EL PAN
1938 fue un año muy duro para el pueblo de Barcelona debido a aquella larga guerra que se estaba perdiendo. Poco a poco se habían ido cerrando todas las puertas a la posibilidad de trabajar y ganar algo que permitiese poder adquirir lo necesario para la manutención de las familias. Sólo esporádicamente se podía conseguir alguna cosa que llevarse a la boca y era como un tesoro que había que conservar todo lo posible y racionar meticulosamente.
Por eso aquel pan redondo de payés era la joya de una vacía despensa. Era un hermoso pan de kilo. Abultado y con su corteza crujiente, casi del color dorado de la miel. Ya se le habían cortado un par de rebanadas y la miga aparecía tierna y apetitosa a la vez que el olor a pan recién hecho llenaba la pequeña despensa, que era un cuartucho de unos dos metros de ancho por dos de largo con tres estantes de madera y una cajonera debajo en el rincón del lado derecho según se entraba. De pronto se entreabrió la puerta y un niño asomó la cabeza. Su cara demacrada y su cuerpo escuálido denotaban que no comía todo lo suficiente. Había hambre en aquellos ojos que se fijaron ansiosos en el pan que parecía llamarle desde el estante central. Pedro (la familia le llamaba familiarmente “Peret”) comprendió que estaba demasiado alto para llegar, pero a sus cuatro años y medio ya sabía lo bastante para resolver ciertas dificultades que parecían insalvables. Salió decidido hacía el comedor que servía también de pequeño taller, donde sus padres cosieron hasta que las clientas dejaron de encargar nuevas prendas a causa de la desbandada general provocada por lo avanzado de la contienda, y con la ayuda del pequeño Miki (se llamaba Miguel como el abuelo pero todos lo llamaban Miki) de dos años y medio arrastraron uno de los dos taburetes donde los padres se sentaban para trabajar hasta situarlo frente a los estantes.
Pedro se subió al taburete no sin ciertas dificultades, pero una vez arriba obtuvo el premio deseado. Frente a el estaba el rico pan que parecía decirle —cómeme —como si fuese una secuencia de Alicia en el país de las maravillas; alargó la mano y hundió sus deditos en la miga blanda y tentadora para coger un pellizco que llevarse a la boca. Su carita se iluminó con una expresión de éxtasis, y cogiendo otra porción se la alargó a su hermano que le miraba con los ojos muy abiertos desde abajo.
—¿No se darán cuenta? —Preguntó el pequeño Miki entre temeroso y deseoso de hincar el diente al regalo que se le ofrecía.
—No, no. Tú come que nadie lo notará. Pedro estaba tan convencido de su total impunidad y tan decidido a aprovechar su suerte, que siguió hurgando y repartiendo la deliciosa miga del pan con el hermano pequeño. Y ¡ Qué bueno que estaba!
Los dos niños se encontraban solos en el piso porqué la madre había salido a recoger a la hermana mayor que iba a las Escuelas del Bosque, arriba en la montaña de Montjuich, y era época de bombardeos, por lo cual no la dejaban volver a casa sola, el hermano mediano estaba con el abuelo ya que le tenían por demasiado tremendo para dejarlo solo con los dos pequeños y el padre salía cada día a ver si encontraba la forma de ganarse unos reales.
Cada vez la mano del niño se hundía más en el interior de la abultada corteza y seguía sacando, pellizco a pellizco, la esponjosa masa que repartía con el hermano menor.
—¿Qué dirá mamá? —Volvió a preguntar el pequeño que no lo veía muy claro.
—Toma y no te preocupes. Casi no se ve. Ya verás como no dice nada. Y el obstinado Peret volvió a hundir el brazo hasta el codo para seguir rascando en busca de la escasa miga que quedaba.
Cuando por fin volvieron a retirar el taburete y dejarlo en su sitio del comedor, los dos hermanos habían quedado satisfechos con el estómago lleno y sus caritas rebosando felicidad, pero del pan sólo quedaba la redondeada corteza y una enorme cueva interior.
Regresó la madre con los dos mayores y cuando fue en busca del pan con la intención de cortar un poco más, lanzó un grito desesperado. Allí solamente había una corteza vacía.
—¡Oooh! ¿Qué habéis hecho? ¡Si el pan tenía que durar toda la semana!
—Ha sido Peret. Yo ya le he dicho que te darías cuenta. —El pequeño Miki se defendió en seguida acusando al mayor.
—Pero si sólo agarré un poquito y el también ha comido. Pensé que no se iba a notar. —Se excusó Pedro.
La madre no sabía que hacer. —¿Un poco dices? ¡Si no queda nada de miga! Ya veréis cuando vuelva vuestro padre.
—¡No se lo digas al papa! —Los dos pequeños lloraban ahora desconsolados y todo el resto del día estuvieron aterrorizados temiendo el regreso y las iras del autoritario progenitor.
Por fin el padre llegó a casa y la mujer lo llevó a la despensa para que viese el pan, y a pesar de lo dramático de la situación, el hombre no pudo evitar una carcajada de asombro.
—Pero ¿Qué es esto? —Parecía que al pan le hubiesen pulido con una lima el interior de tan bien rebañado que estaba.
Padre y madre se miraron con un gesto de comprensión. Ellos también sabían en propia carne lo que apretaba el hambre en aquellos tiempos.
Hubo una seria reprimenda, pero no castigo, y el cuartucho de la despensa se cerró con llave desde aquel día.
BOLERO.
Comentarios
A mí que me encanta el pan, me has hecho evocar los años de hambre en la post guerra que me contaba mi Abuela.
De pronto la he visto en la despensa sacando el pan vaciado de la miga por sus crios. 8, ni más ni menos.
Pan de harina de maiz. Pan hecho a la leña. Pan de lujo por poder tenerlo. Pan hueco por el hambre.
Tu relato me ha gustado. Mucho.
Sigue dejándonos otros.