Mi madre había sugerido, mi padre no se había opuesto y yo papaba moscas como tantos otros gansos en la edad del pavo. La elección había resultado así: ¨ INDUSTRIAL Y SALECIANO ¨. Colegio de machos, con perfumes tales como ¨ Baranda a Estaño eu de Toilette¨ o ¨ Grasa de Tutú para después de afeitarse ¨(los pelos que no salían); con habilidades para distinguir una mecha de vidia de una de las otras, y con un montón de
cones pero ni una sola mina. Lo más parecido a esa especie enigmática, era ¨ La Morsa ¨.
La mujer más grande del mundo, cerca de 115 Kg. agazapados detrás del mostrador esperando que alguien ose pisar el pegajoso piso del buffet, para así preguntar, sin derrochar simpatía: -¿Qué querés nene?.Era como si una noche de alcohol Edgar Allan Poe hubiese dejado que de una de sus novelas escapase este ser bigotudo que repartía ecuánimemente las gotitas de saliva entre todos y cada uno se sus interlocutores.
El caso es que, luego de ver que el 5º año se empezaba a adueñar de mí y que nuestras experiencias sexuales se limitaban bastante a los espejismos de la caja boba, decidimos que pongamos una fecha para nuestra excursión. Un safari en busca ese tesoro tan preciado. Un viaje con el fin de construir un recuerdo, de vapulear a nuestra pobre experiencia, de conocer esos páramos donde ciertos alquimistas modernos aseguraban que existe un elemento que tira más que una yunta de bueyes.
Y así lo acordamos. Después del asado de fin de año que se ofrecía en el colegio, partiríamos hacia nuevos horizontes a colonizar, aunque sea costeándolo, la tierra que ya todos habían conquistado (o decían haberlo hecho).
La tripulación constaba de:
-Un comandante dueño de una barcaza naftera, el cual llevaba tatuado en su mente el mapa del lugar.
-Un indeciso moral, que quizás era un cobarde más, de esos que buscan excusas que justifiquen un temor
-Un dubitativo monetario que no creía justificado la inversión (aunque de no muy contundentes convicciones).
-Y yo que seguía preguntándome por qué aun no se había hecho justicia en las vecindades de mi ombligo, siendo ¨ buen pibe ¨ como alguna que otra vieja del barrio repetía.
Por fin llegó el día. Estábamos todos a bordo, volando cada uno por sí solo, imaginando nuestra suerte. Sin hablarnos pero compartiendo los miedos y el mismo carrito de este raro tren fantasma que pretendía llegar al final del arco iris.
Pasaron avenidas frente a nuestros ojos, corpiños atravesaron algún cerebro, la música que salía del admirado pionner entraba en el oído de alguno y modificada salía de la otra oreja de éste para saltar dentro del lugar donde se crean los delirios auditivos en el que iba sentado al lado. Luego abandonaba a este último y así sucesivamente.
Se silenció el motor y nuestros latidos aceleraron simultáneamente.¨ Bienvenidos a la Isla de las Sirenas.¨
En la puerta nos esperaba un hombre de abundantes joyas en el cuello y escasas piezas dentales. Sí, muchos adornitos tenía su casa, pero bastante pocas eran las sillas en ese comedor.
-¿Cómo es el sistema?- preguntó el más ducho de nosotros.
-No hay sistema papá. Pagás, elegís, serruchas y te vas. ¿Necesitás ayuda?- Nos decía, mientras sonriendo, regalaba la imagen del chicle recorriendo su encía. Horrible fotografía la de ese mascado impostor que se posaba en los huecos de su dentadura.
-¿Cuánto cuesta? ¿Cuánto tiempo?
-$5 la entrada con una cervecita. Y $30, el irte con una de las pibas>> contestó a la pregunta, sin ahorrar, milagrosamente, eses en la frase.
Ni lerdo ni perezoso, mi amigo, irrumpió negociando…-¿Si es seguro que elegimos chicas, y entramos los cuatro, cuanto nos hacés?
-25 mangos cada uno con consumición.
-20, los cuatro o nada-, dijo nuestro negociador, mientras yo sentía que se estaban evaporando las posibilidades de entrar en la sucursal infernal del barrio de flores.
-Dale, pasen- susurro, mientras daba un paso sobre su pierna izquierda, y así dejaba al descubierto la entrada. Era como si una boca nos sedujera con el humo que emanaba de su interior, a la vez que nos hipnotizaba con coloradas luces y acordes menores de una rockola afónica…
-Ahora no me arruguen muchachos!!! Estamos adentro-, dijo uno, del que sólo recuerdo su orgulloso timbre de voz.
Recuerdo patente la sensación. Era un sentimiento nacido de la conjunción de muchísimos otros; se sentía una taquicardia delictiva. Temor, excitación, ansiedad. Un frenesí que nos impulsaba a tallar con el cincel de unos dedos alquilados un recuerdo imborrable, que a la vez competía con la fobia a que todo suceda y nos desilusionemos…Hermosa competencia interna. Un extraño tire y afloje.
Al entrar divisamos cuatro sillones individuales que nos invitaban a posarnos. Encantadoras telas corroídas por arañazos, por el roce de algún garfio tramposo, y por lo que en ciertos casos, daña por demás a los hombres (el sobrepeso que causa llevar en la misma mochila los recuerdos y la conciencia.)
Una vez disfrutando de nuestras cuatro cervezas, acompañadas de risas y maníes húmedos, empezamos a contemplar el mágico escenario. Era una puesta en escena bastante rara la que se dibujaba en el lugar. Un extraño circo donde habían hombres que trataban como reinas a esas señoritas que no se sentían muy mujeres, imbéciles que se sentían muy hombres por creerse con derecho a nalguear a esas esclavas del Dios Money, alianzas de esas que desvanecen su poder en algún bolsillo, ojos que miran enamorados esos transitados escotes, y algunas otras criaturas caricaturescas.
-Qué pasa que seguís solito? ¿No te gusta ninguna de las chicas?- Preguntó una ex desconocida.
Mientras intentaba ocultar el vibratto adrenalínico de mi voz, y como no podía ser de otra manera contesté. -Las otras NO.-y sonreí mostrando un colmillo imaginario.
-Lo tomaré como una invitación, si es que no te molesta…Vengo a buscarte cuando se desocupe la suite.- amenazó haciendo aumentar mi temblequeo.
-Me encantaría. Yo no me voy a mover de acá.
-Pero no dejes de moverte adentro eh…- Me guiñó un ojo, giró y bamboleándose se alejó. Cuando dio la vuelta, me pareció que un rabo con punta de flecha golpeó uno de los taburetes. Supongo que lo imaginé
Cruzó el horizonte que delimitaba una barra, habló con un ser gordo de pelo largo y engominado que lucía un sobretodo de cuero.
Ella me señaló y observó la manera en que el tipo anotaba algo en un cuaderno con una lapicera barata, que contrastaba con un montón de anillos dorados...
-En una novela, le encajaría muy bien el seudónimo de ¨ el esposo de todas ¨-pensé, mientras seguía siendo el testigo de la rara secuencia que parecía la versión devaluada de una obra de teatro Made in Transilvania.
Pasó el tiempo, se vació mi cerveza, mis bolsillos y a mi plato ya no le quedaban rastros de maníes ni de risas de amigos.
Me encontraba sólo. Ellos deberían de estar en otra dimensión siendo mordidos por las musas que los arrancaron de sus sillones.
Perfume. Una mano en cada hombro. Taquicardia. Una voz de mujer. Una invitación. Una lengua en el lóbulo de mi oreja derecha…
No se cómo, pero aparecí frente de la barra, sin haber cruzado nuca el resto del salón.
-¿Pasamos a la suite?- dijo quién se hizo dueña de mi pecho, por veinte pesos, los treinta minutos acordados y algunos años que no declaré.
Al cruzar al hombre del cuaderno traspasamos una cocina donde una extraña celestina, de muy baja estatura y excesivas arrugas, me saludó con una amarillenta sonrisa picaresca que hacía juego con su delantal.
-Aquí es, llegamos.- y empujó la puerta sin golpear, mientras que el abanico que trazó en el piso su apertura derrumbó mi concepto de suite.
Yo no esperaba un camello dorado, tampoco uvas, ni pétalos de flores exóticas, mucho menos, que por cama utilizácemos una nube, pero ¨eso¨ pisoteaba mi habitual conformismo…
Durante el tiempo que mis ojos no estuvieron pendientes de su cuerpo, que por cierto no fue lo que se dice una eternidad, observé: una cama marinera, un colchón rasgado que por un extremo me sacaba su lengua de goma espuma y todo tipo de ropa. Bolsos y carteras colgando desde las patas de la cucheta, cinco cajones de cerveza apilados en un rincón, una ojota y una billetera lujosa sobre una pollera. Claramente no era el cielo.
-Soy toda tuya, te obedezco.
Empezamos a recorrernos, con el imaginado ya, riesgo de incendio.
No tiene demasiado sentido contar cosas que un buen lector y mejor soñador pueda crear en su mente. No pretendo almibarar el relato ni entrar en detalles libidinosos. Continuaré a partir del minuto diecinueve de los veinte que estipulaba el contrato.
Mis músculos estaban tensos al igual que sus muslos, la transpiración le brindaba un brillo que la hacía ver como una sirena en el agua. Sí, eso era, una sirena, tan verdadera como la habíamos soñado. Y cuando empecé a cerrar mis ojos para oír su peligroso y encantador canto…
(...)
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Comentarios
Riiiiiiiiiiinnnngggg!!!
Sobre la puerta, un timbre plateado chillaba marcando el final. Me arrancó de las alturas para desplomarme en ese delgado colchón, que hacía tan solo un segundo era lo mecían los ángeles.
-Se acabó el tiempo. ¿Qué se le va a hacer...?- dijo la princesa mientras, con un beso en mi mejilla, se transformaba en Arpía.
Sin comprender la abrupta mutación, me vestí y salí a la vereda a esperar al resto de mis aventureros amigos.
Llegaron, me contaron su suerte, yo la mía, e intercambiamos risas y anécdotas.
La cantidad y calidadde éstas, como debe ser en una charla de amigos que se precie de tal, va mejorando a medida que las vamos recordando en nuestros rituales secretos de pizza y cerveza semanal.
Sin lugar a dudas la experiencia me dio enseñanzas, pero lo que más me importa, son los eternos interrogantes que me dejó revoloteando en el cerebro y que no puedo dejar de repetir. -¿Nada sienten?, ¿Es pura actuación?, ¿Todo eso sentí?, ¿Nada exageré?
Con el correr del tiempo fui haciendo más grande esta experiencia. La contaba agregándole algún detalle que me parecía pertinente y no necesariamente real; le instalaba algún nuevo aroma, alguna contrariedad, cambiaba las lamparitas para que iluminasen mejor el escenario o las escondía dentro de algún corpiño para quitar luz y agrandar alguna pechuga. En la próxima narración, ese retoque ya era obligado, debía sumarse al texto y no podía ser diferenciado ni siquiera por mí de los sucesos verdaderos
Hoy la anécdota dejó de retocarse, no hay más nada que agregarle que pueda perfeccionarla, ni hacerla más real (aunque sinceramente desconozco donde quedo el límite del relato sincero).
También cambió ese timbre. No me refiero al sonido, sino a su ubicación. Primero dejó ese lujurioso lugar y pasó a invadirme con el ring que informaba que se había terminado el recreo, luego estuvo en las bocinas que me advertían que si no me despertaba camino a la facultad sería atropellado. Hoy, de algún modo, vuelve a su origen (cerca de un colchón) cuando siento que el despertador me advierte el comienzo de una nueva jornada laboral en ese horario en que pinchan las lagañas. A veces, en ese instante, siento un beso de la que fue sirena un ratito justo a media distancia entre el oído y el corazón.
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