Hay muchas formas de ser recordado;
están los marcos de alpaca
que señalan el perímetro rectangular
en el que la química
experimenta ilegalmente
con el tiempo
y juega a sonrisas
que duran cien años;
está también la colección de objetos
que los muertos dejan tras de sí:
cortaplumas,
pelos,
cajas metálicas con fábricas de galletas en la tapa,
periódicos del 21 de marzo de 1955,
salamandras de tela
rellenas de perdigones
y con una lengua gastada de fieltro rojo,
paraguas,
golondrinas de porcelana alzando el vuelo,
perros de porcelana
que publicaron ensayos
sobre la infamia doméstica.
(Las cosas de los muertos
se acaban muriendo también,
es lo bueno).
Yo quiero ser recordado
como cuando te subes a un coche despacio,
justo
con esa cadencia estroboscópica
que divide un segundo
en cuatro imágenes
y provoca la envidia
del que mira,
certificando
que ningún asunto mundano
provoca tu prisa;
es el movimiento perfecto
para comenzar a hablar
de tú a tú
con la muerte
y no de rodillas
o con las manos juntas
esperando que las bestias fúnebres
te recojan en sus fauces
y te oculten para siempre
en los trasteros de la nada.