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Jaime y Susana

PedritoPedrito Pedro Abad s.XII
editado mayo 2009 en Narrativa
Jaime y Susana
Hace tiempo, hace unos días o mejor dicho unos meses ha llegado un gringo a nuestra población. Este asunto extrañó a todos nosotros. Aquí no entra ningúna persona ajena, ni la policía.
En un principio todos desconfiaban de él, pero con el tiempo nos acostumbramos a verlo. Este gringo es medio loco. Quería cambiar el mundo con ayuda de la clase obrera, dijo una vez bién boracho. En fin se dío cuenta, como el dijo, que con la clase obrera uno no podía hacer nada, la clase obrera nunca había transformado algo y nunca transformaría algo, que nunca cambiaría, siempre manipulada. Así habló, no entendimos bien la cosa.
Aquí donde nosotros no hay ninguna clase obrera. Somos cesantes. En el mejor de los casos uno encuentra un pololo para tiemo corto.

El gringo nos explicó que en este tiempo no sería tan dificil conseguir dinero del extranjero.
Más facil, cuando se trataría de ayuda especial para una persona. Europeos, especialmete alemanes, estarían dispuestos a ayudar, cuando uno lograba despertar su piedad.
Para ideas grandes, casi no existían, decía, sería bastante dificil conseguir algo.

Llegó dinero para un motor. Un pescador, el Juan, lo había pedido hace bastante tiempo. Pero este pescador ya había recibido un motor para su barco, nadie sabía de quien, seguramente lo robó en una parte.
Desapareció el Juan con su motor y su barco.
Su mujer dijo que el trabajaría en una parte en el sur, la gente creyó que se había ido con una muchacha, que nunca volvería. Le cantaron : “Se va, se va la lancha, se va con el pescador” para molestarla.

De este manera queda dinero para la operación del ciego, dijo el gringo.

Jaime se había puesto ciego desde su niñez, unos hablaban de una enfermedad, otros de masturbación exajerada. Yo creo más por la masturbación, así nos dijo también el cura. El gringo no cree en este. Dijo la masturbación es algo normal y sano. Es medio loco como he dicho antes.
Siempre se decía que podría sanarse con una operación, siempre si hubiera dinero suficiente. Nunca lo había hasta ahora.
Jaime se ubica bién aquí, su casita es chiquita. Con los ciegos hay que guardar todas las cosas en el mismo lugar. No es dificil en la casa de Jaime. No hay casi nada en su choza.
Tampoco no se diferencia mucho de otros hombres de la población, solamente por su gafas grandes oscuras. Como muchos otros hombres estaba siempre sentado delante de su casita, tomando cerveza o vino siempre si había dinero.
De vez en cuando demasiado.
< Si tuviera un piano, sería un pianista famoso> , decía siempre después de tomar bastante vino.
Le habían contado de un famoso pianista ciego, creyó que todos los ciegos tienen esa capacidad.

En fin sus amigos le conseguieron un piano, un piano de cola. No tuvieron pagar mucho, mejor dicho no pagaron nada. Lo sacaron de una casa, los dueños estaban de viaje, en Europa.
Hubo ciertas dificultades:
Primero con el transporte, pero lograron conseguir un camión.
Entonces el piano cola no cabía por la puerta de la casita de Jaime.
Quisimos desarmar la parte frontal de la casa, pero la Susana se opuso. Tampoco tendría espacio en la casa, dijo ella. Y eso es la verdad. Tuve toda la razón. Es bueno tener una mujer inteligente.
Un tiempo este piano quedó en la calle, bajo el sol y la lluvia, niños saltaron sobre el piano.
Un día, Jaime había tomado bastante, quizo dar un concierto para todos nosotros.
A las cinco de la tarde la gente se reunió para escuchar el artista.
La Susana trajo una silla de la casa, Jaime se sentó y comenzó su trabajo.
No tuvo mucho éxito, nosotros encontramos la música muy rara, algunos hablaron de música moderna, otros dudaron si se tratara de música. No la gustó a nadie.
Pronto terminó el Jaime su concierto, nos explicó que le faltaba una silla especial. Pero lo más importante sería tocar bajo un techo. Ninguno de los pianistas famosos había dado un concierto bajo cielo libre. Puede ser.

Pasó el tiempo, una o dos semanas, del piano se hizo leña. Con el alambre de las cuerdas se amaró unos techos, el resto sivió para colgar ropa.

Casi todas nuestras mujeres trabajan en una parte.
La esposa de Jaime, la Susana, limpia las casas de gente rica. Nunca tuve dificultades encontrar un trabajo allá, cada esopsa la contrata con mucho gusto y sin riesgo perder su marido.
La Susana tiene un cuerpo maravilloso, piernas largas, pelo negro, no es ni chica ni demasiado alta.
En la cama no necesita nigún cochón bajo del poto. Y su voz es agradable y seductora.
Pero su cara no se puede describir, tan fea, parecía hija del Frankenstein o de otro monstruo. A lo mejor había sufrido en su niñez lepra o algo parecido.

Naturalmente a Jaime no molestó la cara fea de ella. Los dos se amaron mucho.

El gringo se fue a la capital, habló con varios médicos. Se le hicieron exámenes al Jaime. Si, una operacion era posible, probablemente después podría ver.

La Susana lo acompañó al hospital. Los dos se alegraron mucho.
Contaron que empezarían una vida nueva, a lo mejor el Jaime podría actuar como pianista en conciertos.
Quedarían juntos hasta el fin de sus días, viverían en una casa lujosa, con jardín, quizas con piscina y comerían todos los días carne.
Seguramente la Susana había visto tales casas en su trabajo.

Tres días después de la operación el gringo se fue al hospital. Encontró el Jaime en la cama, riendose, muy contento, pude ver normalmente.

“Tendría que decirte algo”, dijo Jaime.
“No, no es necesario agradecerme”, dijo el gringo.
“Es otra cosa”, dijo Jaime:

“Me separé de la Susana!”


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