Abel y Juan estaban sentados frente a la barra la cafetería, tomándose un café.
—Sabes —empezó a decir Abel—, hay una chica que me gusta mucho. La he visto varias veces. Viene aquí todos los domingos por la mañana. Entra, se pide un cortado con leche muy fría y después sale a la terraza a tomárselo.
—Pues si tanto te gusta la chica, a qué esperas en acercarte y decirle algo.
—Es que no es tan sencillo…
—¿Cómo que no es tan sencillo? Es sencillísimo: te acercas, te presentas y le dices que te gusta mucho, que si puedes invitarla a un cortado con leche muy fría.
—Ya, claro…
—¿Que es lo peor que te pasar?, que te rechace la invitación, que te diga que tiene novio. Y si eso sucede, ¿qué?, tú lo has intentado, has sido directo y claro, como tienen que ser los hombres, joder.
—Ya, pero las cosas no suelen ir tan rápido ni son tan sencillas.
—Uy, Abel… —exclamó Juan haciendo una mueca de irritación y hartazgo con su amigo; entonces, se quedó mirando a su amigo Abel muy serio y le dijo en plan solemne:
—Te voy a decir una cosa, Abel: A ti, lo que en el fondo te gusta, es fantasear; eres un soñador, por eso nunca te decides con las chicas.
—Lo que me pasa es que yo no soy tan lanzado como tú.
—Si de verdad te gustara esa chica, estoy seguro que harías lo que yo te digo, y no te andarías con tantas dudas y tantas fantasías… Además, a las mujeres le gustan lo hombres claros y directos.
Esta conversación tuvo lugar el viernes por la tarde. Hoy es domingo por la mañana. Juan y Abel estaban sentados en la misma cafetería tomándose el café, acodados sobre la barra; Juan perfilado hacia la puerta de la cafetería, y Abel de espaldas a la puerta. En este mismo instante, Juan le está contando a Abel sus batallitas nocturnas; cuando de repente ve a aparecer por la puerta a una chica muy atractiva. La chica se acerca a la barra y, después de darle los buenos días a la camarera, le pide un cortado con leche muy fría; entonces Abel se vuelve rápidamente hacia la chica. La chica es morena, y lleva el pelo pintado con un par de mechas de color violeta. Tiene los ojos grandes, negros y muy redondos. Va vestida con unas leggins negros y calza unas deportivas rosas.
La chica, después de haberle pedido el cortado con leche muy fría a la camarera, ha salido de la cafetería y se ha sentado en una mesa de la terraza. Abel y Juan la observan a través del ventanal.
—Ahí la tienes, sal y dile algo.
Quince segundos después...
—Bueno, qué, ¿te decides?
Abel se vuelve hacia su amigo Juan, pero mira hacia otro lado, no dándose por aludido.
Juan, dando un suspiro de resignación, se levanta de su asiento y, con aire decidido, se dirige hacia la puerta:
—¿Pero adónde coño vas? —le grita Abel entre dientes revolviéndose sobre su asiento cuando intuye las intenciones de su amigo Juan. Pero Juan no le hace ningún caso y ya está saliendo por la puerta de la cafetería.
Entonces, Abel, a través del ventanal de la cafetería, ve como su amigo Juan se acerca a la mesa donde está sentada la chica. Primero ve como se intercambian unas breves frases y después los ve conversar durante un rato.
Al minuto, Juan vuelve a entrar en la cafetería:
—Todo arreglado —dice muy ufano entrando por la puerta; se acerca a la barra y se sienta junto a Abel:
—Le he dicho que le gustas mucho y que quieres invitarla a un café, pero que como eres un cortao de mierda, y yo soy tu mejor amigo, he tenido que decírselo yo, que tú no te atrevías.
—¡¿Pero tú eres gilipollas, o qué?!
—Cálmate. Lo importante es que ella me ha dicho que acepta tu invitación, que puedes acompañarla a tomar el café en la terraza. Me ha dicho que salgas y te sientes con ella en la terraza.
—¿De verdad te ha dicho eso? —el rostro de Abel se ilumina.
—Pues claro que me ha dicho eso, o qué te creías. Ya te he dicho que a las mujeres le gustan los hombres claros, directos y que se muestren seguros de sí mismos.
Después de mucho dudar, de no saber con certeza si lo que le ha acaba de contar su amigo Juan es cierto o es que quiere reírse de él, Abel se arma de valor y, llevándose con él su taza de café, se acerca a la mesa donde está sentada la chica.
“Ah —le ha avisado su amigo Juan un instante antes de salir por la puerta— se llama Raquel”.
—Hola, Raquel.
La chica, que en ese instante está hojeando un pequeño cuaderno que tiene sobre la mesa, levanta la mirada y se lo queda mirando con recelo; después, con cierta reserva, le dice:
—Hola.
—Yo me llamo Abel —Abel piensa que entonces la chica se levantará y le dará dos besos, como es la costumbre. Pero la chica continúa pegada a la silla. Y entonces Abel le pregunta:
—¿Puedo sentarme?
La chica tarda en contestar.
—Cómo quieras —contesta finalmente, pero siempre con reserva y mirando a Abel con cierto recelo.
Entonces Abel se sienta, poniendo su taza de café sobre la mesa. Y se produce un incómodo silencio. Abel no sabe qué decir. La chica tampoco se lo está poniendo fácil, pues está allí sin decir nada, mientras lo observa con una mezcla de curiosidad y recelo:
—¿Vienes mucho por aquí? —le pregunta Abel.
—Todos los domingos por la mañana —le contesta la chica, siempre con reserva.
Y de nuevo se produce el incómodo silencio.
—Las tres o cuatro veces que te he visto aquí sentada me he fijado mucho en ti… —se atreve a confesarle Abel.
—Ah, sí —dice la chica.
—Sí. Y la verdad es que yo no suelo fijarme en muchas chicas, y mucho menos atreverme a decírselo.
—Ah, no —dice la chica.
—Pues, no…
“¿Vives por aquí cerca?”. Esto es lo que estaba a punto de preguntarle Abel a la chica cuando ve como de repente la chica se levanta de su asiento y se da un beso con un chico alto, rubio y con barba que acaba de llegar sin que Abel se lo esperase. Entonces, en ese instante, Abel, es consciente de que su amigo Juan le ha engañado, otra vez; que se ha reído de él, otra vez. Hasta es posible que la chica ni siquiera se llame Raquel.
Entonces, Abel, abochornado, se levanta rápidamente de la mesa y se aleja lo más rápido que puede en dirección a la cafetería. Cuando entra por la puerta de la cafetería, ve a su amigo Juan, que está sentado frente a la barra, partiéndose de risa:
—¡Cabronazo…!
Comentarios
Me dejaste una sonrisa después de leerlo.
Saludos.
Saludos.
Sinrima, me satisface mucho que mi relato te haya dejado con una sonrisa. Seguro que tendrás una sonrisa muy bonita (Uy, qué ñoño me he puesto)
Leos, me alegro de que mi historia te haya resultado amena y agradable. No hay mayor suplicio que leer algo que te resulte aburrido; aunque sea algo que se lea en sólo dos minutos; yo, a los treinta segundos, es que directamente dejo de leer.
Destripado, la verdad es que al principio te iba a responder que el Abel de este relato no es el mismo Abel que el del relato Pasteles, pero me acabo de dar cuenta de que podría ser que sí fuera el mismo Abel —habrían pasado ya unos años, claro—, pues en los dos relatos ambos Abeles sufren una situación desagradable por culpa de su carácter inocente y dócil. Así que, tal vez, sí sea el mismo Abel, pero no estoy seguro, la verdad.
Hola, Sandra Pantocrator, llevas razón: la historia es algo llana. Pero es que no podría ser de otra forma, pues Abel y Juan son dos jóvenes veinteañeros conversando sobre chicas en la barra de una cafetería.
Cada historia tiene que tener su estilo. No hay un estilo bueno o malo por definición. Lo importante es que sea el estilo adecuado para lo que se quiere contar, que haga creíble la historia; pero supongo que esto ya lo sabrás. A mí, y hablando ya de Literatura en general, no me gustan los escritores (y hablo de los grandes escritores de la Literatura) que utilizan estilos enrevesados, con demasiados adornos, con demasiadas metáforas y figuras literarias (¿Es esto Barroco?). Pero esto no quiere decir que yo no sepa apreciar su arte y calidad literaria: simplemente es una cuestión de gustos personales.
Ahondando un poco sobre todo esto. Dos de los últimos libros que me he leído han sido Crimen y Castigo de Dostoievski y La Señora Dalloway de Virginia Woolf, dos obras maestras de la Literatura, pero con dos estilos totalmente diferentes. Pues, he de decir, que leer Crimen y Castigo fue para mí una delicia; y en cambio, leer a La Señora Dalloway fue casi un suplicio. Pero esto último no quiere decir que yo no sepa apreciar el arte y la sensibilidad de Virginia Woolf y su obra… Por cierto, Sandra Pantocrator, he estado leyendo dos de tus relatos, y aunque tu estilo es totalmente opuesto al que a mí me gusta, respeto y sé apreciar tu prosa porque percibo que la escribes con sinceridad y sin tratar de impresionar a nadie y con el deseo de comunicar algo concreto, que es como uno debería escribir SIEMPRE. Pero tú esto ya debes saberlo, ¡si lo sé hasta yo!
Gracias a los cinco por vuestros comentarios y vuestro tiempo, y cuando querías, podemos seguir hablando sobre Literatura y sobre otras cosas, si queréis, y si no queréis, también. Bueno, Hasta Luego. Un saludo.
Me ha sorprendido el uso que das al prete'rito perfecto compuesto:
En vez de utilizar el perfecto simple.
Saludos.
Anderosu, respecto a tu siguiente comentario:
Me ha sorprendido el uso que das al pretérito perfecto compuesto:
1. La chica, después de haberle pedido el cortado con leche muy fría a la camarera, ha salido de la cafetería y se ha sentado en una mesa de la terraza.
En vez de utilizar el perfecto simple
Decía que, respecto a este comentario, antes que nada, he de aclarar el siguiente detalle:
La primera parte del relato la narro en el pretérito perfecto simple, y después continúo narrando en presente.
Aclarado esto, he de decirte que, no obstante, tu observación es muy pertinente y atinada, porque, examinándola, me he dado cuenta de que lo adecuado es prescindir de ese pretérito perfecto compuesto. Así que la frase adecuada (creo) sería así:
La chica pide el cortado con leche muy fría a la camarera, sale de la cafetería y se sienta en una mesa de la terraza.
Y, para terminar, añado lo siguiente: al revisar algunos otros escritos, compruebo que cometo el mismo error. Así que, Anderosu, te agradezco mucho que te molestaras en transmitirme tu observación, que, repito, es muy pertinente y atinada.
Anderosu, Dukdos, Norte, un saludo. Y hasta pronto.
Me alegra haberte hecho un comentario que consideres útil, que más puedo pedir.
Saludos.
Es un forma compuesta del verbo que nos trae sucesos del pasado que, para nosotros, no están del todo terminados ( no psicológicamente, por lo menos).
Pero es cuestión de gustos, por eso un verbo conjugado tiene más de 100 formas, para que podamos elegir.
Saludos, Eneas
Un saludo. Y hasta pronto.
Pobre muchacho, pero bueno así es la vida y el consejo de su amigo es bueno. Mejor arriesgar y perder que no intentarlo. Me ha gustado.
Un saludo. Y hasta pronto