Quizás alguien lleva cuenta allá arriba de mis deudas, aunque no recuerdo haber dejado nada a deber. Puede que sea un tipo de mente endurecida por miles de razones. A lo mejor no puede evitar endurecerse después de ver todo lo que ve. Es lo que tiene poder verlo todo.
Ayer se me ocurrió pensar que quizás he vivido muchas vidas diferentes, porque no me reconozco en todas las personas que he sido. Me veo de moza, con las trenzas recogidas, de la mano de mi padre, orgulloso él. Más tarde de joven, del brazo de aquella amiga a la que después perdí de vista, y casi inmediatamente, casada. Creo que después del parto algo se rompió dentro, no sé muy bien donde, pero sí que algo se rompió, porque de pronto empecé a verlo todo diferente.
Un día dejé de contarle mis pecados al cura aquel, recién llegado de la capital, y comencé a despachar mi rutina de confesionario con tres o cuatro comentarios que eran iguales todos los meses. Creo que se dio cuenta, pero no dijo nada. Tuve tres hijos más, sólo una niña. La última. Y siempre aquella sensación de que algo se estaba perdiendo. Sentía una especie de ruido interior, más a más insistente, muy parecido al que hace el agua cuando se precipita por la tubería del lavabo.
Llegó un momento en que dejé de hacerme preguntas y el ruido cesó. Pero dio paso a una sensación mucho más molesta porque ya no dependía de mis mundos interiores, sino que estaba por la casa adelante. En las esquinas, tras los espejos, dentro de los armarios. Fue un día cálido de verano, después de una tormenta que descargó durante buena parte de la tarde y estuvo aún de noche rondando los montes, como un desheredado que ha sido expulsado de casa y se resiste a abandonar los propios caminos. A la luz de un relámpago lejano, y cuando ya el día comenzaba a declinar, me di cuenta de que estaba sola. No sola físicamente, porque a eso hacía mucho tiempo que me había acostumbrado. Sola en el mundo, en la vida. Sola a pesar de todos cuantos me rodeaban que nunca eran pocos. Y no por culpa suya, ni siquiera por culpa mía. No fue un descubrimiento doloroso. Sólo sorpresivo. Como cuando abres el grifo para mojar las manos, con ese gesto casi instintivo, y no sale nada.
Un día abandoné mis costuras eternas sin ninguna razón. Las miré durante un rato como si fueran a decirme algo, pero permanecieron perfectamente indiferentes. Después arrastré la silla que papá había adaptado a mi escasa estatura y la situé junto a la puerta acristalada que ya nunca daba paso al balcón. Oí claramente mis pasos y la protesta infantil de la madera al recorrer las tablas enceradas del suelo. Abrí la contraventana, miré los ovillos de lana, la cinta métrica mostrando la numeración ya desgastada de tanto uso, y me senté. Por primera vez me fijé realmente en el puente y el arroyo que pasaba por debajo, al lado de la casona, tras aquella higuera que parecía llevar allí toda la vida. Y sencillamente me acostumbré a aquel lugar. La silla baja, los cristales, las volutas pintadas de la balaustrada metálica del balcón, y más abajo la casona, el puente y el arroyo.
Después de aquello sólo recuerdo un desfile de críos y mujeres y hombres que apenas se paraban a probar el vino, decían un par de frases tópicas sin esperar respuesta y ya no volvían a dirigirte la palabra hasta que se despedían, lo cual ocurría siempre pronto. A veces me pregunto si yo misma causé ese estado de cosas, con mis silencios y mis presencias apenas perceptibles, aunque no recuerdo haber tomado esa decisión. En realidad me da igual. No es algo que me haya molestado nunca.
Estos últimos días me ha dado por recordar. Por pasar las páginas de la vida que recuerdo. Y he comprobado que he tenido una vida extrañamente tranquila. Lo que se dice una vida muy normal. He sido una niña, una joven, una madre y después una dama de compañía que raramente salía de casa. Sólo recibía a las amigas y las dejaba hablar, que es lo único que querían. Es extraño, quizás, pero no recuerdo que nadie haya intentado nunca convencerme de que mi manera de vivir era equivocada. Unos y otros hablaban a mi alrededor, reían, gritaban y cantaban en las celebraciones. Después se iban. Yo no preguntaba a dónde y ellos no sentían la necesidad de decirlo. Quizás yo misma les impuse esa norma. No sé decir cómo.
Estaba enfermo. Volvía a casa. Eso decía la carta que me llegó desde el mar un día en que la lluvia permanecía colgada de la baranda del balcón, escurriéndose lentamente por los conos cristalinos del hielo, como si temiera hacerse daño al caer. Aquel día me pregunté cuál era la diferencia entre estar vivo, estar enfermo y estar muerto. Aquel gélido día me convertí en una apasionada víctima de la filosofía y deambulé por la casa adelante preguntándome qué era ser y qué estar. Y cuando duraba. Y con quien había que ser y con quien estar. No averigué nada y tampoco dormí. Cuando me senté en mi reino ante los cristales, rompía el día, pero aún la apática farola alumbraba pálidamente la piel rugosa y fría de la higuera eterna.
Lo metieron en casa en una camilla. Tenía la piel amarilla y los labios extrañamente blancos, casi translúcidos. Mientras los dos camilleros lo introducían en la cama noté un olor dulzón flotando en el ambiente, marcando el escaso camino recorrido entre la puerta y la habitación. Cuando me coloqué a los pies de la cama, me miró unos instantes y luego cerró los ojos. No dijo nada. Uno de los enfermeros me informó sobre lo que debía comer, con una expresión ausente en la mirada, mientras miraba el reloj. Esa noche olvidé darle la cena, irremediablemente absorta en mis cavilaciones.
Al día siguiente llegó mi hija y dijo que se quedaría a cuidarlo. Pregunté algo de su trabajo sin mucho convencimiento. Ella explicó brevemente algo sobre pensiones, dijo que nos arreglaríamos y dio el tema por agotado. No entendí su declaración. Entendí mucho mejor su mirada huidiza y luego me creció por dentro algo que pugnaba por salir de una especie de cautiverio. Eran sólo palabras. Pero callé. MIentras ella recorría la casa mil veces haciendo una pregunta de vez en cuando, yo volví a la silla que ocupaba ante los cristales y supe con quien había que ser y estar.
La casa se llenó de gente cuando murió. Había tanta que decidí darme un paseo por el huerto que cuidaba mi vecina y que solía ser una especie de rastrillo del que podía esperarse cualquier cosa, desde un hermoso repollo hasta un ramo de flores. Por alguna razón supe que era el día indicado para agradecérselo. Hubo un velorio incluso más concurrido, donde se vaciaron muchas botellas de vino dulce y se sancionaron públicamente las virtudes del finado antes de dar paso a los pasteles y las galletas de chocolate. Me dijeron que cuando la discusión pasó al tema político y los ánimos empezaron a exaltarse, alguien de la familia elevó la voz dando fin a la reunión y la concurrencia se evaporó. Los pocos con los que me crucé en las escaleras apenas se despidieron con una mirada. Tenían los ojos enrojecidos, pero se habían olvidado de como se llora.
Ella se ha quedado. La pensión que era antes apenas suficiente ahora nos da más que de sobra para las dos. Por las mañanas hace las compras, asea la casa un poco y después hace algo de comer. A eso de las diez, me peina mojando el peine de carey en una pequeña palangana y me sujeta el pelo en un moño pequeño. Después me ayuda a desplazarme hasta mi trono ante la cristalera. Desde allí veo pasar el agua del arroyo, y recuerdo. Muchas veces sin querer. Es como si los recuerdos acudieran a una cita previamente programada. Desfilan con tranquilidad. Como ha sido mi vida. Tranquila. Aunque a veces, cuando el agua pasa turbia bajo el puente por culpa de las lluvias interminables, tengo una impresión extraña. Por un instante se me antoja que quizás mi vida no era exactamente mía. Quizás me he limitado a vivir trocitos innumerables de otras vidas. Las de los demás.
Comentarios
Confieso que entre ponerlo fácil y ponerlo más bien difícil suelo inclinarme por lo segundo, quizás para asegurarme que se pone la atención necesaria. En tu caso, parece que lo he conseguido, y eso me alegra.
Muchas gracias por el comentario. Nos vamos viendo. Feliz 2015 y siguientes! Chin-chin!
Quino.
Saludos.
Muchas gracias, Fedra. Si las críticas se agradecen, los elogios nunca sobran. Un saludo y ya nos vamos "viendo".
Un escrito complicado y profundo, nada fácil de abordar. Y siendo varón, me encanta que te metas en el cuerpo de una mujer y lo explores (en el sentido literario ¡eh?J). Ysi ya es complicado hablar desde la boca de una mujer siendo varón, ponerse en el lugar de una preñada es pura valentía, de una madre, y eso es justo lo que me ha atraído de ti Quino. El riesgo que has asumido escribiendo esto.
Te daré mi opinión personalísima que no sienta en absoluto cátedra, porque estoy en el mismo camino que el tuyo, intentando esto tan incierto del escribir.
Me gusta el comienzo, y desde el principio me interesa ( eso es importante, que te enganchen de los ojos). Me gusta la manera en que rizas la frase de “después de ver todo lo que se ve. Es lo que tiene poder verlo todo” . Está bien construida, incita a la curiosidad, irradia un algo de cansancio de vivor.
( En vez de desheredado…expulsado de casa…lo pondría en femenino, para hacer más creíble, si cabe, tu papel de mujer).
Me pregunto por qué llamas protesta infantil de la madera al recorrer las tablas enceradas del suelo.( creo que sobraría el infantil, pues la niña la que la recorre, ella es la infantil, no la madera ajena a quien la pisa..y además se entiende con claridad los pensamientos de la niña, sus sensaciones, no es necesario rizar el rizo).
Y que bien nos haces ver todas las escenas, mostrándonos las acciones, los objetos, la cinta métrica sin números desgastadas por el uso…y La silla baja,l os cristales, las volutas pintadas de la balaustrada metálica del balcón, y más abajo la casona, el puente y el arroyo.
Un escrito con un aire algo caduco de otros tiempos, nostálgico, un poquito triste, si tuviera que colorearlo lo haría de colores desvaídos, imprecisos, desgastados por el tiempo.
Espero poder leer más trabajos tuyos Quino. Bienvenido.
Muchas gracias por la aportación. La verdad es que se me suele colar más de una incoherencia en los textos porque me temo que soy algo despistado. (Lo cual, afortunadamente, no impide que diferencie bien unas exploraciones de otras, :-D).
Cuento con cierta complicidad por parte de quien lo lee, porque también reconozco que a veces no lo pongo nada fácil, pero aún así procuro no meter mucho la patuqui.
Te comento que es algo que se me ocurrió pensando una vez en la vida de mi abuela, que un día tomó una decisión de este tipo, y que en su día no pude entender. Ahora ya sé que todo el mundo tiene sus razones, por extrañas que parezcan.
Gracias de nuevo y nos vamos "viendo"/leyendo.
Quino
El texto expresa muy bien el tipo de vida que ha tenido la chica: aburrida. Y el texto está a punto de caer también en el aburrimiento si no fuera por el final que le das (la propia autorreflexión). No sé si es fácil o no darse cuenta de que la vida de uno es aburrida o que uno es aburrido o que lo que estamos haciendo no vale un pimiento. Creo que más difícil es admitirlo ante los demás (yo suelo ser muy falsamente modesto o demasiado egocéntrico...supongo que es mi sistema defensivo...ante la cruda vida)
Me ha gustado el texto y no había leído nada más tuyo (esta vez te he leído a causa de Suina que me inspira hasta las lecturas:rolleyes2: ) y te animo a contar historias más atrevidas. No es la primera vez que le digo a alguien del foro esto mismo. Hay autores que escriben bien pero que para mi gusto se dedican a contar historias muy poco excitantes. A Francesca siempre le decía que echara algo de pimienta a sus historias románticas.:D
Obviamente no soy nadie para aconsejar algo así y cada uno tiene su libertad como autor (por mucho que me digan no dejaré de escribir lo que me dé la gana, aunque al final todo influye, Suina me influye mucho ahora mismo, por ejemplo y a mí me gusta esa influencia porque todo enriquece, más aún la comunicación humana...:rolleyes:)
En fin, estaré atento a tus escritos y si me ves aparecer es que la historia que cuentas me ha llamado la atención porque escribir ya sabes:D
Saludos.
Gracias por la aportación. Sí, corregir es un coñazo!
Estamos de acuerdo casi en todo. En realidad cada uno escribe como le da la gana, digámoslo claramente, y después habrá quien guste y habrá quien no. Aspirar a más creo que es pedir demasiado. Y fíjate que hasta describir una pura rutina tiene sentido literariamente hablando, porque quien lee es muy libre de encontrar belleza ahí o puro aburrimiento en lo más sublime que nadie haya escrito. Lo cual no quita para que uno intente mejorarse. Aprovecho tus letras en ese sentido y voy a ver si vuelves a aparecer alguna otra vez. Serán buenas noticias.
Un abrazo.
Quino
En cuanto a tu estilo: me gusta. No me importan esos saltos de los que habla Bar, pues me engancharse desde el principio. Me parecía escuchar la voz cascada de una anciana contando su vida. Estoy con Bar en que hay magia en tu relato.
Carlitos siempre te pedirá picante pues es un importante ingrediente del cocido de su vida. Para mí, el picante tiene su momento y su lugar.
La manera en la que describes las gotas de agua que otean de los carámbanos me parece preciosa.
En cuanto a la historia: en mi infancia conocí a varias mujeres que llevaron vidas de ese tipo.
¿Se trata de vidas pequeñas? Lo son si causan infelicidad a quien las vive. Pero hay quien se siente dichoso/a con una vida tan sencilla.
Saludos.
Ay, si es que no aprendes. La única tableta que debe haber en tu vida es la de chocolateeeee...hazme caso.:D:rolleyes2:
Gracias. Lo cierto es que es difícil incluso valorar si lo que hay en el horizonte es mucho o poco. No es de extrañar que podamos andar confusos a veces. Un saludo y gracias por la aportación y la lectura.
Gracias, Francesca. Estamos de acuerdo, no sé si es muy "legal" esto de (entro)meterse en el coco de estas señoras. Al final cada uno le busca a la vida el sentido que mejor le parece y yo estoy muy de acuerdo con ello. Pero me apetecía jugarle un poco las palabritas, por ver el resultado, ya sabes.
Saludos y gracias por la lectura.