Mi amada Leonor:
Desde que tu marcha dejó de alegrar esta casa, estas cuatro paredes que ahora me rodean son el testigo más fiel de mi soledad, de mi callado y obstinado vivir por sentirte cerca. Esta mano mía, cansada y algo torpe, que obedece al dictado de mi mente, sigue empeñada en rescatarte de la memoria, hacerte llegar mis cuitas y mis desvelos. Permaneces atrapada en mi cabeza, Leonor, sin acabar de irte, y es tu presencia soñada lo que sigue alimentando la luz de mis ojos. Seguramente, cuando leas estas cartas dirás que soy un tonto.
Intento mantener la casa dentro del orden acostumbrado que no se diga que los hombres nos abandonamos sin la asistencia de la mujer). Tu cuñada María viene a veces del pueblo a echarme una mano con la limpieza, pero por lo general no hay mucho que hacer y nos quedamos en la terraza charlando, prepara un cafecito para ella y una tisana para mí y hablamos de la vida, de cosas que por sabidas gustan de repetirse, cosas de viejos, ya sabes..., también hablamos de ti, te evocamos y compartimos vivencias. A mí se me ilumina la cara cuando escucho tu nombre, ella debe notarlo, aunque siempre ha sido muy respetuosa. No, no creo que piense proponerme relaciones; de cualquier forma, no podría amar a dos mujeres a la vez. Te prometí más vida juntos de la que he podido ofrecerte, el resto de ella te pertenece.
Debo confesarte que en ocasiones me he descubierto a mí mismo paseando por el jardín -¿te acuerdas de él, de tus manos enredadas en las margaritas, de la hiedra, de nuestros paseos al atardecer? sumido en largas cavilaciones. Creo que es un síntoma inequívoco de senilidad. En verano me gusta convocar tu presencia, el contacto dulce de tu mano, entre la exuberante gama de fragancias. Estos aromas llegan a avivarme la nostalgia hasta el punto de soñarte despierto, instándome a dar de una vez ese paso que nos separa, suprimir la distancia y el tiempo y ser por siempre uno solo. Es un bonito jardín, eso es verdad, cuidado y florido cuando disfrutas de armonía y conformidad con el mundo que te rodea; si no, como me sucede a mí en ocasiones, se mira con otros ojos que no entienden de belleza ni ternura, como si miraran hacia dentro y sólo comprendieran el lenguaje de las penas y amarguras del alma, y entonces este mismo jardín me parece algo extraño, feo y desolado.
Sin ti ya nada es igual, mi querida Leonor tan acostumbrado me tuviste a compartir que ya el viento no silba igual en las cornisas, ni el murmullo de la lluvia derramándose sobre las flores es lo mismo si no lo escuchamos juntos.
Aprender a andar solo otra vez -porque eso es a fin de cuentas lo que estoy haciendo, o lo que debería hacer- es un esfuerzo que no me permite la edad, el mundo ha dejado de ejercer sobre mí apego y fascinación, ya no se trata de descubrirlo sino de sobrevivir e imponerse a la rutina, a esta insomne monotonía, lo que le resta interés. La costumbre de vivir ha ahogado también la capacidad de sorpresa, la impaciente, casi enervante, expectación hacia el futuro que antes sentía; prefiero aferrarme a un pasado compartido que a un futuro en soledad. No quisiera aburrirte ni influir en tu ánimo con este comportamiento del perro que se lame sus heridas o i de autocompasión, nada más lejos de mi intención, hasta me reprendo a mí mismo por escribirte una carta tan plañidera, pero una vez entrados en años se nos vuelve achacoso incluso el hablar. Terminaré internado en un asilo, ya verás, llorando la pérdida de los afectos junto a otros como yo. Los viejos somos así de incorregibles: nos gusta quejarnos, y que se nos escuche.
Ya por último, Leonor, déjame hablarte de aquella música que hizo de loable eslabón en nuestros caminos. Me complace, particularmente, recordar esto en cada epístola; puedo percibir tus rasgos junto a los míos, tu frágil cintura auxiliada por mis brazos, escuchando aquellos boleros, los tangos, los pasodobles: la música que nos enamoró. Nunca dejaré de ser un romántico, tú misma me lo dijiste al poco de conocernos y ahora, cuando tus caricias se funden en mis sueños y tus besos endulzan tantas noches de vigilia me alegro de serlo, aunque a veces tu presencia en mi imaginación provoque lágrimas.
Concluyo como siempre agradeciéndote tu fidelidad para con estas pocas palabras plasmadas en un arrebato de cordura, con pulso enamorado. No quisiera incurrir en los tópicos de otras veces, extendiéndome en inútiles fruslerías y desencantos, y, en caso que el hábito me obligue a ello, sabes de sobra que es este afán mío, esta loca y dulce obsesión por saberte cerca lo que me infunde las fuerzas necesarias para continuar por este camino sin retorno que es vivir.
Y en este continuo desvivir juego a encontrarte en cada línea, en cada palabra torpemente escrita.
Hasta mañana.
Autor :ANTONIO MARTOS LÓPEZ
En este blog http://novelamartoslopez.blogspot.com/ puedes seguir por capítulos la novela del mismo autor ``Hasta que la muerte nos separe ´´
Comentarios
Suerte amigo.
Me encanta tu relato, ¡qué romántico!
Tengo una página cultural, se llama Vive Almendralejo, ¿puedo publicar tu relato? Contesta
Saludos
En fin.
Dije que te leeria y lo he hecho, un poco tarde, lo se, pero el verano ha estado muy liado. Me gusta como escribes, amigo, con sencillez, pasión...
Ingredientes que llegan, sin duda.
Seguiremos en contacto. Ahora que pasaron las vacaciones, tengo un poco más de tiempo.
Un fuerte abrazo.
Perdón por no contestar antes.
no solo que puedes si no que te quedo agradecido un saludo.
No siempre son spammers.
aveces no se tiene suficiente tiempo.
un saludo.
Ah, disculpame. Es que solo habias entrado una vez y nunca mas, en el %99 (siendo vos el %1) de los casos esa gente nunca volvio.
Pues rebienvenido al foro.