Mis padres, temiendo enfrentarse al inminente desenlace, se habían apartado alejándose cada uno en su afligida soledad: mi padre se encontraba fuera de la ciudad por trabajo, y aunque estaba al corriente de la situación, atrasaba su regreso permaneciendo ostinadamente encerrado en la habitación del hotel donde se hospedaba, como me explicó años después, para no llevar recuerdo alguno de la escena que se desenvolvía. Mi madre, cargada de reproche hacia él, se había alejado de la casa llevándome consigo. Ya se preparaban para el olvido. Yo tenía cuatro años, Martín cinco.
Sólo la abuela Lola, infatigable, con la ayuda de su consuegra Ifigenia, atendían al pequeño en su agonía. Lola ya conocía ese dolor pues había perdido a su primera hijita de algún mal endémico cuando ésta tenía poco más de un año, antes de la guerra. Luego había nacido mi padre.
Sorprendentemente, son siempre las abuelas y las mujeres de edad las que mantienen la entereza y eficacia en los momentos más dramáticos.
En aquella tarde del 8 de marzo de 1962, día del quinto cumpleaños de mi hermano Martín, el aire era un asesino despiadado que había envuelto la ciudad con sus lenguas de muerte, paralizándola como un veneno.
En casa cada gesto, cada pensamiento, habían quedado detenidos, los minutos largos como días, aguardando el final, la débil esperanza de medicinas que no llegarían o llegarían demasiado tarde, desvanecida: el médico, tras breve y compungida visita, había finalmente sentenciado una meningitis con grave comprometimiento del encéfalo.
La muerte de Martín marcó a los miembros de mi familia, como había ocurrido con la guerra hacía años. El antes y el después. Hablar de él o tratar de olvidarle. Aceptar el dolor y la pérdida o refugiarse en el silencio. Se escondieron o destruyeron todas sus fotografías, los efímeros recuerdos de su breve paso por esta vida. Nadie relataba anécdotas o lo incluía en las conversaciones, sólo la tía Tina lo nombraba a veces, aludiendo a “el nene” o “tu hermanito”, sin ni siquiera llamarlo por su nombre. Otra forma de exorcizar el dolor.
En casa de la abuela Lola, donde vivo ahora y donde, como también ella años después, el tío Min y la tía Tina, mi hermano murió, he encontrado custodiadas en una vieja caja de cartón sus fotos y demás pequeños recuerdos, sepultados desde hace medio siglo entre resquicios de un sordo dolor. En la tapa están escritas en lapiz, con tímido trazo tembloroso, sus iniciales, M.C.A., iguales a las mías.
Comentarios
Me gusta mucho el orden con el que manejas tu historia.
Leí tus "Tapices", también muy bueno.
Los detalles son importantes para ti y los vas dando con gran conocimiento.
Saludos
Muy lograda la parte en que los detalles te llevan a las habitaciones de esa casa, y vas encontrandote a cada personaje en situación.
Saludos.
Como todos tus relatos son gratos para leer;):)
Me gustó mucho tu relato, y en él, esta oración es la que para mí se destaca. Y de alguna manera, lo resume.
"Sorprendentemente, son siempre las abuelas y las mujeres de edad las que mantienen la entereza y eficacia en los momentos más dramáticos."
Y aunque siempre existe la excepción que confirman la regla (en este caso, muchísimas excepciones:)), creo que eso no es ninguna sorpresa.
Saludos
Ok entonces buscaré los escritos que mencionas. Saludos.
Muy detallado y muy tierno.
PD: también me gustan los relatos de otros foreros, pero por alguno tenía que empezar
Un abrazote