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La Inmortalidad del Cangrejo.

tigre1950tigre1950 Gonzalo de Berceo s.XIII
editado octubre 2011 en Narrativa
LA INMORTALIDAD DEL CANGREJO.

La primera vez que lo escuché tenía solo ocho años. O quizás debería decir: «me parece que tenía, ocho»; por aquello de no ser tan enfático en cosas de la memoria. Sí, porque la memoria es como una vieja cincuentona que nunca termina de cumplir los cincuenta. ¿Dónde escuché, lo que escuché? Fue en la escuela y a las diez de la mañana de un día... de un día…. El día, no lo recuerdo. La hora sí. Casi era la hora del recreo: ¿quién no recuerda sus recreos de la escuela?

La señorita Rosita, hablaba y hablaba; ¡cómo hablaba, la maestra! ¿Sobre qué hablaba? No lo recuerdo hoy, y tampoco lo sabía aquel día cuándo me lo preguntó. Creo que por eso dijo lo del cangrejo, porque ella se dio cuenta de que yo no le iba a responder su pregunta. ¿Qué me preguntó?... «¡Pedrito! ¡Niño distraído! ¡En qué andas pensando!: ¿En la inmortalidad del cangrejo?» No supe qué responderle. Yo de cangrejos sabía poco. Solo, los de la sopa.

Mamá a veces nos servía sopa de mariscos, los domingos. La sopita llevaba mucha carnita de pescado y también otros bichitos; algunos, venían del mercado encerrados en sus valvas de piedra: yo creo que era por tímidos; no todos, porque otros estaban semiabiertos. Mamá decía que esos estaban malos. ¿Malos? ¿Por qué? ¿Por querer salir de su prisión? La sopita era sabrosa, pero de todo ese menjunje, lo que menos me gustaba, eran esas sabandijas pegajosas: los pulpos y calamares.

La sopa era una gran corte marina. Todas las gusarapas rodeaban de hinojos al gran rey marciano, el cangrejo, que flotaba en el centro del plato. Hermoso, fuerte con su intimidante armadura y grandes tenazas que me provocaban admiración y también temor. La vianda de papá no los tenía. Mamá se los sacaba y se lo daba a mi hermano Gregorio. Papá era alérgico; no podía ni olerlos, decía mamá. Yo nunca lo creí. Para mí, al igual que yo, el los temía. Tanto era su terror, que apenas los miraba se ponía rojito y si los olía había que salir corriendo al hospital, llevando a mi papi: «¡se muere, se muere!», gritaba la mama vieja, que ya no recordaba ni su nombre. Porque la mama vieja se cagaba en su cama y mamita la limpiaba. Pobre mama vieja, siempre solita en su silleta. «¿Cuándo se va a morir?», le preguntaba a mí Mami: «¡Niño malcriado! ¡Respete a su abuela!», mamita me decía. Pero yo sabía que se iba a morir. Yo creo que ya estaba como muerta, pero nadie se había dado cuenta. ¡Pobre mama vieja!

Lo del cangrejo me preocupaba. No el de la sopa, sino el de la señorita Rosita, aquel, el inmortal. Se lo pregunté a mamá, a mi hermano Gregorio, no. Si lo hacía de seguro que él me iba pescocear. Cuando se lo dije, mamá abrió unos ojotes, y a poco, la mandíbula se le cayó hasta el piso: «inmor… ¿qué?», me replicó. «Inmortal, mamita», le afirmé. «Vaya con este muchachito, yo creía que el único loco de la familia, era el tío Clementino». No me dio más respuestas. Me dejó igualito o peor que al comienzo. Yo creo que peor, porque ahora temía volverme loco, como el tío Clementino, que también se cagaba como la abuelita, pero en el manicomio.

«¿A quién preguntarle?» Ya la cabecita me dolía de tanto pensar. Los tíos vivían lejos; los primos, solo venían los fines de semana; no siempre. No podía esperar; de aquí a una semana de seguro que ya estaría cagándome en los pantalones, loco, como el tío Clementino.

Subí por las escaleras de madera al techo de la casa, a pensar. La escalera estaba apolillada y llena de agujeros. Le faltaba algunos travesaños; otros, estaban casi partidos. Las polillas comían mucho: ¡vaya festín! La escalerita, siempre estaba recostada a la misma pared, nunca la movían y era más vieja que yo; que Gregorio; ¿qué papá?, no sé. La abuela, cuando tenía buena la mollera, nos contaba que papá se cayó del cuarto escalón cuando era más pequeño que yo. La escalera era vieja; vieja como papá.

En los techos había de todo, parecía otra casa, pero de cosas usadas; unas estropeadas, otras desvencijadas. Cuando el viento silbaba, yo solía subir al techo a volar mi cometa, a veces con el Loco Jorge. Él no se cagaba en los pantalones, pero le decían Loco: ¿por qué sería? El Loco me enseñó a hacer papagayos multicolores, con sacuara y papel cometa. Las cometas del Loco volaban lejos; las mías no, solo «cabeceaban» y dando miles de vueltas como un remolino, se caían estrellándose. ¡Eran inmensos los techos!, como una ciudad sombría y sucia que aplastaba a la otra, a la de abajo. Desde el mío, veía los otros, los de los vecinos. En el barrio no había edificios; todas las casas eran de un solo piso. Yo temía a los edificios. Eran muy grandes, parecían gigantes, como el Polifemo de un solo ojo del libro de historia de la tía María. Cuando el viento no soplaba, acostumbraba trepar a mi techo para pensar, como hoy, en el cangrejo inmortal. Era bueno pensar acompañado de tanto silencio; bueno, si no estaba en celo La Piruja, la gata lambiscona del tío Clementino. ¡Cómo chillaba esa gata! Me senté en una lata de pintura vacía con los codos sobre los muslos y las manos abiertas sosteniendo mi mandíbula; parecía todo un pensador.

Duré media hora sentado así. Como ya el culo me dolía, me levanté y comencé a merodear. Crucé hacia el techo del tío Nicanor, fui bordeando el vacío que daba al callejón de la casa, arribando al frontis; pegadito a este, lo bordeé por su cornisa, accediendo al techo de la mama vieja. De allí para adelante había un mundo inmenso y lejano por descubrir. ¡Toda una cuadra para mí solito!

Comentarios

  • tigre1950tigre1950 Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado octubre 2011
    Baltasar tenía su cueva sobre la casa de la familia Saldaña. Él no era el rey mago, pero sí tan renegrido como aquel. Baltasar era maestro y llegó hasta Director: «todo un sabio», decía papá. Hace años se mudó a su covacha de arriba. Antes vivía en los bajos, con su esposa y sus dos hijos. ¿Por qué se muere la gente? Primero se le murió Jaimito, su hijo menor; lo mató un carro. Luego Jacinto, el mayor; lo mató otro carro. ¿Por qué los carros matan a la gente? Baltasar casi se murió del dolor. Se dio a la bebida; perdió su trabajo y para colmo de males su mujer lo abandonó y terminó de enloquecer; contaba mamá. Baltasar andaba sucio, lleno de carca y con las greñas empastadas como un trapeador grasiento. Mamá decía que ya no quería vivir; para mí que ya estaba muerto, como la mama vieja.

    «Como está caballero: ¿qué se le ofrece?», me dijo Baltasar, moviendo su teterita que tenía al fuego. Porque él hablaba retebonito; «con mucha elocuencia», diría papá. «No se me intimide jovenzuelo, que si vino por alguna consulta, todo oídos soy». La gente siempre le consultaba a Baltasar porque él sabía mucho: «todo un sabio», diría papá. Dudé y tartamudeé, pero lo hice. Le pregunté lo del cangrejo de la señorita Rosita; el inmortal. Él desmesuró sus ojillos de castor, como lo había hecho antes mamá: «mi querido joven: ¿Qué edad tiene usted?», me preguntó. Yo le contesté, que ocho. Él caminó dentro de la cueva con la mano derecha cruzada detrás de su espalda, medio inclinado y con el dedo índice de su izquierda sobre sus labios, gesteando un silencio. «Muy joven, muy joven», decía, siguiendo en su caminata… «Su maestra trató de decirle que no sea distraído y que prestara atención a su alocución, esta es la acepción más común a dicha frase famosa», me explicó sin dejar de moverse. «En cuanto a la otra, es más filosófica y profunda y me temo que su intelecto no esté lo suficiente maduro, para asimilarla. Por el momento, quédese con la primera y si le gustan los cangrejos, disfrútelos: y bon appetit, garçon» Solo le entendí lo de distraído, del resto, ni papa. Pero me gustó como habló, no todo. Salí contrariado por lo último que me dijo: «disfrútelo; mono tití, cagón». «Terco, terco, terco», me decía mi Mami. «Pedazo de terco». El día del cangrejo comprobé que era un tercote. ¡Seguía pensando en el cangrejo inmortal! Me senté en otra lata de pintura.

    «Pedrito, Pedrito». La chola Conchita, la criada de la señora Saldaña me llamaba. Estaba terminando de tender la ropa en los cordeles. «Pedrito, Pedrito». Yo no le hacía caso. Ella se parecía a la Piruja; la gata, no por lo chillona, sino por lo casquivana. Se contoneaba como la Piruja cuando veía a Gregorio. «Chola puta», le decía mi Mami. La cholita no era tan vieja, tenía doce años, creo. «Tienes candela en la chucha, chola sometona». Mamita le gritaba, cuando la veía rondando al Gregorio. Yo sabía lo que era una chucha, lo que no entendía era lo de la candela. Si la tuviera allí, se achicharraría, y la cholita, lozanita se veía. «¿Jugamos al papá y la mamá?», me preguntó, acercándose. Yo le dije que no. Que estaba ocupado. «¿Qué haces?», volvió a preguntar. «Pienso», le contesté. Se carcajeó, me tomó de una mano y me arrastró a su covacha. Tenía una como Baltasar, pero más limpita. Allí me enseñó todo ese juego. Me agarró mi cosita y con su mano me forzó a que agarrara la de ella. Yo me puse pálido. Comencé a sudar del pavor. La mama vieja una vez le dijo a Gregorio que las chuchas tenían dientes como las pirañas, que mordían y que lo podían dejar mocho. El Gregorio se reía de la mama vieja ¿Por qué se reiría? Tanto forzó la Conchita que al fin toqué su huequito, estaba mojadito y no mordía. « ¡Gracias Jesús!», suspiré aliviado. «Pedrito: ¿tú sabes de dónde vienen los niños?». «De París», le respondí a la cholita. Ella sí que rió. «Niño tonto, niño tonto», repetía. Me explicó cómo era todo eso. Yo no le creí mucho, pero quedé dudoso. Ya había olvidado al cangrejo inmortal, ahora me comenzaba a preocupar la fábrica de niños. «Yo te voy a enseñar a fabricar uno», masculló: Me volteó para acá, luego para allá. Me jaló con sus «patas», como dos tenazas; me hizo caballito, hasta que se cansó. «Lo tienes muy chiquitito», rezongó, se puso su braguita y se fue dejándome casi calatito.

    Fue así que el cangrejo pasó a la historia, ya no me interesaba para nada. Ni el de la sopita, ni el inmortal. Ahora tenía una preocupación más grande. La fábrica de niños. ¿Sería verdad lo que me dijo la Conchita?… Me senté en otra lata vieja, pensativo…



    Glosario.

    Carnita.- Diminutivo de carne.
    Carca. Mugre, suciedad del cuerpo.
    Retebonito. Muy bonito
    Ni papa. Nada. No entiende ni papa. No entiende nada.
    Sometona. Casquivana. Se somete al varón.
    Limpita. Muy limpia.
    Cholita. Diminutivo de chola. Mestiza de sangre europea e indígena.
    Calatito. Diminutivo de calato.
    Calato. En cueros.
    Pescocear. Dar pescozones. Pegar en el pescuezo o en la cabeza.
    Sacuara. Especie de caña liviana. Muy usada en el Perú para hacer cometas (papagayos).
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado octubre 2011
    Que divertido, como siempre, por lo menos aprendiste a fabricar niños muy bonitos, para la muestra tenemos varios botones;):):):p:p:p
  • tigre1950tigre1950 Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado octubre 2011
    amparo bonilla escribió : »
    Que divertido, como siempre, por lo menos aprendiste a fabricar niños muy bonitos, para la muestra tenemos varios botones;):):):p:p:p

    Me encanta que te haya divertido, Amparito. Espero tu sí definitivo para “fabricar uno”.
    Un abrazo y un besote.
  • SinrimaSinrima Miguel de Cervantes s.XVII
    editado octubre 2011
    Un relato divertido, con un muestrario de personajes singulares,con sus miserias y sus sentimientos a cuestas.Los describes con realismo pero también con pinceladas de humor, creando un ambiente denso,en el que la familia vive como puede y el chaval se evade con sus fantasías.

    El encuentro con la "cholita" está muy bien descrito.Es curioso que, tanto en la literatura, como en la vida real, el papel de iniciadora a la sexualidad de un joven menor, está visto y tratado como positivo, mientras que si el iniciador es un hombre a una jovencita, adquiere cierto morbo y es visto como una perversa seducción. Conozco hombres que recuerdan sus inicios de joven inexperto con mujeres entradas en años y están agradecidos, como el protagonista de tu relato.

    Bueno, si tus tigritos salen al padre..., nada que objetar.

    Un abrazo.
  • tigre1950tigre1950 Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado octubre 2011
    Sinrima escribió : »
    Un relato divertido, con un muestrario de personajes singulares,con sus miserias y sus sentimientos a cuestas.Los describes con realismo pero también con pinceladas de humor, creando un ambiente denso,en el que la familia vive como puede y el chaval se evade con sus fantasías.

    El encuentro con la "cholita" está muy bien descrito.Es curioso que, tanto en la literatura, como en la vida real, el papel de iniciadora a la sexualidad de un joven menor, está visto y tratado como positivo, mientras que si el iniciador es un hombre a una jovencita, adquiere cierto morbo y es visto como una perversa seducción. Conozco hombres que recuerdan sus inicios de joven inexperto con mujeres entradas en años y están agradecidos, como el protagonista de tu relato.

    Bueno, si tus tigritos salen al padre..., nada que objetar.

    Un abrazo.


    Gracias por tu comentario, querida Sinrima. Solo solazo con “cosas” sencillas, como es la vida; o cómo la vio un niño de ocho años que, físicamente, ya no está. A Dios gracias ese pequeñín nunca termina de irse, de alguna manera se encuentra alborotando en algún lugar de nuestro mundo interno y que en cualquier momento emerge, como en mi caso, hoy, tomando mi mano y llevando mi “pluma”; y recordándome: “aquí estoy”. Cierto. A pesar de los años vividos, siempre está allí.

    La vida es sencilla, cuando adultos, la complicamos. Es bueno, de vez en cuando, jugar a niños.
    Un abrazo.
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado octubre 2011
    Hola tigre

    La inmortalidad del Cangrejo, los huevos del gallo y que los chanchos vuelan. Más o menos así me decían cuando estaba ensimismado pensando en algo.
    Me gustó la evocación. El almuerzo dominguero, con toda la familia. Casi siempre almorzábamos pescado, una cojinova frita con sus yuquitas, su salsa criolla. Una sopa de choros (de congresistas en estos tiempos). Acompañado con un poco de rocoto para dar el toque del sabor.
    Tu evocación del techo también es importante. El techo limeño, la azotea. Ahí iban a parar mis exámenes con malas notas. Ahí también las revistas pornográficas prohibidas. Estaba el tendedero y en muchas, muchas casas, en el techo vivía un perro bravo.


    Gracias amigo

    Un gran abrazo.
  • AnorgiAnorgi Pedro Abad s.XII
    editado octubre 2011
    Un buen relato que me ha transportado a aquellos años del colegio y a tantas y tantas preguntas que sin contestar quedaron.

    A mí cuando me quedaba extasiado me solían decir: “estás la batuecas”, “estas en Babia” o estas pensando en las musarañas”. Tardé muchos años en averiguar que significaba cada una de esas expresiones, seguro que si hubiera preguntado me hubieran contestado: “son cosas que se dicen”
  • tigre1950tigre1950 Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado octubre 2011
    juancho escribió : »
    Hola tigre

    La inmortalidad del Cangrejo, los huevos del gallo y que los chanchos vuelan. Más o menos así me decían cuando estaba ensimismado pensando en algo.
    Me gustó la evocación. El almuerzo dominguero, con toda la familia. Casi siempre almorzábamos pescado, una cojinova frita con sus yuquitas, su salsa criolla. Una sopa de choros (de congresistas en estos tiempos). Acompañado con un poco de rocoto para dar el toque del sabor.
    Tu evocación del techo también es importante. El techo limeño, la azotea. Ahí iban a parar mis exámenes con malas notas. Ahí también las revistas pornográficas prohibidas. Estaba el tendedero y en muchas, muchas casas, en el techo vivía un perro bravo.


    Gracias amigo

    Un gran abrazo.
    Gracias, paisa. Tu comentario me permite realizar la siguiente reseña para mejor ilustración de los foreros:
    En los años 60 y 70, la mayoría de las casas en los barrios populares limeños tenían una sola planta. Los había de dos y tres pisos y hasta edificios; pero poquísimos. Lima era (y es) una ciudad sedienta, las lluvias no mojaban su suelo, a lo sumo, una pertinaz garúa fina anunciaba la llegada del invierno. Al no llover, los techos o azoteas de las viviendas eran (en ese entonces) planas y no a dos aguas. Las azoteas de estas casas, hacían de desván. Allí se podían encontrar todo tipo de enseres y chismes usados, tendederos de ropa, algún indigente encarpado; y por supuesto, su amplio terreno permitía el deleite con uno de los juegos más populares de esa época: el vuelo de cometas (papagayos). El ambiente que envuelve el relato es el de esta época. Tiempos viejos sin retorno, pero que siempre vivirán, embozados, en algún lugar de mi memoria.
    Un abrazo animal.
  • tigre1950tigre1950 Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado octubre 2011
    Anorgi escribió : »
    Un buen relato que me ha transportado a aquellos años del colegio y a tantas y tantas preguntas que sin contestar quedaron.

    A mí cuando me quedaba extasiado me solían decir: “estás la batuecas”, “estas en Babia” o estas pensando en las musarañas”. Tardé muchos años en averiguar que significaba cada una de esas expresiones, seguro que si hubiera preguntado me hubieran contestado: “son cosas que se dicen”

    Como estás, Anorgi. Gracias por tu comentario, compadre. Pues sí, esto es lo bueno de estas remembranzas a las que las vestimos en blanco y negro con tinta: nos permite interactuar. Qué importa estar en las batuecas, en Babia, pensando en las musarañas o en la inmortalidad del cangrejo. Hablamos el mismo idioma, que es lo que cuenta. Nos entendemos: y muy bien.
    Un abrazo y seguiremos comentándonos.
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