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Biou

VallininVallinin Pedro Abad s.XII
editado marzo 2011 en Terror
Capítulo 1


Edward Kenzie era un tipo que no pasaba desapercibido. Quizás fuera por su metro noventa y cinco de altura, sus cincuenta kilos de sobrepeso o aquella roñosa gorra de los Boston Red Sox que parecía haber echado raíces en su cabeza. También era un hombre eminentemente feo, de ojos pequeños y hundidos, nariz chata y una barbilla huidiza que se sumergía en la gran papada que almohadillaba su cuello. Y es que el bueno de Eddie o “Lil Ed”, como lo llamaban los niños de Lewis Creek para burlarse de él, en lo único que no descollaba era en lo referente a la astucia y la vivacidad (había dejado el colegio en cuanto su estupidez fue lo suficientemente mensurable), llegando a ser popularmente reconocido como uno de los habitantes con menos sesera de aquella pequeña y apartada localidad al norte del condado. En resumidas cuentas: Edward Kenzie era lo que vulgarmente vendría a llamarse: “un enorme paleto”, que nació para morir en su granja de Lewis Creek, al cuidado de los campos de remolachas que le habían dejado su “má” y su “pá” en herencia.
Pero Eddie era (había sido) un tipo, aunque solitario; bonachón, amable (aunque su olor pudiera llegar a derribar a más de uno) y sin grandes secretos, que indudablemente sentía un gran cariño hacia el pueblo que le vio crecer y hacia aquellos que allí vivían.
Por eso nadie pudo explicarse, al menos al comienzo de la tragedia, qué fue lo que le pasó al bueno de Eddie por su enorme (y hueca) cabeza para que hiciera aquella barbaridad.

Habían pasado unos cuantos meses desde que la gente en el pueblo dejara de escuchar el petardeo del tubo de escape de su camioneta del 78 atravesando Main Street hacia Ligget. En un principio, nadie se interesó demasiado en ver qué le había ocurrido al grandullón para que se interrumpieran sus viajes diarios a la localidad cercana, pues en este punto Eddie seguía siendo el de siempre, salvo por el detalle de haber abandonado la vieja y desportillada camioneta (quizá eso fue lo que alertó por primera vez a los más observadores) para sustituirla por los paseos a pie.
— Caminar es saludable— decía siempre, con su voz grave—. El doctor Rojas dice que alarga la vida.
Sus caminatas por el pueblo continuaron, aunque más bien parecían un mero pretexto para acabar comprando dos docenas de barritas energéticas (las que había en el expositor) en la tienda de Julie. Aquello rozaba lo obsesivo, pero Julie no puso pegas: nadie salvo él compraba esas mierdas de sésamo aglutinado. No obstante, no podía contener su curiosidad, y cuando le preguntaba por aquella adición a su dieta, él respondía siempre lo mismo:
— El trabajo en la granja es duro, y uno siempre tiene que estar siempre a punto.
Sin embargo, Eddie cada vez tartamudeaba más al hablar, e incluso agachaba la cabeza al paso de alguien conocido, mientras que la sonrisa que solía llevar siempre dibujada en su rostro rollizo comenzaba a transformarse en una incesante mueca de exasperación. Sus facciones mórbidas estaban continuamente humedecidas por el sudor que no dejaba de manar de su piel, y unos círculos amoratados empezaron a tomar color en las bolsas de los ojos. Julie estaba mosqueada. Cada día, Eddie se parecía más a un monstruo de Frankenstein con “sobrepeso”, mientras que la compra diaria de cargamentos de barritas energéticas no suponía algo demasiado tranquilizador. El rumor no tardó en extenderse por toda la localidad: al bueno de Eddie Kenzie se le estaba yendo la cabeza.
— Algo normal en un tipo que tiene más relación con las remolachas que con las personas — decía Vinnie Diringer al comprar su paquete diario de Chesterfield—. Esa mole me da cada vez más miedo, Julie.
— Por el amor de Dios, Vinnie— respondió ella, sacando el dinero de la caja registradora —. Se trata de Eddie. Nuestro Eddie ¡Tú sabes que no le haría daño a una mosca!
— No sabría decirte — el viejo se guardó el paquete en el bolsillo de su pantalón de pana. — .Su padre, que en paz descanse, con perdón: era un capullo integral. Algo más avispado, eso sí; pero yo siempre digo que el “hijoputismo” se transmite de generación en generación.

Vinnie era muy dado a sacar palabras de su amplio repertorio personal en las conversaciones relajadas, posiblemente una reminiscencia de su pasado como redactor de columnas en el periódico de Ligget. Julie se reía a menudo con esa manía, pero esta vez se limitó a retorcer una sonrisa y a despedirse del viejo Vinnie con un protocolario “que tengas un buen día”, que más bien podría haber sido un “hasta nunca”.



Eddie se rascaba frenéticamente la barba que se había dejado crecer desde hacía un mes. Debía haber estado dando vueltas por el pasillo durante más de media hora, pero él a penas percibió el lapso de tiempo: en aquel momento, su mente estaba en “otras cosas”.
En sus cosas.
Siguió deambulando y dando pasos pesados durante los siguientes veinte minutos, esta vez, ampliando su circuito a su dormitorio. Cada vez que pasaba por allí advertía como se iban atenuando los haces de luz amarillenta tras las rendijas de la vieja persiana. Estaba nervioso, aunque le costaba admitirlo. El día había transcurrido inusualmente tranquilo, y precisamente por eso estaba que se subía por las paredes: Dumphy no le había hablado. Aquello era algo nuevo. Parecía que le había dejado tiempo para pensar con tranquilidad y reflexionar tras de la dura discusión que habían tenido la noche anterior.
¿Y si se había marchado? Eddie se sintió eufórico al pensar en aquella posibilidad. Dumphy era un idiota. Era un auténtico idiota.
Cuando detuvo por fin su monótono recorrido, Eddie se limitó a esperar con inquietud junto a la ventana, esperando a que el sol cayera tras las colinas del oeste. Observó con atención, asomando sus brillantes ojillos por las rendijas, hasta que lo único que quedaba del astro rey fue una banda rosada sobre los árboles. Se paseó la lengua por sus labios cuarteados y se alejó con cautela de la ventana. Se había quedado a oscuras, pero él ya lo había previsto. Había destrozado el cuadro de la luz hacía ya mes y medio.

Comentarios

  • VallininVallinin Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2011
    Aquel era el momento, y si Dumphy el engreído no aparecía en ese justo instante, sin lugar a dudas, se había marchado.
    “A lo mejor se ha escondido” pensó, tamborileándose la sien con los dedos. “Si, si. El cabrón se ha escondido. No se ha marchado, eso sería una auténtica locura”
    Decidió esperar, y no precipitarse; debía asegurarse de que Dumphy no estaba allí, rumiando en una de las innumerables esquinas de la casa. Bajó las escaleras con haciendo crujir la madera bajo sus pies, como si quisiera formar un especial estruendo, luego se sentó en la vieja butaca de su padre, en la sala de estar, y observó durante unos minutos el mueble donde antes había estado su televisor (Dumphy le había obligado a deshacerse de él. No le gustaba nada la tele. Eddie no entendía como alguien era capaz de odiar a la tele).
    Permaneció quieto y agarrándose con fuerza a los brazos de la vieja butaca, como si esperara la embestida de un terrible alud. No ocurrió nada. No escuchó ni reproches, ni insultos, ni susurros en las sombras. Aquel bastardo se había escondido, estaba convencido de ello.
    — ¿Vas a solucionar esto así?— exclamó en la penumbra— ¡Eres peor que un niño!
    Entonces Eddie echó de menos al suministro eléctrico. Quiso poder pulsar un interruptor y joder a Dumphy a base de bien. Sabía de buena mano cómo se ponía aquel gusano cuando encendía las lámparas de casa. Hecho un energúmeno. “No me gusta la luz”, solía decir con su voz estridente “Apaga las luces, Eddie. Apágalas. Es lo mejor”. Cambió de postura un par de veces, y comenzó a golpear arrítmicamente los brazos del sillón, mientras escrutaba el espacio con un temor que iba en descenso exponencial. Cuando su vista se habituó por completo a las falta de luz, Eddie chasqueó la lengua y se irguió emitiendo un prolongado quejido. Dio media vuelta tras hacer otro barrido visual del salón ¿De verdad se había marchado ese canalla? esa idea iba tomando forma en su cabeza. De hecho, dejó de parecerle una locura. Entonces pensó que sería una buena idea ponerse las botas y dar una vuelta por el pueblo para respirar aire fresco. Dumphy no controlaba las luces de las farolas, ni la de los escaparates de Main Street, y eso a Eddie le bastaba para sentirse reconfortado. Era el primer momento de tranquilidad que encontraba en dos meses y debía aprovecharlo como fuera.
    Salió dando tumbos de la casa, con una sonrisa de oreja a oreja y se detuvo una última vez. Se ajustó la gorra de los Red Sox a la cabeza y lanzó una rápida mirada sobre su hombro. Esperaba oír la voz de Dumphy, insultándole y diciendo palabrotas. Sin amargo, sólo escuchó a la mosquitera oscilar tras el portazo.
    Eso es, quédate ahí, calladito.
    Emprendió su marcha sin mirar atrás, sin esperanzas de que aquel chalado le siguiera a hurtadillas. Sabía que Dumphy había estado muy enfadado y, probablemente, si era cierto que estaba escondido, no quisiera salir de su agujero por un tiempo. No obstante, ese chico podía llegar a ser muy testarudo. Eddie había sido testigo de su temperamento la noche anterior. Todavía le dolía la cabeza.
    Bajó los escalones del porche, pisando con sus fuertes botas, y se detuvo unos instantes al pie de la casa. Miró hacia arriba y vio el cielo azulado sobre su cabeza, moteado por las primeras estrellas. Luego, inspirando con fuerza, cerró sus ojos irritados y dejó que el aire suave del veranillo de San Martín penetrara en sus pulmones. Al bajar la mirada, reparó en el campo de cultivo que se extendía a la izquierda del camino. La sonrisa dibujada en su rostro se desvaneció rápidamente al recordar, y se masajeó los ojos en un ademán compulsivo. Sus preciosas remolachas se habían marchitado, aunque no era de extrañar después de toda la temporada sin cuidados. Las contempló mientras salía a grandes zancadas de la granja, y sacudió la cabeza con un profundo abatimiento. Por Dios que había intentado cuidarlas; pero cuando “él” se ponía manos a la obra, el gran Eddie se veía incapaz si quiera de pensar. Dumphy no le dejaba hacer nada. Tenía un asqueroso afán por acaparar toda su atención, y Eddie siempre lo escuchaba. No le quedaba otra. Si no lo hacía, volvían las migrañas.
    — Plantaré más remolachas— se dijo. Más bien gritó—. Se va a enterar ese canalla.
    Eddie hundió repentinamente su nariz en una de sus axilas. Olisqueó la franja sudorosa de la camiseta, y después retiró su rostro con una mueca cercana al espanto. Tenía que reconocerlo: aquel olor era nauseabundo incluso para el gran Eddie. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que se duchó en condiciones? ¿días? ¿semanas? Prefirió no hacer cuentas. Resopló con resignación, y siguió caminando. Sabía que se había abandonado un poco desde que Dumphy entró en su vida. Incluso había perdido peso, los tejanos ya casi se le caían.
    Eso no es del todo malo. Recuerda lo que te dijo el doctor Rojas. Ya sabes, lo del colesterol.
    La camioneta desmontada estaba sólo unos metros más allá, cerca de la valla blanca. También sacudió la cabeza con tristeza cuando la vio. Casi se había olvidado de aquella vieja cascarrabias. Pasó la mano por encima del capó abollado, y entonces echó de menos el ronroneo del motor, al igual que el petardeo del petardeo del tubo de escape. Se sacudió los restos de polvo de entre los dedos y siguió caminando. Y no se detuvo. Siguió caminando incluso cuando las migrañas comenzaron a martillearle las sienes con fuerza. Eddie vaciló y avanzó con pasos torpes mientras se llevaba la mano a su frente húmeda.
    No, por favor pensó. ¡No!
  • VallininVallinin Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2011

    Podía ver la solitaria farola que alumbraba el tramo cercano de la 114, pero su luz menguó hasta quedar reducida a un punto titilante en una densa bruma de sombras. De repente, Eddie se vio hincando una rodilla en el suelo, levantando una ligera polvareda bajo él. El dolor se había hecho insoportable y Eddie apretaba los dientes con tanta fuerza que podía escuchar el intenso pitido que se elevaba desde su mandíbula. Luchó por erguirse y retomar la marcha, pero las piernas volvieron a fallarle, y esta vez dio con sus posaderas en la tierra, y el mundo pareció oscurecerse todavía más.
    — Oh. Oh, vaya— dijo. Para su asombro, estaba sonriendo—. Estas… bajadas de tensión. Ya me lo decía el doc…
    No es una bajada de tensión, y lo sabes.
    Sacudió la cabeza y consiguió elevarse en toda su altura con un esfuerzo no mucho menor que el de un alpinista que alcanza la cumbre de un gran pico. El golpeteo de pájaro carpintero se hizo más soportable, pero no desaparecía. Caminó, pero no por la ruta que él había previsto. Acabó dando tumbos entre los viejos árboles del bosque, haciendo crujir bajo sus botas las primeras hojas caídas en el follaje. La luz de la farola desapareció por completo, y pareció que ya no existía más luz en el mundo. El martilleo en las sienes, no obstante, cesó.
    — ¿Qué coño intentas, gordo de mierda?— dijo Dunphy.
    Eddie sintió como un nudo se retorcía en su pecho, así como unas ganas irrefrenables de gritar de espanto. Se llevó las manos a la cabeza y retuvo ese impulso mientras se tapaba los oídos.
    — ¿Creías que me había escondido? ¿Es eso? ¿Pensabas que te ibas a librar tan fácilmente de mí? — continuó.
    — ¡Déjame en paz!— rugió Eddie, al borde del llanto. Su voz debió sonar ridícula, pero a él no le importó— ¡Maldita sea! ¡Tienes que quedarte en la casa!
    Dunphy dio una de sus sonoras carcajadas histéricas.
    — Oh… sabes que no funciona así, ¿o es que quieres que repitamos la discusión de anoche?
    Eddie negó con la cabeza y empezó a tantear en la oscuridad, hasta dar con un arrugado tronco en el que apoyarse.
    — Déjame en paz… sólo eso… déjame tranquilo.
    — Si no fueras tan imbécil no tendría que estar detrás de ti todo el puto día.
    A Eddie sólo se lo pareció, pero juraría que la voz de Dunphy en aquella última reprimenda se había parecido bastante a la de su padre. Ronca, casi gutural. Eddie sintió un escalofrío y se abrazó al tronco del árbol como si esperara un huracán.
    — Puedes decir lo que quieras: no pienso hacerte caso. Esta vez no. Tendrás que matarme— sus palabras le parecieron inusualmente decididas.
    Esta vez lo sintió de verdad, incluso pudo escuchar el siseo viscoso detrás de sus ojos. Por un momento, pensó desfallecer. Mientras, Dunphy se desplazaba al lado izquierdo de su cabeza, como si quisiera asomar la cabeza por uno de sus oídos como un jodido ratón de campo. Sin embargo, se detuvo cerca del pómulo y pareció acomodarse así. Eddie soltó un alarido que llegó a sobrecogerle a él mismo, al tiempo que se abofeteaba la mejilla. Dunphy no volvió a desplazarse.
    — Me harás caso, quieras o no. Me harás caso o te dejaré ciego ¿me oyes, pedazo de carne?
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado marzo 2011
    Hola Vallinin, bienvenido de nuevo:):p
    Me gusta la historia que estás narrando, tiene suspenso e intriga, esperamos verte más seguido por el foro y que sigas la continuación.:);)
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