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belovedbeloved Anónimo s.XI
editado agosto 2011 en Narrativa
El hombre tenía un oficio poco común. Fabricaba maniquíes. Y se sentía a gusto con su trabajo. Lo único que le incomodaba era que su oficio no tenia nombre. No era carpintero, pintor, chofer, ni fotógrafo, como su mejor amigo. Ambos trabajaban en una antigua casa de un barrio bohemio. El frente amplio, con grandes carpinterías era una invitación a la expresión callejera. Habían pintado una gran leyenda que decía: “dejá tu firma”. Pronto se volvió popular, convertido casi en el lienzo obligado de todos los artistas urbanos. Inundado de colores, formas y palabras. De ellos había sólo dos rastros, un maniquí blanco que se asomaba por la ventana del primer piso, y una gran fotografía de la ciudad en el vidrio de planta baja. Cada tanto los cambiaban, el maniquí en una nueva posición, un rincón diferente de la ciudad.
Entrar a la casa era la aventura por el mundo inanimado, como decían ellos. Fiel a la arquitectura típica de la época en que había sido construida, se accedía por un angosto zaguán que conducía al patio central abierto, en el que crecía una gran enredadera que jugaba con el sol. Toda la planta baja albergaba el taller de maniquíes y su mundo. Por la escalera metálica del patio se accedía a la sala de revelado y habitaciones con pilas de fotografías. Colgaban de los muros, se abarrotaban. Desordenadas por el suelo era inevitable pisarlas.
Había días en que la rutina les dejaba apenas el saludo en la mañana, un café, y la despedida al terminar la tarde. Pero cada vez que podían compartían una charla tomando una cerveza en el patio.
Un día el fotógrafo llegaba para sacar sus equipos y vio a su amigo en la vereda de enfrente mirando la fachada. Apenas lo vio, lo saludó, y permaneció en silencio. Sabía que el fabricante de maniquíes tenía esos días de autismo. Se paró tratando de buscar el ángulo, y ver lo que estaba mirando. No había nada nuevo en la pared. Después de un rato, le preguntó que miraba.
- Creo que esa fachada es menos anónima que nosotros dos, le contestó.
- ¿Y cuando te importó eso?
- Hoy.
Supo que la reflexión se merecía una charla. Le propuso tomar una cerveza esa tarde en el patio. Finalmente lo miró, y con una palmada en el hombro le dijo que sí. Empezaron el día de trabajo, y la palabra anonimato quedó resonando en sus cabezas.
Mientras modelaba esas formas humanas estúpidamente perfectas, esbeltas, proporcionadas, pensó que siempre son blancos. Nunca le pidieron un maniquí de otro color ¿Acaso la piel no tiene diferentes colores? Las coladas níveas dejaban siempre superficies lisas, jamás mostrarían una arruga, un pliegue incorrecto. Ojos que no miran, bocas que no hablan, manos frías que no se mueven. Pensó que tal vez debía convertirse en escultor y así su oficio tendría nombre.
Todos los días disparaba cientos de fotografías, el diafragma se abría y cerraba capturando rostros, alegría, ira, desamparo. Algunas iban a parar a una tirada de diarios, donde serían vistas sólo una fracción de segundo por una multitud al día siguiente. Y terminarían inevitablemente abandonadas o alimentando como papel, el fuego para el asado del domingo.
Ese día fue terrible, caluroso. Agotador las idas y venidas con los equipos. De regreso, al entrar en el patio, sintió la brisa fresca que derramaba la enredadera, y una espectacular picada con cerveza. Lo sorprendente fue que a la mesa estaba también sentado un maniquí, los codos sobre las rodillas, las manos sujetando la cara con expresión aburrida. El nunca le había visto una expresión casi humana a esos muñecos. Dejó los equipos y se reunieron los tres. Bebieron cerveza y comieron largo rato hablando de lo sucedido en el día. El inexpresivo seguía aburrido. Cuando se agotaron los temas el fotógrafo preguntó.
- ¿Qué hace el muñeco acá?
- ¿Lo miraste?
- Sí.
- ¿Y?
- Es diferente, parece expresivo.
- Exacto.
Y empezó a contarle las ideas que habían estado dando vueltas desde hace tiempo en su cabeza.
- ¿Qué es una expresión?
- No sé, ¿recuerdo de emociones?
- Eso mismo. El tema es que dejamos las cosas incompletas. Decimos lo que pensamos y no lo que sentimos. Creo que es porque los pensamientos se construyen de palabras. Pero no las emociones. Su naturaleza no está en las palabras, las usamos solo para describirlas. Y al hacerlo, mutan, no son más que pensamientos ¿Acaso huyen del lenguaje?
- Pero el lenguaje emociona.
- Sí, entonces ¿Dónde empiezo? ¿Cómo lo cierro?
Se quedaron pensando. Después de un rato el fotógrafo se paró, subió a su depósito, y volvió con una foto a escala con la expresión de una cara esperanzada. La pegó sobre la frente del maniquí.
- Ahí tenés. Él no puede hablar, ni sentir, pero puede provocar algo a quien lo mire.
- ¿Quién es ese tipo de la foto?
- No se, cualquiera que se interpuso en mi cámara.
- ¡Imagináte si ese tipo ve su cara en el maniquí de una vidriera cualquiera! Nos demanda.
- O no. Pero seguramente va a decir algo que sintió, sorpresa, rabia, desconcierto. Y ahí se cierra tu dilema barroco.
- Tal vez podamos conseguir voluntarios.
La noche avanzó y la luz de la luna se dejó ver entre la enredadera. Terminaron la picada riéndose de ellos mismos, y vieron al aburrido un poco más esperanzado.
A la mañana siguiente el fotógrafo encontró una nueva idea de su amigo en la fachada, porque la firma también había sido suya, ésta decía: “dejá tu cara”. No le hizo caso, y entró a buscar los equipos como todos los días. Lo sorprendente vino después. Cada mañana había una nueva cara, ya sea pintada con esténcil sobre la pared o en fotos debajo de la puerta. Y la mayoría tenían nombre. Parecía que encontraban sin buscarlo cientos de adeptos a la huída del anonimato. Ahora el fabricante de maniquíes se sentía casi un escultor. Comenzó a modelar sus cuerpos con caras reales. Su amigo le ayudó a estampar las fotos sobre láminas de poliéster que se convertían en los nuevos rostros. Ahora estaban tristes, alegres, enamorados. Expresiones que recogían los retratos. Los maniquíes se comenzaron a ver en las vidrieras del Soho, y con ellos se entretejieron las historias. Más allá de los amigos. Lejos del mundo inanimado. Las palabras fluyeron, dando vida a las emociones de quienes se reconocen en ellos.

Comentarios

  • José VelascoJosé Velasco Banned
    editado febrero 2009
    borrado
  • erwindanielerwindaniel Anónimo s.XI
    editado agosto 2011
    Muy hermoso. Me gustó esa definicion que le das al anonimato. A ese oficio que hacemos tantos pero que no tiene nombre especial, o que no es aparentemente importante. No se tal vez cocinero, jardinero, conductor. Pero que con un poco de imaginacion se le puede dar el sello personal que lo haga salir del monton.
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