Aquí estoy, sentado en este habitáculo y con la cabeza bien agachada, pensando… como he llegado a estar en esta situación. El sudor recorre mi frente como un mar de interrogaciones, pero no es momento de pensar, debo mantener la cabeza fuera de dudas, solo tengo que actuar, actuar como lo he hecho hasta ahora. El calor me obliga a quitarme el casco y los nervios me provocan fuertes espasmos musculares en los brazos, pero no tengo miedo, se a lo que me enfrento y esta especie de calabozo en el que he estado metido durante años nunca me ha vencido, jamás pudo conmigo. He saltado todos los obstáculos que han interferido por el camino y matado a todos mis enemigos, pero aun así no estoy contento, necesito mas, llegar mas alto… debo ser el mejor. Se cual es mi destino y no descansaré hasta conseguir estar entre los mas grandes.
Los tambores suenan, me coloco el casco con las dos manos, agarro mi fiel espada y mi ligero escudo, y me levanto sin temblar, decidido. Me coloco ante el portón de acero y espero ansioso mi momento. Padre, si estás ahí, si me estás viendo, quiero que sepas que hoy te enorgullecerás de tu hijo.
Al otro lado del portón se escuchan los gritos eufóricos de las gradas, oigo como mencionan mi nombre con vehemencia. Se hace el silencio y el portón se abre, doy unos pasos al frente, los primeros rayos del Sol me ciegan y yo los oculto con mi escudo. Sigo andando y cuando me acostumbro a la luz vuelvo a bajar el escudo, luego me paro en seco, todo el coliseo se levanta y empieza a aplaudirme, vuelven a gritar mi nombre repetidas veces y yo levanto los brazos para que me aclamen con mas fuerza. Estos son los mejores momentos que puede disfrutar un gladiador como yo, ver como la gente te quiere y te respeta, pocos lo consiguen y yo soy uno de esos privilegiados. Cierro los ojos y noto como la suave brisa me acaricia el cuerpo, como si la propia muerte me arropara con dulzura. Bajo los brazos y brindo al público mi saludo, vuelvo a dar unos pasos al frente y me posiciono para el combate. El silencio vuelve a apoderarse del coliseo y el portón que hay frente a mí se abre, dejándose ver a un hombre que camina con temblores. Lleva un saco con lanzas y un escudo redondo, el público le abuchea, no le quiere y mi rey, que está viendo el espectáculo desde el palco real me mira, sonríe y me hace una señal con la mano, poniendo el dedo índice sobre el cuello. ¿Qué es esto? ¿Una burla hacia mi persona? Todos saben de sobra que ese novato no tiene posibilidades, me recuerda a mí cuando era joven. Centro la mirada en él y me la devuelve con miedo, sabe que va a morir. Empiezo a correr y mi adversario se prepara, me tira una de sus lanzas con una asombrosa fuerza que no me esperaba, el silbido de la lanza me avisa, la bloqueo con mi escudo y me deshago de él, me es inservible con una lanza incrustada. Acelero mi ritmo y me envía otra, la cual esquivo con increíble agilidad y alcanzo mi objetivo saltándole, impulsándome con su hombro izquierdo y clavándole la espada en su yugular, seguidamente la saco y girando sobre mí mismo me coloco detrás de él. El cuerpo sin vida de mi enemigo cae al suelo y yo le cojo prestado su escudo, algo pesado pero posible de llevar. No me vanaglorio de esta victoria, ha sido fácil, espero a mi verdadero adversario con fervor, deseo que cumpla su cometido en el campo de batalla.
Otro portón se abre e inmediatamente sale un minotauro gigantesco. Lleva una impecable armadura en el pecho y en la cara, unos cuernos de casi un metro de largos y sus zarpas cogen con fuerza un hacha de batalla. La bestia se golpea el pecho con su arma repetidas veces para intimidarme… iluso, no hace mas que ponerse en evidencia ante mí. El público se inquieta, se impacienta, se vuelve despiadado, quiere ver sangre y el minotauro se encamina hacia mí, dando grandes zancadas y levantando una polvareda por donde pasa. Yo le espero con ansias, quiero que me lance su mejor golpe, y cuando me alcanza yo le respondo rodando por el suelo a la vez que esquivo su primer hachazo, clavando su arma al suelo. Me levanto y le produzco un tajo en el brazo izquierdo, él gruñe y maldice a la vez que me da un codazo en la cara con tal fuerza que me abolla el casco y me deja tirado en el suelo. El monstruo consigue sacar su hacha del suelo y me vuelve a atacar estando aun yo tumbado. Le consigo detener el ataque con el escudo, el hacha al impactar sobre él se queda incrustada, y la gran bestia, con un temible rugido, arranca de mis manos con furia la única protección que poseía. Las gradas saltan de expectación, aplauden y alaban a mi enemigo, que alza su arma sobre su cabeza para celebrar su esperada victoria. ¿Ahora pasáis de mí? ¿Ahora queréis verme muerto? Que engañado he estado todo este tiempo pensando que era querido, creía que el coliseo me amaba por mi bravura, creía que les importaba de verdad; pero me equivoqué, a la gente solo le interesaba ver sangre, no les importa quien muera en combate, por eso me aplaudían, porque yo les daba esa satisfacción… nunca es tarde para abrir los ojos. Cuanta gente habré matado llenando la sed de sangre del coliseo... solo soy una marioneta al que se le han roto los hilos. Si consigo salir vivo de este combate le pediré al rey mi libertad, me la he ganado, pues soy uno de los mejores gladiadores que existen, no podría rechazar mi propuesta. El rey centra su mirada en la bestia y le hace la señal que apenas unos minutos me había hecho a mí con el novato. ¿Ni siquiera el rey me respeta? ¿Acaso no valgo nada? Todos estos años moviéndome entre rivales, dejándolos a todos atrás para impresionar a la realeza… también han sido en vano. Desde el principio solo fui un peón, un simple entretenimiento de un juego de la muerte que enloquece a la multitud, y ahora voy a morir sin ser recordado… ¡No! ¡Eso es lo que ellos quieren! Han herido mi orgullo… yo, que maté a la hidra… yo, que acabé con cerbero… ¡Yo, que aplasté al hipogrifo! No voy a dejarme vencer por un simple minotauro.
Observo que la gladius, mi espada, está a escasos centímetros de mi alcance. El monstruo pone una de sus pezuñas sobre mí y con sus zarpas alza su hacha para asestarme el golpe final. Yo me impulso lo suficiente para alcanzar mi espada y con un movimiento circular y rápido consigo herir a la bestia en la barriga. El minotauro se echa atrás y yo le clavo la espada en el muslo izquierdo, luego retrocedo sacándola. El público se levanta sorprendido de sus asientos y sin hacer el menor ruido esperan el desenlace de esta encarnizada lucha. El minotauro refunfuña y vuelve a golpearse el pecho con su arma, está enfadado y ahora cojea, perfecto, es fuerte y tiene valor; pero también es lento y torpe. Yo habré sido un gran adversario para él, pero para mí no es mas que un cuerpo mas que caerá ante mis pies y le enseñaré a estas gradas traicioneras lo que es ser un gladiador. Se vuelve a acercar a mí e intenta embestirme, cosa fácil de esquivar dado que está herido de una pierna. Se da media vuelta y me da un hachazo, cual esquivo con la gladius y desvío el ataque unos centímetros a mi izquierda, y vuelve a incrustar su arma en el suelo. Reacciono con rapidez y subo por el mango de su hacha, le agarro un cuerno con una mano y con la otra incrusto la espada directamente en su nuez. Salto al suelo y el minotauro cae creando un pequeño temblor. No contento con mi victoria decido coger su arma, bastante pesada, y la levanto como puedo para cortarle la cabeza, luego la dejo caer y tomo la cabeza con las dos manos, la alzo por encima de la mía y se la enseño al coliseo entero.
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Me dirijo al rey, le lanzo la cabeza de la bestia y aunque no llegue, él seguramente habrá captado el mensaje, luego empuño de nuevo mi espada y le señalo con ella.
-¡Ahora me darás la libertad o juro por Dios que te arrancaré la cabeza! ¡¿Me has oído bien?!
El rey, frustrado y cabreado, manda una señal a uno de sus leales súbditos, y al tiempo un tercer portón se abre ante mí… lo veo, al grande, al único, a la leyenda viva… Gorgeus el invicto, el campeón del Norte. Su técnica en combate es inigualable, sus movimientos impredecibles, y su fuerza inalcanzable. Se hizo famoso por derrotar al ave Fénix, el pájaro de fuego; pero nada de eso me inquieta. Lleva dos espadas como la mía y una armadura plateada capaz de deslumbrar a cualquiera que se atreva a mirarla directamente. Es extraño, en su rostro no veo hostilidad alguna, nunca había visto nada parecido, aun así no bajo la guardia y me preparo para lo peor. Las gradas pasan ahora a apoyarle, pero ya no me importa lo que piensen las ratas callejeras sedientas de sangre.
El gran Gorgeus corre hacia mí e inclina la rodilla derecha para asestarme un golpe bajo, yo enfrento mi espada con la suya y con su otra espada consigue herirme en el brazo izquierdo. No importa, ahora es inservible. Me alejo y fijo la mirada en su rostro, él me acecha en círculos y consigue atraparme en el centro cual león atrapa a su presa. El brazo no deja de sangrarme, al parecer el corte es más profundo de lo que creía…
¡No! ¡Un simple arañazo no me arrebatará la gloria! Me acerco a mi enemigo y logro hacerle una finta para colocarme en su espalda, y consigo hacer un movimiento horizontal para cortarle el cuello; pero enseguida se agacha a la vez que se da media vuelta e intenta asestarme un golpe mortal, entonces nuestras espadas se cruzan y me arrea una patada que me tumba para alejarme de él. Dispongo a levantarme de inmediato y justo al hacerlo se me echa encima con sus dos espadas, cosa que intento desviar con rapidez con la mía, a lo cual él responde con un cabezazo que me vuelve a tumbar. ¿Por qué no consigo derrotarlo? Me inunda la rabia cada vez que me lo pregunto, tal vez los Dioses le hayan bendecido. En vez de atacarme, espera a que me levante, ¿acaso me ofrece piedad? Las gradas vuelven a aplaudirle mientras se olvidan de mí, ya no existo para ellos. Gorgeus no se inmuta ante los aplausos que le brindan, él sigue mirándome, esperando a que me ponga de pies y siga luchando, y así será. Me levanto y me mantengo firme cual roble. Se acerca de nuevo y nuestras espadas chocan por enésima vez, utiliza la otra gladius para hincármela en el corazón y yo la agarro con mi mano izquierda, produciéndome serios cortes pero evitando mi muerte. Pego un fuerte suspiro y reculo, pero no me da tregua y se abalanza con rapidez a lo que yo me coloco a su lado derecho de un salto esquivándole los golpes que me envía, dirijo mi ataque a sus costillas… ¡Es mío! ¡Caerá ante mí! … aunque él consigue hacer un movimiento giratorio con los dos brazos y me desvía la espada de su trayectoria y… siento un terrible pinchazo que me paraliza y sorprende. Bajo la mirada y veo como su gladius me atraviesa el estómago por completo. No tuerce la espada ni la gira, no quiere que sufra, la aparta de mí y da unos pasos atrás, me mira con una ligera sonrisa celestial y las gradas gritan con euforia el nombre del campeón. No me tapo la herida, en vez de eso me doy media vuelta y me dirijo al público, que centra su mirada en mí y me vuelve a abuchear.
-¡¡Callaos!! ¡¡Silencio, bastardos!! ¡¡Os voy a enseñar como muere un valiente de verdad!!
Clavo con furia y soberbia mi espada en el suelo, miro al cielo y me abro de brazos, contemplo las nubes y cierro los ojos, abro las manos y vuelvo a dejar que la muerte me arrope de nuevo, esta vez no pasará de largo. Dejo de oír los incesantes ruidos que el coliseo me ofrecía, he llegado a sus oscuros corazones. Una leve sonrisa se aprecia en mi rostro y me arrodillo, me es imposible seguir aguantando el peso de mi propio cuerpo. Dejo de sentir dolor, me noto más poderoso que nunca, jamás había experimentado algo parecido. El coliseo no olvidará este momento, no volverán a menospreciar la vida de una persona, de un hombre, de un héroe.
Finalmente dejo caer mi inconsciente cuerpo en el arenoso suelo del coliseo.
“He aquí que veo a mi padre, he aquí que veo a mi madre, a mis hermanas y hermanos. He aquí que veo a mi pueblo hasta sus principios. Y he aquí que me llaman, me piden que ocupe mi lugar entre ellos, en los atrios de Valhalla, el lugar donde viven los valientes para siempre.”