceridad que también ellos tenían que pasar antes por un lugar inexistente (¡a no ser que el lugar existiera y yo, sin conocerlo, lo hubiera nombrado, cuando había millones de nombres posibles, de lugares inexistentes).
La cosa es que les dije:
- Bueno, no, mejor no, es que antes tengo que pasarme por... por Valverde del Pozo, para recoger unos papeles y...
Lo que parecía imposible, pasó, cuando ellos, con impaciencia, me interrumpieron, para decirme (aquello ya empezaba a parecerse a una pesadilla):
- ¡Venga, súbete!, que nosotros también tenemos que pasar por Valverde del Pozo.
Entonces, yo, ya mosqueado por dentro, tuve que decirles, echándole cara:
- Ya, pero es que antes tengo que pasar por Torreblanca del Camino; ¡pero muchas gracias, eh!
Y en esto que me di la vuelta y me fui alejando despacito. Por supuesto, Torreblanca del Camino no existe, o a mí me lo parece, o, al menos, yo nunca he oído hablar de un pueblo con ese nombre.
¡¡¡Qúe increíbles aventuras corres, Jugo, por esas carreteras de Dios!!! Y sabía yo que algo bueno tenía que guardar eso de hacer auto-stop, claro, ahora lo entiendo, es la emoción que te embarga en esos instantes en que piensas si los autoestopistas que paran estarán pensando en robarte, secuestrarte o vete a saber qué malos pensamientos albergan...estoy pensando yo también en hacer auto-stop, qué emoción!!! Seguro que disfrutaste como un incipiente lector saboreando aventuras de Julio Verne :D:D
Sí, Almendrón, fue muy emocionante esa aventura; pero una emoción muy desagradable, sentí mucho miedo. No recuerdo haberlo pasado tan mal en ninguno de mis días de autoestopista. No me gustaría que volviera a pasarme algo parecido. Debe de ser cosa de la edad.
Lo cierto es que sí, que mi vida está repleta de emociones y aventuras. Debe de ser, en parte, porque ahora veo las cosas de otro modo, les doy otra importancia: a las pequeñas (en apariencia), más; y a las grandes, grande o no tanto, la que me haga más feliz o menos infeliz.
Intento escribir -o ver en las cosas, en la gente, en mí- cada día una novela de aventuras, de amor, de todo un poco. Vivir puede, podría, ser escribir sin palabras. Por la mañana, escribo que me levanto con alegría, que desayuno con lo mismo, que leo con sumo gusto, escribo que escribo un poco: que me he levantado alegre, que he desayunado feliz, que he leído sonriente,... Y así sigo en lo que me resta de vivir diario.
¿No es una aventura la convivencia en paz, amistosa y alegre? ¿No es una aventura buscar la sonrisa perdida o encontrar cada día una buena razón para seguir siendo optimista?
Almendrón, me alegra que te pases por aquí de vez en cuando y pongas un poco de humor en este diario.
Sí, porque nos alegramos o nos entristecemos por lo que pensamos de/sobre algo; pero si pensamos otra cosa -diferente, contraria u opuesta- ya cambia el sentimiento: nos entristecemos menos o nada, o nos alegramos más o menos. Así que lo mejor es pensar en positivo, con una sonrisa siempre, con bondad. Bueno, que cada cual haga según vea. Yo así lo hago, y por este camino me voy encontrando mejor.
¡Trabajar, trabajar, trabajar, pero riendo a todas horas!Contrariedades, contrariedades y contrariedades, pero la risa a todas horas.
En Saroyan.
Miércoles, 6 de abril del 94:
Acabo de escuchar por la radio al profesor optimista. Dice que las neuronas de las mujeres son diferentes de las de los hombres, por causa de una diferencia hormonal. Igualmente, nuestras hormonas determinan nuestras tendencias sexuales (heterosexualidad, homosexualidad,...). O sea, que no somos heterosexuales u homosexuales por elección propia libre, sino por determinación hormonal. Y probablemente, son determinados también otros impulsos o movimientos personales: amor, odio, ilusión, ira,... Me ocurre pensar que todo está en el cerebro; y que con el estudio del mismo, se irán aclarando las grandes "cuestiones" históricas. Y que aún están por hacerse grandes revoluciones, que quizás las mayores todavía están por llegar.
En cama, del 10 al 11 (madrugada) de abril del 94:
¡Vaya trago (pésimo) hemos pasado hoy! Sobre el mío, el de C. Grant. Y es que por poco no se (me) ahoga. Paseábamos por la orilla del río, cuando a Max P. no se le ocurrió nada mejor que coger al inocente de Cary y arrojarlo al río, que iba bien crecido. Cary Grant es tan manso que se deja coger por cualquiera.
¡Qué trance tan doloroso, ver cómo se lo llevaba la corriente, tan pequeño él, por más que manoteaba el pobre!
Ya se alejaba, unos cien metros me separaban de él. Su esfuerzo no le acercaba ni un centímetro a la orilla. Yo lo supe en seguida, que no le valdría su intento para ello, la fuerza de la corriente era tanta... y tan poca la de mi perrito,... "¡¡¡Se ahoga, se ahoga!!!" En su carita se veía el miedo, y en el trepidante movimiento de sus manos. La muerte parecía, como en holograma, sonreírle -sonreírnos- burlonamente. Ya lo veía muy pequeño; por segundos, el río -no de la vida, esta vez- me estaba quitando a uno de mis seres más queridos. "¡¡¡Se ahoga, ya se ahoga!!!", no dejaba de lamentarme.
Entonces, empecé a correr, pues hasta entonces, desesperado, me había quedado como de piedra, impotente, resignado.
Ciertamente, era pequeño; y sus fuerzas no eran suficientes -a la vista estaba-; pero sus músculos, pequeños, parecían de acero, pues no cejaba en su titánico empeño de salvar la vida.Pero ya me parecía que braceaba con menos fuerza. Llegaría el momento de la extenuación, de la rendición, y todo acabaría.
Ahora me pregunto por qué un ser inocente había de morir así. Y me digo que si de nada era culpable,... ¿qué era esto? No un castigo, no sería razonable, no sería justo, no sería comprensible. ¿Qué entonces, un accidente, un error, una muestra de la necedad del hombre? ¿Por qué vidas inocentes están en manos culpables y mentes corrompidas, en relación de dependencia, subordinación, sumisión, esclavitud,...? ¿Por qué individuos inferiores, inútiles para la Belleza, dominan la naturaleza, dominan vidas que saben dar tanto bueno, que inspiran bellos sentimientos y mejoran a algunas personas, con su ejemplo, con su sencillez, su alegría, su fidelidad, su agradecimiento, su mansedumbre, su...?
¡Con qué hambre de vida lo intentaba! Pero el pobre se equivocaba, intentando nadar contra corriente, puesta su mirada en mí ("pensando" tal vez que yo era el único que podría, que debería, salvarlo). ¿Se "preguntaría" que por qué no me tiraba al agua para rescatarlo? Él no "sabía" que yo no sé nadar. Él había sido mi amigo incondicional, generoso y feliz, obsequioso de su amor sin mácula, y yo, en el trance más apurado, cuando mi amigo me necesitaba, no hacía nada por ayudarle, podía "pensar" él.
Max P. había desaparecido, al menos para mis sentidos, absorto como estaba en un sentimiento único. Concentrado absolutamente en nuestro dolor (de Cary Grant y mío), no podía pensar en su causante. Pero sí pude oír su voz, tras de mí, que gritaba:
-¡Se está acercando!
Mi respuesta, irreflexiva, casi como un eco negativo, surgida desde el fondo del pesimismo, fue:
- ¡Qué va, qué va, ya se ahoga!
Pero... Mis ojos empezaron a reavivarme, pues parecía que la distancia entre Cary y la orilla iba disminuyendo. Un giro de la corriente (no la fuerza de mi Cary, pues ya apenas si sacaba las manitas del agua) lo libró de la muerte -pensé entonces que lo libraba, movido prematuramente por mi deseo-. "Prematuramente" he dicho; pues un nuevo temor me sobrecogió: "quizás no sea capaz de agarrarse, salir por sus propias manos, si la inclinación de la orilla no se lo permite".
Por mi parte, como no había dejado de correr -bien que teniendo que desviarme, sortear varios obstáculos,..., lo cual me alejaba un poco de Cary por momentos; pero no era momento para sentirse cansado-, conseguí ponerme a su altura, a su lado, él en el agua y yo en la tierra; mas con una salvedad: nos separaba aún un arroyo que corría paralelo al río, para acabar, más adelante, desembocando en él. Súbitamente, esta vez sí irreflexivamente, me descalcé -para qué, por qué, no sé si hice bien- y me lancé a la pequeña aventura de vadear el arroyo, que iba crecido también, con la intención de darle mi mano salvadora, si llegaba a tiempo. Un nuevo contratiempo o temor me asaltó de repente: el arroyo era más profundo de lo que supuse; aún no estaba en su mitad y ya me llegaba por la cintura el agua. Y los pies se me hundía en el limo. Para colmo de males, me escurrí al sacarlos y sentí un dolor grande en el tobillo maltrecho. Pero no iba a detenerme un dolor de tobillo, cuando una vida estaba al pique. Al fin crucé aquel pequeño Amazonas y, sobre la orilla del río, tendido y colgando mi cabeza, le alargué mi mano a mi amigo. No la tomó él, obviamente, pero sí yo la suya. Nunca me pareció tan ligero como en aquel momento mi Cary Grant, mi pequeño y grande amigo.
Aún me quedaba, claro, que volver sobre mis pasos, cruzar de nuevo el arroyo, pero esta vez con mi perrito en brazos, necesariamente alzados, pues me llegaba el agua al pecho. ¡Mi pobre perrito, después del peligro pasado, se asustó cuando vio que me metía, lo metía, de nuevo en el agua! Se inquietó, protestó con tímidos movimientos corporales, pero confió al fin en mí. ¡Qué mala suerte!: volví a escurrirme, pero no se mojó ni un pelo de C. Grant, esta vez.
Ya en tierra firme, como vi que tiritaba y parecía el perro más triste del mundo, le tiré unas piedrecitas, pues es éste uno de los juegos que más le gustan. Así de sencillo es él, con unas piedras volvió a ser feliz, como si nada hubiera pasado.Y en segundos pareció olvidado, concentrado en su pequeña gran felicidad al traerme las piedras que le arrojaba, y el amor en sus ojos redoblado.
Comentarios
Wilhelm
Azotea, 18 de enero del 94:
¡Vaya aventura la de hoy! A las 7'30 h., noche oscura, me puse en la carretera, para hacer autostop. Pocas veces he pasado tanto frío, con varios grados bajo cero. ¡Y qué airazo! ¡Y qué ruido el de los árboles torturados por la galerna! ¿Quién se atrevería a parar en esas condiciones? Pues... ¡me cogieron antes de que hubieran pasado cinco minutos! El hombre debió de compadecerse de mí (aunque también podría haber pensado que debía de estar loco quien se pusiera a hacer autostop en una noche como ésa).
No iba el hombre a donde yo quería ir; pero me subí al coche y me fui con él, por quitarme unos minutos de aquel frío. Quizás, pensaba, esperaba, amainara aquel ventarrón durante el trayecto. Sólo tardaría algo más, de este modo, en llegar a mi lugar. Entremedias, después de un dedo más, con idéntico frío (no tuve suerte), aproveché para ir a la biblio de la ciudad a la que llegué. ¡Qué calentito se estaba allí! ¡Y leyendo! (soy un hombre afortunado). Leí a Voltaire, sus Cartas filosóficas, con prólogo de F. Savater (admira al filósofo francés). Había prejuzgado a Voltaire, sin haberlo leído, por dichos ajenos (¿quién no prejuzga a su prójimo, a veces?). Tengo mucho que aprender. Me gustó mucho lo que leí (acerca del alma -desprecio de la tradición: Platón, Sócrates, Aristóteles,...-, igualación del hombre con los otros animales (seres animados, idea típica del XVIII); la materia, el cuerpo, piensa (idea muy polémica),...). Admiró a Locke (un sabio modesto), polemizó con Pascal.
Hoy, mi segundo día de rehabilitación.
Seguí haciendo autostop, con varias paradas aún. Anduve mucho mientras esperaba, pues me aburría parado.
(Tengo ganas de releer a Voltaire y a Pascal. Pero creo que aún tardaré en hacerlo, supongo que mucho tiempo aún. Y me gustaría leer primera vez -si es que no lo he leído ya y no lo recuerdo- a Locke, y a otros muchos más, aunque sé que no me será posible leer tanto como deseo, por falta de tiempo, y quizás por otras razones.
Pero más ganas tengo de leer novela, aunque algunos que saben mucho digan que leer novelas a partir de cierta edad es un hábito infantil, y algo peor. Ya siento cansancio de tanta filosofía a secas, sin vida; cuando tanta buena filosofía hay en una buena novela, para quien sepa, y quiera, verla. La vida es maestra que habla sin ruido, entre charlatanes y escandalosos mudos. Pero hay que querer y saber escuchar.
Sí, he dicho que deseo releer a aquellos filósofos, a pesar del cansancio y del hastío que sus monólogos empiezan a provocarme; porque sigo con las ganas de aprender y comprender, si voy a poder. Pero sí, ya me cansa tanta teoría seca. Será, tal vez, porque ya no me concentro como antes, o porque no puedo llegar tan lejos ni tan hondo como antaño.
En cambio, la novela me divierte a la vez que me da que pensar, si es de enjundia, si está escrita con sabiduría, con inteligencia)
.
La fisioterapeuta es simpática, pero tiene imprevisibles prontos desagradables. La bibliotecaria tiene algo, pero es difícil. La limpiadora parece sencilla, pero... La secretaria de... es bonita, afable,... pero...
Ahora releo sobre la historia de la literatura española.
Día 23 de enero:
Ha muerto Telly Savalas, a sus setenta años, de cáncer de próstata. Recibió un Oscar secundario por La fuga de Alcatraz.
Día 25:
Desde hace unos días, leo a Unamuno en la biblio, sobre sus tendencias políticas: socialismo,... También he leído a Voltaire, a Séneca, a Hume, a Freud, a Umbral (sobre las mujeres españolas. Me ha parecido muy digna de consideración su idea de la afeminación del hombre europeo, incluso de la conveniencia de esta afeminación).
Día 30:
He pasado un rato muy a gusto, leyendo un diccionario etimológico, en la biblioteca. También he leído un buen rato de un diccionario de movimientos espirituales. Después, le he dedicado parte de la tarde a un diccionario de autores; y para terminar con los diccionarios, me he divertido mucho leyendo uno sobre personajes literarios. Para finalizar la tarde cultural, he vuelto a leer el evangelio copto de Felipe.
Ayer estuve en el hospital. La doctora no acudió a la cita que teníamos concertada; al parecer, enfermó a última hora.
Estuve en la biblioteca. Leí algo de Moral y sociedad, de Aranguren. Tengo mucha gana de leer su Ética.Leí un poco de algunos libros de religión, y un estudio serio sobre la pornografía. También leí un rato sobre Florencia, sobre su simbólico Puente Viejo, con su pasadizo de joyerías, respetado por Hitler; sobre el Arno, el río más literario de Italia; sobre el síndrome de Stendhal, producido por un exceso de percepción de arte,... Sobre los güelfos (papistas) y los gibelinos (imperialistas),...
He empezado a leer hace unos días el Quijote. Paralelamente, leo una biografía de Cervantes y de Camoens, de Osvaldo Orico; y el comentario que Unamuno hiciera al Quijote (Vida de don Quijote y Sancho). A la par también, leo varios libros de historia, sobre la época de Cervantes. Voy a empezar a leer, además, un estudio sobre el Quijote y el Amadís de Gaula, del padre Félix G. Olmedo.
El lunes pasado leí en la biblioteca una obra de teología cristológica y mariológica (creo que su título era Misterios de Cristo, pero dudo), del teólogo Francisco Suárez, S. I. Me pareció una obra propia de su tiempo. Hoy sería imposible o incomprensible tanta ingenuidad, tanta buena voluntad.
He leído, en varias ocasiones, que haces referencia a tu mala memoria o a la ausencia de ella.
No siempre la memoria es un ventaja, ni un don divino. Yo tengo la desgracia de olvidar muy pocas cosas. No es que recuerde qué hice el día 17 de enero de 1994, pero sí que recuerdo toda aquella época ( como el resto de mi vida) y puedo revivir una y otra vez las sensaciones, los sentimientos , el dolor, la alegría. Y si han acontecido sucesos tristes o luctuoso, el olvido es todo un alivio.
Echo de menos los pasajes de tu Diario en los que descansa tus pensamientos actuales o nos regalas con alguna que otra anécdota.
Saludos.
¡Hola, Carlos!
Primero: voy a intentar no enrollarme, no para responder a tus dos preguntas, que se contestan fácilmente: Sí y sí, lo conozco y lo he leído (ahora luego te digo); no enrollarme, te digo, porque ganas me dan de extenderme sobre la materia de los nombres de Cristo y otros temas que fray Luis toca en su libro, de más de quinientas páginas. Pero enrollarme me sería muy cansador, y, además, por otras razones prácticas no lo haré, espero. Por supuesto, mi perorata sería mera verborrea vacua, pues yo nada sé de los nombres de Cristo, ni de los temas sobre que fray Luis sí parece saber, de cuya importancia práctica puedo dudar.
Por otro lado, no puedo informarte con la certeza del que sabe que sabe. Y mi opinión poco vale. Mi memoria, menos. Yo puedo decirte que disfruté mucho con esta lectura. Y que ganas me entran de volver a acometerla, pero no lo haré, porque aunque sé que fray Luis volvería a admirarme, asombrarme, con su cultura escrituraria, patrística, etimológica,..., yo pienso en el fruto práctico que podría sacar de una relectura, y dudo mucho que me satisficiera. Esta lectura me estaba bien cuando yo tenía treinta años, pero ahora me la figuro como el trabajo de subir una empinada cuesta. Y es que fray Luis, si no recuerdo mal, no suelta la etimología, la filosofía, la ética, la ontología,... Creo que yo quedé encantado con la belleza de su lenguaje, y que muchas de sus páginas son modelos de belleza, según mi parecer y según el parecer autorizado de los que de verdad saben de estas cosas.
Pero yo no me atrevo a recomendarte esta lectura, ni te la desaconsejo. Tú debes ver cuánto lo deseas, cuánto te atrae, y cómo llevas esto de leer literatura religiosa, literatura de otra época, con otro lenguaje, con otra mentalidad. Para mí que esta obra sería un tostón, aburridísima, interminable, para una mayoría de lectores; especialmente, para aquellos que militan contra la religión. Pero no creo que estos pierdan su tiempo con esta clase de literatura. Yo sé que tú has leído a Pascal, a san Agustín,..., y que te gustaría leer al Aquinate, su Summa. Pero no te digo: ¡lee esta obra, es maravillosa!, sólo porque a mí me gustó. Yo no dejo que mi gusto me ciegue, no es por él que juzgo de la calidad de una obra, o de la conveniencia de su conocimiento.
Bueno, me temo que he vuelto a enrollarme un poco (o un mucho, no lo sé). Y quizás no te he dicho nada que te aclare.
Obras con un título parecido no recuerdo.
¡Hola, Francesca!
Gracias por pasarte por este diario y escribir.
A mí me pasa justo lo contrario que a ti, pues yo tengo la desgracia (pues he olvidado muchas, creo que la mayoría, de las cosas buenas que me han pasado; y también la mayor parte de lo aprendido) de olvidar mucho de lo vivido (visto, oído, hecho, leído,...). Si olvidas más lo malo, puedes alegrarte por ello; pero si olvidas más lo bueno (o tanto lo bueno como lo malo, por partes más o menos iguales), ya no te alegras tanto. A mí me pasa que me preocupa y entristece haber olvidado -y seguir olvidando- tantas cosas buenas. Me hablan de ellas los amigos y yo me quedo con la boca abierta, como si la cosa no fuera conmigo. No recuerdo a muchos de mis amigos de la infancia, ni a mis compañeros de colegio, instituto,..., ni a mis profesores, salvo unos pocos nombres y unas pocas caras. Tampoco recuerdo la mayoría de mis hechos (de mi niñez, ni de mi adolescencia, de mi juventud ni de mi etapa adulta). Y aunque puedo equivocarme, me parece que he retenido más imágenes (fijas y en movimiento, objetos, personas y hechos) negativas que positivas.
Habrás advertido que ahora predominan en mi diario las partes antiguas del mismo, que estoy copiando del original, escrito a mano. Además, me limito, las más de las veces, a copiar, sin añadir, como hacía antes, extensos y quizás aburridos comentarios. Tampoco me enrollo como antes, disertando a las veces más sobre lo divino conjeturable que sobre lo humano experimentable, en aquellos textos-río a que me estaba acostumbrando. Alicia me habla con delectación de mis primeros textos (los de 2.011, principalmente; y también de los de 2.012). Eran textos muy breves -algunos de una sola línea, o de dos o tres-, pero quizás con más poesía y más sentimiento que los siguientes, que fueron haciéndose cada día un poco más largos, y más apelmazados, secos,... Yo querría volver a aquella simplicidad formal de mi primera etapa diarística; pero como ahora soy otro (espero que mejor, o más profundo al menos, y más maduro),... Quizás soy ahora más racional, más analítico, y eso me haya quitado parte de mi inocencia. También creo que antes escribía con más alegría, cuando estaba alegre; y con más sentimiento o pasión cuando estaba triste o sentía nostalgia, el dolor de recordar lo bueno perdido,...
Por ahora, voy a seguir dedicando más tiempo a esta labor de copia de mi diario antiguo. Pero pensaré en lo que me has dicho, no me olvidaré de escribir algunas veces sobre lo que me ocurra mental y anecdóticamente.
Descalzo.
23'09 h. del 14 de febrero del 94:
Hace mucho tiempo que no salgo. No le veo el sentido.
El tobillo..., a ratos me parece que estoy mejor; pero me desengaño a poco, a poco que corra o esfuerce más. Sigo con los ejercicios de rehabilitación.
Ahora leo siete libros.
Veo poco cine últimamente.
01'33 h. de la madrugada del 27 al 28 de febrero:
Salí anoche. Hablé mucho, quizás demasiado (charloteo vano, involuntario, desagradable,...); y con gente obtusa, de ñatas entendederas. Estuve triste. Mas un poco me alegró la noche la charmante visión de...
Ahora veo poco cine.
13 horas del 9 de marzo del 94:
Anteayer sufrí otro, pero leve, esguince del tobillo izquierdo, al golpear el balón. Ya son cinco los esguinces de este tobillo.
Casi no veo cine ahora.
Hace unos días murió Melina Mercouri, de un cáncer de pulmón, en N. York.
01'50 h. del 14 de marzo del 94:
Ha muerto Fernando Rey.
Salí anoche. Bebí mucha cerveza. Hoy también he salido, pero no he bebido alcohol.
Ayer di un largo paseo con Cary Grant, por el campo. Hoy hemos hecho el mismo recorrido mi madre y yo. Le ha venido largo. Pero ha sido feliz, porque ella es feliz con nada, con todo. Como una niña, con entusiasmo infantil, no ha parado de decirlo todo, de mirarlo todo, de extasiarse con todo, de guardar un silencio admirativo, de cantar,... Hemos cogido, ella lo ha querido, espárragos, collejas (para hacer con ellas tortillas, buenísimas, que comeré con gusto, agradecimiento y mucha hambre) y sinoo (así llama ella al hinojo). Hemos vuelto en jeep, con Cary Grant a la carrera por detrás, ¡el pobre! No me ha dolido el tobillo (!!!)
(Ya no está C. Grant. Y mi madre ya no está para dar largos paseos. Es lo que tiene la vida, que nos depara y nos separa. Sonrío amorosamente al recordar a mi perrito, el más gracioso, hasta que llegaron Audrey y Anagallis. ¿Y qué diré de ti, mamá, sin que la pena me haga cerrar los ojos, para abrirlos llorosos?)
Por lo demás, coincido contigo, Jugo, en que debemos procurar que las lecturas nos sirvan en la prágmática de la vida, pero también pienso que si alguien disfruta leyendo tal o cual libro, aunque los contenidos del mismo no tengan aplicación práctica, el hecho de proporcionar placer ya hace que merezca la pena leerlo.
Saludos desde la bella Cástulo
No, Almendrón, no sabía de esa carta. Gracias por proporcionarme esa información.
Sobre la cuestión de la utilidad de la lectura ociosa, convengo contigo en que el gozo estético, ideológico,... que nos proporciona es razón suficiente para darla por provechosa, y justifica el esfuerzo, si éste no es muy grande (no siempre se lee, ni todos leen, en las mismas condiciones. El cansancio físico y/o mental, el ánimo y/o desánimo del momento, la edad, etc., pueden ser factores que influyan en ello). A mí me ocurre ahora que parar algunas lecturas ya no me siento tan motivado como hace años. El tiempo nos desengaña a algunos (no sé si a todos) de algunas cosas, con el tiempo las ilusiones son menos, con él languidecemos, se nos cansa la lengua, el oído, la vista y la mente (por no hablar de otras partes corporales). Cuando no me atrevo a intentar releer alguna obra literaria, aun sabiendo que volvería a ser muy feliz releyéndola, es porque temo, sé, que necesitaré esforzarme mucho para intentar comprender y retener un poco. Un personaje de una novela que ahora leo dijo que la vida es un negocio que no cubre gastos. Yo diría que la lectura (y la escritura) es un negocio parecido a veces, en que el esfuerzo, la dedicación, la ilusión, no se ven compensados, recompensados, bien por la falta del fruto esperado (felicidad, madurez, éxito o socialización, un cierto nivel de cultura,...) o bien porque el placer obtenido no nos basta o llena, a algunos.
Sí, Almendrón, también yo me divierto leyendo relajadamente, sólo por el placer de imaginar mundos y vidas que no viviré. Pero también busco, las más de las veces, y principalmente, sacar un provecho, intelectual, moral, práctico, de la lectura.
Gracias, JLFRIAS. Espero que vuelvas a leerme con curiosidad y gusto. Con lo mismo espero leerte yo.
21-9-14:
Yo no tengo las respuestas a estas cuestiones fundamentales planteadas en mi diario. Sobre esto, yo no diré "yo sé". Hay gente que cree saber, pero que no sabe.De estos, algunos son personas sencillas, sin malicia, que imaginan que saben sólo porque sienten mucho, intensamente, y de un modo que les parece especial. Algunos de estos viven acuciados por el deseo de saber más, porque tienen el deseo no del todo consciente, o no siempre consciente, de sentir más. Creen estos últimos que buscan un conocimiento teórico, las respuestas definitivas, cuando en realidad lo que les pasa es que el sentimiento se les desborda y sienten de un modo neblinoso que su acontecer diario podría resumirse o definirse como una vaga y difusa insatisfacción vital.
Algo nos falta a todos, algo impreciso, que no es sólo la felicidad: el deseo satisfecho, la necesidad cubierta, la inseguridad anulada, el temor perdido, la tranquilidad ganada, la serenidad alcanzada, la conciencia descargada, la alegría conquistada, la salud recobrada,... No; tal vez nos falta encontrar un sentido a la vida, conocernos -de verdad, posar nuestra mirada valiente en el fondo de lo que somos realmente, de lo que en verdad sentimos y deseamos- y..., y tal vez..., sí, tal vez también nos falte amar. Esto es lo más difícil, a la vez que lo más fácil, o podría serlo, si pudiéramos nacer de nuevo de manera clara y consciente ( imperceptiblemente, para muchos, quizás para la mayoría, nacemos de nuevo cada día, pero no nos damos cuenta).
Encontrar ese sentido a la vida, encontrarnos a nosotros mismos y llegar a amar son, me parece, ingredientes o características de una vida dichosa, que no vulgarmente feliz. La felicidad sin esas etapas del conocimiento o maduración personal no sería más que un acomodamiento, un negarse a seguir subiendo hacia la cumbre porque el refugio alcanzado nos garantiza la seguridad, porque más arriba nos espera el frío, nos amenazará la tormenta, la soledad. Pero ni siquiera en alcanzar la cima está la dicha; porque no sólo hay una cima. Creo que podría añadirse a los hitos anteriores (sentido, encontrarnos, amar) uno más: una ilusión continua, por alcanzar siempre nuevas metas, nuevas cimas.
De los que creen saber, tener respuestas, las respuestas, otros -no los sencillos y humildes-, desquiciados, enceguecidos, martillean las mentes de los que buscan con inocencia o con vocación filosófica, golpean con su violenta sabiduría, se ofenden si el ignorante no comprende (si el ignorante no comprende; así piensan, su especial, única, capacidad de comprensión es el pivote en torno al cual gira el mundo, su mundo, un mundo de ciegos visionarios). Estos que aseguran, que ven claro, sin atisbo de duda -¡qué afortunados son!- sienten lástima de los que no ven como ellos, de los que no piensan como ellos, en cuestiones que ni siquiera alcanzan la categoría de fundamentales para ellos.
Pero no conocemos las respuestas racionales a las preguntas "eternas" -salvo que algunos hayan visto realmente Algo.No puedo descartar esta magnífica posibilidad, la cual se aparta de la razón para arrimarse al amor-.
Admitiendo esto: que no conocemos (¿existe Dios, es providente, estamos sujetos a un destino, somos libres, será premiada la virtud, en ella misma -en su misma práctica- está el premio, será castigada la maldad, en ella misma está el castigo, moriremos para siempre -no volveremos, no veremos hacerse la justicia, no se nos dará una segunda oportunidad para rehacer nuestras vidas, rectificar, ser felices-,...?),... Admitiendo eso, digo, ¿no está el valor, la nota de humanidad, en tomarnos en serio esas preguntas, en inquietarnos por no poder dar respuesta a ninguna de ellas, en no conformarnos ni resignarnos a no saber, en no acomodarnos para sólo vivi r sin preguntas, sin calentamientos de cabeza, en hacer fundamentales esas cuestiones?
Me dijo que tendría que dejarme antes de llegar a la siguiente población, pues él no iba allí. Cuando le daba las gracias, aún no fuera del coche, vi que otro se acercaba. Salí con rapidez y le hice señas, con mi dedo índice, de que el pueblo que asomaba por el horizonte era mi próximo destino. Se paró. Me pareció que era extranjero, por su cara, por su acento y por la incorrección con que hablaba nuestra lengua. Con expresión de incredulidad, me dijo: ¿¿¿no tienes coche??? Fue generoso y me alargó hasta la salida del pueblo. Ya estaba más cerca de mi madre.
Acabo de bajarme del coche y ya viene otro; le pongo el dedo y se para, estoy de suerte hoy. El hombre me dice... -¿existe la casualidad?-... ¡que le suena mi cara! Pues a mí su cara no me suena nada, y seguro que mi problema de audición no tiene nada que ver con ello.
Antes de despedirme -con la ilusión de volver a verla pronto-, me dio esta carta, que en su añoranza de mí me había escrito, con toda su inocencia y esas expresiones tan suyas:
" Jugo, estaras dormien (do) en el cuar (to) (quiere que duerma en el suyo, abajo, para ahorrarme de subir escaleras, para que no me canse) ata los perros en el patio o se los (das) al munisipal que el cansansio solo se cura en la cama si acues a tienpo las patillas no curan na no tomes mas patillas y si tomas una que sea con comida Jugo lo inportante es no perder comidas y tu sienpre as perdio muchas no seas tonto no trabajes mas que as trabajao demasiao no le agas caso a la gente mala abla con Dios y los ispiritos buenos te giaran por el buen camino se bueno no seas malo no desees mal a naide que la vida ai que vivi la llevandose bien to los dolores vienen de perder alimentos y trabajar demasiao no le agas caso a la tita no ables con ella que es mu viea y esta mal de la cabeza dede que se vino a vivi aqui estai ustede peor ya me lo dio la... lo que ase es manearlos como si fueran muñecos y los pone mas nerviosos Jugo que Dios te bendiga mi vida es sienpre pensando en ustede tu no sufras por na pae santo, que eres mu bueno y Dios no va a dejar que te pase na Jugo palillos enel caonsito de gas algodonsito de lo ohido Jugo la bota que hay ay me la trae y la tele la llave de mi casa los sarsillos las tierillas y trapos nuevos un abrazo grande"
Quería comprar más libros. Como el tiempo con mi madre se me pasó volando, y no miré el reloj hasta... Hube de salir corriendo para coger el autobús, a una parada que hay en la carretera, y que me pillaba más cerca. Llegué sólo con cinco minutos de adelanto. Entonces, me dije: aún tengo tiempo para ponerle el dedo a alguno. Asomó el primero por la curva de arriba, a unos doscientos metros. Mi ojo de autostopista avezado vio en seguida que era un coche muy viejo y que iban en él cuatro hombres de muy mala pinta (sé que con lo de los estereotipos nos equivocamos a menudo, y que no hay que juzgar ni condenar a nadie por su aspecto sólo; pero a veces no podemos evitarlo, tenemos como una intuición. Y yo confieso que la tuve esta vez). Bajé raudo el brazo, y al pasar el coche di media vuelta, ocultando mis ojos, mi faz, y no queriendo ver si se paraban o no, como las avestruces cuando entierran su cabeza. Dos segundos de dolorosa incertidumbre y de temor pasaron. Cuando ya me pareció que habrían tomado la curva de abajo, me fui girando lentamente, como a cámara lenta. Pero a los pocos centímetros de haberme ladeado, vi con el rabillo del ojo que al fondo había una mancha negra y una figura, como un pequeño tiznón, braceando: ¡eeeh, ven, venga!
"¡Qué mala suerte!", pensé. Pero no fui capaz de negarme a acercarme, creo que, en parte, por un exceso (aunque creo que nunca la buena educación es excesiva) de buena educación y, por otra parte, por temor a desairar a quien se ofrecía a llevarme. Me fui acercando lentamente, quizás demasiado lentamente, tal vez con un temor mal disimulado. Me separaban unos ochenta metros del coche, cuesta abajo, pero esa distancia se me hizo larga, imaginando posibilidades nada halagüeñas. Vi que el que se había bajado metía la cabeza en el coche, que hablaba con sus compañeros (¿de qué tendrían que hablar en ese momento? De nada bueno para mí, pensaba en mi suspicacia). Ya cerca, mis temores se agrandaron, pues iban vestidos miserablemente y muy desaseados, barbados y el cabello largo y enmarañado.
Me pregunta el que unos segundos antes me hizo aspavientos con los brazos, urgiéndome a acercarme:
- ¿Adónde vas?
Yo vi en esta pregunta la oportunidad de salir bien de aquella ocasión. Aquella carretera llevaba, en línea recta, a la ciudad a la que yo pensaba ir, si malhadados imprevistos no me lo impedían. Yo iba por libros, quizás de aventuras, pero no quería vivirlas, o no grandes aventuras, peligrosas. Entre aquella ciudad y el punto en que ahora me encontraba no había ninguna población, en aquella línea recta, ni siquiera muy cerca. Sólo a mano derecha las había, pero algo lejanas; e incluso había que retroceder algo para encaminarse hacia ellas. Pensé que si les nombraba una población bien lejana, en el sentido opuesto al que yo llevaba, con pueblos intermedios entre ella y nosotros y unas carreteras sinuosas y poco transitadas, me dejarían tranquilo y se irían con viento fresco (que lo hacía, en verdad). Pensado y dicho, esperanzado:
- Voy a...
Parecerá increíble, pero... ¡allí iban ellos! O más bien, eso decían ellos, él, el de los brazos gesticulantes y las prisas e interés por hacerme el favor de llevarme.
-¡Venga, sube, que nosotros vamos allí también!
Está claro que no podía subir. Y necesitaba reaccionar con presteza, pues un no rotundo no me salía. Entonces, tuve la ocurrencia de inventarme... Sí, no se me ocurrió otra cosa que inventarme un pueblo, enterito, con sus habitantes y todo.
No he dicho antes que por su pronunciación y otros detalles noté que eran extranjeros. Esto podía ayudarme en lo de la invención que acababa de sacarme de la manga, aunque no dejaba de correr cierto riesgo, si sospechaban que me mofaba de ellos. Pero si me creían, no podrían decirme con sinceridad que también ellos tenían que pasar antes por un lugar inexistente (¡a no ser que el lugar existiera y yo, sin conocerlo, lo hubiera nombrado, cuando había millones de nombres posibles, de lugares inexistentes).
La cosa es que les dije:
- Bueno, no, mejor no, es que antes tengo que pasarme por... por Valverde del Pozo, para recoger unos papeles y...
Lo que parecía imposible, pasó, cuando ellos, con impaciencia, me interrumpieron, para decirme (aquello ya empezaba a parecerse a una pesadilla):
- ¡Venga, súbete!, que nosotros también tenemos que pasar por Valverde del Pozo.
Entonces, yo, ya mosqueado por dentro, tuve que decirles, echándole cara:
- Ya, pero es que antes tengo que pasar por Torreblanca del Camino; ¡pero muchas gracias, eh!
Y en esto que me di la vuelta y me fui alejando despacito. Por supuesto, Torreblanca del Camino no existe, o a mí me lo parece, o, al menos, yo nunca he oído hablar de un pueblo con ese nombre.
Me sorprendió y gustó que lo primero que me dijeran,la mujer, fuera esto:
- Nosotros nunca cogemos a nadie en la carretera, porque nunca se sabe lo que puede pasar, y menos en estos tiempos que corren, tan malos. Pero en cuanto lo vi a usted, le dije a él: para, que ese hombre es bueno, tiene cara de bueno, y, además, yo sé que es bueno.
Y después de esta muestra tan buena de bienvenida, algo sorprendente, o para mí lo fue al menos, iba a escuchar. Ella empezó a hablar de un extraño sueño que le había sobrevenido la noche anterior. Decía algo así:
" Yo creo que tengo un don de Dios, que me manda sueños misteriosos, para que yo los interprete, sueños sobre cosas muy importantes, cosas que van a pasar y que afectan a todos. Y yo sé que no me equivoco, y que los sueños me los manda Dios, y que van a cumplirse..."
Dijo muchas otras cosas antes de pasar a contar su sueño, pero yo las he olvidado. En cuanto al sueño, contó que vio esto (más o menos, es lo que yo recuerdo):
" Y vi un pozo grande, muy, muy grande, de boca muy ancha, tapada. Y la boca se abrió -o alguien quitó la tapa- y empezaron a salir por ella animales fabulosos, monstruosos, a miles. Y empezaron a matar a la gente, destrozándolos con sus garras y fauces, y comiendo y bebiendo con deleite su carne y su sangre. Pero después bajaron del cielo otros animales, bellos estos, y que hablaban -mientras los otros gruñían y hacían ruidos sumamente desagradables-, pero no entendí lo que decían. Y se escuchaba una música de fondo, por detrás de los animales buenos, como si fuera una cortina musical, muy bajita al principio, y muy agradable, que daba mucha paz. Desp., la música empezó a oírse más fuerte, y molestaba a los animales feos, hasta llegar a hacérseles tan molesta, que empezaron a retorcerse por el suelo, como si sintieran un dolor insoportable. Entonces, se abrió la tierra y se tragó a los animales malos."
La mujer contó su sueño con muchos más detalles, pero yo no los recuerdo. Y contando estaba el sueño cuando llegamos a la ciudad.
Jugo, J FRÍAS, ¿no es tu vecino José? Puede que se haya puesto Internet, ten cuidado, mira que si te está robando la wifi ...:D
-ya habrán pasado muchos años-,
celebraréis la navidad en familia.
Entre risas y buenos recuerdos,
al brindar por vuestra alegría,
detendrás tu mirada
en un punto impreciso;
mirarás para adentro,
a un pasado lejano,
y cerrarás los ojos
para sentir más hondo:
¡cuánto me quería!
Sabrás tal vez que partí un día,
sin despedida, sin votos,
triste y sin compañía.
Tal vez harás el Camino
muy bien acompañada
-ese Camino con que tanto soñé,
y que contigo haría-
Y al llegar a Santiago,
pletórica de abrazos
y de buenos deseos,
detenido el tiempo,
volverás al pasado,
para verme ilusionado
con cumplir contigo
ese viejo deseo.
Pero yo no estaré.
Pero yo no te oiré.
Pero yo no te veré.
Ni volveré a ensoñar.
O tal vez volverás a esas ciudades mágicas.
O tal vez volverás a esos bellos paisajes.
Y tal vez volverás a escribir;
o a escuchar You are so beautiful
con la misma emoción, renovada.
Recordarás entonces que yo te lo dije
con palabras infinitamente cambiantes.
Si fui algo en la vida,
poeta fui por ti.
Poeta en la distancia;
y poeta en efímera presencia,
en fugaces horas de amorosa ebriedad.
Y si a veces saboreas
horas de melancólica soledad,
piensa en las que durante tantos años,
yo solo pasé sin ti.
Cuando con lánguida ternura,
como sombra de aquella que te hizo tan feliz,
y con nostalgia casi insoportable,
quieras revivir con memoria prestante
aquellas horas que te hicieron mujer,
que te hicieron persona,
que te hicieron flor
y te hicieron diosa,
acuérdate de que por ti sonreía,
de que un te quiero era cada sonrisa mía.
Y acuérdate de cómo te miraba,
y acuérdate de cómo te besaba,
y acuérdate de cómo te quería.
-¿Y por qué es tan apreciada la Biblia?
-Me figuro que es debido a que nadie la lee.
-¿Y qué hacen entonces con ella?
-La tienen.
Un niño de diez años de edad preguntando y su padre respondiéndole.
En la cama, a la 01'16 h. de la madrugada del 16 al 17 de marzo del 94:
Hoy he jugado un rato a futbito (dos horas y media). Bien; no he sentido dolor. Después, en casa, a la noche, tampoco.
Mi h., mi padre y yo hemos ido estos últ. días por espárragos.
A Cary Grant lo ha zamarreado hoy un perro grande, que por poco lo acaba. Se le ve muy mohíno, cabizbajo, taciturno,... ¡A ver si mañana se le levanta el ánimo!
En la cama, a las 22'30 h. del 17 de marzo del 94:
Hoy no he querido jugar al fútbol. Dos días seguidos es demasiado, tengo que tener cuidado.
Mis padres y yo hemos estado en la viña. Hemos cogido espárragos y collejas. Y hemos sembrado un chaparro. Sin dolor en los tobillos. Tambień hemos hecho picón. C. Grant se encuentra mejor.
Lunes, 4 de abril del 94:
De nuevo el tobillo izquierdo, en el cuarto día de fútbol, el quinto esguince. Me encontraba mejor que nunca, ninguna pierna me dolía, nada. E, inesperadamente, se torció otra vez. Otros quince días de vendaje, fui a urgencias. Aprovecharé para leer más. Ya he leído el de Unamuno, el de Orico y el de Olmedo. Ahora leo los tebeos del Jabato y del Capitán Trueno, sobre cine y estudio la matemática.
Aun con el alma arañada,
te amaré sin reproche,
te amaré en la noche
y en la tarde soleada.
Aunque pierda la espera,
aunque caiga enfermo,
te amaré en el yermo
y en la amable pradera.
Te amaré aun negado.
Y olvidado, te amaré.
Que te ame quiere el hado.
Y mañana te amaré
como nunca te he amado,
y como nunca pensé.
¡¡¡Qúe increíbles aventuras corres, Jugo, por esas carreteras de Dios!!! Y sabía yo que algo bueno tenía que guardar eso de hacer auto-stop, claro, ahora lo entiendo, es la emoción que te embarga en esos instantes en que piensas si los autoestopistas que paran estarán pensando en robarte, secuestrarte o vete a saber qué malos pensamientos albergan...estoy pensando yo también en hacer auto-stop, qué emoción!!! Seguro que disfrutaste como un incipiente lector saboreando aventuras de Julio Verne
Lo cierto es que sí, que mi vida está repleta de emociones y aventuras. Debe de ser, en parte, porque ahora veo las cosas de otro modo, les doy otra importancia: a las pequeñas (en apariencia), más; y a las grandes, grande o no tanto, la que me haga más feliz o menos infeliz.
Intento escribir -o ver en las cosas, en la gente, en mí- cada día una novela de aventuras, de amor, de todo un poco. Vivir puede, podría, ser escribir sin palabras. Por la mañana, escribo que me levanto con alegría, que desayuno con lo mismo, que leo con sumo gusto, escribo que escribo un poco: que me he levantado alegre, que he desayunado feliz, que he leído sonriente,... Y así sigo en lo que me resta de vivir diario.
¿No es una aventura la convivencia en paz, amistosa y alegre? ¿No es una aventura buscar la sonrisa perdida o encontrar cada día una buena razón para seguir siendo optimista?
Almendrón, me alegra que te pases por aquí de vez en cuando y pongas un poco de humor en este diario.
Sí, porque nos alegramos o nos entristecemos por lo que pensamos de/sobre algo; pero si pensamos otra cosa -diferente, contraria u opuesta- ya cambia el sentimiento: nos entristecemos menos o nada, o nos alegramos más o menos. Así que lo mejor es pensar en positivo, con una sonrisa siempre, con bondad. Bueno, que cada cual haga según vea. Yo así lo hago, y por este camino me voy encontrando mejor.
En Saroyan.
Miércoles, 6 de abril del 94:
Acabo de escuchar por la radio al profesor optimista. Dice que las neuronas de las mujeres son diferentes de las de los hombres, por causa de una diferencia hormonal. Igualmente, nuestras hormonas determinan nuestras tendencias sexuales (heterosexualidad, homosexualidad,...). O sea, que no somos heterosexuales u homosexuales por elección propia libre, sino por determinación hormonal. Y probablemente, son determinados también otros impulsos o movimientos personales: amor, odio, ilusión, ira,... Me ocurre pensar que todo está en el cerebro; y que con el estudio del mismo, se irán aclarando las grandes "cuestiones" históricas. Y que aún están por hacerse grandes revoluciones, que quizás las mayores todavía están por llegar.
- Nada en absoluto.
Por Saroyan.
En cama, del 10 al 11 (madrugada) de abril del 94:
¡Vaya trago (pésimo) hemos pasado hoy! Sobre el mío, el de C. Grant. Y es que por poco no se (me) ahoga. Paseábamos por la orilla del río, cuando a Max P. no se le ocurrió nada mejor que coger al inocente de Cary y arrojarlo al río, que iba bien crecido. Cary Grant es tan manso que se deja coger por cualquiera.
¡Qué trance tan doloroso, ver cómo se lo llevaba la corriente, tan pequeño él, por más que manoteaba el pobre!
Ya se alejaba, unos cien metros me separaban de él. Su esfuerzo no le acercaba ni un centímetro a la orilla. Yo lo supe en seguida, que no le valdría su intento para ello, la fuerza de la corriente era tanta... y tan poca la de mi perrito,... "¡¡¡Se ahoga, se ahoga!!!" En su carita se veía el miedo, y en el trepidante movimiento de sus manos. La muerte parecía, como en holograma, sonreírle -sonreírnos- burlonamente. Ya lo veía muy pequeño; por segundos, el río -no de la vida, esta vez- me estaba quitando a uno de mis seres más queridos. "¡¡¡Se ahoga, ya se ahoga!!!", no dejaba de lamentarme.
Entonces, empecé a correr, pues hasta entonces, desesperado, me había quedado como de piedra, impotente, resignado.
Ciertamente, era pequeño; y sus fuerzas no eran suficientes -a la vista estaba-; pero sus músculos, pequeños, parecían de acero, pues no cejaba en su titánico empeño de salvar la vida.Pero ya me parecía que braceaba con menos fuerza. Llegaría el momento de la extenuación, de la rendición, y todo acabaría.
Ahora me pregunto por qué un ser inocente había de morir así. Y me digo que si de nada era culpable,... ¿qué era esto? No un castigo, no sería razonable, no sería justo, no sería comprensible. ¿Qué entonces, un accidente, un error, una muestra de la necedad del hombre? ¿Por qué vidas inocentes están en manos culpables y mentes corrompidas, en relación de dependencia, subordinación, sumisión, esclavitud,...? ¿Por qué individuos inferiores, inútiles para la Belleza, dominan la naturaleza, dominan vidas que saben dar tanto bueno, que inspiran bellos sentimientos y mejoran a algunas personas, con su ejemplo, con su sencillez, su alegría, su fidelidad, su agradecimiento, su mansedumbre, su...?
¡Con qué hambre de vida lo intentaba! Pero el pobre se equivocaba, intentando nadar contra corriente, puesta su mirada en mí ("pensando" tal vez que yo era el único que podría, que debería, salvarlo). ¿Se "preguntaría" que por qué no me tiraba al agua para rescatarlo? Él no "sabía" que yo no sé nadar. Él había sido mi amigo incondicional, generoso y feliz, obsequioso de su amor sin mácula, y yo, en el trance más apurado, cuando mi amigo me necesitaba, no hacía nada por ayudarle, podía "pensar" él.
Max P. había desaparecido, al menos para mis sentidos, absorto como estaba en un sentimiento único. Concentrado absolutamente en nuestro dolor (de Cary Grant y mío), no podía pensar en su causante. Pero sí pude oír su voz, tras de mí, que gritaba:
-¡Se está acercando!
Mi respuesta, irreflexiva, casi como un eco negativo, surgida desde el fondo del pesimismo, fue:
- ¡Qué va, qué va, ya se ahoga!
Pero... Mis ojos empezaron a reavivarme, pues parecía que la distancia entre Cary y la orilla iba disminuyendo. Un giro de la corriente (no la fuerza de mi Cary, pues ya apenas si sacaba las manitas del agua) lo libró de la muerte -pensé entonces que lo libraba, movido prematuramente por mi deseo-. "Prematuramente" he dicho; pues un nuevo temor me sobrecogió: "quizás no sea capaz de agarrarse, salir por sus propias manos, si la inclinación de la orilla no se lo permite".
Por mi parte, como no había dejado de correr -bien que teniendo que desviarme, sortear varios obstáculos,..., lo cual me alejaba un poco de Cary por momentos; pero no era momento para sentirse cansado-, conseguí ponerme a su altura, a su lado, él en el agua y yo en la tierra; mas con una salvedad: nos separaba aún un arroyo que corría paralelo al río, para acabar, más adelante, desembocando en él. Súbitamente, esta vez sí irreflexivamente, me descalcé -para qué, por qué, no sé si hice bien- y me lancé a la pequeña aventura de vadear el arroyo, que iba crecido también, con la intención de darle mi mano salvadora, si llegaba a tiempo. Un nuevo contratiempo o temor me asaltó de repente: el arroyo era más profundo de lo que supuse; aún no estaba en su mitad y ya me llegaba por la cintura el agua. Y los pies se me hundía en el limo. Para colmo de males, me escurrí al sacarlos y sentí un dolor grande en el tobillo maltrecho. Pero no iba a detenerme un dolor de tobillo, cuando una vida estaba al pique. Al fin crucé aquel pequeño Amazonas y, sobre la orilla del río, tendido y colgando mi cabeza, le alargué mi mano a mi amigo. No la tomó él, obviamente, pero sí yo la suya. Nunca me pareció tan ligero como en aquel momento mi Cary Grant, mi pequeño y grande amigo.
Aún me quedaba, claro, que volver sobre mis pasos, cruzar de nuevo el arroyo, pero esta vez con mi perrito en brazos, necesariamente alzados, pues me llegaba el agua al pecho. ¡Mi pobre perrito, después del peligro pasado, se asustó cuando vio que me metía, lo metía, de nuevo en el agua! Se inquietó, protestó con tímidos movimientos corporales, pero confió al fin en mí. ¡Qué mala suerte!: volví a escurrirme, pero no se mojó ni un pelo de C. Grant, esta vez.
Ya en tierra firme, como vi que tiritaba y parecía el perro más triste del mundo, le tiré unas piedrecitas, pues es éste uno de los juegos que más le gustan. Así de sencillo es él, con unas piedras volvió a ser feliz, como si nada hubiera pasado.Y en segundos pareció olvidado, concentrado en su pequeña gran felicidad al traerme las piedras que le arrojaba, y el amor en sus ojos redoblado.