Empiezo a subir otro relato. Aunque es del "mundo Vamurta", tiene más de relato histórico que de literatura fantástica.
Si el moderador lo prefiere, lo pasamos a otra categoría...
UN DÍA Y UNA NOCHE
Ermesenda iba dando saltos por el pasillo de Palacio. Tras tanto tiempo, ¡tras tanto tiempo!, podrían encontrarse los dos, solos. Canturreaba y brincaba sobre las losas de piedra sin dejar que sus talones tocaran el suelo. Agarró la cortina de terciopelo granate e improvisó unos pasos de baile, zarandeando la tela como si ésta fuera su pareja. Pasó delante de los ventanales de arcos ojivales como un actor desfila ante su público, llegando a su aposento. Ajustó la puerta y se lanzó sobre la cama, revolcándose sobre la colcha y los cojines, temblorosa aún por la nueva, refugiándose en la intimidad del dosel de visillo que, en su habitación, siempre la escondía de sus propios miedos y del mundo. Aspiró el aire con fuerza, se quedó quieta, panza arriba, dejando sus brazos inertes sobre la cama. Su corazón seguía palpitando acelerado.
—¿Por qué estás tan contenta? –su madre la miraba, bajo el arco de la puerta. No la había oído llegar.
—No lo sé, madre… Será por el baile de máscaras.
—Niña engreída –repuso burlona—. Espero que esta noche te comportes como la hija de vizcondes que eres.
—Madre. Ya sabéis que amo las fiestas. ¡Al cuerno con las ceremonias! ¡Hoy es el baile!
Su madre cruzó la habitación, observando todos los vestidos, zapatos y joyas desparramadas por el cuarto. Que su hija era una jovencita presumida, bien lo sabía, pero también se daba cuenta que había algo exagerado en todo aquello. Su hija había depositado sobre el alféizar de la ventana, a modo de objeto sagrado, la diadema de plata que le había regalado su padre el verano pasado. “Como una devota”, pensó.
—¿No pensáis aparecer esta noche? ¿Verdad, madre? —preguntó Ermesenda dando vueltas sobre la colcha—. ¿Me escucháis?
—Evidentemente, junto a tu padre. El Baile de Máscaras de Vamurta es la gran celebración del año, ¡la única vez que puedo pellizcar a tu padre sin que se enfade! –contestó, con un teatral gesto desafiante.
—¿Me dejaréis la máscara de zafiros?
Antes de salir de la habitación, la señora de la casa se giró un momento, negando con la cabeza.
—No iría a ese baile por nada del mundo. Además, podría hacerte sombra –contestó, alzando las cejas.
Cuando los pasos de su madre se perdían por el pasillo de la segunda planta de palacio, Ermesenda saltó de la cama dispuesta a comerse el mundo. Decidió enfundarse un vestido marrón que se abría por la espalda y se calzó unos zapatos negros y planos. Se miró en el pequeño espejo del tocador. De un gris pálido, su rostro le sonreía. Se colgó unos aros de oro, untó la yema de sus dedos en la pintura roja para mojar sus labios delgados. Tibia y algo viscosa, notaba la textura del barro, la misma arcilla con la que se garabateaba la cara siendo una chiquilla, ahí en el castillo donde pasó su infancia, lejos de aquella ciudad. Observando su propio reflejo, sintió un leve presagio, una premonición de algo que no entendía. Sin pensar más, corrió por el pasillo y bajó en tres saltos las escalinatas que la llevaban al atrio, donde descansaban carros y porteadores. Se dirigió a las cocinas, en las que los sirvientes se afanaban en preparar las comidas del día, sin importarles el vapor de las ollas y el calor de los fogones. Llamó a su dama de compañía, que pinchaba, para su cocción, un trozo de pastel en el fondo de la cocina.
—Vamos al mercado. Coge tu cesto y…
—Pero, señora. La compra ya está hecha. Fuimos con la salida del sol.
—No protestes —contestó Ermesenda, marcando su autoridad—. Coge el cesto.
Salieron de la gran casa por el callejón de atrás. Ermesenda quería devorar el mundo, a pesar del hedor de la callejuela oscura, de ese otoño que aún no había traído los primeros fríos tras el largo sofoco del verano.
Giraron en la Avenida de la Victoria, bajando por aquella rambla atestada, cruzándose con mercaderes y tenderos, soldados y damas que iban al mercado o a dejar pequeñas ofrendas en los templos, suplicando el favor de los cielos. Un murmullo de voces las acompañaba, un sonido discordante cargado de acentos, el latir de aquella mañana en que Ermesenda tomaría partido por primera vez en su vida.
—Escúchame, querida. Tú harás algunas compras ¡lo que quieras! Y dirás que yo las he hecho… O irás al templo, o las dos cosas…
—¿Señora? Hoy hemos comprado pescado de playa, y granos negros de pimienta, acelgas, pan de centeno y también medio cordero para la cena…
—No rechistes. ¿No te lo he contado? Hoy veré a Jacobo.
Su dama de compañía abrió mucho la boca para cerrarla de inmediato. Su señora la estaba arrastrando a un encuentro ilícito que no contaba con la aprobación de los vizcondes, y ella, era cómplice obligada. Un súbito espanto se apoderó de la doncella, temerosa del castigo y de perder su trabajo, pero Ermesenda, leyendo sus pensamientos, la cogió por el brazo.
—Un día seré yo la gran señora. Y Jacobo mi señor, aunque su casa no sea la más rica de Vamurta…Entonces tú serás la mayordoma mayor, con cargo de veinte o treinta sirvientes. De momento coge esto, por tu silencio –dijo, dejándole en la palma de la mano un streich de plata.
Cerró el puño su dama y Ermesenda la empujó hacia delante, hacia el mercado de los pescadores que bullía entre gritos, silbidos y empellones entre las mozas que buscaban el mejor lenguado al mejor precio y las señoras que, a pesar de comprar arenques en salmuera o pececillos de roca, no perdían sus aires de alta alcurnia. Pasaron entre la multitud, mezclándose en aquel pasacalles, las caóticas filas de hombres y mujeres que se tejían y destejían, sabiendo, pensaba Ermesenda, que si alguien intentaba seguirlas, las perdería en ese río revuelto. Se detuvieron detrás de un puesto de bacalaos y miraron atrás, sin ver a nadie sospechoso. Entonces, se adentraron en una de las calles laterales, los Hiladores, calle popular en la que los niños corrían bajo castillos de ropa tendida. Ermesenda dudó un instante antes de entrar en un portal estrecho de donde partía una escalera de caracol que giraba hacia las tinieblas del piso superior. Al cerrar la puerta, cesó el rumor del exterior, y ella y su dama iniciaron la ascensión.
—Señora…
—Ya sé. No te preocupes –contestó, algo inquieta—. Mejor baja y espérame en el templo de Sira. Sí, allí nadie preguntará nada.
Al llegar a la primera planta, oyó como su doncella salía a la calle. Ante ella tenía una pequeña puerta sin cerradura. Se agachó para pasar y entró en un piso minúsculo, de los que las familias humildes de la ciudad se amontonan unos sobre otros. Quiso marcharse pero le llegó una voz de hombre, alguien canturreaba al otro lado de la vivienda. Se armó de valor y alcanzó el comedor. Jacobo se giró al oírla entrar. Toda la estancia estaba tapizada con flores, parecía como si Jacobo hubiera comprado todos los ramos de Vamurta y los hubiera esparcido por el suelo desnudo y sobre el único mueble de la casa, una pequeña cama cubierta de lirios sobre la que llegaba la luz del mediodía. Se acercaron, hasta quedar uno frente al otro, indecisos. Él hizo el ademán de acercarse más, pero un leve movimiento de Ermesenda lo frenó. Se miraron, buscando el alma del otro, hasta que Jacobo se lanzó sobre ella y la besó con brusquedad. De un manotazo se lo quitó de encima y volvieron a mirarse. La media sonrisa de Ermesenda devolvió el valor a su amante, que respiró aliviado. ¡Cuánto tiempo! Desde el pasado invierno, cuando se conocieron en el Teatro, no habían dejado de verse, pero jamás habían podido estar los dos a solas. ¡Cuánto tiempo deseándolo! El corazón de Ermesenda resplandecía.
—Casi me asustas, ¿qué es este lugar? –dijo ella.
—Tuve que esperar a que esa familia abandonara la casa, ¿si no, dónde? –le contestó Jacobo con su voz de tonos graves—. Cada paso que das es vigilado por muchos ojos.
Se abrazaron, Jacobo acarició su cuello de bailarina como si tocara un jarrón de cristal, besándolo con cuidado. Casi no se oía nada en ese pequeño salón de paredes desconchadas y vacías. Era como si, allí, la calle fuera algo inexplicable y muy lejano. Ermesenda se sentía estremecida, agarrada a las espaldas de su amado, se sentía dichosa. Un hombre muy joven, de piel suave, que la miraba como si tuviera miedo de romperla, sonriente, embargado de emoción contenida.
—Tantas lunas sin poder besarte, sin tan siquiera poder tocarte…
—Nuestras familias. Toda esta ciudad que vigila y susurra —repuso ella—. No lo soporto.
—Serás mi esposa, y entonces todo esto nos parecerá un instante, nada más —rió, abrazándola de nuevo, apretando sus manos sobre la delgadez de la espalda de su amada.
Ermesenda imaginó el día de mañana, en un palacete de la Avenida de la Victoria, lleno de niños. Un humilde palacio de la nobleza de Vamurta a la espera que alguno de los grandes un día los honrara con una vista… Cerró los ojos y olvidó el futuro. Jacobo le había abierto la boca con los dedos y lamía sus labios con prudencia, temiendo alguna reacción contrariada. Sus lenguas húmedas se encontraban, enroscándose en un trémulo placer. Cayeron sobre la cama, rodando entre las sábanas, felices de encontrarse. A ratos se besaban como niños y reían por cualquier cosa. Jacobo la desnudaba con disimulo, esperando que ella marcara las reglas, los límites. Se hizo un lío con las tiras del escote de espalda y se detuvo.
Ermesenda se incorporó, sentada sobre sus rodillas, observando a su amado con una sonrisa enigmática. Empezó a desenredar su cabello rizado, dejándolo suelto sobre sus hombros. De un estirón, lo dejó sin calzones. Dejó caer las tiras de su vestido, apareciendo ante él como una diosa remota que muestra sus gracias a un fiel devoto. La sorpresa dejó extasiado a Jacobo, que quedó sin habla y sin saber muy bien qué debía hacer. Acto seguido, empezó a cabalgarlo con suavidad, equivocándose, obligados a parar para conseguir adaptarse el uno al otro, llegando al final, plenos.
—He tenido un sueño esta noche –susurró, mientras acariciaba los cabellos cortos de su querido—. Me perdía en un bosque espeso, de suelo duro, cubierto de hiedras que se enredaban en mis pies. No había mucha luz y sabía que debía salir de ahí. Caminaba deprisa, pero la espesura parecía atarme… No me movía o me movía muy poco. Creo, creo que las zarzas se enganchaban en mi vestido, en mi pelo y no veía nada. Caía la noche, empecé a correr sin destino, errando, sin ir hacia ningún lado. Las ramas, los matojos altos me nublaban, cuanto más avanzaba más aprisionada me sentía… Llegué a lo alto de un cerro, y a lo lejos, veía las playas de Vamurta y sus murallas, pero no podía alcanzarlas.
—No escuches los sueños –le respondió—. No los escuches, sólo nos traen desgracias. ¿Sabes de alguien que los haya seguido? ¿Qué de algo le hayan servido, amor?
— Jacobo, me tranquilizas –besó sus párpados—. Pero desperté con el corazón encogido.
Pensó en la noche de las máscaras. Brillaría como una estrella fugaz, resplandeciente entre la nobleza, querida y admirada. Quizás no era la hija de uno de los grandes, ni sus blasones contaban con un historial de gestas, pero durante el tiempo que durara el baile, quería ser la más mirada. Se abrazó a Jacobo, lo besó en la frente. Ermesenda se sentía llena de dicha, cargada de ilusiones. Incluso aquel piso de familia pobre adquiría una gracia que al entrar no había apreciado.
Quedaron medio dormidos, abrazados sobre la cama, acompañados por alguna voz y el vibrar de los pasos del piso de arriba. No sentían ni hambre ni calor, ni acusaban el paso del tiempo. Divagaban sus mentes por senderos distintos mientras cada uno sentía el latir del otro.
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En el templo de Sira todo era el murmullo de las devotas. De espaldas al altar, formaban un coro arrodillado que lloraba a su diosa, esperando que la luz penetrara en sus vidas.
Buscó entre las cabezas que besaban el suelo hasta encontrar a su dama de compañía. No se sentía mal, no sentía remordimientos siendo impura bajo la bóveda circular del templo, que por las ventanas de su techo derramaba torrentes de claridad.
—Vayamos a la Casa de las Seguras.
—¿Lleváis dinero, mi señora?
—No te preocupes. Quiero una máscara azul, de esas puntiagudas, que me esconda esta noche. ¡Y una sortija o collar! Si encuentro algo digno.
La dama de Ermesenda se iba quejando de lo caro que sería todo aquello, mientras sus pasos las llevaban a la mejor joyería de la capital. Sentía casi amor por las piedras, más que hacia aquellos dioses que jamás la habían beneficiado en nada. Ermesenda andaba altiva entre los plebeyos que, al verla, dejaban paso libre. El cuerpo de pájaro de humedales, el cuello recto y largo de un ciervo, la mirada centellante que podía llegar a cortar como una hoja de acero. Aquel era su día, un mundo atento a sus deseos se parapetaba tras los muros de las tiendas, en los balcones, en los ojos de esas mujeres que jamás podrían ser como ella, y que la vigilaban y estudiaban con cierto disimulo.
Dejaron atrás el Gran Teatro y la Jabise, la arena elíptica donde los jóvenes competían en velocidad y resistencia. El estómago de Ermesenda empezaba a rugir, pero eso poco la inquietaba. Tomaron una naranjada con gotitas de limón en uno de los tenderetes del mercado del Hierro, en el que, por aquella época, era frecuente encontrar hombres rojos y grises de las colonias adquiriendo herramientas y armas, discutiendo acaloradamente los precios.
Lo siento, no he tenido tiempo de meterme a leer a fondo, ni me he fijado en los comentarios, pero sí me he dado cuenta nada más empezar de que tienes una forma de escribir en la que aparecen grandes desniveles, es decir, momentos muy flojos y otros muy fuertes. Eso es bastante insólito. Te pongo un ejemplo, en rojo algunas frases muy buenas, o muy originales; en verde otras muy flojas, o directamente incorrectas:
Desde donde se hallaba, se podían escuchar susurros que se perdían. Llegaban luces oscilantes, las blancas luces del sol. Hacía calor y sudaba. El dolor seguía creciendo, extendido(se) en poco tiempo por todo su cuerpo cansado hasta mandar sobre su voluntad.Cuando consiguió entreabrir los párpados, le pareció que unas sombras cruzaban los haces de luz que se proyectaban sobre su cama. Intuyó que no estaba solo, que algunos estaban cerca. Desde el exterior llegaba el rumor de una ciudad, una ciudad que jadeaba asustada. Logró razonar unos instantes. “Los dioses que tanto me han dado, hoy parecen negármelo todo”. Casi no recordaba nada de esos últimos días, tan sólo conseguía vislumbrar una confusa sensación de pérdida. Creyó intuir unas palabras cruzadas a su alrededor. La fiebre volvía a galopar en sus arterias, temblaba. Alguien aplicó una húmeda y fría tela sobre su ancha frente. Creyó que su piel, áspera y gris, era refrescada por una leve corriente de aire.
La realidad se fundía de nuevo, esas voces se alejaban, los claros en la habitación desparecían. Cerró los ojos. Necesitaba ordenar, necesitaba saber dónde se encontraba. De golpe, se incorporó de la cama. Gritaba, preguntaba por su madre con desespero, hasta que sus fuerzas flaquearon y se desplomó sobre las sábanas para volver a un dormir nervioso.
El incienso que quemaba en la estancia aligeraba el peso de sus propios olores, el hedor de un enfermo mezclado con las secreciones de su herida. Volvió a un estado de semiinconsciencia, sumergido en un baño de emociones. En el aquel rincón de reposo, el mundo era un lugar sin tiempo.(Ésta parami gusto es muy, muy buena, muy poética, y más como colofón.)
Hola Gin,
Gracias por el comentario. Ya sé que "Un día y una Noche" no es el mejor relato, pero creo que por lo menos es agradable.
Hola Anamar.
Me he quedado parpadenado. ¡Qué nivel! Me he leído tus sugerencias varias veces y no tengo nada para defenderme. La verdad es que había corregido un para de cosas que me señalas, pero ni mucho menos todo.
Tu análisis es muy certero, lo de los colores ayuda mucho y facilita enormemente las cosas. Te lo agradezco de veras. Y gracias por tomarte la molestia de postear y hacerlo tan bien.
He retocado el arranque de la novela, según tus indicaciones. Si hay algo que no te guste, por favor... Dilo.
Capítulo 1 "LAS PUERTAS DE LA CIUDAD"
Desde donde se hallaba, se podían escuchar susurros que se perdían. Llegaban luces oscilantes, las blancas luces del sol. Hacía calor y sudaba. El dolor seguía creciendo, extendido en poco tiempo por todo su cuerpo cansado, hasta mandar sobre su voluntad. Cuando consiguió entreabrir los párpados, le pareció que unas sombras cruzaban los dorados rayos del sol que se proyectaban sobre su cama. Intuyó que no se encontraba solo, que algunos lo acompañaban. Desde el exterior llegaba el rumor de una ciudad, una ciudad que jadeaba asustada. Logró razonar unos instantes. “Los dioses que tanto me han dado, hoy parecen negármelo todo”.
Los recuerdos de esos últimos días se entremezclaban, tan sólo conseguía vislumbrar una confusa sensación de pérdida. Creyó intuir unas palabras cruzadas. La fiebre volvía a galopar en sus arterias, temblaba. Alguien aplicó una húmeda y fría tela sobre su ancha frente. Creyó que su piel, áspera y gris, era refrescada por una leve corriente de aire.
La realidad se fundía de nuevo, esas voces se alejaban, los claros en la habitación desparecían. Cerró los ojos. Necesitaba ordenar, necesitaba saber dónde se encontraba. De golpe, se incorporó de la cama. Gritaba, preguntaba por su madre con desespero, hasta que sus fuerzas flaquearon y se desplomó sobre las sábanas para volver a navegar entre pesadillas.
Me ha impactado esto que dices y me ha animado: "momentos muy flojos y otros muy fuertes. Eso es bastante insólito".
Llegaron a la Casa de las Seguras, detrás del gran templo de Onar. Un porche medio cerrado con cortinas blancas otorgaba una cierta discreción a los que entraban y salían, ya fuera para comprar como para empeñar joyas y objetos de valor. Se adentraron en la antesala, donde un criado les ofreció, sobre una cerámica rosácea, tiras de carne con salsa de jengibre. Cerraron la puerta de la casa y el sol desapareció a sus espaldas. El sirviente las acompañó hasta La Era, el epicentro de aquella casa, en el que se exponían las piezas en una sala de paredes altas organizada en fabulosas mesas sobre las que se podían contemplar anillos engarzados con magníficas tallas, brazaletes de oro, collares de diamantes negros y blancos, máscaras para las fiestas, pañuelos bordados en plata, dagas trabajadas en oro, en plata, y juegos de cofres de varios tamaños. Clientes silenciosos recorrían las mesas, otros nobles como ella, acariciando las joyas. Ermesenda empezó su búsqueda con desparpajo, preguntando a los discretos vendedores el precio de aquella cadena o ese otro abalorio. Halló un gran collar de aguamarinas. Las piedras no eran gran cosa, pero el abanico que formaban, montadas en plata, le pareció excelso, le traía algún recuerdo lejano sin saber muy bien cuál.
—¡Eh! ¡Oiga! ¿Qué piden por éste? —preguntó en voz alta, quebrando el casi ambiente monacal de la Casa.
—Señora, —se acercó una vendedora pintarrajeada como un pavo—. Este collar fue fundido y trabajado en las Sierras de Dotrunas, hará más de doscientas primaveras. Es una pieza única, sin duda, hecha por…
—¿Cuánto? —preguntó, sin atender ninguna cortesía.
—Unas treinta piezas.
La risa de Ermesenda resonó bajo la bóveda como el repentino romper de una catarata. Todos los presentes se giraron, algo sobresaltados.
—¿Treinta de plata? Pero si aquí no hay más que cinco o seis piezas fundidas, ¡ja! ¿Por quién me tomáis? ¿Por alguien que acaba de desembarcar? ¿Por una montañesa?
La dama de compañía se había puesto roja y no sabía dónde mirar. Todos escuchaban.
—Olvidáis, señora, las piedras —repuso la vendedora, sabedora que debía mantener, como fuera, la compostura.
—Sí, son aguamarinas —replicó Ermesenda, levantando el collar en lo alto, haciéndolo brillar bajo las luces de aceite de la tienda—. Doy quince piezas por ellas y por ese antifaz de seda azul que tenéis a la derecha.
Finalmente pagó dieciocho. Un hombre, en la penumbra de los arcos laterales, la observaba con enorme seriedad. “¿Quién sería?” Se preguntó, impregnada de curiosidad.
Volvió a su casa llena de dicha, mientras su dama aún se recuperaba del sofoco. Debían descansar y acicalarse para aquella noche que había de llegar.
****************
El cielo era tinta negra y los aromas de jazmín flotaban, a ras de suelo, en plazas y calles. Ermesenda abandonó el palacio bajo la mirada reprobadora de su padre, que censuraba así el gran escote que su hija luciría en la fiesta. Su dama y dos guardias la acompañaron por la Avenida, en el que la latir de la ciudad era un leve susurro, con la luna encaramada por encima de los tejados.
Llegaron hasta las puertas del Gran Teatro, delante del cual se acumulaban otros guardias y criados, armándose de paciencia para pasar allí buena parte de la velada, a la espera de sus señores.
Ante la columnata de la entrada, Ermesenda se despidió de su criada, y fue reconocida por las dos figuras que guardaban el paso, escondidos bajo dos máscaras de cera triangulares, dos leones de expresión pétrea, que nada dijeron mientras cruzaba el umbral. Dentro, en la antesala, reinaba una neblina rota por los puntos de luz de las lámparas y velas, donde las primeras grandes columnas de ese bosque de piedra, bien parecían el límite de un laberinto que se perdía en la oscuridad. Otros dos hombres, éstos de torsos desnudos, impregnados en aceite como los luchadores de odouk, tomaron su capa ligera y le sirvieron una copa de cristal llena de vino dulce, a modo de bienvenida. Paladeó la densidad del vino, mientras oía el aleteo de risas lejanas. Sabía que al llegar al patio del teatro, vaciado de bancos y asientos para la ocasión, sería anunciada, sin que su nombre fuera pronunciado y que, durante un instante, todos los ojos se posarían en ella.
Jacobo y sus amigas la esperaban. ¿La reconocerían? Se recogió el pelo y se hizo una larga cola de caballo, se tapó cuello y hombros con un pañuelo de colores, y se colocó con cuidado su antifaz azul de trazos puntiagudos, a juego con su nuevo collar. La acompañaron hasta la pesada puerta que daba acceso al patio del teatro. Dos guardias más, ataviados con máscaras blancas, abrieron las puertas y vociferaron a los presentes: “¡La Mujer Azul se incorpora al baile!”.
Desde donde se hallaba, se podían escuchar susurros que se perdían. Llegaban luces oscilantes, las blancas luces del sol. Hacía calor y sudaba. El dolor seguía creciendo, extendido en poco tiempo por todo su cuerpo cansado, hasta mandar sobre su voluntad. Cuando consiguió entreabrir los párpados, le pareció que unas sombras cruzaban los dorados rayos del sol que se proyectaban sobre su cama. Intuyó que no se encontraba solo, que algunos lo acompañaban. Desde el exterior llegaba el rumor de una ciudad, una ciudad que jadeaba asustada. Logró razonar unos instantes. “Los dioses que tanto me han dado, hoy parecen negármelo todo”. Los recuerdos de esos últimos días se entremezclaban, tan sólo conseguía vislumbrar una confusa sensación de pérdida. Creyó intuir unas palabras cruzadas. La fiebre volvía a galopar en sus arterias, temblaba. Alguien aplicó una húmeda y fría tela sobre su ancha frente. Creyó que su piel, áspera y gris, era refrescada por una leve corriente de aire.
La realidad se fundía de nuevo, esas voces se alejaban, los claros en la habitación desparecían. Cerró los ojos. Necesitaba ordenar, necesitaba saber dónde se encontraba. De golpe, se incorporó de la cama. Gritaba, preguntaba por su madre con desespero, hasta que sus fuerzas flaquearon y se desplomó sobre las sábanas para volver a navegar entre pesadillas.
Me ha impactado esto que dices y me ha animado: "momentos muy flojos y otros muy fuertes. Eso es bastante insólito".
Hola!
Valdo, ya me gustaría tener más tiempo, porque con tus textos es fácil trabajar; no fallas por la base, sino que de vez en cuando sale un bache bien definido y fácil de acotar (sigue siendo insólito, jaja!). Pero son muy largos. Por eso mismo tampoco puedo ir más allá con la historia... en fin, se hace lo que se puede.
Sólo te devuelvo, ya que fuiste tan amable, tu texto como toca: Limpio y con otra de las muy buenas, nueva y destacada. Hasta donde yo llego, a este fragmento ya sólo pueden buscarle cuestiones de gusto, y a mi me parece que cada uno escribe como quiere.
Edito: Ups! Si es que me da por repasar, y se me escapó el participio. Queda forzado, mejor "extendiédose". Sorry...
Al releer también he visto que queda un principio precioso, muy bonito y logrado. Ah! Y sobre todo la segunda mitad, tiene "ritmos", mucha cadencia (lo hace muy poético), pero lo más llamativo es que hasta te salen "rimas". A mí me pasa a menudo y las quito siempre, ya por sistema, pero no lo toques, quedan bien y le dan un aire como más de... lo que sea, pero le queda muy bien.
Pues con esa intención lo dije. Reconocer lo que vale, que ya de por sí te obliga a exigirte ese nivel todo el tiempo. El por qué... Tú sabrás. Base sí se ve que tienes, quizá el resto sea sólo impaciencia (y lo dice una con algo de base y que con las prisas llena sus relatos de goteras, jaja!).
Saludos!
PD: Si investigas por otros lados, estaría bien echarle un vistazo: avisa!
Volver a agradecerte la molestia de leer, opinar y dar tu criterio, tan bien argumentado sobre el arranque de Antigua Vamurta. La verdad es que noto que con los cambios que has propuesto la primera página de la novela (¡la más importante!), ha mejorado claramente. Y eso para mí es mucho, porque le he dado tantas vueltas que creo que me perdí en un bosque de palabras, del que ya no sabes qué está bien y que no.
Sobre las rimas (internas). Hay una parte inconsciente (tengo una carpeta, encima del estante de los zapatos, llena de poesías) y otra consciente. Quería darle al texto un aire de poesía épica, un toque retro, antiguo.
Es verdad que en todos los manuales de "cómo escribir" se dice que huyas como la peste de las rimas en prosa, pero aquí me pareció que no irritaba y no cansaba. Luego, a medida que el texto avanza, sólo en algunos momentos se crea este efecto. Creo.
Pues eso, me ha hecho mucha ilusión ver tus comentarios, que me hacen creer que voy por el buen camino.
Sobre las rimas (internas). Hay una parte inconsciente (tengo una carpeta, encima del estante de los zapatos, llena de poesías) y otra consciente. Quería darle al texto un aire de poesía épica, un toque retro, antiguo.
Es verdad que en todos los manuales de "cómo escribir" se dice que huyas como la peste de las rimas en prosa, pero aquí me pareció que no irritaba y no cansaba. Luego, a medida que el texto avanza, sólo en algunos momentos se crea este efecto. Creo.
Pues eso, me ha hecho mucha ilusión ver tus comentarios, que me hacen creer que voy por el buen camino.
Sí creo que vas por el buen camino (o habría pasado de largo), por lo menos en lo que pude apreciar. Como el problema siempre es el tiempo, picoteo mucho y me entretengo sólo a veces; igual un día me paro a ver qué tal pinta la historia.
Lo de perder la perspectiva a mí me pasa horrores. Verlo uno mismo puede ser cosa de mucho tiempo, y aun así se siguen pasando por alto. Desde luego no hay nada como otro lector que le pille el punto pero no lo tenga en la cabeza.
Importante: Efecto conseguido, y bien calibrado. No se puede ir rimando porque sí, pero el lenguaje trabaja con todos los sentidos, y a la prosa le cabe todo si se hace bien. Esa introducción (claro, hablo de lo que leí con calma) ya me llamó la atención por eso, tiene buena base, pero destaca con muchos matices que la enriquecen.
Esto ya es puramente personal, pero no me gusta leer algo muy bien escrito si no lleva una impronta, si no se desmarca del resto (estilo, contenido o ambas cosas); es como si le faltase carácter y me suena hueco.
Anamar, gracias por comentar. La historia es larga, más de 330 páginas y aún más largo es el tiempo que falta por publicar, un año casi. En gran parte de la obra he intentado ser puramente narrativo, ya que lo poético es un elemento peligroso, es dinamita que creo, se debe usar con cuenta gotas. Aunque quizás me equivoque completamente. Sigo con el Relato "Un día y una noche", que ya sé que está fragmentado por ahí detrás. Saludos. Del relato, quedarían un par de post más para acabarlo.
"Cuando se apagó la voz de las caretas blancas, el gentío que la había mirado, continuó bailando. Los músicos no habían dejado de tocar sobre el escenario del teatro y la fiesta siguió, burbujeante. Nadie había reparado en ella, o eso parecía. Quizás la habían tomado por una de esas mujeres disipadas que, como era tradición, eran bien pagadas para asistir al baile de máscaras y levantar los ánimos, junto a hombres atléticos escogidos en los rabales de la ciudad para ese mismo fin. Se sintió sin status y así, se adentró en el enorme jaleo de barrigas y cuerpos, de máscaras grotescas y ojos escondidos.
—Hermosa dama, de quien no puedo apartar mi mirar, ¿me concedéis el baile? –oyó, entre las risas, la música y la confusión de aquella masa en danza.
Un hombre de melena rizada, larga y negra, la sujetaba por el codo. Ermesenda dudó, no lo conocía, estaba segura. Llevaba puesto un antifaz rojo, pequeño y fino, que contrastaba con su cara cuadrada, de poderoso mentón. Sus ojos la esperaban. Ermesenda giró la cabeza buscando una salida, y vio que junto a los camareros del fondo, dos de sus amigas enmascaradas rebañaban un platito, vaciando sin piedad las fuentes de comida que les iban sirviendo. Corrió hacia ellas, liberada.
—¡Lestra! ¡Carolina! Os reconocería aunque os pasearais con un saco en la cabeza.
—¿Ermesenda? ¡Por Sira! Creíamos que no vendrías. Casi no te reconozco —dijo Lestra, algo asombrada.
—Aquí estoy, queridas —respondió, algo más calmada tras encontrar a dos de sus puntales. Miró hacia el baile. Aquel hombre había desaparecido.
Carolina le ofreció un plato con queso y muslos de pollo braseados en aguardiente. Charlaban, a la vez que el baile iba girando como las aspas de un molino, del que surgían voces agudas y graves, mezcladas con las cítaras y flautas, creando un torbellino mareante. Jugaron a reconocer a aquél o aquél otro noble, a hallar sus preferidos tras esas complicadas caretas, algunas ganchudas, otras monstruosas, aunque de muy pocos estuvieron seguras.
—Esta noche tiene un aire especial. Como de espera —apuntó Carolina.
—Quizás los dioses nos muestren una puerta al mañana —añadió Ermesenda, con sonrisa iluminada, al ver a su amante y prometido, Jacobo, llegar al baile.
Al encontrarse, notó que algo no iba bien. Tras su antifaz de pájaro, sus ojos parecían no concentrarse en nada. Miró sus amigos, que reían mucho, que reían como necios.
—Amada mía –tartamudeó.
—¿Habéis bebido? ¿Es eso? —preguntó Ermesenda sin disimular su disgusto—. ¿Teníais que beber esta noche, la más hermosa el año?
—No, no… No hemos bebido tanto —contestó, inseguro, Jacobo. Respuesta que fue acompañada por las risotadas de sus camaradas.
Sintiéndose profundamente ofendida, les dio la espalda para volver con Lestra y Carolina. Tras el mediodía que había regalado a su amado, tras tanta promesa, ¡y del esmero que había tenido para ser una de las hermosas entre las lechuzas pintadas de la baja nobleza! Se sentía enfurecida.
Tomó una jarra de aguamiel y la bebió de un trajo. ¿Qué se había creído? Miró a su alrededor, le empezaba a interesar el baile. Allí estaba la vizcondesa de Amer moviendo sus enormes caderas junto a un caballero canoso que no reconoció. La dama, a pesar de su desfachatez, poseía una gracia, una sinuosidad en su baile de viuda alegre. Un grupo de enmascarados seguía los pasos de toda mujer que pasara por delante, apoyados contra la pared, esperando como un grupo de cuervos subidos a un árbol. La baronesa de Verbaz, de las montañas como se la llamaba, iba cayéndose, metida en el huracán del baile, sostenida por un joven de largas patillas, que la apuntalaba y la recogía. Un pecho saltó del vestido cuando se tambaleó hacia delante, sin que ella se diera cuenta, a pesar de los gestos burlones de muchos.
Dos águilas, altos y barbudos, se acercaron a ellas para darles conversación, pero el jaleo reinante les impedía entenderse. Se cansaron de ellos y salieron a bailar, sumadas a las decenas de caretas y disfraces que basculaban bajo centenares de velas, cambiando de pareja con frecuencia hasta no saber quién bailaba con quién, hasta confundir hombres y mujeres en un mismo alud movido por el repicar de tambores, flautas, laúdes y cítaras. En un respiro que se tomó Ermesenda, vio que Jacobo abandonaba el patio del teatro, tambaleante, sostenido por los brazos de sus amigos.
Se sentía sola en aquel rincón, sorbiendo vino. No veía a Carolina ni a Lestra. Alguien disfrazado de oso quiso devolverla al baile, pero Ermesenda rehusó, al ver los brazos y frente de aquel hombre bajito tan sudado, tan sucio. "
Hola, Aprovecho para comentar que en el blog he empezado a subir un cuento corto, de seis páginas, EL CANTO DE ULAM.
Y dejo el penútimo fragmento del relato de la joven Ermesenda.
Un poco mareada, pero a la vez exultante y rabiosa, decidió alargar la velada. Las máscaras aparecían frente a ella y se desvanecían sin más para que otras emergieran, ocupando su lugar, creando en ella una sensación extraña, como si el tiempo hubiera desaparecido, como si hubiera olvidado que más pronto o más tarde, debía volver a su palacio, a su casa. Entre el sinfín de caras cubiertas, apareció una que la miraba intensamente, fija en aquel baile incesante. El hombre de pelo negro y el antifaz rojo. Sintió que su vientre se contraía, que un repentino calor asomaba en sus mejillas. La copa que sostenía temblaba, sus ojos negros parecían hacerla arder.
—Os he visto comprar ese collar.
Aquellas palabras la sobresaltaron. Se había quedado embobada mirando al extraño, sin notar que un joven de espaldas anchas y manos fuertes, se había situado a su lado. Bajo una máscara de mimo, salpicada de incrustaciones de oro, unos ojos azules y pequeños, casi fríos, la miraban, divertidos.
—Recordaré —añadió el joven—, pasados muchos otoños, vuestra risa en esa joyería y la expresión de horror de la dueña, que en esos momentos me atendía.
—¿Con quién tengo el honor de hablar? —preguntó Ermesenda, con expresión un tanto distante.
—¡Oh! Soy de por aquí. Muchos me preguntan qué deben hacer y muy pocos me aconsejan qué debo hacer yo.
—¿Es un juego, señor? Prefiero bailar.
—Todo esto es un juego… Si preferís bailar, hacedlo conmigo.
Y sin esperar respuesta, la arrancó del rincón y la transportó hacia el epicentro de ese marasmo que parecía adquirir un ritmo endiablado. Bailaron y bailaron, y él la conducía con manos firmes, pero su pensamiento estaba en otra fiesta, en la que el único invitado era el hombre moreno.
Dos enmascarados se acercaron a su pareja de baile, y con una señal, le avisaron de algo. Se disculpó ante ella, y con una profunda reverencia se despidió, diciendo:
—Volveremos a vernos. De eso, podéis estar segura, y sin juegos.
Volvía a estar sola en medio de aquella jarana monumental. Decidió buscar a Lestra y Carolina, sorteando las parejas que bailaban, algunas que empezaban a derrumbarse, otros que caían sobre cualquiera que les pasara por el lado, apartando máscaras negras, otras esmaltadas, otras que parecían amenazarla. Era el clímax, y en el clímax se perdió. El baile se desparramaba por los salones y cámaras anexas, donde se reunían pequeños comités de risotadas escandalosas. No las veía por ningún lado, y entonces decidió adentrarse por el sinfín de pasillos y habitaciones colmadas de efervescencia del teatro. Dos hombres corrían desnudos, con peluca y máscaras de cisne, persiguiéndose entre los gritos y chanzas de otras caretas que se movían por los claroscuros de las decenas de aposentos. Al pasar por delante de una de las habitaciones más recónditas, vio un corrillo que observaba en silencio el espectáculo que ofrecía un grupo de hombres y mujeres, enredados en el suelo, que no pudo distinguir.
Empezaba a sentirse realmente nerviosa, un poco insegura en aquella fiesta que no transcurría como ella hubiera querido. Había soñado bailar con la cabeza alta, ancladas sus manos sobre la espalda de Jacobo, acompasados por una música alegre y sostenida, mirarse sin poder besarse aún, sonreír a un porvenir que se vislumbraba sosegado y tierno.
Pensó en su madre, en la seguridad de su hogar. Algo la retenía ahí, una curiosidad no satisfecha, un querer apurar la copa antes de devolverla a su lugar.
De una estancia cerrada le llegaron jadeos entrecortados, zumbantes. No pudo evitar acercarse a esa pequeña alcoba. Pudiera ser Lestra u otra conocida. Miró a través de la rendija de esa puerta para ver a dos sombras contorsionarse encima de una cómoda.
—¿Debe una dama espiar a otros amantes?
Se sintió como una niña, avergonzada. Al mirar quién le reprochaba su falta de discreción, se encontró con aquel pelo negro, que olía a mar y a madera. Su rostro cubierto se acercó al suyo, hasta que ella tuvo que poner una mano para mantener la distancia.
—¿Me seguís? ¿Somos conocidos?
—No os sigo ni os conozco. Este es mi primer viaje a la capital, señora.
— ¿Entonces?
—Entonces nada. Os he visto, y eso ha sido suficiente para que todo mi cuerpo se retorciera, para perder mis suspiros entre estos salones, hasta que os he encontrado.
—Bromeáis, sé que bromeáis.
Ermesenda no entendía muy bien lo que le sucedía y, por una vez, se dio cuenta que no controlaba la situación. Aquello la desbordaba, iba muy deprisa. Su instinto contra su razón, que la llevaba hasta Jacobo, hasta sus padres y sobre todo le recordaba su condición de noble. Ella era noble y aquel hombre que provocaba que su transpiración mojara los pliegues de su vestido azul, era un simple mercader adinerado. La saliva se evaporaba de su boca.
—¿Realmente creéis que bromeo?
(FIN del relato Un día y Una Noche. Espero que os haya divertido un poco. Saludos)
Se acercó hasta rozarla, hasta dejar su enorme mano en la curva de su espalda, sujetándola con suavidad. Notaba su respiración sobre su pelo. Ermesenda cerró los ojos, estaba perdida, se dejaba llevar.
Noto que la cogía y la arrastraba hacia algún lugar, sin que ella fuera capaz de oponerse a aquella rudeza. Su cuerpo, presto, ganaba la partida a sus anhelos de gran dama, y supo en ese momento que en algún rincón de su alma otra mujer habitaba, una que no se había presentado.
No sabía dónde se hallaba, excepto que todo era noche calurosa cortada a cuchillo por una rendija de luz de luna. Creía que sus pies no tocaban el suelo al sentir como aquél le bajaba el vestido de un tirón. Chocaron, resbalaron el uno encima del otro, perdía el sentido de estar, de ser, gritaba y vibraba, contraída y aún resistente, hasta que su cuerpo se desató, abandonada en aquella oscuridad, estallando.
Respiraron, recuperaron sus fuerzas sin decirse nada. Se habían arrancado los antifaces, que yacían en el suelo, pisoteados. Se intuían, volvían a tocarse. La tomó por segunda y última vez en un frenesí sin pausas. Cuando terminaron, y la razón de Ermesenda volvió a llamarla con fuerza, despertó, y un espanto recorrió su cuerpo. Debía de huir de allí sin ser vista, sin testigos. Aquello podía ser su final. Se vistió, recogió su cabello enredado, entre las súplicas y gimoteos de aquel hombre sorprendido por la súbita furia de su joven amante, pues no quería perderla, levantando los brazos desde el suelo donde yacía tendido, sin entender la marcha precipitada de Ermesenda.
Cuando corrió hacia la salida del teatro, pensó que ni tan siquiera había sellado su despedida con un beso. Corría y corría. Al alcanzar la salida, hizo una señal a sus guardias y doncella, y sin mediar palabra volvieron hacia el palacio de sus padres. Ermesenda, horrorizada, intentaba contener las lágrimas, mientras apretaba con más fuerza las manos pequeñas de su dama de compañía, que la sujetaba, mirándola de reojo, angustiada por el estado descompuesto de su señora.
Cuando, por fin, alcanzó la seguridad cotidiana de su gran habitación, se encerró, pasando la balda. ¿Qué había hecho? ¿Qué tipo de locura la había arrastrado, sin salvación, hacia aquel hombre que la había poseído como un toro, llevándola hasta la cima, hasta creer poder tocar las estrellas? Lloraba pensando en Jacobo, en su vil traición. Traidora, era eso, esa palabra infame la definía como nunca ninguna otra. Se hubiera destripado si hubiese podido, pensó en lanzarse por el balcón, ese fondo negro agujereado por los destellos de la luna que iba retirándose. Se levantó de la cama, desesperada, sin control sobre sus actos.
Llamaron a la puerta. Ermesenda se quedó paralizada. ¿Ya venían a buscarla para un escarnio público? No quería ver a nadie, no quería abrir.
—Soy tu madre –oyó—. Ábreme, abre y abrázame.
Ermesenda corrió hacia la puerta, levantó la balda y se lanzó a los comprensivos brazos de quien la trajo al mundo. “Niña, ¡qué te ha pasado!”. Ermesenda lloraba con fuerza.
La tuvo en su regazo buena parte de la noche, consolándola y vigilándola.
—Madre –dijo—. Quiero volver al Castillo de Sinta, quiero volver a pasear por los campos…
—¿Tan mal ha ido?
Bien entrada la mañana, tuvo un horrible despertar. Su cabeza la condenaba a constantes punzadas y su alma se había desangrado. Salió al balcón, que la noche anterior podría haber sido su última puerta. En la Avenida, el bullicio era el de un día cualquiera, vital y escandaloso, como si una jauría de perros estuvieran ahí debajo disputándose una carnaza. El sol de verano la apabulló, hasta obligarla a volver a dentro. Un sirviente pidió permiso para entrar y le comunicó que su padre la esperaba en el comedor. “Ahora sí que estoy perdida”, pensó.
Se vistió y bajó por la escalinata del atrio del Palacio, que con el sol alto aparecía bañado de luz, haciendo más brillante el majestuoso limonero que ascendía hasta el segundo piso. Llegó al comedor. Su padre, con expresión preocupada, aguardaba, inmóvil en el sillón de señor de la casa.
—Siéntate, siéntate –dijo con voz suave—. No sé qué pasó ayer y poco me preocupa desde que llegó esta carta.
Ermesenda tomó el sobre que le ofrecía, un sobre de papiro suave, observando que el sello de cera había sido partido y la misiva leída. Aquello era una invitación para una recepción privada que se celebraría en la Ciudadela, con presencia del Conde y su esposa, junto con su primogénito. Ahora sabía quién era el joven de la máscara de oro.
—¿Sabes qué significa esto? ¿Entiendes cuáles son las consecuencias si aceptas la invitación? –preguntó su padre, mesándose la barba encanecida—. ¿Y las consecuencias si no aceptas ir?
Ermesenda entendía perfectamente todo el significado de aquella invitación. El heredero la pretendía.
De repente se vio encumbrada en el puesto más alto del mundo que conocía, arriba, muy arriba. ¿Y Jacobo? Tuvo un momento de duda, pero si no accedía, su familia y ella misma quedarían defenestrados de por vida, y seguro que, tarde o temprano, se conocería lo que pasó durante el baile de máscaras. “O quizás no”, pensó también. Si aceptaba, pasaría a estar más allá del bien y del mal, todopoderosa para decidir, ensalzar o tachar. Cubierta de oro, piedras y fabulosos vestidos de seda, y nadie jamás podría acusarla de nada con el ejército condal a sus pies.
Respiró profundamente. Su padre, al mirar aquellos ojos rasgados y decididos, supo que su hija había tomado partido.
No son como los otros, pues basan su mundo, su existencia en otras escalas. Creen que no hay mayor gloria que servir a sus hermanos, madres, amigos. Llegan en oleadas desde el oeste, buscando las líneas blancas y suaves que preceden al Mar de los Anónimos. Son murrianos, a cientos, a miles. Para un murriano, el sacrificio es voz de dios. Negarlo, la más absoluta de las deshonras.
El murriano dio una vuelta por la estancia, como si nadie hubiera allí, dando tragos. Se dejó caer sobre una de las sillas, apoyando su espalda contra la pared. Sus mechones caían hacia delante, emboscando su mirada. Lanzó el ánfora contra el suelo, rompiéndola con estruendo, y se desabrochó el cinturón, dejando caer la espada. —¿Habéis oído hablar de nuestro hogar? ¿De nuestra capital? Es el lugar más bello del mundo. ¡No! No es como vuestras ciudades, abigarradas, en las que todo se amontona, sucias y mal ventiladas, donde hasta la piedra de las paredes huele mal. No, es un valle, sí, un valle elevado, cerrado por picos de nieve perpetuas. Un valle ancho, esplendoroso cuando el sol vuela por encima, siempre verde porque en mi país llueve, no como aquí, allí llueve y la hierba crece alta y hermosa, es un lugar en el que, si el día es despegado, parece que hasta las rocas tengan brillo, limpias. En ese gran valle no hay murallas, tan sólo un alcázar. Tres son los pasos de montaña para penetrar en el corazón de mi patria, y en cada paso encontraréis fortalezas que los cierran, castillos construidos para que nadie los pueda tomar, muros que, frente a ellos, cualquier enemigo sentiría una inmenso desasosiego. Jamás nadie ha cruzado los pasos entonado cánticos de guerra. Por ese valle, Dasteo, se distribuyen aquí y allí templos y enjambres en los que vivimos, academias como grandes óvalos de piedra, jardines, plazas de muchos tamaños y formas en las que los músicos tañen laúdes hasta hacer sangrar sus dedos, paseos flanqueados por árboles milenarios,(…)
Antigua Vamurta. Fragmento del Capítulo 21. «Los esclavos».
En las leyendas japonesas, Yukki Onna era un espíritu del mal. Pero en uno de los cuentos de fantasía nipones se muestra más humana, lo que llamó mi atención. En esta historia he querido rendir homenaje a este breve relato fantástico, La mujer de nieve, mezclándolo con el mundo de Antigua Vamurta. Un brebaje peligroso, sin duda, que quizás cause algún disgusto.
Yo era muy, muy joven. Apenas un chico. El primogénito de una estirpe de nobles de Vamurta. Al morir mi padre, mi madre siguió contestando al poder de la Corte. Ella desapareció y yo, como barón, promoví la Asamblea de Notables. Pero la Condesa ganó el pulso y huí, exiliándome en las Colonias, huyendo de las garras de Ermesenda. Y aquello fue una bendición. En aquellos tiempos las nuevas tierras eran para los hombres grises un horizonte nuevo, un lugar por explorar. La tierra prometida. Entonces era fuerte, no conocía el cansancio y a pesar de mi desgracia, era un hombre esperanzado. Aunque de estas cosas uno no se da cuenta cuando suceden, sino después, cuando no están. Esto fue lo que ocurrió. Me había enrolado en una expedición que pretendía fundar una ciudad muy al noreste. Era una empresa ambiciosa, y desconociéndolo todo, entramos en tierras sagradas de los vesclanos.
En aquellos lejanos parajes empezamos a construir casas y almacenes, rodeados de una empalizada. Cazábamos y horadábamos la tierra para dejar las semillas que debían sustentarnos. Llegó el invierno, áspero, y cubrió los bosques con un manto blanco. En una de esas noches gélidas, aparecieron los vesclanos, a cientos, iluminando la oscuridad con sus antorchas. Asaltaron la aldea y a penas pudimos resistir. Un viejo sacerdote de Onar y yo pudimos huir a la montaña, aprovechando la confusión de la lucha.
Muertos de frío, aterrados, vagamos por la noche. Una tempestad se desató sobre nosotros, el cielo rugió y sus hijos, el viento y la nieve, nos azotaron hasta casi acabar con nuestras fuerzas. Onar, que es misericordioso, nos condujo hasta una cabaña abandonada. Una mísera construcción de troncos donde pudimos encender fuego y calentar nuestras ropas mojadas. Allí encontramos algo de comida y, por primera vez, nos sentimos a salvo. Afuera, el temporal arreciaba.
—Si conseguimos volver, tú que eres joven, deberías hacer los votos para entrar al servicio de nuestro dios. Hoy nos ha salvado.
Apenas escuchaba a aquel pobre hombre, porque cerca del fuego mi cuerpo se amodorraba. Enseguida caí en un profundo sueño.
Pasada la medianoche, un golpe de viento abrió la puerta, el viento entró como una furia y la nieve arremolinada apagó la chimenea.
—¡Menudo frío!
Entonces la vi, erguida, la ventisca aullando a su alrededor.
—¿Quién eres? ¿Por qué has entrado?
Una mujer de tez blanquísima, vestida con sedas vaporosas, bella. Sus largos cabellos negros seguían bailando, a pesar de que había cerrado la puerta, la mirada glacial. Sentí un escalofrío profundo, sus ojos negros me traspasaban.
Ignoró por completo mi presencia. Quedé medio incorporado, como una estatua, incapaz de moverme o abrir la boca. Como si flotara, se dirigió al viejo sacerdote que no había despertado. Se inclinó sobre él y sus labios emanaron una nube de hielo que lentamente lo petrificó.
—¡Onar! —grité— ¡Onar!
Intenté huir, pero ella, en un abrir y cerrar de ojos, se plantó en la salida. La Mujer de Nieve se aproximó, diciéndome, mientras me miraba con dureza.
—Lleno de vida. Además eres un hombre hermoso —murmuró—. Te permitiré continuar en este mundo, pero si cuentas alguna vez a alguien lo que has visto esta noche, te buscaré estés donde estés, y te mataré.
Di un paso atrás, recordé mi espada, me giré para ver dónde la guardaba. Al volverme, la mujer había desparecido. Mi conmoción era tan honda, que debí perder la consciencia, pues al día siguiente me levanté tiritando, tumbado cerca de la puerta.
Aquella mañana, conseguí reunir suficientes fuerzas para volver atrás. Antes, sin poder contener las lágrimas, enterré al sacerdote que, al haber fallecido, de algún modo me había salvado. Durante tres días deambulé hacia el sur, hasta hallar la primera aldea de los hombres grises. Allí conté cómo los vesclanos nos habían masacrado, pero mucho me guardé de decir nada de La Mujer de Nieve. Pasaron las estaciones. Era uno más en esa aldea de agricultores y guerreros. La Asamblea de las Colonias parecía haber renunciado a su expansión y mis noches se sucedían sin que existiera algo profundo que llenara mi espíritu.
Durante una primavera especialmente lluviosa, aguardaba en mi minúscula casa a que escampara, para poder ir a recoger leña al bosque. En la casa de enfrente, observé a una muchacha que se resguardaba de la lluvia, aunque ya debía estar calada hasta los huesos. La invité a entrar.
Ella dijo que se llamaba Yokai, explicó que era extranjera y que quería llegar a Nueva Vamurta para buscar trabajo como hilandera. Le pregunté a qué tribu pertenecía, pues no había visto a nadie como ella entre las distintas razas de aquellas tierras.
—Déjame dormir en tu casa esta noche. Te lo ruego, con esta lluvia, no llegaré muy lejos.
Al principio dudé mucho, pues ni disponía de comida ni de otra cama. ¡Cómo alojar a una mujer tan bonita en mi barraca! Le ofrecí un tazón de hidromiel cerca del fuego, mientras meditaba qué hacer.
—No me importa dejar de comer, ni dormir en el suelo, pero déjame quedar, al menos esta noche.
Aquella súplica dicha por esa voz de ruiseñor me enamoró. De eso, también me di cuenta más tarde. Se quedó conmigo y, al poco, nos casamos con la bendición de las sacerdotisas de Sira.
Durante esos años fui el hombre más feliz del mundo. Solo quería volver a casa pronto para estar junto a ella. Nada me faltaba, ni tan siquiera pensaba en el futuro. Teníamos siete preciosos niños, sanos, fuertes y vivarachos. Me sentía afortunado. Mi única inquietud era ella, pues en los días de sol y calor, jamás abandonaba nuestra habitación, mientras que cuando caía la noche, salía a pasear con los niños. El verano la volvía apática y apenas podía hacer nada. Con la llegada de los primeros fríos, su rostro extrañamente blanco parecía resplandecer, y las fuerzas volvían a ella. Era entonces cuando se mostraba alegre y enérgica.
En una de esas noches de invierno le dije:
—Amor, pareces tan joven como el día en que te conocí. El tiempo te respeta absolutamente.
—Eso lo dices tú, que me sigues queriendo —respondió ella, con una sonrisa en sus labios de piñón.
—Te voy a decir algo que acabo de recordar y que jamás he contado a nadie. Verdaderamente, te pareces a una mujer que vi una vez, siendo yo muy joven. O eso creo, pues casi diría que vi una aparición.
—¡Oh! ¿Y quién era? —contestó ella sin dejar de mirar las llamas de nuestro hogar.
(segunda parte de La Mujer de Nieve que enlaza con el post anterior)
—Alguna vez te he contado aquella desastrosa expedición, años atrás. Pero no te lo he contado todo. Al huir de la aldea, se desató el peor temporal que he visto. Fue en esa noche cuando la vi. Todavía me pregunto si lo soñé o no, aunque algunos sacerdotes aseguran que nuestro paso por la tierra también es un sueño… ¿Has oído alguna vez las historias que se cuentan de la Mujer de Nieve?
—¿Por qué me cuentas todo esto? —Viendo como se transmutaba su expresión, pienso hoy que debí haber callado.
—Porque esa noche vi a la Mujer de Nieve.
—¡Me lo prometiste! Me prometiste que no lo contarías a nadie, ¡jamás!
Yokai se había levantado, y mientras lo hacía se transformaba en la Mujer de Nieve. Una furia helada invadía nuestro comedor. A medida que se movía, su sencillo vestido de lana color tierra se transformaba en un suntuoso abrigo blanco, su hermoso pelo negro diríase que flotaba.
—Pero, ¿qué quieres decir, amor? ¿Qué haces? ¿Por qué abres la puerta?—pregunté, angustiado—. Yokai, ¡no! ¿Eres tú…?
La Mujer de Nieve me miró. En sus ojos se podía leer un profundo dolor, una terrible incertidumbre. Debía de tomar una decisión en aquel momento, pues había roto la promesa y yo recordaba el castigo. Frente a mí, poco quedaba de ella, de mi esposa y madre de siete hijos. Un ser de otro mundo daba un paso atrás, todavía indeciso.
—Me has descubierto, dejo de ser humana. No puedo matar al único hombre que todavía quiero —Abrió la puerta. Ráfagas de viento invadieron la casa, la nieve revoloteaba, libre—. ¡Mi vida contigo!... ¡Era feliz! Cuida de los pequeños, pues si no lo haces, vendré a por ti. ¡Lástima, era feliz!
Mi mujer era una figura blanca, pétrea, cuyos ropajes se desplegaban en el aire furioso. Parecía que iba a salir, cabalgando en la tempestad, como un animal sin rumbo.
—Yokai, ¡quédate! ¡No lo sabrá nadie! ¡No te vayas!
Desesperado, me incorporé, y salí corriendo para atraparla. Puede oír un «que tengas suerte», antes de que desapareciera en la noche lúgubre en que la perdí.
Mi nombre es Matrol, Alto Magistrado del Consejo de los Veintiuno. Jamás he vuelto a amar a una mujer. Aunque he pasado los años procurando ayudar a los otros y ahora soy viejo y el fin se acerca, antes de acostarme y al despertar pienso en ella. Una melancolía pervive en mí, en lo más profundo de mi ser, que alivio en las noches de invierno, cuando salgo a pasear por los caminos. A veces creo oír un gemido en la noche, una voz que se desvanece como la nieve cuando intentas atraparla. Es cuando la llamo, y en fría oscuridad la invoco, para así dar calor a su corazón helado.
Otra de las grandes protagonistas de la novela Antigua Vamurta es Leandra. Una poderosa dama de orígenes inciertos aposentada en su palacio-fortaleza de Villalaia. Desde allí, casi es capaz de controlar el mundo. Se trata de una mujer de carácter, hecha a sí misma, golpe a golpe. ¿Conocerá la piedad, Leandra? La figura de Leandra está inspirada vagamente en aquellas formidables viudas romanas que heredaban el patrimonio de sus maridos muertos en combate. También, en algunas figuras de aquella rebelión medieval ubicada en el Milán del 1300, protagonizada por Maifreda da Pirovano y Guillermina de Bohemia. Aunque acabaron en la hoguera, durante veinte años Maifreda administró sacramentos y enseñó y gobernó en su nombre, ¡ahí queda eso!. Pero Leandra, Leandra es única en su especie...
[FONT=Times New Roman, serif]«Una gran pila de leña se consumía con estrépito, acentuando el silencio y la incomodidad con la que el Conde y Sara esperaban a su anfitriona, sentados en una mesa alargada, sembrada de velas. Luces pálidas y anaranjadas, sombras sobre la piedra de los muros desnudos, que convertían la espera en un hastío interminable. Aparecieron dos criados que llenaron sus copas con un vino aromatizado. Poco después entraba la señora, sonriendo, enseñando las palmas de sus dos manos delgadas, en señal de bienvenida. Se acercó al Conde para besarle las manos, moviendo su cuerpo ágil y esbelto, cubierto por una túnica que oscilaba sobre su carne como una hoja temblorosa. Sara se sorprendió de que alguien de las Colonias de dirigiera a Serlan utilizando los viejos ceremoniales de Vamurta. Serlan reaccionó alzándose y ofreciendo la silla de honor a su anfitriona.[/FONT]
—[FONT=Times New Roman, serif]Señora, os lo ruego, por favor.[/FONT]
—[FONT=Times New Roman, serif]Gracias, noble señor. Mi nombre es Leandra y como ya debéis saber, soy la señora de esta casa bendecida por Onar. Vos debéis ser Serlan ¿y tú debes ser Sara, verdad?[/FONT]
—[FONT=Times New Roman, serif]Así es, señora —contestó la muchacha con voz quebradiza, intimidada por la fastuosa presencia de Leandra, que como un perfume intenso, llenaba todo el espacio. Los cabellos negros ensortijados, eran recogidos por una diadema de plata en la que brillaba una línea de esmeraldas. En los brazos finos y atléticos, se reflejaba el fulgor de dos grandes brazaletes de oro, seguramente extraído del Alto Crayón. El rostro, anguloso, aunque marcado por el tiempo, mostraba una extraordinaria belleza otoñal. Sus enormes ojos grises estaban puestos sobre un halagado Serlan, impresionado y agradecido por ser tratado como correspondía a su estamento, por alguien que también ostentaba una alta posición. [/FONT]
[FONT=Times New Roman, serif]Leandra volvió a sonreír. Como sabría Sara con el tiempo, sonreír no significaba nada más que una forma de estar para aquella mujer opulenta, y bien podría ordenar el descuartizamiento de alguien con una de sus sonrisas amplias y cálidas.[/FONT]
—[FONT=Times New Roman, serif]Es esta una noche muy especial para Villalaia, casi nunca nos visitan unos huéspedes tan distinguidos. Para honraros, he hecho cocinar las mejores viandas y se han abierto vinos valiosos. ¡Ah! Y las voces de dos doncellas nos acompañarán durante la velada.[/FONT]
[FONT=Times New Roman, serif]Efectivamente, la cena estaba a la altura de los mejores banquetes de la corte de Vamurta. Sara observaba cómo la señora y el Conde se trataban con una sorprendente naturalidad y pronto comprendió que se entendían con fluidez, en parte debido a que Leandra sabía intuir los sentimientos de Serlan y sutilmente conseguía que éste se sintiera otra vez importante, como alguien que los dioses han señalado entre los hombres. Hablaron de muchos asuntos durante el ágape, mientras brindaban por cualquier razón y se deleitaban con la variedad de los platos que les iban sirviendo.»[/FONT]
Cuando te piden que hagas una sinopsis para un libro que tú mismo has escrito, te preguntas, «¿y ahora qué dijo?», y sobre todo, «qué no dijo». Escribí una, dos, tres. Hasta que Susana Eevee, novelista y correctora, a quien he pedido consejo en diversas ocasiones, me dijo algo así como «Igor, la sinopsis sirve para explicarse». Por suerte, siempre hay gente que sabe más, que desenredan madejas hasta dejar sobre la mesa un hilo claro, evidente. Así que con la ayuda de la autora de Dos Coronas, escribí una sinopsis.
Sinopsis
El devastador asedio a Vamurta, la capital de los hombres grises, lo cambiará todo para siempre. La caída de la ciudad se narrará como un suceso épico y descarnado. Vamurta agoniza esquilmada por la barbarie, y sus habitantes emprenden una huida por mar, que los llevará a los lejanos puertos de las colonias. Para muchos de ellos, comienza una epopeya hacia tierras inhóspitas, hacia parajes extraños aún por descubrir.
Serlan de Enroc, el más poderoso de los hombres grises, se convierte en un fugitivo. Pronto deberá enfrentarse a un viaje impredecible. A una vida dura, cincelada por las manos de los dioses y el azar. A una epopeya que mostrará su verdadero rostro, sus dudas, su coraje.
Tres mujeres trazarán el destino de Serlan, y en ellas hallará el amor, los anhelos y las fuerzas perdidas para encontrar su lugar en el mundo. Un mundo donde las luchas por el dominio territorial se recrudecen en una guerra intermitente entre civilizaciones, marcada por la fragilidad de las alianzas.
La leyenda vuelve a ser escrita a golpe de acero y fuego.
Se hace extraño publicar. Está claro que es una gran suerte. Aunque a veces recuerdo a Punset que decía que la felicidad se encuentra en la antesala. Quién sabe, hasta Punset puede equivocarse.
Una portada para un libro de género fantástico que nada entre muchos mares; el épico, el histórico, el fantástico, hasta cabría el terror en alguno de sus pasajes. El diseño es obra de David Prieto. Escritor de Salamanca, autor de la saga “Urnas de Jade”. Os dejo su enlace (http://drashur.blogspot.com/). Un tipo que, me parece, es incapaz de estarse quieto en la silla.
La portada es de carácter simbólico, más emocional que descriptiva. Entre otras razones, se pensó en seguir este camino porque no sabíamos qué destacar por encima del resto.
Creo que el diseño de la portada cumple su función: ser una señal que a la vez genera una pregunta, ¿qué hay detrás de ese sol que emerge, de esa ciudad sobrevolada por golondrinas? No es una de aquellas portadas espectaculares, cuyas imágenes te deslumbran. Pero en cambio, si la ves pasar dos veces… A mí me encanta, creo que Mr. Prieto ha hecho un trabajo fino.
En muy poco tiempo, las respuestas estarán al alcance de un par de clicks. El ebook de la editorial AJEC ya está en las nubes.
O cómo comprar el libro.
Ya está a la venta el ebook de Antigua Vamurta en Ficcion Books, el nuevo portal de libros electrónicos de grupo AJEC. Para acceder, hay que pinchar en el siguiente enlace:
El libro sale a un precio plausible, por el momento. Ya veremos qué sucede en el futuro con esos 3,95 euros (también en dólares y libras).
La presentación del libro es absolutamente espartana. Sólo texto, sin imágenes, sin arabescos. Con un cuerpo de letra grande para facilitar su lectura en pantalla. Esto se ha hecho así para que el archivo pese lo menos posible.
Y hablando de archivos, al bajártelo te lo dan en dos opciones: pdf, que lo tenemos todos, y en ePub, cuyo programa es gratuito en Internet. OS RECOMIENDO descargar el programa gratuito para leer la novela en ePUB, es una maravilla este programa.
Antigua Vamurta se encuadra en la colección “Excálibur Fantástica” de la editorial, la mejor fantasía épica en castellano.
Y ahora que está a la venta, empiezan mis miedos. Ya diréis los que optéis por compraros el libro. Si estoy en disposición de pedir algo, pediría opiniones sinceras. Estoy seguro de que habrá cosas que os gustarán y otras no.
Diciendo lo que pensáis me haríais un gran favor, mejorar.
¡Eo! Dejo una entrevista con reseña que me han hecho en el site "Sobre Literatura Fantástica", por si alguien le apetece echarle un vistazo.
Saludos (que conste que intento no dar la paliza en la entrevista, ¡¡¡¡eehhhh!!)
Gracias Amparo. Intenté que la entrevista no resultara aburrida.
Ciudades. En realidad, una ciudad de fantasía es una urbe que no existe. Y, en cambio, a través de la literatura fantástica, la piedra que no existe puede llegar a tocarse. La función de estas ciudades es dar un hogar a personas que no existen, y otra vez, personajes como Aragon, el mago Ged, el Vizconde Demediado o John Nieve pueden llegar a tener más sitio en nuestras vidas que aquel amigo de la adolescencia, real, que hace años que no has visto. De fantasmas va esto.
En cuanto a los tipos, me atrevería a decir que se pueden dividir en tres categorías: los burgos de corte realista, las bellas, imaginativas pero poco creíbles ciudades de pura fantasía, y las que son un punto medio entre las dos, que son mayoría y conforman los núcleos urbanos de Canción de Hielo y Fuego, Señor de los Anillos, Terramar, etc.
Las que figuran en sagas como Dragonlance no me interesan mucho, pues jamás soy capaz de concebirlas. Existen sin hierro, existen sin campos, existen sin peones ni artesanos, son como esas bolas de cristal que sacudes y levantan tempestades de nieve, tan bellas como futiles.
En la novela fantástica Antigua Vamurta he usado del primer y el tercer grupo. ¿En qué me he basado? Pues prácticamente sin darme cuenta he trazado las ciudades del libro buceando en la historia y mezclando elementos de distintas civilizaciones y épocas sin muchos reparos. Ahí hay restos de las poleis griegas, de Roma, del románico, de la arquitectura mozárabe, del gótico, de la Barcelona hispanoromana (cuando el Imperio se desplomaba lentamente) e incluso hay préstamos del Renacimiento.
En un relato largo que próximamente subiré al blog, Taonos, las ciudades del norte salvaje de Vamurta son de corte íbero, recordando los restos de Ullestret (Girona) y otros asentamientos.
Tanto la civilización de los hombres grises como la de los rojos se cimentan en ciudades de corte realista, como lo es la ciudad de Vamurta. Las ciudades de los murrianos también, pero basadas en los núcleos dispersos de los espartanos. Por contra, las civilizaciones de sufones y vesclanos cuentan con ciudades de fantasía del tercer grupo, basadas en la verosimilitud pero con toques fantásticos. Así, las urbes de los sufones recuerdan los templos de la antigua Mesopotamia pero a lo bestia, magnificados, y las de los vesclanos tiene un puntito de fortalezas de los enanos del Señor de los Anillos, pues son ciudades semienterradas.
Para crearlas, basta con agitar los recuerdos. La ciudad de fantasía es una construcción mental de todo lo leído, visto e imaginado. Una sopa de piedras con ingredientes propios y ajenos.
Y en el libro las ciudades cumplen la función narrativa de ser la expresión de los pueblos o de los gobernantes que las habitan. Así, Vamurta es la representación del poder absoluto encarnado por Ermesenda. Sus enormes teatros, su esplendor, es el de la condesa, la fuerza de sus murallas y palacios también. Por contra, las urbes de las colonias (aparecen a partir de la segunda parte del libro) son conglomerados urbanos más improvisados, pero también más alegres, en sintonía con las mayores libertades de sus habitantes.
«La noche había llevado paz y reposo a las calles, vacías bajo un firmamento resplandeciente. Cerca de la brecha se veían puntos de luz palpitantes, las hogueras que habían encendido los defensores para combatir sus temores de aquella noche sin nubes y dar luz ante posibles incursiones. Ermesenda observaba, triste, aquel mundo que se había levantado con los esfuerzos de muchas generaciones de hombres grises. Miró a los tejados de los templos, a los que acudían los hombres a drenar sus culpas, el Gran Teatro donde era agasajada por su nobleza mientras las damas miraban de reojo las piedras que lucían en su escote, las avenidas que cruzaban la ciudad como grandes ríos secos entre la cuadrícula rota de las callejuelas, las mismas avenidas por las que había paseado del brazo del conde bajo las sombras de tilos y limoneros... Un viento áspero atravesó la noche, silbando entre las rendijas de las ventanas, golpeando su frente levantada. Se retiró al interior del salón, al calor de los grandes tapices que cubrían la piedra. Se sentó, un poco cansada, en su silla de tiras de cuero. Hizo llamar a Ulam otra vez, quien tan bien la había servido.»Antigua Vamurta. Capítulo V.
Vamurta rodeada. By Igor
La colmena-fortaleza de Orcómeno, de un nuevo tipo, materializa el nuevo poder de los murrianos. Y otras ciudades que no menciono, tienen una concordancia con el espíritu de las gentes que las habitan. Dicen que los luteranos construyeron con grandes ventanales para mostrar que no tenían nada que esconder. Pureza de vida pública y privada. Es posible que el clima horrible de esos países también fuera otra razón. Pero algo hay de idas y venidas entre civilizaciones y arquitectura, como lo es en el caso de los árabes y la sobriedad de sus fachadas que contrasta con la exuberancia de sus espacios interiores y jardines.
Imaginar los trazados urbanos, los distintos barrios y plazoletas, las callejuelas y su música y perfumes, la silueta de puertos y atarazanas es un goce. Plasmarlo en papel ya no produce tanto placer. Todo esto, ¿para qué? En “comentarios” del post de Los Pueblos del Mar, Eva Magallanes lo expresa mejor que yo. Dice: «ya voy comprendiendo el desafío... se trata de fundar un mundo completo, con su historia incluida, tan real que se soslaye la ficción, escrita como si, precisamente, de historia se tratase tan ficticia como la literatura ¿verdad?... me parece sumamente atractiva esa propuesta, ambiciosa». Me sorprendió, es exactamente eso. La inconscienda puede con cualquier dificultad.
Lamento este retraso en la publicación de la novela, prevista para el 26 de septiembre. Problemas con la imprenta, me dice el editor de Ajec.
Así, para el lunes 03 de octubre, en las librerías ya debería estar el libro. De todos modos, ya daré cuenta de los puntos de venta cuando salga.
Antigua Vamurta está estructurada en 29 capítulos que ocupan, en libro, 374 páginas. Aquí, tenéis un avance de la novela, para saber de antemano que tipo de manjar os espera.
Debo reconocer, y así ya me lo han comentado, que el primer capítulo es un tanto duro y espeso. Bueno, se requiere un esfuerzo para entrar en este portal de fantasía, amor y aventuras. Necesitaba empezar a contar la historia desde una pequeña atalaya que divisara los campos sembrados que rodean la ciudad, decir algo de los hombres grises y la tragedia que se cierne sobre ellos.
¿Qué más? Ah, sí. No hay book tráiler (otro anglicismo, ¡ñec!). Le estuve dando vueltas, trabajé en ello. Pero con los medios a mi alcance, nada de lo que ideaba me satisfacía, así que opté por no hacer nada, como el que dibuja una casa con tiza, en el suelo, y después no la construye.
Tampoco hay mapas. Bueno, excepto los de trabajo. La edición es un tanto austera, a mí me gusta así, texto con texto. Aunque también es cierto que tampoco supe crear imágenes con la suficiente calidad para la edición en papel.
Quedan 10 días, algunas horas, algunos segundos. Mañana serán 09 días… 3 de octubre, si no hay más sorpresas.
Ya está el libro en los estantes de las libererías. Aleluia.
Bueno, está en casi todas las ciudades. En pequeñas y grandes librerías, también en Casa del Libro y en (que sepa) todos los Corte Inglés.
Dejo la portada completa, que es chula. Saludos.
Y espero entretener a los que lean el libro, esa siempre ha sido la intención.
En la web de la Editorial Grupo AJEC tenéis el avance de Antigua Vamurta. Tres capítulos de descarga gratis de los 29 que componen la novela. Es un archivo en PDF.
Durante estos días se ha publicado reseñas, entrevistas y muchas otras cosas más sobre Vamurta.
¡Dios mío!, ... espera todavía estoy buscando las palabras.
Bueno para empezar mi mas sincera y envidiosa enhorabuena, envidiosa si, por que no puedo llegar a imaginarme el día en que pueda acercarme a escribir algo con un nivel ni remotamente parecido.
Por último, si llegas a leer este mensaje, solo decirte ``¿Que te piensas que estas haciendo?, a escribir, a escribir, a ...´´ queremos esa segunda parte, ya.
Espero que no te lo tomes a mal, se me ha ido la olla.
Felicidades
Buenas,
Nairda1999 y Esperanza Aparicio Sanche. Muchas gracias por los comentarios y el apoyo. Lo estoy aplicando. ¡Escribiendo el segundo libro de Vamurta!!!
Dejo el principio del IVº Relato de Vamurta, con independencia del libro publicado y el segundo y último en preparación.
Decir que en Amazon España y Amazon el precio de los ebooks es, desde hace un par de días, muy, muy asequible. En lo personal, estoy muy contento con esos precios.
Arranque de Taonos, ya subida al blog con todos sus capítulos:
—Amor… ¿Cuándo?
—Antes del crepúsculo —contestó, sin dejar de mirar por la ventana.
—¿Por qué no estás contento? Jamás un noble de bajo rango había asumido tanto honor.
—Se oyen rumores y los martillos de los herreros arden. Se habla del norte, otra vez, de esas tierras malditas.
El semblante de la mujer se transmutó, como si algo se hubiera roto en su interior. Se llevó la mano a su gran barriga, hasta percibir la vida que en ella crecía. El joven señor que, antes del anochecer, iba a ser nombrado veguer de la Marca Sur, la miraba con extraña seriedad hasta que su boca se relajó, esbozando una tenue sonrisa. Se alejó de la estrecha ventana ojival y se acercó hasta ella. Palpó la piel que escondía su primer vástago, y luego la abrazó, besándola en el cuello.
—Un gran honor por toda la sangre que he derramado. Y tras mi nombramiento, los iguales nos encerraremos en el Salón de Gobierno. Apuesto mi espada a que resonarán las voces de esos halcones de sed mal saciada. Más guerra.
Miró a Elisabetz, que parecía abstraída contemplando el gran tapiz de la cámara. Percibía su cuerpo caliente, rebosante. Le parecieron absurdos los deberes que requerían sus lazos de vasallaje, ahora que la paz volvía a las fronteras y en las llanuras del sur y del este se podría sembrar sin temor a que las espigas ardieran en la tarde. Divagó, aún abrazado a ella, hasta que sus ojos se posaron en un punto de la estancia principal de su palacio en la Avenida de la Victoria. Todo parecía reposar. La mesa y las sillas robustas, los arcones en los que su mujer guardaba los manteles y cuberterías de su dote, las espadas, hachas y lanzas colgadas de la pared, esperando que alguien las empuñara otra vez, el gran fuego crepitando soñoliento en la penumbra de la tarde fría de invierno. Miraba, también, la colgadura de las bailarinas de Sira, cogidas de la mano, como si en su corrillo quisieran rodar y rodar hasta emerger de los tejidos que las atrapaban. Se separó de su mujer con cuidado.
—Que el precio a pagar no sea tu vida. No hay nada en este mundo, nada, por lo que valga la pena morir. Honor, títulos, oro… Vanidad. Es la trampa para los que se creen muy poderosos —dijo Elisabetz.
—Mañana despertaré siendo uno de los muy poderosos, gran veguer de la Marca Sur —contestó, sonriendo—. Y déjame pensar… Existe un jardín por el que sí daría mi vida, aunque a veces sus tallos parecen estremecerse si mis pasos se alejan demasiado.
Elisabetz rió, removiendo la quietud de la tarde.
—Ve, trata con esos hombres cuyos corazones no conocen el sosiego.
Descolgó su mejor espada, limpia de los adornos que tanto le molestaban. Antes de abandonar el comedor, la miró con ternura y la dejó con el chisporrotear de los troncos como única compañía.
Su hermano pequeño y los dos guardias aguardaron hasta que el Conde, bajo las altas bóvedas del Salón de Gobierno, lo invistió como nuevo gobernador, ante las miradas inexpresivas de la corte, que veían con cierto desagrado como un pequeño vizconde ascendía en el escalafón nobiliario, olvidando que las artes de aquel joven soldado habían evitado que buena parte de sus tierras fueran pisoteadas por las pezuñas de las bestias. Notó el peso del cetro sobre sus hombros, a la vez que las palabras mucho tiempo atrás escritas, eran pronunciadas de nuevo para otorgarle poderes y tierras.
—Aquí. Aquí debe llegar nuestro brazo y abrir el paso de Hamamel. Una vez esta puerta sea abierta, los hombres grises podrán alcanzar los mares occidentales y alargar su mirada a un mundo, que hasta hoy, ha permanecido velado. Los mercaderes de Vamurta abrirán sus ojos y en ellos refulgirá el oro.
Los deseos del Conde no sorprendieron a nadie, pues los nobles y oficiales reunidos alrededor de la mesa, sospechaban las intenciones del primero de ellos y de su hermano. La joven Condesa, permanecía inusualmente callada, detrás de su marido.
—Señor, los padres de nuestros padres intentaron tomar el paso y establecer un asentamiento fortificado cerca de las gargantas. No volvió ninguno —apuntó Erdit, el gobernador de la Marca Norte.
—Las Gargantas del Diablo…—recordó el Conde—. Tribus de montañeses, nada más. ¿Los teméis, Erdit?
—Temo perder el favor de mi señor. Por eso os aviso, para evitar los males de un lugar donde nuestros dioses no han llegado.
—Gobernador, esas son historias del pueblo para evitar la verdad —respondió el hermano menor del Conde—. La verdad es que los nuestros fueron emboscados y masacrados por un hatajo de bárbaros que habitan en los bosques, que no reconocen nuestro dominio, nuestra civilización. Nada más, no hay hechos mágicos en una trampa.
Erdit, que no contaba con el favor de Ermesenda, la Condesa, ni con la aprobación de parte de los miembros del Consejo, guardó silencio, y con él se acallaron las voces de la memoria. Los jóvenes tomaban la iniciativa.
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UN DÍA Y UNA NOCHE
Ermesenda iba dando saltos por el pasillo de Palacio. Tras tanto tiempo, ¡tras tanto tiempo!, podrían encontrarse los dos, solos. Canturreaba y brincaba sobre las losas de piedra sin dejar que sus talones tocaran el suelo. Agarró la cortina de terciopelo granate e improvisó unos pasos de baile, zarandeando la tela como si ésta fuera su pareja. Pasó delante de los ventanales de arcos ojivales como un actor desfila ante su público, llegando a su aposento. Ajustó la puerta y se lanzó sobre la cama, revolcándose sobre la colcha y los cojines, temblorosa aún por la nueva, refugiándose en la intimidad del dosel de visillo que, en su habitación, siempre la escondía de sus propios miedos y del mundo. Aspiró el aire con fuerza, se quedó quieta, panza arriba, dejando sus brazos inertes sobre la cama. Su corazón seguía palpitando acelerado.
—¿Por qué estás tan contenta? –su madre la miraba, bajo el arco de la puerta. No la había oído llegar.
—No lo sé, madre… Será por el baile de máscaras.
—Niña engreída –repuso burlona—. Espero que esta noche te comportes como la hija de vizcondes que eres.
—Madre. Ya sabéis que amo las fiestas. ¡Al cuerno con las ceremonias! ¡Hoy es el baile!
Su madre cruzó la habitación, observando todos los vestidos, zapatos y joyas desparramadas por el cuarto. Que su hija era una jovencita presumida, bien lo sabía, pero también se daba cuenta que había algo exagerado en todo aquello. Su hija había depositado sobre el alféizar de la ventana, a modo de objeto sagrado, la diadema de plata que le había regalado su padre el verano pasado. “Como una devota”, pensó.
—¿No pensáis aparecer esta noche? ¿Verdad, madre? —preguntó Ermesenda dando vueltas sobre la colcha—. ¿Me escucháis?
—Evidentemente, junto a tu padre. El Baile de Máscaras de Vamurta es la gran celebración del año, ¡la única vez que puedo pellizcar a tu padre sin que se enfade! –contestó, con un teatral gesto desafiante.
—¿Me dejaréis la máscara de zafiros?
Antes de salir de la habitación, la señora de la casa se giró un momento, negando con la cabeza.
—No iría a ese baile por nada del mundo. Además, podría hacerte sombra –contestó, alzando las cejas.
Cuando los pasos de su madre se perdían por el pasillo de la segunda planta de palacio, Ermesenda saltó de la cama dispuesta a comerse el mundo. Decidió enfundarse un vestido marrón que se abría por la espalda y se calzó unos zapatos negros y planos. Se miró en el pequeño espejo del tocador. De un gris pálido, su rostro le sonreía. Se colgó unos aros de oro, untó la yema de sus dedos en la pintura roja para mojar sus labios delgados. Tibia y algo viscosa, notaba la textura del barro, la misma arcilla con la que se garabateaba la cara siendo una chiquilla, ahí en el castillo donde pasó su infancia, lejos de aquella ciudad. Observando su propio reflejo, sintió un leve presagio, una premonición de algo que no entendía. Sin pensar más, corrió por el pasillo y bajó en tres saltos las escalinatas que la llevaban al atrio, donde descansaban carros y porteadores. Se dirigió a las cocinas, en las que los sirvientes se afanaban en preparar las comidas del día, sin importarles el vapor de las ollas y el calor de los fogones. Llamó a su dama de compañía, que pinchaba, para su cocción, un trozo de pastel en el fondo de la cocina.
—Vamos al mercado. Coge tu cesto y…
—Pero, señora. La compra ya está hecha. Fuimos con la salida del sol.
—No protestes —contestó Ermesenda, marcando su autoridad—. Coge el cesto.
Salieron de la gran casa por el callejón de atrás. Ermesenda quería devorar el mundo, a pesar del hedor de la callejuela oscura, de ese otoño que aún no había traído los primeros fríos tras el largo sofoco del verano.
Giraron en la Avenida de la Victoria, bajando por aquella rambla atestada, cruzándose con mercaderes y tenderos, soldados y damas que iban al mercado o a dejar pequeñas ofrendas en los templos, suplicando el favor de los cielos. Un murmullo de voces las acompañaba, un sonido discordante cargado de acentos, el latir de aquella mañana en que Ermesenda tomaría partido por primera vez en su vida.
—Escúchame, querida. Tú harás algunas compras ¡lo que quieras! Y dirás que yo las he hecho… O irás al templo, o las dos cosas…
—¿Señora? Hoy hemos comprado pescado de playa, y granos negros de pimienta, acelgas, pan de centeno y también medio cordero para la cena…
—No rechistes. ¿No te lo he contado? Hoy veré a Jacobo.
Su dama de compañía abrió mucho la boca para cerrarla de inmediato. Su señora la estaba arrastrando a un encuentro ilícito que no contaba con la aprobación de los vizcondes, y ella, era cómplice obligada. Un súbito espanto se apoderó de la doncella, temerosa del castigo y de perder su trabajo, pero Ermesenda, leyendo sus pensamientos, la cogió por el brazo.
Cerró el puño su dama y Ermesenda la empujó hacia delante, hacia el mercado de los pescadores que bullía entre gritos, silbidos y empellones entre las mozas que buscaban el mejor lenguado al mejor precio y las señoras que, a pesar de comprar arenques en salmuera o pececillos de roca, no perdían sus aires de alta alcurnia. Pasaron entre la multitud, mezclándose en aquel pasacalles, las caóticas filas de hombres y mujeres que se tejían y destejían, sabiendo, pensaba Ermesenda, que si alguien intentaba seguirlas, las perdería en ese río revuelto. Se detuvieron detrás de un puesto de bacalaos y miraron atrás, sin ver a nadie sospechoso. Entonces, se adentraron en una de las calles laterales, los Hiladores, calle popular en la que los niños corrían bajo castillos de ropa tendida. Ermesenda dudó un instante antes de entrar en un portal estrecho de donde partía una escalera de caracol que giraba hacia las tinieblas del piso superior. Al cerrar la puerta, cesó el rumor del exterior, y ella y su dama iniciaron la ascensión.
—Señora…
—Ya sé. No te preocupes –contestó, algo inquieta—. Mejor baja y espérame en el templo de Sira. Sí, allí nadie preguntará nada.
Al llegar a la primera planta, oyó como su doncella salía a la calle. Ante ella tenía una pequeña puerta sin cerradura. Se agachó para pasar y entró en un piso minúsculo, de los que las familias humildes de la ciudad se amontonan unos sobre otros. Quiso marcharse pero le llegó una voz de hombre, alguien canturreaba al otro lado de la vivienda. Se armó de valor y alcanzó el comedor. Jacobo se giró al oírla entrar. Toda la estancia estaba tapizada con flores, parecía como si Jacobo hubiera comprado todos los ramos de Vamurta y los hubiera esparcido por el suelo desnudo y sobre el único mueble de la casa, una pequeña cama cubierta de lirios sobre la que llegaba la luz del mediodía. Se acercaron, hasta quedar uno frente al otro, indecisos. Él hizo el ademán de acercarse más, pero un leve movimiento de Ermesenda lo frenó. Se miraron, buscando el alma del otro, hasta que Jacobo se lanzó sobre ella y la besó con brusquedad. De un manotazo se lo quitó de encima y volvieron a mirarse. La media sonrisa de Ermesenda devolvió el valor a su amante, que respiró aliviado. ¡Cuánto tiempo! Desde el pasado invierno, cuando se conocieron en el Teatro, no habían dejado de verse, pero jamás habían podido estar los dos a solas. ¡Cuánto tiempo deseándolo! El corazón de Ermesenda resplandecía.
—Casi me asustas, ¿qué es este lugar? –dijo ella.
—Tuve que esperar a que esa familia abandonara la casa, ¿si no, dónde? –le contestó Jacobo con su voz de tonos graves—. Cada paso que das es vigilado por muchos ojos.
Se abrazaron, Jacobo acarició su cuello de bailarina como si tocara un jarrón de cristal, besándolo con cuidado. Casi no se oía nada en ese pequeño salón de paredes desconchadas y vacías. Era como si, allí, la calle fuera algo inexplicable y muy lejano. Ermesenda se sentía estremecida, agarrada a las espaldas de su amado, se sentía dichosa. Un hombre muy joven, de piel suave, que la miraba como si tuviera miedo de romperla, sonriente, embargado de emoción contenida.
—Tantas lunas sin poder besarte, sin tan siquiera poder tocarte…
—Nuestras familias. Toda esta ciudad que vigila y susurra —repuso ella—. No lo soporto.
—Serás mi esposa, y entonces todo esto nos parecerá un instante, nada más —rió, abrazándola de nuevo, apretando sus manos sobre la delgadez de la espalda de su amada.
Ermesenda se incorporó, sentada sobre sus rodillas, observando a su amado con una sonrisa enigmática. Empezó a desenredar su cabello rizado, dejándolo suelto sobre sus hombros. De un estirón, lo dejó sin calzones. Dejó caer las tiras de su vestido, apareciendo ante él como una diosa remota que muestra sus gracias a un fiel devoto. La sorpresa dejó extasiado a Jacobo, que quedó sin habla y sin saber muy bien qué debía hacer. Acto seguido, empezó a cabalgarlo con suavidad, equivocándose, obligados a parar para conseguir adaptarse el uno al otro, llegando al final, plenos.
—He tenido un sueño esta noche –susurró, mientras acariciaba los cabellos cortos de su querido—. Me perdía en un bosque espeso, de suelo duro, cubierto de hiedras que se enredaban en mis pies. No había mucha luz y sabía que debía salir de ahí. Caminaba deprisa, pero la espesura parecía atarme… No me movía o me movía muy poco. Creo, creo que las zarzas se enganchaban en mi vestido, en mi pelo y no veía nada. Caía la noche, empecé a correr sin destino, errando, sin ir hacia ningún lado. Las ramas, los matojos altos me nublaban, cuanto más avanzaba más aprisionada me sentía… Llegué a lo alto de un cerro, y a lo lejos, veía las playas de Vamurta y sus murallas, pero no podía alcanzarlas.
—No escuches los sueños –le respondió—. No los escuches, sólo nos traen desgracias. ¿Sabes de alguien que los haya seguido? ¿Qué de algo le hayan servido, amor?
— Jacobo, me tranquilizas –besó sus párpados—. Pero desperté con el corazón encogido.
Pensó en la noche de las máscaras. Brillaría como una estrella fugaz, resplandeciente entre la nobleza, querida y admirada. Quizás no era la hija de uno de los grandes, ni sus blasones contaban con un historial de gestas, pero durante el tiempo que durara el baile, quería ser la más mirada. Se abrazó a Jacobo, lo besó en la frente. Ermesenda se sentía llena de dicha, cargada de ilusiones. Incluso aquel piso de familia pobre adquiría una gracia que al entrar no había apreciado.
Quedaron medio dormidos, abrazados sobre la cama, acompañados por alguna voz y el vibrar de los pasos del piso de arriba. No sentían ni hambre ni calor, ni acusaban el paso del tiempo. Divagaban sus mentes por senderos distintos mientras cada uno sentía el latir del otro.
En el templo de Sira todo era el murmullo de las devotas. De espaldas al altar, formaban un coro arrodillado que lloraba a su diosa, esperando que la luz penetrara en sus vidas.
Buscó entre las cabezas que besaban el suelo hasta encontrar a su dama de compañía. No se sentía mal, no sentía remordimientos siendo impura bajo la bóveda circular del templo, que por las ventanas de su techo derramaba torrentes de claridad.
—Vayamos a la Casa de las Seguras.
—¿Lleváis dinero, mi señora?
—No te preocupes. Quiero una máscara azul, de esas puntiagudas, que me esconda esta noche. ¡Y una sortija o collar! Si encuentro algo digno.
La dama de Ermesenda se iba quejando de lo caro que sería todo aquello, mientras sus pasos las llevaban a la mejor joyería de la capital. Sentía casi amor por las piedras, más que hacia aquellos dioses que jamás la habían beneficiado en nada. Ermesenda andaba altiva entre los plebeyos que, al verla, dejaban paso libre. El cuerpo de pájaro de humedales, el cuello recto y largo de un ciervo, la mirada centellante que podía llegar a cortar como una hoja de acero. Aquel era su día, un mundo atento a sus deseos se parapetaba tras los muros de las tiendas, en los balcones, en los ojos de esas mujeres que jamás podrían ser como ella, y que la vigilaban y estudiaban con cierto disimulo.
Dejaron atrás el Gran Teatro y la Jabise, la arena elíptica donde los jóvenes competían en velocidad y resistencia. El estómago de Ermesenda empezaba a rugir, pero eso poco la inquietaba. Tomaron una naranjada con gotitas de limón en uno de los tenderetes del mercado del Hierro, en el que, por aquella época, era frecuente encontrar hombres rojos y grises de las colonias adquiriendo herramientas y armas, discutiendo acaloradamente los precios.
Lo siento, no he tenido tiempo de meterme a leer a fondo, ni me he fijado en los comentarios, pero sí me he dado cuenta nada más empezar de que tienes una forma de escribir en la que aparecen grandes desniveles, es decir, momentos muy flojos y otros muy fuertes. Eso es bastante insólito. Te pongo un ejemplo, en rojo algunas frases muy buenas, o muy originales; en verde otras muy flojas, o directamente incorrectas:
Desde donde se hallaba, se podían escuchar susurros que se perdían. Llegaban luces oscilantes, las blancas luces del sol. Hacía calor y sudaba. El dolor seguía creciendo, extendido(se) en poco tiempo por todo su cuerpo cansado hasta mandar sobre su voluntad. Cuando consiguió entreabrir los párpados, le pareció que unas sombras cruzaban los haces de luz que se proyectaban sobre su cama. Intuyó que no estaba solo, que algunos estaban cerca. Desde el exterior llegaba el rumor de una ciudad, una ciudad que jadeaba asustada. Logró razonar unos instantes. “Los dioses que tanto me han dado, hoy parecen negármelo todo”.
Casi no recordaba nada de esos últimos días, tan sólo conseguía vislumbrar una confusa sensación de pérdida. Creyó intuir unas palabras cruzadas a su alrededor. La fiebre volvía a galopar en sus arterias, temblaba. Alguien aplicó una húmeda y fría tela sobre su ancha frente. Creyó que su piel, áspera y gris, era refrescada por una leve corriente de aire.
La realidad se fundía de nuevo, esas voces se alejaban, los claros en la habitación desparecían. Cerró los ojos. Necesitaba ordenar, necesitaba saber dónde se encontraba. De golpe, se incorporó de la cama. Gritaba, preguntaba por su madre con desespero, hasta que sus fuerzas flaquearon y se desplomó sobre las sábanas para volver a un dormir nervioso.
El incienso que quemaba en la estancia aligeraba el peso de sus propios olores, el hedor de un enfermo mezclado con las secreciones de su herida. Volvió a un estado de semiinconsciencia, sumergido en un baño de emociones. En el aquel rincón de reposo, el mundo era un lugar sin tiempo. (Ésta para mi gusto es muy, muy buena, muy poética, y más como colofón.)
Espero que te sirva!
Gracias por el comentario. Ya sé que "Un día y una Noche" no es el mejor relato, pero creo que por lo menos es agradable.
Hola Anamar.
Me he quedado parpadenado. ¡Qué nivel! Me he leído tus sugerencias varias veces y no tengo nada para defenderme. La verdad es que había corregido un para de cosas que me señalas, pero ni mucho menos todo.
Tu análisis es muy certero, lo de los colores ayuda mucho y facilita enormemente las cosas. Te lo agradezco de veras. Y gracias por tomarte la molestia de postear y hacerlo tan bien.
He retocado el arranque de la novela, según tus indicaciones. Si hay algo que no te guste, por favor... Dilo.
Capítulo 1
"LAS PUERTAS DE LA CIUDAD"
Desde donde se hallaba, se podían escuchar susurros que se perdían. Llegaban luces oscilantes, las blancas luces del sol. Hacía calor y sudaba. El dolor seguía creciendo, extendido en poco tiempo por todo su cuerpo cansado, hasta mandar sobre su voluntad. Cuando consiguió entreabrir los párpados, le pareció que unas sombras cruzaban los dorados rayos del sol que se proyectaban sobre su cama. Intuyó que no se encontraba solo, que algunos lo acompañaban. Desde el exterior llegaba el rumor de una ciudad, una ciudad que jadeaba asustada. Logró razonar unos instantes. “Los dioses que tanto me han dado, hoy parecen negármelo todo”.
Los recuerdos de esos últimos días se entremezclaban, tan sólo conseguía vislumbrar una confusa sensación de pérdida. Creyó intuir unas palabras cruzadas. La fiebre volvía a galopar en sus arterias, temblaba. Alguien aplicó una húmeda y fría tela sobre su ancha frente. Creyó que su piel, áspera y gris, era refrescada por una leve corriente de aire.
La realidad se fundía de nuevo, esas voces se alejaban, los claros en la habitación desparecían. Cerró los ojos. Necesitaba ordenar, necesitaba saber dónde se encontraba. De golpe, se incorporó de la cama. Gritaba, preguntaba por su madre con desespero, hasta que sus fuerzas flaquearon y se desplomó sobre las sábanas para volver a navegar entre pesadillas.
Me ha impactado esto que dices y me ha animado: "momentos muy flojos y otros muy fuertes. Eso es bastante insólito".
Anamar, a su servicio, desde Antigua Vamurta.
Llegaron a la Casa de las Seguras, detrás del gran templo de Onar. Un porche medio cerrado con cortinas blancas otorgaba una cierta discreción a los que entraban y salían, ya fuera para comprar como para empeñar joyas y objetos de valor. Se adentraron en la antesala, donde un criado les ofreció, sobre una cerámica rosácea, tiras de carne con salsa de jengibre. Cerraron la puerta de la casa y el sol desapareció a sus espaldas. El sirviente las acompañó hasta La Era, el epicentro de aquella casa, en el que se exponían las piezas en una sala de paredes altas organizada en fabulosas mesas sobre las que se podían contemplar anillos engarzados con magníficas tallas, brazaletes de oro, collares de diamantes negros y blancos, máscaras para las fiestas, pañuelos bordados en plata, dagas trabajadas en oro, en plata, y juegos de cofres de varios tamaños. Clientes silenciosos recorrían las mesas, otros nobles como ella, acariciando las joyas. Ermesenda empezó su búsqueda con desparpajo, preguntando a los discretos vendedores el precio de aquella cadena o ese otro abalorio. Halló un gran collar de aguamarinas. Las piedras no eran gran cosa, pero el abanico que formaban, montadas en plata, le pareció excelso, le traía algún recuerdo lejano sin saber muy bien cuál.
—¡Eh! ¡Oiga! ¿Qué piden por éste? —preguntó en voz alta, quebrando el casi ambiente monacal de la Casa.
—Señora, —se acercó una vendedora pintarrajeada como un pavo—. Este collar fue fundido y trabajado en las Sierras de Dotrunas, hará más de doscientas primaveras. Es una pieza única, sin duda, hecha por…
—¿Cuánto? —preguntó, sin atender ninguna cortesía.
—Unas treinta piezas.
La risa de Ermesenda resonó bajo la bóveda como el repentino romper de una catarata. Todos los presentes se giraron, algo sobresaltados.
—¿Treinta de plata? Pero si aquí no hay más que cinco o seis piezas fundidas, ¡ja! ¿Por quién me tomáis? ¿Por alguien que acaba de desembarcar? ¿Por una montañesa?
La dama de compañía se había puesto roja y no sabía dónde mirar. Todos escuchaban.
—Olvidáis, señora, las piedras —repuso la vendedora, sabedora que debía mantener, como fuera, la compostura.
—Sí, son aguamarinas —replicó Ermesenda, levantando el collar en lo alto, haciéndolo brillar bajo las luces de aceite de la tienda—. Doy quince piezas por ellas y por ese antifaz de seda azul que tenéis a la derecha.
Finalmente pagó dieciocho. Un hombre, en la penumbra de los arcos laterales, la observaba con enorme seriedad. “¿Quién sería?” Se preguntó, impregnada de curiosidad.
Volvió a su casa llena de dicha, mientras su dama aún se recuperaba del sofoco. Debían descansar y acicalarse para aquella noche que había de llegar.
El cielo era tinta negra y los aromas de jazmín flotaban, a ras de suelo, en plazas y calles. Ermesenda abandonó el palacio bajo la mirada reprobadora de su padre, que censuraba así el gran escote que su hija luciría en la fiesta. Su dama y dos guardias la acompañaron por la Avenida, en el que la latir de la ciudad era un leve susurro, con la luna encaramada por encima de los tejados.
Llegaron hasta las puertas del Gran Teatro, delante del cual se acumulaban otros guardias y criados, armándose de paciencia para pasar allí buena parte de la velada, a la espera de sus señores.
Ante la columnata de la entrada, Ermesenda se despidió de su criada, y fue reconocida por las dos figuras que guardaban el paso, escondidos bajo dos máscaras de cera triangulares, dos leones de expresión pétrea, que nada dijeron mientras cruzaba el umbral. Dentro, en la antesala, reinaba una neblina rota por los puntos de luz de las lámparas y velas, donde las primeras grandes columnas de ese bosque de piedra, bien parecían el límite de un laberinto que se perdía en la oscuridad. Otros dos hombres, éstos de torsos desnudos, impregnados en aceite como los luchadores de odouk, tomaron su capa ligera y le sirvieron una copa de cristal llena de vino dulce, a modo de bienvenida. Paladeó la densidad del vino, mientras oía el aleteo de risas lejanas. Sabía que al llegar al patio del teatro, vaciado de bancos y asientos para la ocasión, sería anunciada, sin que su nombre fuera pronunciado y que, durante un instante, todos los ojos se posarían en ella.
Jacobo y sus amigas la esperaban. ¿La reconocerían? Se recogió el pelo y se hizo una larga cola de caballo, se tapó cuello y hombros con un pañuelo de colores, y se colocó con cuidado su antifaz azul de trazos puntiagudos, a juego con su nuevo collar. La acompañaron hasta la pesada puerta que daba acceso al patio del teatro. Dos guardias más, ataviados con máscaras blancas, abrieron las puertas y vociferaron a los presentes: “¡La Mujer Azul se incorpora al baile!”.
Los recuerdos de esos últimos días se entremezclaban, tan sólo conseguía vislumbrar una confusa sensación de pérdida. Creyó intuir unas palabras cruzadas. La fiebre volvía a galopar en sus arterias, temblaba. Alguien aplicó una húmeda y fría tela sobre su ancha frente. Creyó que su piel, áspera y gris, era refrescada por una leve corriente de aire.
La realidad se fundía de nuevo, esas voces se alejaban, los claros en la habitación desparecían. Cerró los ojos. Necesitaba ordenar, necesitaba saber dónde se encontraba. De golpe, se incorporó de la cama. Gritaba, preguntaba por su madre con desespero, hasta que sus fuerzas flaquearon y se desplomó sobre las sábanas para volver a navegar entre pesadillas.
Me ha impactado esto que dices y me ha animado: "momentos muy flojos y otros muy fuertes. Eso es bastante insólito".
Hola!
Valdo, ya me gustaría tener más tiempo, porque con tus textos es fácil trabajar; no fallas por la base, sino que de vez en cuando sale un bache bien definido y fácil de acotar (sigue siendo insólito, jaja!). Pero son muy largos. Por eso mismo tampoco puedo ir más allá con la historia... en fin, se hace lo que se puede.
Sólo te devuelvo, ya que fuiste tan amable, tu texto como toca: Limpio y con otra de las muy buenas, nueva y destacada. Hasta donde yo llego, a este fragmento ya sólo pueden buscarle cuestiones de gusto, y a mi me parece que cada uno escribe como quiere.
Edito: Ups! Si es que me da por repasar, y se me escapó el participio. Queda forzado, mejor "extendiédose". Sorry...
Al releer también he visto que queda un principio precioso, muy bonito y logrado. Ah! Y sobre todo la segunda mitad, tiene "ritmos", mucha cadencia (lo hace muy poético), pero lo más llamativo es que hasta te salen "rimas". A mí me pasa a menudo y las quito siempre, ya por sistema, pero no lo toques, quedan bien y le dan un aire como más de... lo que sea, pero le queda muy bien.
Pues con esa intención lo dije. Reconocer lo que vale, que ya de por sí te obliga a exigirte ese nivel todo el tiempo. El por qué... Tú sabrás. Base sí se ve que tienes, quizá el resto sea sólo impaciencia (y lo dice una con algo de base y que con las prisas llena sus relatos de goteras, jaja!).
Saludos!
PD: Si investigas por otros lados, estaría bien echarle un vistazo: avisa!
Volver a agradecerte la molestia de leer, opinar y dar tu criterio, tan bien argumentado sobre el arranque de Antigua Vamurta. La verdad es que noto que con los cambios que has propuesto la primera página de la novela (¡la más importante!), ha mejorado claramente. Y eso para mí es mucho, porque le he dado tantas vueltas que creo que me perdí en un bosque de palabras, del que ya no sabes qué está bien y que no.
Sobre las rimas (internas). Hay una parte inconsciente (tengo una carpeta, encima del estante de los zapatos, llena de poesías) y otra consciente. Quería darle al texto un aire de poesía épica, un toque retro, antiguo.
Es verdad que en todos los manuales de "cómo escribir" se dice que huyas como la peste de las rimas en prosa, pero aquí me pareció que no irritaba y no cansaba. Luego, a medida que el texto avanza, sólo en algunos momentos se crea este efecto. Creo.
Pues eso, me ha hecho mucha ilusión ver tus comentarios, que me hacen creer que voy por el buen camino.
Un abrazo muy fuerte, Igor.
Es verdad que en todos los manuales de "cómo escribir" se dice que huyas como la peste de las rimas en prosa, pero aquí me pareció que no irritaba y no cansaba. Luego, a medida que el texto avanza, sólo en algunos momentos se crea este efecto. Creo.
Pues eso, me ha hecho mucha ilusión ver tus comentarios, que me hacen creer que voy por el buen camino.
Sí creo que vas por el buen camino (o habría pasado de largo), por lo menos en lo que pude apreciar. Como el problema siempre es el tiempo, picoteo mucho y me entretengo sólo a veces; igual un día me paro a ver qué tal pinta la historia.
Lo de perder la perspectiva a mí me pasa horrores. Verlo uno mismo puede ser cosa de mucho tiempo, y aun así se siguen pasando por alto. Desde luego no hay nada como otro lector que le pille el punto pero no lo tenga en la cabeza.
Importante: Efecto conseguido, y bien calibrado. No se puede ir rimando porque sí, pero el lenguaje trabaja con todos los sentidos, y a la prosa le cabe todo si se hace bien. Esa introducción (claro, hablo de lo que leí con calma) ya me llamó la atención por eso, tiene buena base, pero destaca con muchos matices que la enriquecen.
Esto ya es puramente personal, pero no me gusta leer algo muy bien escrito si no lleva una impronta, si no se desmarca del resto (estilo, contenido o ambas cosas); es como si le faltase carácter y me suena hueco.
Saludos!:)
En gran parte de la obra he intentado ser puramente narrativo, ya que lo poético es un elemento peligroso, es dinamita que creo, se debe usar con cuenta gotas. Aunque quizás me equivoque completamente.
Sigo con el Relato "Un día y una noche", que ya sé que está fragmentado por ahí detrás. Saludos. Del relato, quedarían un par de post más para acabarlo.
"Cuando se apagó la voz de las caretas blancas, el gentío que la había mirado, continuó bailando. Los músicos no habían dejado de tocar sobre el escenario del teatro y la fiesta siguió, burbujeante. Nadie había reparado en ella, o eso parecía. Quizás la habían tomado por una de esas mujeres disipadas que, como era tradición, eran bien pagadas para asistir al baile de máscaras y levantar los ánimos, junto a hombres atléticos escogidos en los rabales de la ciudad para ese mismo fin. Se sintió sin status y así, se adentró en el enorme jaleo de barrigas y cuerpos, de máscaras grotescas y ojos escondidos.
—Hermosa dama, de quien no puedo apartar mi mirar, ¿me concedéis el baile? –oyó, entre las risas, la música y la confusión de aquella masa en danza.
Un hombre de melena rizada, larga y negra, la sujetaba por el codo. Ermesenda dudó, no lo conocía, estaba segura. Llevaba puesto un antifaz rojo, pequeño y fino, que contrastaba con su cara cuadrada, de poderoso mentón. Sus ojos la esperaban. Ermesenda giró la cabeza buscando una salida, y vio que junto a los camareros del fondo, dos de sus amigas enmascaradas rebañaban un platito, vaciando sin piedad las fuentes de comida que les iban sirviendo. Corrió hacia ellas, liberada.
—¡Lestra! ¡Carolina! Os reconocería aunque os pasearais con un saco en la cabeza.
—¿Ermesenda? ¡Por Sira! Creíamos que no vendrías. Casi no te reconozco —dijo Lestra, algo asombrada.
—Aquí estoy, queridas —respondió, algo más calmada tras encontrar a dos de sus puntales. Miró hacia el baile. Aquel hombre había desaparecido.
Carolina le ofreció un plato con queso y muslos de pollo braseados en aguardiente. Charlaban, a la vez que el baile iba girando como las aspas de un molino, del que surgían voces agudas y graves, mezcladas con las cítaras y flautas, creando un torbellino mareante. Jugaron a reconocer a aquél o aquél otro noble, a hallar sus preferidos tras esas complicadas caretas, algunas ganchudas, otras monstruosas, aunque de muy pocos estuvieron seguras.
—Esta noche tiene un aire especial. Como de espera —apuntó Carolina.
—Quizás los dioses nos muestren una puerta al mañana —añadió Ermesenda, con sonrisa iluminada, al ver a su amante y prometido, Jacobo, llegar al baile.
Al encontrarse, notó que algo no iba bien. Tras su antifaz de pájaro, sus ojos parecían no concentrarse en nada. Miró sus amigos, que reían mucho, que reían como necios.
—Amada mía –tartamudeó.
—¿Habéis bebido? ¿Es eso? —preguntó Ermesenda sin disimular su disgusto—. ¿Teníais que beber esta noche, la más hermosa el año?
—No, no… No hemos bebido tanto —contestó, inseguro, Jacobo. Respuesta que fue acompañada por las risotadas de sus camaradas.
Sintiéndose profundamente ofendida, les dio la espalda para volver con Lestra y Carolina. Tras el mediodía que había regalado a su amado, tras tanta promesa, ¡y del esmero que había tenido para ser una de las hermosas entre las lechuzas pintadas de la baja nobleza! Se sentía enfurecida.
Tomó una jarra de aguamiel y la bebió de un trajo. ¿Qué se había creído? Miró a su alrededor, le empezaba a interesar el baile. Allí estaba la vizcondesa de Amer moviendo sus enormes caderas junto a un caballero canoso que no reconoció. La dama, a pesar de su desfachatez, poseía una gracia, una sinuosidad en su baile de viuda alegre. Un grupo de enmascarados seguía los pasos de toda mujer que pasara por delante, apoyados contra la pared, esperando como un grupo de cuervos subidos a un árbol. La baronesa de Verbaz, de las montañas como se la llamaba, iba cayéndose, metida en el huracán del baile, sostenida por un joven de largas patillas, que la apuntalaba y la recogía. Un pecho saltó del vestido cuando se tambaleó hacia delante, sin que ella se diera cuenta, a pesar de los gestos burlones de muchos.
Dos águilas, altos y barbudos, se acercaron a ellas para darles conversación, pero el jaleo reinante les impedía entenderse. Se cansaron de ellos y salieron a bailar, sumadas a las decenas de caretas y disfraces que basculaban bajo centenares de velas, cambiando de pareja con frecuencia hasta no saber quién bailaba con quién, hasta confundir hombres y mujeres en un mismo alud movido por el repicar de tambores, flautas, laúdes y cítaras. En un respiro que se tomó Ermesenda, vio que Jacobo abandonaba el patio del teatro, tambaleante, sostenido por los brazos de sus amigos.
Se sentía sola en aquel rincón, sorbiendo vino. No veía a Carolina ni a Lestra. Alguien disfrazado de oso quiso devolverla al baile, pero Ermesenda rehusó, al ver los brazos y frente de aquel hombre bajito tan sudado, tan sucio. "
Aprovecho para comentar que en el blog he empezado a subir un cuento corto, de seis páginas, EL CANTO DE ULAM.
Y dejo el penútimo fragmento del relato de la joven Ermesenda.
Un poco mareada, pero a la vez exultante y rabiosa, decidió alargar la velada. Las máscaras aparecían frente a ella y se desvanecían sin más para que otras emergieran, ocupando su lugar, creando en ella una sensación extraña, como si el tiempo hubiera desaparecido, como si hubiera olvidado que más pronto o más tarde, debía volver a su palacio, a su casa. Entre el sinfín de caras cubiertas, apareció una que la miraba intensamente, fija en aquel baile incesante. El hombre de pelo negro y el antifaz rojo. Sintió que su vientre se contraía, que un repentino calor asomaba en sus mejillas. La copa que sostenía temblaba, sus ojos negros parecían hacerla arder.
—Os he visto comprar ese collar.
Aquellas palabras la sobresaltaron. Se había quedado embobada mirando al extraño, sin notar que un joven de espaldas anchas y manos fuertes, se había situado a su lado. Bajo una máscara de mimo, salpicada de incrustaciones de oro, unos ojos azules y pequeños, casi fríos, la miraban, divertidos.
—Recordaré —añadió el joven—, pasados muchos otoños, vuestra risa en esa joyería y la expresión de horror de la dueña, que en esos momentos me atendía.
—¿Con quién tengo el honor de hablar? —preguntó Ermesenda, con expresión un tanto distante.
—¡Oh! Soy de por aquí. Muchos me preguntan qué deben hacer y muy pocos me aconsejan qué debo hacer yo.
—¿Es un juego, señor? Prefiero bailar.
—Todo esto es un juego… Si preferís bailar, hacedlo conmigo.
Y sin esperar respuesta, la arrancó del rincón y la transportó hacia el epicentro de ese marasmo que parecía adquirir un ritmo endiablado. Bailaron y bailaron, y él la conducía con manos firmes, pero su pensamiento estaba en otra fiesta, en la que el único invitado era el hombre moreno.
Dos enmascarados se acercaron a su pareja de baile, y con una señal, le avisaron de algo. Se disculpó ante ella, y con una profunda reverencia se despidió, diciendo:
—Volveremos a vernos. De eso, podéis estar segura, y sin juegos.
Volvía a estar sola en medio de aquella jarana monumental. Decidió buscar a Lestra y Carolina, sorteando las parejas que bailaban, algunas que empezaban a derrumbarse, otros que caían sobre cualquiera que les pasara por el lado, apartando máscaras negras, otras esmaltadas, otras que parecían amenazarla. Era el clímax, y en el clímax se perdió. El baile se desparramaba por los salones y cámaras anexas, donde se reunían pequeños comités de risotadas escandalosas. No las veía por ningún lado, y entonces decidió adentrarse por el sinfín de pasillos y habitaciones colmadas de efervescencia del teatro. Dos hombres corrían desnudos, con peluca y máscaras de cisne, persiguiéndose entre los gritos y chanzas de otras caretas que se movían por los claroscuros de las decenas de aposentos. Al pasar por delante de una de las habitaciones más recónditas, vio un corrillo que observaba en silencio el espectáculo que ofrecía un grupo de hombres y mujeres, enredados en el suelo, que no pudo distinguir.
Empezaba a sentirse realmente nerviosa, un poco insegura en aquella fiesta que no transcurría como ella hubiera querido. Había soñado bailar con la cabeza alta, ancladas sus manos sobre la espalda de Jacobo, acompasados por una música alegre y sostenida, mirarse sin poder besarse aún, sonreír a un porvenir que se vislumbraba sosegado y tierno.
Pensó en su madre, en la seguridad de su hogar. Algo la retenía ahí, una curiosidad no satisfecha, un querer apurar la copa antes de devolverla a su lugar.
De una estancia cerrada le llegaron jadeos entrecortados, zumbantes. No pudo evitar acercarse a esa pequeña alcoba. Pudiera ser Lestra u otra conocida. Miró a través de la rendija de esa puerta para ver a dos sombras contorsionarse encima de una cómoda.
—¿Debe una dama espiar a otros amantes?
Se sintió como una niña, avergonzada. Al mirar quién le reprochaba su falta de discreción, se encontró con aquel pelo negro, que olía a mar y a madera. Su rostro cubierto se acercó al suyo, hasta que ella tuvo que poner una mano para mantener la distancia.
—¿Me seguís? ¿Somos conocidos?
—No os sigo ni os conozco. Este es mi primer viaje a la capital, señora.
— ¿Entonces?
—Entonces nada. Os he visto, y eso ha sido suficiente para que todo mi cuerpo se retorciera, para perder mis suspiros entre estos salones, hasta que os he encontrado.
—Bromeáis, sé que bromeáis.
Ermesenda no entendía muy bien lo que le sucedía y, por una vez, se dio cuenta que no controlaba la situación. Aquello la desbordaba, iba muy deprisa. Su instinto contra su razón, que la llevaba hasta Jacobo, hasta sus padres y sobre todo le recordaba su condición de noble. Ella era noble y aquel hombre que provocaba que su transpiración mojara los pliegues de su vestido azul, era un simple mercader adinerado. La saliva se evaporaba de su boca.
—¿Realmente creéis que bromeo?
Se acercó hasta rozarla, hasta dejar su enorme mano en la curva de su espalda, sujetándola con suavidad. Notaba su respiración sobre su pelo. Ermesenda cerró los ojos, estaba perdida, se dejaba llevar.
Noto que la cogía y la arrastraba hacia algún lugar, sin que ella fuera capaz de oponerse a aquella rudeza. Su cuerpo, presto, ganaba la partida a sus anhelos de gran dama, y supo en ese momento que en algún rincón de su alma otra mujer habitaba, una que no se había presentado.
No sabía dónde se hallaba, excepto que todo era noche calurosa cortada a cuchillo por una rendija de luz de luna. Creía que sus pies no tocaban el suelo al sentir como aquél le bajaba el vestido de un tirón. Chocaron, resbalaron el uno encima del otro, perdía el sentido de estar, de ser, gritaba y vibraba, contraída y aún resistente, hasta que su cuerpo se desató, abandonada en aquella oscuridad, estallando.
Respiraron, recuperaron sus fuerzas sin decirse nada. Se habían arrancado los antifaces, que yacían en el suelo, pisoteados. Se intuían, volvían a tocarse. La tomó por segunda y última vez en un frenesí sin pausas. Cuando terminaron, y la razón de Ermesenda volvió a llamarla con fuerza, despertó, y un espanto recorrió su cuerpo. Debía de huir de allí sin ser vista, sin testigos. Aquello podía ser su final. Se vistió, recogió su cabello enredado, entre las súplicas y gimoteos de aquel hombre sorprendido por la súbita furia de su joven amante, pues no quería perderla, levantando los brazos desde el suelo donde yacía tendido, sin entender la marcha precipitada de Ermesenda.
Cuando corrió hacia la salida del teatro, pensó que ni tan siquiera había sellado su despedida con un beso. Corría y corría. Al alcanzar la salida, hizo una señal a sus guardias y doncella, y sin mediar palabra volvieron hacia el palacio de sus padres. Ermesenda, horrorizada, intentaba contener las lágrimas, mientras apretaba con más fuerza las manos pequeñas de su dama de compañía, que la sujetaba, mirándola de reojo, angustiada por el estado descompuesto de su señora.
Cuando, por fin, alcanzó la seguridad cotidiana de su gran habitación, se encerró, pasando la balda. ¿Qué había hecho? ¿Qué tipo de locura la había arrastrado, sin salvación, hacia aquel hombre que la había poseído como un toro, llevándola hasta la cima, hasta creer poder tocar las estrellas? Lloraba pensando en Jacobo, en su vil traición. Traidora, era eso, esa palabra infame la definía como nunca ninguna otra. Se hubiera destripado si hubiese podido, pensó en lanzarse por el balcón, ese fondo negro agujereado por los destellos de la luna que iba retirándose. Se levantó de la cama, desesperada, sin control sobre sus actos.
Llamaron a la puerta. Ermesenda se quedó paralizada. ¿Ya venían a buscarla para un escarnio público? No quería ver a nadie, no quería abrir.
—Soy tu madre –oyó—. Ábreme, abre y abrázame.
Ermesenda corrió hacia la puerta, levantó la balda y se lanzó a los comprensivos brazos de quien la trajo al mundo. “Niña, ¡qué te ha pasado!”. Ermesenda lloraba con fuerza.
La tuvo en su regazo buena parte de la noche, consolándola y vigilándola.
—Madre –dijo—. Quiero volver al Castillo de Sinta, quiero volver a pasear por los campos…
—¿Tan mal ha ido?
Bien entrada la mañana, tuvo un horrible despertar. Su cabeza la condenaba a constantes punzadas y su alma se había desangrado. Salió al balcón, que la noche anterior podría haber sido su última puerta. En la Avenida, el bullicio era el de un día cualquiera, vital y escandaloso, como si una jauría de perros estuvieran ahí debajo disputándose una carnaza. El sol de verano la apabulló, hasta obligarla a volver a dentro. Un sirviente pidió permiso para entrar y le comunicó que su padre la esperaba en el comedor. “Ahora sí que estoy perdida”, pensó.
Se vistió y bajó por la escalinata del atrio del Palacio, que con el sol alto aparecía bañado de luz, haciendo más brillante el majestuoso limonero que ascendía hasta el segundo piso. Llegó al comedor. Su padre, con expresión preocupada, aguardaba, inmóvil en el sillón de señor de la casa.
—Siéntate, siéntate –dijo con voz suave—. No sé qué pasó ayer y poco me preocupa desde que llegó esta carta.
Ermesenda tomó el sobre que le ofrecía, un sobre de papiro suave, observando que el sello de cera había sido partido y la misiva leída. Aquello era una invitación para una recepción privada que se celebraría en la Ciudadela, con presencia del Conde y su esposa, junto con su primogénito. Ahora sabía quién era el joven de la máscara de oro.
—¿Sabes qué significa esto? ¿Entiendes cuáles son las consecuencias si aceptas la invitación? –preguntó su padre, mesándose la barba encanecida—. ¿Y las consecuencias si no aceptas ir?
Ermesenda entendía perfectamente todo el significado de aquella invitación. El heredero la pretendía.
De repente se vio encumbrada en el puesto más alto del mundo que conocía, arriba, muy arriba. ¿Y Jacobo? Tuvo un momento de duda, pero si no accedía, su familia y ella misma quedarían defenestrados de por vida, y seguro que, tarde o temprano, se conocería lo que pasó durante el baile de máscaras. “O quizás no”, pensó también. Si aceptaba, pasaría a estar más allá del bien y del mal, todopoderosa para decidir, ensalzar o tachar. Cubierta de oro, piedras y fabulosos vestidos de seda, y nadie jamás podría acusarla de nada con el ejército condal a sus pies.
Respiró profundamente. Su padre, al mirar aquellos ojos rasgados y decididos, supo que su hija había tomado partido.
No son como los otros, pues basan su mundo, su existencia en otras escalas. Creen que no hay mayor gloria que servir a sus hermanos, madres, amigos.
Llegan en oleadas desde el oeste, buscando las líneas blancas y suaves que preceden al Mar de los Anónimos. Son murrianos, a cientos, a miles.
Para un murriano, el sacrificio es voz de dios. Negarlo, la más absoluta de las deshonras.
(Una imagen en :http://www.flickr.com/photos/37246661@N04/5139301963/)
El murriano dio una vuelta por la estancia, como si nadie hubiera allí, dando tragos. Se dejó caer sobre una de las sillas, apoyando su espalda contra la pared. Sus mechones caían hacia delante, emboscando su mirada. Lanzó el ánfora contra el suelo, rompiéndola con estruendo, y se desabrochó el cinturón, dejando caer la espada.
—¿Habéis oído hablar de nuestro hogar? ¿De nuestra capital? Es el lugar más bello del mundo. ¡No! No es como vuestras ciudades, abigarradas, en las que todo se amontona, sucias y mal ventiladas, donde hasta la piedra de las paredes huele mal. No, es un valle, sí, un valle elevado, cerrado por picos de nieve perpetuas. Un valle ancho, esplendoroso cuando el sol vuela por encima, siempre verde porque en mi país llueve, no como aquí, allí llueve y la hierba crece alta y hermosa, es un lugar en el que, si el día es despegado, parece que hasta las rocas tengan brillo, limpias. En ese gran valle no hay murallas, tan sólo un alcázar. Tres son los pasos de montaña para penetrar en el corazón de mi patria, y en cada paso encontraréis fortalezas que los cierran, castillos construidos para que nadie los pueda tomar, muros que, frente a ellos, cualquier enemigo sentiría una inmenso desasosiego. Jamás nadie ha cruzado los pasos entonado cánticos de guerra. Por ese valle, Dasteo, se distribuyen aquí y allí templos y enjambres en los que vivimos, academias como grandes óvalos de piedra, jardines, plazas de muchos tamaños y formas en las que los músicos tañen laúdes hasta hacer sangrar sus dedos, paseos flanqueados por árboles milenarios,(…)
Antigua Vamurta. Fragmento del Capítulo 21. «Los esclavos».
Yo era muy, muy joven. Apenas un chico. El primogénito de una estirpe de nobles de Vamurta. Al morir mi padre, mi madre siguió contestando al poder de la Corte. Ella desapareció y yo, como barón, promoví la Asamblea de Notables. Pero la Condesa ganó el pulso y huí, exiliándome en las Colonias, huyendo de las garras de Ermesenda. Y aquello fue una bendición. En aquellos tiempos las nuevas tierras eran para los hombres grises un horizonte nuevo, un lugar por explorar. La tierra prometida. Entonces era fuerte, no conocía el cansancio y a pesar de mi desgracia, era un hombre esperanzado. Aunque de estas cosas uno no se da cuenta cuando suceden, sino después, cuando no están. Esto fue lo que ocurrió. Me había enrolado en una expedición que pretendía fundar una ciudad muy al noreste. Era una empresa ambiciosa, y desconociéndolo todo, entramos en tierras sagradas de los vesclanos.
En aquellos lejanos parajes empezamos a construir casas y almacenes, rodeados de una empalizada. Cazábamos y horadábamos la tierra para dejar las semillas que debían sustentarnos. Llegó el invierno, áspero, y cubrió los bosques con un manto blanco. En una de esas noches gélidas, aparecieron los vesclanos, a cientos, iluminando la oscuridad con sus antorchas. Asaltaron la aldea y a penas pudimos resistir. Un viejo sacerdote de Onar y yo pudimos huir a la montaña, aprovechando la confusión de la lucha.
Muertos de frío, aterrados, vagamos por la noche. Una tempestad se desató sobre nosotros, el cielo rugió y sus hijos, el viento y la nieve, nos azotaron hasta casi acabar con nuestras fuerzas. Onar, que es misericordioso, nos condujo hasta una cabaña abandonada. Una mísera construcción de troncos donde pudimos encender fuego y calentar nuestras ropas mojadas. Allí encontramos algo de comida y, por primera vez, nos sentimos a salvo. Afuera, el temporal arreciaba.
—Si conseguimos volver, tú que eres joven, deberías hacer los votos para entrar al servicio de nuestro dios. Hoy nos ha salvado.
Apenas escuchaba a aquel pobre hombre, porque cerca del fuego mi cuerpo se amodorraba. Enseguida caí en un profundo sueño.
Pasada la medianoche, un golpe de viento abrió la puerta, el viento entró como una furia y la nieve arremolinada apagó la chimenea.
—¡Menudo frío!
Entonces la vi, erguida, la ventisca aullando a su alrededor.
—¿Quién eres? ¿Por qué has entrado?
Una mujer de tez blanquísima, vestida con sedas vaporosas, bella. Sus largos cabellos negros seguían bailando, a pesar de que había cerrado la puerta, la mirada glacial. Sentí un escalofrío profundo, sus ojos negros me traspasaban.
Ignoró por completo mi presencia. Quedé medio incorporado, como una estatua, incapaz de moverme o abrir la boca. Como si flotara, se dirigió al viejo sacerdote que no había despertado. Se inclinó sobre él y sus labios emanaron una nube de hielo que lentamente lo petrificó.
—¡Onar! —grité— ¡Onar!
Intenté huir, pero ella, en un abrir y cerrar de ojos, se plantó en la salida. La Mujer de Nieve se aproximó, diciéndome, mientras me miraba con dureza.
—Lleno de vida. Además eres un hombre hermoso —murmuró—. Te permitiré continuar en este mundo, pero si cuentas alguna vez a alguien lo que has visto esta noche, te buscaré estés donde estés, y te mataré.
Di un paso atrás, recordé mi espada, me giré para ver dónde la guardaba. Al volverme, la mujer había desparecido. Mi conmoción era tan honda, que debí perder la consciencia, pues al día siguiente me levanté tiritando, tumbado cerca de la puerta.
Aquella mañana, conseguí reunir suficientes fuerzas para volver atrás. Antes, sin poder contener las lágrimas, enterré al sacerdote que, al haber fallecido, de algún modo me había salvado. Durante tres días deambulé hacia el sur, hasta hallar la primera aldea de los hombres grises. Allí conté cómo los vesclanos nos habían masacrado, pero mucho me guardé de decir nada de La Mujer de Nieve. Pasaron las estaciones. Era uno más en esa aldea de agricultores y guerreros. La Asamblea de las Colonias parecía haber renunciado a su expansión y mis noches se sucedían sin que existiera algo profundo que llenara mi espíritu.
Durante una primavera especialmente lluviosa, aguardaba en mi minúscula casa a que escampara, para poder ir a recoger leña al bosque. En la casa de enfrente, observé a una muchacha que se resguardaba de la lluvia, aunque ya debía estar calada hasta los huesos. La invité a entrar.
Ella dijo que se llamaba Yokai, explicó que era extranjera y que quería llegar a Nueva Vamurta para buscar trabajo como hilandera. Le pregunté a qué tribu pertenecía, pues no había visto a nadie como ella entre las distintas razas de aquellas tierras.
—Déjame dormir en tu casa esta noche. Te lo ruego, con esta lluvia, no llegaré muy lejos.
Al principio dudé mucho, pues ni disponía de comida ni de otra cama. ¡Cómo alojar a una mujer tan bonita en mi barraca! Le ofrecí un tazón de hidromiel cerca del fuego, mientras meditaba qué hacer.
—No me importa dejar de comer, ni dormir en el suelo, pero déjame quedar, al menos esta noche.
Aquella súplica dicha por esa voz de ruiseñor me enamoró. De eso, también me di cuenta más tarde. Se quedó conmigo y, al poco, nos casamos con la bendición de las sacerdotisas de Sira.
Durante esos años fui el hombre más feliz del mundo. Solo quería volver a casa pronto para estar junto a ella. Nada me faltaba, ni tan siquiera pensaba en el futuro. Teníamos siete preciosos niños, sanos, fuertes y vivarachos. Me sentía afortunado. Mi única inquietud era ella, pues en los días de sol y calor, jamás abandonaba nuestra habitación, mientras que cuando caía la noche, salía a pasear con los niños. El verano la volvía apática y apenas podía hacer nada. Con la llegada de los primeros fríos, su rostro extrañamente blanco parecía resplandecer, y las fuerzas volvían a ella. Era entonces cuando se mostraba alegre y enérgica.
En una de esas noches de invierno le dije:
—Amor, pareces tan joven como el día en que te conocí. El tiempo te respeta absolutamente.
—Eso lo dices tú, que me sigues queriendo —respondió ella, con una sonrisa en sus labios de piñón.
—Te voy a decir algo que acabo de recordar y que jamás he contado a nadie. Verdaderamente, te pareces a una mujer que vi una vez, siendo yo muy joven. O eso creo, pues casi diría que vi una aparición.
—¡Oh! ¿Y quién era? —contestó ella sin dejar de mirar las llamas de nuestro hogar.
—Alguna vez te he contado aquella desastrosa expedición, años atrás. Pero no te lo he contado todo. Al huir de la aldea, se desató el peor temporal que he visto. Fue en esa noche cuando la vi. Todavía me pregunto si lo soñé o no, aunque algunos sacerdotes aseguran que nuestro paso por la tierra también es un sueño… ¿Has oído alguna vez las historias que se cuentan de la Mujer de Nieve?
—¿Por qué me cuentas todo esto? —Viendo como se transmutaba su expresión, pienso hoy que debí haber callado.
—Porque esa noche vi a la Mujer de Nieve.
—¡Me lo prometiste! Me prometiste que no lo contarías a nadie, ¡jamás!
Yokai se había levantado, y mientras lo hacía se transformaba en la Mujer de Nieve. Una furia helada invadía nuestro comedor. A medida que se movía, su sencillo vestido de lana color tierra se transformaba en un suntuoso abrigo blanco, su hermoso pelo negro diríase que flotaba.
—Pero, ¿qué quieres decir, amor? ¿Qué haces? ¿Por qué abres la puerta?—pregunté, angustiado—. Yokai, ¡no! ¿Eres tú…?
La Mujer de Nieve me miró. En sus ojos se podía leer un profundo dolor, una terrible incertidumbre. Debía de tomar una decisión en aquel momento, pues había roto la promesa y yo recordaba el castigo. Frente a mí, poco quedaba de ella, de mi esposa y madre de siete hijos. Un ser de otro mundo daba un paso atrás, todavía indeciso.
—Me has descubierto, dejo de ser humana. No puedo matar al único hombre que todavía quiero —Abrió la puerta. Ráfagas de viento invadieron la casa, la nieve revoloteaba, libre—. ¡Mi vida contigo!... ¡Era feliz! Cuida de los pequeños, pues si no lo haces, vendré a por ti. ¡Lástima, era feliz!
Mi mujer era una figura blanca, pétrea, cuyos ropajes se desplegaban en el aire furioso. Parecía que iba a salir, cabalgando en la tempestad, como un animal sin rumbo.
—Yokai, ¡quédate! ¡No lo sabrá nadie! ¡No te vayas!
Desesperado, me incorporé, y salí corriendo para atraparla. Puede oír un «que tengas suerte», antes de que desapareciera en la noche lúgubre en que la perdí.
Mi nombre es Matrol, Alto Magistrado del Consejo de los Veintiuno. Jamás he vuelto a amar a una mujer. Aunque he pasado los años procurando ayudar a los otros y ahora soy viejo y el fin se acerca, antes de acostarme y al despertar pienso en ella. Una melancolía pervive en mí, en lo más profundo de mi ser, que alivio en las noches de invierno, cuando salgo a pasear por los caminos. A veces creo oír un gemido en la noche, una voz que se desvanece como la nieve cuando intentas atraparla. Es cuando la llamo, y en fría oscuridad la invoco, para así dar calor a su corazón helado.
Otra de las grandes protagonistas de la novela Antigua Vamurta es Leandra. Una poderosa dama de orígenes inciertos aposentada en su palacio-fortaleza de Villalaia. Desde allí, casi es capaz de controlar el mundo. Se trata de una mujer de carácter, hecha a sí misma, golpe a golpe. ¿Conocerá la piedad, Leandra?
La figura de Leandra está inspirada vagamente en aquellas formidables viudas romanas que heredaban el patrimonio de sus maridos muertos en combate. También, en algunas figuras de aquella rebelión medieval ubicada en el Milán del 1300, protagonizada por Maifreda da Pirovano y Guillermina de Bohemia. Aunque acabaron en la hoguera, durante veinte años Maifreda administró sacramentos y enseñó y gobernó en su nombre, ¡ahí queda eso!.
Pero Leandra, Leandra es única en su especie...
[FONT=Times New Roman, serif]«Una gran pila de leña se consumía con estrépito, acentuando el silencio y la incomodidad con la que el Conde y Sara esperaban a su anfitriona, sentados en una mesa alargada, sembrada de velas. Luces pálidas y anaranjadas, sombras sobre la piedra de los muros desnudos, que convertían la espera en un hastío interminable. Aparecieron dos criados que llenaron sus copas con un vino aromatizado. Poco después entraba la señora, sonriendo, enseñando las palmas de sus dos manos delgadas, en señal de bienvenida. Se acercó al Conde para besarle las manos, moviendo su cuerpo ágil y esbelto, cubierto por una túnica que oscilaba sobre su carne como una hoja temblorosa. Sara se sorprendió de que alguien de las Colonias de dirigiera a Serlan utilizando los viejos ceremoniales de Vamurta. Serlan reaccionó alzándose y ofreciendo la silla de honor a su anfitriona.[/FONT]
—[FONT=Times New Roman, serif]Señora, os lo ruego, por favor.[/FONT]
—[FONT=Times New Roman, serif]Gracias, noble señor. Mi nombre es Leandra y como ya debéis saber, soy la señora de esta casa bendecida por Onar. Vos debéis ser Serlan ¿y tú debes ser Sara, verdad?[/FONT]
—[FONT=Times New Roman, serif]Así es, señora —contestó la muchacha con voz quebradiza, intimidada por la fastuosa presencia de Leandra, que como un perfume intenso, llenaba todo el espacio. Los cabellos negros ensortijados, eran recogidos por una diadema de plata en la que brillaba una línea de esmeraldas. En los brazos finos y atléticos, se reflejaba el fulgor de dos grandes brazaletes de oro, seguramente extraído del Alto Crayón. El rostro, anguloso, aunque marcado por el tiempo, mostraba una extraordinaria belleza otoñal. Sus enormes ojos grises estaban puestos sobre un halagado Serlan, impresionado y agradecido por ser tratado como correspondía a su estamento, por alguien que también ostentaba una alta posición. [/FONT]
[FONT=Times New Roman, serif]Leandra volvió a sonreír. Como sabría Sara con el tiempo, sonreír no significaba nada más que una forma de estar para aquella mujer opulenta, y bien podría ordenar el descuartizamiento de alguien con una de sus sonrisas amplias y cálidas.[/FONT]
—[FONT=Times New Roman, serif]Es esta una noche muy especial para Villalaia, casi nunca nos visitan unos huéspedes tan distinguidos. Para honraros, he hecho cocinar las mejores viandas y se han abierto vinos valiosos. ¡Ah! Y las voces de dos doncellas nos acompañarán durante la velada.[/FONT]
[FONT=Times New Roman, serif]Efectivamente, la cena estaba a la altura de los mejores banquetes de la corte de Vamurta. Sara observaba cómo la señora y el Conde se trataban con una sorprendente naturalidad y pronto comprendió que se entendían con fluidez, en parte debido a que Leandra sabía intuir los sentimientos de Serlan y sutilmente conseguía que éste se sintiera otra vez importante, como alguien que los dioses han señalado entre los hombres. Hablaron de muchos asuntos durante el ágape, mientras brindaban por cualquier razón y se deleitaban con la variedad de los platos que les iban sirviendo.»[/FONT]
El devastador asedio a Vamurta, la capital de los hombres grises, lo cambiará todo para siempre. La caída de la ciudad se narrará como un suceso épico y descarnado. Vamurta agoniza esquilmada por la barbarie, y sus habitantes emprenden una huida por mar, que los llevará a los lejanos puertos de las colonias. Para muchos de ellos, comienza una epopeya hacia tierras inhóspitas, hacia parajes extraños aún por descubrir.
Serlan de Enroc, el más poderoso de los hombres grises, se convierte en un fugitivo. Pronto deberá enfrentarse a un viaje impredecible. A una vida dura, cincelada por las manos de los dioses y el azar. A una epopeya que mostrará su verdadero rostro, sus dudas, su coraje.
Tres mujeres trazarán el destino de Serlan, y en ellas hallará el amor, los anhelos y las fuerzas perdidas para encontrar su lugar en el mundo. Un mundo donde las luchas por el dominio territorial se recrudecen en una guerra intermitente entre civilizaciones, marcada por la fragilidad de las alianzas.
La leyenda vuelve a ser escrita a golpe de acero y fuego.
Se hace extraño publicar. Está claro que es una gran suerte. Aunque a veces recuerdo a Punset que decía que la felicidad se encuentra en la antesala. Quién sabe, hasta Punset puede equivocarse.
La portada es de carácter simbólico, más emocional que descriptiva. Entre otras razones, se pensó en seguir este camino porque no sabíamos qué destacar por encima del resto.
Creo que el diseño de la portada cumple su función: ser una señal que a la vez genera una pregunta, ¿qué hay detrás de ese sol que emerge, de esa ciudad sobrevolada por golondrinas? No es una de aquellas portadas espectaculares, cuyas imágenes te deslumbran. Pero en cambio, si la ves pasar dos veces… A mí me encanta, creo que Mr. Prieto ha hecho un trabajo fino.
En muy poco tiempo, las respuestas estarán al alcance de un par de clicks. El ebook de la editorial AJEC ya está en las nubes.
Ya está a la venta el ebook de Antigua Vamurta en Ficcion Books, el nuevo portal de libros electrónicos de grupo AJEC. Para acceder, hay que pinchar en el siguiente enlace:
http://www.ficcionbooks.com/index.php?main_page=product_info&cPath=13_40&products_id=112
El libro sale a un precio plausible, por el momento. Ya veremos qué sucede en el futuro con esos 3,95 euros (también en dólares y libras).
La presentación del libro es absolutamente espartana. Sólo texto, sin imágenes, sin arabescos. Con un cuerpo de letra grande para facilitar su lectura en pantalla. Esto se ha hecho así para que el archivo pese lo menos posible.
Y hablando de archivos, al bajártelo te lo dan en dos opciones: pdf, que lo tenemos todos, y en ePub, cuyo programa es gratuito en Internet. OS RECOMIENDO descargar el programa gratuito para leer la novela en ePUB, es una maravilla este programa.
Antigua Vamurta se encuadra en la colección “Excálibur Fantástica” de la editorial, la mejor fantasía épica en castellano.
Y ahora que está a la venta, empiezan mis miedos. Ya diréis los que optéis por compraros el libro. Si estoy en disposición de pedir algo, pediría opiniones sinceras. Estoy seguro de que habrá cosas que os gustarán y otras no.
Diciendo lo que pensáis me haríais un gran favor, mejorar.
Gracias a todos,
Igor.
Saludos (que conste que intento no dar la paliza en la entrevista, ¡¡¡¡eehhhh!!)
http://sobreliteraturafantastica.blogspot.com/2011/07/antigua-vamurta-de-igor-kutuzov.html
Felicidades por los éxitos que estás recogiendo;):):p:D
Ciudades. En realidad, una ciudad de fantasía es una urbe que no existe. Y, en cambio, a través de la literatura fantástica, la piedra que no existe puede llegar a tocarse. La función de estas ciudades es dar un hogar a personas que no existen, y otra vez, personajes como Aragon, el mago Ged, el Vizconde Demediado o John Nieve pueden llegar a tener más sitio en nuestras vidas que aquel amigo de la adolescencia, real, que hace años que no has visto. De fantasmas va esto.
En cuanto a los tipos, me atrevería a decir que se pueden dividir en tres categorías: los burgos de corte realista, las bellas, imaginativas pero poco creíbles ciudades de pura fantasía, y las que son un punto medio entre las dos, que son mayoría y conforman los núcleos urbanos de Canción de Hielo y Fuego, Señor de los Anillos, Terramar, etc.
Las que figuran en sagas como Dragonlance no me interesan mucho, pues jamás soy capaz de concebirlas. Existen sin hierro, existen sin campos, existen sin peones ni artesanos, son como esas bolas de cristal que sacudes y levantan tempestades de nieve, tan bellas como futiles.
En la novela fantástica Antigua Vamurta he usado del primer y el tercer grupo. ¿En qué me he basado? Pues prácticamente sin darme cuenta he trazado las ciudades del libro buceando en la historia y mezclando elementos de distintas civilizaciones y épocas sin muchos reparos. Ahí hay restos de las poleis griegas, de Roma, del románico, de la arquitectura mozárabe, del gótico, de la Barcelona hispanoromana (cuando el Imperio se desplomaba lentamente) e incluso hay préstamos del Renacimiento.
En un relato largo que próximamente subiré al blog, Taonos, las ciudades del norte salvaje de Vamurta son de corte íbero, recordando los restos de Ullestret (Girona) y otros asentamientos.
Tanto la civilización de los hombres grises como la de los rojos se cimentan en ciudades de corte realista, como lo es la ciudad de Vamurta. Las ciudades de los murrianos también, pero basadas en los núcleos dispersos de los espartanos. Por contra, las civilizaciones de sufones y vesclanos cuentan con ciudades de fantasía del tercer grupo, basadas en la verosimilitud pero con toques fantásticos. Así, las urbes de los sufones recuerdan los templos de la antigua Mesopotamia pero a lo bestia, magnificados, y las de los vesclanos tiene un puntito de fortalezas de los enanos del Señor de los Anillos, pues son ciudades semienterradas.
(ilustraciones en el blog)
Para crearlas, basta con agitar los recuerdos. La ciudad de fantasía es una construcción mental de todo lo leído, visto e imaginado. Una sopa de piedras con ingredientes propios y ajenos.
Y en el libro las ciudades cumplen la función narrativa de ser la expresión de los pueblos o de los gobernantes que las habitan. Así, Vamurta es la representación del poder absoluto encarnado por Ermesenda. Sus enormes teatros, su esplendor, es el de la condesa, la fuerza de sus murallas y palacios también. Por contra, las urbes de las colonias (aparecen a partir de la segunda parte del libro) son conglomerados urbanos más improvisados, pero también más alegres, en sintonía con las mayores libertades de sus habitantes.
«La noche había llevado paz y reposo a las calles, vacías bajo un firmamento resplandeciente. Cerca de la brecha se veían puntos de luz palpitantes, las hogueras que habían encendido los defensores para combatir sus temores de aquella noche sin nubes y dar luz ante posibles incursiones. Ermesenda observaba, triste, aquel mundo que se había levantado con los esfuerzos de muchas generaciones de hombres grises. Miró a los tejados de los templos, a los que acudían los hombres a drenar sus culpas, el Gran Teatro donde era agasajada por su nobleza mientras las damas miraban de reojo las piedras que lucían en su escote, las avenidas que cruzaban la ciudad como grandes ríos secos entre la cuadrícula rota de las callejuelas, las mismas avenidas por las que había paseado del brazo del conde bajo las sombras de tilos y limoneros... Un viento áspero atravesó la noche, silbando entre las rendijas de las ventanas, golpeando su frente levantada. Se retiró al interior del salón, al calor de los grandes tapices que cubrían la piedra. Se sentó, un poco cansada, en su silla de tiras de cuero. Hizo llamar a Ulam otra vez, quien tan bien la había servido.» Antigua Vamurta. Capítulo V.
La colmena-fortaleza de Orcómeno, de un nuevo tipo, materializa el nuevo poder de los murrianos. Y otras ciudades que no menciono, tienen una concordancia con el espíritu de las gentes que las habitan. Dicen que los luteranos construyeron con grandes ventanales para mostrar que no tenían nada que esconder. Pureza de vida pública y privada. Es posible que el clima horrible de esos países también fuera otra razón. Pero algo hay de idas y venidas entre civilizaciones y arquitectura, como lo es en el caso de los árabes y la sobriedad de sus fachadas que contrasta con la exuberancia de sus espacios interiores y jardines.
Imaginar los trazados urbanos, los distintos barrios y plazoletas, las callejuelas y su música y perfumes, la silueta de puertos y atarazanas es un goce. Plasmarlo en papel ya no produce tanto placer. Todo esto, ¿para qué? En “comentarios” del post de Los Pueblos del Mar, Eva Magallanes lo expresa mejor que yo. Dice: «ya voy comprendiendo el desafío... se trata de fundar un mundo completo, con su historia incluida, tan real que se soslaye la ficción, escrita como si, precisamente, de historia se tratase tan ficticia como la literatura ¿verdad?... me parece sumamente atractiva esa propuesta, ambiciosa». Me sorprendió, es exactamente eso. La inconscienda puede con cualquier dificultad.
Lamento este retraso en la publicación de la novela, prevista para el 26 de septiembre. Problemas con la imprenta, me dice el editor de Ajec.
Así, para el lunes 03 de octubre, en las librerías ya debería estar el libro. De todos modos, ya daré cuenta de los puntos de venta cuando salga.
Antigua Vamurta está estructurada en 29 capítulos que ocupan, en libro, 374 páginas. Aquí, tenéis un avance de la novela, para saber de antemano que tipo de manjar os espera.
Debo reconocer, y así ya me lo han comentado, que el primer capítulo es un tanto duro y espeso. Bueno, se requiere un esfuerzo para entrar en este portal de fantasía, amor y aventuras. Necesitaba empezar a contar la historia desde una pequeña atalaya que divisara los campos sembrados que rodean la ciudad, decir algo de los hombres grises y la tragedia que se cierne sobre ellos.
¿Qué más? Ah, sí. No hay book tráiler (otro anglicismo, ¡ñec!). Le estuve dando vueltas, trabajé en ello. Pero con los medios a mi alcance, nada de lo que ideaba me satisfacía, así que opté por no hacer nada, como el que dibuja una casa con tiza, en el suelo, y después no la construye.
Tampoco hay mapas. Bueno, excepto los de trabajo. La edición es un tanto austera, a mí me gusta así, texto con texto. Aunque también es cierto que tampoco supe crear imágenes con la suficiente calidad para la edición en papel.
Quedan 10 días, algunas horas, algunos segundos. Mañana serán 09 días… 3 de octubre, si no hay más sorpresas.
Bueno, está en casi todas las ciudades. En pequeñas y grandes librerías, también en Casa del Libro y en (que sepa) todos los Corte Inglés.
Dejo la portada completa, que es chula. Saludos.
Y espero entretener a los que lean el libro, esa siempre ha sido la intención.
Durante estos días se ha publicado reseñas, entrevistas y muchas otras cosas más sobre Vamurta.
http://www.grupoajec.es/novedades-ci...murta_171.html
En el blog, empezando a subir el largo viaje hasta Taonos. Aajjjj.
Gracias por compartirla.
Un abrazo.
Bueno para empezar mi mas sincera y envidiosa enhorabuena, envidiosa si, por que no puedo llegar a imaginarme el día en que pueda acercarme a escribir algo con un nivel ni remotamente parecido.
Por último, si llegas a leer este mensaje, solo decirte ``¿Que te piensas que estas haciendo?, a escribir, a escribir, a ...´´ queremos esa segunda parte, ya.
Espero que no te lo tomes a mal, se me ha ido la olla.
Felicidades
Nairda1999 y Esperanza Aparicio Sanche. Muchas gracias por los comentarios y el apoyo. Lo estoy aplicando. ¡Escribiendo el segundo libro de Vamurta!!!
Dejo el principio del IVº Relato de Vamurta, con independencia del libro publicado y el segundo y último en preparación.
Decir que en Amazon España y Amazon el precio de los ebooks es, desde hace un par de días, muy, muy asequible. En lo personal, estoy muy contento con esos precios.
Arranque de Taonos, ya subida al blog con todos sus capítulos:
—Amor… ¿Cuándo?
—Antes del crepúsculo —contestó, sin dejar de mirar por la ventana.
—¿Por qué no estás contento? Jamás un noble de bajo rango había asumido tanto honor.
—Se oyen rumores y los martillos de los herreros arden. Se habla del norte, otra vez, de esas tierras malditas.
El semblante de la mujer se transmutó, como si algo se hubiera roto en su interior. Se llevó la mano a su gran barriga, hasta percibir la vida que en ella crecía. El joven señor que, antes del anochecer, iba a ser nombrado veguer de la Marca Sur, la miraba con extraña seriedad hasta que su boca se relajó, esbozando una tenue sonrisa. Se alejó de la estrecha ventana ojival y se acercó hasta ella. Palpó la piel que escondía su primer vástago, y luego la abrazó, besándola en el cuello.
—Un gran honor por toda la sangre que he derramado. Y tras mi nombramiento, los iguales nos encerraremos en el Salón de Gobierno. Apuesto mi espada a que resonarán las voces de esos halcones de sed mal saciada. Más guerra.
Miró a Elisabetz, que parecía abstraída contemplando el gran tapiz de la cámara. Percibía su cuerpo caliente, rebosante. Le parecieron absurdos los deberes que requerían sus lazos de vasallaje, ahora que la paz volvía a las fronteras y en las llanuras del sur y del este se podría sembrar sin temor a que las espigas ardieran en la tarde. Divagó, aún abrazado a ella, hasta que sus ojos se posaron en un punto de la estancia principal de su palacio en la Avenida de la Victoria. Todo parecía reposar. La mesa y las sillas robustas, los arcones en los que su mujer guardaba los manteles y cuberterías de su dote, las espadas, hachas y lanzas colgadas de la pared, esperando que alguien las empuñara otra vez, el gran fuego crepitando soñoliento en la penumbra de la tarde fría de invierno. Miraba, también, la colgadura de las bailarinas de Sira, cogidas de la mano, como si en su corrillo quisieran rodar y rodar hasta emerger de los tejidos que las atrapaban. Se separó de su mujer con cuidado.
—Que el precio a pagar no sea tu vida. No hay nada en este mundo, nada, por lo que valga la pena morir. Honor, títulos, oro… Vanidad. Es la trampa para los que se creen muy poderosos —dijo Elisabetz.
—Mañana despertaré siendo uno de los muy poderosos, gran veguer de la Marca Sur —contestó, sonriendo—. Y déjame pensar… Existe un jardín por el que sí daría mi vida, aunque a veces sus tallos parecen estremecerse si mis pasos se alejan demasiado.
Elisabetz rió, removiendo la quietud de la tarde.
—Ve, trata con esos hombres cuyos corazones no conocen el sosiego.
Descolgó su mejor espada, limpia de los adornos que tanto le molestaban. Antes de abandonar el comedor, la miró con ternura y la dejó con el chisporrotear de los troncos como única compañía.
Su hermano pequeño y los dos guardias aguardaron hasta que el Conde, bajo las altas bóvedas del Salón de Gobierno, lo invistió como nuevo gobernador, ante las miradas inexpresivas de la corte, que veían con cierto desagrado como un pequeño vizconde ascendía en el escalafón nobiliario, olvidando que las artes de aquel joven soldado habían evitado que buena parte de sus tierras fueran pisoteadas por las pezuñas de las bestias. Notó el peso del cetro sobre sus hombros, a la vez que las palabras mucho tiempo atrás escritas, eran pronunciadas de nuevo para otorgarle poderes y tierras.
—Aquí. Aquí debe llegar nuestro brazo y abrir el paso de Hamamel. Una vez esta puerta sea abierta, los hombres grises podrán alcanzar los mares occidentales y alargar su mirada a un mundo, que hasta hoy, ha permanecido velado. Los mercaderes de Vamurta abrirán sus ojos y en ellos refulgirá el oro.
Los deseos del Conde no sorprendieron a nadie, pues los nobles y oficiales reunidos alrededor de la mesa, sospechaban las intenciones del primero de ellos y de su hermano. La joven Condesa, permanecía inusualmente callada, detrás de su marido.
—Señor, los padres de nuestros padres intentaron tomar el paso y establecer un asentamiento fortificado cerca de las gargantas. No volvió ninguno —apuntó Erdit, el gobernador de la Marca Norte.
—Las Gargantas del Diablo…—recordó el Conde—. Tribus de montañeses, nada más. ¿Los teméis, Erdit?
—Temo perder el favor de mi señor. Por eso os aviso, para evitar los males de un lugar donde nuestros dioses no han llegado.
—Gobernador, esas son historias del pueblo para evitar la verdad —respondió el hermano menor del Conde—. La verdad es que los nuestros fueron emboscados y masacrados por un hatajo de bárbaros que habitan en los bosques, que no reconocen nuestro dominio, nuestra civilización. Nada más, no hay hechos mágicos en una trampa.
Erdit, que no contaba con el favor de Ermesenda, la Condesa, ni con la aprobación de parte de los miembros del Consejo, guardó silencio, y con él se acallaron las voces de la memoria. Los jóvenes tomaban la iniciativa.