El ventilador giraba sobre la cabeza de Santiago Tropéz, quien se encontraba en su cuarto: las cortinas, demasiado traslúcidas, invitaban al sol con mínima resistencia. Se sentía increíblemente seco, como si le hubiesen extraído toda la sangre mientras dormía y ahí quedó eso, caparazón de hombre. A su lado, reposaba Miguel Aliberto Ordoñez-Pérez de Fátima, antiguo amigo de desafortunado apelativo. Sin duda se había pasado de tragos la noche anterior, si apenas recordaba… Una casa, una fiesta… ¿Labios?
Se paró por encima de Miguel Alib… cuidadosamente, y se dirigió a la cocina. Intentó prender la hornilla para cocinarse algo, pero resultó inútil: sus manos trémulas y visión borrosa le hacían la tarea imposible. Sentado en el sofá de la sala se hurgaba el cerebro, intentado recordar, pero era fútil; venían a él imágenes aisladas e inservibles de la velada (¡una bufanda!). Se vistió con lo primero que encontró y saltó a la calle. Sí... algo lo llamaba.
Cruzó en la calle Budatelli, una… dos… tres cuadras hasta la Cordonta, que le pareció apropiada antes de adentrarse en ella. Así siguió, vagando sin rumbo pero con la seguridad de encaminarse a un punto específico, predestinado. Cayó desde la avenida Florencia Rojas al puente Pitrufanes, una altísima construcción moderna que daba sombra al río Altagracia. Iba justo a medio puente cuando divisó a la histérica dama que pisaba sobre el pretil, con unas bellas sandalias escarlata. Ella lo vio con ojos suplicantes, casi reprochándole el retraso, a lo que respondió este con un respingo. Cuando llegó a su lado, se detuvo y la miró con curiosidad. Era una mujer de unos 20 años, bajita, con un corto vestido blanco, rubia teñida y ojos marrones, bajo los cuales corría delineador (¿pero –pensó Santiago- quién se maquilla antes de ir a suicidarse? ¡Esto es el colmo del dramatismo!).
-Señora, tenga la dignidad de bajarse de ahí.
-¿Cómo? ¿Es posible? –respondió indignada. No hay derecho de hablar así a quien está a un paso de dejar de existir; no que sean sus ofensas efectivas en este limbo, claro, usted no entendería… ¿Y qué es eso de la dignidad?
-Naturalmente –empezó Santiago, con aire altivo-, me refiero al lugar que ha elegido usted para su cometido. El puente Pitrufanes, ¿no es así?
-Pues sí, veo lo que usted…
-¡Ajá! –la atajó este. ¿Y quién en su sano juicio elegiría una locación de nombre tan ignominioso para acabar sus días? Además está tan sucio el río... Al contrario, señora –señorita- es evidente la impetuosidad de su acto… Es más, me atrevería a decir que no tenía usted nada planeado al despertar esta mañana.
-¡Atrevido, diablo! ¡Déjeme sola, quiere...!
-Ojalá, pero me es imposible: algo me ha traído hasta acá.
-¿Está usted loco?
-Yo una vez tuve una amiga que decía: todos estamos locos.
-¿Y qué fue de ella?
-La verdad era más… un interés romántico… que una amiga.
-Ah. ¿Quiere usted hablar de eso, o…?
-No fue nada María, nos llamamos la atención al conocernos y concertamos una cita para unos días después. En fin, tal encuentro se dio, pero estaba yo nervioso y no salió del todo bien.
-Una lástima. Le tengo otra pregunta.
-Diga.
-¿Cómo ha sabido usted justo ahora que, en efecto, me llamo María?
-Vaya, lo cierto es que…
Y ella lo miró curiosa, sin saber si aquello se trataba de un sueño o una coincidencia admirable.
-Sa… ¿Santiago?
-¿Santiago? –remedó él, anonadado.
-¡Sí, eres tú!
A él le agrado que ella tutearan tan de repente.
-Ayer –continuó María-, ¿es que no recuerdas?
-Me parece que no, lo siento...
-Está bien, hombre, resulta que ayer tuvimos sexo en la fiesta, en el baño, sobre el lavabo –y susurró esto último poniéndose una mano cómplice a un lado de la boca.
Santiago pegó un brinco de asombro por la ligereza con la que decía tales cosas y ella, asustada por su reacción, casi resbala y cae de cabeza al río.
-Entonces, eso despeja…-pensó él.
-María, por Dios, baja de una vez.
-Vale, vale –complació ella.
Y echaron a andar por el puente lado a lado. Santiago se debatía entre sentirse confundido por todo lo que acontecía u orgulloso por haber seducido a una chica tan atractiva. María lamentaba como nunca averiguaría si el agua estaba fría o caliente. Caminaron largo rato, aún sin rumbo, hasta que ella intervino:
-¿A dónde me llevas, Santi? ¿Nos dirigimos acaso a un puente de nombre más llamativo? -dijo con un guiño.
Pero él no respondió, y ambos guardaron silencio. Santiago pensó en Miguel Aliberto Ordoñez-Pérez de Fátima, que sin duda ya se habría despertado encontrándose solo en su casa. Era una falta de tacto de su parte, abandonarlo así… Y anoche ¿había tenido interés en María más allá de su físico? Revisó su celular solapadamente: no había guardado su número. ¿Qué hacer? E intentaba reconciliar sus sentimientos olvidados con su renovada lujuria, para mantenerse congruente; era claro que ella recordaba más que él. Y qué bella era... A María le pareció que la noche anterior se veía màs alto. ¿Verdaderamente, por qué me quería suicidar hoy? Ya ni sé… ¿Supe alguna vez? ¿Y qué pensará el pobre Santiago, de alguien que intenta matarse el día después de tener sexo con él...?
-Mira, Santi, quiero que sepas que esto de hoy, en el puente, no tiene nada que ver con…
-Déjalo así, tonta –interrumpió Santiago.
Ese “tonta” le pareció a ella muy tierno, y no pudo evitar sonreírse. La mano de Santiago ahora se posaba ligera sobre la espalda media de María: ella no tomo partido sobre esto.
De tanto andar llegaron a las afueras de la ciudad (lo cual no es gran proeza, pues se trata de una ciudad más bien chica), al menudo bosque que la circundaba. Ahí hablaron, rieron, jugaron como chiquillos entre los árboles y hasta se lanzaron piñas de los pinos, hasta que ambos calleron exhaustos sobre un montoncito de hojas secas, que crujió terriblemente bajo el peso. El sol se escurría como podía entre el alto follaje; una brisa fresca acariciaba sus cuellos desnudos. Santiago le agarro la mano tras mucho meditarlo. Aunque juntos y tendidos de forma tan afectuosa, sus mentes vagaban muy lejos de los árboles: ella pensaba aún en el suicidio y el lejano puente, él pensaba en qué estaría pensando ella y sobre la noche anterior.
No lo sabían entonces, o quizá lo sabían mejor que nada, pero no se volverían a ver. Después del día en el bosque se despidieron con cariño, ambos prometiendo cosas aun sabiéndose mutuamente mentirosos. Finalmente se dieron la espalda y, con una sonrisa, echaron a andar.
Comentarios
Gracias, como siempre, por leer.
Saludos.
Magnífica descripción del bosque ( cayeron es con i griega), y descripciones emotivas logradas sin caer en el manerismo.
Aunque no conozca la ciudad que describes, el hecho de nombrarlas por sus nombres, las calles, puentes…hace que veamos el lugar, me ha parecido un acierto.
No es creíble la conversación que mantienen en el puente, cuando ella intenta suicidarse ( menos aún la de ella,que la de él), no tiene lógica, el coloquio no es verosímil, parece que esté actuando la mujer, no nos haces sentir su desesperación…y no porque sea unat remenda casualidad del azar el encuentro, esas cosas pueden ocurrir…sino porque el diálogo es el de un apersona coherente, se supone que la mujer está confusa, fuera de sí. En conjunto es un relato bien escrito ( dominas la técnica narrativa), fallando totalmente en el coloquio en la parte del puente, según mi humilde criterio , si fuera mío el texto vería de arreglarlo.
¿Y por qué nombras dos veces a un personaje anodino con su nombre y apellido Miguel Aliberto Ordoñez-Pérezde Fátima? no incide para nada en el relato , ( a no ser que fuera un personaje conocido por todos, o haya una clave que se me escapa para entenderlo). Como lectora, me sobra.
La última frase, con la que terminas, es muy buena, me gusta que a pesar del emotivo encuentro,sensual y candoroso esta vez, ambos sepan de su mutua mentira, ocurriendo lo contrario de lo que cabía esperar. Un golpe de efecto, una pirueta que me ha encantado.