¡Bienvenido/a!

Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!

Comienzos difíciles

AmikiriAmikiri Anónimo s.XI
editado diciembre 2009 en Narrativa
Como la mayoría de las abuelas, Margarita consideraba que cualquier ocasión era adecuada para alardear de su preciosa nietecilla. Lo mismo en un funeral que en una boda, la barriguda mujer, después de sollozar un poco junto a los familiares o graznar sus más sinceras felicitaciones, acudía agitando los brazos a donde estuviese su hija para llevarse a la niña y mostrar extasiada los rizos negros y las mejillas coloradas de la criatura a todo aquel que tuviera a bien hacerle un poco de caso. Esta vez, Margarita tenía el gusto de asistir a una comunión, y realmente habría disfrutado mucho si no hubiesen estado todos tan pendientes del marinerito, que esperaba, pinchando mientras tanto a su padre con la espada, a que los camareros trajeran el pastel de chocolate. «Ven aquí, requetebonita. ¿A que quieres venir con tu abuela, eh? Ven, corre, vamos a hacer amigos». Y agarraba a Dora con una mano llena de sortijas de oro y esmeraldas y la arrastraba tras de sí mientras lanzaba miradas cortas y rápidas a su alrededor, girando en todas direcciones su cuello rollizo, cautivo de un collar de perlas blanquísimas. «¡Lo que hay que ver! ¿Dónde se habrá comprado Micaela ese sombrero? ¿Acaso aún no se ha enterado de que el blanco ya no se lleva?». A Dora se le clavaban los anillos en la muñeca y se quejaba a gritos, pero cuando los minúsculos ojuelos de la orgullosa abuela buscaban a su presa, nada ni nadie podían distraerla de su labor.
Al fin, después de muchos empujones y de rapiñar aquí y allá alguna rodaja de chorizo de las mesas preparadas para el banquete, Margarita encontró lo que buscaba. Almudena, Pilar y Asunción estaban reunidas en un corro al lado de la puerta, parloteando a voz en grito y viendo defectos en todos los zapatos, bolsos y recogidos que pasaban por su lado. En el suelo, al lado del grupo de mujeres, había una niña de pelo corto y ensortijado canturreando y haciendo dibujos en el aire con un palo que había traído del jardín. Margarita se escandalizó al ver que la criatura tenía las manos sucias de barro. «¡Qué vergüenza! Me apuesto cualquier cosa a que Pilar no le hace lavarse antes de comer y se lleva todos esos microbios a la boca».
–¡Pero qué chica más guapa!-exclamó Margarita, agachándose con esfuerzo junto a la pequeña y levantándole el mentón para verle la cara. La niña apartó el rostro, enfadada, y siguió agitando con vehemencia su palito.- ¿Qué pasa, Cloe? ¿Es que ya no te acuerdas de mí? ¿No te acuerdas de tu amiga Margarita?
-Es muy tímida…-la excusó Pilar, ayudando a la mujerona a levantarse; pero como todo lo que tenía ésta de rolliza lo tenía la otra de famélica, precisó de la ayuda de las otras dos para conseguir devolverla a una posición de equilibrio.–En casa no para de hablar, pero en cuanto vamos a algún lado… Venga, Cloe, saluda a Margarita; no seas tonta… ¡Ah! ¿Pero a quién tenemos aquí?
Acababa de descubrir a Dora, que se asomaba detrás de los dos pilares de carne de su abuela. Ésta dio un tirón de la mano hacia delante y la colocó ante sí. Sus labios no podían estirarse más sin salirse de la cara.
-¿Es tu nieta? ¡Qué ricura!
-¡Pero cuánto ha crecido! ¡Qué mayor! ¿Cuántos años tienes, Dora? ¿Cuántos?
-¡Qué preciosidad! ¡Si parece un angelote!
En momentos como este, Margarita se hinchaba todavía más. Los botones y la tela de su vestido tenían que hacer verdaderos esfuerzos por contener el cuerpo rebosante de la mujer.
-Mi hija y su marido vuelven al pueblo. El pobre Tomás no tuvo éxito en la Universidad y se viene para casa, a trabajar en la fábrica de su padre. Si es que hace falta mucha cabeza para eso de estudiar, y yo siempre digo que mi yerno es muy buena persona y tiene mucho corazón, pero lo que es cabeza… Cabeza, poca. Y meterse tan tarde… Nada, nada; que ya se veía venir…
Margarita se vio interrumpida por una voz chillona que se elevó desde la región de sus faldas:
-Agüela, la nena parece un chico.
Cinco pares de ojos se volvieron hacia Dora, que señalaba con el índice a la hija de Pilar.
-¡Dora! ¡No digas esas cosas tan feas!
-Parece un chico-insistió la niña, aunque algo más dudosa.
-¡Dora!-repitió Margarita, que en su consternación no sabía qué más añadir. Ruborizada, intentó una sonrisa de disculpa, pero ésta pronto tembló en sus labios y se extinguió: Cloe había sacado la lengua a Dora, y ésta, enfurecida, intentó abalanzarse sobre la niña para pegarle. Por fortuna, la abuela aún sujetaba fuertemente a su nieta por la muñeca.
-Eso lo dices porque lleva el pelo muy corto-dijo Pilar con tono apaciguador, sujetando por los hombros a Cloe, que ya se disponía a responder a la ofensiva con ayuda del palo.-Pero Cloe no parece un chico, ¿a que no, cariño? Dile que eres una niña muy guapa. Díselo a Dora, cielo.
-Se ve que serán muy amigas, ¿verdad?-suspiró bobamente Asunción, y un diente de oro destelló entre sus labios repintados.
-Se ve, se ve-corroboró Almudena con sorna. Alargó el brazo hacia una de las mesas y atrapó entre sus dedos larguiruchos una rebanada de pan blanco untada con caviar. En esos momentos, el pequeño marinero hincaba el filo de su espada color dorado en las carnes del pastel de chocolate.

Comentarios

  • ShaiantiShaianti Fray Luis de León XVI
    editado diciembre 2009
    Hola Amikiri, bienvenida.
    Me ha divertido tu retrato de familia, los detalles tan realísticos. Abuelas así las hemos odiado todos (las comuniones más aún).
    He vuelto a ver mi propia infancia, cuando en casa llegaban las visitas y mis tías abuelas me llamaban -¡Niña, al salón!
Accede o Regístrate para comentar.


Para entrar en contacto con nosotros escríbenos a informa (arroba) forodeliteratura.com