“EL MORO”
Fue hace dos semanas, que murió “El Moro”. Sus médicos sentenciaron: ¡Lo mató su corazón”! …¡Mentira!, yo testimonio que su verdadera asesina fue…Su terror por la humanidad.
Creo que tenía como siete años, cuando lo vi por primera vez. Mamá me había mandado a la abacería de don Arturo por unas cajas de fósforos. Salí a regañadientes dejando al Zorro y a Bernardo congelados en mi mente. Fanático, no me perdía ni un capítulo de esa serie que transmitía el canal cuatro a las seis de la tarde. Salí de la casa. La calle se veía desolada. Solo uno que otro perro vagabundo husmeaba por los rincones tratando de buscar abrigo. El frío cosía mis huesos. Estiré las mangas de mi chompa cubriéndome mis puños, a manera de guantes. El piso estaba mojado. Huroneé a ambos lados de la calzada. Al frente, a la izquierda, “Mandrake”, dormía resguardando la entrada de la placita Rondón; más atrás el tuerto Aníbal registraba con su ojo bueno en el interior de su caseta de vigilancia. El mercadito estaba desierto. Me froté las manos, sintiendo un pequeño tirón en el dedo índice de mi mano derecha. Lo observé. Todavía persistían las huellas del mordisco que “Mandrake” me había encajado cuando intenté recoger mi pelota que había quedado entre sus patas, la semana pasada. Volví la vista a la derecha; la afiné, cerciorándome que la tienda de don Arturo todavía estuviera abierta, tomé aliento y crucé la calzada emprendiendo una veloz carrera; no paré, hasta la puerta del abasto. Entré en él.
La tienda de don Arturo se ubicaba en la esquina lateral derecha de la vereda del frente de mi casa, en el cruce con el Jirón Garibaldi (yo vivía en la cuadra trece del García Naranjo). En las otras tres esquinas, de esa intersección, estaban: la farmacia Soledad, el abasto de los cajamarquinos y el billar de don Jerónimo. No tardé mucho. El frio me apuró. Salí, con dos cajas de fósforos y una bolsita de caramelos perita, que eran mi delicia. Regresé canturriando. La carrera y el caramelo, que chupaba, me habían energizado. Sudaba frio, porque a pesar de haber entrado en calor, mi rostro y mis manos mantenían la frialdad del tiempo. Al llegar a la mitad de la calle, giré intentando cruzar la calzada. Tuve que devolverme porque un inmenso auto negro apareció de la nada tocándome el claxon. Me quedé quieto parado al filo de la vereda. El auto se orilló y se detuvo. Bajó el piloto, un señor muy alto con cara de mayordomo inglés. Muy flemático se acercó a la puerta trasera del coche, que daba a la vereda, la abrió y se colocó a un lado de ella, inhiesto. Yo esperaba que de un momento a otro bajara la Reyna de Inglaterra o el príncipe heredero. Ni la una, ni el otro; el que bajó fue un muchacho enclenque pulcramente acicalado, que cojeaba de la pierna derecha y detrás de él, ayudada por el gracioso chofer, una señora vestida toda de negro, con un sombrerito que cubría su cabellera recogida en un moño. Solo le pude distinguir medio rostro ya que la otra mitad, la superior, le era cubierta por un velo gris que le daba un aspecto brujero. No parecía ser la madre del muchacho ya que su caminar y los grandes colgajos de su cuello esmirriado, denotaban vejez. El niño, vestía un short azul marino, medias blancas, altas, que le cubrían las batatas. Unas jarreteras orladas le sujetaban a estas. Camisa blanquísima, corbata roja delgadísima con paltó azul rey ceñido al cuerpo. En el bolsillo del paltó, cerca del corazón, llevaba una insignia roja con letras brillantes en hilos dorados cuyo texto no pude distinguir, por lo lejano. Calzaba zapatos de cabritilla negra y correa al cinto del mismo material. Cubría su cabeza un gorro del mismo color del saco y con similar membresía que la del bolsillo, en su centro. El “mayordomo” abrió la pequeña puerta enrejada y penetraron a su estancia, cruzaron el jardín, subiendo los tres escalones que daba al pequeño rellano que antecedía a la puerta principal de ingreso a la residencia. El niño volteó, helándome con su mirada. Era blanco, céreo y transparente como un cadáver. Sus ojos celestes gélidos me hicieron recordar a la de los perros lobos esteparios. Avanzaron desapareciendo detrás del vano: la “bruja”, seguida del “Moro”. “El mayordomo” cerró la cancela.
La “Quinta Carreño” era la mejor casa de todo el barrio. Tendría unos cuatrocientos metros cuadrados de superficie y estaba construida de material noble, a diferencia de la mayoría de las casas de los alrededores que eran de adobe y quincha. Tenía dos pisos y una mansarda con una ventanilla que daba a la callejuela. Remataba en un techo a dos aguas con apariencia aladrillada. Lateral al ático flotaba a lo alto un pendón con un letrero que decía “SE VENDE”. Desde que yo tuve memoria caligráfica ese letrero estuvo allí. Su frente era guarnecido por un enrejado metálico dividido por cuatro columnatas. Las dos de la derecha (mirándolas de frente) sostenían dos grandes puertas batientes que daban ingreso al garaje que estaba a unos diez metros hacia el fondo, al que se llegaba por dos hileras de baldosas perfectamente simétricas y calculadas a la separación promedio de las llantas de los coches. Los laterales de la veredilla, estaba encespado. A la izquierda, otras dos columnas, limitaban a un pequeño muro de un metro de altura sobre las cuales unos enrejados de hierro, tramaban finas filigranas. Entre la segunda y tercera columna despuntaba una portezuela metálica de ingreso a la mansión, seguida de un caminillo abaldosado que terminaba en una escalerilla, a la izquierda, que daba acceso a un pequeño vestíbulo abalaustrado. Entre el balaústre y el muro enrejado, un jardín encetado rodeaba a una minúscula fuente con cuatro bellos querubines que silbaban hilos de agua a los cuatro puntos cardinales. Tres ventanas principales iluminaban el interior de la mansión. Dos en el frente de la casa, en la primera y segunda planta y la tercera en la nave lateral del segundo piso, sobre el garaje. Todo el perímetro estaba protegido por un enjambre de alambrados de alta tensión.
Recuperado del éxtasis, que me produjo la aparición, crucé la calzada y entré en casa. Entregué el mandado, desoyendo las regañinas de mamá por mi tardanza; comí, vi algo de tv y me acosté, embobado. No pude dormir bien. Los ojos velados del “Moro”, suspendidos en el aire, hurgaron mis sueños en casi toda la noche. Sobresaltado y con el rostro completamente perlado desperté estresado. El canto “ladilloso” del gallo de don Simón picotearon mis tímpanos a las seis de la mañana. Salté de la cama como un mico. Soñoliento me encaminé trastabillando al baño. < ¡Mi uniforme! > exclamé. Di media vuelta dirigiéndome a mi ropero. Abatido, comprobé que mi “comando” estaba completamente arrugado y en la canasta de ropa sucia. <No puede ser que mamá se halla olvidado de lavarlo >carajeé. Lo tomé y bajé corriendo del altillo, donde estaba mi habitación, con intención de medio plancharlo. A media escalera desaceleré el paso hasta quedarme estático. Demudé el rostro profiriendo tan tremenda carcajada, que hasta mamá lo oyó, saliendo sorprendida de la cocina. <Estás loco muchacho >me dijo. Yo seguía riendo presa de un ataque de risa, sin tomarla en cuenta. Me había recordado que era sábado y que por lo tanto, ese día, no tenía clases. No sé, pero creí en ese momento que el “Moro”, la vieja bruja y el “mayordomo” inglés, tuvieron algo que ver, con todo aquella pelotera.
Comentarios
Más allá, el gordo César, salía de la placita restregándose las legañas de los ojos, su papá era carnicero y tan gordo como él. Al verlo el loco se le acercó, le dijo algo y los dos salieron con dirección al tierral. El orejón Calixto, se les unió casi en la esquina de la cuadra. No tuve más remedio que unirme al grupo.
El tierral era una calle que cruzaba perpendicularmente a la nuestra. Era la única callejuela del Jirón Huánuco que no tenía asfalto. Estaba opuesta al Jirón Garibaldi y paralela a él. Los gobiernos la habían dejado intacta por años y años, quizás con el objeto de no romper con tan tradicional juego que por décadas disfrutábamos los chicocos de las adyacencias de aquella vieja arteria del distrito de La Victoria. Fuera así, o no, lo cierto es que allí estaba, lúdica y permisiva.
Escogimos el terreno y nos pusimos a practicar, a la vez que el “orejón” y el gordo César, destapaban los hoyitos que la garúa y el paso de los peatones habían cubierto. Más allá en un terreno colindante, otro grupo de chiquillos hacían lo mismo. De allí salió el “zapatero”, que se acercó al loco; trabaron conversación y a los pocos segundos, llegaron a un acuerdo. El loco nos reunió manifestándonos que había acordado un juego, de todo o nada: “hasta la muerte”, con los “zapateros”. Yo reculé. El loco me miró hosco, puso su rodilla izquierda en tierra amarrándose los pasadores del zapato de su otro pie, mirándome de medio lado… calculando…de pronto, irguiéndose con la velocidad de un rayo me propinó tremendo puntapié entre las dos bolas, que me “destortilló” todito. Me quitó mi bolsa de canicas dejándome doblado, besando el suelo. No me quedó más remedio que sumarme al reto. A la hora ya habíamos desbancado por completo a nuestros rivales. Felices nos repartimos el botín. Boyante, doblé mi bolsa. El “zapatero” mayor quedó picado. Se le acercó al loco murmurándole al oído. El loco nuevamente nos reunió diciéndonos que el zapatero le había retado a un juego “a platita”. Entre todos juntamos dos soles. Una hora después éramos millonarios. El zapatero se retiró cuando el loco ya le había ganado diez soles ¡Una fortuna! Fuimos a celebrar a la cantina del flaco Juan. Pedimos cuatro sándwiches de asado dobles, acompañándolas con sendas inca colas. Aproveché la oportunidad para hablarle, a mis amigos, de la llegada del “Moro”, de la vieja y del “mayordomo” inglés a la casa Carreño. Ellos me miraron descreídos. El orejón dijo que jamás había visto alguien dentro de esa casa. El gordo opinó que ni loco se acercaba a ella para ser pasto de los “pishtacos”. El loco, que para estas cosas era muy cobarde, expresó que su papá le había contado de una tragedia ocurrida hace muchos años en esa mansión, antes de ser derruida y reconstruida. Desde esa fecha a pesar de su apariencia fastuosa, la Quinta Carreño jamás fue ocupada. Los últimos inquilinos de esa casa fue una joven pareja de recién casados, que solo duró apenas un fin de semana en esa estancia. Al final, ninguno creyó mi historia, pese a las descripciones detalladas que les hice de los recién llegados. Salí picado con la idea fija de demostrarles su yerro.
Pasaron los días y nunca más pude ver al “Moro”, ni a sus acompañantes. Solo cataba sombras, que de vez en cuando se traslucían a través de los visillos de la ventanita del ático, de la casona. En esos días, me llamó la atención que en las noches de los viernes “el negro” aullaba fuerte después de la media noche con el hocico dirigido hacia aquella casa. Recordé lo dicho por la tía Gertrudis: “los perros aúllan cuando ven a las ánimas descarriadas y se ponen como locos cuando sienten a Belcebú, acechando”. Decidí investigar.
Era un viernes. La noche se sentía fresca y atemperada. Una luna inmensa irradiaba centellantes hilillos de plata, que descubrían hasta los últimos recovecos que las penumbras hurgaban. La visibilidad disfrazada en una escala de grises, era fantástica. Me acordé que solo los seres humanos somos capaces de definir el cromos. Si los perros solo ven en blanco y negro, en esa noche, la espléndida luna me brindaba la oportunidad de escudriñar dentro de aquella danza de grises y sepias, como ellos: < ¡Quizás, me encuentre a Lucifer! > Blasfemé.
Todo lo había preparado meticulosamente. Me acosté a la hora acostumbrada. Mamá subió a mi habitación a las nueve. Abrió la puerta de mi cuarto silenciosamente, acomodó mis zapatos y las medias que había dejado regados en el piso, se acercó a mi catre cerciorándose de que estaba dormido, me dio un beso en la frente y se retiró. Esperé media hora. Me levanté sigilosamente y me asomé a la ventana de mi cuarto que ofrecía una perfecta panorámica del segundo piso y el ático de la residencia del “Moro”. Esperé. A medianoche el sueño hacía presa de mí. Cabeceando, fui despertado por los aullidos del “negro” que empezaba con su sinfonía macabra. Me restregué los ojos y me sacudí la cabeza, desamorrodándome. Con más sigilo que una gato, bajé del altillo. Crucé el patio de la casa, trepándome en la escalera de madera que había dispuesto, para alcanzar la azotea. Me acerqué al filo de ella. Agazapado, me escudé detrás del pequeño muro de protección que resguardaba la fachada. Desde esa posición avistaba perfectamente la “Quinta Carreño”, en su totalidad. El “negro” se desgañitaba, los otros perros del barrio le hacían coro. De pronto, una camioneta de pasajeros irrumpió como un fantasma. Era negra azabache y silenciosa. No rodaba…o me pareció que no. Casi levitada e insonora se estacionó en la portada de la casa del “Moro”. Erizado conté: una, dos, tres…Fueron diez señoras que penetraron en la finca. Todas vestidas de negro, con el tocado del mismo color y con el mismo velo gris, que la “bruja”. Parecían los clones de ella. La última dama bajó con una niña de la mano. Como intuyendo mi presencia, abanicó la mirada, centellando con sus cuencos rojizos todo el horizonte. Apretó el paso llevando casi en vilo a la pequeña. Esta tendría como cinco añitos, estaba ataviada toda de blanco: zapatos, medias y vestido níveos. Era cerífera y casi transparente como el “Moro”. Parecía esnifada. La camioneta había desaparecido. La mansión quedó en penumbras, centellando a intervalos, vacuas luces blancas. El “negro” estiraba el morro hacia la luna, enronquecido, ya no articulaba sonidos. Un silencio mortecino, invadió el ambiente. Me quedé dormido.
El frío me despertó. ¿Cuánto había dormido? No lo sabía. La camioneta había regresado. Los espantos comenzaron a salir: una a una. Salieron todas… ¡Menos la niña!...
La sala era inmensa; los muebles espléndidos, estilo Luis XV. Finas cortinas colgaban sujetadas por ondulados bandós que corrían en rieles que parecían de oro. El piso estaba completamente cubierto de un tapiz de un matiz grosella intenso, casi escarlata. Del techo pendían dos preciosas arañas de Murano, simétricas en las dos media naves, en que se dividía la sala. Las paredes mostraban grandes cuadros de estilo renacentista de la escuela italiana. Quizás Tintoretto. Sus motivos eran religiosos. Discordaba con ellos, una Olimpia de Manet que mostraba su espléndida desnudez, en la pared principal. El gato negro erizado de la “Olimpia”, parecía tener vida. Observé las ropas del “Moro” y miré las mías. Detallé su sala y rememoré la mía. Descubrí que era pobre.
Me condujo a su salón de juegos. Él arrastraba su pierna derecha que parecía de palo. Jugamos al ludo, al ajedrez y a las damas. Cuando nos cansamos de los juegos de mesa, le dimos al pimpón, al futbolito y al sapo. Recorrimos el gran circuito de Montecarlo con carritos a control remoto, que manejábamos diestramente. Él, más que yo. Me preguntó si tenía hambre. Yo lo miré cortado. Me tomó con su mano de muerto jalándome a la cocina. Su nevera parecía un ropero. Sacó de ella helados, jugos, refrescos y pasteles de variados sabores. Comí hasta saciarme. Me preguntó por mis fechas preferidas del año. Le respondí: el día de mi cumpleaños, el cuatro de julio, y las navidades. Miré mi reloj pulsera que me regaló la abuela. < ¿Es tarde? >me preguntó. Yo le respondí que sí. Me acompañó hasta la puerta. Se despidió entregándome un pequeño papel doblado en cuatro que lo depositó en la palma de mi mano. A pesar de su aspecto, el “Moro”, me pareció un niño encantador. Salí desconcertado.
Sentado en mi cama desdoblé el papel. La carta decía lo siguiente:
Amigo Pancho:
Gracias por haber compartido conmigo, esos pequeños momentos de tu vida. Espero que me consideres tu amigo. Tú, ya eres el mío. El primero y el único amigo que me han permitido tu bondad y estas paredes maléficas que son mi prisión. Nunca te olvidaré.
Cuídate.
Pd.
Para cada Navidad y para tu cumpleaños te dejaré un presente al pie de la pileta de los querubines. La reja estará entreabierta.
Para esa navidad, y para mi cumpleaños y las navidades del siguiente año, el “Moro” no se olvidó de mí.
En aquella última noche buena, comimos en casa panetón italiano con chocolate caliente. Orgulloso paseaba mi gran avión militar desarmable y a escala que mi amiguito me había dejado al pie de los querubines. Era su favorito. Esa navidad fue la más feliz de mi infancia. El año nuevo fue el más desgraciado.
Aquel primero de enero, las sirenas de los patrulleros y los bomberos me despertaron. El “negro” no dejaba de ladrar exasperado por el griterío de la gente. Movido por la curiosidad me asomé a mi ventanita. No logré ver mucho. Me puse mis sandalias y en pijamas hice la calle. La trifulca era en la quinta del “Moro”. Como pude me abrí paso entre la muchedumbre que frenética hacía mil comentarios. Yo, no escuchaba. Tuve que escabullirme entre las piernas de los vecinos, gateando. Por fin logré la primera fila. El carro de bomberos había tramontado la rampa de ingreso al garaje y tenía medio chasis en la vereda y la otra mitad dentro del jardín. El portón metálico de acceso, estaba por los suelos. Había sido derribado. Tres patrulleros resguardaban el frontis de la mansión. Un cordón policial impedía que el gentío invadiera el escenario. Un bombero con hacha en mano derribaba la puerta principal de la estancia. A su seña, ingresaron tres agentes fuertemente armados. A los minutos llegó una ambulancia rompiéndonos los tímpanos con su punzante sirena. Bajaron, dos señoras corpulentas ataviadas con pulcritud. Ingresaron a la casa. La expectación estaba al máximo. El puje de la multitud había roto el cordón de seguridad; el gentío rodeó la ambulancia. Los guardias desesperados trataban de poner orden. Se sintió un fuerte bramido militar. Los policías apertrechados de sus escudos, despejaron a "rolazo” limpio los alrededores de la ambulancia. Yo caí arrodillado debajo de las botas de un guardia. Los policías que habían entrado a la casa del “Moro”, salían a paso ligero resguardando a las dos enfermeras que llevaban, casi en vilo, y sujetado por los brazos, a un muchacho. Me escurrí por entre las piernas de un policía quedando ante la ambulancia, por un instante. Fue suficiente. Reaccionando, el policía corrió tras mío, me tomó de un brazo tirándome hacia atrás. Caí al centro de la calzada, arrodillado y con los ojos anegados en lágrimas. Lo que viví perduró en mis recuerdos y pesadillas por años. ¡Sí! ¡Ese muchacho era el "Moro”! Me costó reconocerlo. Estaba larguísimo. Casi cadavérico. Greñudo y sucio, con costras de carca que ennegrecían su piel marfilosa. Con jirones de ropa que mostraban su desnudez. Sus ojos gélidos, casi habían perdido el iris; brumosos, sin vida, sin esperanzas…Él no me reconoció; yo sí.
Jamás creí lo que dijeron de mi amigo. Lo de su venganza… ¡Sí! Y creo que hasta la compartí.
Al día siguiente de los sucesos, los periódicos amarillistas y hasta los serios desataron un pertinaz ataque maledicente en contra del pobre muchacho. Por semanas su vida y la de sus familiares fueron la comidilla de sus putrefactas lenguas. En su contra lanzaban los más terribles epítetos: “Niño monstruo de La Victoria”, “Engendro del mal” y otros tantos que ya no recuerdo, ni quiero recordar. Los semanarios, empeñados en sacar pingües ganancias del momento, inventaban todo tipo de historias truculentas con el fin de satisfacer el morbo de sus lectores. Trataré de relatarles lo que de cierto extraje, de tanta falsedad.
El verdadero nombre del “Moro” era, Ibrahim Malawi. Hijo de un opulento empresario de origen sirio y de una dama venezolana. Tenía una hermana, Laurita, dos años menor que él. Los Malawi, habían migrado al Perú al final de la década de los cincuenta, afincando su residencia en Lima. Su hermanita había muerto de un tiro de revolver. En el infausto accidente estuvo involucrado él. Su madre también había fallecido, desnucándose, al rodar por las escaleras de su sala. Estaba embarazada de siete meses; muriendo el no nato. ¡“El Moro”, también estuvo implicado! No sé si fue el destino o el azahar, el que se ensañaba con el pobre muchacho. Creo que el propio satanás clamaba su condena. Sea como fuere se convirtió en la gran víctima de todos estos lamentables sucesos. El dolor casi enloqueció a su padre. No quiso saber más de él. Se lo entregó a su hermana, una solterona amargada que tenía malas mañas. Compró una casa en un barrio pobre del distrito de La Victoria y los confinó allí, dejándoles una gran dote y viajando con paradero desconocido.
El “Moro”, perdió su inocencia, su niñez y su espíritu. Quedó tal y cual lo conocí, cuando llegó al barrio.
El resumen del parte policial del caso de “La Quinta Carreño”, decía lo siguiente. En realidad eran dos. Este era el texto del primero:
“El día primero de enero del año en curso, fueron hallados en la “Quinta Carreño” propiedad de don Ibrahim Malawi, ciudadano sirio, de paradero desconocido, los restos de diez infantes cuyas edades oscilaban, en el momento de su muerte, entre los cinco y siete años. Todas del sexo femenino. Sus muertes fueron provocadas por asfixia mecánica (ahorcamiento), en todos los casos. Los restos fueron localizados en el sótano de la casa, debajo del garaje y tenían otros traumatismos importantes: las articulaciones de sus pies y manos habían sido destrozados post morten. Los cadáveres no tenían, ni pies ni manos. El informe necrológico evidenció que también les habían arrancado los ojos, las mejillas, la lengua y las orejas, después de muertos. Falanges de los dedos de las víctimas se encontraron en el dormitorio de la anciana que residenciaba en este predio, junto a su sobrino. Se presume que el móvil de los crímenes fue el canibalismo”.
¡La anciana se comía a las niñas!
El segundo resumen señalaba:
“El día primero de enero del año en curso, fue hallado en la “Quinta Carreño” propiedad de don Ibrahim Malawi, ciudadano sirio, de paradero desconocido, los restos de un individuo de sexo femenino en estado de descomposición. Fue identificada como la ciudadana siria Amaya Malawi que contaba con sesenta años de edad en el momento de su muerte. Su deceso fue provocado por asfixia mecánica (ahorcamiento). El cadáver fue localizado en el dormitorio que ocupaba en la casa, presentando otros traumatismos importantes: las articulaciones de sus pies y manos habían sido destrozados, post morten. El cuerpo no tenía, ni pies ni manos. El informe necrológico evidenció que también le habían arrancado los ojos, las mejillas, la lengua y las orejas, después de muerta. Falanges de los dedos de la víctima se encontraron en el dormitorio del niño que residenciaba en este predio, junto a su tía (la occisa). Se presume que el móvil del crimen fue el canibalismo".
¡El “Moro” se tragó a su tía!
Una historia con desenlace inesperado. Y con algunas interrogantes. Te escribo desde la oficina. En mi casa la releeré.
Un abrazo.
¿La rica Vicky? Sí, compañero. Para mí son veintitrés años de recuerdos. Toda mi infancia, mi adolescencia y parte de mi juventud. La avenida 28 de Julio con su viejo cine Sucre y más allá, rompiendo a esta, la otra avenida; la Aviación con sus mercados mayorista y minorista, La Parada, con su olor a caldo de cabeza de carnero con lengua y mote; patasca, patasca para calmar el vientre de los amanecidos achispados. La “cachina” de Gamarra… Como no recordar amigo mi primer polvo apuradito y “asustau”, en el viejo hotel San Pablo, casi al ladito “no’ má”, del cerro San Cosme, pasto de “choritos”. Sé que muchos de ellos ya no están y a otros le han “limpiau” la cara. ¡Odiosa modernidad! Felizmente que "papadios” nos regaló memoria y corazón y a esos (lugares) viejitos los tengo guardados yo, en un rinconcito de aquellos otros dos (memoria y corazón).
Espero que hayas releído al “Moro”. Y en cuanto a las interrogantes, sí dejé unas cuantas para la imaginación del lector. Es fantástico poder interactuar con quien nos lee. Que cada uno se haga su propia historia.
Espero tu respuesta.
“En un viaje que hice a barranquilla conocí a una linda colombiana y me quedé, me quedé con las ganas de casarme con esa chiquilla…Coro: amparito, amparito...”
Cada vez que abro un mensaje tuyo me suena en la mente los sones de esta gaita “maracucha”, popularizada por el grupo venezolano “Maracaibo 15”. Sé que no eres barranquillera, pero igual sirve ya que eres una linda colombiana, como dice el son.
Tus opiniones son cortas, pero sustanciosas. “Historia escalofriante”, dijiste. Un beso por eso y muy agradecido.
Amparito, Amparito…
Es solo para Amparo que donde llega te arma una jarana y nos olvidamos de la literatura.
1. Al empezar tu historia dices que murió "el moro" por su terror a la humanidad. Luego desarrollas tu historia y no se porque le tenia terror a la humanidad.
2. No me quedo clara la razon del canibalismo.
Punto aparte.
De niño escuche historias referidas a casas donde vivia algun anciano solo y decian que era malvado y otras ficciones propias del barrio.
Yo vivi en el pasaje "los manzanos" , paralelo a Isabel La Catolica. Por San Pablo. Estudie al frente de Labarthe.
Saludos
Ahy disculparan el desorden que se forma por mi culpa, pues aunque me encanta leer, como que no tengo idea de nada, sólo de sabotearlos y de hacer recocha, que pena con la Literatura:D:D:):):p:p
Saludos atigrados.
De nada Amparito, gracias son las que te adornan.
Hoy dia estoy por aca temprano (son las 10 y 50 de la mañana) es feriado en mi pais. Dia de San Pedro, San Pablo. Dia del pescador. Dia del papa.
Y no tienes de que disculparte.
Un abrazo. Y las disculpas al tigre por chatear de otros temas.
¡Ayyy, Caray!, como que la Amparito nos está develando sus pecadillos juveniles. ¡No importa! No soy celosillo. ¡Ya está! Dejemos de gastar tanta saliva, mi amor y vamos a los hechos. Tenemos una cita, que sea una tardecita, en la que los dos, cachete a cachete veamos desembocar el Magdalena en “Bocas de Ceniza”. Sí, los dos solitos unidos como el Gran Caribe y la dulce Magdalena.
La fecha la pones tú (año, mes, día, minuto y segundo). Allí estaré esperándote como un clavel.
Pd: ¡Ah!, y no tardes mucho, digo, por eso de la edad (la mía). Y lleva tu tanga, y si es hilo dental…mejor.
Y tiene que ser rapidito, la cita, pues tampoco es que me quede mucho tiempo por delante:D:p:);)
Mira Amparito esos muñequitos verdes que me muestras en tu post, sí esos dientoncitos, se parecen a mi mujercita cuando está bravita. Ojalá no me escuche sino me pone a pan y agua y dicen los sagrados evangelios que “no solo de pan vive el hombre”. Bueno disculpa esta digresión y a lo nuestro: No mi vida donde hay abundancia sobra amor. Bienvenidas sean tus carnitas. A lo sumo los veraneantes de Puerto Velero, se preguntarán: ¿Qué hacen esas dos toninas a orillas de mar?
Un abrazo de “gordis” a “gordis”.
1.- ¿Qué es la humanidad para un infante? Lo más cercano a él: su familia. ¿Quién era la familia del "Moro"? Por supuesto su padre (su madre y su hermanita habían fallecido). ¿Cómo se sentiría un niño que es despreciado por su única familia, su padre, que lo culpa de la muerte de sus otros seres queridos?, pues aterrorizado, más si es arrojado en manos de una “vieja bruja que tenía malas mañas”.
2.-En algún párrafo del cuento hablo de: Una anciana de aspecto “brujero”. En otra de” una tía que tenía malas mañas”. En otra, cuando, Pancho, encaramado en su azotea ve entrar a la casa del “Moro” a diez señoras. La última ingresa con una niña de la mano. Luego salen todas “menos la niña”…Y cuando Pancho entra la quinta del “Moro” tras “el negro”, y lo encuentra olisqueando por los rincones (hedor a muerto). En todos ellos trato de insinuar que la tía, pertenecía a una secta satánica que practicaba el canibalismo, siendo sus víctimas infantes del sexo femenino (lo digo al final). ¿Cómo se sentiría un niño al presenciar todas estas atrocidades cometidas por mentes insanas? : ATRRORIZADO, POR ESAS BESTIAS HUMANAS. Él estaba confinado en esa casa, su único contacto con la humanidad estaba dentro de aquellas cuatro paredes. Lo dice en su carta a su único amigo, Pancho.
Amigo Juancho, lo que narro es pura ficción entretejido con pasajes comunes que vivimos muchos niños, allá por la década de los sesenta. Lo que sí puedo asegurar, es que a veces la realidad puede superar a la ficción. Para muestra un botón.
La Masacre de la Universidad de Texas de 1966.
El suceso ocurrió el 1 de agosto de 1966. Charles Whitman asesinó en primer lugar a su madre y luego a su esposa. Se instaló en el piso más alto de la torre de la Universidad de Texas, desde donde se dedicó a disparar a las personas que caminaban por el campus matando a 14 personas e hiriendo a otras 32. Fue acribillado a tiros por dos policías que lograron entrar en la torre. La matanza fue recordada como una de las más sanguinarias ocurridas en una universidad estadounidense, superada en el 2007 por la de Virginia Tech, a manos de Seung Hui Cho que asesinó a 32 personas.
Ah y yo estudié en el Pedro A.Labarthe. Un abrazo.
Al relato vamos.Me gustó mucho,con un desdenlance,para mi,inesperado.
Historias de caserones,almas perdidas,etc,las hay en todas partes y más de una conozco,( és la ganacia que recibí,el vivir de pequeña en varios países y sitios;afinaba los oídos y prestaba atención a todo lo que hablaban a mi alrededor ).Muy buen relato.Un saludo desde el sur.
Amparito
Por favor las fotos, las cuelgas en la seccion de fotografia del foro.
No se si como "artisticas", "curiosas" o "pintorescas".
Saludos
Me quedó claro tigre1950
Estudie la primaria en aquel colegio que se llama Cesar Vallejo.
La secundaria la estudie en el colegio Guadalupe.
Un abrazo.
Amigo, Juancho.
Cursé mis estudios secundarios en el Labarthe. Cuatro años de estos. El último al frente. ¿Por qué no terminé en el Labarthe? Quizás se los cuente algún día. Lo único que os puedo adelantar es que estuve implicado en una de las primeras protestas de estudiantes secundarios de aquella época (con toma de local, rehenes y todo).Era muy común las (protestas) de los universitarios, mas no la de los secundarios. Eso ya es historia (la mía), pero no me arrepiento porque allí nació ese embrión de rebeldía que siempre me ha acompañado.
¡Qué tiempos aquellos compadre!
(Y me voy corriendo, pues ya me tocaron la campana: estoy en inventario de medio año)
Hola mi niña, bella y preciosa. Gracias por tus palabras.
Lo que narro en el “Moro” es pura ficción y producto de mi locura (¿Por quién será?).
Sí, todo lo narrado es fruto de mi imaginación, matizada con una que otra anécdota, propio de los niños de aquel entonces, para darle un toquecillo de realismo a mi historia. ¿Qué sí el “Moro” existió? Sí…y no. ¿Qué esa historia truculenta alguna vez la escuché y la adapté a mi versión? No. Te aseguro que no. Todo es fruto de mi insania. Ja.Ja.Ja.
Adiós princesa, y me voy corriendo por que tengo cita con mi loquero.
¡¡¡Aburrrr!!!
Querida Sinrima, disculpa lo tardío de mi respuesta. Asuntos del quehacer diario, confabularon en ello. Agradezco tus comentarios tan atinados, realmente me siento muy agradecido por ellos.
¿Historia truculenta? Sí. Trato de exacerbar el morbo, en mis personajes, moviendo aquel gusanillo asqueroso que vive confinado en lo más profundo del espíritu humano. Muy pocos aceptamos la naturaleza de su existencia (¿por qué será?)pero siempre está allí, soterrado, camuflado y expectante. Soy muy apasionado y como tal me dejo llevar por mis personajes a donde ellos quieran ir. Estoy desprovisto de prejuicios por lo que no les pongo límites. Sean historias truculentas (El “Moro”) o divertidas (El “Contador”). Me gusta escribir y lo hago con mucha pasión.
¡Ah!, y no solo por pasión, también por diversión. Me divierte sobremanera el escribir.
Un bacio bambina.