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Algo de la vida

juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
editado noviembre 2011 en Narrativa
Ahora me encontré con el ”zambo” Galli, pasaba en su auto, yo salía del banco. Un auto se detuvo, me asusté, pensé que me querían atracar. Asomó por la ventana una cara conocida sonriente.

-¡Compadre!
-¡Zambo!

El auto lentamente se pegó mas al sardinel, me acerqué. Un fuerte apretón de manos.

-Hola Compadre ¿que ha sido de tu vida? ¿Cuántos años sin verte?
-Aquí zambito, sigo en la misma empresa, me casé. Son más o menos quince años, desde aquellos años de “Universo”.

El zambo se queda como mirando el cielo a la distancia. Algunas canas asomaban en su cabello crespo. Recuerdo aquellos años en los que jugábamos pelota y siempre campeonamos. El zambo jugaba como los dioses. Yo siempre iba al arco o iba a la defensa.

-Hace dieciséis años compadre-me dice el zambo saliendo de su ensoñación-como ha pasado el tiempo. ¿Le sigues escribiendo poemas a las mozas en los restaurantes?

Sonrío, pienso en aquellos años, años juveniles, primeros años laborales.

-Ya no, desde que me casé deje de hacer locuras-le contesto- ¿Y tú? ¿En qué andas?
-Aquí compadre, tengo un restaurante y estoy en camino de abrir otro. Con ayuda de mi esposa, mi Madre y el “de arriba”.
-¿Restaurante? –pregunto asombrado.
-Si compadre, cambié de giro. Dejé las computadoras, los gritos destemplados y toda esa vaina. Ahora soy el dueño del restaurante “raíces negras”.
-¿”raíces negras”? –pregunto sonriendo.
-Si compadre y me va de lo mejor.
-No me invitaste, carajo, cualquiera invita a los amigos. ¿Dónde queda?

El zambo busca en su billetera y me saca una tarjeta, apunta un teléfono.

-Toma compadre, búscame este viernes. Te invito el almuerzo solo esta vez, yo no lo administro. Lo administra mi mujer y tú sabes que: “donde manda capitán no manda marinero”.

Veo la tarjeta, está la dirección, un perolito pintado. Con letras grandes, “Patricia Magallanes Administradora".

-Zambo ¿Te casaste con Patty?
-Pa’ que veas compadre, me hizo sufrir pero me casé con ella.
-Ya zambo, antes de ir te llamo para que me esperes.

Nos damos nuevamente la mano, el zambo arranca su auto y se marcha.

Roberto Galli, el “zambo”. Lo conocí en mi primer trabajo, aun estaba en la universidad. Gracias a una “tarjetita” de mi padrino de bautizo conseguí una plaza como practicante en una empresa del estado. Recuerdo el primer día de trabajo, con mi único terno (terno que usaba para los velorios, bodas y cualquier evento “serio”), mi camisa blanca impecable, una corbata de mi padre y una cara indescriptible de cojudo. Sentado en la recepción de aquella oficina.

Adentro de aquel lugar se escuchaban gritos, risas y como música de fondo una lambada. El baile que estaba de moda en aquella época. La gente entraba y salía, todos con ropa muy informal.

Estuve sentado algo de dos horas en esa recepción ya no sabía ni como sentarme. La señora de la recepción me había dicho:”no está el señor Odicio, apenas llegue lo presento para que le indique su trabajo”. El “señor Odicio” era el jefe de aquel lugar que parecía cualquier cosa, menos un lugar de desarrollo de sistemas.

Llegó el susodicho, sin mirar a nadie, entró a su oficina. La señora de recepción, me mira, automáticamente toma el teléfono, cuchichea algo. Me dice: “señor puede pasar”. Aun no me acostumbraba mucho a que me digan “señor”, me levanté y me dirigí a la oficina del jefe.

Me quedé parado frente a su escritorio.

El jefe estaba mirando un monitor aparentemente distraído.

-Siéntate muchacho-me dijo con familiaridad.

Tomé asiento, observaba atentamente lo que hacía. Se quitó los anteojos y se puso otros. De una gaveta sacó una carpeta y la leyó atentamente por un momento.

-Bueno-dijo-¿Qué sabes hacer?
-Se programar señor…
-Correcto, eres programador.
-Así es.

El jefe cogió el teléfono marcó- Hola, dile a Galli que venga.

Por un breve momento nos quedamos en silencio, el jefe miraba con atención la pantalla. Al parecer había algo muy importante dentro de ella que hacía que mi presencia no sea considerada en aquella oficina.

Apareció el zambo, que ni siquiera me miró.

-Si señor-dijo el zambo.
-Hola Galli, este joven es nuestro nuevo practicante. Queda a tu cargo, tú eres el responsable de sus aciertos y errores. Sé que estas complicado con el proceso de la planilla. A ver pruébalo y vemos si es que se aclimata.

El zambo, me miró un momento. Me sentía incomodo. Que hablen de mí como un “recurso” me jodía un poco. Bastante, mejor dicho.

-Está bien señor, ¿que ocupe el lugar del anterior practicante?
-Si, dale quehacer.

El zambo me miró, no en forma condescendiente sino como quien ve a un niño de seis años. Me hizo un gesto con la mano y me dijo: Sígueme.
Entramos raudos a aquella zona poblada de escritorios, gente conversando y computadoras. La gente me miraba con extrañeza. El único galifardo en saco y corbata era yo.

-Este es tu escritorio y esta tu terminal-me dijo el zambo- Voy a solicitar que te den un usuario y una contraseña, mientras tanto te voy a alcanzar unos listados para que los revises y encuentres errores de lógica.

-Está bien –respondí.

Me quité el saco y revise el primer listado, en la universidad estaba acostumbrado a revisar hojas de hojas de programación. Aquí sentía que eso era más sencillo. Fui haciendo un diagrama de secuencias y diagramando la lógica de aquel engendro de la programación. Hice el diagrama, cruce algunas condiciones lógicas y encontré varias inconsistencias. Marqué con un lápiz los errores y a un costado las correcciones.

Revisé el siguiente y el siguiente. Llegó la hora de almuerzo, había terminado. Salí a almorzar.

Regresé y me encontré con el zambo en la entrada a la oficina.

-Señor Galli, ya terminé.
-¿Ya terminaste qué?
-La revisión de los listados, encontré varios errores. Algunos graves.

El zambo no me decía nada, caminaba conmigo en silencio, llegamos a los escritorios.

-¿A ver?-inquirió incrédulo.

Saqué aquellos papeles y se los fui mostrando y justificando mis correcciones.
El zambo escuchaba atento. Cuando terminé me preguntó:

-¿Puedes implementar esto ahora?

-Si señor…

El zambo con el rostro contrariado, me mira a los ojos.

-Compadre, mi nombre es Roberto Gali, se escribe Galli y se pronuncia Gali.

No me digas señor, el señor esta en los cielos. Dime Roberto, para mis amigos soy simplemente el zambo.

-Está bien Roberto.

Me llevó a su escritorio, ingresó a la red me habilitó el acceso a aquellos programas. Hice las modificaciones, preparé todo. Estuve dos horas haciendo cambios, aprendí a hacer pruebas y ajustamos algunas cosas. Pasamos a producción aquel mismo día dos programas urgentes. Al culminar el día y despedirnos el zambo con me miró con cara de satisfacción y me dijo: Es la primera vez que veo un “marciano”.

Me reí de buena gana y pregunté-¿Por qué?

-Hasta ahora ningún practicante se aclimató tan rápido.

Comentarios

  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado octubre 2011
    Traté de asimilar el elogio. Siempre me dijeron que los halagos se deben valorar en el tiempo no en el momento.

    -Lo que pasa es que me agrada programar.
    -Bueno bienvenido, mañana debes tener tu usuario y contraseña.

    Así fue como conocí al zambo Roberto Galli, gran profesional y gran amigo. Mi práctica duró tres meses. El jefe me promocionó a programador junior en planilla. En opinión del zambo, yo no estaba para junior sino para senior pero por circunstancias que no vienen al caso mencionar me incluyeron con ese cargo en aquella entidad pública.

    El zambo era dos años mayor que yo, ya se había graduado, al igual que yo ingresó como practicante y el jefe lo promocionó. Éramos de universidades estatales, me enseñó lo que es la lealtad en el trabajo. Cosa difícil, muy difícil creo yo.

    Nuestras principales distracciones eran salir a jugar “fulbito” e ir a tomar a una cantina cerca de ahí. Siempre los viernes. A veces íbamos con el jefe y otros más.

    Hablar del jefe haría que me extienda innecesariamente, aquel jefe creo que lo merece. Pero ustedes no lo soportarían. La primera vez que lo vi me causo desazón, tenía cara de enfado o de molestia. Quizás era su fachada, era su presentación con los extraños. Sus sesenta años le quedaban bien, era un tipo que cuando hablaba todos callaban. Cuando tomaba con nosotros; contaba historias de zorros que discutían con pumas, de zorrillos trabajadores, de cóndores soplones, de osos ladrones y de mujeres hermosas en medio de la puna que enloquecían a los hombres. Era ayacuchano, hablaba un quechua que parecía que explotaba en sus labios y lo hablaba con orgullo. Con él aprendí que: “supay pa guagua” quiere decir hijo del diablo y otras expresiones más.

    No me quise extender pero lo hice, esta es la historia del zambo Roberto Galli así que continuemos.

    Aquellos años me sentí adulto, era feliz, tenía una cuenta bancaria. Empecé a ahorrar, quería un auto. Salía con varias chicas a la vez. En la universidad, antes hacia durar una cerveza tres horas, ahora compraba una docena sin ningún inconveniente.

    Pero lo bueno no es eterno y menos en una entidad pública

    Un nuevo gobernante ocupó la presidencia del país e hizo lo usual y por todos aplaudido. La “racionalización del sector público”, todos los empleados con menos de tres años de servicio quedaban cesados. Así que fui a parar a la calle como muchos.

    Me despedí, le di el teléfono de mi casa, el no tenía. Por aquellos años aun no existían celulares.

    Me dedique a estudiar y a leer, pero me aburría terriblemente. Quería acción, adrenalina, gritos, recriminaciones. Solo tenía el silencio de mi casa, aquellas chicas con las que salía, ahora solo me miraban de reojo. Nada podía ofrecer, solo “el placer de mi compañía”, así aprendí que mi compañía no era suficiente en algunos casos.
    Me deprimí, no por la soledad, sino por estar sin trabajo.

    Pasaron nueve meses, una noche regresando de la universidad. Encontré una nota de mi Madre: “te llamó un señor Gali, búscalo en esta dirección mañana a las ocho de la mañana”.

    ¿Qué quería el zambo?

    Asistí puntual a la cita, era una oficina en un edificio de la Lima antigua. Entré, pregunté por el señor Galli, me señalaron un privado, la puerta estaba abierta. Y pasé.

    El zambo estaba sentado, escribiendo no se qué. Me vio y nos saludamos, lo raro era que estaba con saco y corbata. Nunca lo había visto con esa indumentaria. Me pregunta: ¿Quieres trabajar conmigo?

    Continuaremos luego
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado octubre 2011
    Ah, que chévere historia, la cuentas muy bien;):p:)
  • KleineKleine Pedro Abad s.XII
    editado octubre 2011
    si, es un cuento visual...
  • claudineclaudine Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado octubre 2011
    Me encantan los relatos presentes cargados de añoranzas y recuerdos pasados.
    Tienes retórica para escribir un libro y yo bien gustosa que lo leería.

    Por cierto, me gustó el principio, cuando él creía que lo iban a atracar, me ha hecho gracia porque a mí me dan esos pálpitos infundados a veces.

    Un abrazo, Juancho.
  • Ignatius ReillyIgnatius Reilly Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado octubre 2011
    Macho , que forma de crear ambiente ,te felicito y me quedo esperando más.
    Un saludo
  • SinrimaSinrima Miguel de Cervantes s.XVII
    editado noviembre 2011
    Juancho, como todo lo que escribes, lo leo con agrado y sonrisas.Tu estilo ágil, coloquial, salpicando las descripciones con diálogos muy amenos, hacen de ti un escritor de fácil lectura, sin caer en la banalidad del argumento.En tus escritos palpita el alma de la sociedad de una época concreta.Me gusta mucho tu forma de narrar.

    Un abrazo.
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado noviembre 2011
    amparo bonilla escribió : »
    Ah, que chévere historia, la cuentas muy bien;):p:)

    Gracias Amparito.
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado noviembre 2011
    Kleine escribió : »
    si, es un cuento visual...


    Hola Kleine

    Gracias por detenerte a leer.

    Saludos
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado noviembre 2011
    claudine escribió : »
    Me encantan los relatos presentes cargados de añoranzas y recuerdos pasados.
    Tienes retórica para escribir un libro y yo bien gustosa que lo leería.

    Por cierto, me gustó el principio, cuando él creía que lo iban a atracar, me ha hecho gracia porque a mí me dan esos pálpitos infundados a veces.

    Un abrazo, Juancho.

    Gracias Claudine

    tus palabras son muy generosas.

    Un abrazo
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado noviembre 2011
    Ignatius Reilly escribió : »
    Macho , que forma de crear ambiente ,te felicito y me quedo esperando más.
    Un saludo


    Gracias Ignatius

    Eres muy generoso
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado noviembre 2011
    Sinrima escribió : »
    Juancho, como todo lo que escribes, lo leo con agrado y sonrisas.Tu estilo ágil, coloquial, salpicando las descripciones con diálogos muy amenos, hacen de ti un escritor de fácil lectura, sin caer en la banalidad del argumento.En tus escritos palpita el alma de la sociedad de una época concreta.Me gusta mucho tu forma de narrar.

    Un abrazo.

    Sinrima

    Siempre es un honor tenerte comentando algo que escribo.

    Tu en cuatro lineas, emocionas al mas frio lector.

    Muchas gracias.

    Un abrazo igualmente.
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado noviembre 2011
    Sonreí.

    -Claro que me interesa trabajar. ¿De qué se trata?

    El zambo se acomoda en el sillón, veo en él un entusiasmo diferente, su rostro parece que brilla en esa oficina antigua del centro de Lima.

    -Estoy a cargo del área de sistemas de una distribuidora de medicinas con cobertura a nivel nacional. Necesito un segundo, alguien que me cubra las espaldas.
    -Está bien-respondí- ¿Cómo es?

    “¿Cómo es?”, famosa pregunta muy usada en mi país, usada por policías, jueces, funcionarios y todo aquel que espera sacar provecho de una determinada situación.

    El zambo me mira, comprende que a pesar de ser amigos, hay dinero de por medio. Hay gente que mata por dinero. Hay algunos que odian a sus hermanos por dinero. En este caso solo es una formalidad, muy necesaria.

    -Claro compadre, te entiendo, vas a ganar el doble de lo que ganabas antes. Y luego de un año cobrarás utilidades.
    -¿Cuándo empezamos?

    El zambo me explicó aquella mañana las peripecias que pasó luego de mi despido. Haciéndose cargo de toda la planilla de aquella entidad estatal. El nuevo gobierno, vino con nuevos empleados, con nuevos jefes y nuevas necesidades. Lo usual en las entidades del estado. Decidió irse y renunció.

    Un profesor suyo había sido nombrado gerente en la distribuidora “Universo”, aquel gerente lo buscó y le propuso hacerse cargo de los sistemas de aquella empresa. En realidad, la distribuidora no tenía oficina de sistemas y el trabajo era crear una.

    Con aquellas novedades, mis días tristes de aquella época habían terminado. Me agradaba mi trabajo, empezar de cero, sin tener que corregir nada. Todo era creación del zambo y mía.

    En tres meses todo estaba controlado, aquella empresa tenía una oficina de sistemas. La gerencia me envió a otros lugares; al norte, al sur, a la sierra y a la selva. Fue una época maravillosa para mí, siempre lo nuevo es maravilloso. Conocer otros lugares, buscar algo de tus raíces.

    Jugábamos “fulbito” los viernes, partidos memorables con equipos de barrio de aquella zona de Lima, apostábamos fuerte. Se jugaba con mucha fuerza, nunca había pateado a alguien “de mala fe” o “mala leche” como dicen. Me costó aprender a jugar así. Poner una pierna dura al momento de un choque, para que el contrario salga volando. Luego estar atento para evitar que otro haga lo mismo contigo.

    ¿Quién me enseño esas artes?

    El zambo Roberto Galli.

    Llegó el aniversario de aquella empresa. Hubo una gran fiesta, comida, cerveza y harto baile.

    Por aquella época, había decidido por voluntad propia no tomar nada en serio en cuanto a lo sentimental. Todos era “affaire” o mejor dicho en la jerga local “choque y fuga”. No engañando a nadie, no quería hacerlo y si alguna chica planteaba las cosas en forma diferente. Salía rápidamente de aquel planteamiento.

    Por eso en aquella fiesta simplemente bebía, conversaba con la gente y pasaba el rato. Mi amigo, el zambo estaba sumergido en un baile con una dama hermosa. Se lucía bailando, la salsa y el vals con aquella dama. Yo seguí en lo mío, dando vueltas por aquel lugar.

    Sería las tres de la mañana. Ya estaba para retirarme a mi casa, y me dijeron: Tu jefe está mal. Fui rápidamente donde me dijeron que estaba. El escenario era lamentable, al parecer el zambo no midió bien donde se iba sentar, había caído y se había golpeado malamente un brazo. Aparte de ello estaba bastante bebido.

    -¿Qué paso? –le pregunté.
    -Nada compadre, así es cuando uno está zampado...

    Le ayudé a levantarse, salimos. Pensé en embarcarlo en un taxi, pero viendo el estado en el que estaba, decidí llevarlo a su casa. Le pregunté su dirección, me dio los datos. Tomé el taxi.

    Llegamos, era en el corazón de los “Barrios Altos”.

    Los “Barrios Altos” es una zona de la Lima antigua, casas vetustas. Gente alegre, jaranera, bastante gente de origen negro. Gente buena, pero también de la otra.

    ¿Quién es Dios, para saber quién es bueno o malo?

    Llegamos, el taxista cobró y se marchó. Actitud comprensible para la hora, casi las cuatro de la mañana. Le pedí las llaves al zambo que estaba completamente ebrio. Se golpeó los bolsillos, hubo un ruido metálico saco las llaves. Me las alcanzó.

    Abrí la puerta, ubiqué al zambo en un sofá. Cuando iba salir y jugarme el riesgo de caminar a esa hora por aquellas calles una voz femenina me detuvo: Quédese a dormir joven.

    Era una señora morena en una bata de dormir. El zambo roncaba en el sofá, la señora me indicó un sillón. Al momento me alcanzó una manta. Me acomodé como pude y me dormí.

    “A la mañana siguiente”, así dicen los cuentos que le leo a mi hija para dormir. Me desperté a las siete de la mañana. La señora que me había pedido que me quede, me observaba sentada desde el comedor contiguo.

    -Buenos días joven –me saludó.
    -Señora buenos días-contesté- gracias por el hospedaje.

    Tomé la manta, la doblé y la coloqué a un costado del sillón. La señora presurosa me acercó una taza de café.

    -Sírvase joven.
    -Muchas gracias. ¿Dónde está Roberto?
    -Aun duerme, hace un rato se fue a su cama. ¿Desea más café?
    -Gracias señora, pero ya me tengo que ir. Espero no haberla incomodado.

    La señora me mira con complacencia. Se acerca hacia mí y me habla con familiaridad.

    -Joven gracias por traer a mi Beto, a esa hora ningún taxi quiere venir por acá. Más bien es un gusto saber que tiene buenos amigos…

    Mientras la señora habla voy mirando el lugar donde vive mi amigo, distingo un cuadro de tamaño mediano, la foto de un presidente de mi país, de pie en un auto descubierto. Esta saludando sonriente, es extraño que la señora tenga la foto de aquel presidente.

    Usualmente uno ve retratos familiares y adornos ¿Pero un presidente?. Al costado del presidente un señor de cabello claro, con una seriedad tétrica, conduce el auto. Su cara se me hace conocida, lo veo con detenimiento.

    La señora se percata e interrumpe su letanía.

    -Es el papa de mi Beto-dice la señora.
    -Con razón, se parecen bastante. Esa foto es de hace treinta años por lo menos.

    La señora, guarda silencio por un momento.

    -Es de antes de conocernos, el trabajaba para seguridad del estado. Lo conocí nos casamos, compró esta casa. Lamentablemente murió hace quince años en un atentado terrorista en la sierra, me dejó con mi Beto y mi princesa.
    -Qué pena señora…

    El zambo nunca me habló de su padre, es más cuando yo hacía referencia al tema. El lo evitaba.

    Escucho ruido en el interior de la casa, y veo al zambo que sale con una toalla al hombro y la cara lavada, se acerca a su Madre y la besa en la frente. Luego me saluda con la izquierda.
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado noviembre 2011
    -¿Qué te pasó en el brazo?-pregunta la señora.
    -Me caí y me golpee. Voy al médico en un rato. Me duele solo cuando lo muevo. No es nada estaré bien -responde el zambo.
    -Me tengo que ir, gracias señora por el café.

    El zambo cambia de postura.

    -Quédate a almorzar-me dice.
    -Si joven quédese a almorzar-refuerza la señora.

    Sonrió y acepto, me hacen sentar en la mesa, me tomo otra taza de café.

    Conversamos de cosas del trabajo, la señora se ríe con nosotros de nuestras ocurrencias. Terminado aquel desayuno el zambo me pide que lo acompañe a una clínica para ver su brazo. Salimos de aquella pequeña casa.

    La mañana soleada del sábado, en “Barrios Altos”. Niños jugando en la calle, gente que de lejos grita: “¡habla Beto!”. El zambo levanta el brazo izquierdo en señal de saludo. Es indudable que es conocido en toda la zona.

    Vamos a la clínica, es atendido. Felizmente no hay fractura solo golpe, le recetan pastillas y una crema. Ya de regreso, el zambo me propone un previo con dos cebiches y un par cervezas para “cortar”.

    Acepto.

    Vamos a un “huarique” por La Victoria. Pedimos y nos sentamos a esperar que nos traigan el pedido.

    -No sabía que tu Padre había muerto.
    -No es verdad, esa es la historia oficial que mi Madre le cuenta a todos los que van a mi casa.

    Me quedo sorprendido, no pido detalles. Miro a otro lado, mientras el zambo se acomoda en la mesa. Y continúa.

    -Mi Madre, siempre vivió en los Barrios Altos, mi abuela materna tenía un puesto de comida en el mercado. Ahí vendía comida, cerca hay una dependencia de la policía. Mi Padre la enamoró, no se casó con ella. Le dijo que no podía porque su esposa no le concedía el divorcio. Todo fue mentira. Hace quince años el se separó definitivamente de ella.

    -¿Cómo te enteraste? –le pregunto.
    -Hace cuatro años, en esa época tuve acceso al registro nacional de identidad, encontré el nombre de mi Padre, su foto y donde vive. Luego de eso averigüe algunas cosas por mi cuenta. Por mucho tiempo le creí esa historia a mi Madre. Creo que hasta ella cree que su invención es una realidad.

    Llegan los cebiches, comemos en silencio. Conoces a alguien por sus amigos, por sus palabras, por sus acciones. Siento un poco de lastima por mi amigo, la vida a veces es injusta. Nadie elige a sus Padres, otro quizás hubiese condenado a su Madre y hubiese despotricado de su Padre. Pero el zambo vive esa situación desagradable de mentira con gran tranquilidad. Creo que la mentira, es cruel y dolorosa. Si tu Madre te miente, puede haber un resentimiento muy grande. No sé que abriga mi amigo, pese a su tranquilidad.

    Cambio de tema hablamos de futbol y del trabajo. Hasta que desembocamos en la última noche y el baile con aquella dama.

    -¿Cómo te fue con esa costilla? –Le pregunto.
    -¿Con cuál? –me replica el zambo.
    -El hembrón pues, con el que estuviste bailando toda la noche…
    -Ahh, ella. Es hija del dueño de la empresa. Es raro no sé porque me persigue.

    Me pareció extraña la falta de modestia de mi amigo. Lo miré sin decir palabra.

    -Esa costilla me persigue, ya he salido dos veces con ella. Hemos ido al cine en su auto, es divorciada. Tiene una hija. Yo le he dicho que tengo enamorada. Pero igual me busca, me hace bromas…
    -¡Aja! – le digo riéndome- ¿Por qué no te la brincas?

    El zambo sonríe, se sirve algo de cerveza.

    -Compadre, no quiero problemas. Me gusta el trabajo, estoy ahorrando para comprar una casa y llevar a mi Madre a otro sitio. Aparte voy a seguir una maestría.
    -Una cosa es que la brinques y otra que te cases con ella.
    -Veremos- me contesta el zambo riéndose.

    Terminamos aquel “piqueo” y regresamos a los “Barrios Altos”.
    Llegamos a la casa de mi amigo, nos espera la Madre del zambo conversando con dos damas. Ambas me miran intrigadas.

    El zambo se acerca a una de ellas y le da un cariñoso beso en la boca, saluda a la otra con familiaridad.

    -Te presento a mi hermana y a mi enamorada Patricia.

    Me acerco saludo a ambas.

    La enamorada tiene un aire de sencillez y de dulzura. Una voz muy agradable. No es de una belleza exótica ni exuberante. Viéndolo bien hasta me hubiese casado con ella sin preguntar.

    La hermana era el palpable cruce de razas, una chica con piel canela, labios grandes, alta, cabello claro algo rizado, ojos claros. Su cuerpo es un juego de asíntotas, parábolas y elipses impresionante.

    Hermosa mujer.

    La señora me pide que me siente, la hermana aparece con un azafate unos vasos y una botella de vino. Ella sirve el vino, ver a esa mujer era un deleite. Mi ánimo en esos tiempos no era para buscar algo formal. Además era la hermana de mi amigo.

    Nos servimos, conversamos. Patricia es de aquel barrio, vive a dos calles. Estudiaron juntos en la escuela y se puede decir que son enamorados de toda la vida. La hermana es menor que mi amigo.

    Era secretaria en una agencia de viajes.

    Almorzamos y conversamos algo más.

    Mis recuerdos se van haciendo difusos, debo haber idos unas cinco veces más a aquella casa por invitación expresa de la señora, todo permanecía aparentemente invariable. Alguna vez pensé cortejar a la hermana de mi amigo, honestamente me frenó el racismo de mi familia y mis propios estúpidos prejuicios.

    Trabajé en “Universo” seis años, me presenté a trabajar a una transnacional y me admitieron.

    Me alejé de mi amigo Roberto Galli, el “zambo” para sus amigos.

    Quizás mi ingratitud y desapego por esa amistad algún día me pasen la factura.

    Quince años después, voy a reunirme con mi amigo.

    Continuaremos luego.
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado noviembre 2011
    ah, podrías haberle echado el ojo a la hermana, pero bueno, a ver que más pasa;):):):p:p
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado noviembre 2011
    Llegó el día viernes, avisé en la oficina que no regresaría en la tarde.

    Busqué en la billetera aquella tarjeta. Dirección, teléfono. Carajo, es en San Isidro, los locales más caros se encuentran ahí.

    Enrumbe hacia allá.

    Los restaurantes más exclusivos en esta ciudad se caracterizan por no tener ningún letrero, una puerta muy sencilla, un señor de saco y corbata que te recibe en la puerta. Un “valet parking”, como debe de ser, que toma las llaves y se lleva el auto. Toda la parafernalia para darle la huachafería y nivel que espera un cliente que va ser desplumado amablemente.

    Mi Toyota del 2006 se veía tímido entre esos BMW y Volvo. El tipo de la puerta me pregunta por mi reservación. Le digo que estoy buscando al señor Galli. El tipo toma un teléfono, habla algo. Su rostro cambia, su semblante duro y su tono seco se transforma, me sonríe, me dice que lo siga.

    Había algo de doce mesas todas con manteles blancos impecables y varios privados, las paredes recubiertas de madera. Fotos de cantantes antiguos, de músicos famosos. En todas las mesas una botella de vino y flores naturales. Se escuchaba una melodía peruana instrumental muy agradable.

    Me abre una puerta y el zambo sentado se pone de pie y me saluda.

    -¡Compadre!
    -Hola Roberto, que gusto de verte.

    Nos abrazamos, en el fondo siento una gran admiración por aquel tipo. Recordé su casa en los “Barrios Altos”, ahora con un restaurante en una zona exclusiva de Lima.

    Una señorita bastante guapa, aparece con dos “pisco sour “. Nos sirve y se retira.

    Le conté de mi vida y las vicisitudes del trabajo en aquella transnacional, mis viajes. La tendencia a desaparecer de los desarrolladores de programas. El “software libre” como única alternativa, recordamos con nostalgia aquellas épocas en las que éramos los dueños de los sistemas. Ahora los sistemas se venden hechos.

    Me contó que nuestro primer jefe, aquel ayacuchano quechua hablante había muerto hacía cinco años. Recordamos su personalidad y su carácter, en aquel lugar donde se tenía que luchar contra el desorden endémico de la burocracia. Le mentí, le dije que no sabía de su muerte, en realidad si supe. Pero no quise ir, no quería saber de la gente y sus costumbres.

    Acabamos esos “pisco sour”, veo en mi amigo un semblante raro.

    Un semblante de paz, el rostro de alguien que está bien consigo mismo. Es raro ver eso en la gente, yo mismo no estoy en paz, siempre tengo algo que me preocupa.

    Aparece nuevamente la señorita, recoge los vasos y deja una carta.
    La tomo y la hojeo.

    -Qué bonita carta, parece una enciclopedia.

    El zambo sonríe.

    -No pidas nada de ahí, te recomiendo una carapulcra chinchana. Pero servida en plato hondo. Nada de platos cuadrados, ni con adornos. Aquí hacemos todo lo de la carta. Pero tú eres de la casa y los de la casa tienen que ser atendidos en forma especial.

    Me emociona la amabilidad de aquel hombre, a mi me cuesta muchas veces ser amable. Ser honesto, ser sincero. Me siento mal, siento que no merezco esas atenciones.

    -Gracias Roberto.

    Regresa la señorita, el zambo le explica lo que debe traer y como debe traerlo. Aparte pide una jarra grande de sangría.
    Saco un paquete de cigarros, le ofrezco uno, el acepta. Se lo enciendo y enciendo el mío.

    -¿Cómo así? –le digo, haciendo un gesto hacia todo lo que nos rodea.

    El zambo, no toma aire, lo expulsa y sale humo. Su semblante sigue siendo el de un hombre tranquilo. Quizás sienta en mis palabras algo de bronca. Nos dedicábamos a lo mismo, el cambio de rumbo y le va mejor que yo. Yo seguí en el camino profesional no me va mal, pero tampoco muy bien. Me siento mediocre.

    -Solo Dios y los imbéciles no cambian-me dice el zambo.
    -Los imbéciles se debe sentir halagados-retruco yo.

    Mi amigo se ríe, se jala las mangas de la camisa, parece que le cuesta comenzar a hablar.

    -Todo esto fue idea de mi Madre-dice el zambo-ella empezó todo.

    El zambo entierra lo que queda del cigarro, en el cenicero. Lo entierra con fuerza como si le molestara.

    Y prosigue:

    En “Universo”, me dedique a estudiar, saqué la maestría. Con Patricia aun éramos enamorados, la hija del dueño me perseguía y finalmente me alcanzó. Nos encontrábamos los viernes en la noche, tomábamos algo y luego nos íbamos a algún hotel. Regresaba a mi casa los sábados a mediodía. Lo tomé como una costumbre.

    Patricia, se puso brava. Ya no me creía las excusas, mi Madre me decía que deje de hacer tonterías. Que respete y que no pierda a mi enamorada. Patricia me dejó. En ese momento no me afectó.

    La hija del dueño, quería casarse, me ofreció ser parte de la empresa. Me ofreció muchas cosas. Sin decir nada fui cambiando mi rutina. Me llevaba a su casa, me presentó a su familia. Caras sonrientes, puertas abiertas, bienvenido.

    Esto duró un año, yo en realidad no quería casarme. Pero ya estaba enredado con la hija del dueño. No era mala persona, pero hizo algo que destruyo todo.

    -¿Qué hizo?-pregunto.

    Una vez llevé a mi Madre a una comida, en aquella casa. Fue la primera y la única vez que la llevé.

    Mi Madre es negra, mi Padre es blanco, yo salí así crespo con la piel blanca. A mi Padre casi ni lo conocí, porque casi ni lo vi.

    Mi Madre, es una persona sencilla, natural. De palabras simples y respuestas claras. La llevé y compartimos la mesa con mis potenciales suegros. En aquella comida, mi Madre casi ni habló y tampoco comió nada. Ella sentía que algo no estaba bien. Pero no me dijo nada.

    Habíamos hecho planes, oficialmente tenía que pedir su mano. Tenía los anillos, tenía la fecha. Días antes me dijo:

    -Roberto, puedes ir solo.
    -¿Por qué? – le pregunté.
    -Es que tu mamá…
    -¿Qué tiene mi mamá?
    -¿Que van a decir mis parientes? –me lo dijo en tono de queja.

    Recién me di cuenta que para esta mujer, mi Madre era impresentable con su familia. Me indigné, casi le levanto la mano. Hubiese aceptado cualquier cosa, pero que se avergüence de mi Madre, jamás. Ese día terminé con ella. Luego presenté mi renuncia, ella me lloró, me suplicó. No me importó, en realidad no la quería. Vivir con alguien que menosprecia a mi Madre, no lo hubiese soportado.

    Salí de “Universo”, me quedé solo, ella me buscó muchas veces. Pero preferí quedarme solo.

    Mi Madre, no me decía nada, me dediqué a buscar trabajo.

    Cuando estas sin trabajo, no sabes qué hacer con tanto tiempo libre. Los días se hacen largos, tienes mucho tiempo para pensar. Piensas en la gente buena que dejaste y en las maldades que hiciste. Pensaba en Patricia, en su tranquilidad y en su sencillez. Sentía que la había perdido para siempre.

    Una tarde que regresaba de una entrevista, vi en la esquina cercana a mi casa una humareda. Humareda típica de que ahí se preparaban anticuchos. Me antojé de probar, me acerqué. Para mi sorpresa era mi Madre que estaba preparándolos.

    Dejé el auto, fui donde estaba y me puse a ayudarla.

    Aquella noche conversamos, le dije que no era necesario que trabaje. Tenía ahorros y podíamos vivir de eso hasta conseguir trabajo. Ella me aclaró que no le gustaba ser mantenida, le gustaba tener sus propios ingresos. Hicimos un trato, alquilé un local cerca ahí, ella se encargaba de dirigir la cocina yo administraba el negocio, hasta que consiga trabajo.
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado noviembre 2011
    Nos fue muy bien, tan bien que deje de buscar trabajo. Mi Madre conoce el negocio de la comida. Sabe lo que la gente espera encontrar en un plato de comida.

    Aquel fue mi primer negocio, en realidad el negocio lo hizo mi Madre. Yo solo la seguí.

    Patricia iba de vez en cuando con un fulano a comer, mi Madre siempre me decía que la atienda yo. Al comienzo lo hacía a regañadientes, luego lo hacía con amabilidad. Me di cuenta que aquel fulano era solo un pretendiente, así que desde mi humilde posición de mozo la intentaba reconquistar. Ella no decía nada, pero me miraba.

    Una tarde me encontré con ella cerca de mi casa, caminamos hacia un parque con árboles muy grandes. Sentados en una banca le pedí perdón, le conté paso a paso mi vida desde que terminamos. Todo lo que había pasado. Ella me perdonó.

    Un día me llamaron de una empresa minera, para tomar una jefatura. Pesé a no haber enviado documentos, gracias a una recomendación me habían llamado.

    Conversé con mi Madre, se alegró, retomé el trabajo. Pedí la mano de Patricia y nos casamos. Ella empezó a administrar el negocio con mi Madre. Decidimos sofisticarnos y conseguimos este local. Tuve que dejar mi trabajo en la minera. Aquí están mis ahorros, el trabajo de mi Madre y de mi esposa.

    Soy feliz, la vida me dio algunas respuestas, tengo dos hijos. No tengo que esconder nada y no tengo que avergonzarme de nada.

    Llega la comida y la sangría. Comemos, cuando la comida es sabrosa todo queda en silencio. Solo se escuchan los cubiertos haciendo su trabajo. Aquí no podía ser la excepción.

    Hago un alto, sirvo algo de sangría. Tomo mi vaso.

    Brindo por ti Roberto, eres feliz, la vida te ha sonreído, haz sido leal a tu familia. Me alegro de ser tu amigo, ingrato amigo. Pero tú amigo…

    Y me emociono.

    El zambo se ríe – Vamos compadre ni siquiera estas zampado para que te pongas así.

    Me doy cuenta que mi emoción, tiene que ver con mis propios problemas, con mis conflictos internos. Con mis propios prejuicios.

    -No es nada Roberto, estos días recordé gracias ti parte de mi vida y de la tuya.

    Bebemos, conversamos de otras cosas. Me lleva donde está su Madre, aquella mujer sencilla y noble. Ya esta anciana, pero se mantiene lúcida. La señora me recibe con mucha amabilidad, la saludo.

    Me despido de mi amigo, siento que puedo cambiar algunas cosas en mi vida. Trataré de buscar la paz que tiene mi amigo, no la buscaré en los demás. Tengo que buscar la paz dentro de mí.

    Es El Fin.
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado noviembre 2011
    Que bonita historia, con una muy buena enseñanza;):D:):p
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado noviembre 2011
    amparo bonilla escribió : »
    Que bonita historia, con una muy buena enseñanza;):D:):p

    Muchas gracias Amparo.

    Un abrazo
  • DragonDragon Lope de Vega s.XVII
    editado noviembre 2011
    El relato es sencillamente hermoso y además dejas un mensage muy bonito.
    Tienes una manera de narrar que no todos lo consiguen.Te manejas muy bien entre los tiempos y hilas una historia con la otra sin que uno se pierda.Por desgracia,aún hoy en día,hay muchos prejuícios con gente que supuestamente no es de tu " clase ",talvez porque yo misma lo he visto en los ojos de los demás al contemplar a mi abuela en ciertos sitios.Muy bueno el relato.Un saludo desde el sur.
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