Venus me mira. ¡No me mires más! – pienso.
La tarde húmeda y nublada apetece un café, pero sé que ella lo odia, la verdad es que odia todo lo que se beba caliente. Lo más seguro es que ahora quiera que vayamos por un helado, no importa, después de todo siempre hemos hecho lo que ella dice.
Pasamos unos cuántos minutos ahí, en la heladería, su hiperactividad no le permite más.
Recorremos el lugar de punta a punta, ella habla, o quizás solo mueve los labios perceptiblemente para que los vea, porque por más que le presto atención no escucho nada, de hecho, hace mucho que al oírla sólo me oigo a mí mismo ¡Pobre de mí! Que al final termino lo suficientemente confundido como para poder discernir la realidad del mundo fantástico que siempre me creo.
Me vuelve a mirar, yo sonrío como estúpido, como si el cerebro lo hubiera dejado en casa - ¿Será que algún día pararás tu tren de vida y escucharás, todo lo que hace tiempo, tengo que decirte? – Ella sonríe como si escuchara mis pensamientos, después me abraza – Te quiero – susurra y me convida del helado que lentamente resbala por mi garganta como su mano de la correa que me sujeta para darme a pesar de su apretada agenda, mis treinta minutos de libertad.