Tengo miedo!
miedo de quemar mis pies en la huida postrera,
miedo de no encontrar un lecho de hojarazca en el que descansar,
miedo de sufrir la falta de savia nutriente.
Mis miembros ya languidecen,
mis oídos perciben los primeros estruendos
el olfato indómito declara horrores.
He soñado convenciones de aguerridos defensores,
he convocado jaurías elementales:
todos a mi llamado han sido sordos!
No quedará árbol erguido,
las aguas puras serán contaminadas,
los animales morirán
y nadie, increíblemente nadie
PODRA ANULAR LA TINTA MALDITA
QUE FIRMÓ TU SENTENCIA!
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su llanto lúgubre llena de pavor mi espíritu.
El viento rasguña impío
los salones desiertos
levantando remolinos de alas de mariposa.
Las abejas chocan entre sí
completamente desorientadas
y se acumulan a la vera del sendero
como mullida alformbra inerte.
El cielo llora mi pena,
yo incapaz de verter ríos,
casi yerta en la comprensión del fin
dejo restañar mis pies
a las últimas doncellas
que extraen cuidadosas
las astillas de vidrio
de las botellas de bebida gaseosa.
Una manada de ciervos
se disputa una bolsa plástica
y excitados por su aroma
hunden atacantes sus astas
hasta desangrarse
y el páramo se envuelve
en una bruma
cálida y sanguinolenta
que asquea y revuelve el estómago.
La orquesta horrorosa
ensaya sus arpegios
y una enredadera,
así mal estimulada,
como grapa clava sus estolones
en mi cuerpo
ávida de exilir sagrado.
Cuánto más habré de soportar
en la caída ignominiosa
de mis palacios vegetales!
El légamo alquitranado
que nutre mi destierro
fluye sibilante
sobre los esqueletos de los cauces
parasitando el plumaje de las aves,
desintegrando las escamas de los peces
que chapotean delirantes en la baba negra.
La tierra ataca con millones de balitas
la piel indefensa de las flores
y el pangue mutilado
exhibe su podredumbre
callada y humildemente.
que los postreros días
eran los, últimos!
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a descubierto sus fauces maléficas
repujada con moneditas de oro.
La muerte se resucita
pavonéandose al contemplar,
con el vientre cimbreante,
la multitud de condenados
esposados en la vegetal sustancia.
No puedo hoy
acariciar la rugosidad de tu piel,
ni besar suavemente
tu cabellera de hojas.
El contacto firme de tus brazos
y tu aroma levemente ácido
talló en mis huesos,
triste y prolijamente,
el madero propiciatorio
en la pira de su silencio.
La savia primigenia
fermenta en las hondonadas
de mi lamento
mientras una infinita lágrima
anida punzante en mis ojos.