Encajar piezas
Me despierto mal
siempre
sin saber dónde estoy
o qué día es;
los relojes
no sirven de nada
ni sus pitidos
ni el hecho de que
los dos puntos que separan
las horas
de los minutos
(en mi despertador)
parpadeen
con la idea de convertirse
en faro taiwanés
para mi embarcación.
Me despierto mal y me cuesta
recomponerme
mientras mis pies
se arrastran
siguiendo el reguero
de miguitas
que deja el microondas
para que no me pierda
y meta mi taza en su nicho
y espere el reconfortante
cambio de temperatura
que me ayude
a abrir los ojos
con la manivela oxidada
del cacao soluble
que se empeña
como seminarista
en su “hágase la luz”.
Todo viene
de que me cuesta mucho
dormir.
En la cama soy
estatua etrusca
que gira y gira
para que la cabeza se calle.
Por muchos tapones
que le ponga
en la boca a mi angustia
sigo escuchando su letanía
abnegada
bajo la almohada,
su ristra de quejas
que pasa a limpio
por las noches
en su cuaderno
de espiral incandescente.
La ducha me ayuda
a pegarme otra vez por dentro.
El agua me dice:
“mira, este árbol va aquí”.
Aprovecho el agua
cayendo
para llorar sin que se note.
Sólo mis alaridos
trascienden
por los conductos
del respiradero
y escalan para entregarse
sediciosos
a la curiosidad
de mis vecinos.