«A veces odiaba tanto a las personas mayores que querría matarlas, desfigurarlas, o bien gritar: “Sí, me molestas”, golpeando el suelo con el pie; pero temía a sus padres desde muy niña. En otro tiempo, cuando Antoinette era más pequeña, su madre la sentaba a menudo sobre las rodillas, la apretaba contra su pecho, la acariciaba y abrazaba. Pero eso Antoinette lo había olvidado. En cambio, en lo más profundo de su ser conservaba el sonido, los estallidos de una voz irritada pasando por encima de su cabeza, “esta niña que está siempre encima de mí”, “¡otra vez me has manchado el vestido con los zapatos sucios!, ¡al rincón, así aprenderás, ¿me has oído?, pequeña imbécil!”. Y un día… por primera vez, un día había deseado morir. Ocurrió en una esquina, en medio de una regañina; una frase encolerizada, gritada con tal fuera que los viandantes habían vuelto la cabeza: “¿Quieres que te dé un guantazo? ¿Sí?”, y la quemazón de una bofetada. En plena calle. Tenía once años y era alta para su edad. Los viandantes, las personas mayores, eso no significaba nada. Pero en aquel instante unos chicos salían del colegio y se habían reído de ella al verla.»
Retrato de un intocable Cómo una amistad casi imposible entre un carismático estafador y un aristócrata francés cambió sus vidas para bien. By Liliane Charrier
Abdel Sellou nunca olvidará ese primer encuentro. La notificación de la oficina nacional de empleo le llegó una lluviosa mañana de diciembre de 1994 en París, y le pedía que se presentase para la vacante “se necesita cuidador y acompañante para un tetrapléjico”. Sellou ni se molestó en leerla entera. Para él era lo mismo de siempre: obtener la notificación firmada para demostrar que se había presentado a la entrevista.
A los 23 años ya había estado 18 meses en la cárcel por robo y asalto. Luego consiguió un trabajo en una pizzería en la que estaba tan aburrido que hizo todo lo que pudo para conseguir que lo despidieran. No sentía reparo de aprovecharse del sistema: durante dos años podría cobrar casi tanto dinero como si estuviera trabajando.
La entrevista era en la Avenida Leopold II del distrito 16 de París, una zona muy cotizada de la capital francesa. En la entrada de la gran mansión,situada en una hectárea de frondosos jardines, Abdel se quedó por un momento sin habla. Hablando por un intercomunicador en la puerta de piedra, dijo: “El anuncio de trabajo, el cuidador y todo eso, ¿es aquí?”.
Después de pasar primero por una entrada de carruajes y luego por una segunda puerta, Abdel se dio cuenta de que no estaba en las oficinas centrales de una empresa, sino en la casa de un particular. La casa era tan grande, con cuadros de grandes clásicos, baúles de estilo Imperio con cajones y tiradores dorados, mesas de pedestal con marquetería... que se quedó boquiabierto. Sus roídos vaqueros y su chaqueta desgastada contrastaban con aquella refinada decoración.
Cuando el hombre de la silla de ruedas le indicó que se acercara, Abdel lo miró de arriba a abajo.
“Buenos días, ¿podría firmarme esto?”, le preguntó Abdel. “Es para la prestación por desempleo”.
Sin perder un segundo, aquel hombre de la silla de ruedas le respondió:
“¿No te das cuenta? No puedo hacer nada solo. Soy tetrapléjico y necesito que alguien me ayude y me acompañe a todas partes”.
Philippe Pozzo di Borgo percibió en aquel joven rudo un toque de salvajismo que le llamaba mucho la atención.
Necesitaba una persona fuerte y que no sintiera lástima de él.”¿Te interesa?”, le preguntó a Abdel.
¿Que si me interesa? Esto es demasiado. Pero al igual que ese desgraciado que tenía ante él, condenado para siempre a una silla de ruedas, no tenía nada que perder.
Abdel Yamine Sellou tenía cuatro años cuando salió de Argelia para irse a vivir con su tío Belkacem y su tía Amina a París, una pareja sin hijos que se convertiría en sus nuevos padres.
No era raro entre las familias árabes del norte de África mandar un hijo suyo a un familiar que no había podido tener hijos. Abdel se fue junto a su hermano Abdel Ghany, un año mayor. Los dos crecieron en un país extranjero, tuvieron que aprender un idioma y vivir en un piso de tres habitaciones de un edificio de viviendas del distrito Beaugrenelle de París.
Sus padres adoptivos no le impusieron ninguna norma y las puertas de la casa siempre estaban abiertas para él. Abdel les pedía a sus nuevos padres todo lo que quería mediante órdenes. Nadie le impedía ver una película un domingo por la noche ni comprobaba si llegaba tarde a la escuela o había hecho los deberes. Nadie se preguntaba tampoco dónde estaba cuando iba a robar al supermercado de la esquina. Tuvo toda la libertad que quiso.
Cualquier excusa era buena para sus pequeños trapicheos: obligaba a los niños más pequeños a que le dieran sus zapatillas de deporte nuevas que tenían para el colegio, se despachaba él mismo en el supermercado cogiendo de las repisas todo lo que necesitaba a su antojo y salía de las tiendas de deporte sin pasar por caja, e incluso robaba las cámaras a los turistas norteamericanos que se apiñaban a los pies de la Torre Eiffel.
Abdel pasó por la comisaría de policía no una, ni dos, sino 20 veces. En cuanto cumplió los 18 años, aterrizó en la prisión de Fleury-Mérogis.
Este conflictivo joven no tenía preparación alguna para asistir a un inválido. A Philippe había que cruzarle los brazos sobre su estómago para que circulara la sangre, reincorporarlo hacia adelante, llevarlo hasta su silla, estirarle todas las extremidades de forma adecuada, ponerle los zapatos.
Abdel se quedó a vivir en un apartamento de la misma casa y cuidaba a Philippe desde por la mañana muy temprano. Unidos casi por accidente, poco a poco Abdel comenzó a sentir afecto por este inválido. Como escribió en su autobiografía: “Junto a este hombre que tenía la generosidad de espíritu de reír, me di cuenta de que nos unía algo más que el trabajo. Independientemente del contrato o de la obligación moral, me abrió los ojos a un mundo que pensaba que aborrecía: el mundo de aquellos que lo tienen todo”.
Antes de tener el accidente de parapente que le dejó tetrapléjico en 1993, Philippe, descendiente de la gran aristocracia francesa, había sido codirector de la prestigiosa casa de champán Pommery. Ahora, dado que no podía realizar ninguna actividad física, este ilustrado intelectual amante de las artes disfrutaba de la actividad intelectual más que nunca.
Abdel se pasaba horas pasando miles de páginas de libros interminables. “Qué pedazos de libros”, le decía Abdel, y con un aire travieso añadía “¡serían perfectos para tumbar a un policía!” Abdel había pasado más tiempo aprendiendo en la calle que en el colegio, pero aun así, con el tiempo, empezó a ojearlos por encima del hombro de su jefe mientras los leía. En el ambiente silencioso
de la mansión de la Avenida Leopold II también comenzó, poco a poco, a curiosear las novelas de la biblioteca.
“Abdel, póngame la palabra DEFROCKED (expulsado del sacerdocio), verticalmente, por favor.” Por la noche, a Philippe le encantaba jugar al Scrabble. Abdel hizo lo que le pedía y le dijo medio en serio, medio en broma. “¡DEFROCKED no es una palabra!”, protestó. “Es alguien que ha perdido su levita (frock)” Philippe inmediatamente lo corrigió. “Un defrocked priest (sacerdote expulsado) es un hombre de Dios que vuelve a convertirse en laico”.
Como era un mal perdedor, Abdel cogió el diccionario para comprobarlo. La sutileza de un vocabulario rico le parecía tan aburrida como sus noches bajo arresto policial, en la que contaba los azulejos del techo para matar el tiempo.
En 2000, cuando Philippe comenzó a escribir Le Second Souffle (El Segundo Aliento), le esperaba una sorpresa. Abdel, que nunca había escrito nada, se ofreció a tomar notas mientras Philippe le dictaba. El jefe estaba encantado: “¡Fuera complejos!”, admite hoy en día Abdel, “con Pozzo, era como si hubiera estudiado durante veinte años”.
Abdel, que hacía también de chófer, se tomaba la libertad a veces de conducir los coches de su jefe a altas horas de la noche. Cuando una noche, la policía llamó a la puerta de Philippe, este le preguntó a Abdel: “Abdel, parecer ser que el Jaguar está siniestro total ¿no?” Abdel no trató de negar su fechoría. “Ya le dije señor, que el coche era peligroso.
Uno no nota la velocidad”, dijo como excusa. Luego añadió tímidamente: “Bueno, me salí en una curva. Aquí están las llaves. Esto es todo lo que queda de él”.
En 2002, se le encargó organizar la fiesta del 18 cumpleaños del ahijado de Philippe y Abdel invitó a una stripper. ¡No habrías hecho esto si se hubiera tratado del cumpleaños de tu hijo!, bramó Philippe. Y, cuando se enteró de que Abdel, incorregible mujeriego, había dejado a su aventura de una noche al borde de la carretera, Philippe le reprochó de forma contundente: “Una mujer no es
una mercancía. ¡Es un ser por el que se debe sentir admiración y respeto!”.
Cada vez que Abdel corría una aventura, Philippe trataba de reconducir a su protegido por el buen camino. Abdel permaneció junto a Philippe diez años. En 2004, ambos se fueron a vivir a Saïda, en el extremo noreste de Marruecos. Philippe buscaba el clima ideal para su cuerpo.
Abdel, como de costumbre, a la búsqueda de un nuevo proyecto que diera chispa a sus vidas. Allí mismo, no lejos de la Argelia natal de Abdel, hablaron sobre la construcción de un parque de ocio en la playa.
Aunque aquel proyecto nunca vio la luz, en el hotel donde se alojaban, Abdel se encaprichó de una guapa y joven recepcionista llamada Amal. Un día, paseando por la playa con Amal, Abdel se sintió torpe y un poco tonto. “Abdel, me gustas”, le dijo ella, tomando la iniciativa, “pero si me quieres, tendrás que casarte conmigo”. Philippe recordó más tarde: “El día que vi a este machista de la mano de Amal, asumiendo su lado decente y tierno, comprendí que algo importante estaba sucediendo”. Abdel pensaba lo mismo. “Si Philippe no se hubiera cruzado en mi camino, Amal solo habría sido una conquista más sin futuro alguno, como las demás”.
Hoy, Abdel, de 42 años, vive con su mujer, Amal, en París junto a sus tres hijos, Abdel Malek, Salaheddine y su hija pequeña Keltoum. “Nacieron el 05/05, el 06/06 y el 07/07. ¡Ya ves que estoy muy bien en matemáticas!”, bromea.
Cuando no está en París, está en Djelfa (Argelia), donde se ocupa de la granja de aves de corral que posee. Philippe vive hoy en Essaouira (Marruecos), con Khadija, su segunda esposa.
Cuando van a París, se quedan con Abdel en su piso de tres habitaciones en el distrito número 15, y duermen en el cuarto de estar para dejar libre su dormitorio. De esa manera puedo cuidar de él, explica Abdel. Philippe sigue siendo el “maestro Jedi” de Abdel. Nada ha cambiado entre ellos. “Hablamos de todo, no hay ningún tema tabú. Me ofreció su silla de ruedas para que al empujarla,
al mismo tiempo me apoyara en ella. Hoy en día, la sigo utilizando así”.
Si tú abandonas una sombra sobre una cama, no se puede levantar por sí misma, no tiene fuerzas suficientes.
Juan José Millás - Laura y Julio
Me sugiere que si nuestros proyectos o nuestras intenciones se quedan en el pensamiento, son como sombras, que no sirven para nada. Una intención o un proyecto necesita de un cuerpo vivo en el que encarnarse para levantarse y andar siendo su sombra inspiradora. Podemos tener la cama llena de sombras amontonadas como ropa antigua todavía sin estrenar.
Voy a añadir una de mis conversaciones favoritas de toda la historia.
Anónimo Lazarillo de Tormes Sí, la originalidad no es lo mío...
-Señor, mozo soy que no me fatigo mucho por comer, bendito Dios. Deso me podré yo alabar entre todos mis iguales por de mejor garganta, y ansí fui yo loado della hasta hoy día de los amos que yo he tenido.
-Virtud es esa -dijo él-, y por eso te querré yo más, porque el hartar es de los puercos y el comer regladamente es de los hombres de bien.
-Señor, mozo soy que no me fatigo mucho por comer, bendito Dios. Deso me podré yo alabar entre todos mis iguales por de mejor garganta, y ansí fui yo loado della hasta hoy día de los amos que yo he tenido.
-Virtud es esa -dijo él-, y por eso te querré yo más, porque el hartar es de los puercos y el comer regladamente es de los hombres de bien.
Pues pienso que tiene toda la razón. La templanza es una virtud que nos distingue de los animales. Pero es que además, en orden a buscar el placer gastronómico, por lo menos en mi caso he encontrado que comiendo poco disfruto más que llenándome. La sensación de un estómago hinchado estropea los momentos deliciosos anteriores. Y también porque a partir de cierta cantidad de un manjar, éste pierde parte de su gracia, por eso en los buenos restaurantes te ponen poco en el plato.
RHETT: Este es el camino de Tara, deje descansar el caballo. Señora Wilkes...
PRISSY: La señora Melanie se ha desmayado, capitàn Butler.
RHETT: Seguramente sera mejor así, no aguantaria el dolor si estuviera consciente. Scarlett, ¿esta decidida a rematar esta locura?
SCARLETT: Sí, sí, sí, yo sé que pasaremos Rhett, estoy segura.
RHETT: No pasaremos, pasará ud., yo les dejo aquí (bajando del carro).
SCARLETT: ¿Que nos deja? ¿Y a donde va a ir?
RHETT: Me voy querida con el ejército.
SCARLETT: Ud. bromea, deberia matarle por asustarme así.
RHETT: Hablo en serio Scarlett, voy a unirme a los bravos soldados de uniforme gris.
SCARLETT: ¡¿Pero si están en franca huida?!.
RHETT: No, no, se revolverán y presentaran su última resistencia y en tal instante estaré con ellos, con retraso pero más vale tarde...
SCARLETT: Rhett, se burla de mí.
RHETT: Egoista hasta el fin, ¿verdad? Pensando sólo en su hermosa piel sin un sólo pensamiento para la noble causa.
SCARLETT: ¡Como puede hacerme tal cosa Rhett! ¿por qué ha de abandonarme ahora que todo se ha undido y yo le necesito?, ¿por qué?, ¿por qué?
RHETT: ¿Por qué? Tal vez porque siempre he sentido debilidad por las causas perdidas cuando realmente lo están, o tal vez...porque siento desprecio de mí mismo, quien sabe...
SCARLETT: ¿Es que no se avergüenza de dejarme sola e indefensa?
RHETT: ¿Ud. indefensa? Ja, ja, ja. ¡Que Dios se apiade de los yankees si la capturan! Y ahora, baje ud. de ahí, quiero despedirme.
SCARLETT: No.
RHETT: AVeremos si bajará (cogiéndola de la cintura y bajándola del carro).
SCARLETT: No, Rhett, por favor, no se vaya , por Dios no me deje, no se lo perdonaré nunca.
RHETT: Yo no le pido que me perdone, yo mismo no me comprendo ni me perdonará nunca, y si una bala me alcanza, Dios no lo quiera, me reiré de mi propia estupidez, Sólo sé y comprendo una cosa, y es que te quiero Scarlett, pese a ti y a mí y a ese mundo que se desmorona a nuestro alrededor, te quiero. Porque somos iguales, dos malas personas, egoístas y astutos, pero sabemos enfrentarnos con las cosas y llamarlas por sus nombres.
SCARLETT: ¡Déjeme!, no me toque.
RHETT: (Cogiéndole de la cara) Scarlett mírame. Te quiero como no he querido nunca a ninguna otra mujer y te he esperado como jamás hubiera sido capaz de esperar a otra.
SCARLETT: ¡Suélteme!
RHETT: He aquí un soldado del Sur que te quiere, que quiere sentir tus abrazos, que desea llevarse el recuerdo de tus besos al campo de batalla. Nada importa que tú no me quieras. Eres una mujer que envía un soldado a la muerte con un bello recuerdo. Scarlett, bésame, bésame una vez (se besan).
SCARLETT: (Le da una bofetada) ¡Canalla! ¡Cobarde! No tiene ud. dignidad. Tenían razón, todo el mundo tenía razón, ud. no es un caballero.
RHETT: (Sonriendo) Eso no tiene importancia en estos momentos.
«Las frases que en cualquier otra vivienda podrían ser: “El pájaro se ha escapado de la jaula, ¡cierra aprisa la ventana!”, en la nuestra era: “¡Por Dios, cierra la ventana, que la cacatúa –o el cuervo, el maki, el capuchino— quiere entrar!”. La aplicación más genial del “efecto inverso de las alambradas” fue experimentada por mi esposa cuando nuestro hijo mayor era todavía muy pequeño. Precisamente entonces teníamos algunos animales grandes, que podrían ser peligrosos: cuervos, dos grandes cacatúas de moño amarillo, dos makis mongoz y un mono capuchino, a los que –en especial a los cuervos- no era prudente dejar solos con el niño. Como solución más práctica, mi mujer improvisó una gran jaula en el jardín y metió en ella… el cochecito de nuestro hijo.»
Konrad Lorenz
Hablaba con las bestias, los peces y los pájaros
Konrad Lorenz
Hablaba con las bestias, los peces y los pájaros
¡Qué pasión por los animales! Me recuerda al Doctor Dolittle.
_De todo el diálogo entre el Capitán Butler y la señorita Escarlata O'Hara, lo que más me gusta es la decisión de Rhett de unirse al ejército, aunque sabe que ya no hay nada que hacer. "Más vale tarde...". Algo parecido puede acontecernos en nuestra vida: muchas buenas acciones, proyectos u obligaciones de las que hemos desertado, y que pensamos que ya es tarde para emprenderlas, que si no las hemos seguido cuando tocaba, ahora ya no tiene sentido. Aquellos estudios que dejamos a mitad o aquella vocación que no supimos seguir, aquella persona que no supimos perdonar, aquel familiar cuyo contacto interrumpimos y por vergüenza no hemos reanudado, aquella confesión que debimos realizar y que se nos han acumulado los pecados hasta hacérnosla ya muy difícil, aquella labor de ayuda que podíamos haber realizado y que se nos pasó el momento oportuno, aquel proyecto de vida que quisimos seguir y las circunstancias nos apartaron de él... ¡No! Aunque sea años después de cuando teníamos que haberlo hecho, aun cuando ya no sirva absolutamente de nada, podemos tener la dignidad de reincorporarnos al ejército y anular la tristeza de nuestra deserción. Un solo minuto de heroísmo, en el último momento, puede justificar y perdonar toda una vida.
“Decía siempre “la mar”. Así es como le dicen en español cuando la quieren. A veces los que la quieren hablan mal de “ella”, pero lo hacen siempre como si fuera una mujer. Algunos de los pescadores más jóvenes, los que usaban boyas y flotadores para sus sedales y tenían botes de motor comprados cuando los hígados de tiburón se cotizaban alto, empleaban el artículo masculino, lo llamaban “el mar”. Hablaban del mar como de un contendiente o un lugar, o incluso un enemigo. Pero el viejo lo concebía siempre como perteneciente al género femenino y como algo que concedía o negaba grandes favores, y si hacía cosas perversas y terribles era porque no podía evitarlo. La luna, pensaba, le afectaba lo mismo que a una mujer”.
Es curioso ese cambio del género del mar a la mar. Es verdad que se le dota de una personalidad que no tiene con el género masculino. Una personalidad fascinante, tierna y a la vez impredecible y por supuesto peligrosa.
Pues pienso que tiene toda la razón. La templanza es una virtud que nos distingue de los animales. Pero es que además, en orden a buscar el placer gastronómico, por lo menos en mi caso he encontrado que comiendo poco disfruto más que llenándome. La sensación de un estómago hinchado estropea los momentos deliciosos anteriores. Y también porque a partir de cierta cantidad de un manjar, éste pierde parte de su gracia, por eso en los buenos restaurantes te ponen poco en el plato.
Me parece un criterio muy inteligente y sibarita, a pesar de que no concuerda nada conmigo, ya que la cantidad me pierde... pero lo más divertido de aquella mítica conversación con el escudero, es precisamente que lo refinado del comentario contrasta con su pobreza y sus falsas apariencias. Simplemente genial.
Cierto, Destripado, la nobleza en el discurso es un reducto inexpugnable para el que no tiene otra cosa. Se puede ser más pobre que las ratas pero si uno tiene pensamientos nobles y los expresa, tiene en ese momento concreto tanta clase como un rey. Es el único lujo que no cuesta un duro, y si se pierde por propia voluntad, es cuando realmente uno es pobre ya en todos los sentidos.
Como quería a su mar, por eso no consiguió mujer, para no ponerle competencia:)
Creo que puede ser verdad. La pasión por algo queda disminuida si uno experimenta también pasión por otra cosa. El que tiene una familia en la que acomodarse, difícilmente puede volcarse y entregarse totalmente a algo, pues tendría obligaciones y otros asuntos más urgentes en los que pensar. De ahí viene lo del celibato para el clero.
"No tiene nada que temer de mí. Soy un ex delincuente, libre sólo desde ayer. Me busca la policía para encerrarme otra vez en el manicomio, porque creen que estoy envuelto en la muerte de un hombre o quizá de dos, según si los de la metralleta acertaron o no al jardinero. También ando metido en un asunto de drogas: cocaína, anfetaminas y ácido. Y mi pobre hermana, que es puta, está en chirona por mi culpa. Ya ve usted en qué dramática tesitura me hallo. Repito que no tiene nada que temer: ni estoy loco como pretenden ni soy un criminal…”
El misterio de la cripta embrujada. Eduardo Mendoza.
Retrato de un intocable Cómo una amistad casi imposible entre un carismático estafador y un aristócrata francés cambió sus vidas para bien. By Liliane Charrier
Cómo un tetrapléjico, sin mover las manos o los pies, puede obrar el milagro de cambiar la vida de una persona a mejor. El poder de la palabra, el del ejemplo y el del amor sobrepasan a todos los poderes físicos.
Alas de esperanza
Una madre y su hija apoyan a las mujeres pobres en Colombia gracias a una de las creaciones más frágiles de la naturaleza. By Kenneth Miller
En una calle de baches de Cali (Colombia), tras la modesta fachada de una tienda, Patricia Restrepo está embalando regalos para enviar. Los objetos se encuentran situados en mesas largas, protegidos entre algodón enguatado. A primera vista, podrían ser colgantes: pequeñas esculturas, con un ganchito o hilo para colhar, exquisitamente elaboradas. “este es como una joya”, exclama Restrepo, de 57 años, mientras una brillante gota dorada de escabulle entre sus dedos. La joya es, de hecho, la crisália de una mariposa exótica, diseñada por la naturaleza para colgar de una rama, no de un collar. Restrepo la mete dentro de una caja de poletileno con docenas de otras especies. Dentro de unos días, esta caja se abrirá en el Museo de Ciencias de Chicago, donde los ocupantes saldrán de sus capullos y revolotearán: mariposas morfo azul gigantes, mariposas tigre Eueides, mariposas de lunares… para posarse en los hombros de los encantados visitantes.
Menuda, de pelo rubio, con sonrisa cálida y formas enérgicas, Restrepo es copropietaria de Alas de Colombia, una de las empresas —menos de 20— que exportan mariposas vivas por todo el mundo (también vende mariposas en Colombia para soltarlas en bodas u Ootras celebraciones.) Su socia es su hija, Vanessa Wilches, de 32 años, una versión más alta y morena de su madre.
Alas es la única empresa de exportación de mariposas de Colombia. La compañía, de diez años de antigüedad, es también única en otro aspecto: su misión es mejorar las vidas de sus proveedores, en su mayoría mujeres luchadoras que habitan una de las regiones más pobres y devastadas por la guerra del país.
“Al igual que una oruga se transforma en una bella mariposa”, dice Patricia, “queremos ayudar a las personas que trabajan con nosotras a transformarse y a transformar también sus comunidades”. Para perseguir ese sueño, han sufrido también algunas metamorfosis en su propia piel. Han sacrificado las comodidades y, a veces, incluso han arriesgado sus vidas. Pero contra todo pronóstico, su sueño ha alzado el vuelo.
Cali se extiende en el extremo sur del Valle del Cauca, en Colombia. A 50 kilómetros de la ciudad, en el distrito de Palmira, se encuentran las estribaciones boscosas de la Cordillera Central. Mientras Patricia conduce su ajada camioneta por un camino de tierra, las casas de fin de semana de los prósperos urbanitas se alternan con las desvencijadas cabañas de los campesinos.
Poco después, llegamos a la granja de mariposas: un grupo de cabañas con techo de cañamazo y paredes de malla que cubren dos hectáreas de la colina. Las vistas del valle son impresionantes.
Las mujeres, con camisetas de Alas de Colombia, dejan de recoger abono para charlar con Patricia y Vanessa. A otras se les puede ver a través de las estructuras traslúcidas, ocupándose de su ganado en miniatura.
Las “productoras” de la compañía, tal y como se las llama, son trabajadoras independientes que trabajan en grupos de tres o más personas. Cada equipo dirige una casa de mariposas en la granja, donde se conservan los insectos adultos para la cría. Después de recoger los huevos, una productora los lleva a su propia casa o a la casa de una compañera donde se criarán hasta pasar de oruga a crisálida. Patricia después compra las crisálidas, a precios que van desde 1.200 a 2.500 pesos colombianos (de 0,5 a 1 euros) cada una, dependiendo de las especies, y las lleva a Cali para enviarlas desde allí a Estados Unidos y Europa.
Los insectos que mueren —solo un pequeño porcentaje— también se usan como souvenir comercializados en las tiendas, hechos por artesanos locales o por los propios productores.
“Cuanto más trabaja una productora, más gana”, dice Patricia. La mayoría ganan más que limpiando casas, cuidando niños o trabajando en las labores agrícolas; algunas ganan más del doble del sueldo mínimo interprofesional. Alas abre cuentas de ahorro a los trabajadores de las mariposas (porque pocos de ellos tienen experiencia previa con los bancos), les enseña a utilizar los cheques y los cajeros automáticos y les ayuda a obtener los requisitos necesarios para conseguir un crédito.
Sin embargo, los beneficios no son solo económicos. “La cultura colombiana es muy machista”, dice Vanessa. “Las mujeres no tienen las mismas oportunidades que los hombres. Además de un buen sueldo, el trabajo les aporta el respeto de la comunidad”.
Dentro de una de las casas de mariposas, Liliana Pérez, de 40 años, está disponiendo platos de fruta y sirope de azúcar para una docena de mariposas Heliconius con manchas de leopardo. Su marido, que trabaja en una tienda de Palmira, no quería que trabajara fuera de casa. “Siempre le tenía que pedir dinero”, dice Pérez, madre de dos hijos. Entonces empezó a criar mariposas.
“Mi primera experiencia independiente fue cuando mi hija pequeña se cayó y se cortó el labio. La llevé en taxi al hospital y pude pagar todo. Me sentí muy orgullosa. Esa noche, mi marido se dio cuenta de que algo había cambiado”.
La belleza y el horror han estado muy unidos tradicionalmente en el Valle del Cauca. Cali, la capital de la región, era conocida por su cartel de cocaína hasta que la banda fue reventada a finales de los 90. Y las montañas de alrededor de la granja de las mariposas han visto una de las luchas más sangrientas del conflicto civil colombiano, que actualmente se encuentra en fase de tregua.
El campo estaba relativamente tranquilo en 1985, cuando Patricia, abogada, y su entonces marido, pediatra, compraron una granja de adobe de un siglo de antigüedad, cerca de la población de Arenillo. El matrimonio y sus hijos—Vanessa y su hermano menor, Cristián, que actualmente tiene 30 años— compartían una gran casa a las afueras de Palmira y pasaban los fines de semana y las vacaciones en la finca. La familia vivía de forma muy distinta a la de los vecinos pobres de la montaña. Pero Patricia, que había crecido en circunstancias humildes, quería hacer algo por sus vecinos. Amante de la naturaleza, tenía también interés en conservar el frágil estado del medio ambiente en su país.
En julio de 2000, encontró la manera de hacer las dos cosas a la vez. Durante unas vacaciones en Florida, la familia visitó una exposición de mariposas con especies procedentes de todas partes del trópico. Cuando el director de la exposición se enteró de dónde eran, recuerda Vanessa, dijo “Colombia tiene más mariposas que ningún otro país del mundo. ¿Por qué nadie las exporta?” Cuando volvieron a casa, Patricia descubrió que en su país natal había casi 50.000 especies distintas de mariposas.
El contrabando de insectos exóticos para su venta a los coleccionistas extranjeros era un problema cada vez mayor y ecológicamente devastador. Se dio cuenta de que una granja de mariposas podía ser una fuente de ingresos para las familias pobres y una manera de proteger la biodiversidad. Pero dice “no teníamos ni idea de cómo hacerlo”.
Vanessa se ofreció a buscar la forma. Estaba estudiando ingeniería industrial en la Universidad Javierana de Cali y el trabajo de su tesina consistía en crear una empresa singular. Se puso a diseñar un plan de negocio para hacer realidad el sueño de su madre. Patricia, mientras tanto, utilizó su experiencia legal para navegar por un mar de trámites burocráticos.
A principios de 2001, la familia (y un biólogo al que contrataron) se trasladaron a tiempo completo a la finca, construyeron la granja en un terreno al otro lado de la carretera y empezaron a aprender a criar mariposas. Un par de amigos se unieron como socios. Alas de Colombia se fundó ese septiembre.
Para entonces, las montañas se estaban convirtiendo en un entorno peligroso. Las guerrillas de las FARC luchaban contra los paramilitares y las tropas del gobierno luchaban contra ambos bandos. En dos ocasiones, la guerrilla pidió a la familia su camioneta; otra vez los paramilitares obligaron a Patricia a llevarles en coche hasta su destino. Los parracos aparecieron más tarde por sorpresa en la granja, para extorsionarles.
Patricia convenció al comandante de que no había beneficios, pero el encuentro la dejó alterada. En septiembre de 2002, la familia huyó a Cali y se mudó a casa de la madre de Patricia; compraron las acciones de sus amigos en la compañía porque no querían exponerlos a más riesgos. Sin embargo, dos de los empleados permanecieron en la granja y Patricia y Vanessa empezaron a ir regularmente desde Cali.
En mayo de ese mismo año, Vanessa se apuntó a un curso de inglés de seis meses (útil para una futura exportadora) en un instituto a las afueras de Londres. Un día, convenció al propietario de una cercana exposición de mariposas de que examinara algunas muestras, que Patricia había enviado mediante un servicio de entrega inmediata.
Impresionado, se convirtió en el primer cliente regular de Alas de Colombia. Otros le siguieron. A finales de 2004, la compañía hacía más negocio del que podía asumir el pequeño grupo de empleados. Era hora de introducir a los vecinos en el negocio.
Patricia y Vanessa convocaron a las campesinas de los pueblos cercanos. Querían mujeres que estuvieran verdaderamente necesitadas. Al final, seleccionaron 12 grupos de tres mujeres cada uno. Con subvenciones del gobierno y de ONGs, cada equipo construyó una casa de mariposas en la granja, un “laboratorio” para producir crisálidas, y un vivero para cultivar plantas con las que alimentar a los gusanos, en la parcela de uno de los socios.
La formación empezó en primavera de 2005. Para entonces, la guerrilla había desaparecido de la zona. Poco después, el gobierno firmó un acuerdo de paz con los paramilitares.
Actualmente, el número de grupos productores ha aumentado a 17, y el número total de granjeros de mariposas a 50. Entre todos, crían unos 8.000 insectos al mes (el 70% para exportación, el 20% para su venta en Colombia y el 10% para soltarlas en libertad y reponer así las poblaciones nativas).
Patricia, separada ahora de su marido, ha vuelto a la finca que domina el valle.
Vanessa vive en Cali con su marido desde hace dos años; va casi todos los días a la tienda, pero se pasa por la granja dos veces por semana. “A veces es difícil trabajar juntos”, reconoce. “Los problemas familiares se mezclan con los problemas laborales.
Pero el vínculo que compartimos nos ayuda a encontrar la solución”. Esos lazos son también vitales para las productoras. La mayoría de los grupos están formados por parientes.
Una soleada mañana, nos dirigimos a visitar a algunas de las productoras en sus casas. En una cabaña llena de cajas de gusanos, nos encontramos con un matrimonio que se puede permitir ahora tener a sus dos hijos en el instituto, gracias a sus ganancias.
No muy lejos de allí, nos encontramos con Olga Salazar, que fue la primera empleada a los 16 años y después fundó un grupo de productoras.
Actualmente, con 27 años, vive con su marido y su hijito en un pequeño bungalow que construyeron ellos mismos, con una lavadora y un ordenador.
Nada de ello hubiera sido posible sin las mariposas. Y colina abajo, en un vivero de plantas junto a una casa de estuco poco sólida, nos encontramos con la madre de Olga, Rubiela Campo. “Antes de empezar este trabajo, ni siquiera sabía que las orugas se convertían en mariposas”, dice Campo, de 51 años, pequeña pero enérgica. Nos acompaña hasta el patio para enseñarnos su moto. “Me da miedo subirme”, dice con una risita, “pero me gusta saber que es mía”.
Vea pues de lo que me entero viviendo en Colombia, no tenia ni idea de esta historia, que por cierto es bien bonita:)
Pues es una gran idea la de esta colombiana tan emprendedora. Me sorprende cómo, además de salir adelante económicamente con esta empresa, la utiliza para hacer el bien, a sus vecinos y al medio ambiente.
“Las cosas que vemos –continúo Pistorius con voz más apagada- son las mismas que hay en nosotros. La única realidad es la que en nosotros tenemos, y si los hombres viven tan irrealmente es porque aceptan como realidad las imágenes exteriores y ahogan en sí la voz de su mundo interior. También se puede ser feliz así; pero cuando se llega a saber lo otro se hace ya imposible seguir el camino de la mayoría. El camino de los más es fácil, Sinclair; tan fácil como penoso el nuestro.”
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«A veces odiaba tanto a las personas mayores que querría matarlas, desfigurarlas, o bien gritar: “Sí, me molestas”, golpeando el suelo con el pie; pero temía a sus padres desde muy niña. En otro tiempo, cuando Antoinette era más pequeña, su madre la sentaba a menudo sobre las rodillas, la apretaba contra su pecho, la acariciaba y abrazaba. Pero eso Antoinette lo había olvidado. En cambio, en lo más profundo de su ser conservaba el sonido, los estallidos de una voz irritada pasando por encima de su cabeza, “esta niña que está siempre encima de mí”, “¡otra vez me has manchado el vestido con los zapatos sucios!, ¡al rincón, así aprenderás, ¿me has oído?, pequeña imbécil!”. Y un día… por primera vez, un día había deseado morir. Ocurrió en una esquina, en medio de una regañina; una frase encolerizada, gritada con tal fuera que los viandantes habían vuelto la cabeza: “¿Quieres que te dé un guantazo? ¿Sí?”, y la quemazón de una bofetada. En plena calle. Tenía once años y era alta para su edad. Los viandantes, las personas mayores, eso no significaba nada. Pero en aquel instante unos chicos salían del colegio y se habían reído de ella al verla.»
Irène Némirovsky
El baile
Cómo una amistad casi imposible entre un carismático estafador y un aristócrata francés cambió sus vidas para bien.
By Liliane Charrier
Abdel Sellou nunca olvidará ese primer encuentro. La notificación de la oficina nacional de empleo le llegó una lluviosa mañana de diciembre de 1994 en París, y le pedía que se presentase para la vacante “se necesita cuidador y acompañante para un tetrapléjico”. Sellou ni se molestó en leerla entera. Para él era lo mismo de siempre: obtener la notificación firmada para demostrar que se había presentado a la entrevista.
A los 23 años ya había estado 18 meses en la cárcel por robo y asalto. Luego consiguió un trabajo en una pizzería en la que estaba tan aburrido que hizo todo lo que pudo para conseguir que lo despidieran. No sentía reparo de aprovecharse del sistema: durante dos años podría cobrar casi tanto dinero como si estuviera trabajando.
La entrevista era en la Avenida Leopold II del distrito 16 de París, una zona muy cotizada de la capital francesa. En la entrada de la gran mansión,situada en una hectárea de frondosos jardines, Abdel se quedó por un momento sin habla. Hablando por un intercomunicador en la puerta de piedra, dijo: “El anuncio de trabajo, el cuidador y todo eso, ¿es aquí?”.
Después de pasar primero por una entrada de carruajes y luego por una segunda puerta, Abdel se dio cuenta de que no estaba en las oficinas centrales de una empresa, sino en la casa de un particular. La casa era tan grande, con cuadros de grandes clásicos, baúles de estilo Imperio con cajones y tiradores dorados, mesas de pedestal con marquetería... que se quedó boquiabierto. Sus roídos vaqueros y su chaqueta desgastada contrastaban con aquella refinada decoración.
Cuando el hombre de la silla de ruedas le indicó que se acercara, Abdel lo miró de arriba a abajo.
“Buenos días, ¿podría firmarme esto?”, le preguntó Abdel. “Es para la prestación por desempleo”.
Sin perder un segundo, aquel hombre de la silla de ruedas le respondió:
“¿No te das cuenta? No puedo hacer nada solo. Soy tetrapléjico y necesito que alguien me ayude y me acompañe a todas partes”.
Philippe Pozzo di Borgo percibió en aquel joven rudo un toque de salvajismo que le llamaba mucho la atención.
Necesitaba una persona fuerte y que no sintiera lástima de él.”¿Te interesa?”, le preguntó a Abdel.
¿Que si me interesa? Esto es demasiado. Pero al igual que ese desgraciado que tenía ante él, condenado para siempre a una silla de ruedas, no tenía nada que perder.
Abdel Yamine Sellou tenía cuatro años cuando salió de Argelia para irse a vivir con su tío Belkacem y su tía Amina a París, una pareja sin hijos que se convertiría en sus nuevos padres.
No era raro entre las familias árabes del norte de África mandar un hijo suyo a un familiar que no había podido tener hijos. Abdel se fue junto a su hermano Abdel Ghany, un año mayor. Los dos crecieron en un país extranjero, tuvieron que aprender un idioma y vivir en un piso de tres habitaciones de un edificio de viviendas del distrito Beaugrenelle de París.
Sus padres adoptivos no le impusieron ninguna norma y las puertas de la casa siempre estaban abiertas para él. Abdel les pedía a sus nuevos padres todo lo que quería mediante órdenes. Nadie le impedía ver una película un domingo por la noche ni comprobaba si llegaba tarde a la escuela o había hecho los deberes. Nadie se preguntaba tampoco dónde estaba cuando iba a robar al supermercado de la esquina. Tuvo toda la libertad que quiso.
Cualquier excusa era buena para sus pequeños trapicheos: obligaba a los niños más pequeños a que le dieran sus zapatillas de deporte nuevas que tenían para el colegio, se despachaba él mismo en el supermercado cogiendo de las repisas todo lo que necesitaba a su antojo y salía de las tiendas de deporte sin pasar por caja, e incluso robaba las cámaras a los turistas norteamericanos que se apiñaban a los pies de la Torre Eiffel.
Abdel pasó por la comisaría de policía no una, ni dos, sino 20 veces. En cuanto cumplió los 18 años, aterrizó en la prisión de Fleury-Mérogis.
Este conflictivo joven no tenía preparación alguna para asistir a un inválido. A Philippe había que cruzarle los brazos sobre su estómago para que circulara la sangre, reincorporarlo hacia adelante, llevarlo hasta su silla, estirarle todas las extremidades de forma adecuada, ponerle los zapatos.
Abdel se quedó a vivir en un apartamento de la misma casa y cuidaba a Philippe desde por la mañana muy temprano. Unidos casi por accidente, poco a poco Abdel comenzó a sentir afecto por este inválido. Como escribió en su autobiografía: “Junto a este hombre que tenía la generosidad de espíritu de reír, me di cuenta de que nos unía algo más que el trabajo. Independientemente del contrato o de la obligación moral, me abrió los ojos a un mundo que pensaba que aborrecía: el mundo de aquellos que lo tienen todo”.
Antes de tener el accidente de parapente que le dejó tetrapléjico en 1993, Philippe, descendiente de la gran aristocracia francesa, había sido codirector de la prestigiosa casa de champán Pommery. Ahora, dado que no podía realizar ninguna actividad física, este ilustrado intelectual amante de las artes disfrutaba de la actividad intelectual más que nunca.
Abdel se pasaba horas pasando miles de páginas de libros interminables. “Qué pedazos de libros”, le decía Abdel, y con un aire travieso añadía “¡serían perfectos para tumbar a un policía!” Abdel había pasado más tiempo aprendiendo en la calle que en el colegio, pero aun así, con el tiempo, empezó a ojearlos por encima del hombro de su jefe mientras los leía. En el ambiente silencioso
de la mansión de la Avenida Leopold II también comenzó, poco a poco, a curiosear las novelas de la biblioteca.
“Abdel, póngame la palabra DEFROCKED (expulsado del sacerdocio), verticalmente, por favor.” Por la noche, a Philippe le encantaba jugar al Scrabble. Abdel hizo lo que le pedía y le dijo medio en serio, medio en broma. “¡DEFROCKED no es una palabra!”, protestó. “Es alguien que ha perdido su levita (frock)” Philippe inmediatamente lo corrigió. “Un defrocked priest (sacerdote expulsado) es un hombre de Dios que vuelve a convertirse en laico”.
Como era un mal perdedor, Abdel cogió el diccionario para comprobarlo. La sutileza de un vocabulario rico le parecía tan aburrida como sus noches bajo arresto policial, en la que contaba los azulejos del techo para matar el tiempo.
En 2000, cuando Philippe comenzó a escribir Le Second Souffle (El Segundo Aliento), le esperaba una sorpresa. Abdel, que nunca había escrito nada, se ofreció a tomar notas mientras Philippe le dictaba. El jefe estaba encantado: “¡Fuera complejos!”, admite hoy en día Abdel, “con Pozzo, era como si hubiera estudiado durante veinte años”.
Abdel, que hacía también de chófer, se tomaba la libertad a veces de conducir los coches de su jefe a altas horas de la noche. Cuando una noche, la policía llamó a la puerta de Philippe, este le preguntó a Abdel: “Abdel, parecer ser que el Jaguar está siniestro total ¿no?” Abdel no trató de negar su fechoría. “Ya le dije señor, que el coche era peligroso.
Uno no nota la velocidad”, dijo como excusa. Luego añadió tímidamente: “Bueno, me salí en una curva. Aquí están las llaves. Esto es todo lo que queda de él”.
En 2002, se le encargó organizar la fiesta del 18 cumpleaños del ahijado de Philippe y Abdel invitó a una stripper. ¡No habrías hecho esto si se hubiera tratado del cumpleaños de tu hijo!, bramó Philippe. Y, cuando se enteró de que Abdel, incorregible mujeriego, había dejado a su aventura de una noche al borde de la carretera, Philippe le reprochó de forma contundente: “Una mujer no es
una mercancía. ¡Es un ser por el que se debe sentir admiración y respeto!”.
Cada vez que Abdel corría una aventura, Philippe trataba de reconducir a su protegido por el buen camino. Abdel permaneció junto a Philippe diez años. En 2004, ambos se fueron a vivir a Saïda, en el extremo noreste de Marruecos. Philippe buscaba el clima ideal para su cuerpo.
Abdel, como de costumbre, a la búsqueda de un nuevo proyecto que diera chispa a sus vidas. Allí mismo, no lejos de la Argelia natal de Abdel, hablaron sobre la construcción de un parque de ocio en la playa.
Aunque aquel proyecto nunca vio la luz, en el hotel donde se alojaban, Abdel se encaprichó de una guapa y joven recepcionista llamada Amal. Un día, paseando por la playa con Amal, Abdel se sintió torpe y un poco tonto. “Abdel, me gustas”, le dijo ella, tomando la iniciativa, “pero si me quieres, tendrás que casarte conmigo”. Philippe recordó más tarde: “El día que vi a este machista de la mano de Amal, asumiendo su lado decente y tierno, comprendí que algo importante estaba sucediendo”. Abdel pensaba lo mismo. “Si Philippe no se hubiera cruzado en mi camino, Amal solo habría sido una conquista más sin futuro alguno, como las demás”.
Hoy, Abdel, de 42 años, vive con su mujer, Amal, en París junto a sus tres hijos, Abdel Malek, Salaheddine y su hija pequeña Keltoum. “Nacieron el 05/05, el 06/06 y el 07/07. ¡Ya ves que estoy muy bien en matemáticas!”, bromea.
Cuando no está en París, está en Djelfa (Argelia), donde se ocupa de la granja de aves de corral que posee. Philippe vive hoy en Essaouira (Marruecos), con Khadija, su segunda esposa.
Cuando van a París, se quedan con Abdel en su piso de tres habitaciones en el distrito número 15, y duermen en el cuarto de estar para dejar libre su dormitorio. De esa manera puedo cuidar de él, explica Abdel. Philippe sigue siendo el “maestro Jedi” de Abdel. Nada ha cambiado entre ellos. “Hablamos de todo, no hay ningún tema tabú. Me ofreció su silla de ruedas para que al empujarla,
al mismo tiempo me apoyara en ella. Hoy en día, la sigo utilizando así”.
Si tú abandonas una sombra sobre una cama, no se puede levantar por sí misma, no tiene fuerzas suficientes.
Juan José Millás - Laura y Julio
Me sugiere que si nuestros proyectos o nuestras intenciones se quedan en el pensamiento, son como sombras, que no sirven para nada. Una intención o un proyecto necesita de un cuerpo vivo en el que encarnarse para levantarse y andar siendo su sombra inspiradora. Podemos tener la cama llena de sombras amontonadas como ropa antigua todavía sin estrenar.
Anónimo
Lazarillo de Tormes Sí, la originalidad no es lo mío...
-Señor, mozo soy que no me fatigo mucho por comer, bendito Dios. Deso me podré yo alabar entre todos mis iguales por de mejor garganta, y ansí fui yo loado della hasta hoy día de los amos que yo he tenido.
-Virtud es esa -dijo él-, y por eso te querré yo más, porque el hartar es de los puercos y el comer regladamente es de los hombres de bien.
Pues pienso que tiene toda la razón. La templanza es una virtud que nos distingue de los animales. Pero es que además, en orden a buscar el placer gastronómico, por lo menos en mi caso he encontrado que comiendo poco disfruto más que llenándome. La sensación de un estómago hinchado estropea los momentos deliciosos anteriores. Y también porque a partir de cierta cantidad de un manjar, éste pierde parte de su gracia, por eso en los buenos restaurantes te ponen poco en el plato.
SCARLETT: ¿Por qué se ha detenido?
RHETT: Este es el camino de Tara, deje descansar el caballo. Señora Wilkes...
PRISSY: La señora Melanie se ha desmayado, capitàn Butler.
RHETT: Seguramente sera mejor así, no aguantaria el dolor si estuviera consciente. Scarlett, ¿esta decidida a rematar esta locura?
SCARLETT: Sí, sí, sí, yo sé que pasaremos Rhett, estoy segura.
RHETT: No pasaremos, pasará ud., yo les dejo aquí (bajando del carro).
SCARLETT: ¿Que nos deja? ¿Y a donde va a ir?
RHETT: Me voy querida con el ejército.
SCARLETT: Ud. bromea, deberia matarle por asustarme así.
RHETT: Hablo en serio Scarlett, voy a unirme a los bravos soldados de uniforme gris.
SCARLETT: ¡¿Pero si están en franca huida?!.
RHETT: No, no, se revolverán y presentaran su última resistencia y en tal instante estaré con ellos, con retraso pero más vale tarde...
SCARLETT: Rhett, se burla de mí.
RHETT: Egoista hasta el fin, ¿verdad? Pensando sólo en su hermosa piel sin un sólo pensamiento para la noble causa.
SCARLETT: ¡Como puede hacerme tal cosa Rhett! ¿por qué ha de abandonarme ahora que todo se ha undido y yo le necesito?, ¿por qué?, ¿por qué?
RHETT: ¿Por qué? Tal vez porque siempre he sentido debilidad por las causas perdidas cuando realmente lo están, o tal vez...porque siento desprecio de mí mismo, quien sabe...
SCARLETT: ¿Es que no se avergüenza de dejarme sola e indefensa?
RHETT: ¿Ud. indefensa? Ja, ja, ja. ¡Que Dios se apiade de los yankees si la capturan! Y ahora, baje ud. de ahí, quiero despedirme.
SCARLETT: No.
RHETT: AVeremos si bajará (cogiéndola de la cintura y bajándola del carro).
SCARLETT: No, Rhett, por favor, no se vaya , por Dios no me deje, no se lo perdonaré nunca.
RHETT: Yo no le pido que me perdone, yo mismo no me comprendo ni me perdonará nunca, y si una bala me alcanza, Dios no lo quiera, me reiré de mi propia estupidez, Sólo sé y comprendo una cosa, y es que te quiero Scarlett, pese a ti y a mí y a ese mundo que se desmorona a nuestro alrededor, te quiero. Porque somos iguales, dos malas personas, egoístas y astutos, pero sabemos enfrentarnos con las cosas y llamarlas por sus nombres.
SCARLETT: ¡Déjeme!, no me toque.
RHETT: (Cogiéndole de la cara) Scarlett mírame. Te quiero como no he querido nunca a ninguna otra mujer y te he esperado como jamás hubiera sido capaz de esperar a otra.
SCARLETT: ¡Suélteme!
RHETT: He aquí un soldado del Sur que te quiere, que quiere sentir tus abrazos, que desea llevarse el recuerdo de tus besos al campo de batalla. Nada importa que tú no me quieras. Eres una mujer que envía un soldado a la muerte con un bello recuerdo. Scarlett, bésame, bésame una vez (se besan).
SCARLETT: (Le da una bofetada) ¡Canalla! ¡Cobarde! No tiene ud. dignidad. Tenían razón, todo el mundo tenía razón, ud. no es un caballero.
RHETT: (Sonriendo) Eso no tiene importancia en estos momentos.
«Las frases que en cualquier otra vivienda podrían ser: “El pájaro se ha escapado de la jaula, ¡cierra aprisa la ventana!”, en la nuestra era: “¡Por Dios, cierra la ventana, que la cacatúa –o el cuervo, el maki, el capuchino— quiere entrar!”. La aplicación más genial del “efecto inverso de las alambradas” fue experimentada por mi esposa cuando nuestro hijo mayor era todavía muy pequeño. Precisamente entonces teníamos algunos animales grandes, que podrían ser peligrosos: cuervos, dos grandes cacatúas de moño amarillo, dos makis mongoz y un mono capuchino, a los que –en especial a los cuervos- no era prudente dejar solos con el niño. Como solución más práctica, mi mujer improvisó una gran jaula en el jardín y metió en ella… el cochecito de nuestro hijo.»
Konrad Lorenz
Hablaba con las bestias, los peces y los pájaros
¡Qué pasión por los animales! Me recuerda al Doctor Dolittle.
_De todo el diálogo entre el Capitán Butler y la señorita Escarlata O'Hara, lo que más me gusta es la decisión de Rhett de unirse al ejército, aunque sabe que ya no hay nada que hacer. "Más vale tarde...". Algo parecido puede acontecernos en nuestra vida: muchas buenas acciones, proyectos u obligaciones de las que hemos desertado, y que pensamos que ya es tarde para emprenderlas, que si no las hemos seguido cuando tocaba, ahora ya no tiene sentido. Aquellos estudios que dejamos a mitad o aquella vocación que no supimos seguir, aquella persona que no supimos perdonar, aquel familiar cuyo contacto interrumpimos y por vergüenza no hemos reanudado, aquella confesión que debimos realizar y que se nos han acumulado los pecados hasta hacérnosla ya muy difícil, aquella labor de ayuda que podíamos haber realizado y que se nos pasó el momento oportuno, aquel proyecto de vida que quisimos seguir y las circunstancias nos apartaron de él... ¡No! Aunque sea años después de cuando teníamos que haberlo hecho, aun cuando ya no sirva absolutamente de nada, podemos tener la dignidad de reincorporarnos al ejército y anular la tristeza de nuestra deserción. Un solo minuto de heroísmo, en el último momento, puede justificar y perdonar toda una vida.
“Decía siempre “la mar”. Así es como le dicen en español cuando la quieren. A veces los que la quieren hablan mal de “ella”, pero lo hacen siempre como si fuera una mujer. Algunos de los pescadores más jóvenes, los que usaban boyas y flotadores para sus sedales y tenían botes de motor comprados cuando los hígados de tiburón se cotizaban alto, empleaban el artículo masculino, lo llamaban “el mar”. Hablaban del mar como de un contendiente o un lugar, o incluso un enemigo. Pero el viejo lo concebía siempre como perteneciente al género femenino y como algo que concedía o negaba grandes favores, y si hacía cosas perversas y terribles era porque no podía evitarlo. La luna, pensaba, le afectaba lo mismo que a una mujer”.
El viejo y el mar, Ernest Hemingway
Es curioso ese cambio del género del mar a la mar. Es verdad que se le dota de una personalidad que no tiene con el género masculino. Una personalidad fascinante, tierna y a la vez impredecible y por supuesto peligrosa.
Me parece un criterio muy inteligente y sibarita, a pesar de que no concuerda nada conmigo, ya que la cantidad me pierde... pero lo más divertido de aquella mítica conversación con el escudero, es precisamente que lo refinado del comentario contrasta con su pobreza y sus falsas apariencias. Simplemente genial.
Creo que puede ser verdad. La pasión por algo queda disminuida si uno experimenta también pasión por otra cosa. El que tiene una familia en la que acomodarse, difícilmente puede volcarse y entregarse totalmente a algo, pues tendría obligaciones y otros asuntos más urgentes en los que pensar. De ahí viene lo del celibato para el clero.
"No tiene nada que temer de mí. Soy un ex delincuente, libre sólo desde ayer. Me busca la policía para encerrarme otra vez en el manicomio, porque creen que estoy envuelto en la muerte de un hombre o quizá de dos, según si los de la metralleta acertaron o no al jardinero. También ando metido en un asunto de drogas: cocaína, anfetaminas y ácido. Y mi pobre hermana, que es puta, está en chirona por mi culpa. Ya ve usted en qué dramática tesitura me hallo. Repito que no tiene nada que temer: ni estoy loco como pretenden ni soy un criminal…”
El misterio de la cripta embrujada. Eduardo Mendoza.
Cómo un tetrapléjico, sin mover las manos o los pies, puede obrar el milagro de cambiar la vida de una persona a mejor. El poder de la palabra, el del ejemplo y el del amor sobrepasan a todos los poderes físicos.
Alas de esperanza
Una madre y su hija apoyan a las mujeres pobres en Colombia gracias a una de las creaciones más frágiles de la naturaleza.
By Kenneth Miller
En una calle de baches de Cali (Colombia), tras la modesta fachada de una tienda, Patricia Restrepo está embalando regalos para enviar. Los objetos se encuentran situados en mesas largas, protegidos entre algodón enguatado. A primera vista, podrían ser colgantes: pequeñas esculturas, con un ganchito o hilo para colhar, exquisitamente elaboradas. “este es como una joya”, exclama Restrepo, de 57 años, mientras una brillante gota dorada de escabulle entre sus dedos. La joya es, de hecho, la crisália de una mariposa exótica, diseñada por la naturaleza para colgar de una rama, no de un collar. Restrepo la mete dentro de una caja de poletileno con docenas de otras especies. Dentro de unos días, esta caja se abrirá en el Museo de Ciencias de Chicago, donde los ocupantes saldrán de sus capullos y revolotearán: mariposas morfo azul gigantes, mariposas tigre Eueides, mariposas de lunares… para posarse en los hombros de los encantados visitantes.
Menuda, de pelo rubio, con sonrisa cálida y formas enérgicas, Restrepo es copropietaria de Alas de Colombia, una de las empresas —menos de 20— que exportan mariposas vivas por todo el mundo (también vende mariposas en Colombia para soltarlas en bodas u Ootras celebraciones.) Su socia es su hija, Vanessa Wilches, de 32 años, una versión más alta y morena de su madre.
Alas es la única empresa de exportación de mariposas de Colombia. La compañía, de diez años de antigüedad, es también única en otro aspecto: su misión es mejorar las vidas de sus proveedores, en su mayoría mujeres luchadoras que habitan una de las regiones más pobres y devastadas por la guerra del país.
“Al igual que una oruga se transforma en una bella mariposa”, dice Patricia, “queremos ayudar a las personas que trabajan con nosotras a transformarse y a transformar también sus comunidades”. Para perseguir ese sueño, han sufrido también algunas metamorfosis en su propia piel. Han sacrificado las comodidades y, a veces, incluso han arriesgado sus vidas. Pero contra todo pronóstico, su sueño ha alzado el vuelo.
Cali se extiende en el extremo sur del Valle del Cauca, en Colombia. A 50 kilómetros de la ciudad, en el distrito de Palmira, se encuentran las estribaciones boscosas de la Cordillera Central. Mientras Patricia conduce su ajada camioneta por un camino de tierra, las casas de fin de semana de los prósperos urbanitas se alternan con las desvencijadas cabañas de los campesinos.
Poco después, llegamos a la granja de mariposas: un grupo de cabañas con techo de cañamazo y paredes de malla que cubren dos hectáreas de la colina. Las vistas del valle son impresionantes.
Las mujeres, con camisetas de Alas de Colombia, dejan de recoger abono para charlar con Patricia y Vanessa. A otras se les puede ver a través de las estructuras traslúcidas, ocupándose de su ganado en miniatura.
Las “productoras” de la compañía, tal y como se las llama, son trabajadoras independientes que trabajan en grupos de tres o más personas. Cada equipo dirige una casa de mariposas en la granja, donde se conservan los insectos adultos para la cría. Después de recoger los huevos, una productora los lleva a su propia casa o a la casa de una compañera donde se criarán hasta pasar de oruga a crisálida. Patricia después compra las crisálidas, a precios que van desde 1.200 a 2.500 pesos colombianos (de 0,5 a 1 euros) cada una, dependiendo de las especies, y las lleva a Cali para enviarlas desde allí a Estados Unidos y Europa.
Los insectos que mueren —solo un pequeño porcentaje— también se usan como souvenir comercializados en las tiendas, hechos por artesanos locales o por los propios productores.
“Cuanto más trabaja una productora, más gana”, dice Patricia. La mayoría ganan más que limpiando casas, cuidando niños o trabajando en las labores agrícolas; algunas ganan más del doble del sueldo mínimo interprofesional. Alas abre cuentas de ahorro a los trabajadores de las mariposas (porque pocos de ellos tienen experiencia previa con los bancos), les enseña a utilizar los cheques y los cajeros automáticos y les ayuda a obtener los requisitos necesarios para conseguir un crédito.
Sin embargo, los beneficios no son solo económicos. “La cultura colombiana es muy machista”, dice Vanessa. “Las mujeres no tienen las mismas oportunidades que los hombres. Además de un buen sueldo, el trabajo les aporta el respeto de la comunidad”.
Dentro de una de las casas de mariposas, Liliana Pérez, de 40 años, está disponiendo platos de fruta y sirope de azúcar para una docena de mariposas Heliconius con manchas de leopardo. Su marido, que trabaja en una tienda de Palmira, no quería que trabajara fuera de casa. “Siempre le tenía que pedir dinero”, dice Pérez, madre de dos hijos. Entonces empezó a criar mariposas.
“Mi primera experiencia independiente fue cuando mi hija pequeña se cayó y se cortó el labio. La llevé en taxi al hospital y pude pagar todo. Me sentí muy orgullosa. Esa noche, mi marido se dio cuenta de que algo había cambiado”.
La belleza y el horror han estado muy unidos tradicionalmente en el Valle del Cauca. Cali, la capital de la región, era conocida por su cartel de cocaína hasta que la banda fue reventada a finales de los 90. Y las montañas de alrededor de la granja de las mariposas han visto una de las luchas más sangrientas del conflicto civil colombiano, que actualmente se encuentra en fase de tregua.
El campo estaba relativamente tranquilo en 1985, cuando Patricia, abogada, y su entonces marido, pediatra, compraron una granja de adobe de un siglo de antigüedad, cerca de la población de Arenillo. El matrimonio y sus hijos—Vanessa y su hermano menor, Cristián, que actualmente tiene 30 años— compartían una gran casa a las afueras de Palmira y pasaban los fines de semana y las vacaciones en la finca. La familia vivía de forma muy distinta a la de los vecinos pobres de la montaña. Pero Patricia, que había crecido en circunstancias humildes, quería hacer algo por sus vecinos. Amante de la naturaleza, tenía también interés en conservar el frágil estado del medio ambiente en su país.
En julio de 2000, encontró la manera de hacer las dos cosas a la vez. Durante unas vacaciones en Florida, la familia visitó una exposición de mariposas con especies procedentes de todas partes del trópico. Cuando el director de la exposición se enteró de dónde eran, recuerda Vanessa, dijo “Colombia tiene más mariposas que ningún otro país del mundo. ¿Por qué nadie las exporta?” Cuando volvieron a casa, Patricia descubrió que en su país natal había casi 50.000 especies distintas de mariposas.
El contrabando de insectos exóticos para su venta a los coleccionistas extranjeros era un problema cada vez mayor y ecológicamente devastador. Se dio cuenta de que una granja de mariposas podía ser una fuente de ingresos para las familias pobres y una manera de proteger la biodiversidad. Pero dice “no teníamos ni idea de cómo hacerlo”.
Vanessa se ofreció a buscar la forma. Estaba estudiando ingeniería industrial en la Universidad Javierana de Cali y el trabajo de su tesina consistía en crear una empresa singular. Se puso a diseñar un plan de negocio para hacer realidad el sueño de su madre. Patricia, mientras tanto, utilizó su experiencia legal para navegar por un mar de trámites burocráticos.
A principios de 2001, la familia (y un biólogo al que contrataron) se trasladaron a tiempo completo a la finca, construyeron la granja en un terreno al otro lado de la carretera y empezaron a aprender a criar mariposas. Un par de amigos se unieron como socios. Alas de Colombia se fundó ese septiembre.
Para entonces, las montañas se estaban convirtiendo en un entorno peligroso. Las guerrillas de las FARC luchaban contra los paramilitares y las tropas del gobierno luchaban contra ambos bandos. En dos ocasiones, la guerrilla pidió a la familia su camioneta; otra vez los paramilitares obligaron a Patricia a llevarles en coche hasta su destino. Los parracos aparecieron más tarde por sorpresa en la granja, para extorsionarles.
Patricia convenció al comandante de que no había beneficios, pero el encuentro la dejó alterada. En septiembre de 2002, la familia huyó a Cali y se mudó a casa de la madre de Patricia; compraron las acciones de sus amigos en la compañía porque no querían exponerlos a más riesgos. Sin embargo, dos de los empleados permanecieron en la granja y Patricia y Vanessa empezaron a ir regularmente desde Cali.
En mayo de ese mismo año, Vanessa se apuntó a un curso de inglés de seis meses (útil para una futura exportadora) en un instituto a las afueras de Londres. Un día, convenció al propietario de una cercana exposición de mariposas de que examinara algunas muestras, que Patricia había enviado mediante un servicio de entrega inmediata.
Impresionado, se convirtió en el primer cliente regular de Alas de Colombia. Otros le siguieron. A finales de 2004, la compañía hacía más negocio del que podía asumir el pequeño grupo de empleados. Era hora de introducir a los vecinos en el negocio.
Patricia y Vanessa convocaron a las campesinas de los pueblos cercanos. Querían mujeres que estuvieran verdaderamente necesitadas. Al final, seleccionaron 12 grupos de tres mujeres cada uno. Con subvenciones del gobierno y de ONGs, cada equipo construyó una casa de mariposas en la granja, un “laboratorio” para producir crisálidas, y un vivero para cultivar plantas con las que alimentar a los gusanos, en la parcela de uno de los socios.
(continúa)
La formación empezó en primavera de 2005. Para entonces, la guerrilla había desaparecido de la zona. Poco después, el gobierno firmó un acuerdo de paz con los paramilitares.
Actualmente, el número de grupos productores ha aumentado a 17, y el número total de granjeros de mariposas a 50. Entre todos, crían unos 8.000 insectos al mes (el 70% para exportación, el 20% para su venta en Colombia y el 10% para soltarlas en libertad y reponer así las poblaciones nativas).
Patricia, separada ahora de su marido, ha vuelto a la finca que domina el valle.
Vanessa vive en Cali con su marido desde hace dos años; va casi todos los días a la tienda, pero se pasa por la granja dos veces por semana. “A veces es difícil trabajar juntos”, reconoce. “Los problemas familiares se mezclan con los problemas laborales.
Pero el vínculo que compartimos nos ayuda a encontrar la solución”. Esos lazos son también vitales para las productoras. La mayoría de los grupos están formados por parientes.
Una soleada mañana, nos dirigimos a visitar a algunas de las productoras en sus casas. En una cabaña llena de cajas de gusanos, nos encontramos con un matrimonio que se puede permitir ahora tener a sus dos hijos en el instituto, gracias a sus ganancias.
No muy lejos de allí, nos encontramos con Olga Salazar, que fue la primera empleada a los 16 años y después fundó un grupo de productoras.
Actualmente, con 27 años, vive con su marido y su hijito en un pequeño bungalow que construyeron ellos mismos, con una lavadora y un ordenador.
Nada de ello hubiera sido posible sin las mariposas. Y colina abajo, en un vivero de plantas junto a una casa de estuco poco sólida, nos encontramos con la madre de Olga, Rubiela Campo. “Antes de empezar este trabajo, ni siquiera sabía que las orugas se convertían en mariposas”, dice Campo, de 51 años, pequeña pero enérgica. Nos acompaña hasta el patio para enseñarnos su moto. “Me da miedo subirme”, dice con una risita, “pero me gusta saber que es mía”.
Pues es una gran idea la de esta colombiana tan emprendedora. Me sorprende cómo, además de salir adelante económicamente con esta empresa, la utiliza para hacer el bien, a sus vecinos y al medio ambiente.
“Las cosas que vemos –continúo Pistorius con voz más apagada- son las mismas que hay en nosotros. La única realidad es la que en nosotros tenemos, y si los hombres viven tan irrealmente es porque aceptan como realidad las imágenes exteriores y ahogan en sí la voz de su mundo interior. También se puede ser feliz así; pero cuando se llega a saber lo otro se hace ya imposible seguir el camino de la mayoría. El camino de los más es fácil, Sinclair; tan fácil como penoso el nuestro.”
Hermann Hesse
Demian