PERROFOBIA
Sin duda uno de los “gusanos” más nauseabundos, pútridos y asquerosos que infectan la naturaleza humana, es el de la xenofobia. ¿Dónde se aloja esa inmunda cresa? ¿En el corazón? ¿En el espíritu?, ¿quizás en la mente del hombre? Por su repugnante esencia, su único asiento posible sería en la antesala del esfínter anal, allí donde la materia corrupta, se excreta. Pero no, esa inicua larva impalpable es trashumante; lo que toca lo infecta hasta el infinito. Su alcance no tiene límites devorando hasta lo más íntimo de nuestro propio tejido social. Si me preguntaran: ¿Por qué tanta verborrea truculenta, sórdida y morbosa? Yo, les respondería: por un sentido humanista y por lo que una sucia experiencia me hizo revivir y recordar hechos ya pasados. Les cuento:
Nueve de la mañana. Es un día sábado. El sol comienza arreciar. El sábado, es el día más aprovechable para el inmenso ejército de asalariados, maniatados a una jornada laboral. No es ni viernes; ni domingo: ¡es sábado! Es el centro y equilibrio del fin de semana. Como muchos, aprovecho la mañana para actividades, que en los días laborables me es imposible desarrollar. Unos visitan bancos; otros, mercados; los enfermos, clínicas; las “niñas” a sus estilistas y así, cada quien se dedica un sinnúmero de diligencias, que sería oneroso, en este momento, enumerar. En lo que a mí respecta, hoy me toca llevar a “Pancho”, con su veterinario. Sí, porque la democratización de nuestras sociedades modernas ha llegado hasta nuestras mascotas, y eso es bueno: el doctor Baltazar es mi médico personal y el doctor Salazar es el médico “animal” de “Pancho”, mi mascota. Aclaro que no quiero decir que el doctor Baltazar sea un animal, nada más lejos de la verdad, sino que sencillamente se entiende que si yo tengo mi médico personal por inferencia mi “pancho” debería tener su médico “animal”. Como lo es.
El desayuno está servido. Me esperan sobre la mesita cocinera: dos rebanadas de pan integral, cincuenta gramos de queso desgrasado, una manzana y un vaso de jugo de naranja, cero calorías. Guardo una fijación enfermiza por mi apariencia, desde que Luchita me rechazó, en mis escasos trece años, cuando pretendía llevármela por los cachos. La grosería que me dijo se me quedó grabado en el hipocampo, de por vida. ¡Gordo! Ese fue el destructivo epíteto con el cual me marcó in perpétuum. Primer aviso…
Los seres humanos nos vanagloriamos de poseer el cerebro más desarrollado de todas las especies homólogas, con quien compartimos el planeta azul. Y no mal digo homólogas, pues todos hemos evolucionado de la misma sopa de moléculas orgánicas. Permítanme discrepar. No es tan cierta esta afirmación de superioridad, o por lo menos es de dudosa comprobación. “Pancho” es sabio y me demostró la veracidad de aquella hipótesis negada, ese sábado. Él, detrás de la puerta del porche, olisqueaba, hacia el exterior, mientras que frenéticamente, se rascaba. Por un momento pensé que se iba a quedar sin garras o sin piel. Iba y venía de la puerta hacia la mesa en la cual muy pausadamente, yo, deglutía mis alimentos. Se paraba en dos patitas, apoyándose en el lateral de mi muslo derecho, atisbándome con sus dos ojillos lacrimosos, al mismo tiempo que ladeaba la cabecita a ambos lados de su perfil, como lo suelen hacer, los perritos inteligentes. Jadeaba nervioso y expectante. Hurgaba detrás del canapé en busca de su cadena de paseo, mientras su sofoco aumentaba. ¡Hizo implosión cuando me levanté! Se tornó incontrolable. Mi hijo salió de su habitación y de un solo carajazo, lo metió en redil. Tomó la cadena, ató a su cuello el collar y salimos en busca del doctor Salazar. En el estacionamiento, había diez autos, de diversos modelos y marcas y cinco, del mismo color que el mío: blanco. “Pancho” jaló de la cadena, a mi hijo, llevándolo casi al trote. ¿Saben dónde se sentó el zamarro? Pues, frente a mi” Rio”. Como lo hizo. Creo que eso habría que preguntarles a los que afirman, a rajatabla, la absurda teoría de la superioridad de nuestra especie. Él sabía perfectamente que era sábado y día de su consulta. Segundo aviso…
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Los “cajeros” estaban en el ala opuesta, al sector en que yo me encontraba. Crucé todo el mall. Las vitrinas y estanterías me observaban inquietantes, sugestivas… atrapantes. Sirenas remozadas, que con sus cánticos mágicos querían hacer sucumbir en sus redes a este moderno Odiseo. Tuve que acelerar el paso para evitar que me engatusaran e impedir caer presa de sus encantos. Fue una lucha titánica que duró un par de minutos. Salí victorioso de ese hechizo divino.
Todos los cajeros estaban “full”, me acomodé en el que tenía menos deudos. Como soy poco comunicativo, traté de hacer tiempo jugando con mi memoria. Uno de los ejercicios más extenuantes, al menos para mí, es el de la espera. ¡La odio! Extraje de mi memoria recuerdos variopintos; tanto nuevos, como viejos. Pasaban por mi cerebelo como flashes de cámaras instantáneas antiguas, desdibujadas en sepias desvaídos. Se me removió la bilis, cuando mi rebelde cerebro, espetó en mis narices la imagen de la vieja azotando a la “indita”. Esta impronta desató en mí, más de un recuerdo perdido. Mi imaginación se desgajó de mi cuerpo llevándome a mis lejanos ocho años.
–Señor, ¿usted es el último de la “cola”? Una bella dama treintañera, me sacó de mi sopor. Me volví y la enrostré, mirando a ambos lados y detrás de ella. Zumbón le respondí:
– Así parece, a no ser que…. A mi respuesta, ella me miró con desenfado, como sonriendo y mentándome la madre a la vez. Sin tomarla en cuenta yo seguí en mi truculento divagar.
Ese año iba a cursar el tercer grado. La “papa” escaseaba en la casa. No sé cómo hacía mi “vieja” para alimentar a sus cinco tripones. El más redondito, era yo, porque hacía trampa. Terminando las vacaciones escolares de ese año, me “pegaron” la papera. Fue en un comedor popular que frecuentaba a espaldas de mamá. Todo el mes de abril me la pasé en cama, porque se me complicó con las amígdalas. Perdí el cupo escolar para mi tercer grado. ¡Una tragedia! En la familia éramos conscientes que la única posibilidad que teníamos para salir de la pobreza, nos la brindaba los estudios. Mamá tuvo que recurrir a tío Miguel. Él era abogado y el pariente rico de la familia. Le ofreció, por ese año, un cupo en el colegio privado donde tenían matrícula mis dos primos. Cuando mi “vieja” me lo dijo me negué rotundamente. < ¡No me voy a vestir como marica!>, le espeté. < ¡Prefiero quedarme burro!>, despotriqué, fuera de control. Siempre había estudiado en escuelas públicas. A los del privado, todos los muchachos del barrio lo tildábamos de afeminados y eran pasto de nuestras zumbas. Sin otra opción, no tuve más remedio que “empolvarme” de “invertido”.
La treintañera que estaba tras mío, me volvió a sacar de concentración. Se retorcía como una culebra epiléptica. Apretaba las piernas, luego las distendía. Dilataba las pupilas y luego las contraía. Con el rostro constreñido y las manos entre sus muslos intentó decirme algo. Yo la corté abruptamente con un: < ¡Vaya a mear niña! ¡Vaya a mear! , que eso no se guarda> Me miró “estrábica” y corrió en punticas hacia los sanitarios.
Fue toda una odisea el salir de mi casa, emperifollado como cualquier vulgar plumífero. Felizmente, los muchachos del barrio ya habían partido y pude escurrirme sin ser sorprendido. Temía sus mofas. Llegué a la escuela. ¡Aquí también olía a rico! Mi tío Miguel, muy correcto, me llevó de la mano a presentarme a mi nueva maestra. Esta salió de un inmenso salón que refulgía de lo limpio. Hablaron algo, se despidieron y yo entré con la miss al interior del aula. Mis nuevos compañeros ya estaban perfectamente ubicados en sus respectivas carpetas. Todos me ojearon. Me sentí como un judío en una fiesta de nazis. La miss me miró de pies a cabeza. Con un gesto de su mano, me invitó a que la siguiera. Recorrimos la primera columna de carpetas (la que daba a las ventanas), de la cabeza a la “cola”. Su caminar era muy pausado. Escrutaba mi rostro y el de mis compañeros a medida que avanzaba en su recorrido. Yo iba pegadito a ella. Después de tres vueltas, me llevó a mitad de la columna. Hizo que Pedro y Roberto se levantaran de sus asientos y nos llevó a los tres a la luz de las ventanas. Nos puso a contraluz, conmigo en el centro. Hizo un gesto de satisfacción, asignándome la carpeta que daba en el mismo centro de la columna. Entre Pedro y Roberto. Yo me quedé sorprendido de semejante rito.
A la diez de la mañana recibimos la visita de la directora. ¡Cataplún! Nos pusimos de pie como impulsados por resortes al notar su presencia. La doña tronó:< ¡Pueden tomar asiento!>. Preguntó a la miss por el nuevo alumno. Esta solícita la llevó hasta el centro de nuestra columna, procediendo a recrear la última parte de la ceremonia que, antes, había dramatizado la maestra. Conforme nos regresó a los tres, a nuestros respectivos puestos.
El murmullo de la gente en la cola me volvió a sacar de mi introspección. El culpable, un señor bien entrado en años que peleaba con el “cajero”. Por quinta vez le había rechazado la operación. Uno de aquellos chavos cibernéticos, llamados “nativos digitales”, lo sacó de apuros. En solo dos pedos le retiró el dinerillo más su comprobante de saldo correspondiente. Siempre he admirado la facilidad con que las nuevas generaciones interactúan con las máquinas: ¡Cómo si estas, las hubieran parido!
En el recreo me enteré del significado del “rito”. A pesar de las diferencias sociales y del color de la piel, en el recreo, todos los niños de la clase interactuábamos sin mayores problemas. Toda la basura de diferencias se habría a la luz cuando intervenían los adultos. Jaime, un negrito perfilado, fue quien me aclaró lo del “rito”. Todo era muy sencillo. Las columnas estaban ordenadas en degradé de acuerdo con el color de la piel. Como yo era mestizo, fifty-fifty, me tocó el centro de esta. En la punta y en primera fila estaba Adolfo, un gordito rubicundo, de greñas amarillas como el sol y ojos azulísimos, límpidos y cristalinos. ¡El propio ario! Representante de la raza pura que tanto buscó su tocayo Adolf. Que dicho sea de paso era un puto mestizo cruzado con judío. Dicho esto sin ánimo peyorativo y puramente descriptivo. En el otro extremo, cerraba la columna, Jaime, el negrito. El pedigrí era la condición reinante en esa escuela de locos. Cuarto aviso...
Juan y “Pancho” ya estaban dentro de la sala de espera. Unas inmensas ventanas de vidrio daban un perfecto acceso visual al interior de esta. Solo cuatro pacientes esperaban por turno: “Pancho”, una cocker “amielada”, un mastín negro con cara de pocos amigos y una pekinés asustadiza. Entré en el recinto saludando a los presentes. Fui recibido por un murmullo de voces y gruñidos. Pregunté a Juan por el turno de “Pancho”, me indicó que era el siguiente. Me senté, más calmado. La molicie acechante, tendía sus tentáculos. La modorra y la flojera se sentían en el ambiente. El doctor Salazar, rompió con ese letargo. Apareció en la puerta de su consultorio, con una sonrisa de oreja a oreja vociferando el nombre de “Pancho”. Este se levantó como impulsado por un resorte, llevando a Juan, casi a rastras, hasta el interior del consultorio. El doctor, al verme cruzar el vano de la puerta, se acercó amigable extendiéndome su mano en un efusivo saludo. La sonrisa no se perdía de su rostro. <Como está “el muchacho”>, se apresuró a preguntarme, intentando tocarle el lomo a “Pancho”. Este lo gruñó, volteándose violentamente en pos de su mano. Él la retiró con la velocidad del ataque de un reptil, evitando la alevosa mordida. Con una sonrisa desdibujada, nos acomodó en unos asientos, en el lateral de su escritorio. Penetró en su quirófano dónde tenía un “paciente” en recuperación. De allí salió su auxiliar quien preparó a “Pancho” con la ayuda de Juan. Cuando regresó el “doc.”, “Pancho” ya estaba listo. Sacó unos guantes quirúrgicos, se los colocó al mismo tiempo que cubría sus inmensos labios con un tapaboca extra grande. Sonreí al pensar que la directora loca de mi ex colegio privado, situaría al doctor muy detrás mío, por sus acentuadas facciones negroides. Cuando el doctor ya estaba dispuesto, con jeringa en mano para proceder a la primera puya sabatina de “Pancho”, irrumpió como un huracán, dentro del consultorio, una dama de mediana edad ataviada con una exquisitez deslumbrante. Llevaba en brazos una preciosa poodle blanca coquetamente emperejilada. ¡Olían a Clive Christian’s, a Caron’s Poivre, a Chanel’s o a una mezcla de todos esos aromas excitantes! Salazar, de la sorpresa botó la inyectadora. Se alisó bigotes y cabellos exclamando a viva voz:<Embajadora, es un honor vuestra visita> Juan, “Pancho” y yo, quedamos relegados a la nada. Regresamos a nuestros asientos. La dama fuera de sí gritaba incoherencias. El doctor nervioso le ofreció un vaso de agua. La doña se la bebió, regresando a una calma nerviosa. Más serena, comenzó a hilar su discurso: < Doctor de mi corazón. Usted tiene que sacarme de este trance. Sucedió una tragedia de alcances impredecibles>. Salazar volteó la cara buscando a “Fifí”, él la notó en perfectas condiciones. Se quedó intrigado. La doña continuó. < Un asqueroso animal, una zarrapastroso engendro violó a mi niña> Salazar comenzaba a entender la cosa. < ¡Sí!, un vulgar animalejo igual que aquel> La dama volteó la cabeza señalando con un gesto despectivo a “Pancho”. El pobre, encogió las orejas, bajó la mirada, buscando mis entrepiernas. El gemido que emitió, lo sentí como si el ofendido fuese yo. Luego de cien genuflexiones y de otras tantas lisonjas el “Doc.” Invitó a la doña a que lo esperara un segundillo. El quirófano lo urgía. La doña no tuvo más remedio que sentarse al lado nuestro, dos cupos, de por medio. Con una soberbia altivez nos miraba de soslayo. Su cutis de porcelana se le escarapelaba cada vez que chocaban nuestras miradas. Un sentimiento de asco emanaba de sus poros creando una barrera inexpugnable. Yo que estaba acostumbrado a este tipo de demostraciones, no me di por aludido. La atmósfera se tornó pesada. “Pancho” jadeante buscaba a “Fifí”. Sus ojillos le brillaban. Ella le gustaba. La “niña”, ofendida por semejante afrenta, levantó su morro “plástico” empinándolo hasta el infinito y con un gracioso quiebre de mirada lo rechazó por plebeyo. Desconcertado, no creía lo que había presenciado. Sería posible… Elucubré. Sexto aviso…
Salazar, volvió. Despachó a la embajadora y a “Fifí”, con dos píldoras “para después de…”, y luego de un conato de lucha, hizo lo propio con “Pancho”. Salimos de la consulta en busca del auto. Juan nunca soltó a “Pancho”; tampoco a su “móvil”, última generación. Quizá habréis pensado que era mudo, ya que casi no cruzamos palabras en todo el transcurso de esta dilatada historia. Pero no. Él es víctima de otro perverso engendro de la “nova” tecnología: el Smartphone.
En el camino iba pensando en la actitud de “Fifí” para con “Pancho”. Zoonosis rábica…zooantroponosis xenofóbica… ¿Por qué no?…
Me divertí mucho con tus peripecias, el cajero ah, eso es cuento aparte, más cuando hay gente esperando, da la impresión de que no se saldrá vivo de allí.:eek::):):p:D
Amparito, Amparito. ¡Bella Amparito! Me encanta que te hayas divertido con mis “loqueras”. Esa fue mi intención: el de divertir y el de divertirme.
Te "quelo" mucho, “pechocha”.
Sigue rugiendo y hablándonos de las cosas propias de la jungla de la vida.
Un abrazo rugiente.
Linda, gracias por tus palabras. Me siento profundamente halagado. Escribo, en blanco y negro, desde hace muy poco tiempo. Antes lo hacía solo para mí. Fantasías retrospectivas mentales, tengo cientos, o mejor dicho: tuve (quizás se perdieron en cualquier rincón de mi cerebro). Valió la pena salir de la oscuridad (no digo del closet, porque lo entenderían mal), a esta torrente de luz que nos brinda este foro y sus foristas.
Un abrazo y un beso de un tigrito ronrón.
Gracias por tu comentario, querida Sinrima. En otro hilo comenté que escribo porque me apasiona hacerlo, y lo abordo (la escritura) sin prejuicios. También (lo hago) porque me divierte. La mixtura de ellas, escritura y diversión, es un ejercicio catártico para mí. Si no me divirtiera, sencillamente, no lo haría.
Un abrazo y un beso.
Leí tu “perrofobia”, hay varias historias metidas ahí. Crei que la vieja maldita que ofendió a la limosnera era la misma embajadora. Pero no era. Hablas también de la xenofobia pero no la pude hilar con el resto de la historia.
Al final concluí que tu mañana fue una de esas en las que uno termina, como dicen en Perú, con la “mierda revuelta”.
Me gustó la historia porque son varias cosas a la vez.
Un abrazo de lagarto (Juancho) a tigre.
Pd.: ¿Por qué tigre? ¿Por lo “rayado”?
Me ha encantado,la aventura del cajero,( yo suelo tener un cierto amor-odio hacia ese aparatito );el pobre Pancho,que fijó su cariñosa mirada en la perrita de " pedigree "....no sabía ella lo que se perdía.
Los " pedigrees ",no sirven de nada sin no van acompañados de humildad,cosa que les falta a más de uno.Un abrazo,tigre,( me dá hasta miedo mandar un beso al tigre,por lo de los rugidos ).
“¡Gordo! Ese fue el destructivo epíteto con el cual me marcó in perpétuum. Primer aviso…”
Epíteto con sentimiento discriminatorio. Solo los bonitos son aceptados, en este mundo de dandis y misses. Pregúntale a un gordo, verás lo que te responde.
“¿Saben dónde se sentó el zamarro? Pues, frente a mi” Rio”. Como lo hizo. Creo que eso habría que preguntarles a los que afirman, a rajatabla, la absurda teoría de la superioridad de nuestra especie. Él sabía perfectamente que era sábado y día de su consulta. Segundo aviso…”
Discriminación asquerosa por lo animales. No soy perro, pero me pongo en el pellejo de ellos. He visto a unas cuantas bestias “caerle a palos” a sus mascotas, por quítame estas pulgas (por nada). ¡Pregúntale a un perro!
“No pude, la “cola” comenzó avanzar. Las “bestias” se perdieron en un mar de vehículos. Tercer aviso…”
Esto es más evidente. La vieja y la india. ¡Es asqueroso! Pregúntale a las "bestias" (porque ese sentimiento)
“El pedigrí era la condición reinante en esa escuela de locos. Cuarto aviso...”
Igual. Más que evidente y de nauseabundo. (¿Dónde están las "bestias").
“La vieja directora de mi ex escuela privada, hace décadas, nos ordenaba según el color de nuestra piel; el sistema financiero capitalista, hoy lo hace, palpando nuestras billeteras. Quinto aviso…”
¿Más excluyente y discriminatorio que esto? Quizás en los tiempos de Adolf. (¡Heil Hitler!)
“La “niña”, ofendida por semejante afrenta, levantó su morro “plástico” empinándolo hasta el infinito y con un gracioso quiebre de mirada lo rechazó por plebeyo. Desconcertado, no creía lo que había presenciado. Sería posible… Elucubré. Sexto aviso…”
Zoonosis rábica…zooantroponosis xenofóbica… ¿Por qué no?…
Zoonosis.- Una zoonisis, es cualquier enfermedad que puede transmitirse de animales a seres humanos.
Zooantroponosis.- Cualquier enfermedad que puede transmitirse de personas a animales.
¿Porque no, la zooantroponosis xenofóbica? ( esta, es de mi cosecha)
Eso se lo dejo a los sesudos.
Ah, y lo de las rayas…no. No es por lo rayado. Sí fuera así, ya sería una pantera (macho) y no un tigre loco. ¡Ya no me cabe una raya más! Ja.ja.ja.
Diccionario Panhispánico de huevas.
Rayado: Dícese del tigre que perdió la razón.
Un abrazo de tigre (rayado) a lagarto (Juancho)
Gracias querida Dragon por tu comentario. El tema del apartheid xenofóbico, suelo tratarlo con pinzas y prefiero que estas sean la de la ironía y la del sarcasmo. Ejemplos de esto hay en muchos lugares de este mundo moderno. El denominador común siempre es el mismo: la razón de la sinrazón del poderoso. La modernidad perversa; individualista y materialista la ha catalizado.
Ah… ¿Miedo? ¿A los rugidos? ¡Qué va! Con los “poderes” que muestras no hay fiera que ruja.
Un abrazo y un “bechito” de este tigrito ronrón. (Así me tienes: neutralizado)
Estuve en un alucinante y emocionante safari en el África. Emocionante y alucinante, para los coño’e madre que me cayeron a tiros. Felizmente que salvé pellejo y cabeza. Ya me veía como alfombra en una cabaña de cualquier puto gringo carnicero.
Tres tristes tigres
Tragaron con mucha grima
A tres grandes gringos
En las gruesas gramas de Groenlandia.
Chau “pescau”.
(De mi artículo "El Arduo Camino", publicado en la sección Ensayo);):)