Otro golpe, me despierta del trance profundo que me indujo saber de tí hace algunos meses. De un momento a otro noto que es de noche y que hace frío... hasta las estrellas tiritan en el arcaico firmamento. Mis huesos se hallan entumecidos, causando dolor con cada movimiento... dolor... dolor es el que me produce recordarte, verdadera agonía del alma lascerada por recuerdos que jamás volverán a hacerse sentir.
La vista borrosa, más por las lágrimas que por la bruma, impiden que pueda ver más allá de la roca donde me hallo... igualmente no hay nada más que ver... sólo millas y millas del frío cielo en la tierra. Podría cerrar los ojos y hacer una introspectiva en mí, mirar mi propia alma y ver exactamente lo mismo.
Las olas... colapsan como un relámpago contra el mar cuando hallan la firme escollera en su camino, explotando en un sin fin de cápsulas de agua salada que recubren mi rostro, perdiéndose en él. Tan pequeña es la cadena de rocas en comparación al mar, que pareciera mentira que ellas cortan una parte de su ser, dividiendo su belleza. Como así, tu falsa promesa cortó mi alma en varias partes, dejando que un trozo de ella, se pierda esta noche, en el mar, donde nos conocimos, donde prometiste que volverías a verme y sin embargo, jamás ocurrió.
¿Sabes? recuerdo perfectamente el mail que me mandaste hace algún buen tiempo... ¿en marzo era?, es más, debo tenerlo guardado en alguna carpeta que creía especial... diciendo que nos volveríamos a ver después de nueve años. Nueve años, es mucho tiempo. Me preguntaba si te habrías cortado el pelo, si tus ojos brillarían al volver a verme, si tu voz sonaría más ronca... seguramente estarías mucho más alto.
Nueve años...
Tanto tiempo. Te juro que me parece que fue ayer... cuando me dijiste que te ibas. Cuando tu voz convirtió cada palabra en una aguja, cada caricia en una daga, y cada mirada en el vacío infinito que nadie jamás vió. Exepto yo aquella noche, en esta misma escollera... y no es que lo ví en el horizonte infinito del mar, ni en el techo iluminado por mil cuerpos celestes brillando, sino en tus ojos... esos mismos que jamás volví a ver.
La vida no tiene por qué ser justa, nunca lo fue ni nunca lo será.
Ahora noto que el carrusel está girando más rápido, no hay manera de disfrutarlo así... como esta noche. Esta noche en que tu recuerdo me atormenta, causa dolor y angustia, me hace sentir abrazada por un espectro que desea robar mi alma y sumergirla en el turbulento océano hasta ahogarme viva... porque eso siento, siento al mar dentro de mí, anegando mi pecho, inundando mis ojos, desgarrándome por dentro, imperativamente, deseando salir.
¿Sabés qué sentí cuando hablé con tu mamá?... en el primer instante sentí morir, en el segundo, nada. Sentía nada, veía nada. Sentía caminar en dirección a la nada, saliendo de la nada y atravesando la misma. No existía un arriba ni un abajo. Desearía haberme sentido triste, pero sentí nada y eso me azotó como las olas están asediando las rocas adyacentes a mí.
Recuerdo haberme dejado caer en una silla y haber llevado mis manos a mi cabeza... o al menos realicé esos movimientos, pues, no sentí ni la caída ni que mis manos tocaran mi cabello... todo se nubló y me pareció escucharte... si. Después, por primera vez desde haber cortado el teléfono, creí haber visto algo... Un rostro juvenil, de vivaces ojos color grisáceos, brillantes, sólo opacados por la sonrisa siempre presente en él. Unos mechones de pelo castaño claros, se atrevían a interferir con el espectáculo angelical que percibía. De un momento a otro, el jovial rostro se volvió triste y comenzó a desvanecerse.
No quise abrir los ojos... no quería perder la oportunidad de volver a verte. Pero nunca regresaste.
Estaba nuevamente en el vacío de mi corazón, aquél espacio que se vació luego de tu partida, lugar que ya no sería rellenado con nada, salvo con la agonía de tus recuerdos, hiriéndome, desgarrándome, carcomiéndome... matándome con cada latido. Atravesando mi alma con la agonía de los mil infiernos, una y otra vez, golpeándola sin piedad hasta el punto de odiar el pasado, odiarte, maldecir nuestro primer encuentro, en este mismo torreón, hace tanto tiempo. Sin embargo... no deseo olvidarte. Prefiero morir de dolor al recordarte que olvidar lo que fuimos... y te odio por eso.
Si, es odio. Odio tener que simplemente recordarte porque ya no puedo volver a verte.
Es gracioso, ¿no?... o tal vez, paradójico, pues el "odio" es definido como el "deseo de muerte"... cuando mi odio hacia vos, precisamente, es porque moriste sin darme la oportunidad de volver a verte, hoy, en este espigón, frente al mar, como nos recuerdo la primera y última vez que nos vimos.
Como habías prometido.