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Fin del juego

AmikiriAmikiri Anónimo s.XI
editado diciembre 2009 en Narrativa
Las serpientes azules habían rodeado el campamento. Regresé a la tienda y me calcé las botas a toda prisa, tratando de no sucumbir al terror. ¡Era imposible! ¿Cómo habían podido descubrir nuestra posición? ¿Qué íbamos a hacer ahora? Mientras apretaba los cordones de mis zapatos, me acordé del consejo del brujo y tanteé a mi alrededor en busca del colgante de Ashmaroon. Con éste enganchado al cuello y la linterna de Sara en la mano, me aventuré a salir de nuevo de la tienda.
Sara y Andrés ya estaban fuera, evaluando con ojos preocupados el ejército de serpientes. Llegué hasta ellos en un par de zancadas e intenté preguntarles algo, pero los agudos chillidos de las bestias frustraban cualquier intento de comunicación. Un breve intercambio de miradas de desconcierto, sin embargo, me bastó para entender que tampoco podían explicarse lo ocurrido.
La capitana llevaba puesto su uniforme, pero yo y Andrés íbamos en pijama y tiritábamos de frío mientras corríamos de tienda en tienda para despertar a nuestros compañeros. Mientras zarandeaba a Beatriz, que, tan perezosa como siempre, se negaba a levantarse, me pregunté cómo era posible que Sara estuviera vestida ya. El ataque había sido súbito e imprevisto. No era lógico, en cualquier caso, que su primera reacción al ver un horizonte infestado de serpientes azules fuera la de ponerse el uniforme. Quizás no se había quitado la ropa para dormir. Quizás ni siquiera había dormido esa noche.
Mi línea de deducciones se vio interrumpida cuando de pronto comprendí que Beatriz no iba a despertarse. Mis ojos se habían acostumbrado a las penumbras y pude advertir que la muchacha tenía la boca llena de una sustancia negra. Metí un dedo entre sus dientes y saqué un hilo pegajoso de lo que parecía chicle. Sólo al acercármelo a la nariz comprendí que se trataba de veneno de ogro. Durante unos momentos me quedé muy quieto, aterrorizado, confuso. Luego, comprendiendo que me hallaba en gran peligro, dejé caer el brazo inerte de Beatriz sobre los pliegues del saco de dormir y salí apresuradamente de la tienda.
La luz del fuego me deslumbró un instante. Una figura alta y oscura me esperaba fuera. Me llevé la mano instintivamente al colgante de Ashmaroon. También los ojos de Sara se dirigieron, en un movimiento involuntario, hacia el pequeño medallón del brujo.

Las serpientes se desvanecieron en una columna de humo azul. Les siguió el campamento; luego, el fuego, el espeso humo negro y las tiendas de campaña de mis compañeros. Por último, se disolvió también la mía propia en una espiral parduzca. Donde antes estaba la peligrosa y traidora capitana Sara, ahora sólo veía a Sara a secas, la vecina del primero B.
-¡No lo volveré a repetir!-amenazó mi tía desde la ventana de la cocina.-Entrad a comer o se os enfriará la sopa.
La más justa indignación me cubrió el rostro de rubor. ¿La sopa? ¿Qué se nos enfriará la sopa? Sin duda mi tía no sabía lo que estaba diciendo. Yo, Tolao, más conocido como El Aprendiz de los Astros, enviado por el mayor mago de todos los tiempos a recuperar el Cáliz de los Deseos de las manos de Guasur, acababa de descubrir la traición de una de mis más estimadas compañeras: la capitana Sara no sólo había revelado a las serpientes azules, aliadas de Guasur, la posición del campamento, sino que además había envenenado a casi todo el cuartel con saliva de ogro. ¿Y mi tía se atrevía a amenazarme con que se nos enfriaba la sopa?
Andrés, Sara y yo entramos en la casa con resignación. Qué remedio.
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