Fábula, con moraleja no escrita
Erase una vez un clérigo muy tímido que no tenía la costumbre de mirar a los feligreses durante el tiempo de su predicación. Recorría con la vista en alto todos los muros y techos del templo mientras desgranaba pomposamente su discurso, meditando cada palabra antes de colocarla en el frío y silencioso espacio de la iglesia. Se detenía a menudo para escuchar sus propias palabras. Pero cuando dirigía su cabeza hacia el pueblo que le escuchaba, cerraba asustado los ojos, permaneciendo así hablando, para volverlos a abrir girando su cuerpo, y proseguir con su encendia oratoria hacia esos otros testigos mu-dos, pétreos, que antes he citado, y que parecían ser, sin embargo, el único objetivo de sus recomendaciones evangélicas.
Sin embargo, aquel día, de modo inconsciente, abrió los ojos al dirigir su cuerpo a los fieles y sólo vio, sorprendido, una persona que le escuchaba atentamente. Sintió tal vergüenza y angustia al mismo tiempo que no acertó a pronunciar una palabra más. Se quedó mudo, paralizado. Bendijo con mano trémula a su único oyente y bajó despacio, con pesadez inusual, una a una, las escaleras chirriantes de madera del púlpito. Sucedió que todos los asistentes, excepto uno, se ausentaron, aburridos, durante la predicación.
javier
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me gustó.
betob